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https://doi.org/10.19137/anclajes-2020-2438

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ARTÍCULOS

 

Paz y amor de las mujeres: violencia de género en Woodstock y Palomita Blanca1

Women’s Peace and Love: Gender-Based Violence in Woodstock and Palomita Blanca

Paz e amor das mulheres: violência de gênero en Woodstock y Palomita Blanca

 

Rubí Carreño Bolívar
Pontificia Universidad Católica de Chile
Chile
rcarrenb@uc.cl
ORCID: 0000-0002-4706-6686

 

Resumen: A partir del análisis de producciones culturales que valoraron “la paz y el amor” como Woodstock y Piedra Roja, representadas en la novela Palomita Blanca (Lafourcade) y el film del mismo nombre de Raúl Ruiz, se cuestionan los supuestos suicidios por sobredosis y por amor de mujeres artistas, así como también las adicciones que han enfrentado como respuestas a una violencia sostenida de género. Se concluye que así como el arte reproduce e impulsa la violencia contra las mujeres también puede ser un agente que posibilite un nuevo acuerdo y comprensión de la violencia que supuestamente ejercerían ellas mismas, en su contra.

Palabras clave: Mujeres artistas; Amor romántico; Violencia de género

Abstract: From the analysis of cultural productions that valued “peace and love,” such as Woodstock and Piedra Roja, represented in the novel Palomita Blanca (Lafourcade) and the namesake film by Raúl Ruiz, the present work questions the alleged suicides by overdose or out of love committed by female artists as well as the addictions they have faced as responses to sustained gender violence. Hence, it is concluded that just as art reproduces and promotes violence against women, it can also be an agent that enables a new agreement and understanding of the violence that they would supposedly exercise against themselves.

Keywords: Female artists; Romantic love; Gendered violence

Resumo: A partir da análise de produções culturais que valorizaram “a paz e o amor”, como Woodstock e Piedra Roja, representada no romance Palomita Blanca (Lafourcade) e o filme de mesmo nome, de Raúl Ruiz, questionam-se os supostos suicídios por overdose e por amor de mulheres artistas, assim como também os vícios que enfrentaram, como respostas a uma violência de gênero contínua. Conclui-se que, assim como a arte reproduz e impulsiona a violência contra as mulheres, também pode ser um agente que possibilite um novo acordo e uma nova compreensão da violência que supostamente exerceriam elas mesmas, contra si.

Palavras-chave: Mulheres artistas; Amor romântico; Violência de gênero

 

¿Podría ser negativo huir del destino soñado de ser una pretty thing, let me buy a wedding ring para pasar tres días de paz y de música con los que ofrecerían I gonna give you every inch of my love? La fiesta, el canto, el baile, la comida abundante y manejo ritual de algunas bebidas o hierbas espirituosas es el sentido del carnaval ancestral, ese que purifica el trabajo humano y lo acerca a la divinidad al cantar y gozar. Incluso, si la música no fuera más que un chumpi chumpi barriobajero y la paz no fuera la del mundo, sino que se redujera a la interior, eso ya sería suficiente para elevar el espíritu hacia la alegría, la chispa divina, hija del cielo. Woodstock podría ser algo como eso: las nuevas familias de jóvenes que al son de Santana dejaban atrás los años cincuenta y su cacería de brujas. Esos años que pusieron a Wilheim Reich –creador del concepto de revolución sexual– tras las rejas fueron años de violencia racial, social y política y de una sexualidad estática, es decir, vinculada exclusivamente a la reproducción y al matrimonio que, además, debía ser heterosexual. Si se era mujer, se trataba de ser como Doris Day sin pispar siquiera los secretos de almohada de Rod Hudson. Los cincuenta no solo eran acartonados como los peinados con tubos, la cartera y el tacón del mismo color, sino segregacionistas, en muchísimos más planos que los raciales.
Los sesenta y comienzos de los setenta no solo fueron un pequeño paso para un hombre que puso bandera y pie en la luna. El viaje a las estrellas traería otra visión de los alcances que como seres humanos podríamos lograr. La gente soñó con otros mundos, otras formas de familia, de amor, de sexualidad. Las feministas quemaron sus sostenes y los arrojaron al basurero de la libertad2. Yo que nací en los sesenta por poco me llamé Valentina Tereshkova, por suerte mi madre lo desechó junto con Pimpinela y Loreley y me dejó con Mía Rubí, un poco menos florido, pero extravagante todavía. Insisto, eran los sesenta. Pero no solo la cosmonauta realizó viajes importantes, hubo viajes cortos que tomaron décadas, siglos, para esa otra parte de la humanidad: las mujeres empezaron a tener control sobre la natalidad, atravesaron los pastos de los campus y comenzaron a tomar y a dar clases en las universidades, incluso hubo quienes cruzaron a la vereda del frente y dejaron su casa de casadas, como se ve en las novelas de la época como La Brecha de Mercedes Valdivieso. Otras como Joan Baez y Jane Fonda llegaron hasta el frente de batalla para decir no a la guerra, instar a los soldados norteamericanos a desertar e incluso, apoyar al gobierno comunista local, lo que le valió a Fonda el apodo de Hanoi Jane. Barbarella se sacaba las botas altas y el corsé y llegaba hasta Vietnam, para oponerse a la concepción de que el otro es tu enemigo o tu esclavo: “ningún cañón borrará el surco de tu arrozal” (Jara), se cantaba por acá en Chile.
Woodstock tuvo sus diamantes y su óxido. La luz de hacer una comunidad de jóvenes que se revelaba con o sin acierto a la represión de los cincuenta y que daba batallas en lo privado y en lo público. Es el tiempo del peace and love, pero también de lo “personal es político” y de “mi cuerpo es un campo de batalla” de las feministas. En tres días de paz y música, hombres y mujeres cantaron juntos la canción que dice que otra vida es posible, “one day at time3. También dejó una hojarasca de desperdicio que dice relación con la música como industria. Janis Joplin llama la atención sobre esto en su presentación diciendo: “¿están mojados, tienen donde dormir, están bien? No quiero dar un sermón, pero es necesario recordar esto, también a los organizadores, que no tienen que permitir la porquería de nadie solo para escuchar música, nadie tiene que aguantar más porquería que la que merece” (Joplin 969). En este pequeño discurso Joplin hace ver que los cuerpos que se han salvado de ser carne de cañón en Vietnam han sido expuestos al barro y a la lluvia por tres días, aunque salvados de la guerra, siguen siendo objeto de maltrato. Pareciera ser que los jóvenes deberían estar dispuestos más que vivir por un ideal, a morir o a sacrificarse por él.
Woodstock tuvo una versión chilena en Piedra Roja o el llamado “recital de los Dominicos”. La novela Palomita Blanca de Enrique Lafourcade comienza con la narración del Festival de Piedra Roja, lo mismo ocurre con el film de Raúl Ruiz del mismo nombre. Su película se perdió en 1973 y fue encontrada en los años 90 al comienzo de la transición a la democracia en una bodega de Chile Films. Imagino que la presencia en el film de los jóvenes de derecha matando generales y de un Salvador Allende triunfante deben haber motivado que su estreno se postergara por veinte años y que los rollos de película se fondearan junto con los collares de mostacilla, los cuadros del Che Guevara, los discos de la DICAP, los libros de Quimantú y un largo etcétera de desaparecimientos aún más dolorosos y cuya pérdida aún reciente Chile neoliberal y Chile despierto4. La banda sonora estaba a cargo de uno de los conjuntos hippies de la época: Los Jaivas. Cuando la película reaparece en los noventa, la canción “Dónde estabas tú” no sólo se entendía por una pregunta sobre la propia película, sino también sobre la participación de hombres y mujeres en esta reapertura de la cultura a la democracia. Los setenta aportaban a esa transición una liberalización en los roles de género al asignar al trabajo doméstico, cotidiano, realizado hasta entonces, fundamentalmente por las mujeres, la posibilidad de cambiar el mundo:

Lavar la ropa, limpiar el baño, pagar la luz,
sacar la basura, hacer las camas, ordenar las cosas,
conversar un poco, salir a comprar, limpiar el futuro,
prender el horno, salir al mercado, vender las botellas,
remojar porotos, lustrar la razón

(“Dónde estabas tú” Los Jaivas)

En la interpretación de Piedra Roja que hace el novelista Enrique Lafourcade y luego el cineasta, Raúl Ruiz, el “Woodstock chileno” habría tenido el mérito de juntar jóvenes de distintas clases sociales en un espacio de diversión. Las reuniones interclase entre los jóvenes se producían (y producen) en el servicio de unos a los otros, o, en el espacio íntimo, mediante los escarceos eróticos entre los hombres de clase alta y las mujeres de clases populares, en una versión moderna del derecho a pernada:

Todo comenzó cuando con la Telma decidimos ir al Festival. Habíamos leído en el "Clarín" que el Festival era allá arriba, en el barrio alto, por Los Dominicos, y la Telma estaba más entusiasmada, y me dijo que podíamos arreglamos lo más bien con collares y que yo como era alta y de piernas largas, me veía re bien de pantalones y que íbamos a pinchar algo y que además estaba no sé qué cantante americano que la Telma se los conoce a todos, porque desde que se compró la radio a pilas, no se pierde programa. Me dijo después que era por Piedra Roja, y que ella sabía cómo llegar. Puras chivas de la Telma porque anduvimos más perdidas y tomamos como tres micros y recién estábamos en el Canal San Carlos, y por suerte pasaron unos chiquillos en un auto celeste y como nos vieron arregladas. (15)

María es engañada, golpeada y tratada de prostituta por Juan Carlos, su familia y sus amigos. ¿Qué hace posible el abuso de la protagonista según novela y film?: el amor romántico consumido por María a través de las novelas de Corín Tellado, las teleseries y las canciones de amor. Es decir, las producciones culturales de la ideología de género patriarcal que viste de amor, la sumisión. Juan Carlos abusaría de María tal como la clase dominante lo haría de la clase trabajadora usando argumentos como el servicio, el sacrificio, el silencio y la resignación como ejes de la feminidad, de la valoración personal y social. “¿Quién mato a Carmencita?” Cantaba Víctor Jara en la misma época y acusa a “los fríos traficantes de sueños en revistas / que de la juventud engordan y profitan / torcieron sus anhelos y le dieron mentiras / la dicha embotellada / amor y fantasía” (Jara). Lafourcade y Ruiz toman los sueños y anhelos de amor romántico de una chica pobre violada en la infancia por su tío y luego seducida y abusada por un hermoso y rubio “paltón”5. Su amor inocente de palomita blanca, de María la del barrio, de Muchacha italiana que finalmente debe casarse con Ricardo Blume, con Papá Corazón y con todos los protagonistas de clase alta de las teleseries, demostrando a punta de telenovela, que el amor puede convertirse, amargamente, en ese opio de las mujeres.
Matías Vicuña, protagonista de la novela de Alberto Fuguet, sale de su mala onda a través un deporte que describe como: “salidas nocturnas en Quintero a buscar chulas con quien tirar en las playas de Loncura y hasta en Ritoque si las minas eran audaces y se subían a los autos” (25). Ir a chanear, salir con chanecas, esto es: “chanchas negras calientes”, como decían los jóvenes de colegios pagados, eran las excursiones obligadas de la iniciación sexual masculina en los ochenta. En VHS, un libro reciente de Fuguet y que dice ser autobiográfico, las mujeres jóvenes de clase baja tienen la única finalidad de mostrarle su propia sexualidad al protagonista: “¿Qué sabía del sexo con mujeres? Casi nada y mis manoseos a prostitutas sin que se me parara o con una empleada doméstica mapuche que Julio Facusse prácticamente me obligo a violar cuando yo tenía 15 años y ella no más de 18 me dejaron claro que por allí no iba la cosa” (364). Fuguet fue sancionado y funado en redes sociales por esta declaración, nos preguntamos, sin embargo, cuántos hombres que conocemos no fueron como dice Fuguet, prácticamente obligados a iniciarse sexualmente con quien consideraban, en términos de Octavio paz, “nadie señor” (16), decimos esto no para aminorar la falta, sino precisamente para señalar la extensión de ella.
Woodstock en Chile y su versión de piedra roja sería cosa de paltones-zorrones, mariguaneros y extranjerizantes proyanquis: “voy los sábados al drugstore / no solo por estar in / comemos chiclets con drogas / es un carnaby petit” cantaba Ángel Parra en esos años. No se veía en Woodstock un proyecto artístico al servicio de la liberación del ser humano, como podría haber sido la UP. Creo, y esta es una nota al pie, que la nueva canción chilena y Woodstock tuvieron puntos en común mucho más fuertes que la copia de los Dominicos, que tendió a ser, me parece, más bien un movimiento imitativo y no un compromiso de cambio social gestado a través de la música, como sí fue la nueva canción chilena.
Las masculinidades de los jóvenes paltones (vestidos en Palta), generalmente de derecha,  se oponían a los militantes de izquierda que exhibían su masculinidad en frondosas barbas, en proclamarse dispuestos a la revolución, incluso vía armada. Ambos tipos de masculinidades se agarraban literalmente a palos en las concentraciones y ya sabemos cómo terminó y no deja de terminar la historia. Momios y comunachos, zurdos se les dice ahora, miraban con recelo a los hippies que no querían nada con las comunas, ni las del barrio alto ni las parisinas, sino que vivir pacíficamente en comunidad, tejiendo, fumando y criando juntos a los hijos. Los uniformados de pelo corto ni siquiera aparecían en escena, como comenta Isabel Allende en La casa de los espíritus, la narradora dice que daba como vergüenza decir que había un paco en la familia y de pronto tomaron completamente el poder y el protagonismo. Pero en esos años, “por favor carabinero / porqué me toma del brazo / suélteme la manga”, era una cueca festiva y no una sentencia de muerte. Por eso en la canción contra la guerra de Víctor Jara, “El derecho de vivir en paz”, la instrumentación realizada por Los Blops es tan importante. La guitarra eléctrica y la de palo juntan a dos tipos de masculinidades opuestas mas no enemigas, para afirmar el derecho, de por lo menos, tocar en paz. “El derecho de vivir en paz” de Víctor Jara suma los instrumentos de los enemigos ideológicos tocados por Los Blops en una canción que mezcla lo oriental, lo chileno y lo norteamericano en pro de la paz. En una pareja inversa a la de las teleseries, un Parra casado con una Orrego habría posibilitado este encuentro, así como la grabación del primer disco de Los  Blops en la DICAP.
Wodstock cuestiona, a través del sexo, las drogas y el rock and roll, los años cincuenta, en una época en que todavía no se conocían tanto, los efectos nocivos de las drogas y en que el VIH no existía. No solo dejó la hojarasca de basura, sino que a Jimmy Hendrix y a Janis Joplin muertos de sobredosis a poco andar. La sobredosis es una búsqueda de placer que culmina con la muerte. Imagino que más que querer morir, se trata de desear no sentir dolor. Desde la tumba, la pregunta de la joven Janis, y antes que ella de su autora, la afroamericana Wille Mae Thorton, sigue siendo pertinente: “Espero que alguien me pueda decir / por qué el amor que debería sostenerme / se siente como una bola y una cadena” (Thorton). No deja de ser significativo, que dos de las mujeres importantes que cantaron en Woodstock, Joan Báez y Janis Joplin eligieran canciones de spirituals, o que usaban metonimias de la esclavitud como es “bola y cadena”, ese objeto siniestro que se usa para mantener a los esclavos con la posibilidad de trabajar, pero no de desplazarse. ¿Sería una simple empatía con los descendientes de las personas esclavizadas? ¿De dónde vendría esa empatía? ¿No sería que al fondo del salón estarían las patronas blancas junto a los esclavos, con apenas algunos grados más de libertad? Sin bola ni cadena, ¿pero imposibilitadas de abandonar la plantación por aquello del amor y del servicio? Yo pienso en la cabellera larga y despeinada de Violeta Parra, en las marcas de viruela de su cara y en el pelo de Janis Joplin y la insistencia feroz de la prensa en sus marcas de acné sobre su rostro veinteañero. Pienso en su suicidio que se dice es por amor romántico, pienso también, en las lágrimas de las mujeres que no tienen  guitarra para llorar su dolor. El sufrimiento de las mujeres, como el de la naturaleza, es algo que se da por descontado; una muñeca llorona es más aceptada que una gozosa, me parece. El llanto es un blues, un baby blues: “mi llorar es como un ruego, que nadie quiere escuchar”, canta Isabel Parra en “Canto para una semilla”.
El abuso del amor femenino, que se expresa en abuso sexual, pero también económico, laboral, psicológico y hasta espiritual, al negar sus creencias en lo invisible o forzarlas a tenerlas es un trabajo cotidiano del patriarcado. Su capacidad de amor, apertura y entrega se convierte en el blanco de su debilitamiento, no lo digo yo con todas las compositoras detrás mío cantándome en la oreja, desde las de blues hasta las de tonada chilena, sino Jorge González: “De tu amor de niña sacaré ventaja, de tu amor de adulta me reiré, con tu amor de madre dormiré una siesta y a tu amor de esposa le mentiré”. Esta es una canción que hemos escuchado en distintos tonos, con y sin ironía. Entonces ¿dime por qué el amor pesa como una bola y una cadena? El dolor femenino nunca tiene crédito, está en el espacio de la cocina y de la canción cebolla que hace llorar y que, como el llanto por la cebolla, siempre se lee como falso, como artificio.
Y ¿qué pasa con la risa de las mujeres?, esa contagiosa, aguda que no cesa, que contagia. No te vayan a pillar riéndote en la fila, niña. Yolanda Carmín, parodia de las cantantes de boleros presenta esta canción contra la bala y la cadena: cuando va a haber una relación que diga, yo tengo una relación super buena, me ama y me respeta, no opina sobre todo, respeta mis espacios, no se hace amigo de mis amigos, vive en Punta Arenas, nos vemos cada tres meses, lo amo lo amo lo amo, pero más amo, Punta Arenas. Y es que en el chiste, la bala y la cadena refleja la dificultad máxima para que el amor surja en el contexto del amor romántico, por lo que tanto hombres como mujeres van cada uno a su lado de la cama dándose la espalda. Hay que señalar que hay democracia en los pesares, los sentimientos masculinos no tienen ningún permiso para expresarse, más que el puño en la pared o el silencio. La ira y su revés, la depresión, son las formas en los que se socializa la emocionalidad masculina toda vez que como sabemos, los hombres no lloran.
Las series de Netflix, y también el conocimiento popular de las artistas, las muestran como genias creativas en su arte y perfectas inútiles para la vida. Serían mujeres imperfectas para un “amor romántico sano”, y se trataría que solo ellas están enfermas para producirlo y mantenerlo. Las artistas murieron por amor, jamás dicen que en realidad fue el abandono, la competencia, las miles de miserias cotidianas que enfrentaron por ser mujeres sobre la norma, la renuncia al amor de pareja por ser una bala y una cadena y su reemplazo por una adicción, lo que las sacó del escenario.
A principios del siglo XX las revistas femeninas como Familia, dirigida por Marta Brunet, soltera voluntariamente para escapar de bípedos implumes, como dice, recomiendan no estudiar pedagogía o enfermería, las únicas carreras accesibles para mujeres de esa época, porque nadie querrá casarse con ellas, al dejar en segundo plano la vida de su marido y la de sus hijos. En un estudio de finales del siglo XX se constató que las mejores notas en educación básica correspondían a las niñas, pero que al llegar la educación media, todas bajaban las notas al mismo tiempo que la pretensión de tener un pololo. El mismo estudio (Acuña) señala que en los liceos de niñas, el rendimiento de las mujeres es mejor. Es que para ser la princesa del cuento, no se puede ser reina, a lo más vice algo, secretaria, asistente, suplente, alterna. Bola y cadena.
La mujer mirando su opresión a través de la lluvia que ve desde su ventana podría ser la versión blusera de “Cariño Malo” de Palmenia Pizarro, que no se suicidó después de la campaña infame del medio artístico chileno que no pudo ya acusarla de bruja y quemarla, pero que inventó la versión poco sofisticada de ser jeta o mala suerte. Palmenia Pizarro, la cantante de valses populares y, mayormente, vinculada a la derecha, no se mató, pero se fue de Chile: porque aquí patria querida, no lo pueden perdonar y me tuve que marchar. Quizás el amor de las cientos de mujeres que cantaban con ella “y se nota en tu reír que aún no sabes cuánto he llorado” la sostuvo, económicamente y espiritualmente, otras con menos piso, no tuvieron tanta suerte. Imagino, y esto es una ficción, al envidioso Don Francisco intentando una y otra vez en su programa ser cantante, forzando a Valentín Trujillo en sus destempladas aventuras vocales, muerto de envidia ante la chaneca de San Felipe, la que aplaudían y amaban sin tener que regalar lavadoras ni teles: hoy después de nuestro adiós, he vuelto a verte cariño malo…. Levantando la vista y las manos, para que se escuche bonito, y él desesperado diciendo que todo le sale mal cuando está ella, porque ante su voz no le queda otra que: así, así como mueve la colita, si no la mueve la tiene pasmadita.
Y digo con total propiedad, no es el amor el que mata, es la envidia a la creatividad, el castigo a la sexualidad y sensualidad, a la belleza, también la creencia de que en el arte, también en la academia, lo que no te mata te fortalece; la idea de que para crear hay que pagar un óbolo a algún dios falso e inexacto para entrar después de un camino ensangrentado al parnaso de los artistas. Y en esto hay democracia, el poeta maldito y borracho es el revés de la artista con sobredosis, bulimia o suicida. Se pone en primer lugar a quien habría dicho no a los requerimientos de Violeta, no se dice que sus aprendices solo pasarán a la historia de la música por llevarle la guitarra o afinarle el instrumento. Llamar a Janis el “hombre más feo de la escuela” oculta la envidia por su libertad e independencia. Se prefiere mencionar el acné de Janis o la viruela de Violeta como causas de su baja autoestima, y no a las decenas de personas insistiendo en ello. Hay una bola y cadena que dice que el artista merecería el amor de su pueblo solo si se autodestruye, así se le perdonarían las alas doradas de su creatividad. Cito a Kase, rapero pos Woodstock y pos generación de jóvenes yonquis perdidos por la heroína:

Ninguna droga joderá mi libertad
No quiero dañar mi cuerpo
No quiero fingir, quiero realidad
Voy a decir la verdad en todo momento
Hoy soñé que podía cambiar
Nada cambia si nada cambia
El mayor amor le tengo a mi persona
Ni me quiero matar ni me quiero morir, ¡perdona!
Hoy es el día de mi renacimiento.

Joan Baez, activista y cantante, llevo las revoluciones de la canción de protesta o comprometida, al escenario de Woodstok. The very beatiful Joan Baez, como la presentan en uno de los archivos perdidos del festival, es delgada y simple en su manera de vestirse. Canta canciones de movimientos civiles como “Swing low” y “We shall overcome” que Martin Luther King emplea en su discurso del mismo nombre:

Now's a little song that we sing in our movement down in the south. I don't know if you've heard it. It has become the theme song: We Shall Overcome. Deep in my heart I do believe, We Shall Overcome!Now I join hands often with students and others behind jail bars singing it. We Shall Overcome. Sometimes we've had tears in our eyes when we joined together to sing it, but we still decided to sing it. We Shall Overcome!

Tanto Martin como Joan, poseen una voz hermosa que usan denunciando y deseando a la vez, con toda la comunidad reunida, que los sueños se cumplan: we shall overcome, es la invitación a que juntos superemos los momentos de amargura y desesperación. La música y la voz es una oración que hace un camino común: we shall overcome. Este himno fue recogido en los ochenta por el movimiento estudiantil contra la dictadura: “no tenemos miedo, quiero que mi país sea feliz, con amor y libertad, pronto venceremos” (Zupay). Recuerdo haberla cantado temblando de miedo en los pasillos de mi campus con otros estudiantes. Yo tenía miedo a la muerte, a la desaparición, a ser la chica torturada y encarcelada por la Central Nacional de Inteligencia que aparecía en el cartel que llevábamos. Pero ese día canté: “we are not afraid, today”. Porque se puede cantar con pena, con ira incluso, pero es imposible, cantar con miedo.
Joan Jara fue a Vietnam, estuvo presa un mes por obstaculizar el paso a las oficinas de reclutamiento y fue una de las primeras artistas, con algunos otros en Chile, como Violeta Parra, en mostrar el cruce entre compromiso, activismo se diría hoy, y la música popular. The very beatiful Joan conoce a un muchachito incomprensible que le despierta sentimientos maternales, dice ella. La reina del folk, con discos de oro a su haber, lo invita a cantar, graba sus canciones e inspira las más comprometidas de su repertorio, como “Los tiempos están cambiando”. Tanto cambian que una vez que ha obtenido la fama, Dylan, en su propia gira, no la invita a cantar. Años después se excusa en el amor: no se puede ser sabio y estar enamorado, espero lo entienda alguna vez, dice. La sabiduría implicaría haberla invitado, el amor romántico a traicionarla, herirla, ningunearla y dejarla abajo del escenario. La relación se acaba y Dylan se casa con una ex conejita playboy ¿es despecho lo que hace que Joan no olvide el óxido que le dejó la relación con Thomas? ¿Qué esperaba Joan de Dylan? creo que una sola palabra: compromiso, en lo social y en la pareja, porque como no existen amores del alma sola, tampoco existen los amores solo a una causa, solo a la pareja.
Me he detenido en dos mujeres cantantes de Woodstock y en los ecos chilenos del festival, también he visto cómo el amor como ideología patriarcal debe ser revisitado, tarea de las canciones y de quienes nos dedicamos a ellas. He mostrado el otro lado del éxito en soledad, ninguneo, traiciones y bullying generalizado ante cada pequeño defecto, la complicidad incluso con la autodestrucción y la muerte. También he mostrado cómo las mujeres hicieron un camino hacia el frente de batalla y que algunos hombres como Jorge González también han entrado creativamente a un camino en lo privado para denunciar lo que se hace con los corazones rojos. El abuso infantil; el abuso a la creatividad; la soledad; la falta de reciprocidad; el creer que estamos para servicio eterno; la falta de reconocimiento literario, social y como pareja; el abandono por alguien subordinable, asimétrico; una lucidez que duele y que impide tener compañías falsas; ser valorada por ser la esposa y no por uno misma, como a Joan que se le pregunta hasta hoy por Dylan, o a Eltit por Zurita o Bolaño; la drogadicción o la bulimia como compensación del dolor; el bullying social; ser juzgadas por la apariencia: chascona, regordeta, demasiado flaca, el cuerpo o los kilos; la traición; el trato odioso; el suicidio y el automaltrato como respuestas han sido la bola y la cadena que una voces poderosas alzadas a tiempo, podrían contrarrestar, cambiar el trato a las mujeres y artistas.
Porque yo creo, y porque sé que pronto venceremos, no habrá más abusos a la infancia y a la juventud de los les las que amamos, pronto venceremos; nos apreciarán integralmente, no solo por un estereotipo corporal, bien alimentadas y sin adicciones, pronto venceremos. No nos amenazarán, golpearán, violarán o matarán en nuestra propia casa ni en ningún lugar, mientras el mundo se hace el sordo o el ciego, señor, protegidas estaremos de todo mal, en estado de apertura y de confianza, nosotras venceremos, nosotros venceremos. La creatividad femenina será reconocida, aplaudida, celebrada, protegida, yo sé que venceremos. Habrá respeto y equidad en el trato y en el sueldo, nadie querrá explicarnos nuestra vida o robarnos nuestra obra, yo sé y creo, que pronto venceremos. Nuestra visión del mundo y saberes serán enseñados, valorados y respetados en su autoría, así es y ya está siendo, yo sé que pronto venceremos. Las risas misóginas, el desacreditar nuestras demandas y nuestros deseos, la soledad, la desolación y todas las bolas y cadenas que falsean el amor se irán junto con el pánico, cantando, venceremos. Porque la biblia tiene razón, cosecharás lo que siembras y hemos sembrado amor, porque no hay mejor canción de amor que ámense los unos a las otras, como yo los he amado, y en ese camino no pongan bala ni cadena. Porque el amor es un camino que de repente aparece, caminaremos hand by hand, tu y yo, comprometidos para que el amor se manifieste en toda su luz. Hoy día venceremos, amor.

Oh, deep in my heart,
I do believe
We shall overcome, some day.
We are not afraid,
We are not afraid,
We are not afraid, today
We shall overcame, today

Notas

1 Este artículo es parte del proyecto FONDECYT 1171337 “Hacer cantar la maravilla: plantas medicinales, cantos y poemas Chile-Wallmapu” del cual soy investigadora responsable.

2 Este gesto fue extremado en el Mayo Feminista chileno el 2018 en que miles de mujeres jóvenes marcharon y bailaron a torso desnudo y con capucha por la Alameda exigiendo el fin de la violencia de género.

3 “One day at time” es una de las canciones interpretadas por Joan Báez en Woodstock.

4 La DICAP, Discoteca del cantar popular fue un sello discográfico chileno de la izquierda que funcionó desde 1967 hasta el golpe de estado de 1973. Junto con la editorial Quimantú, fueron instancias de divulgación de la cultura para las clases medias y bajas.

5 Paltón era la forma de referirse a los hombres de clase alta que se vestirían en la tienda de ropa “Palta”.

 

Referencias bibliográficas

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Fecha de recepción: 25/11/2019
Fecha de aceptación: 10/01/2020

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