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DOI: http://dx.doi.org/10.19137/qs.v23i1.2372


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ARTÍCULOS

 

Una genealogía de la historia de las emociones

A Genealogy of the History of Emotions

Uma genealogia da história das emoções

 

María Bjerg
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Universidad Nacional de Quilmes
Argentina
Correo electrónico: mariabjerg@gmail.com

 

Resumen: Durante mucho tiempo, las emociones carecieron de interés para los historiadores. Sin embargo, desde principios del siglo XXI, la emoción se transformó en una categoría analítica y en un objeto de investigación autónomo. La indagación de esta temática dio lugar a la configuración de un campo floreciente en rápida expansión. Este artículo tiene un doble propósito. Por un lado, delinea el recorrido a lo largo del cual cobró forma la historia de las emociones, a partir de una perspectiva transdisciplinaria y de un diálogo teórico y metodológico con las ciencias sociales y las humanidades, así como con las ciencias biomédicas y las neurociencias. Y por otro, presenta los debates actuales y esboza algunas de las direcciones futuras del campo.

Palabras clave: Estándares emocionales; Comunidades emocionales; Regímenes emocionales; Prácticas emocionales; Neurohistoria

Abstract: Emotions had long been marginalized from the historical enterprise. However, since the beginning of the 21st century, emotion not only turned into an analytic category and an autonomous object of research, but also contributed to shape a flourishing and rapidly expanding research domain. On the one hand, this paper outlines the process of shaping of the field of history of emotions which was prompted by a transdisciplinary perspective and a theoretical and methodological dialogue with the humanities and the social sciences, as well as, with the biomedical sciences and the neurosciences. And, on the other, it introduces current debates and sketches some of the future directions the field might take.

Keywords: Emotional standards; Emotional communities; Emotional regimes; Emotional practices; Neurohistory

Resumo: Durante muito tempo as emoções careceram de interesse para os historiadores. Não obstante, desde princípios do século XXI a emoção transformou-se em uma categoria analítica e em um objeto de investigação autônomo. A indagação desta temática deu lugar à configuração de um campo florescente e de rápida expansão. Este trabalho tem dois propósitos. Por um lado, delineia o percurso no qual ganhou forma a história das emoções a partir de uma perspectiva transdisciplinaria e de um diálogo teórico e metodológico com as ciências sociais e as humanidades, como também com as ciências biomédicas e as neurociências. Por outro lado, apresenta os debates atuais e esboça algumas das direções futuras do campo.

Palavras-chave: Padrões emocionais; Comunidades emocionais; Regimes emocionais; Práticas emocionais; Neuro-história

 

Una genealogía de la historia de las emociones

Este trabajo recorre el camino que condujo a los historiadores a ocuparse de las emociones y a configurar un campo de indagación que, desde principios del siglo XXI, ha tenido un desarrollo exponencial.1 En la actualidad, la historia de las emociones se encuentra en un momento de madurez que le impone discutir la vigencia de algunos de sus enfoques y evaluar la dirección que tomará en el futuro. Por todo ello, la intención de esta (incompleta) genealogía es presentar a los autores y aportes fundacionales, dar cuenta de las principales tendencias de indagación y reseñar brevemente el estado actual del campo.
La inteligencia emocional, el capitalismo emocional, la gestión de las emociones y el cerebro de las emociones fueron nociones acuñadas al amparo de un proceso extenso y complejo que afectó de manera trasversal a las ciencias sociales, humanas y de la vida. Como veremos con más detalle en las páginas que siguen, en la sociología, los trabajos pioneros de Arlie Russel Hochschild (1975, 1979, 1983), Theodore Kemper (1978) y Thomas Scheff (1988, 1990); y en la antropología, los de Michelle Rosaldo (1980), Lila Abu-Lughod (1986) y Catherine Lutz (1988), pusieron en tela de juicio el universalismo de las emociones y abrieron un camino por el que la historia comenzaría un tránsito tardío, en los albores del tercer milenio. Además de la renovación en las ciencias sociales, los estudios feministas también contribuyeron al giro de la historia hacia las emociones. Su indagación en las capilaridades materiales, institucionales y culturales del poder permitió deconstruir los estereotipos que consideraban a las mujeres como el género emocional y a los varones como sujetos fríos y racionales.
Aunque por un raíl paralelo, los avances de la psicología cognitiva y la vivaz expansión de las neurociencias señalaron el “error de Descartes” (Damasio, 1996), pusieron en entredicho la exclusividad cognitiva de la razón (Goleman, 2000) y contribuyeron a liberar a las emociones de su extensa reclusión en la irracionalidad. A pesar de lo inconmensurable de la división de los estilos académicos, las expectativas y los protocolos de las neurociencias y las ciencias sociales y humanas, las emociones constituyeron una preocupación común a partir de un cambio de paradigma que impactó tanto en la producción de conocimientos en el laboratorio como fuera de él, en el mundo social, político y cultural.2 Entre otras cuestiones, aquel giro puso en discusión la existencia de emociones básicas,3 que se manifiestan en patrones de reacción fisiológica y expresiones −y movimientos− faciales (Ekman, 1980), reconoció que los procesos emocionales no son independientes de los estados cognitivos y señaló que las emociones son culturalmente específicas y se transforman, e incluso, desaparecen con el tiempo (Frevert, 2011).

La evolución biológica, el proceso de civilización y la cárcel de la irracionalidad

Durante el siglo XIX, la concepción dominante sobre las emociones estuvo regida por las definiciones que de manera independiente formularon los psicólogos William James y Carl Lange, en 1884 y 1885 respectivamente. Aunque el norteamericano se apoyó en la introspección y la experiencia psicológica y el danés privilegió una explicación basada en las reacciones vasomotoras, ambos sostuvieron que las emociones tenían un carácter fisiológico. Según estas teorías, la emoción era una excitación orgánica que duraba un período determinado y tenía una ubicación definida en el cuerpo (Solomon, 1984).
De manera similar, la medicina francesa y la ciencia evolucionista británica insistieron sobre los fundamentos psicológicos y biológicos de la emoción. Los experimentos del médico francés Guillaume Duchenne de Boulogne y el libro de Charles Darwin, La expresión de las emociones en el hombre y los animales, publicado en 1872, inauguraron la búsqueda de patrones universales en la expresión de las emociones con independencia de los contextos sociales y culturales.
Duchenne de Boulogne, pionero de la neurología y la fotografía médica e inventor de la “electrización localizada”, utilizó la técnica de desplazar un electrodo en la superficie de la piel para provocar reacciones musculares aisladas y cartografiar todos los músculos y movimientos del cuerpo humano. Como el médico francés, Darwin también acumuló fotografías y dibujos con el mismo objeto, sin embargo, redujo el repertorio emocional visible en el rostro insistiendo en los obstáculos (familiaridad, simpatía, ilusión de la imaginación) que complicaban la lectura de la expresión emocional. Asimismo, el científico inglés explicó la universalidad por medio de la teoría de la evolución de las especies, y sostuvo la existencia de una continuidad de los comportamientos expresivos respecto de los ancestros evolutivos del ser humano.4
Las teorías fisiológicas y naturalistas tuvieron gran influjo en las concepciones científicas decimonónicas, y su vigencia traspasó el cambio de siglo. Sin embargo, a principios de los novecientos, la sociología comenzó a problematizar los sentimientos mediante un abordaje superador del binomio individuo-sociedad.5 Aunque los autores clásicos como Georg Simmel o Max Weber no llegaron a formular una sociología de las emociones ni establecieron distinciones precisas entre emoción, afecto y sentimiento, ambos reivindicaron la presencia de la dimensión afectiva en las relaciones sociales.
Para Simmel, los sentidos y la afectividad constituían un aspecto central de la interacción humana. Los instintos eróticos, religiosos o sociales, las excitaciones al placer y al dolor, y los fines −de defensa, ataque, juego, adquisición, ayuda o enseñanza− eran constitutivos de la sociedad y contribuían a su perpetuación. Preocupado por las consecuencias del advenimiento de la modernidad, Simmel sostuvo que las condiciones sociales de la urbe moderna tenían consecuencias sensoriales y afectivas en sus habitantes. Las exigencias de la economía de mercado, la profusión de estímulos en la sociedad industrial y el sentimiento de desarraigo propio de la ciudad cosmopolita, provocaban un “acrecentamiento de la vida nerviosa”, que generaba un tipo específico de distanciamiento e indiferencia emocional: la actitud blasé.6
Aunque la sociología weberiana destacó a la racionalidad como el tipo ideal de la modernidad, las emociones constituyeron factores explicativos relevantes, puesto que, para Weber, las relaciones sociales estaban ancladas en la acción afectiva. Tanto su análisis de la forma de dominación carismática (a la que definió como un proceso de carácter emotivo), como de La Ética Protestante (regida por la represión de los sentimientos), señalan la importancia que les asignó a las emociones en su investigación. Por un lado, Weber arguyó que la búsqueda de la salvación que orientaba la vida de los puritanos hacia el trabajo, la ganancia y la riqueza quitaba todo valor a las emociones. Y por otro, en la configuración de la sociedad burocrática analizada en Economía y Sociedad, el autor demostró que en las esferas de dominación de la economía y el derecho, donde prevalecían criterios impersonales de evaluación, los sentimientos fueron severamente amenazados y, como resultado de ello, se replegaron al ámbito de las relaciones íntimas. De ese modo, en su interpretación, tanto los aspectos externos de la sociedad industrial (la organización burocrática, la racionalidad de los procedimientos legales, la economía capitalista) como las características internas (los valores basados en el puritanismo) resultaban antagónicos de las emociones.7
A finales de los años 1930, Norbert Elias publicó sus estudios seminales sobre el proceso de civilización, en los que identificaba al creciente control de los afectos como una de las características centrales de la modernización. Las emociones se habían perdido en el camino hacia la modernidad porque la racionalidad había progresado cambiando gradualmente el “aparato” afectivo de las personas (Frevert, 2011, p. 27). La contribución de Elias (1987) al estudio de las emociones fue crucial, porque su análisis se alejó de los postulados psicológicos que sostenían la invariabilidad de las emociones para argumentar, en cambio, que la función que los sentimientos cumplen en la psiquis del individuo no depende de la naturaleza sino de la historia y de las relaciones sociales. Según este autor, el sentimiento de pudor, el miedo a la guerra, el temor a Dios y la culpa “son suscitadas en el alma del hombre por otros hombres” (p. 528).
La narrativa de Elias sobre el proceso de civilización no deja, sin embargo, de llamar la atención ya que, como señala Ute Frevert (2011, p. 28), el autor escribió en un tiempo en el que la razón y el autocontrol −que postulaba como la dimensión crucial de aquel proceso− estaba dando paso a una explosión de las emociones privadas y públicas y de los deseos y los temores colectivos. Pocos años más tarde, la evidente falla de los mecanismos individuales y colectivos de autocontrol que el Tercer Reich dejó al descubierto inspiró el llamado de Lucien Febvre (1941) a escribir una historia que diera cuenta de los sentimientos: una historia del odio, del miedo, de la crueldad y del amor.
Hasta entonces, la historiografía académica no había mostrado interés en las emociones. Aunque los historiadores a menudo usaron un lenguaje apasionado, no reflexionaron ni sobre las emociones en el pasado ni sobre las palabras e imágenes emocionales con las que construían sus propios relatos. Hubo excepciones entre aquellos que a fines del siglo XIX se interesaron por la historia cultural, se ocuparon de las pasiones y sus contextos mentales y del papel de los sentimientos en el desarrollo de las identidades nacionales.8 Pero, aunque entre las últimas décadas del siglo XIX y los años 1930, las ciencias naturales, sociales y humanas se refirieron a las emociones, lo hicieron con el afán de universalizarlas o de racionalizarlas. Simmel, Weber y Elias, cuya preocupación por la dimensión afectiva dejó una estela que varias décadas más tarde iba a guiar a la sociología, la antropología y la historia por el camino de las emociones, las mantuvieron atadas al modelo de civilización y las abordaron desde una perspectiva teleológica que entrelazaba su control con los orígenes de la sociedad moderna.
El triunfo del racionalismo en la segunda posguerra, animado por la crítica al papel que la emocionalidad había tenido en el fascismo alemán −entendido como psicopatología colectiva−, identificó a la emoción con lo irracional y coadyuvó a su marginación como objeto primario de análisis.9 Sin resultar totalmente obliterada, la emocionalidad fue percibida como un riesgo para el orden social de la democracia moderna. Talcott Parsons fue uno de los representantes más emblemáticos de esta postura. A principios de la década de 1950, propuso el binomio afectividad y neutralidad afectiva, y consideró que la última era un instrumento esencial para asegurar la estabilidad del sistema.10
La posición periférica de las emociones permaneció prácticamente inalterada hasta los años 1970. Desde entonces, fue produciéndose un giro que rompió el vínculo que las ciencias sociales de la posguerra y la primera Guerra Fría habían establecido entre ellas y el fascismo. Ese giro, que se registró en la sociología y la antropología antes que en la historia, las sustrajo de la pequeña provincia de la irracionalidad para transformarlas en objetos primarios de investigación. Con ese objeto, la socióloga Arlie Russell Hochschild (1979) propuso un modelo interaccional que, sin descartar el proceso biológico que subyace a las emociones, añade a su comprensión los factores sociales. Su estudio sobre las relaciones del universo emocional del sujeto y las condiciones de intercambio en una determinada estructura social, ejercieron un notable influjo entre los pioneros del campo de la historia de las emociones, quienes, como veremos más adelante, retomaron los conceptos de Hochschild: normas emocionales, expresión emocional, gestión emocional y cultura emocional.11
Según la socióloga norteamericana, las emociones están cargadas de significados anclados en contextos sociohistóricos específicos, regulados por normas que definen qué debemos sentir y cómo debemos expresar lo que sentimos en una determinada circunstancia. Esas normas, que constituyen un modo de control social, son apenas perceptibles cuando nuestros sentimientos se adecuan al estándar, pero se manifiestan en disonancia cuando se desvían de él. Esa disonancia dispara la gestión emocional mediante la cual los actores intentan modificar el grado o la cualidad de un sentimiento (Hochschild, 1979, p. 561), aunque esa gestión no es una simple represión, sino más bien una evocación de sentimientos ausentes, con los que el sujeto intenta modificar y adecuar su estado emocional. Las normas, junto con las creencias sobre las emociones, configuran una cultura emocional que se refleja en manuales de consejo, tratados religiosos, películas, teorías psiquiátricas y leyes (Hochschild, 1990).
En los años 1980, alentada por el impulso de los enfoques interpretativos que proponían la compresión de las experiencias y la relevancia de la subjetividad, la antropología también comenzó a hablar de cultura emocional. Con este concepto se intentaba desnaturalizar a las emociones para demostrar que en cualquier grupo social existe un repertorio de sentimientos y conductas que están implícitos en categorías socialmente construidas.12 Este entendimiento estuvo jalonado por las etnografías señeras de Michelle Rosaldo, Lila Abu-Lughod y Catherine Lutz. En Knowledge and Passion, Rosaldo (1980) presentó a las emociones como fenómenos esencialmente culturales, como formas de acción simbólica articuladas con otros aspectos del significado cultural y de la estructura social. En la misma línea se ubicó Veiled Sentiments, el libro en el que Abu-Lughod (1986) subrayó la interrelación entre el género y la construcción social de las emociones. Finalmente, en Unnatural Emotions, Lutz (1988) propuso deconstruir el concepto tradicional de emoción de Occidente para utilizarlo “como una práctica ideológica” en la interpretación de la experiencia emocional de los habitantes de un atolón de la Micronesia a los que estudiaba. Su contribución más importante fue la traducción del discurso cultural sobre las emociones, entendida como el estudio de los signos emocionales verbales y no verbales inscriptos en la acción humana, más que como una operación semántica que compara el significado de diferentes palabras que describen emociones (Plamper, 2017, p. 29).
La sociología y la antropología de los años 1980 pusieron en tela de juicio el universalismo de las emociones y cuestionaron su naturaleza psíquico-fisiológica e individual. El construccionismo social fue central en este nuevo entendimiento, no solo porque las sustrajo de la periferia de los intereses académicos, sino porque las concibió como objetos sociales y culturales. El giro de ambas disciplinas hacia la dimensión afectiva incentivó a los historiadores a indagar la vida emocional del pasado. Pero aunque los primeros síntomas de esa nueva orientación también se manifestaron en los ochenta, la transformación de la emoción en un objeto de investigación y la configuración de un campo específico son fenómenos que apenas se remontan a los albores del siglo XXI.

La historia y su llegada tardía al estudio de las emociones

Ese derrotero comenzó en el contexto del debate sobre la transición de la familia premoderna a la moderna que atravesó a la historiografía en la década de 1970 y que discutió el lugar del afecto y la frialdad en las relaciones matrimoniales y familiares, en los métodos y prácticas de crianza. En numerosos emprendimientos historiográficos, las emociones adquirieron centralidad explicativa; ejemplos de ello fueron obras como El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen (Ariès, 1960), El nacimiento de la familia moderna (Shorter, 1975) y Familia, sexo y matrimonio en Inglaterra, 1500-1800 (Stone, 1977). Pero no fueron solo los historiadores sociales de la cultura quienes posaron la mirada sobre las emociones. La demografía histórica también advirtió que en el mundo afectivo estaban algunas de las claves para entender las mutaciones en las tendencias demográficas (Hunt, 1970; Flandrin, 1976). Pero a pesar de la relevancia que la dimensión afectiva cobró en estos esquemas explicativos, la mayoría de los autores hablaban más de sentimientos que de emociones, y aquellos no constituían objetos de estudio independiente.
Ese clima de debate sobre el tránsito del mundo premoderno al moderno estimuló la relectura crítica de algunas de las obras seminales relacionadas con la continuidad o discontinuidad de las relaciones familiares y de actitudes hacia la infancia. Un texto pionero en este sentido (y que de hecho puede considerarse inaugural en el campo la historia de las emociones) fue publicado en The American Historical Review por Peter y Carol Stearns (1985). Allí se señaló que las emociones y el cambio emocional debían ser incluidos en la trama de la historia de social. Los Stearns propiciaron el estudio histórico de los estándares emocionales en un planteo claramente alineado con el reciente giro afectivo de las ciencias sociales, pero a la vez, tributario del modelo explicativo de interiorización civilizatoria de las normas postulado por Elias.
Los Stearns también sostuvieron que todas las sociedades poseen un sistema normativo que regula las expresiones y conductas emocionales y, por medio del uso de fuentes prescriptivas (ahí donde Hochschild había señalado que se reflejaba la cultura emocional), propusieron la emocionología como un concepto del que los historiadores podrían valerse para distinguir entre los estándares emocionales y la experiencia emocional, una dimensión a la que destacaron como elusiva y más difícil de estudiar (Stearns y Stearns, 1985, p. 824). Entendida como el conjunto de factores capaces de configurar o de reprimir −de manera implícita o explícita− las pautas de expresión de las emociones en una sociedad o en un grupo social, la emocionología proponía esclarecer si las modificaciones en los estándares y las prescripciones emocionales revelan cambios sociales o, al contrario, si los cambios sociales generan nuevas normativas de regulación de las emociones.
Sin embargo, la propuesta de estudiar los estándares emocionales del pasado no tuvo un eco inmediato. El libro The Navigation of Feelings, de William Reddy (2001), podría considerarse como una de las primeras –y más relevantes− reacciones a la convocatoria de los Stearns, aunque la obra tomaba distancia de los postulados de la emocionología. A tono con el clima intelectual de época, Reddy partía de una crítica al universalismo que postulaba una dependencia entre las emociones y el sistema nervioso pero, al mismo tiempo, señalaba objeciones al modelo interpretativo dominante al afirmar que, aunque las expresiones emocionales varían de cultura en cultura, los enfoques construccionistas no logran explicar el papel de la agencia ni dar cuenta de la dinámica del cambio histórico. Inspirado en la teoría de los actos de habla de John L. Austin, Reddy elaboró una propuesta teórico-metodológica alrededor de los conceptos de emotives (a los que definió como manifestaciones codificadas que conforman el repertorio emocional), régimen emocional, navegación emocional, sufrimiento emocional y refugio emocional.
En su modelo de comprensión, el autor introdujo una crítica temprana al posestructuralismo al sostener que existía algo más allá del lenguaje. Los emotives no son simplemente performativos ni constituyen solo una emisión lingüística declarativa, puesto que una expresión emocional no es ni verdadera ni falsa con relación al mundo exterior. Los emotives son traducciones verbalizadas de otras formas sensoriales “y también son creaciones, son reales y construidas, son intentos de sentir lo que uno dice que siente” (Plamper 2010, p. 240). Pero las emociones no solo se construyen, sino que también se gestionan y por eso los sentimientos pueden “navegarse”, porque las normas no determinan enteramente los estilos emocionales. La “navegación de sentimientos” constituye un proceso que habilita un espacio para la ruptura del “régimen emocional” y que puede desembocar en un “refugio emocional” donde se produce la relajación de las normativas hegemónicas.
Reddy definió al régimen emocional como “el conjunto de normas emocionales, rituales y prácticas oficiales y emotives que las expresan y las inculcan y que constituyen el sustento de cualquier régimen político estable” (2001, p. 129). En su perspectiva −que considera que el control de las emociones constituye un ámbito de ejercicio del poder−, el cambio histórico es entendido como una respuesta a la tensión entre el sufrimiento emocional y las expectativas de libertad individual. Por ello, se ha destacado que uno de los aportes más valiosos del esquema interpretativo de Reddy es su lectura política de la manera en que las prácticas de expresión moldean nuestra experiencia emocional y de la justicia o injusticia de diferentes regímenes emocionales en función del grado de libertad de navegación que habiliten, o del sufrimiento que infrinjan a la gente (Moscoso y Zaragoza Bernal, 2017, p. 3).
El sofisticado andamiaje teórico de Reddy fue objeto de críticas que señalaron que el régimen emocional se asemeja demasiado al Estado moderno, y que esa equiparación impide comprender cómo funcionaba el control de las emociones en épocas en las que el aparato estatal no alcanzaba a penetrar en el tejido social. Se señaló asimismo que la noción de “régimen” es problemática no solo para las épocas históricas previas a la organización estatal –en las que el poder estaba disperso−, sino incluso para los Estados centralizados porque, al suponer la existencia de un régimen emocional uniforme, el investigador descuida la variación y el localismo en materia de emociones. Según una de sus principales críticas, la medievalista Barbara Rosenwein (2006, p. 34), el régimen emocional resulta un esquema demasiado abarcador porque, además de estar íntimamente vinculado a la noción de hegemonía del Estado, introduce la imagen de una sociedad bipartita que aplasta la diversidad al proponer la existencia de un conjunto de emotives para la corte y otro muy diferente para el refugio, el lugar adonde se promueve el sentimentalismo contra la severidad del régimen.
En cambio, Rosenwein propuso el concepto de “comunidades emocionales”, una alternativa que introdujo un correctivo a la identificación del “régimen emocional” con el Estado moderno y, al mismo tiempo, evitó la agregación a gran escala empleada por Elias en El proceso de la civilización (Plamper, 2014, p. 24). Sin embargo, podría objetarse que la definición de “comunidades emocionales” adolece de imprecisión y rigidez. Según la autora, en gran medida, las comunidades emocionales son lo mismo que las comunidades sociales −familias, barrios, sindicatos, instituciones académicas, monasterios, fábricas (Rosenwein, 2006)−. Para estudiarlas, propone una reducción de la escala que permita acceder a los sistemas de sentimientos que rigen la vida de los individuos en las comunidades, a las emociones que valoran, subestiman o ignoran, a la naturaleza de los lazos afectivos y a las formas de expresión emocional que sus integrantes “esperan, alientan, toleran o deploran” (Rosenwein 2010, p. 11). Sin embargo, ni el concepto ni la estrategia microanalítica lograron romper la relación unívoca entre el individuo y la comunidad, ni explicar la transición entre estándares emocionales diferentes.13
Además de sus objeciones al régimen emocional, Rosenwein (2002) señaló que la noción de emotives formulada por Reddy privilegia las palabras sobre otras formas de comportamiento emocional y no se interroga sobre el papel del cuerpo. El señalamiento sobre el énfasis en el lenguaje fue retomado una década más tarde por la historiadora alemana Monique Scheer (2012), quien intentó superar las debilidades del marco analítico de Reddy proponiendo un esquema interpretativo que, inspirado en el habitus bourdieuiano, toma en cuenta los usos prácticos de las emociones en situaciones sociales concretas y recupera el lugar del cuerpo como espacio de expresión no verbal de las emociones.
A pesar de que, en su momento, el complejo marco teórico elaborado por Reddy resultó, según sus críticos, poco convincente y de difícil aplicación (Stearns, 2003), Scheer no desechó ese edificio interpretativo, sino que siguió construyendo sobre él con el propósito de develar la mutua imbricación de mentes, cuerpos y relaciones sociales. Para ello volvió sobre la naturaleza performativa de la expresión emocional y revisitó el concepto de emotives. La expresión, dice la autora, organiza la experiencia, y los emotives son prácticas emocionales que −como ya había sostenido Reddy (2000)− aunque puedan tener resultados inesperados, muy a menudo logran que la gente que los usa (basándose en la experiencia práctica de su eficacia) alcance ciertos estados emocionales. Scheer concibe al uso de los emotives como una práctica emocional, pero esa dimensión trasciende al lenguaje, porque hablar de sentimientos o ponerle nombre a una emoción es un proceso que siempre está ligado a una práctica corporal. Así, no es lo mismo hablar que escribir sobre nuestras emociones, porque estar frente a un interlocutor (versus realizar una escritura íntima) afecta la dimensión corporal de la emoción (el tono de voz, la expresión facial, el movimiento), que es guiada por el sentido práctico del habitus “en algún lugar entre el control deliberado y hábito inconsciente” (2012, p. 212). Definir a las emociones como prácticas es entenderlas como emergentes de disposiciones corporales condicionadas por el contexto social en su especificidad cultural e histórica.
La teoría de Bourdieu también fue el sustento del que se valió Benno Gammerl (2012) para defender la idea de que las emociones oscilan entre patrones discursivos y prácticas encarnadas, entre repertorios comunes y apropiaciones específicas. Pero, más que de prácticas, Gammerl habló de estilos emocionales. Esa expresión −que había sido utilizada para analizar las interacciones sincrónicas entre estilos emocionales dominantes y subordinados, o para aludir a la secuencia diacrónica que identifica un determinado estilo emocional con una época− nunca había sido objeto de un análisis detenido. Más inclinado hacia la primera de esas líneas, aquella que enfatiza la pluralidad de estilos divergentes −sean conflictivos, competitivos y mutualmente interdependientes−, Gammerl se propuso recuperar el concepto argumentando que este señala el distanciamiento (individual) de los patrones de conducta ampliamente aceptados y compartidos; y de manera simultánea, indica los vínculos con grupos específicos que establecen reglas alternativas. La noción de estilos emocionales que Gammerl postula es cercana al concepto de habitus :14 incluye la experiencia, el estímulo y la manifestación de las emociones y es esencial para enfocar el análisis en la coexistencia e interacción de modos divergentes de pensar, gestionar, generar y demostrar emociones.

¿Qué es una emoción? ¿Con qué fuentes se estudia?

A pesar de la llegada tardía de la historia al estudio de las emociones, en el transcurso de los últimos quince años tomó forma un campo que ha experimentado un crecimiento acelerado y ha alcanzado un notable grado de institucionalización, que se evidenció en la creación de centros, grupos y redes en Europa, Estados Unidos (de donde, como vimos, surgieron los estudios pioneros) y, aunque en menor medida, en América Latina.15 En la actualidad, existen tres instituciones que lideran la investigación desde Alemania (Geschichte der Gefühle˗Max Planck Institute für Bildungsforschung), Gran Bretaña (Center for the History of Emotions˗Queen Mary University) y Australia (ARC˗Center of Excellence for the History of Emotions). Cada una de ellas, con su sello propio en cuanto a unidad teórica y metodológica y a recortes temporales y temáticos, ha dado forma a tradiciones historiográficas propias de referencia internacional. En otros países europeos, como Italia o Francia, o en Estados Unidos, existen numerosos emprendimientos individuales y grupales que, sin embargo, no configuran una historiografía de las emociones en el sentido en que la encontramos entre los alemanes, los británicos y los australianos.16 Una excepción a ese cuadro es quizá el caso español, en el que se destaca el equipo liderado por Javier Moscoso (2015, p. 16) en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, cuyas indagaciones reivindican una común preocupación por abordar las emociones desde una historia de la experiencia.
Sin embargo, a pesar de esta vivaz dinámica, la historiografía de las emociones todavía no ha resuelto algunas de sus debilidades de origen.17 La más elocuente de ellas es la falta de una definición precisa del objeto de estudio. No resulta inusual abrir un libro de historia de las emociones y encontrar en sus prolegómenos reflexiones sobre la diferencia entre emoción, sentimiento y afecto, e interrogaciones sobre si las emociones son expresiones lingüísticas, experiencias, prácticas o actos de conciencia. A menudo, los investigadores terminan admitiendo que, en la indagación histórica, afecto y emoción pueden ser tomados como sinónimos, o que la emoción apenas constituye un término organizador a la hora de historizar el miedo, la ira, el odio o el amor (Biess y Gross, 2014, pp. 6-7). Pero definir la emoción y determinar cuál es su contenido constituyen solo uno de los desafíos que enfrentan los historiadores. Desentrañar la relación entre emoción y lenguaje resulta igualmente crucial ya que, desde el punto de vista analítico, los problemas lingüísticos atraviesan tanto al ejercicio de comprensión de los sentimientos de los actores históricos como al intento de zanjar la brecha entre expresión emocional y experiencia emocional.
En general, los investigadores coinciden en que las emociones no pueden existir con independencia del lenguaje y que, aunque la emoción no es una palabra, solo puede propagarse por medio de palabras (Matt, 2014, p. 43). Las fuentes los enfrentan al reto de precisar el significado y los múltiples usos históricos de vocabularios específicos teniendo en cuenta que, aun dentro de una misma sociedad, el sentido de esas palabras y los sentimientos que ellas describen pueden ser entendidos de manera disímil por diferentes actores históricos. En un trabajo reciente, Rob Boddice (2016) afirma que los historiadores solemos caer en la trampa de las supuestas continuidades del lenguaje. Las traducciones libres de las palabras de las fuentes nos llevan a cometer anacronismos y simplificaciones que dan a entender que amor es amor, miedo es miedo, ira es ira. Embaucados por ese espejismo, parecería que lo único que necesitamos es controlar los contextos cambiantes de la expresión con respecto a esos universales humanos y biológicos que son las emociones. Sin embargo, la tarea es más compleja: el historiador debe tener presente que revelar el contexto semántico de amor, miedo o ira implica ser capaz de desplegar los múltiples matices de significado de esas palabras, porque un mismo vocablo puede designar experiencias afectivas distintas en contextos históricos o socioculturales diferentes y, además, las emociones pueden mutar y desaparecer.
Además de esta dimensión semántica, se ha señalado que los estudiosos de las emociones han reposado en fuentes tradicionales a las que solo abordan desde otra perspectiva, buscando en ellas a unos objetos de naturaleza fluida e inestable que la historia social, cultural, intelectual o política habían leído como simples datos anecdóticos. En este sentido, la historia de las emociones no ha aportado fuentes alternativas, aunque como veremos más adelante, en el último lustro ha surgido una inquietud sobre la relación entre objetos y emociones que está dando curso a investigaciones de carácter interdisciplinario que intentan descifrar sentimientos a través de la vida material, lo que amplía así el espectro heurístico del campo.
Desde la emocionología hasta hoy, esta historiografía ha reposado en fuentes textuales, y los escritos prescriptivos −aquellos que establecen las normas y reglas emocionales− han sido los predilectos de sus cultores. Ese corpus incluye fuentes tan diversas como manuales de conducta, crianza y educación; cuentos infantiles; tratados de filosofía, psicología y medicina; cine, teatro, literatura, televisión o campañas publicitarias. A pesar de la riqueza implícita en esa diversidad y de los resultados fructíferos que se han obtenido leyendo esas fuentes a través del prisma de las emociones, los textos prescriptivos representan mejor la perspectiva de las elites que la de la gente corriente, lo que de inmediato instala la pregunta sobre su influjo en la configuración de estándares y normativas emocionales. ¿Cómo eran recibidos por los hombres y las mujeres corrientes los consejos sobre la crianza de los hijos de los médicos, de los psicólogos o de los manuales de puericultura? Las nociones de amor presentes en una novela romántica, ¿reflejaban las emociones de sus lectores? La publicidad y los medios de comunicación masiva ¿solo representan la emoción, o también la producen y de ese modo tienen efectos –intencionados o no− sobre el estado emocional de las audiencias?
Los cultores de los textos prescriptivos responden que una lectura a contrapelo permite entender a las reglas como un lugar de disputa y controversia capaz de revelar las fracturas dentro de una sociedad respecto de qué emociones pueden o deben exprese y cuáles deben reprimirse. En cambio, otros historiadores han preferido indagar en la subjetividad de los actores históricos a través de sus narrativas personales. Los diarios íntimos, las cartas, las memorias y autobiografías constituyen declaraciones individuales sobre sentimientos y experiencias emocionales pero, al mismo tiempo, reflejan convenciones y categorías culturales que trascienden la dimensión subjetiva e individual. Aunque esas narrativas no revelan la expresión emocional de la sociedad sino solo la de las clases que tenían instrucción y tiempo para escribir, ellas permiten descubrir los repertorios emocionales disponibles y los estándares prevalecientes en distintas épocas y geografías, porque sus autores siempre dan cuenta de ellos, sea adecuándose a las normas de expresión emocional o desafiándolas (Matt, 2014, p. 50).
Para desentrañar la emocionalidad de los sectores populares, en los últimos años, los investigadores han orientado su búsqueda hacia el archivo judicial (Albornoz Vázquez, 2016; Bjerg, 2017; Kounine, 2017; Rozenblatt, 2017; Vidor, 2017). Sin duda, los márgenes para expresar emociones y navegar sentimientos fueron más amplios para quienes escribían cartas, diarios íntimos y memorias que para aquellos que debieron articular sus relatos de culpabilidad o inocencia en los estrados de la justicia. Sin embargo, los expedientes judiciales incluyen un conjunto socialmente más heterogéneo y además, en ellos se expresa el poder estatal. El archivo judicial ofrece, entonces, la posibilidad de explorar la configuración (e imposición) de las normativas emocionales con las que se ejercen diversas formas de control y los lenguajes y estilos emocionales en disputa, en una arena en la que razón y sentimientos entran en tensión a la hora de definir lo que es justo y lo que es injusto.
En el último lustro, algunos historiadores han abogado por ampliar el espectro de fuentes y buscar a las emociones, más allá del registro textual, en representaciones artísticas, fotografías, textiles y vestidos, restos arqueológicos, planos de ciudades, entre otras.18 La alternativa de explorar la relación entre emocionalidad y cultura material se inspira en aproximaciones teóricas desarrolladas por la antropología, la arqueología y la curaduría, que conciben a los objetos como protagonistas de procesos culturales de creación de significados resultantes de las interrelaciones entre los sujetos y lo material. Un collar obsequiado por un ser querido, un vestido de bodas, un juguete de la infancia, una postal, un retrato, entendidos como objetos emocionales, permiten cubrir un espectro más amplio de actores y adoptar una definición de emoción centrada en la interacción social, que entiende que lo que llamamos “emoción” no es una entidad discreta que se pone en juego en dicha interacción, sino el resultado de ese proceso que ayuda a constituir (Zaragoza Bernal, 2015, p. 38).
En la actualidad, quedan pocas dudas de que a partir de los desvaídos rastros –textuales y materiales− dejados por los actores del pasado, el historiador puede aprehender los estándares, repertorios, estilos y expresiones emocionales. Sin embargo, resta enfrentar el desafío de indagar cómo eran experimentadas las emociones, qué las provocaba, de qué forma y con qué efectos (Boddice, 2016). La dificultad de acceso a la experiencia emocional señalada por los Stearns a mediados de la década de 1980 aún constituye una materia pendiente que impone un desplazamiento del debate desde las fuentes hacia los modelos analíticos.

El construccionismo social, ¿un modelo agotado?

El construccionismo social no solo inspiró a la historia de las emociones en sus orígenes sino que, durante muchos años, fue el modelo analítico dominante. En una entrevista realizada en 2010, Barbara Rosenwein y Peter Stearns todavía expresaban su confianza en la idea de que las emociones son culturalmente específicas (Plamper, 2010). En cambio, Reddy −otro de los pioneros del campo− había manifestado tempranamente sus críticas, en particular hacia el construccionismo fuerte, que sostiene que los individuos son enteramente construidos por su cultura.19 Según Reddy (1997), se trataba de una forma de relativismo que dejaba fuera del horizonte analítico a la agencia y las relaciones entre expresión y experiencia emocional, y complicaba cualquier consideración de los fundamentos políticos del cambio histórico, tanto en la dimensión teórica como empírica. Pero a pesar de esas objeciones, el autor no abandonó por completo la perspectiva construccionista y abogó por una versión moderada que se adecuaba bien a su enfoque lingüístico de las emociones.
En los últimos años, numerosos historiadores se han mostrado insatisfechos con el paradigma dominante y han buscado otros modelos de interpretación de la experiencia humana en los que convergieran lo biológico y lo psicológico, lo social y lo emocional, lo ambiental y lo económico. La búsqueda tiene varias direcciones, entre las que se destacan la teoría de la práctica (Scheer, 2012), el nuevo materialismo (Barclay, 2017) y la neurociencia y la neuropsicología (Reddy, 2014; Bourke, 2016; Boddice, 2016). Pero, más allá de los rumbos divergentes, los autores comparten tanto la crítica a la opción epistemológica del giro cultural como el compromiso con la aplicación de modelos no˗representacionales de comprensión.20 Su interés se orienta hacia la relación entre el cuerpo y la expresión de las experiencias emocionales, asumiendo que no basta con atender al vocabulario emocional, sino que es preciso iluminar cómo se interrelacionan la experiencia material y las palabras que la gente usa para describirla. En un ensayo reciente, Javier Moscoso (2015, p. 17) sostuvo que la comprensión histórica de las emociones concebida como construcciones culturales es un programa de investigación “parcialmente agotado”, tanto desde el punto de vista teórico como historiográfico. En cambio, el autor propicia un enfoque cifrado en la historia de la experiencia y en el estudio de las formas culturales de la subjetividad entendida como una noción amplia que incluye, además de las emociones, las sensaciones, las pasiones y los instintos. Se trata de un abordaje más próximo a la filosofía de la historia que a la del lenguaje, enfocado menos en el significado de las emociones que en las formas culturales que las hacen posibles. La historia de las experiencias emocionales que Moscoso propone avanza hacia el terreno de la historia de la enfermedad, del cuidado y de la infancia, y comparte algunos presupuestos metodológicos con las ciencias biomédicas (Moscoso y Zagaroza Bernal, 2014).21
Rob Boddice es otra de las voces que reclaman una orientación hacia la experiencia mediante el uso de un modelo analítico superador, capaz de dar cuenta del entrelazamiento entre lo cultural y lo biológico y de obligar a los historiadores de las emociones a indagar tanto en las dimensiones inconscientes como en las conscientes.22 El autor sostiene que, además de analizar las convenciones de la expresión emocional en un determinado contexto histórico, es preciso historizar la experiencia humana, porque “no podemos evitar la conclusión de que al documentar la historicidad de los gestos y el habla, también estamos historizando la experiencia de gesticular y hablar” (2016, p. 12).
Para franquear el acceso a un enfoque que cruce lo cultural y lo biológico, Boddice alienta un cambio de paradigma que involucra un giro hacia las neurociencias. Aunque resulta evidente que el historiador no puede someter a los actores del pasado a ninguna clase de análisis neurocientífico, argumenta que los conocimientos sobre la neuroplasticidad, los efectos de la cultura en los procesos biológicos y la estructuración cultural de la actividad neurológica, sugieren que es posible reconstruir las condiciones de la experiencia histórica y recuperar los sentimientos de los actores del pasado. Esa posibilidad depende de la habilidad del historiador para recrear el contexto cultural en sus aspectos materiales, intelectuales y sociales, pero sobre todo, de su tratamiento de los testimonios de los sujetos históricos. Boddice (2016) propicia una lectura más literal que metafórica de las fuentes, y por eso considera esencial que el investigador renuncie al realismo figurado de las representaciones y, en cambio, tome como válida la palabra de los actores, con su percepción y su experiencia de la realidad.
Sustraer las emociones de los enfoques construccionistas y lingüísticos, recuperar la materialidad del cuerpo y del mundo y repensar la dicotomía naturaleza/cultura son algunos de los retos que enfrenta la historia de las emociones por estos días. Sin dudas, el diálogo con las neurociencias será una dirección posible para llegar a esas metas. Sin embargo, el entusiasmo de quienes arguyen que la historia no tiene otra alternativa que comprometerse críticamente con los resultados de la investigación neurocientífica (Reddy, 2014), o quienes abogan por una neurohistoria (Bourke, 2016),23 debe ser tomado con los recaudos que garanticen un mínimo de responsabilidad epistemológica para evitar un salto abrupto entre dos extremos: desde un mundo de representaciones culturales a otro, plagado de actores culturalmente neutros. Es innegable que, como postula Moscoso (2015), el modelo analítico del construccionismo muestra signos evidentes de agotamiento, en particular cuando el consenso al que parece haber llegado el campo es el de avanzar sobre la experiencia. Sin embargo, esa constatación no es óbice para descartar un marco de referencia del que la historiografía de las emociones se nutrió desde sus orígenes y cometer un parricidio académico. Aunque conservadora, una salida posible sería acudir a una suerte de construccionismo “blando” (atento a las alertas y los correctivos que sus críticos han señalado), que sostenga la dimensión interpretativa del estudio de las emociones y, en paralelo, nutrirse de las neurociencias para hacer frente al desafío de historizar la experiencia emocional. Pero para los historiadores, pisar esta terra ignota requiere de cierta cautela, porque obnubilarse con el triunfalismo de los resultados de las investigaciones de laboratorio puede inducirlos a conclusiones erróneas sobre qué y cómo sintieron los actores del pasado.

Notas

1 Agradezco los comentarios y sugerencias de los evaluadores anónimos de Quinto Sol.

2 Algunos autores consideran que desde los años 1980, el estudio de las emociones fue configurado por las dos culturas, la de las ciencias y la de las humanidades. La empatía es un caso ejemplar, en cuyo estudio convergen experimentos de laboratorio y trabajo etnográfico e histórico como el modo más fructífero de abordar de manera rigurosa este fenómeno socioemocional. Al respecto, véase Daniel Gross y Stephanie Preston (2014).

3 Uno de los elementos que caracteriza al abordaje naturalista y universalista de las emociones, al que nos referiremos más adelante, es la idea de que existe un conjunto discreto y limitado de emociones que se consideraban básicas: miedo, asco, ira, sorpresa, tristeza y alegría.

4 Sobre Duchenne de Boulogne y Charles Darwin, véase Jaqcueline Carroy y Stéphanie Dupouy (2017).

5 El enfoque de las ciencias sociales no implicó, sin embargo, la pérdida de dominio del análisis fisiológico y psicológico de las emociones. El historiador Thomas Dixon (2003) sostiene que la perspectiva de James gravita en la actualidad, a pesar de que en su época fue objeto de severas críticas.

6 Sobre las contribuciones de la obra de Simmel al estudio de los sentidos, la afectividad y el cuerpo, véase Olga Sabido Ramos (2007).

7 Sobre el lugar de las emociones en la sociología weberiana, véase Stephen Kalberg (2013).

8 Ute Frevert (2011) y Jan Plamper (2014) aluden a Wilhem Dilthey y el Gefühlsmethode, a Karl Lamprecht y Georg Steinhausen. Con anterioridad, el historiador suizo Jacob Burckhardt se había interesado por las emociones en su célebre obra sobre el Renacimiento en Italia.

9 Este giro hacia el racionalismo ocurrió poco después de que un amplio rango de disciplinas académicas tematizaran las emociones, y en el período 1890-1930, estas entraron en el campo de competencia de las humanidades y las ciencias. Al respecto, véase Uffa Jensen y Daniel Morat (2008).

10 Las teorías de la modernización y el prolongado auge del conductismo (que concebía a las emociones como reacciones a estímulos externos) también contribuyeron a deslegitimar a las emociones como objetos de estudio autónomo.

11 Por esa razón este trabajo se detiene en su obra y no aborda a otros pioneros de la sociología de las emociones, como Theodor Kemper y Thomas Scheff. Sobre la contribución de estos autores, véase Eduardo Bericat Alastuey (2000).

12 Algunas etnografías de las décadas de 1960 y 1970 habían abierto el camino a la constatación de que los significados emocionales no son universales, sino que más bien tienen un carácter eminentemente local. El estudio precursor de Jean Briggs (1971) sobre los esquimales y la ira ilustró en detalle la contingencia cultural de la expresión de las emociones.

13 Rosenwein (2014, 2016) reconoció esta limitación e intentó subsanarla en escritos posteriores.

14 Sin embargo, el autor toma distancia del concepto de hábito emocional propuesto por Deborah Gould, quien vincula al hábito de manera unilateral con el cuerpo y la dimensión no consciente (Gammerl, 2012, p. 163).

15 En América Latina, más que de una historiografía de las emociones, deberíamos hablar de un campo de estudio en el que convergen la sociología, la antropología y la historia, aunque todavía con notable dominio de las dos primeras. En la actualidad, investigadores de diferentes disciplinas convergen en redes y grupos, por ejemplo, la Red Nacional de Investigadores en los Estudios Socio-Culturales de las Emociones (México) o el Núcleo de Estudios Sociales sobre la intimidad, los afectos y las emociones (Argentina).

16 Sin embargo, no queremos dejar de destacar, para el caso de Francia, el proyecto interdisciplinario Émotions au Moyen Âge (EMMA), liderado por los profesores Damien Boquet y Piroska Nagy, y el emprendimiento editorial colectivo dirigido por Alain Corbin, Courtis y Georges Vigarello (2016-2017). Y, en lengua italiana, el volumen colectivo editado por Penelope Morris, Francesco Ricatti y Mark Seymour (2012).

17 Varias de las debilidades que se mencionan a continuación ya habían sido señaladas por Peter Burke (2005) en un artículo en el que el autor demostraba cierto pesimismo ante un objeto de estudio que consideraba elusivo.

18 Sobre las fuentes en las que reposan los historiadores para indagar a los objetos emocionales, véase Emotional Objects en The History of Emotions Blog (Recuperado de https://emotionsblog.history.qmul.ac.uk/tag/emotional-objects/) y el libro de Stephanie Downes, Sally Holloway y Sarah Randles (2018).

19 A la que el autor ejemplificaba con las etnografías de Abu-Lughod, Lutz y Benedicte Grima.

20 La crítica se orienta hacia la noción de construcción cultural de la realidad y a la idea de que las palabras de los actores históricos son solo representaciones significativas del mundo en el que viven, arguyendo que esa perspectiva analítica oblitera cualquier referencia a la realidad más allá de la cultura.

21 Esta posición es sostenida por el equipo de Estudios Emocionales del CSIC en Madrid que dirige Moscoso.

22 Boddice y Moscoso (cuyos diagnósticos sobre el estado de la historiografía de las emociones coinciden en gran medida) comparten el interés por el estudio del dolor. Mientras que Moscoso (2011) escribió una historia cultural del dolor, Boddice (2014) editó un libro sobre la experiencia emocional del dolor en el mundo moderno. Allí, el autor se ocupó de la expresión afectiva del dolor (con y sin lesión) de quien lo padece y también exploró emociones como la simpatía, la compasión, la piedad y la ternura para indagar en la experiencia de aquellos que se enfrentan al dolor de los otros.

23 Interesada por la compasión, la autora realizó un experimento de neurohistoria para estudiar las emociones religiosas a partir de una guía de oración medieval que requería una práctica de lectura devocional, signada por imperativos emocionales y un profuso lenguaje emocional. Bourke analizó la potencial efectividad de la guía como mecanismo para dar forma a esa emoción, basándose en resultados de experimentos neurocientíficos sobre meditación y otras estrategias de regulación emocional cuyo objeto de análisis era la empatía.

 

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Recepción del original: 18 de febrero de 2018.
Aceptado para publicar: 20 de junio de 2018.

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