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http://dx.doi.org/10.19137/pys-2019-260201


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ARTÍCULOS

 

Estrategias económicas y desigualdad social. Dinámicas de consumo, ahorro y finanzas de familias cordobesas en el final de la post-convertibilidad

Economic strategies and social inequality. Dynamics of consumption, savings and finances of families in Córdoba at the end of post-convertibility

 

Gonzalo Assusa*
María Laura Freyre**
Francisco Merino***

 

Resumen: El presente artículo tiene como objetivo el abordaje de las prácticas económicas de provisión de recursos, consumo, ahorro y acceso a servicios financieros de familias cordobesas desde la perspectiva de la desigualdad de clase. Para ello, recupera herramientas de la teoría de la práctica, los estudios de estratificación y los estudios sociales de la economía. Aplica una metodología mixta en torno a un procesamiento estadístico multidimensional y al análisis cualitativo de entrevistas en profundidad a referentes de familias de las distintas posiciones del espacio social de Córdoba.

Palabras clave: Desigualdad; Prácticas económicas; Estrategias de reproducción social; Teoría de la práctica.

Abstract: This article addresses the economic practices of resources provision, consumption, savings and access to financial services of families in Córdoba, Argentina, from the perspective of class inequality. In order to do so, it makes use of tools from practice theory, stratification studies and economic ethnography. The approach of this research applies a mixed methodology based on a multidimensional statistical processing and qualitative analysis of in-depth interviews carried out with family-representatives from different social backgrounds.

Keywords: Inequality; Economic practices; Social reproduction strategies; Theory of practice.

 

La desigualdad y el problema de la sistematicidad de las prácticas económicas

El presente artículo aborda las estrategias económicas de provisión de recursos, consumo, ahorro y acceso a servicios financieros de familias cordobesas desde la perspectiva de la desigualdad de clase. Los estudios sobre desigualdades han tendido históricamente a sobreenfatizar su foco en la estructuración social en torno al mundo del empleo y -en algunas de sus orientaciones teóricas- a las disputas del capital y el trabajo por la apropiación de los excedentes socialmente producidos (Portes & Hoffman 2003; Kessler & Espinoza 2007; Del Cueto & Luzzi 2008; Pérez Sáinz 2016). 1 Sin embargo, a las desigualdades fundamentales producto de las distintas estructuras de distribución primaria de los recursos de poder social, se suman una serie de mecanismos y ámbitos de acción complementarios y -por momentos- alternativos que han adquirido una particular relevancia epistemológica y política en el contexto latinoamericano contemporáneo.
Existen investigaciones que hace tiempo vienen abordando las prácticas de consumo, los formatos no-económicos de intercambios en comunidades y regiones específicas, los usos y apropiaciones de las mercancías, etc., aunque en general lo han hecho desde abordajes culturalistas, con acento en lo singular, lo contextual y lo simbólico, desanclados de las distribuciones estructurales de recursos y poder (Bataille, 1987; Douglas e Isherwood 1990; Appadurai 1991; Campbell, 1995; Miller, 1995; De Certeau 1996). Este trabajo pretende aportar como novedosa la perspectiva de la sistematicidad de los consumos, el equipamiento, los ahorros y las prácticas financieras con el resto de las estrategias de producción y reproducción social de los patrimonios familiares (estrategias laborales, estrategias culturales, economía de los cuidados, etc.). Desde el abordaje que sostenemos, entendemos que estas prácticas económicas paralelas (Weber, 2008) -por fuera del campo estricto de las relaciones de explotación en la producción material de la vida- no funcionan como simples epifenómenos de las posiciones laborales, sino que constituyen un sistema multidimensional en el que la diversidad de prácticas económicas resulta explicable y comprensible en su globalidad.
En este sentido, la estrategia metodológica que sostenemos aquí propone un análisis triangulado de datos de origen estadístico (bases de datos de encuesta poblacional) y cualitativo (entrevistas en profundidad a referentes de familias). Entendemos ambas fuentes como momentos metodológicos complementarios para la explicación/comprensión de procesos sociales en un sentido total (Bourdieu 2010a). El procesamiento estadístico otorga al análisis un primer momento de objetivismo provisorio con el fin de conocer las distribuciones estructurales de los recursos y los accesos, posibilitando la construcción de hipótesis interpretativas y definiendo perfiles estadísticos de agentes para proceder en el momento cualitativo de la investigación. El material cualitativo habilita el acceso a la diversidad fenoménica constitutiva de las distintas prácticas que forman el sistema familiar de estrategias de reproducción y sus singulares combinaciones, articulaciones y contrapesos funcionales. Por ello, para este artículo haremos foco en la reposición de estas prácticas en su singularidad (no captada por el instrumento estadístico), asociadas a contextos, situaciones y trayectorias concretas: orientados por las distribuciones estadísticas en el acceso a servicios financieros y equipamiento de los hogares, complementaremos el análisis con la caracterización de formas singulares de ahorro, con la identificación y descripción de estrategias alternativas de crédito y previsión social, y con la descripción de combinaciones particulares de ingresos laborales y no laborales, etc.
El artículo constará de tres partes. En la primera se revisarán las principales herramientas teóricas y antecedentes de investigación en relación a los estudios sociales de las prácticas económicas, haciendo particular foco en los estudios sobre consumo y el concepto de modo de reproducción. En la segunda parte se describirá la conformación del espacio de las clases sociales en Córdoba tomando como fuente la Encuesta Nacional de la Estructura Social del Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (ENES-PISAC).2 Finalmente, se analizarán las asociaciones entre las distintas clases de familias y los formatos diferenciales de equipamientos de los hogares, la composición de los ingresos familiares y el desigual acceso y uso de prácticas financieras. Para esto se utilizará también material de un trabajo de campo de más de cuarenta entrevistas en profundidad realizadas a referentes de hogares de las distintas posiciones de clase en Córdoba, Argentina.3 El trabajo finalizará con algunas reflexiones que permitan restituir lógicas y sentidos de la sistematicidad del conjunto de prácticas económicas en una economía general de las prácticas sociales, tal como la entiende Pierre Bourdieu (2010b).

Estudios sociales de la economía, desigualdad y reproducción social

Un conjunto de procesos marcan la pauta de transformaciones que le dan marco contextual a este análisis: desde la financiarización hasta la bancarización de la asistencia social (Freyre & Merino 2016),4 el aumento en el endeudamiento de los hogares, el crecimiento de créditos comerciales y para el consumo y la diversificación de su oferta, se profundizaron en la última década en Argentina (Luzzi & Wilkis 2018), siguiendo algunas de las tendencias que marcan las investigaciones de otras latitudes del mundo (Langley 2008; Lapavitsas 2009; Fligstein & Goldstein 2015; Lazarus 2016). A su vez, estos procesos impactan en dinámicas afines en la esfera del consumo en Argentina: la multiplicación de los patentamientos de autos y el aumento de los viajes al exterior, el mayor acceso a artículos electrónicos y tecnología, y el crecimiento de las ventas en supermercados y centros comerciales (Del Cueto & Luzzi 2016). Es importante señalar que los condicionamientos y pasajes entre los procesos de financiarización y los procesos de crecimiento del consumo de las familias no se dan de manera simultánea ni mecánica, sino que presentan temporalidades diferentes. Aquí abordamos un particular momento cuya coyuntura resulta singular por la combinación de un marco político de incentivo al consumo interno, una consolidación de la bancarización de la economía que había comenzado más de una década atrás, y una reactivación general del mercado de trabajo.
Por supuesto, el crecimiento en el volumen global de consumo en el período de la post-convertibilidad no estuvo exento de cuestionamientos y contramarchas. Como sostiene Wilkis (2013) en su libro, los nuevos accesos a recursos monetarios, consumos y prácticas financieras otrora reservadas para las clases medias y las élites sociales, fueron puestos bajo el escrutinio del juicio moral al ser apropiados por el mundo popular. De este modo, algunos sectores cuestionaron el mérito, la dignidad y la virtud de las personas de clases populares haciendo eje en estos nuevos accesos y modos de consumo y produciendo todo un campo de disputas en torno a lo que el autor denomina capital moral (Wilkis 2014a). En otras palabras, nuevos agentes se incorporan a ciertos circuitos, espacios y bienes de consumo, pero no necesariamente trajeron consigo la correspondiente legitimidad social como consumidores (Figueiro, 2013).
Un juicio moral homólogo es el que se da al respecto de los modelos éticos del vivir del crédito y la cultura del ahorro, como sostienen Del Cueto & Luzzi (2016). Nuevamente, las familias de clases populares son cuestionadas en su capacidad de planificación económica y sancionadas por su falta de ahorro, asociada a volúmenes de consumo que sobrepasan sus ingresos corrientes.
Como muestran estas autoras, además, la diversificación y aumento del consumo asumió formatos diferenciales asociados a posiciones de clase desiguales en la estructura social. Un ejemplo de esto es la dinámica en espejo entre el aumento en el consumo en centros comerciales (para sectores de mayores ingresos) y la aparición de las grandes ferias (para el consumo popular) resultado de procesos de globalización desde abajo (Gago 2012).
Por su parte, los estudios sociales de la economía (Dufy & Weber 2009; Wilkis 2013; 2014b) han delineado un nuevo y fructífero espacio de indagación en las ciencias sociales. El desplazamiento de la mirada epistemológica que este campo de investigación propone, apunta a un descentramiento de la pregunta disciplinar sobre cómo funciona la economía (en tanto ámbito autorregulado y regido por reglas propias bien definidas), para pasar a programas de investigación sobre cómo producen, intercambian, pagan, calculan y se representan las prácticas económicas los distintos agentes sociales (Dufy & Weber 2009).
Con este horizonte, autores clásicos y contemporáneos de distintas latitudes geográficas y teóricas han generado propuestas que desanudan la teoría de los mundos hostiles o el abordaje analítico escindido de las prácticas económicas y las prácticas no-económicas (Brubaker 1984; Boltanski & Thévenot 2006; Weber, 2006; Zelizer 2009). Karl Polanyi es probablemente uno de los primeros autores que abre el campo de indagación en torno a los mundos imbricados (Polanyi, 2007), mostrando que, a diferencia de las sociedades primitivas, las economías de mercado autorregulado dividen institucionalmente su sociedad en esferas política y económica, subordinando el conjunto de la sociedad a las leyes de mercado. Sin embargo, incluso en las sociedades occidentales contemporáneas, Polanyi observa mecanismos de protección de determinados ámbitos y agentes contra su absoluta mercantilización (el trabajo, por ejemplo), poniendo en evidencia que la economía se desarrolla constitutivamente incrustada en una trama institucional con principios de interacción social (Polanyi 2007). Es necesario desnaturalizar la separación del mundo en esferas para dar cuenta de una lógica (analíticamente) común entre las prácticas económicas laborales (la participación en las relaciones de producción), las prácticas económicas no laborales (ahorro, consumo, finanzas, etc.) y las prácticas no-estrictamente-económicas de acuerdo a las teorías de los mundos hostiles (como el cuidado y las estrategias educativas).
En este marco de discusiones teóricas y en el mencionado contexto sociohistórico de transformaciones, algunos aportes de los estudios sobre el consumo hacen mella en el núcleo problemático que aquí nos interesa resaltar. Narotzky señala que es necesario superar la instancia de abordar el consumo (y por extensión, el ahorro, las finanzas familiares, etc.) como mero epifenómeno de la producción, para pensarlo como parte constitutiva del proceso de reproducción social (Narotzky 2004). Coincidiendo con Campbell (1995), la autora sostiene la necesidad de desplazarse de la noción fundante -de raigambre marxista- de modo de producción hacia categorías que habiliten la comprensión de los modos, modalidades y significaciones de los consumos. Por ello, propone un concepto como el de modo de aprovisionamiento (Narotzky 2007) para analizar de forma articulada la consecución de recursos a partir de prácticas y mecanismos mercantiles y no-mercantiles. Un intento confluente realiza Figueiro reponiendo la noción de modo de regulación, que intenta identificar y caracterizar de qué forma se corresponden relaciones salariales, prácticas de ahorro, prácticas de consumo, etc. (Figueiro 2013).
Siguiendo esta pista conceptual, volvemos sobre la categoría de modo de reproducción socialpara referimos a las formas singulares -ancladas a la vez en las posibilidades que otorga un determinado desarrollo de los instrumentos de reproducción (las leyes de sucesión, el sistema escolar, el mercado de trabajo, el mercado de políticas sociales, etc.) y en las posibilidades desiguales que provee cada posición de clase de la estructura social- en que los sistemas coordinados de estrategias (laborales, financieras, de ahorro, de consumo) son configurados por el capital dominante por reproducir; es decir, por la estructura patrimonial de las familias y su trayectoria (Bourdieu, 2011; Mauger, 2013).
Por ello, la noción de modo de reproducción (Bourdieu, 2011) nos permite atar varios de estos cabos en orden a proponer hipótesis interpretativas sobre las diversas articulaciones familiares entre prácticas laborales, financieras, de ahorro y de consumo, 1) en un contexto de desigual distribución de los capitales o recursos de poder, que configuran un sistema de posiciones y relaciones entre posiciones, con márgenes de acción y posibilidades estratégicas diferenciales, y 2) emergentes de disposiciones sociales a actuar y percibir durables y transferibles, que le otorgan unidad práctica al conjunto de estrategias y accesos a capitales y consumos que aquí pretendemos explicar en tanto sistema de prácticas sociales (Bourdieu, 2011; Gutiérrez, 2005).
En este marco conceptual, el abordaje de los procesos de reproducción social asume una perspectiva estructural. El Análisis de Correspondencias Múltiples (ACM), desde una metodología y un procesamiento reflexivo, relacional, epistemológica y conceptualmente afín a la teoría de la práctica, permite conectar las modulaciones nativas de las prácticas económicas con su distribución estructural y la de los recursos de poder asociados a cada posición en el espacio social. De esta forma, habilita su comprensión profunda en tanto sentidos objetivos y vividos a la vez (Gutiérrez & Mansilla, 2015).
La noción de reproducción social (Gutiérrez, 2005) presenta, además, interesantes afinidades epistemológicas con la denominada teoría de los mundos imbricados -en tanto conjunto de prácticas fenomenalmente muy diferentes (estrategias laborales, culturales, domésticas, de natalidad, etc.) que tienden a funcionar como sistema con sus reemplazos funcionales y sus mecanismos compensatorios (Bourdieu 2011), presuntamente, por ser producto de un mismo principio unificador y generador: el habitus (Bourdieu, 1988)-. Las estrategias de reproducción social como categoría operacionalizan el estudio de dichas articulaciones en una herramienta conceptual que reconstruye analíticamente las lógicas transversales y los sistemas de complementariedad y contrapesos funcionales entre prácticas diferentes pero encastradas en apuestas y procesos de acumulación comunes y globales.
En este ámbito, los trabajos de Atkinson & Bradley -vinculados a las investigaciones sobre la desigualdad de clase en el Reino Unido que coordina Mike Savage (Savage et al., 2013; Savage et al., 2014)- resultan particularmente relevantes para la discusión que proponemos en este artículo. Su estudio acerca del impacto diferencial de la crisis económica (Atkinson & Bradley, 2013) y las políticas de austeridad del Reino Unido en las prácticas de consumo de las distintas posiciones de clase (Atkinson 2013) otorga importantes pistas a desarrollar en el camino de esta investigación -fundamentalmente en lo relativo al lugar de la familia como agente colectivo-.
En este sentido, una segunda noción clave para nuestro argumento es la de habitus. En esta dirección resulta vital la investigación de Pierre Bourdieu en Argelia y en la zona del Bearn, acerca de las temporalidades diferenciales de transformación entre las estructuras económicas pre-capitalistas. Aquellas viraban hacia dinámicas de mercado capitalista, dialécticamente con procesos de resistencia o histéresis del habitus económico de un conjunto de agentes con lógicas y sentidos prácticos y temporales adaptados a condiciones sociales objetivas en proceso de descomposición: aquello que Will Atkinson llama el “sentido de extravío” (Atkinson 2013: 14).

Descripción del espacio de las clases sociales en Córdoba, Argentina

Desde la perspectiva que adoptamos, la desigualdad constituye un punto de partida epistemológico fundamental e irrenunciable para dar cuenta de las dinámicas de poder en las sociedades contemporáneas (Bourdieu, Chamboredon & Passeron, 2008; Reygadas, 2008). De acuerdo a lo que sostuvimos en el apartado anterior, los modos de producción, intercambio y consumo del hacer económico sólo pueden ser comprendidos en su sentido vivido, en tanto y en cuanto éste se inserte en una lógica práctica más amplia producto de habitus objetivamente adaptados a la distribución de los agentes en el espacio social. Es decir, a la constitución de clases sociales a partir de la distribución desigual y múltiple del conjunto de capitales y del poder en toda la estructura social (Bourdieu, 1988).
Para el presente artículo se construyó un espacio social a partir del procesamiento estadístico de la base de microdatos de la ENES-PISAC realizada en 2014-2015, tomando los casos para los tres principales aglomerados del interior del país (Gran Córdoba, Gran Rosario y Gran Mendoza). De este modo, garantizamos un número suficiente de casos/hogares (más de 1800) no sólo para la reconstrucción del sistema de relaciones que configura el espacio de las clases sociales, sino también para los análisis más puntuales de las distribuciones de determinados recursos, prácticas y condiciones en dicho espacio.6
El procesamiento que utilizamos articula técnicas multifactoriales y de clasificación (Baranger 2004; Gutiérrez & Mansilla, 2015), sosteniendo una propuesta metodológica coherente con la perspectiva teórica relacional que proponemos, vinculando las dimensiones estructural y simbólica de los procesos sociales analizados. Siguiendo una larga tradición en los estudios de estratificación (Torrado 1998; Atkinson & Bradley 2013) y basados en el modo en que la teoría de la práctica concibe a la familia -a la vez- como campo y como cuerpo (colectivo) (Bourdieu, 1997), consideramos al hogar en tanto sistema de relaciones familiares y, por lo tanto, como unidad de análisis fundamental para enclasar a las personas, explicar y comprender sus estrategias y su modo de reproducción social. Por ello hemos construido el espacio social asignándole propiedades individuales del Principal Sostén del Hogar (PSH)7 al conjunto del hogar como agente colectivo, tomando en cuenta los recaudos reflexivos que conlleva este artificio metodológico.
Definimos un sistema de relaciones a partir de un conjunto de variables activas relativas al poder económico, a la inserción en relaciones laborales, al sexo, la edad y al capital escolar del PSH.8 La información provista por el resto de las variables no se pierde en el análisis, sino que se proyecta en el sistema de coordenadas, resultado del ACM:9 dejan de funcionar como variables activas y se convierten en ilustrativas.
Tomando los dos primeros factores10 -que suman una inercia propia de 22,55% de la inercia total de las desigualdades en el sistema de relaciones conformado y en los cuales cada una de las variables presenta contribuciones importantes-, aplicamos una Clasificación Jerárquica Ascendente cuyo dendograma resultante dio un corte óptimo en cuatro grandes clases de familias.

Clase 1. Precariado
La primera clase (con un 24,67% del total de los hogares) está constituida por los hogares más desposeídos del espacio social. Aparece asociada a PSH con calificación ocupacional no-calificado y a la inserción en el empleo doméstico. Esta inserción (la que más peso relativo tiene vinculando a una clase con una rama de actividad y un tipo de tareas) se da particularmente en condiciones de informalidad, precariedad e inestabilidad y sin uso de tecnología en sus tareas laborales. Por otra parte, presenta asociación a la no posesión de cobertura médica y al Programa de Asistencia Médica Integral (PAMI). Los PSH de esta clase se asocian a un bajo capital cultural institucionalizado (hasta nivel primario completo), a ingresos per cápita bajos -por debajo de un Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM)- a la categoría mujer y a una edad mayor a 65 años.
Estas familias se asocian estadísticamente a la residencia en villas de emergencia, asentamientos precarios y barrios de vivienda social. También a la percepción de la Asignación Universal por Hijo (AUH), que es la principal política de transferencia de ingresos en el país.11
Tomamos la denominación de precariado del esquema de la estructura social de Savage et al. (2013). Somos conscientes de que la categoría se ubica en el centro de un amplio debate, sobre todo a partir de la divulgación que Guy Standing (2013) realiza de este término. Si bien la conceptualización que propone este autor hace un esfuerzo por captar una nueva tipología de relaciones de empleo, en cierta forma la inserción en las relaciones de producción se autonomiza como dimensión determinante del resto de los recursos acumulados (o desposeídos) que configuran el patrimonio de cada familia ubicada en posiciones de clase desiguales. Por ello, el concepto está más específicamente pensado para las situaciones de relativa novedad observadas en la Europa post-crisis, de hipercalificados (graduados y posgraduados) en situaciones de fuerte precariedad laboral.12 Nuestra perspectiva, cercana a lo que Bourdieu llamaba la construcción de clases en el papel y con el horizonte analítico de la multidimensionalidad, recupera la idea de precariedad desde una perspectiva más global, con el objetivo de caracterizar las condiciones de vida de estas familias en un sentido total, cercano al uso de Savage et al. (2013) para nombrar lo que puede considerarse una fracción de las clases populares con configuraciones familiares, posibilidades estratégicas y estructuras patrimoniales bastante diferentes (peores) a la (clásica) clase obrera o clase trabajadora.

Clase 2. Clase obrera o clase trabajadora
La segunda clase (con un 38,15% del total de los hogares) aparece asociada a PSH varones con calificación ocupacional operativa y condición de cuentapropia (aunque no excluye una buena proporción de asalariados). Sus inserciones laborales se dan fundamentalmente en el sector privado. Se asocia al uso de maquinaria en sus tareas, y a la realización de tareas laborales de cierta especialización sin registro en la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP).13 Estos PSH poseen capital cultural institucionalizado medio, fundamentalmente asociados al nivel secundario.
Se trataría de actividades independientes no formalizadas (se asocian a no poseer cobertura médica), fundamentalmente en las ramas de la construcción, la industria y el comercio y, en menor medida, en transporte y logística, con ingresos per cápita bajos.

Clase 3. Cuadros técnicos/intelectuales
La tercera clase (con un 21,42% del total de los hogares) aparece asociada a PSH con calificación ocupacional técnica e inserción laboral formal y estable, a la categoría de jefes y a la supervisión del trabajo de otros - lo cual indica cierto poder en el control del proceso de trabajo, más allá de su propia posición jerárquica o de propiedad-. Aparecen como poseedores de un capital cultural consolidado, asociado a titulaciones escolares entre nivel secundario completo y nivel terciario completo, con un avanzado manejo de computadora.
Estos recursos tienden a valorizarse en su inserción laboral fundamentalmente en el ámbito estatal, en las ramas de la administración pública y la enseñanza, y en menor medida, en servicios sociales y salud. Además de las ramas de actividad, los PSH también aparecen asociados a tareas de educación, gestión y, en menor proporción, salud e investigación, y actividades culturales, con operación de sistemas informáticos en su labor.
Perciben beneficios a partir de sus inserciones laborales (obras sociales y formas de autonomía), como así también ingresos per cápita considerablemente más altos que las clases previamente descriptas (entre 1 y 3 SMVM).

Clase 4. Elite
La cuarta clase (con un 15,76% del total de los hogares) alberga dos fracciones bien definidas. Profesionales altamente calificados con manejo de tecnología en el ámbito laboral, fundamentalmente insertos en el sector público y con cobertura de obra social, por un lado. Patrones y directivos, con manejo de tecnología en el ámbito laboral, aunque no necesariamente correlativo a titulación universitaria, con inserción en el sector privado y cobertura de prepaga, por otro.
En conjunto, esta clase se caracteriza por los ingresos per cápita más altos del espacio social, asociados a un fuerte equipamiento de los hogares, a autopercepciones altas de la salud de los PSH y a posiciones de jerarquía y poder en su inserción en las relaciones de producción, es decir, a condiciones homólogas en cuanto a posiciones de privilegio en una diversidad de esferas de la vida social.
El enclasamiento del conjunto de hogares relevados por la ENES en estas cuatro clases implica un primer nivel de agregación de condiciones sociales homogéneas en las cuales se espera encontrar prácticas homólogas, resultado de disposiciones sociales comunes a cada posición -en un sentido siempre relativo y probable-. Cada una de estas clases es pasible de ser explorada con mayor profundidad en las fracciones de clase que albergan. En este texto nos restringiremos a describir y analizar las grandes desigualdades a nivel estructural entre estas cuatro clases sociales.

Estrategia metodológica para el trabajo de campo y el análisis del material cualitativo

El diseño del trabajo de campo cualitativo de la investigación (entrevistas en profundidad) tuvo en la construcción del espacio social su contexto estructural de interpretación sociológica. Las personas a ser entrevistadas fueron seleccionadas a partir de un criterio combinado de disponibilidad de contactos entrevistables y representatividad de los perfiles de familias con los parangones de cada clase estadística de familias del espacio y de sus respectivas fracciones de clase.
El guion de las entrevistas relevaba un conjunto muy amplio de prácticas a partir de las cuales las familias reproducen sus posiciones sociales y sus capitales: el modo en el que buscaron y consiguieron empleo, sus apuestas educativas y los usos de titulaciones escolares, el modo en el que resolvieron sus necesidades de vivienda, su apropiación del espacio urbano y su vida barrial, sus consumos y usos tecnológicos, sus estrategias financieras y su provisión de ingresos económicos no-laborales, etc. Aunque amplio, este relevamiento se realizó bajo la premisa conceptual de que estas prácticas -cuyo agente colectivo es la unidad doméstica- presentan una unidad (analítica) de articulación estratégica que contrapesa funcionalmente las tareas domésticas, las estrategias de ahorro y la realización de gastos para el hogar, con la inserción laboral, los recursos financieros y las estrategias educativas.

Estrategia metodológica para el trabajo de campo y el análisis del material cualitativo

El diseño del trabajo de campo cualitativo de la investigación (entrevistas en profundidad) tuvo en la construcción del espacio social su contexto estructural de interpretación sociológica. Las personas a ser entrevistadas fueron seleccionadas a partir de un criterio combinado de disponibilidad de contactos entrevistables y representatividad de los perfiles de familias con los parangones de cada clase estadística de familias del espacio y de sus respectivas fracciones de clase.
El guion de las entrevistas relevaba un conjunto muy amplio de prácticas a partir de las cuales las familias reproducen sus posiciones sociales y sus capitales: el modo en el que buscaron y consiguieron empleo, sus apuestas educativas y los usos de titulaciones escolares, el modo en el que resolvieron sus necesidades de vivienda, su apropiación del espacio urbano y su vida barrial, sus consumos y usos tecnológicos, sus estrategias financieras y su provisión de ingresos económicos no-laborales, etc. Aunque amplio, este relevamiento se realizó bajo la premisa conceptual de que estas prácticas -cuyo agente colectivo es la unidad doméstica- presentan una unidad (analítica) de articulación estratégica que contrapesa funcionalmente las tareas domésticas, las estrategias de ahorro y la realización de gastos para el hogar, con la inserción laboral, los recursos financieros y las estrategias educativas.
Para este artículo, el análisis del material cualitativo se concentró en la búsqueda de regularidades y recurrencias entre los entrevistados de cada clase, en relación a los modos de reproducción de las familias (apuestas, inversión y valorización de capitales, estrategias de gasto o consumos, estrategias financieras y de ahorro) con eje en las estrategias económicas.
Esta modalidad de análisis no implica desconocer las divergencias, diversidades y modulaciones hacia dentro del conjunto de personas enclasadas en una misma clase social.14 Sin embargo, el abordaje conceptual a partir de la categoría de modo de reproducción implica, justamente, una apuesta por explicar y comprender la unidad práctica y la articulación de las estrategias económicas -en un sentido amplio- como producto de un mismo esquema de percepción, anclado en determinadas posiciones de la estructura social pues es, a su vez, producto de su incorporación en forma de disposiciones sociales perdurables y transferibles a una diversidad de escenas sociales.
A partir de estas recurrencias por clase de familias, procedimos a agrupar estrategias y tipos de prácticas, para realizar comparaciones entre clases de entrevistados. Complementamos el análisis de los datos estadísticos con descripciones singulares ancladas en trayectorias familiares concretas, haciendo hincapié en las divergencias, y poniendo analíticamente en juego el fuera de campo de la interpretación cualitativa, provisto por el espacio de las clases sociales como telón de fondo y condición de comprensibilidad sociológica de las prácticas desiguales.

Descripción de los componentes y dimensiones de las prácticas económicas de las familias en el espacio social

Los ingresos monetarios y su composición
Como explicamos anteriormente, el tipo de enclasamiento que aquí proponemos no tiene a la dimensión económica como único eje de estructuración. Por lo tanto, si bien refleja asimetrías estructurales a nivel material, no necesariamente representa las grandes distancias entre los grupos más empobrecidos y los grupos concentrados de poder.15 Por ejemplo, el ingreso per cápita familiar entre las familias posicionadas en el precariado constituye, en promedio, cerca de tres veces menos que los ingresos promedio de las familias de la elite social. Si tomamos como referencia la fracción directiva de la elite, la diferencia supera las cuatro veces.
Sumado a estas distancias, la composición de los ingresos resulta también diferencial. Si tomamos los PSH, mientras que en el precariado el 87% de sus ingresos son de origen laboral, en la élite social este porcentaje sube a 94%. Bajo la misma distinción, mientras que el 88% de los hogares de la elite perciben ingresos laborales, sólo el 69% de los hogares del precariado lo hacen.
Como datos complementarios, en el precariado un 16% de los hogares recibe algún tipo de pensión específica (en general, no contributiva), mientras que en las familias de la élite social este porcentaje desciende a 6%. Algo similar (aunque con diferencias aún más marcadas) sucede en relación a la percepción de la AUH: las familias enclasadas en el precariado perciben este ingreso en un 25% de los hogares, mientras que los hogares de la élite social sólo lo perciben en un 9,4% de los casos (Cuadro 1).

Cuadro 1. Hogares que reciben ingresos según origen de los ingresos y clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario. Argentina. 2014-2015

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015.

 

Una estructura inversa puede observarse en relación a los ingresos provenientes de rentas (Cuadro 1): por alquiler de propiedad reciben ingresos un 6% de los hogares de la élite social, mientras que sólo lo hace un 3% de los hogares en el precariado. Lo mismo sucede con los ingresos por ganancias (4% para la primera posición de clase y menos del 1% para la segunda) e intereses financieros (4% para las primeras y 0% para las segundas).
Otro indicador relevante está constituido por la percepción de ingresos en el rubro cuota alimentaria (Cuadro 1), que triplica el porcentaje en los hogares enclasados en el precariado (6,7%) en relación a los hogares de la élite social (2,3%). Esto implica un dato no solamente referido a la composición de los ingresos, sino también a las configuraciones familiares con las que están asociadas (Cuadro 2). El porcentaje de hogares con núcleos monoparentales en el precariado (cerca de 35%) es muy superior al del resto de las clases (todos por debajo del 19%).

Cuadro 2. Composición de los hogares según clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario. Argentina. 2014-2015


Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015.

 

En la región dominada del espacio social (y muy particularmente entre las familias del precariado) pesa una insistente vigilancia moral sobre el uso de los ingresos no laborales. Como sostiene Ariel Wilkis en su libro (2013), muchas veces el dinero proveniente de prácticas u orígenes -calificados por personas del resto de las posiciones de del espacio social como- ilegítimos (en este caso, todos los recursos monetarios que no provengan del propio trabajo según la lógica proverbial del pescado y la caña de pescar) es pasible de ser legitimado y transformado en sus diversos usos familiares. En el procesamiento de las entrevistas a referentes de familias de clases populares fue común encontrar distintas estrategias discursivas para 1) deslindarse del cobro de planes (políticas de transferencia de ingresos) desplazando la titularidad, el poder de decisión y el uso del dinero a otras personas (en general, mujeres) e incluso otros hogares (ex parejas); o bien, 2) justificar sus gastos en bienes o servicios para los niños del hogar (alimentos, ropa, educación, etc.).

Incluso, le daban de comer a los chicos acá en el Güemes, y éstos se quedaban para hinchar las bolas, el más chico sobretodo, yo lo cagaba a pedos, le decía ‘le estás sacando la comida a un chico y vos tenés comida en tu casa’. […] El PAICOR. Nunca me gustó…no sé si Lorena le daban la Caja un tiempo, creo, no estoy seguro, estuvo desocupada también un tiempo así que puede ser…pero estoy en contra de todo eso también, subsidios y todas esas pelotudeces que dan.16

La verdad que yo no sé cuánto [cobramos]…eso yo no…lo maneja ella [al ingreso por la AUH]. Y como te dije, eso lo administra ella. No sé si está mal que lo haya invertido en una moto, porque eso tiene que ser para los chicos, pero bueno…eso no puedo…eso lo maneja ella, no me quiero meter, porque ella tiene una tarjeta que le dan para que vos vayas al cajero y de ahí sacás plata.17

Servicios financieros y la cuestión de la vivienda
En relación al acceso diferencial de las familias a servicios bancarios, un primer elemento está relacionado la posesión de cuentas sueldo (Cuadro 3): mientras que las familias de clases populares (precariado y clase trabajadora) presentan porcentajes de acceso inferiores a 58%, las de la región dominante del espacio social (cuadros técnico-intelectuales y elite social) superan el 68% de acceso. Esta desigual distribución en el acceso a servicios financieros crece al observar la tenencia de otras cajas de ahorro (27% para el precariado, 55% para la elite) y cuentas corrientes (7% para el precariado y 27% para la elite).
En la misma línea, mientras que entre familias enclasadas como precariado el 87% no tiene acceso a ningún tipo de tarjeta (crédito, débito u otras), este porcentaje disminuye a 9% en las familias enclasadas en la elite social (Cuadro 3). Por otra parte, mientras que la obtención de préstamos está distribuida de manera bastante igualitaria, la tipología muestra diferencias clave: los préstamos hipotecarios presentan niveles particularmente altos en familias pertenecientes a la elite social (12% contra 6% en el precariado). En cambio, los préstamos a sola firma presentan porcentajes particularmente altos entre familias del precariado (17,5% contra 8% en familias de la elite) (Cuadro 4).

Cuadro 3. Acceso a servicios bancarios según clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario. Argentina. 2014-2015

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015.

 

Se observa así un acceso diferencial a una serie de beneficios, descuentos y facilidades de pago cuya distribución está intermediada por el acceso a servicios bancarios. Al mismo tiempo, este acceso diferencial dispone a: 1) condiciones crediticias y tasas de interés muy diferenciadas entre los sistemas crediticios bancarizados y los formales no-bancarios, semi-formales o informales,18 y 2) prácticas de consumo alternativas que replican sistemas de pagos y créditos paralelos e informales -un ejemplo es la ya comentada emergencia de ferias populares-.19 Sobre estas prácticas, este relato de un entrevistado describe los costos adicionales que deben cubrir las familias de clases populares accediendo por vía de esta estrategia.

Hasta que bueno, me dijo ‘mirá voy a…’, porque hay un tipo en Villa Urquiza que presta plata, pero si te da 5000 pesos vos le tenés que devolver el doble ¿Entendés? Y a mí nunca me gustó. Además, yo tengo la experiencia de mi viejo que se cansó de sacar préstamos y se murió teniendo un montón de deudas, y nosotros somos así, mi vieja también me crió así… pero mi vieja… o sea, yo nunca me metería en un crédito si no sé si lo voy a poder pagar, y menos esa clase de créditos. Entonces yo le dije ‘no, vos estás loca’ [a su excónyuge], no estaba de acuerdo yo, y agarró y ¿Qué hizo? sacó el préstamo lo mismo. Entonces, listo, le dije ‘arreglátela vos’.20

Cuadro 4. Acceso a mercado crediticio según clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario. Argentina. 2014-2015

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015.

 

Otra dimensión relacionada a este proceso es la relativa a las viviendas familiares. Existe una tendencia fuerte hacia la propiedad de la vivienda y el terreno en todo el espacio social, que llega en el caso del precariado a un 62%, mientras que entre las familias posicionadas en la elite social alcanza un 74% (Cuadro 5). Mientras tanto, el inquilinato alcanza sus valores más altos entre los cuadros técnicos/intelectuales (22% contra un 15% en el precariado) y las distintas modalidades de ocupación informal presentan asociaciones altas entre las familias de clases populares (entre 11% y 13%, contra 5% entre las familias pertenecientes a la elite social).
Sin embargo, como planteamos en un primer momento, estas viviendas tienen ubicaciones (y, por lo tanto, valores económicos) considerablemente diferentes: mientras que el precariado se configura altamente asociado a villas de emergencia o barrios de viviendas sociales, la región dominante del espacio social lo hace anclada en la modalidad de barrio residencial.
Los modos diferenciales de resolver e invertir en estrategias habitacionales -teniendo en cuenta que la cuestión de la vivienda es uno de los rubros más importantes en el presupuesto de gastos del hogar- sin dudas están vinculados a las diferencias trazadas en torno a los componentes de los ingresos monetarios y al grado de formalización financiera que poseen: las estrategias de ocupación se vuelven importantes en posiciones de clase asociadas a ingresos inestables e informales, compuestos en buena parte (más que en el resto del espacio social) por ingresos no-laborales, fundamentalmente pensiones sociales y programas de transferencia de ingresos.
Por otra parte, en el material cualitativo de esta investigación podemos observar cómo estas distribuciones estructurales se complejizan. La fuerte asociación estadística de la región dominante (y muy particularmente de las familias de la élite) con el acceso a servicios bancarios aparece apoyada no solamente en los mecanismos institucionalizados y (presuntamente) universales de evaluación -que, con sus patrones (presuntamente) despersonalizados, evalúan las características asociadas a estas familias como positivas para acceder a los beneficios de los servicios financieros-, sino también, en redes de contactos que redoblan la eficacia de los recursos invertidos en sus estrategias. En otras palabras, el capital social -emergente muchas veces de sus propias inserciones laborales en ramas de actividad estratégicas y ubicados en puestos jerárquicos- conecta los agentes de estas familias con agentes provistos de recursos clave y posicionados, sea en las entidades bancarias, o como propietarios que pueden oficiar de garantes o de prestamistas informales sin interés o costo financiero. Este capital social habilita un uso y una valorización plena en términos de los beneficios financieros disponibles y asociados a aquellas familias con ingresos monetarios formales y bancarizados. Estos fueron los casos de Ricardo21 y José22, por ejemplo, que a partir de “conocidos” o “contactos” consiguieron acceder créditos a tasas bajas en bancos públicos y privados para adquirir, construir o cambiar sus viviendas. A este recurso pudieron sumarle la disponibilidad de capital económico en forma de bienes inmuebles transables o dinero en efectivo a los que miembros de esta clase acceden como herencia o “adelanto de herencia”.
No decimos con esto que las herencias de inmuebles sean propiedad exclusiva de esta posición en el espacio social. Sin embargo, su carácter de recurso complementario en lugar de ser una única vivienda de uso familiar, habilita la definición de estrategias adaptadas a las expectativas de los agentes y que combinan diferentes fuentes: ahorros resultado de ingresos altos y estables, créditos bancarios privados, adelanto de herencia, etc. El peso de la herencia también tiene un lugar particular en la fracción profesional en esta clase, entre quienes resulta recurrente la herencia de inmuebles destinados al trabajo: consultorios médicos u odontológicos, estudios legales, de arquitectura o ingeniería, equipamiento de alto costo, etc.
Un caso intermedio y a escala de esta estrategia, particularmente presente en las familias de la región media del espacio (tanto entre los cuadros como en la clase obrera) está vinculado a los créditos mediados por las respectivas inserciones laborales de los PSH: créditos de empresas o dependencias estatales, en general con tasas de interés relativamente bajas, y a los cuales se accede por intermediación de un capital social institucionalizado en ámbitos laborales específicos (empresas estatales, automotrices, grandes industrias, etc.).
Un caso intermedio y a escala de esta estrategia, particularmente presente en las familias de la región media del espacio (tanto entre los cuadros como en la clase obrera) está vinculado a los créditos mediados por las respectivas inserciones laborales de los PSH: créditos de empresas o dependencias estatales, en general con tasas de interés relativamente bajas, y a los cuales se accede por intermediación de un capital social institucionalizado en ámbitos laborales específicos (empresas estatales, automotrices, grandes industrias, etc.).

Cuadro 5. Régimen de tenencia de vivienda según clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario. Argentina. 2014-2015

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015

 

A esto se suma, en la última década, cierto desarrollo de los instrumentos de reproducción social en términos financieros y de política pública, que han resultado en un crecimiento importante de la cobertura de los servicios de crédito hipotecario subsidiados por el Estado, fundamentalmente a partir del PRO.CRE.AR (Programa de Crédito Argentino para la vivienda única familiar),23 de gran importancia para las familias con PSH más jóvenes enclasados en los cuadros técnicos/intelectuales.
En relación a las estrategias habitacionales de las familias enclasadas en el precariado, en las entrevistas hemos identificado dos prácticas confluyentes y recurrentes: la primera es la inversión de sumas de dinero provenientes de indemnizaciones por despido, como adelanto para la compra de un terreno, sea como dinero en efectivo para construir, o la compra de materiales para la construcción en terrenos ocupados. La segunda práctica involucra las diversas formas de autoconstrucción (muy particularmente apoyadas en la importante cantidad de trabajadores de la rama de la construcción en esta clase) parcial o total en las propias viviendas.

Y…sí, construyo cuando yo puedo y tengo algún ingreso y puedo comprar material, y voy haciendo de a poco. Aparte sabés que soy albañil, así que mano de obra no me hace falta. Lo que sí, el tiempo y plata. Por ahí tengo todo el tiempo del mundo, pero no tengo trabajo y no tengo dinero así que no me sirve de nada.24

Equipamiento y consumos
En relación al equipamiento, los consumos y los bienes del hogar, detallaremos aquellas variables que muestran distribuciones desiguales más claras (Cuadro 6). En el caso de los medios de movilidad, se observa una tendencia en el precariado hacia la tenencia de motocicletas (20% y 18% de tenencia de autos), a diferencia de la elite social que presenta una marcada tendencia hacia la tenencia de automóviles (69% y 14% de tenencia de motocicletas).
Este resulta un buen ejemplo de la sistematicidad de las prácticas. Mientras que las familias del precariado se ven más expuestas a los segmentos más deficitarios del sistema público de transporte, la motocicleta no sólo aparece como un medio de transporte privilegiado en esta clase para asistir al trabajo (12% contra 3% en la elite) por su costo accesible, sino que, al mismo tiempo, resulta una herramienta central para sus estrategias laborales: en nuestros entrevistados -sobre todo entre los más jóvenes de esta clase- la motocicleta resulta una herramienta de trabajo fundamental para ocupaciones comunes en esta posición, como la de reparto u oficios independientes que requieren traslado permanente (jardinero, pintor de obra, etc.).
En contraposición, las familias de la elite presentan fuertes asociaciones a elementos de equipamiento del hogar (tabla 6) como calefactores por instalación (82% contra 39% en el precariado), termotanque (56% contra 35% en el precariado), lavaplatos (12% contra 3% en el precariado), casa de fin de semana o vacaciones (4% contra 1% en el precariado), plasma o Liquid Cristal

Cuadro 6. Equipamiento del hogar según clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario Argentina. 2014-2015

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015

 

Display (LCD) (61% contra 27% en el precariado), aire acondicionado (67% contra 24% en el precariado), computadora de escritorio (61% contra 27% en el precariado) y portátil (59% contra 23% en el precariado).
En relación a los servicios del hogar, su distribución presenta una estructura homóloga (Cuadro 7): línea de teléfono fijo (74% en la elite social contra 51% en el precariado), servicio de internet (75% contra 27% en el precariado), servicio de seguridad por monitoreo (21% contra 1% en el precariado) y seguridad privada (10% contra 1% en el precariado).

Cuadro 7. Servicios del hogar según clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario. Argentina. 2014-2015

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015.

 

Por último, una práctica de ocio como salir de vacaciones, registra marcadas diferencias (Cuadro 8): mientras que las familias enclasadas en el precariado responden afirmativamente a la pregunta acerca de si toman vacaciones al menos una semana al año en un 16% de los casos, las de la elite lo hacen en un 63%. La diferencia sigue siendo relevante en la pregunta por salir de vacaciones los fines de semana: un 11% en el precariado lo hace, contra un 41% en la elite.

Cuadro 8. Vacaciones según clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario. Argentina. 2014-2015

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015.

 

Estas distancias que pueden resultar al menos esperables entre familias de las distintas clases del espacio social, aportan en dirección a pensar la desigual composición de los presupuestos familiares. Así, hemos observado una mayor provisión y recursos económicos invertidos en servicios regulares de los hogares en la región dominante del espacio social y en su relativa liberación de la situación de necesidad inmediata para acceder progresivamente a servicios directamente vinculados con los placeres, el ocio y la comodidad, sin por ello poner en riesgo su propia estima simbólica, o ser expuestos a la crítica social, como sí sucede en el caso de las clases populares.

Las estrategias de consumo de los hogares y la sistematicidad de las prácticas
Los diferenciales observados en los equipamientos del hogar entre las familias de cada posición de clase no radican exclusivamente en las distancias de ingresos monetarios percibidos (capital económico), sino también en las posibilidades que el acceso a servicios bancarios brinda para realizar compras de bienes costosos prorrateados en varios pagos. En este sentido, el mayor equipamiento de los hogares de la región dominante del espacio social se corresponde con las condiciones de adquisición más accesibles y con beneficios, descuentos y prorrateos, institucionalizadas por los servicios bancarios y financieros.
Además, como ya detallamos anteriormente, esta región del espacio social presenta la particularidad de poder combinar diversas fuentes de ingresos extraordinarios, teniendo en cuenta sus condiciones de previsibilidad futura de ingresos corrientes: a las herencias y adelantos de herencias pueden sumarle créditos de una o más instituciones bancarias para llegar a cubrir expectativas acordes a sus recursos: casas más cómodas, con más servicios, con más seguridad, en barrios cerrados, alejados o cercanos, etc.
Por su parte, algunas investigaciones señalan que la históricamente reciente bancarización de las políticas de transferencia de ingresos ha habilitado una serie de estrategias simbólicas para las familias de clases populares. Wilkis, por ejemplo, señala el uso de las tarjetas de débito -a través de las cuales se cobran planes sociales- como certificaciones alternativas o garantías de algún tipo de ingreso estable en circuitos informales de crédito -como las ferias populares y los locales de préstamos a sola firma- (Wilkis 2014b). Como puede observarse en el siguiente relato de una entrevistada, los formatos de inclusión previsional que el Estado puso en funcionamiento -y que implicaron también bancarización- en la última década tuvieron, en su institucionalización, un fuerte valor simbólico, además de estratégico, para sus beneficiarios.

Porque soy jubilada por ama de casa. Dirán muchas cosas, yo no soy cristinista, pero yo gracias a la Cristinita tengo muchas cosas. Yo no me podía jubilar porque no tenía los años suficientes de aportes. Me jubilé por ama de casa gracias a la Cristina. Tengo todas las tarjetas gracias a la Cristina, porque por intermedio de mi jubilación… antes pedía tantas veces que me dieran… nadie me la quiso dar porque no tenía un recibo de sueldo. Ahora con la jubilación… entonces tengo las tarjetas. Tengo muchos beneficios porque tengo el Pami y tengo viajes gratis para los jubilados.25

Otras tres tipologías prácticas completan el cuadro de las estrategias de consumo en las clases populares. La primera -particularmente asociada al precariado- es la movilización de capital social en formato de confianza económica en redes vecinales para adquirir bienes de consumo cotidiano apelando al fiado26 en comercios barriales. Esta estrategia aparece particularmente entre aquellas familias con ingresos inestables, pero con necesidades de gasto constante (familias numerosas). Como es de común conocimiento, uno de los problemas con esta estrategia es que encarece los costos unitarios de los bienes consumidos (consumo en comercios minoristas en lugar de supermercados o hipermercados). El sobre-costo se manifiesta como el precio pagado para paliar la inestabilidad de los ingresos.

Sí, [compramos] en el barrio, porque por ahí…antes era más fácil, o por ahí el trabajo que tenía antes, a lo mejor, nos administrábamos de otra forma…qué sé yo, en vez de comprar a fin de mes para tener, qué sé yo, la mercadería para…pero ahora no, vivimos el día a día, porque es como que no…o sea ahí nomás compramos las cosas ahí en el barrio, para mí es lo mismo. Es lo mismo porque…o sea te cobran un poquito más, no es lo mismo que un híper o un súper, pero es así…porque el ingreso de plata es de todos los días, o sea…no tengo un ingreso mensual o semanal.

La segunda, más común a ambas posiciones de la región dominada del espacio social, está constituida por la venta de bienes propios para el acceso a nuevos bienes o para cubrir gastos corrientes. En las entrevistas es recurrente encontrar narraciones de ventas de rodados para finalizar etapas de la construcción de la vivienda (verjas, techos, revoques, instalaciones eléctricas, etc.), para pagar deudas, o bien la venta de muebles para resolver gastos ordinarios de los hogares.

En aquel momento tuvimos que vender la moto para juntar la plata y Dios proveyó. Ahora tenemos otra, pero también la vamos a vender, porque los chicos pasan por el frente y nos roban las macetas con las plantas que tenemos de este lado de la verjita para cambiarlas por droga con el dealer del barrio, así que vamos a poner una reja.27

Tenía una moto, vendí la moto, me metí en un préstamo, y fue cuando mi viejo me dio el okey para poder hacer el departamento ahí, porque no me quedaba otra, sí o sí tenía que meterme en algo. Agarré la moto, la vendí y saque el préstamo. Y ahí hice la pieza y hice un bolseado nomás y terminé el baño. Lo único que terminé bien fue el baño, porque no lo iba a dejar tampoco así nomás. O sea, sí, agarré de donde pude y le puse cerámicos, todo. Lo único que me quedó era el piso de la cocina y la pieza y supuestamente el día de mañana era revocarla bien, le hice el bolseado para que no quede el ladrillo pelado noma, nada más.28

La tercera estrategia de consumo, asociada particularmente a las familias de clase obrera, se constituye por lo que llamamos ahorro ascético: una suerte de empequeñecimiento de determinados consumos al límite de la necesidad, definidos situacionalmente como superfluos, gustos o lujos (en general, salidas a comer afuera, idas al cine, adquisición de indumentaria, etc.) para producir un excedente con objetivos definidos (comprar algún electrodoméstico, pagar una inscripción, colaborar en el hogar, hacer un viaje, etc.). Es importante señalar que en muchas entrevistas las mujeres de las familias de clases populares son las que aparecen como agente privilegiado y protagonista de un ejercicio de control moral sobre los consumos que, a la vez, habilita procesos de acumulación económica y las valoriza como personas dignas moralmente.
Como sostiene Ariel Wilkis (2012; 2013) la capacidad de ahorro resulta un fuerte elemento de distinción social en las clases populares (con las condiciones económicas que hemos descripto, signadas por la inestabilidad y la precariedad), a la vez que funciona como símbolo de confiabilidad para el crédito económico y moral en sus redes de sociabilidad.
Por último, encontramos que tanto familias de clase obrera como aquellas enclasadas entre los cuadros técnicos/intelectuales utilizan determinados consumos a crédito como una suerte de estrategia de ahorro. Ante la imposibilidad de generar excedentes de manera voluntaria, algunas familias aplican una práctica con lógica homóloga a la que Elster describe en Ulises y las sirenas:30 construyen la obligatoriedad de las cuotas como un método de autodisciplinamiento para la capitalización en determinados bienes y para evitar el gasto de la totalidad de sus ingresos en consumos ordinarios.

Es que en realidad cuando uno empieza a ahorrar y te surge algo, se te rompió la rueda de un auto, sacas los ahorros ¡ah! Se te rompió la canilla, sacas los ahorros. Entonces no se puede. Con el crédito vos destinas directamente toda esa plata a eso, lo haces de una y después lo pagás y sí o sí lo tenés que pagar por más que se te rompa la rueda del auto. No te queda otra. Eso pasa. No te queda otra. Sí, porque si no… Siempre en una casa vas a tener cosas que se te rompen y que tenés que gastar lo que estabas ahorrando, no se puede. Es mejor y más fácil con el crédito.31

Economía de los cuidados
Respecto a la economía de los cuidados, encontramos una distribución fuertemente desigual en relación al acceso a la contratación de servicio doméstico (Cuadro 9): un 23% de las familias de la elite social contra un 2% en el precariado. Una distancia inversa hay en el promedio semanal de horas dedicadas a las tareas domésticas: mientras que los PSH del precariado le dedican un promedio de 18 horas, los de la elite le dedican un promedio de 11. Estas diferencias también se observan en relación a la participación de los PSH en tareas domésticas como limpiar (81% en el precariado contra 69% en la elite), planchar (52% contra 31%) o hacer la comida (81% contra 71%).
A esto habría que sumar que la proporción de menores de 15 años en las familias del precariado (40%) es muy superior a la proporción en las familias de la elite social (27%). Además, como ya señalamos, el número de niños es muy superior entre las familias de clases populares.
Hablamos, por lo tanto, de economías del cuidado con cargas de trabajo doméstico muy disímiles en cuanto a su volumen, en cuanto a las personas adultas con posibilidad de realizarlo (recordemos la asociación de las familias del precariado a hogares con un solo referente adulto como sostén del hogar) y en cuanto a los recursos monetarios disponibles para su resolución por vía de contratación de fuerza de trabajo en el mercado (empleo doméstico).

Cuadro 9. Contratación de servicio doméstico y presencia de menores según clase social. Aglomerados de Gran Córdoba, Gran Mendoza y Gran Rosario. Argentina. 2014-2015

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de ENES-PISAC. 2014-2015.

 

Aunque los estudios de organismos internacionales marcan la mayor propensión de las mujeres provenientes de familias con ingresos por debajo de la línea de pobreza hacia la inserción en el mercado de trabajo, las trayectorias laborales de mujeres posicionadas en las clases populares están estructuradas bajo el mandato de la compatibilización de las tareas domésticas y el trabajo productivo.32 Esta búsqueda de articulación se da no sólo en términos de trayectos laborales interrumpidos por el nacimiento y la crianza de hijos (y nietos) en la familia, sino también en clave de compatibilización horaria cotidiana de los empleos (trabajos por hora en horario escolar, atención de negocios en el espacio doméstico, venta por catálogo, etc.) con toda una compleja logística de las tareas asociadas a la reproducción doméstica.
La división sexual de las tareas de reproducción doméstica no desaparece en la región dominante del espacio social, pero la contratación de servicio doméstico se vuelve una condición necesaria para el desarrollo de carreras laborales entre las mujeres adultas de estas familias.

Reflexiones finales

Volviendo a lo que sostuvimos en el comienzo de este artículo, las hipótesis interpretativas con las que cerramos el texto constituyen una rearticulación de las prácticas y recursos económicos, financieros y de consumo en la estructura global de una economía general de las prácticas sociales y, por lo tanto, en la sistematicidad de estrategias de reproducción social que tienen a las familias como agente colectivo protagónico.
Separando el espacio de las clases sociales en dos grandes regiones (dominada y dominante), es posible pensar el conjunto de estrategias económicas movidas por dos tipos de repertorios que marcan patrones de comportamiento disímiles o, en términos conceptuales, modos de reproducción diferenciales. En la región dominante del espacio social (cuadros técnicos/intelectuales y elite), las estrategias económicas estarían signadas por la disponibilidad de un fuerte volumen de capital económico estable (el capital dominante en estas familias), formalizado e institucionalizado, resultado de inserciones en puestos calificados (valorización de su capital cultural con distintos pesos entre cuadros y elites), cuyos ingresos monetarios corrientes están fundamentalmente compuestos por ingresos laborales y rentas. Estas características otorgan, al mismo tiempo, acceso a los servicios bancarios -definiendo una serie de estrategias financieras-, con consumos a crédito a tasas relativamente bajas y con beneficios extra como descuentos y promociones. Del mismo modo y atravesado por el mismo eje de institucionalidad, sus estrategias habitacionales se fundan económicamente en el acceso a créditos hipotecarios y, por lo tanto, en condiciones de máxima formalidad de la tenencia de sus viviendas.
La razonabilidad de sus estrategias económicas consiste en algo así como la gestión de excedentes presupuestarios familiares y combina, de este modo, altos volúmenes de consumo (observables, por ejemplo, en sus situaciones habitacionales y en el equipamiento de sus hogares) sin encarecimiento de costos, sino más bien todo lo contrario (antes hablamos de los beneficios bancarios). A esto se suma que todo el trayecto de provisión de recursos hasta la realización de los gastos y consumos sostiene parámetros de legitimidad social: ingresos merecidos por su propia actividad económica y mecanismos formales de ahorro y pago (bancarización). En resumen, familias con un fuerte poder de proyección y control de la temporalidad de su vida económica a largo plazo, apoyados en una resolución de su economía de los cuidados por medio de la contratación de fuerza de trabajo o servicio doméstico (generalmente, de mujeres de clases populares). En otras palabras, estas familias resuelven su reproducción doméstica, en gran parte invirtiendo capital económico, estrategia que sostiene la disponibilidad de fuerza de trabajo calificada y bien paga para valorizar en el mercado y, así, reproducir el principal capital que define su patrimonio.
En contraposición, las estrategias económicas de la región subalterna del espacio social (precariado y clase obrera) se ven signadas por la disponibilidad de un importante volumen de fuerza de trabajo, descalificada e inserta en condiciones con distinto grado de precariedad en el mercado, pero al mismo tiempo diversificada y puesta en valor por fuera del espacio estrictamente mercantil. Esta apuesta (la del capital fundamental de estas familias), resulta en ingresos monetarios bajos e inestables, muchas veces sin formalizar ni bancarizar, compuestos en gran medida por el acceso a programas de transferencias condicionadas de ingresos. El volumen y la composición de los recursos económicos disponibles orienta sus estrategias de consumo por vía de estrategias de crédito alternativo e informales (que suponen sobrecostos) y sus estrategias de ahorro por vía de la autorepresión o autorestricción ascética de los gastos. Esta misma informalidad o semi-formalidad signa el modo en el que estas familias resuelven sus necesidades habitacionales, bajo condiciones también precarias de tenencia, combinando recursos no-mercantilizados (la ocupación individual o colectiva de terrenos, la sesión, préstamo o herencia de hecho) con recursos laborales (autoconstrucción parcial o total de las viviendas).
Por lo restringido de su capital económico, además, la fuerza de trabajo de las familias de clases populares (como sostuvimos, su capital definitivo para su modo de reproducción) no es solamente invertida en el mercado de trabajo, sino que es dedicada en gran medida a una economía de los cuidados de gran volumen, junto a un plus de fuerza de trabajo familiar (fundamentalmente de las niñas de estas familias), disparando toda una serie de problemas de logística y contrapesos funcionales en cada hogar, y definiendo para las mujeres de estas familias horizontes precarios y fragmentados de actividad laboral, siempre signados por la demanda y la necesidad de compatibilización.
En resumen, unos recursos restringidos, unos consumos al límite y una situación de permanente enjuiciamiento moral tanto de su provisión de ingresos monetarios (la falta de mérito dictada sobre los recursos provenientes de planes sociales) como de su racionalidad económica (el permanente escrutinio moral sobre sus consumos, siempre juzgados como excesivos).
La contraposición de los modos de reproducción y de la sistematicidad de las estrategias permite romper con muchas imágenes de sentido común sobre la vida económica de los distintos sectores de la estructura social argentina. En esta línea sería relevante destacar que, si el discurso moral de las clases medias y las elites ha calificado en los últimos años como positiva la cultura del ahorro -en tanto modalidad de ascetismo contemporáneo asociado a la prosperidad económica y moral-, mientras que el vivir del crédito ha sido marcado como parte de las prácticas de vicio cultural y de deficiencias en la mentalidad de las clases populares, las asociaciones estadísticas plantean serias dudas sobre esta distribución mítica: son los sectores dominantes los que fundamentalmente se benefician del consumo a crédito (con sus ganancias adicionales vinculadas a la institucionalización de sus ingresos y la previsibilidad económica que les otorga) mientras que las familias del mundo popular producen nuevos consumos o ahorros imprevistos a partir de prácticas ascéticas de restricción y empequeñecimiento de los gastos corrientes.
Condiciones y prácticas desigualmente distribuidas y definidas en la estructura social cordobesa disparan procesos de acumulación económica que ponen en evidencia diferentes relaciones con la temporalidad a largo plazo entre familias ubicadas en distintos puntos del espacio social. Al mismo tiempo, ponen en evidencia líneas de contacto fundamentales entre las lógicas de acumulación desde abajo o desde arriba y los sistemas de prácticas que reproducen material y simbólicamente sus respectivos capitales, sus estructuras patrimoniales y su lugar en el mundo social.

Notas

*Gonzalo Assusa es Licenciado en Sociología (Universidad Nacional de Villa María) y Doctor en Ciencias Antropológicas (Universidad Nacional de Córdoba). Investigador (Instituto de Humanidades -Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas – Universidad Nacional de Córdoba). Profesor titular de Elementos de Sociología de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba. Investiga acerca de la dimensión simbólica de la desigualdad social en torno al trabajo y al consumo. Correo electrónico: gonzaloassusa@gmail.com.

**María Laura Freyre. Licenciada en Sociología (Universidad de Buenos Aires) y Magister en Diseño y Gestión de Políticas Sociales (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Profesora Adjunta de Teoría Social, Departamento de Antropología, Facultad de Filosofía y Humanidades -Universidad Nacional de Córdoba. Investigadora en el Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Correo electrónico: laufreyre@gmail.com.

***Francisco Merino. Licenciado en Sociología (Universidad Siglo XXI) y Doctorando en Ciencias Antropológicas (Universidad Nacional de Córdoba). Investigador (Instituto de Humanidades -Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas – Universidad Nacional de Córdoba). Investiga sobre política, moralidades y sectores populares. Correo electrónico: gonzaloassusa@gmail.com

1 El debate en los estudios de estratificación y movilidad social en América Latina tuvo una particular relevancia en el contexto de crecimiento del desempleo en las décadas de 1980 y 1990. Las discusiones en aquel momento se centraron en la heterogeneidad de la pobreza y su medición (Kessler & Espinoza, 2007), la diversidad de estrategias de supervivencia y reproducción de las familias pobres y el particular peso del capital social en estos sectores (Lomnitz, 1978; Gutiérrez, 2005).

2 El Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (PISAC) fue creado para analizar la heterogeneidad de la sociedad argentina contemporánea en sus múltiples manifestaciones. Actualmente se encuentran disponible las bases de microdatos (personas y hogares) de una encuesta (ENES) sobre tres diseñadas. La ENES relevó información sobre 8.265 hogares y 27.609 personas en localidades de más de 2.000 habitantes de todas las provincias argentinas, así como en la ciudad de Buenos Aires (CABA). El trabajo de campo se realizó mayoritariamente durante el segundo semestre de 2014 y el primer semestre de 2015 en 1.156 radios censales de 339 localidades de todo el país, incluyendo los 24 partidos del Gran Buenos Aires y las 15 comunas de la CABA. Se utilizó una muestra polietápica compuesta por hogares seleccionados mediante métodos probabilísticos a partir de la información censal 2010.

3 El presente texto se inserta en un trabajo colectivo de producción, procesamiento y análisis de datos, llevado adelante en el programa de investigación Reproducción social en el Gran Córdoba: estrategias familiares y dinámicas recientes Alicia B. Gutiérrez y codirigido por Héctor Mansilla. El material empírico cualitativo al que referimos consiste en más de cuarenta entrevistas en profundidad a referentes de hogar representativos de todas las posiciones de clase de la estructura social de Gran Córdoba, en las cuales se releva información sobre la diversidad de estrategias de reproducción social de las familias.

4 En este punto confluyen procesos concomitantes en la postconvertibilidad argentina, aunque muchos de ellos empiezan a insinuarse en la década de 1990 con la paridad de la moneda nacional y el dólar, la apertura a las importaciones y la desregulación de la economía. Durante los doce años de gestión kirchnerista, en particular, las políticas que favorecieron la bancarización y la financiarización están atadas a una gestión del consumo profundamente orientada al desarrollo mercadointernista y a la protección de ciertos núcleos de la industria nacional. Entre otros, podemos identificar la bancarización de los salarios del sector formal que comienza en la década de 1990 (Luzzi & Wilkis, 2018) y la ampliación de la cobertura previsional (Kessle,r 2014), acompañadas de la bancarización de las más importantes políticas sociales del país -entre ellas el denominado Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados y la Asignación Universal por Hijo-. Además de incorporar nuevos sectores al mundo bancario (Lombardía & Rodríguez, 2015) estos procesos generan un fuerte impacto en la dinámica de consumo de estos sectores.

5 Con esta categoría nos encontramos muy cerca de la noción de estrategias de reproducción social (Gutiérrez, 2005). Probablemente la diferencia esté en el acento: mientras que el concepto de estrategias abre a la descripción y la caracterización de una diversidad de prácticas, la noción de modo habilita cierto grado de tipologización o modelización que, sin abandonar su carácter situado e histórico, tiene una pretensión de lectura global y de interpretación totalizante (aunque analítica y en proceso) de las prácticas y las articulaciones de toda una clase de familias.

6 La combinación de tres aglomerados urbanos en lugar de trabajar exclusivamente con Gran Córdoba implicó una búsqueda por aumentar la cantidad de casos y posibilitar la exploración de distribuciones a partir de tablas de contingencia, fundamentalmente pensando en la construcción de clusters más acotados (como la clase que denominamos elite). Esta ampliación se realizó luego de varias pruebas y combinaciones, resultando en aglomerados con características demográficas y socioeconómicas similares, representativos de las grandes urbes de la región centro del país, diferenciándose en algunos aspectos de las tendencias estructurales que presentan las regiones del norte, de la Patagonia o la misma CABA. Esto implica un desafío para la triangulación metodológica que proponemos, aunque el carácter exploratorio del procesamiento estadístico con el fin de construir hipótesis de análisis y marco sociológico interpretativo, vuelve esta estrategia compatible y coherente con el planteo general de la investigación. A esto se suma que el programa de investigación en el que se inserta este artículo lleva varios años de trabajo y procesamiento de diversas fuentes estadísticas referidas a Gran Córdoba, por lo que los datos aquí construidos han sido cotejados con otros análisis y resultados propios para evaluar su coherencia y posibilidad de articulación analítica.

7 La ENES-PISAC presenta la particularidad de tomar como referencia al PSH, a diferencia de las encuestas de INDEC que toman al denominado Jefe de Hogar.

8 Las variables activas en el ACM para la conformación del sistema de relaciones de desigualdad fueron: Supervisión del trabajo de otros, Categoría Ocupacional, Calificación ocupacional, Sexo del PSH, Edad del PSH, Máximo nivel educativo del PSH, Ingreso per cápita del hogar. La selección de este conjunto de variables respondió a dos criterios paralelos y complementarios: el primero, relativo a la significatividad teórica de los datos efectivamente existentes para captar el patrimonio familiar en términos de capital económico y capital cultural, en orden a enclasar los hogares; el segundo, relativo a la prueba con distintas combinaciones hasta encontrar espacios de relaciones pasibles de ser interpretados teóricamente.

9 Respecto a la técnica del ACM, aun cuando no tengamos espacio para explayarnos, resulta relevante resaltar que 1) Es una técnica acorde a la reconstrucción de la desigualdad como un proceso multidimensional para que esta caracterización no quede en una mera declamatoria epistemológica y se operacionalice en términos concretos para la investigación empírica, y 2) Resulta una técnica coherente con una conceptualización de las posiciones de clase como resultado del efecto estructural de un conjunto de distribuciones (capital económico, cultural, social y simbólico) que actúan como sistema de relaciones antes que como agregados de correlaciones bivariadas. Para un análisis detenido de esta cuestión, ver Gutiérrez & Mansilla (2015).

10 En el primero de estos factores las principales variables que contribuyen son las de supervisión, categoría, calificación, máximo nivel educativo e ingreso (capital/poder económico y capital escolar). En el segundo crece el peso de variables complementarias como las de sexo, edad, y sostienen su peso la calificación y el máximo nivel educativo (rendimiento diferencial de los capitales relacionados a características, adscripciones o condiciones de los PSH del hogar).

11 Asignación Universal por Hijo para la Protección Social es la política de transferencia de ingresos más importante (y con mayor visibilidad mediática y política) en Argentina, creada por Decreto Presidencial en el año 2009. Implica una fuerte masificación de las asignaciones familiares que, previo a su existencia, sólo eran percibidas por los trabajadores en relación de dependencia en el sector formal.

12 Para un resumen de la discusión y las críticas en torno a la categoría de precariado, ver Breman (2014). Para la respuesta de Standing a estas críticas, ver Standing (2014).

13 Es decir, sin tributar como trabajadores autónomos y, por lo tanto, en condiciones de informalidad.

14 Tal como hemos desarrollado en Assusa & Jiménez Zunino (2017).

15 Así, este artículo se propone aportar información y análisis a la caracterización de las heterogeneidades de lo que Dubet (2015) llama el 99% restante, un bloque mucho menos unificado y homogéneo en cuanto a prácticas, intereses y representaciones que lo que harían creer los análisis centrados en la concentración de las riquezas en los superricos (el 1% con mayores ingresos de toda la población).

16 Entrevista a Oscar, 64 años, jardinero y pintor.

17 Entrevista a Darío, 34 años, jardinero.

18 Es necesario, quizás, plantear una salvedad. Mientras que las financieras o los prestamistas suelen otorgar créditos a tasas altas en relación a los bancarios, los créditos de empleadores (beneficios financieros muy comunes, por ejemplo, en empresas estatales o de la industria automotriz) tienen incluso mayores beneficios que los bancarios. Más adelante nos referimos a esta cuestión.

19 Un caso especial puede encontrarse en las compras a crédito en grandes cadenas comerciales, que en el último tiempo han ampliado su base de usuarios constituyéndose en una suerte de práctica transversal a muchas de estas posiciones de clase. Sin embargo, no contamos con información sobre esta modalidad de consumo en las fuentes de datos utilizadas en esta investigación.

20 Entrevista a Rubén, 34 años, albañil.

21 Entrevista a Ricardo, 61 años, investigador y docente universitario.

22 Entrevista a José, 46 años, abogado en el poder judicial.

23 Según la información de los sorteos, entre 2012 y 2015 fueron otorgados más de medio millón de créditos PROCREAR a familias en todo el país.

24 Entrevista a Rubén, 34 años, albañil.

25 Entrevista a Noemí, 69 años, empleada doméstica.

26 Práctica consuetudinaria de crédito informal en pequeños comercios.

27 Entrevista a Darío, 34 años, jardinero.

28 Entrevista a Luis, 58 años, albañil.

29 Entrevista a Ariel, 27 años, albañil.

30 En su análisis, Elster vuelve sobre el mito de Ulises, quien habría decidido atarse al mástil principal de su embarcación para evitar ser tentado por las sirenas con su canto para arrojarse al mar y, de este modo, habría logrado sobrevivir a su viaje.

31 Entrevista a Esther, 26 años, ama de casa cónyuge de un operario fabril.

32 Por supuesto que el mandato de compatibilización no afecta solamente a mujeres de clases populares. Sin embargo, las inserciones laborales estadísticamente asociadas a las mujeres de cada una de las posiciones de clase muestran que la falta relativa de capital económico y cultural en las clases populares plantea la compatibilización como un condicionamiento mucho más fuerte que estructura sus trayectorias.

 

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Recibido: 28/12/2018
Aceptado: 25/08/2019

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