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DOI: http://dx.doi.org/10.19137/an1504


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ARTÍCULOS

 

La Casa Argentina en París durante la última dictadura: vecindades, silencios y (de) civilidades1

The Argentinean House in Paris during the last dictatorship: neighbourhoods, silences and (in)civilities

 

Mauro Greco2

 

Resumen: Durante la última dictadura argentina (1976-1983) las convivencias sociales, así como las responsabilidades y resistencias a su interior, se multiplicaron heterogéneamente, tanto geográfica como vitalmente, en distintas ciudades y pueblos. Este artículo se propondrá tomar un sitio dependiente del Estado argentino, complejo en su especificidad dada su ubicación en suelo extranjero, para acercarse a una pregunta insistente en los estudios sobre pasados recientes: ¿cuáles fueron las relaciones entre la sociedad y el régimen? Concretizando el abordaje: ¿de qué formas, durante siete años, se convivió en una casa dependiente de un gobierno dictatorial, a la vez que emplazada en el suelo de un país democrático que, durante muchos años, guardó buenas relaciones con la dictadura? ¿Cuáles –y por qué– fueron las formas de relacionamiento mayoritarias, los afectos preponderantes, los modos de (sobre)llevar una cotidianidad rutinaria cuando, traspasando el océano, la excepcionalidad parecía volverse norma? Una de las hipótesis de trabajo es que la categoría de vecino resulta fértil para pensar y responder estos interrogantes. Para ello, en tanto no se trata exclusivamente de la sincronicidad recortada de un objeto de estudio, un repaso de la historia de la Casa Argentina en París resulta indispensable.

Palabras clave: Casa Argentina en París; Dictadura; Memoria; Vecinos; Represión.

Abstract: During the last Argentine dictatorship (1976-1983) forms of social cohabitation, including particular modes of responsibility and resistance, were significant in their heterogeneity, both geographically and –even in the same city or town– affectedly. This paper proposes to examine a European outpost of the Argentine state –which has a complex specificity due to its location in a foreign country–, to approach an insistent question in studies of the recent past: what were the relations between society and the regime? In more concrete terms: how, during seven years, did the residents live in a house directly affiliated to a dictatorial regime, yet located in France, under a democratic government which, during many years, maintained good relations with the last Argentine dictatorship? Which –and why– were the core implications of this cohabitation, the particular interrelations between residents and the House authorities, the tactics adopted to endure everyday life while, four thousand miles away, the perceived exceptionality was itself quotidian and grounded in normality? One of this paper’s hypotheses is that the category of neighbour is fertile territory upon which to think and respond to these questions. Indeed, an investigation of the Argentinean House in Paris facilities a synecdoche approach to the broader exploration of the notion of cohabitation between France and Argentina during the last dictatorship.

Keywords: Argentinian House in Paris; Dictatorship; Memory; Neighbours; Repression.

 

1. Introducción

La preocupación por las relaciones entre sociedad y dictadura tiene su propia historia en el campo de estudios sobre el pasado reciente argentino. El primer trabajo que se dedicó específicamente al tema fue el de Mariana Caviglia (2006), centrándose en la localidad de La Plata, como resultado de su tesis de Licenciatura en Comunicación. Pocos años después Gabriela Águila (2008, 2008a) hizo lo propio, con sus históricas especificidades, para la zona de Rosario bajo dictadura. Cinco años después, como consecuencia de su tesis de doctorado en la Universidad de Minnesotta, Sebastián Carassai publicó su The Argentine Silent Majority: Middle Classes, Politics, Violence and Memory in the seventies (2014), traducida como Los años setenta de la gente común: la naturalización de la violencia (2013), fuertemente criticado, entre otras razones, por su uso de la categoría “clase media” (Crenzel, 2013)3.
Sin embargo, si la historización no se aboca específicamente a la preocupación sobre ‘la clase media’, ‘el hombre/mujer común y corriente’ o ‘el vecino’, las inquietudes por las relaciones entre sociedad civil y dictadura ya se escuchaban durante dictadura. Un texto clásico en este sentido es el de Héctor Schmucler (1980) preguntándose por ‘la sociedad’, los transeúntes comunes y corrientes saliendo de sus trabajos administrativos alrededor de Plaza de Mayo, cuando las primeras rondas de madres y abuelas de desaparecidos desde 1977. Tres años después, un trabajo que sigue siendo preocupantemente iluminador, Guillermo O’Donnell (1983) hacía una “fenomenología del cotidiano” para intentar entender a través del vestuario, las maneras de hablar y de caminar la demanda, apoyo y reproducción de la dictadura a la fecha.
En caso de no contar Juan, como si nada hubiera sucedido (1987) de Carlos Echeverría –con guión de Osvaldo Bayer y protagonismo periodístico de Esteban Buch– como la indagación cinematográfica –y quizá heurística en general– más incisiva acerca de la imbricación entre dictadura y una comunidad –Bariloche–, habrá que esperar a la década del ’90, precisamente al artículo de Hilda Sábato (1994), para volver a escuchar la pregunta sobre la responsabilidad colectiva de la sociedad argentina. Cinco años después, Carlos Nino (1999) y Malamud Goti (2000), dos de los arquitectos del Juicio a las Juntas, arrojarán una autocrítica que conmueve porque mueve los cimientos de nuestra comprensión del periodo: con el juicio a las tres juntas le dimos a la sociedad un nuevo diablo al que demonizar, así como antes lo había hecho con la guerrilla4.

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El artículo, en esta dirección, tendrá el siguiente recorrido. En el siguiente apartado repondré el fondo sobre el que se recorta el presente interés en la Casa Argentina en París durante dictadura, como un sitio focalizado donde estudiar las responsabilidades y resistencias ante pasados radicales5. En el subsiguiente apartado, 3. Metodología, presentaré y justificaré los métodos a través de los cuales me acerqué a una historia de la Casa Argentina en París, y fundamentalmente a su convivencia en ella, con eje en la última dictadura. Esta historia y convivencia son desarrolladas en 4.A) “With a little help of the history” y en 4.B) “La convivencia no fue modificada”, subdivisiones al interior de 4. Análisis y discusión de datos. Finalmente, en las Conclusiones, recapitularé los avances del artículo.

2. Marco teórico: responsabilidades, resistencias, hos(ti) pitalidadees, deseos y vacilaciones.

Con “responsabilidad colectiva” ciertos estudios filosóficos prácticamente contemporáneos al nazismo se preguntaron por su relación con la sociedad alemana. En el caso del primigenio estudio de Karl Jaspers, editado en 1946 –escrito sobre fines de la segunda guerra mundial y del nazismo–, la traducción dominante ha puesto de relieve “el problema de la culpa”, pero en nuestro caso argentino –y no exclusivamente– culpabilidad tiene un “tufillo” (López, 2011, p. 61) judicial que la aleja de una indagación no sólo punitivista sobre los vínculos entre una formación social y cierto gobierno. El problema de la punitividad no se resuelve en una frase como la anterior, pero, para preguntarse por las relaciones entre una sociedad y una dictadura, aquella debe concentrarse en los grupos organizados o élites –políticas, empresariales, mediáticas, eclesiásticas, sindicales–, en lugar de extender el campo de lo punible a toda la sociedad civil. Jaspers, en su traducción, piensa en términos de culpa lo que debe leerse como responsabilidad. El autor diferencia cuatro clases de culpa-responsabilidad: criminal, moral, metafísica y colectiva. La primera, acentuada en su carácter de culpabilidad más que de responsabilidad, es la de todos aquellos que de diferentes maneras formaron parte del aparato estatal nazi6; la segunda, volviendo a su acentuación responsabilizatoria y no culpabilizante, es la de quienes, fundamentalmente no funcionarios, se sintieron o sienten moralmente responsables por lo sucedido; la tercera, metafísica, es la responsabilidad que nos cabe en tanto seres vivos ante cualquier otro individuo, y más cuando continuamos viviendo luego de que otros no lo hicieron: la culpa colectiva –un oxímoron, dirá Arendt (2009)–, es la que nos cabe por haber obedecido o no habernos levantado ante tal o cual gobernante.
Hannah Arendt tiene una suerte de enemigo teórico: la expresión “culpa colectiva”. Esta, para la filósofa judeo-alemana, es una contradicción de términos, más propio del sentido común o falso sentimiento de culpa de los jóvenes alemanes practicando juegos intelectuales con su pasado, que de una construcción heurística. La culpa, repitió hasta el hartazgo Arendt (2009), es individual y jurídica, apunta a individuos en su soledad y se resuelve en los tribunales mediante jueces, querellas y abogados defensores. La responsabilidad, en cambio, puede plantearse en términos colectivos: apunta a la responsabilidad que le cabe a una comunidad por los acontecimientos sucedidos en su seno. La pertenencia a una comunidad, agregará la filósofa, no es opcional, no es ser parte de una sociedad comercial con responsabilidad limitada. Somos responsables de los pecados de nuestros padres o abuelos, así como somos beneficiarios de sus aciertos, agregó.
Este fue, sumado al concepto de “pequeñas resistencias”, el marco teórico del que partió la presente propuesta. Con “pequeñas resistencias”, retomando tres autores franceses contemporáneos, entendimos aquellas resistencias del orden de lo “microfísico”, “táctico” y no “espectacular”, esto es, aquellas acciones que vecinos de CCD podían realizar en su cotidianidad más mundana, partiendo del campo y tiempo establecido por el poder, sin que aquello implicara delegación: negarse a prestar declaración aduciendo una obligación impostergable –apoyándose a su vez sobre los vínculos de confianza que permite la sociabilidad barrial–, clausurar una canilla utilizada por los militares de la comisaría de la vuelta de un modo discrecional y violento. Sin embargo a medida que desarrollamos la investigación nos dimos cuenta que la separación entre responsabilidad y resistencias, incluso la contemplación de las resistencias al interior de la responsabilidad colectiva como en la grilla arendtiana, resulta insuficiente, o una abstracción que no da cuenta de la densidad de lo real. De esta manera arribamos al concepto derridiano de “hos(ti)pitalidad”, la contemplación ambigua de responsabilidades y resistencias, pertenencias y oposiciones, colaboraciones y negativas, al interior de una misma palabra. El concepto de interior, con su metafísica inherente, es importante. Si bien Jacques Derrida, en su diálogo con Anne Dufourmantelle (2002), no entiende aquel concepto fundamentalmente en relación a pasados recientes radicales sino a los problemas migratorios en la Europa occidental, es un concepto que, incluso extendiéndolo a la amistad o bien a la misma actividad política, es fértil para estudiar la convivencia bajo un gobierno dictatorial.
Deseo de represión y vacilación, en cambio, son conceptos de llegada. Con deseo de represión Gilles Deleuze y Félix Guattari (2013), uno francés y el otro italiano pero ambos contemporáneos, retoman al psiquiatra materialista ucraniano Wilhelm Reich y su reflexión sobre el nazismo: la sociedad alemana no fue engañada, deseó al fascismo. Deleuze y Guattari (2013), en el marco de su mamotrético El Anti-Edipo –estos desarrollos aparecen más claros en las clases del francés (Deleuze, 2005)– retoman estas consideraciones por un lado para criticar a Freud como a lo largo de todo el libro, y por el otro para (re)firmar su concepción del deseo: productivo, instituyente, no producido ni producto de una falta. Sin embargo Deleuze y Guattari (2013) no le dejarán de reprochar a Reich que, así como avanza mucho con respecto a Freud en lo concerniente a una psicología de las masas, finalmente no deja de posicionar el deseo del lado de lo irracional, es decir, de lo que debe ser vuelto a poner en las mallas de la razón. No, dirán Deleuze y Guattari (2013): es aquella “perversión del deseo gregario”, desear al fascismo, lo que debe ser explicado, no tildado de irracional y por ende arrojado al trasto de lo inexplicable.
Vacilaciones, por su parte, parte de una suerte de demanda de historia acerca de ellas realizada por el antropólogo británico contemporáneo James Clifford (2001). Según Clifford (2001), necesitamos una historia, no sólo de las oposiciones o contestaciones, sino también de las vacilaciones, de las esperas y dudas. Pero dudas no en su sentido cartesiano o kantiano, es decir racional e intelectual, sino las dudas que se confunden con la carne, con la misma supervivencia. La vacilación, no la cavilación, sostiene Clifford (2001), puede no asentir ni contradecir, sino esperar el tiempo oportuno de tomar la palabra, romper el silencio. Con matices, de acuerdo a sus representaciones literarias y cinematográficas y sus auto-representaciones testimoniales, esto fue lo que hicieron los vecinos de CCD. Veremos que, también con grises, fue una nota común de la convivencia en una Casa Argentina en el exterior bajo un gobierno de facto que, a la distancia, hacía sentir su presencia en suelo extranjero, un suelo democrático y repleto de manifestaciones en su contra.

3. Metodología

Iniciamos, en 2016, un trabajo de archivo (Valles, 1997; Foucault, 1993; Derrida, 1997; Groys, 2014) sobre la biblioteca y los archivos de la Maison, que debería haberse continuado por los de la Cité Universitaire, de no haber habido una limitación de tiempo. Nada garantiza que allí se hubiera encontrado mucho más que en la Casa, pero, dada la coordinación de dictaduras latinoamericanas en los ‘70 y las particulares relaciones que algunas de ella mantuvieron con los democráticos gobiernos franceses (Buch, 2016), tampoco hay que descontemplarlo. De los muchos libros encontrados en la biblioteca, se destacan dos: Escenas de la memoria. La Casa Argentina de París en la voz de sus antiguos residentes, coordinado por Alejandra Birgin (2011), y La Casa Argentina en París. Fundación Argentina 70. 1928-1998. Cité Internationale Universitaire de París. Si el primero se trata de un libro de casi setecientas páginas, bilingue, comprendiendo un periodo desde 1928 a 2010, el segundo, mucho menos ambicioso y coral, es un libro centrado en los grandes hechos que atravesaron la casa: desde el mayo francés hasta la vuelta de la democracia, pasando por la última dictadura. Sin embargo, en buena medida, algunas de sus periodizaciones se comparten, como la que tiene que ver con la misma “historia reciente” argentina (Franco y Levin, 2007). Este trabajo sobre la biblioteca fue complementado con otro sobre los archivos de la casa, en buena medida buscando ciertos documentos citados por el libro coordinado por Birgin (2011). No habiendo encontrado quizá el documento estrella, una carta a los residentes del nuevo director de la Casa durante la dictadura adelantándoles sobre los nuevos tiempos, encontramos otros papeles y carpetas, con otros pormenores y problemas, que podrían dan lugar a una investigación independiente sobre la historia de la Casa durante la dictadura –problemas de nombramiento y sospechas cruzadas, acusaciones de corrupción a una empleada haciendo shopping en Galerías Lafayette a costas de la Casa, comentarios sobre los comportamientos de los residentes para decidir la renovación de su estadía, entre otras–. Este trabajo documental fue acompañado con entrevistas cualitativas en profundidad (Scribano, 2008; Vasilachis, 2007; Guber, 2001; Rockwell, 1987) a algunos de sus antiguos residentes, conocidos ya sea a través del libro citado, como de las listas de residentes encontradas en los archivos administrativos de la Casa. De esta manera, la voz de sus antiguos residentes fue contrastada con las memorias, actuales, de algunos de aquellos residentes hablando sobre la convivencia durante la dictadura en la Casa.

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4. Análisis y discusión de datos
4.A. With a little help of the history

La Casa Argentina en París fue inaugurada a fines del segundo gobierno radical, de Marcelo Torcuato de Alvear, el 27 de junio de 19287. Fue una de las primeras cuatro casas de la Ciudad Universitaria parisina –efectivamente una ciudad donde se vive–, cuarta casa que da cuenta de la ubicación geopolítica de entonces de la Argentina: la primera a la derecha según se entra a la Cité, cerca del pabellón central (oficinas administrativas, comedor, biblioteca). Sobre ella Sébastien Charléty, historiador y rector de la Academia de París por entonces, escribió: “Sólo los más dignos, los más meritorios, los más laboriosos vendrán aquí a beber de la misma fuente del saber”(Birgin, 2011, p. 42, cursivas propias). Esta meritocracia de comienzos del S. XX era particularizada, en lo concerniente a Argentina, afirmando que “la amistad es antigua, (…) [y] si pocos entre nosotros hablamos su lengua es un poco su culpa: ustedes conocen tan bien el francés que nos vuelven perezosos a aprender el español”(Birgin, 2011, p. 46). La megalomanía ilustrada, justificada por nuestro snobismo de preocuparnos por el francés como lengua materna, no era desencajada: Enrique Cadicamo, pasajero de la Casa a poco de su fundación, escribirá que “no hice sino una maleta porque la primera cosa que haré al llegar a París será llenar de ropas mi valija–guardarropa dejado en mi habitación de hotel hasta mi vuelta”(Cadicamo, 1975, p. 13)8. La Casa Argentina en París se inauguró e inserta en una ciudad que, respondiendo a su (re)construcción desde el S. XIX, forma parte de cierto ideario argentino idealizador de lo francés, y particularmente de lo parisino.
Sin embargo, no son numerosos los trabajos sobre la Casa Argentina en París. En 1934, Aquiles Ygabone presentó una ponencia en la que escribió que “las toxinas de la vida bohemia de la Ciudad Universitaria fueron eliminadas (…) La CU vive bajo un régimen de libertad vigilada, una vigilancia discreta pero constante9 (Ygabone, 1934, p. 1, cursivas propias). Carlos Pellicier Cámara, al tiempo que se burla del ‘acabo de darme cuenta’ como una expresión idiotamente argentina, recuerda de su año de estancia en la Casa durante 1977 “un ambiente difícil y pesado, al tiempo que el descubrimiento de amistades, afectos y amores” (Birgin, 2011, p. 93)10. Esta mezcla de un ambiente difícil y pesado con amistades y amores es un perfecto ejemplo de hos(ti) pitalidad (hostilidad y hospitalidad) en un mismo lugar y espacio.
La Casa Argentina en París, sin embargo, se vio atravesada por una serie de eventos significativos antes de verse enredada en la madeja de la dictadura. La primera de ellos fue la segunda guerra ‘mundial’, cuando la casa fue ocupada por tropas alemanas que hicieron de ella un centro de información, destinando allí personal femenino (Birgin, 2011, p. 112). La sintonía entre información y género no es menor. Más allá de los esfuerzos por separar “Francia” de “Vichy” (Pelosi, 2003), el país de la “libertad, fraternidad e igualdad” del colaboracionismo nazi –prácticamente como si quisiéramos que ‘Argentina’ no tuvo nada que ver con ‘la dictadura’–, León Rozichtner, residente de la Casa exiliándose voluntariamente del peronismo, reconoce que años después se encontraron con un horror mayor o más específicamente argentino: el terror y el exilio producido por la dictadura (Pelosi, 2003, 160). Julio Cortázar, famoso ‘exiliado’ del peronismo postsegunda guerra mundial, plasmado ese antiperonismo en su conocida Casa tomada interpretado mejor en su “estructura de sentimiento” (Williams, 1980) por un crítico –Ricardo Piglia– que por quien la escribió, refiere aquel ambiente pesado de la casa en otras palabras pero compartiendo dirección: “no había sino argentinos y me quedé durante cuatro meses” (Bloch-Morhange y Alper, 1980, p. 66). Tulio Halperín Donghi recibió el consejo del historiador Claude Braudel, quien lo había invitado, de que no debía aceptar bajo ningún concepto ir a vivir a la Casa, a la que describía como “un nido de víboras peligrosas”: sin dejar de felicitarlo, recuerda Halperín Donghi, por su “excelente francés”, hizo todas las gestiones para que se instalara en la Casa de las Provincias de Francia, también en la Ciudad Universitaria. Incluso Manuel Puig, residente de la casa en 1957, al tiempo que reconoce no haber podido creer el haber conseguido una habitación, se sorprendía del chismoseo impresionante que había en ella, habiéndose enterado todo lo que había pasado el año anterior: “sólo los argentinos son así de estúpidos” (Birgin, 2011, p. 302). Solamente tomando estas palabras de Rozitchner, Cortázar, Halperín Donghi y Puig, la Casa de la Argentina en París, mucho antes de la dictadura, no era lo que se dice un edén de rosas.
Héctor Schmucler (1980), otro de los argentinos residentes en la casa a mediados de los sesentas, se sorprende que “la casa no era la misma en 1965 que en 1968. La Casa, como uno lo podía prever, variaba según los avatares europeos, pero se adaptaba también a los colores de los gobiernos instalados en Buenos Aires. Las paredes quedaban iguales, pero la Casa era diferente” (Schmucler, 1980, p. 398). Emilio Tenti Fanfani, otro de sus alojados a fines de los ’60, al tiempo que retoma el clásico tropo según el cual “Buenos Aires era una especie de París de América del Sur”, recuerda “la complicidad de la parte más conservadora y reaccionaria de la sociedad civil” con la dictadura que gobernaba por entonces la Argentina (‘revolución argentina’, Onganía): “El gobierno argentino había decidido cerrar el país y la Casa de la Argentina, e impuso a la Casa las mismas reglas que regían el país: el silencio y la obediencia. En 1968, la casa cerrada era como una metáfora de la Argentina de la época” (Schmucler, 1980, p. 424)11. Esta frase podría resumir el artículo: la Casa Argentina en París como metáfora del país. Sin embargo, inmediatamente surge la pregunta: ¿qué es una metáfora? O mejor dicho, ¿qué tipo de metáfora es aquella? ¿Qué relación entre lo metaforizado y lo metaforizante? ¿Dónde y cómo queda lo metaforizado cuando lo metaforizante toma su lugar? Volveré sobre estas preguntas.
Tenti Fanfani, uno –sino ‘el’– introductor de Pierre Bourdieu en Argentina, remata estas impresiones con las siguientes palabras: “la casa cerrada era una suerte de símbolo. La Casa, en tanto que sitio oficial dirigido por el gobierno argentino, siempre ha sido un lugar desagradable para mí” (Schmucler, 1980, p. 424). Sin embargo, adjunta Tenti, “alojado de nuevo una o dos ocasiones, sus paredes me inspiraron otras sensaciones y otros sentimientos. De todas maneras, razón difícil de explicar, los viejos fantasmas se despertaban, generándome de nuevo una mezcla de miedo y tristeza” (Schmucler, 1980, p. 424). Si uno pudiera sintetizar en pocas líneas todo lo que puede generar una casa (tensión desagradable, otras sensaciones, miedo), incluso con posterioridad a verse ocupada por fuerzas nazis y con anterioridad a hacerlo por la más violenta de las dictaduras argentinas, aquel testimonio sería un ejemplo.
Otro de los residentes de la casa antes de la dictadura fue Arturo Bronstein. Exactamente con la recuperación democrática del ’73 luego de dieciocho años de proscripción del peronismo, democracias restringidas (Frondizi e Illia) y sucesivos golpes de estado, Bronstein recuerda el consejo del director de la casa de una de sus transiciones, Héctor Arena, y sobre todo de su asistente, José Rujar, un republicano español: “vinieron a París a descubrir otra cultura, no se queden en la Casa porque acá no pueden formar sino un ghetto” (Schmucler, 1980, p. 476). Y Bronstein adjunta un comentario que resulta significativo en relación a la representación estética de la última dictadura: “nadie imaginaba el horror que vendría” (Schmucler, 1980, p. 476).
Dentro de estos horrores, si bien bajo sus formas cotidianas y por ello presuntamente menos espeluznantes, Bronstein agrega otra de las novedades que implicó la dictadura a la convivencia en la Casa Argentina en París: la llegada, en reemplazo del director de entonces (Hector Arena), de “un personaje de quien no me quiero acordar su nombre [Enrique Walter Philippeaux]: prefiero llamarlo Capitán Cañones, el tío de Isidoro, el padrino del noble mundano Paturuzú (cursivas propias)”. Y, junto con el nuevo director, “visitantes que desprendían un olor policial difícilmente disimulable” (Schmucler, 1980, p. 477).

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4.B. Casa y dictadura: “la vida cotidiana no fue modificada”.

Eduardo Carosela, residente de la Casa durante la última dictadura (1976-1982), repone sin embargo otra memoria de ella, no porque sea opuesta a las anteriores, sino porque hace hincapié en otras facetas: la casa, para muchos, fue “un refugio” (Schmucler, 1980, p. 499). Sin embargo, como si de un bamboleo browniano se tratara, Carosela recuerda un fragmento de “’Mensaje’, el documento distribuido entre los residentes de la Casa en marzo de 1977” (Schmucler, 1980, p. 499) por el nuevo director. Otro de los residentes de 1976, año parteaguas, Enrique Sugasti recuerda la Casa, además de “en esa época la mejor y con derecho de la Cité U”, como “un mini-territorio que reflejaba el clima constituido, sino de miedo, al menos de desconfianza y prudencia” (Schmucler, 1980, p. 500). Y agrega:

“bastaba abrir Le Monde, Libération o Le Nouvel observateur, publicaciones que entrábamos escondidas bajo un pulóver o una campera, para leer los testimonios terroríficos sobre las cifras de desaparecidos. Sin embargo, a pesar de la gran camaradería y las innumerables amistades, existía un acuerdo tácito para evitar las discusiones políticas, al menos dentro de las paredes de la Casa. En los raros casos donde los artículos cortados de los diarios aparecían clandestinamente sobre uno de los paneles de planta baja, desaparecían en pocas horas. Los grafitis contra la dictadura en las paredes exteriores del pabellón eran borrados y repintados en 24 horas” (Schmucler, 1980, p. 501, cursivas propias).

Sugasti finaliza su testimonio con el recuerdo de que “la disciplina ‘interna’ conoció su apogeo con la llegada del nuevo director en 1978”, quien dispuso que los residentes que volvieran luego de la medianoche debían firmar el libro en la recepción, “iniciativa que no duró más que una noche, luego de haber constatado que en la lista no figuraban sino personas famosas” (Schmucler, 1980, p. 502, cursivas propias), como Sarli, Monzón y Fangio. Pequeñas resistencias, en este caso bajo la forma del humor, sacándole la lengua a un poder cotidiano y microscópico que intenta registrar –y, sobre todo, promover el autorregistro– de la desviación del comportamiento deseado, pero que no puede descontextualizarse de su ubicación en París, así como que por entonces no se habían desarrollado todavía nuevos mecanismos de control, como la video-vigilancia, que volverían obsoletos o voluntarios aquel deseo de autorregistro12.


Fuente: Archivo de la Casa Argentina en París. Octubre 2016. Agradecemos especialmente a Julia Bernardi el acceso y asistencia en la consulta de este archivo.

 

Juan Carlos Garavaglia, residente en París para 1977, reafirma una memoria en esta senda sobre lo espeso de la residencia en la Casa: “sabíamos desde ya que la Casa de la Argentina, durante este periodo terrible, nos estaba completamente prohibida porque suponíamos que entre su personal habría evidentemente personas de los servicios [de inteligencia del Estado]” (Birgin, 2011, p. 504). Esto es, se sabía, no como imputación de complicidad, sino como manifestación de la circulación del saber. Y agrega: “ir a comer al restaurant central nos parecía incluso un poco peligroso en razón de la proximidad con la Casa de la Argentina. Casi todas las semanas, abriendo Le Monde (…) las nuevas noticias (…) me dejaban estupefacto” (Birgin, 2011, p. 505). En caso de que las dos anteriores citas no fueran suficientes, pregunta retóricamente Garavaglia: “¿Cómo es posible que un carta privada dirigida por mí al director de la Fundación Helénica terminó en mi carpeta en los archivos de la Casa Argentina?” (Birgin, 2011, p. 506). Un plan cóndor universitario no sólo latinoamericano. Otra de las residentes en la Casa durante la dictadura cuyo testimonio se recogió en el libro compilado por Birgin (2011) es el de Martha Nanni, quien la habitó durante 1977. Respondió a sus entrevistadores: “ustedes me piden que abra los diques sinuosamente cerrados de mi memoria13 (…) No me acuerdo sino que el director era un oficial militar de alto rango que jamás vi (…) Ningún lazo con quienes residían en la casa, salvo dos médicos con quienes me fue rápida y discretamente de ella” (Birgin, 2011, pp. 508, 511, cursivas propias). Fernando Álvarez, otro de los residentes de la Casa durante la dictadura, repuso que “desde ya los medios disponibles estaban limitados a Clarín y La Nación, que apoyaron a los militares en el poder y lo continuaron haciendo hasta que las desventajas excedieron las ventajas”. “Yo estaba más interesado por mis lecturas que por esas cuestiones sobre ciertos habitantes de la Casa”, agrega en la línea de Nanni (Birgin, 2011, p. 516). Si bien Álvarez no explicita a qué se refiere con “esas cuestiones”, del orden de lo tácito, todo pareciera apuntar a la convivencia bajo un gobierno militar en una Casa asentada en suelo extranjero bajo un gobierno democrático.
Juan Carlos Chachques, residente en 1980, es decir al comienzo del fin de los cuatro años de mayor intensidad represiva –del ’76 al ’79, lo que debe contextualizarse en el extranjero y en el marco de la cooperación internacional represiva–, apela a una metáfora corporal para graficar el vínculo entre casa y contexto: “en la época, la Casa estaba ligada a la dictadura argentina como por un cordón umbilical” (Birgin, 2011, p. 524). Gerard Nadaf, residente canadiense, también habitante de ella en 1980, recuerda que “en la Fundación Argentina la demanda [de alojamiento] era menor en razón de la convicción de que ella jugaba un rol sombrío, ligado a la inestabilidad política que existía en Argentina” (Birgin, 2011, p. 520). Y agrega: “había mucha suspicacia, casi paranoia, entre los residentes que eran en su mayoría argentinos, sobre la confianza que podíamos darnos o no unos a otros” (Birgin, 2011, p. 525). O, ya en relación a la Guerra de Malvinas, es decir dos años después de aquel punto de partida de comienzos de los ’80, “recuerdo muy bien que el director de la Fundación nos convocó a todos a una asamblea general para asegurar a sus compatriotas que la ventaja militar estaba claramente del lado argentino” (Birgin, 2011, p. 527). Y en la línea de interrogación típica sobre “la dictadura nazi” (Kershaw, 1997), Nadaf pregunta: “¿cómo fue posible para personas con un nivel cultural envidiable que hayan sido compulsados a un régimen militar?” (Birgin, 2011, p. 527).
Los últimos tres testimonios de habitantes de la Casa durante la dictadura recopilados por el libro son casi los únicos que respondieron afirmativamente a nuestra consulta de entrevista en base a él, pero sobre todo a los archivos de la Casa: Carlos Pedicone, Enrique Lynch y Daniel Ulanovsky. Pedicone, al igual que los dos anteriores residentes, vivió en ella a partir de 1980, y resalta una vinculación invisible hasta entonces: el vínculo entre la Casa Argentina y Massera, uno de los tres generales de la primera junta argentina, en el marco de su proyecto presidencial. “Esta residencia universitaria fue utilizada durante los años 1980-1982 como un lugar para abrigar ‘agentes especiales’ enviados por Emilio Massera (camuflados en médicos u otras profesiones), quienes tenían por misión crear un ‘centro piloto’ en París para realizar un trabajo para “mejorar la imagen de nuestro país en el mundo’” (Birgin, 2011, p. 533, cursivas propias). Enrique Lynch, a quien también entrevisté en Barcelona, vivió en la Casa en 1981, y da una imagen decadentista de ella: “en los años ‘80 la Casa de la Argentina comenzó a mostrar los signos de decadencia de la Argentina” (Birgin, 2011, p. 537). Como si la casa fuera una petite Argentine en el exterior, su “decadencia”, desde un punto de vista liberal, tendría sus correlatos directos en la Casa. “Su vida interior”, agrega Lynch, se vio determinada por “la dictadura militar que había impuesto un clima de sospecha y desconfianza casi policial (…) Quizá haya sido por eso que no hice muchos amigos entre los residentes” (Birgin, 2011, p. 538, cursivas propias). ¿Cómo hacer amigos, retomando la preocupación derridiana, cuando la forma de vinculación, profundizada más que creada ex nihilo por el terror dictatorial, es la sospecha intersubjetiva que impide la construcción de vínculos de cooperación y solidaridad (Feierstein, 2007)?
El último de los testimonios que retomaré es el de Daniel Ulanovsky Sack: Ulanovsky, conocido periodista actual de Clarín, vivió en la Casa en 1982, y sincrónicamente pone de relieve “el apoyo popular (que existía, no nos mintamos) hacia la guerra de Malvinas” (Birgin, 2011, p. 541, cursivas propias). El “no nos mintamos” tiene destinatarios indirectos claros: “en una época donde todo el mundo se transforma en héroe, sería injusto decir que la Casa fue inhabitable durante el último año de gobierno militar” (Birgin, 2011, p. 542). Recordemos, sin que esto implique ninguna crítica a lo anterior sino algo que fuerza a ser pensado, que se trata de la casa infiltrada por servicios y conectada a Massera. Concluye: “Más allá del nuevo director, no hubo grandes cambios durante el primer año de democracia que yo también viví en la Casa. Apareció un discurso nuevo, pero la vida cotidiana no fue modificada” (Birgin, 2011, p. 543)14.

5. Conclusiones

Con la ayuda indispensable de Julia Bernardi, actual administradora de la Casa, intentamos encontrar el documento de la dictadura en la Casa al que alude Caserola, “Mensaje”, durante nuestra estancia entre 2016 y 2017, y no lo encontramos: el relativamente profuso Archivo de la Casa, desordenado y pidiendo a gritos un trabajo archivístico, no tenía entre ninguna de sus cajas ese famoso documento, sin embargo presente en el libro Escenas de la memoria. Con Julia contemplamos que quizá se encontrara en los archivos de la Cité, lo cual hubiera demandado más tiempo de trabajo: es urgente, más que la destrucción física de ese archivo y su virtualización –a lo que la actual administradora se opone–, una inversión presupuestaria que permita que un grupo de personas se dediquen durante un lapso a ordenar y clasificar lo que constituye la memoria de la Casa, y por ende, de la Argentina in toto15.
El testimonio de Sagasti, también residente de la Casa los tres primeros años de la dictadura, permite volver sobre un saber acumulado en el campo de estudios sobre pasados radicales y sus memorias que, desde nuestro punto de vista, debería ser un punto de partida analítico-metodológico: no hay existencia de dictadura, así como tampoco su sobrevivencia ni estudio posterior, sin cierta economía (producción y uso) de emociones, las que pueden ser abordadas desde una sociología o antropología de ellas, pero no exclusivamente. “Miedo, desconfianza, prudencia” son parte inextricable de las tonalidades emotivas en las que se vive bajo un contexto de terror, siendo este a su vez otra posible emoción, sin que nunca terminen de quedar claras las conexiones y diferencias entre emoción, sentimiento, pasión y afecto.
El de Sugasti quizá sea el testimonio más ilustrativo: repone 1) que no es una cuestión de saber: las reacciones sociales ante una dictadura, en este caso la argentina, no consisten en conocer o no lo que está sucediendo, sino dimensiones más dilemáticas y menos ilustradas en el marco de un contexto dictatorial; 2) dentro de este contexto, lejos de la paranoia despotenciante sobre un Poder todopoderoso que extiende sus tentáculos hasta las últimas ramificaciones de lo social, siempre hay resistencias (entrar con diarios críticos bajo el brazo, dejar artículos recortados sobre los desaparecidos, anotarse con nombre de estrella popular argentina cuando se solicita autorregistro y colaboración, etc.); 3) el poder bajo contextos dictatoriales, o mejor dicho la hegemonía, esa mezcla de coerción y consenso, se juega en lo tácito, sea porque existe acuerdo o bien porque se sabe que la explicitación es la exposición a un riesgo; 4) la desaparición siempre es doble, primero físico-simbólica y luego simbólico-física.
Sin embargo el trabajo realizado también permite sistematizar otras conclusiones, aportes o avances de esta propuesta. La primera de ellas es que la Casa Argentina en París durante la última dictadura, como metáfora, símbolo o signo del país, debe inscribirse en una larga duración histórica, una longue durée que contemple y reconozca que la producción y circulación de emociones despotenciantes como miedo, desconfianza o paranoia no comenzaron un 24 de marzo de 1976 para terminar un 11 de diciembre de 1983, sino que la suya es una existencia que no se reduce a constreñimientos institucionales. Si no comprendemos y asumimos esto no podremos terminar de entender por qué determinados hechos son siquiera imaginables, ni porqué otras dinámicas de persecución y expulsión sucedieron y siguen sucediendo por fuera de un contexto dictatorial.
En segundo lugar, que las ‘metáforas’ con las que algunos ex-residentes, por ejemplo Eduardo Carosela, refieren a la vida en la Casa bajo dictadura, por ejemplo como “refugio” ante los peligros exteriores pero también ‘interiores’, no pueden no leerse en su doblez; no se está refugiado si no se vive bajo situación de guerra, o no se siente una persecución que hace, en realidad, de un lugar inseguro uno seguro. El refugio, como el bunker, comparte la ambigüedad constitutiva del exilio a la vez como privilegio y castigo, o, más provocativamente al estilo foucaultiano, del (in)migrante como un perseguido que no deja de invertir en sí mismo yéndose de las tierras donde lo amenazan para sumar capital (humano, simbólico, cultural, económico) en otros lares. El refugio de la Casa bajo dictadura, o del hogar siendo vecino de un exCCD, de un punto de venta de drogas, de un taller clandestino o de una casa de trata, debe darnos a pensar sobre las formas en que, en democracias representativo-delegativas plenas sin amenazas militares a la vista, se (re)producen modos de la excepcionalidad normalizada sin necesidad de generales en el poder, servicios de inteligencia en rez-de-chaussée o Centros Pilotos en las inmediaciones de embajadas o Ciudades Universitarias16. Con nuestros propios deseos de (auto)represión, en ocasiones, pareciera bastar.

Notas

1 Existe una versión preliminar del siguiente trabajo, presentada en el XXI Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología: Las encrucijadas abiertas en América Latina-La sociología en tiempos de cambio, celebrado en Montevideo (Uruguay), entre el 3 y el 8 de diciembre de 2017.

2 Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET, Argentina), Instituto de Artes Dramáticas de la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Correo electrónico: mauroigreco@gmail.com.

3 Este artículo es heredero y profundización de una investigación anterior (Greco, 2019). En ella intenté abordar las “responsabilidades colectivas” (Arendt, 2009, 2003; Jaspers, 1984, 1998) así como las “pequeñas resistencias” (Foucault, 1998; de Certeau, 1996; Debord, 2008) ante la última dictadura argentina a través de un trabajo metodológico articulado: analizar las representaciones literarias y cinematográficas sobre aquellos ejes en la postdictadura, articulándolas con un trabajo de campo sobre la vecindades de un ‘ex’-centro clandestino de detención (CCD) de la dictadura. Este recorte sobre los vecinos de CCD, como una de las principales tecnologías de terror propaladas por la última dictadura, obedeció a una necesidad metodológica pero también vital alrededor de la difícil categoría de ‘sociedad civil’: ¿cómo abordar ‘la responsabilidad de la sociedad argentina’ ante la última dictadura sin que esto se convirtiera en una abstracción irrealizable? Sin embargo, sobre el final del trabajo asumimos que lo que en realidad intentábamos analizar, por ejemplo ciertas dinámicas micro-sociales de convivencia y normalización en la supuesta excepción cotidiana, podía abordarse en relación a un exCCD como a una casa de trata, un punto de venta de drogas o un taller clandestino (por supuesto que cada uno con sus particularidades metodológicas y, sobre todo, sus diferentes grados de concreción). No habíamos terminado de aceptar que un proyecto tales características era irrealizable cuando una estancia posdoctoral en Francia, y sobre todo la convivencia en una ‘casa argentina’ en ella, nos devolvió la ‘realizabilidad’ que aquellos entornos difíciles, por no decir imposibles, alejaban (¿quién, y cómo, se animaría a hacer un trabajo etnográfico alrededor de las vecindades de comerciantes de blancas, de dealers o de reductores a servidumbre de seres humanos?). Comparados con aquellos entornos radicales trabajar con los vecinos ‘responsables colectivos’ de torturas y violaciones, u –obviamente– en una casa que tiene su historia y sus particulares relaciones sociales durante dictadura, es un trabajo inofensivo. Sin embargo, como con otras materias, la Casa Argentina en París se demostró como un símbolo, índice o signo de lo que fue la convivencia bajo la dictadura, con sus precisas dinámicas de delación, colaboración y obsecuencia, pero también con sus resistencias, ayudas y hospitalidades.

4 Trabajé específicamente este recorrido, que hace dialogar la actual preocupación por la Casa Argentina en París durante la dictadura con la bibliografía general sobre el periodo, en Greco (2016).

5 Entre 2016 y 2017, gracias a una beca del programa Bec.Ar y la invitación de Esteban Buch como director del Centre des Recherches sur les Arts et le Language (CRAL), realizamos una estancia de posdoctorado en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris. Luego de numerosos contactos con compañeras del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, y de estar yéndonos a la casa de un amigo de director de tesis en París, finalmente recibimos el email desde la Casa Argentina confirmando que contábamos con una cama/habitación para el año lectivo. Una vez llegados, y más allá de las particulares relaciones que se entablan entre residentes que comparten pasillo, baños y cocina, es costumbre que los nuevos residentes tengan una entrevista con el Director de la casa para conocerse mutuamente, y contarle qué están haciendo en la capital francesa. En su lugar, el nuevo Director del gobierno nacional recientemente electo, ocupó buena parte de la hora de ‘diálogo’ contando qué es lo que había hecho, dónde había trabajado, es decir intentando justificar por qué estaba ahí. No había necesidad, es un cargo político. Sin embargo, esa particular experiencia donde debemos someternos a lo desagradable de interrumpir para hablar, disparó la siguiente pregunta: ¿quién fue director de la casa durante la última dictadura?, y, menos heredadamente, ¿quiénes habitaron la casa durante esos años difíciles de la historia argentina?, ¿cuáles fueron las relaciones sociales y emocionales entre ellos y el director, así como entre ellos mismos en su soledad?

6 Para un trabajo fundamental sobre la noción de ‘aparato’, que tiene sus reverberancias sobre las ideas de aparato represivo y des-aparición en relación al reciente pasado argentino, véase Dèotte (2013).

7 https://www.casaargentinaenparis.com/historia/.

8 Ricardo Piglia (1980) analizó el comienzo, la cita que abre El Facundo [1845] de Domingo Sarmiento, libro inaugural de la literatura argentina. Piglia (1980, p. 15) recuerda que la frase en francés, “On ne tue point les idées” (cursivas en el original), además de una cita (Piglia, 1980, p. 16), es falsa, atribuyéndosela Sarmiento a Fortoul, siendo corregido por Groussac –otro francés– de que en realidad corresponde a Volney, quien a su vez también es corregido, esta vez por Paul Verdevoye, de que en verdad aquella cita es de Diderot: “On ne tire pas des coups de fusil aux idées” (Piglia, 1980, p. 17, cursivas en el original). Esta sucesión de citas, prestamos y errores, que puede ser leído –como lo hace Piglia– como el “uso salvaje de la cultura” en y de Sarmiento, que corroe desde su interior la misma oposición entre civilización y barbarie que pretende fundar, también puede ser entendida como una relación con el francés fundante de una forma de distinción en la cultura argentina. Entonces, si según David Viñas [1964] la literatura argentina se abre con una violación, esta prosigue su curso con la apelación al francés como medio de apartamiento, y quizá de olvido, de esa traumática escena inaugural.

9 Si bien, sobre todo por el título de la ponencia, pareciera que Ygabone (1934, p. 1) se refiere a alguna de las ciudades universitarias argentinas, en realidad se refiere a la Casa Argentina en París, sobre la que agrega: “tiene un estilo pulcro, el de las casas de los grandes propietarios de la pampa, llamadas estancias”.

10 Si bien este no es un artículo sobre el exilio argentino (en la Casa Argentina) en Francia durante la última dictadura, dadas las consabidas relaciones políticas e intelectuales entre el país galo y Argentina, así como la estrecha relación de préstamos y usos de corrientes y autores a uno de los lados del océano, compete un comentario separado. Mariana Franco ha investigado minuciosamente el tópico del exilio argentino en Francia durante la última dictadura. Para un trabajo sobre la importancia de aprender a ‘informar’ claramente para los recientes exiliados argentinos en Francia por motivo de la dictadura: Franco (2004). Un análisis, precisamente, de la imagen del exilio y los exiliados en el discurso militar de la dictadura, donde a los fines de este artículo se destaca la mención al Centro Piloto armado por Masera en la embajada y en la Maison para lanzar su campaña presidencial (Franco, 2005, 14). Para una reflexión sobre relatos del exilio, donde se destaca su sistematización de las respuestas de los exiliados sobre este como “un privilegio y un castigo” (Franco, 2006, p. 9). Dicho sea de paso, esa es la ambigüedad que Giorgio Agamben (2006) encontró, alrededor de la misma categoría, indagando las paradojas constitutivas de ciertas nociones e instituciones modernas, así como que Michel Foucault (2004), uno de sus maestros, exactamente en los años en que se producía el exilio latinoamericano en Europa como consecuencia del Plan Cóndor, exploraba la figura del migrante como “empresario de sí”. Un análisis sobre las estrategias enunciativas de los exiliados argentinos en Francia (1976-1983), donde se explicita lo que se insinúa en el elogio de la información “clara”, que “el análisis cargado ideológicamente irá desapareciendo progresivamente en favor de un discurso humanitario” (Franco, 2007, p. 25). Para un trabajo, totalmente consustanciado con el anterior, sobre “el descubrimiento de los derechos humanos” de los exiliados por razones políticas en Francia, véase Franco (2007a). Un análisis sobre el arrière-scène de su profuso trabajo de campo, del cual extrajimos la precisa indicación metodológica de extender una “garantía escrita de anonimato” a los entrevistados como certeza de que no es su nombre lo que interesa sino su historia (Franco, 2007b, p. 58). Para un trabajo que deja muy claro cómo quienes habitaron la Casa Argentina con anterioridad a la dictadura constituyeron otro tipo de (in)migración que la suscitada por la represión (Franco, 2007c, p. 23). Un trabajo ensayístico y por ende muy (auto) reflexivo, luego de haber estudiado durante años “el exilio argentino” en Francia (Franco, 2008, p. 172). Finalmente, un trabajo también de llegada pero dentro del estricto género académico, donde se destaca la referencia a la continuidad de “la lucha política anti-dictatorial en la lógica de ‘seguir luchando por los muertos’” (Franco, 2010, p. 4). Agradecemos muy especialmente a Marina Franco habernos facilitado muchos de sus trabajos así como contactos relativos a la historia de la Casa bajo dictadura.

11 Isabel Plante (2013), en su tesis doctoral convertida en libro sobre los/as argentinos/as en París en medios artísticos, se detiene, puntualmente alrededor de la figura de Antonio Seguí, en la creación de un “comité de apoyo a la toma de la Maison de l´Argentine” (Plante, 2013, p. 208-9), donde, junto con Roberto Matta, había pintado “un mural en el subsuelo del edificio (…) con tono caricaturesco: la caída del general Juan Carlos Onganía” (Plante, 2013). De esta toma, como ya forma parte de los mitos prestigiadores de la Casa –incluso con el cambio de gobiernos e ideologías–, también había formado parte Julio Cortázar, Leopoldo Torres Agüero y Georgina Ginastera, entre muchos/as otros/as. “Una de las intenciones de la toma de la Casa era denunciar la arbitrariedad con la que se seleccionaba a los postulantes”, recuerda y contextualiza Plante (Plante, 2013, p. 209), un debate que sigue siendo actual, teniendo en cuenta que –al menos hasta el 11 de diciembre de 2015— la Casa Argentina en París garantizaba a sus residentes tarifas por debajo de lo costoso que puede resultar un alquiler en la capital francesa. Agradecemos a Isabel Plante la facilitación de su capítulo así como a Marina Franco habernos facilitado su contacto.

12 Harun Farocki, cineasta y crítico de cine turco-alemán a mitad de camino entre la cinematografía y el video-arte, radicaliza el planteo: el origen de la video-vigilancia se remonta a la primera película de la que se tiene registro, La sortie de l’usine Lumière à Lyon (1895) de Louis Lumière –La salida de la fábrica Lumière en Lyon, o Workers living out de factory (1995) según la producción video-artística de Farocki–, es decir, la historia muy francesa de la video-vigilancia es también la del cine mismo.

13 Durante nuestra estancia asistimos a un Congreso en Tours, invitado por una argentina residente en Francia desde hace más de treinta y cinco años, a su vez habitante de la Casa apenas arribada al país galo, a fines de los ’70: comentado nuestro tema de investigación, nos respondió que prefería no recordar. Si bien es una reacción que desde hace más de veinticinco años se estudia en el campo internacional de la memoria de los crímenes atroces del S. XX (Todorov, 2000), y no deja de tener sus literarios ecos bartlebyanos –“I would prefer not to, preferiría no hacerlo” (Melville, Deleuze, Agamben y Pardo, 2011)–, en su momento no dejó de impactarme su respuesta. Ver también, en torno al “je préfèrerai ne pas” de Bartleby (Deleuze, 1993, p. 89).

14 Daniel Lvovich (2017:266), haciendo un repaso de algunos trabajos del campo argentino de la memoria sobre vida cotidiana bajo dictadura y articulándolos con ciertas investigaciones sobre todo alemanas, recuerda el capítulo 9 del libro de Ian Kershaw, citado anteriormente, donde el historiador británico pone de relieve la normalidad de la vida cotidiana bajo el III Reich, una “normalidad reflejada en percepciones y memorias”, y que muestran que aquella no fue tan distinta que bajo Weimar o la República Federal. Agamben, en su Homo sacer también citado, recordó –contra toda comodidad– que el armazón judicial del que se valió el nazismo se encontraba significativamente construido ya durante la República de Weimar. En una clase de 2016 en su seminario Soulvèments en la EHESS, que en realidad fue dictado en la sala de conferencias del Institut National de la Histoire de l’Art, Georges Didi-Huberman resaltó esta normalidad de la vida cotidiana bajo los momentos más extremos del nazismo –la gente iba al cine, se enamorada, se casaba, se separaba–, lo que generó una aireada respuesta de una joven que se acercó a su tarima a increparlo. Trabajamos este lugar radical y exterior de las nuevas generaciones en la impugnación de las memorias de sus antepasados en Greco (2019).

15 Escrita la primera versión de este artículo en diciembre de 2017, la por entonces Administradora de la Casa, Julia Bernardi, fue despedida, en agosto de 2018, por el nuevo director de la administración nacional argentina.

16 La serie: Casa bajo dictadura-vecindad de un CCD-punto de venta de drogas-taller clandestino-y-casa de trata, dispara la pregunta acerca de la plausibilidad de su comparación. Agradezco especialmente al/a Evaluador/a Anónimo/a N° 2 por haberme llamado la atención sobre este punto. En efecto, esta es una comparación posible, volviendo sobre sus mismas posibilidades comparativas, que nos encontramos investigando desde principios de 2016. Con ‘posibilidades comparativas’ no nos referimos a que uno pueda comparar punto por punto, mecánica y automáticamente, lo que sucedió en una Casa Argentina en el extranjero y un centro clandestino, o un lugar de venta de drogas y un taller clandestino, sino que ciertas reacciones y emociones que sucedieron en su seno, así como en sus alrededores, presentan no sólo discontinuidades y diferencias sino también parecidos y similitudes. Por ejemplo, el miedo, la bronca, la desconfianza sistemática y generalizada, la indiferencia hacia el alrededor en orden a seguir (sobre)viviendo, parecieran encontrarse entre las conductas y comportamientos que, más allá de las obvias diferencias de características de cada una de las situaciones mencionadas, podrían proponerse como puentes conectores hacia y entre cada una de ellas.

 

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Fecha de recepción: 16/03/2019
Fecha de aceptación: 01/11/2019

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