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DOI: 10.19137/anclajes-2020-2424


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ARTÍCULOS

 

Sujetos arreados: traslados forzosos del kulliñ en textos actuales de la Patagonia argentina y chilena

Herded subjects: forced transfers of the kulliñ in current texts of Argentine and Chilean Patagonia

Sujeitos arreados: traslados forçosos do kulliñ nos textos atuais da Patagônia argentina e chilena

 

Silvia Mellado

Universidad Nacional del Comahue
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, CONICET
Argentina
silviamellado7@hotmail.com
ORCID: 0000-0001-5802-8637

 

Resumen: En este trabajo indago representaciones de los desplazamientos forzosos de pueblos originarios del sur de Argentina y Chile (1870-1900) en tanto arreo, en un conjunto de textos actuales del área cultural sur pertenecientes a Liliana Ancalao, Gustavo de Vera y Juan Riveros. Las relaciones entre sujeto, cuerpo y mercancía vinculadas con la ganadería resignifican el tránsito obligado, desde el exterminio de los pueblos australes durante los procesos de colonización del siglo XIX, hasta las detenciones en el marco de la última dictadura cívico militar de Chile (1973-1990). La metáfora ganadera elide y fisura, en sentido amplio, la lengua del Estado lo que intercepta y actualiza discusiones en torno a las literaturas consideradas nacionales.

Palabras clave: Literatura argentina; Literatura chilena; Pueblos originarios; Desplazamientos; Siglo XXI

Abstract: In this work I investigate representations of the forced displacements of native peoples of southern Argentina and Chile (1870-1900) as arreo, in a set of current texts of the southern cultural area; this texts belongs to Liliana Ancalao, Gustavo de Vera and Juan Riveros. The relations between subject, body and merchandise linked to livestock resignify the forced transit, from the extermination of the austral peoples during the processes of colonization of the 19th century, to the detentions in the framework of the last Chilean military civic dictatorship (1973-1990). The livestock metaphor elides and fissures, in a broad sense, the language of the State which intercepts and updates discussions about the national literatures considered to be national.

Keywords: Argentine literature; Chilean literature; Native peoples; Displacements; XXI century

Resumo: Neste trabalho indago representações dos deslocamentos forçosos dos povos originários do sul da Argentina e do Chile (1870-1900) quanto a arreio, em um conjunto de textos atuais da área cultural sul pertencentes a Liliana Ancalao, Gustavo de Vera e Juan Riveros. As relações entre sujeito, corpo e mercadoria vinculadas com a pecuária ressignificam o trânsito obrigatório, desde o extermínio dos povos austrais durante os processos de colonização do século XIX, até as detenções no marco da última ditadura cívico militar do Chile (1973-1990). A metáfora do arreo elide e racha, em sentido amplo, a língua do Estado o que intercepta e atualiza discussões ao redor das literaturas denominadas nacionais.

Palavras-chave: Literatura argentina; Literatura chilena; Povos nativos; Desplazamientos; Século XXI

 

Fray Félix José Augusta señala dos vocablos en su Diccionario Araucano de 1916 en relación con la palabra arrear: “Kechán, tr., arrear (ganados o a personas, como si fuesen ganados)” (80) y “Yaf|entun, tr., expeler, arrear para fuera” (281). De estas dos, es la primera, Kechán, la que comprende el sentido de arrear respecto de las personas; dimensión que el Diccionario de la Real Academia Española no marca puesto que quien arrea “estimula a las bestias para que echen a andar, o para que sigan caminando, o para que aviven el paso” o, según la cuarta acepción de arrear, “se lleva las cosas de manera violenta, hurta o roba”. En efecto, “personas (y no solamente bestias) arreadas” implica una metáfora ganadera significativa en un corpus que refiere los traslados forzosos de los pueblos originarios en el contexto de la implantación de los Estados nacionales argentino y chileno en el siglo XIX. En el sur, el nuevo orden de la explotación ganadera comprendido en estos procesos tiene un revés: los sistemas de reclusión de las comunidades preexistentes; los desplazamientos obligados hacia fuera de sus propios territorios; los grandes arreos de niños, mujeres y hombres como si fuesen ganado.
En una serie de trabajos (Mellado 2014, 2016a, 2016b), he ido conformando y asediando un corpus literario actual del área cultural sur (Espinosa 47-64), Patagonia argentina y sur chileno, a partir del arreo. Del corpus amplio, y a los fines de este trabajo que intenta continuar estas indagaciones, refiero textos de Liliana Ancalao (Comodoro Rivadavia, Argentina, 1961), Gustavo De Vera (Barros Blancos, Uruguay, 1961)1 y Juan Pablo Riveros (Punta Arenas, Chile, 1945). Una de las nociones que quiero señalar es la de pecuniarización del espacio (Pollastri “Escrituras” y “Literatura en el sur”) para los abordajes sobre el arreo, puesto que la presencia de un espacio que tiene adosado el valor del dinero abre el corpus de la literatura del área cultural sur, a partir de este vínculo entre la serie literaria y económica, hacia el latinoamericano. La puesta en primer plano de hombres y mujeres arreados en beneficio de la explotación ganadera se suma al arco de textos que va desde la vanguardia brasileña, con la alusión a la explotación del Palo Brasil en el “Manifiesto Pau Brasil” (1924) de Oswald de Andrade, pasa por la explotación del caucho en La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera, a textos actuales que, para decirlo metafóricamente, son atravesados por prácticas extractivistas del petróleo, el agua, entre otras, en el orden global actual (Pollastri “Literatura en el sur” 25 y “Escrituras” 22-29)2. En este arco, ingresa, por supuesto, la novela que cierra el ciclo gauchesco en la literatura argentina, Don Segundo Sombra (1926) de Ricardo Güiraldes, cuyas imágenes del arreo remiten a un modo productivo extemporáneo respecto del contexto (Sarlo; Pastormerlo). En los términos específicos de sujeto arreado como ganado –vuelto mercancía en tanto se lo arrea fuera del espacio de la “frontera”, se lo convierte en objeto de trato o intercambio sustituyendo su presencia con la otra mercancía (el ganado) y, de ese modo, las tierras del sur se incorporan a la economía nacional–, una de las obras que sumo a las mencionadas es el Martín Fierro (1872 y 1879) de José Hernández.
Uno de los aspectos en común del corpus indagado en torno al arreo consiste en la relación intertextual que este establece con un material conformado por documentos militares, memorias, cartas, registros etnográficos y narrativas [orales] de origen3 en las cuales se narran los desplazamientos forzados desde el punto de vista de los sujetos arreados, en algunos casos, o desde los colonos y el ejército, entre otros. En particular, las maneras de contar los orígenes por parte de los sujetos cuyos antepasados fueron arreados eliden o fisuran los relatos hegemónicos, o lo que llamo a partir de Julio Schwartzman, y su lectura de Martín Fierro, la lengua del Estado (“Levas y arriadas”); se cuenta cómo fueron arreados, no trasladados, apresados o capturados. Asimismo, escrito en el siglo XXI, este corpus resignifica una problemática propia del XIX poniendo en primer plano la metáfora ganadera (el sujeto arreado) y la tríada indisoluble sujeto–espacio–mercancía. Las referencias a los grandes arreos de humanos y sus dimensiones de tortura reponen ese otro tránsito que, al lado de la arreada que sufre el gaucho hernandiano, aparece apenas delineada en el poema fundante. Esta restitución del arreo de los otros sujetos va de la mano, en el caso de Ancalao, de narraciones orales de origen y, en el de De Vera, de memorias escritas por pioneros galeses. En los poemas de Riveros, en particular, la imagen del acorralamiento y reclusión humanas sufridas por las comunidades originarias del sur austral, extraídas de las crónicas y documentos militares, se expande hacia la idea de centros de detención de la dictadura pinochetista o de campo de concentración del siglo XX (Mellado 2016b); confiriendo a la metáfora ganadera direcciones centrífugas y centrípetas.

Breve panorama historiográfico

Como mencioné, el arreo remite en el sur argentino chileno a una serie de prácticas ganaderas significativas. Por un lado, la posesión de ganado permitió al pueblo mapuche establecer negociaciones con la corona española, la población blanca y con los fortines conforme avanzaban las fronteras de los incipientes Estados nacionales (Bengoa; Bandieri). Sin embargo, en los tramos finales de las denominadas “Conquista del Desierto” (1878–1885) y “Ocupación o Pacificación de la Araucanía” (1860-1883), quien comienza a ser arreado no es el animal sino el hombre. De entre los largos peregrinajes que los sujetos cuentan en sus narrativas orales de origen, el arreo sufrido por mapuche-tehuelches fue la antesala, muchas veces signada por la tortura, del destino final de los sujetos –punto central de la cuestión indígena según la doxa decimonónica. Para quienes quedaron bajo las directivas del Ejército argentino, el destino de los arreos incluyó la reclusión en la Isla Martín García, el trabajo esclavo en ingenios azucareros del norte, la servidumbre de mujeres y niñas en casas de la élite argentina, entre otros (Mases; Papazian y Nagy). En efecto y tal como lo señala la historiadora Susana Bandieri, en el momento en que se anexan los territorios del sur al Estado nación argentino, el ganado que sobrepasaba la Pampa húmeda debía ser implantado en tierras patagónicas. Por lo tanto, el agente de ocupación, principio rector de la idea de civilizar el “desierto”, fue el ganado y no el hombre (128). El lema alberdiano “gobernar es poblar” que había cobrado vigencia hacia 1870 (Blanco 21-40) se puede enunciar, entonces, como gobernar es arrear.
En el caso del actual sur de Chile, muchos de los sobrevivientes originarios a la “Ocupación o Pacificación de la Araucanía” (1860-1883) fueron reubicados en reducciones4 al mismo tiempo que el Ejército chileno realizó apropiaciones de ganado que cambiaron el rostro pecuario de las comunidades mapuche por otro agrario, convirtiendo al ganadero en campesino pobre (Marimán 53 y ss.; Bengoa 329 y ss.). En cuanto a la región más austral del sur –Isla de Tierra del Fuego en su totalidad y parte de la actual provincia de Santa Cruz en Patagonia argentina–, económicamente autárquica hacia fines del siglo XIX y con fuerte incidencia de la clase terrateniente y capitales ingleses, la implantación del ganado ovino reemplazó la explotación aurífera (Martinic “Panorama de la colonización” y “Patagonia Austral”). Selknam, Yámana y Qawashqar, contrariamente a la vinculación mapuche con la ganadería, representaron una amenaza para el desarrollo de esta actividad.
El proyecto civilizador evangelizador de las Misiones salesianas jugó un papel fundamental. Los propios estancieros fomentaron la deportación de los sujetos, por ejemplo, a la Isla Dawson, y contribuyeron con dinero para la permanencia de estas reclusiones (Martinic “Panorama de la colonización”). Los aportes de los estudios históricos han demostrado que en los mismos documentos en los que se denuncia el robo de ganado, sea por subsistencia o venganza por parte de los originarios, aparece el registro de prácticas de exterminio en favor de la ganadería; conocidas son las correspondencias y artículos de la época en la que se insta a cazar indios y se constata el pago en libras esterlinas por cada par de orejas de indio u otras piezas de caza (Borrero 35–59). Asimismo, la historiografía señala que, desde finales del XIX, la ganadería traza relaciones de capitales por encima de los Estados nacionales palpables en las rutas o caminos entre haciendas y poblados en la Isla de Tierra del Fuego y la Región de Magallanes (Martinic “Patagonia austral”). En la actualidad, la explotación ganadera a gran escala es importante en la zona austral y en parte de las provincias argentinas de Santa Cruz y Chubut, mientras que en el norte de la Patagonia la trashumancia o veranada es troncal para comunidades mapuche y crianceros asentados, principalmente, en el norte neuquino5.

Prestar oídos, la voz de Manquel

Uno de los textos que inicia el corpus que conformo sobre el arreo se titula “Eso es lo que é” de Liliana Ancalao. La poeta escribe este breve texto para ser leído en la mesa “200 años escribiendo la Argentina” del “XXVIII Encuentro de Escritores Patagónicos” (Puerto Madryn, Chubut, Argentina 2010); organizada a propósito del bicentenario de los procesos independentistas latinoamericanos. El texto comienza así:

Voy, por la ruta nacional tres, en el Don Otto, a Buenos Aires. El viaje es largo y me gusta pensar en el tiempo que voy a tener para hilar alguna idea. Estoy acostumbrada a las distancias. Entro en un estado de contemplación y hago balances de los motivos que me alejan del principio del mundo, a la periferia. (Me pregunto quiénes serán los dueños de estos campos alambrados. ¡hey! Luan lamngen!!)
Tendré tiempo para pensar algo para el Encuentro de Madryn. De dónde me puedo agarrar para pensar el bicentenario. 1810 no me sugiere nada, 25 de mayo… menos (167).

Y luego sigue:

Me traje algo para leer, seguro de la lectura surge una punta… Y Felix Manquel dijo… una recopilación de Enrique Perea. Puedo imaginar la voz gastada de Don Manquel,
Y así… eso… tamién medio triste eso… eso asunto… lo que yo… lo puedo comersar… porque… áhi lloran después. Yo me acuerdo cuando comersaba mi padre lloraba, cuando se acordaba; la forma que anduvieron ello, de a pie… lo arriaron… como animale así hasta Buenos Aire… (167-168; negritas y puntos suspensivos en el original).

Ancalao extrae de manera completa el único pasaje sobre el arreo que el etnógrafo Perea registra en su larga charla con Manquel en la década de 1980: …y Félix Manquel dijo…. Casi en el inicio del relato etnográfico, Félix Manquel canta. Perea registra la letra en mapuzugun y español, pregunta a Manquel si sabe otra canción, a lo que el entrevistado responde: “yo tengo más canción que… que peste en la cabeza” (Perea 6; puntos suspensivos en el original), pero Manquel prefiere contar una historia “Uno queriendo… Se acordar tiempo mío como la forma que hamo andao nosotros, que alcancé conocer…” (Perea 6; puntos suspensivos en el original).
Más que cita de autoridad de la letra –del registro de Perea–, la operación de Ancalao respecto de la voz de Manquel supone una instancia de escucha. Ella extrae esa historia, que Manquel prefiere contar en vez de cantar y, luego de traspasarla a su texto, Ancalao dice: “Este es un nutram, hemos escuchado esta historia en la voz de otros ancianos […] ¿El nutram del exilio? ¿El nutram del peregrinaje? ¿Cómo llamarlo?” (168). Y más adelante responde “Eso es lo que é Don Manquel, kimche. Ni éxodo ni exilio. El nutram del arreo. De cuando el ejército argentino nos arreó como a animales. De cuando encontraban placer en nuestra agonía. Casi no tengo coraje de contarla, kuificheyem” (169). Ancalao introduce la voz de Manquel en una comunidad de escucha porque es la historia pronunciada por otros ancianos; otros kimche, sabio(s), otros kuificheyem, antiguo(s). Y para subrayar aún más esa oralidad nombra esta historia que ha pasado de boca en boca nütram6.
En “Eso es lo que é” la oralidad suprime la lengua estatal: la “Conquista del desierto” no se nombra como tal, ni como exilio o éxodo, sino “nütram del arreo”. La metáfora ganadera, gestada en el universo oral de Manquel por los relatos oídos a su padre, refiere la intervención del Estado en el destino de las personas mapuche. Esta relación entre ganadería-lengua oral-lengua estatal es cercana a la que Julio Schwartzman subraya cuando aborda el ámbito proverbial del Martín Fierro (“Levas y arriadas”). En el canto II, cuando Fierro cuenta el inicio de sus penas no dice “nos hicieron leva y nos mandaron a la frontera” sino “nos arriaron en montón”: “Cantando estaba una vez / en una gran diversión; / y aprovechó la ocasión / como quiso el Juez de Paz... / se presentó, y ay no más / hizo una arriada en montón” (canto II, versos 307–312). El uso literario de la voz del gaucho y el uso económico y militar del cuerpo del gaucho (Ludmer 9), por supuesto que están, en comparación con la presencia del indio, en el primer plano de la obra de Hernández. Sin embargo, ese otro uso, el económico y militar del cuerpo del indio, también asoma en el poema. El mismo Schwartzman señala un antecedente del paradigmático episodio de la cautiva y el destripamiento del niño: “y el indio es como tortuga / de duro pa espichar / si lo llega a destripar, / ni siquiera se le encoje, / luego sus tripas recoje / y se agacha a disparar” (canto III, versos 505-510). Entre uno y otro, se lee el laboratorio pampeano que disciplina, cataloga y permite conocer al enemigo para luego montar la justificación del exterminio; mientras el primer destripamiento sirve de parámetro biológico para determinar el temple del enemigo, el segundo está al servicio de su condena (Schwartzman “Las letras de” 246–247). Entre uno y otro episodio podemos también trazar un lapso que va desde del trabajo en la leva del gaucho arreado, luego la vida más allá de la frontera, hasta su regreso. En este transcurso se sientan las bases sobre las cuales se implementan los sistemas de arreos y reclusiones de los pueblos originarios por parte de las campañas militares en Patagonia; acciones comprendidas como genocidio (Lenton 29–49). Tal como señala Schwartzman, la política y la tradición encausadas en el Martín Fierro son las mismas que abonan el proyecto político que culmina en la “Conquista del desierto”, la consolidación del Estado central y la inclusión del país al mercado mundial (“Las letras de” 235).
Como mencioné, en el texto etnográfico que Ancalao retoma y trama en su breve ensayo “Eso es lo que é”, Manquel cancela el registro de las canciones que Perea está realizando porque “prefiere contar” los padecimientos de la arreada y las torturas de sus antepasados. Manquel, como Fierro, canta y cuenta “las penas estrordinarias” (canto I, verso 4) y para ello parte de la metáfora ganadera del arreado eludiendo y desplazando también la lengua del Estado: no dice conquista o guerra, así como Fierro tampoco dice leva. Sin embargo, este punto de unión entre ambas voces que cantan/cuentan las penas del arreado es al mismo tiempo un punto de divergencia, “la diferencia que existe entre la adversidad y la contienda” (160), tal como lo entiende David Viñas en Indios, ejército y frontera:

Por algo si el drama central de Martín Fierro se instaura sólo entre dos infiernos distintos en diverso grado de culpa y condena, el de los indios respecto de los blancos es una querella entre dos universos: de ahí que al gaucho se lo persiga, se lo utilice, se lo humille, se lo condene o se lo exilie; al indio, lisa y llanamente, se lo elimina.
Se trata, bien visto, del espacio que se abre entre el código penal y la guerra: al gaucho jamás se lo conquista, se lo somete a la leva; el indio, en cambio, está condenado al genocidio (160).

A propósito de esta eliminación, Ancalao interpela y selecciona del registro etnográfico de Perea el pasaje del arreo para leerlo/escucharlo como nütram. Hay allí, lo que podríamos denominar un uso literario de la voz de Manquel puesto que, por un lado, la incluye en su ensayo y, por otro, la reubica en un género oral y de transferencia de memoria e historia. Al mismo tiempo, Ancalao acentúa aún más la relación entre lengua estatal–lengua oral–ganadería al insistir en el tratamiento del cuerpo en tanto animal arreado y las dimensiones de tortura en el marco de la implementación de un Estado nacional que intentará sacar sujetos del territorio, borrar la lengua, originar la “pérdida del mundo” (168). Al exponer su lectura en una mesa que reflexiona acerca de los bicentenarios, desplaza la fecha de 1810 “redondeando” hacia 1880: el punto en el que la nacionalidad “ingresa” en el territorio del sur y se implementan los sistemas de reclusión, los corrales humanos, el exterminio de aquellas personas que no sobrevivieron ni como mano de obra esclava ni como servidumbre. Una compleja situación atravesada por la coordenada económica puesto que estos sujetos son arreados y animalizados en favor del otro ganado que sobrepasa la pampa húmeda; el verdadero “agente de ocupación” del territorio (Bandieri 128).

Los grandes corrales

En 2014, Gustavo De Vera publica la novela Tucuras, “inspira(da) en episodios, personajes y acontecimientos recogidos por la historia y la tradición oral en el Valle Inferior del Río Chubut, situado en el corazón de la Patagonia” (7). La historia en la voz de Dylan Benbow cuenta la vida, entre 1865 y 1891, de cuatro hermanos, tres de ellos adoptados en el seno de una familia galesa. En el umbral de la novela, el mismo Dylan nombra las imágenes centrales sobre las cuales montará la historia:

Hay un hombre cerrando las puertas del granero, indiferente a la mujer que a sus espaldas juega por un puñado de trigo.
Hay manos mugrientas huesudas de un indio hambriento extendidas entre cercos de alambre, suplicando por un pedazo de pan.
Un muchacho quiebra en astillas un trozo de madera labrado para la mujer que ama, y que a su vez ama a su hermano.
Un hombre, extranjero rico y solitario, recorre Patagonia cazando otros hombres.
Hay una mujer joven que implora de rodillas sobre el muelle, por el regreso de un barco que se aleja.
De tales carnes y pellejos se fue haciendo esta historia (11-12).

En el capítulo treinta ocho se desarrolla la escena de los grandes cercos de alambres dispuestos por el ejército para encerrar mapuche-tehuelches y que, en un principio, son confundidos por los personajes con grandes corrales de animales sin saber que allí se halla Makol, uno de los tres hermanos. A partir de la imagen de las manos en el alambre del hermano tehuelche, JB reconoce los ojos de Makol que, entre los rostros famélicos de ancianos, “se vuelven dos pobres piedras muertas” (138). La fuente de este pasaje son las memorias de John Daniel Evans, un colono galés quien registra el camino que realizó en 1888 desde la Colonia 16 de octubre hacia Patagones, sur de la actual provincia de Buenos Aires, Argentina. Evans relata el episodio de esta manera: “lo acá ocurrido me marcó el alma duramente, estaba en uno de los mejores momentos de mi vida, juventud, lindo futuro y generalmente lo que me proponía lo lograba, pero esto me era imposible de comprender” (John Daniel Evans El Molinero” 92). Estos cercos de alambres con los cuales se encuentra Evans son reducciones, indica, y la condición en la que se encuentra su amigo tehuelche de la infancia –del cual no sabemos el nombre sino su epíteto, hermano del desierto– es nombrada como exilio, destierro eterno.
En la novela Tucuras, cuando los personajes están a media milla del Fortín, descubren una cerca de alambre tejido que se alza hasta diez pies del suelo. Uno de ellos dice que ha de ser un corral para encerrar avestruces o guanacos; conjetura que les parece razonable según el comercio rentable de plumas y de pelos. Cuando pasan más cerca del alambre “un murmullo comienza a levantarse por sobre el gran mar del viento y se vuelve una multitud de voces implorantes, sordas, lastimosa” (136-137). Ven entre los alambres “manos y brazos huesudos, sucios y repulsivos, apenas visible en el color del aire y de la tierra, [que] se extienden hacia nosotros" (137) y alcanzan a entender las palabras "poco bara chiñor” (137). Las partes del cuerpo humano que alcanzan a divisar y las palabras que han escuchado evidencian que los alambres no encierran animales sino hombres quienes saben que ellos son galeses y “que nunca nos falta un trozo de pan en nuestras alforjas” (137). Bara significa pan en galés, y chiñor es el modo en que los tehuelches encerrados pronuncian señor. JB, entonces, se acerca al alambre, reconoce a Makol, toma con firmeza esas dos manos y las besa mientras su hermano tehuelche apenas respira sus palabras.
La operación de De Vera en Tucuras que leo como metáfora ganadera es la de hacer que los personajes duden acerca de qué es o qué no es ese alambre que circunda un predio extenso. La sola duda acerca de si es o no un corral que encierra animales, que además se conjetura que podrían ser guanacos o avestruces cuyos productos son rentables para comerciar, cuela la dimensión de animalización y mercancía que, en las memorias galesas de Evans, fuente de la novela, se cuenta con palabras menos alejadas de lo estatal: exilio o destierro. Además, ese cerco de alambre y el desplazamiento forzoso de hombres hacia allí se anuncia en la novela con anterioridad, sobre todo en los capítulos en torno al militar Roa. En ellos, el tratamiento del enemigo también cuela la dimensión de arreo: “Pero es así el trámite: neutralizar en lo posible a las fuerzas enemigas aniquilando a sus hombres de lanza, y arrastrar a los sobrevivientes hasta llegar a la Reducción de Valcheta, donde recibirán los beneficios de la civilización y serán convertidos a la fe en Dios” (76; el destacado es mío); y más directamente en las órdenes que dirige a su subalterno: “Usted se me va a caballo con el resto de la tropa y hace una batida del territorio desde aquí hacia el norte. Arree toda indiada que encuentre hasta Valcheta” (118; énfasis añadido).
Tal como he señalado en un trabajo anterior (Mellado 2016b), otra de las obras en las que aparece la metáfora ganadera en relación con los grandes corrales humanos es el poemario De la tierra sin fuegos ([1986] 2001) de Juan Pablo Riveros. Este reúne ciento dieciocho poemas y diecinueve fotografías documentales extraídas de diversas fuentes, en especial de Hombres primitivos de Tierra del Fuego; de investigador a compañero de tribu (1951) de Martín Gusinde7.  Tres poemas pueden ser leídos especialmente a partir de la tríada cuerpo – ganado – traslado forzoso: “Exterminio ona (1875–1905)” (68–70), “Dawson I” (71– 75) y “Dawson II” (158–163). En el primer poema, la voz pivota en la Historia y arma la línea cronológica que va de los buscadores de oro a “los otros enemigos de los indios / más perversos y poderosos: Los Estancieros” (68).  Los onas, quienes un día “despertaron / y hallaron sus campos nevados de ovejas” (69) pierden sus espacios de caza de guanacos y ocupan el lugar del cazado:

Grandes perros de caza / sueltos / en los campamentos selknam. / Innumerables niños onas / muertos a mordiscos // Entonces una camioneta militar/ Nos alcanzó. Nos rociaron / Con bencina de rodillas a cabeza./ Nos prendieron fuego. / Y ardimos / Intenté apagar las llamas. / Carmen Gloria era / un péndulo llameante. / Al pararme / recibí un culatazo en la nuca / y ella, otro que le voló los dientes. / Luego, / arrojaron nuestros cuerpos humeantes / en una acequia de Quilicura (69-70).

En esta cronología trazada en el poema, la muerte de los niños o destino final se anuda, por medio del “entonces”, al de las víctimas de la dictadura pinochetista. Los perros acechan y cazan niños onas lo mismo que la camioneta militar con los jóvenes del trascendido caso “Los quemados”8. Esta relación entre la caza del siglo XIX y las del XX parece sellada por el fuego: el fuego de pueblos preexistentes, divisado desde las costas y que da nombre a la Isla, extinto a favor de la ganadería, y el fuego de los cuerpos que se encienden a favor de las prácticas sistemáticas de represión.
En cuanto a los poemas “Dawson I” y “Dawson II”, ambos están precedidos por epígrafes tomados del poemario Dawson escrito en cautiverio por Aristóteles España (Castro, Chile, 1955–Valparaíso, Chile, 2011). En el caso del segundo poema, también lo anteceden cuatro versos de “Todesfuge” de Paul Celan. En Dawson I, el comienzo marca, al igual que “Exterminio ona (1875–1905)” analizado más arriba, la continuidad entre el siglo XIX y el XX: “también campo de concentración / de onas y alacalufes. / El desarrollo de la ganadería / primó sobre todo aquello” (71). Como un diálogo con el joven Aristóteles España, los cuatro primeros versos de Riveros reponen la otra marcha de confinados en el campo de concentración que con anterioridad ya había predicho, hacia el siglo XIX, el destino que la isla tiene en 1973:

Esa larga fila de Confinados
que subía a los camiones de la Armada Nacional
marchando
cerca de las doce de la noche del once de septiembre
de mil novecientos setenta y tres en Isla Dawson (71).

La convergencia entre la implementación ganadera y las detenciones en dictadura conjura el aparente anacronismo en tanto las dos violencias suponen el “asesinato sistemático financiado” (verso 11). La ganadería y su doble –la cacería­– priman, como sostiene el poema. La contigüidad entre los corrales humanos, los campos de concentración del nazismo, a través de la cita de “Todesfuge”, y los centros de detención pinochetista supone una constelación de encierros en la cual ningún acontecimiento se configura como cifra para leer a los otros (Mellado 2016b). La apertura desde el sur austral, como lo he señalado en otros trabajos, se realiza hacia Occidente todo por la referencia a Celan y por el verso final del poemario “Murieron de occidente” (176).

A modo de conclusión

Así como comencé este artículo con la palabra Kechán (arrear personas como si fuesen ganado), quiero señalar que en mapuzugun  existe un vocablo que designa al mismo tiempo animal o ganado y dinero: Kulliñ. Puede conjeturase que esta relación sinonímica entre las palabras contiene la dimensión de intercambio, comercio, que supuso desde el siglo XIX a esta parte, la posesión de animales. La actividad ganadera, a gran escala o a partir de prácticas económicas y culturales de pequeños crianceros, “es la base del sistema circulatorio del conjunto regional durante buena parte de su proceso histórico” (Bandieri 257 y ss.). En el universo de la metáfora ganadera, kulliñ alcanza la condición de las personas arreadas cuando estas se vuelven ganado en ese desplazamiento forzado necesario para la implantación del otro ganado. Las mujeres, hombres y niños pasan a ser kulliñ porque “anduvieron ello, de a pie… lo arriaron… como animale así hasta Buenos Aire…” (Ancalao 168) y porque lo que subyace en ese tránsito supone el cambio de un espacio que debe dejar el rostro de frontera y desierto para adquirir el de espacio productivo pecuario. Por lo tanto, el sujeto, animalizado, se vuelve un objeto de transacción o venta. En este intercambio, entre la salida del sujeto como ganado y la entrada del verdadero agente de ocupación, la dimensión biopolítica es evidente: el arreo de los sujetos explicita la intervención violenta sobre una población entendida racialmente como enemiga y que debe normalizarse para gobernarla o, en caso contrario, extinguirse. Como sostiene Lenton, la llamada generación del ochenta puede considerarse como aquella que instaura los “primeros ensayos biopolíticos” en el subcontinente (30).
La imagen de una libra esterlina por cada par de orejas, pues una libra esterlina valía cada oveja que los onas depredaban, ha abonado no solo la investigación de las fuentes de la época, como las correspondencias y la prensa, sino una semántica que anuda el exterminio de los pueblos preexistentes a los Estados nacionales argentino y chileno con asesinatos sistemáticos producidos en el siglo XX. A la operación de Juan Pablo Riveros que liga conquista del sur austral con dictadura pinochetista, abordada en este artículo, podemos sumar la analogía entre la matanza de indios comandada por Menéndez Behety, “el último conquistador”, y el asesinato de los obreros en la Estancia Anita en 1921 que realiza José María Borrero en La Patagonia trágica (1928) y que David Viñas recoge en el umbral de Los dueños de la tierra (1959). Incluso Liliana Ancalao, en el poema “La tarde del sábado para lavar la ropa”, hace contiguos-parientes a los obreros asesinados y a los arreados del siglo XIX: “y los ataron / como hacía cuarenta años / a sus parientes / allá por el chubut / en el corral de sacamata / como a animales / los milicos obedientes” (s/p).
Estos lazos entre el XIX y el XX dan cuenta de una construcción del pasado y de la memoria que no borra el sustrato de los pueblos preexistentes, por el contrario, corre el supuesto manto de lo arcaico y derruye la falsa idea de lo extinto. En las mencionadas memorias galesas de Evans, los arreos y acorralamientos son descriptos como “el destierro eterno de los dueños y señores de las extensiones patagónicas” (93), un “trocósenos el reinar en vasallaje” que trae el eco del Inca Garcilaso de La Vega al mismo tiempo que la perpetua borradura de esos sujetos. Sin embargo, tanto en la novela de De Vera citada aquí, como en el corpus general sobre el arreo, se evidencia que las dimensiones de señoríos y reinados en el mundo mapuche tehuelche son más una construcción sobre las comunidades que un imaginario desde las propias narrativas. Estas, por el contrario, exhiben tramas complejas de negociación, intercambio y representación política (Moyano 77-78) y marcan también una continuidad entre ese pasado no tan lejano –el de las llamadas Conquista y Pacificación– y el presente.
Me interesa continuar la indagación de los modos en que textos actuales resignifican lo acontecido en el siglo XIX, tomando no solo los relatos hegemónicos sino las voces de las memorias menores, familiares, comunales. Una de las ideas de la literatura que subyace en el corpus a partir del arreo es la de un arte que interpela movido, tal vez, por el ansia de restitución, no de los cuerpos ni del antiguo orden, sino de una estela humanitaria en relación con las memorias orales. La escritura actual muestra el lazo entre el siglo XXI y el XIX no como mera continuidad sino a imagen de una madeja de huellas y pasajes en los cuales los procesos violentos marcan, señalan, cuerpos y memorias. No es mera continuidad y, aun así, balas disparadas en la actualidad parecen venir desde hace ciento cuarenta años a cazar por la espalda a Rafael Nahuel, en 2017, mientras corre sin armas, bosque arriba, en Villa Mascardi, a unos cuarenta kilómetros de la conocida Bariloche, Patagonia9.

Notas

1 Gustavo de Vera reside en Esquel, Chubut, Argentina, desde 1992.

2 El planteo central de pecuniarización del espacio (Pollastri) refiere modos en que la representación del espacio “pone el valor pecuniario como sema fundamental” (“Literatura el sur” 25) para leer el territorio. Una topografía significante, en la que elementos de la naturaleza (aire, fuego, agua y tierra) tienen “adosado el valor del dinero” (“Literatura en el sur” 25). Una de las torsiones en los textos asediados de esta noción consiste en el pasaje de desierto a yacimiento. El primero, como constructo, trae unido a él las ideas de nada, vacío, barbarie, espacio posible de “conquistar”, poblar, entre otras. El segundo, toma una de las cargas semánticas de desierto –la de sitio donde naturalmente se halla algo (roca, mineral, fósil)– para atravesar ese hallazgo con la posibilidad de su explotación.

3 Tomo la noción narrativas de origen, y acentúo la dimensión oral, con la cual Delrio nombra los relatos proferidos por habitantes actuales de Cushamen sobre los desplazamientos forzados de su comunidad. Los momentos de estas narrativas son: localización y restricción de la movilidad; sometimiento inmediato; desplazamientos en el espacio nuevo del Estado-nación y, finalmente, la radicación que constituye, en algunos casos, un legado y condiciones entregadas por la ascendencia (86).

4 La reducción territorial constituyó el elemento central en los procesos de fiscalización y colonización de La Araucanía que aseguraría la producción de la zona, por parte de colonos y comerciantes, y su relación con el centro del país. A la población mapuche se le entregó pequeñas mercedes de tierra que desbarataron los modos de subsistencia y las relaciones políticas y culturales que sostenía hasta ese momento; así surge la comunidad reduccional característica del siglo XX (Bengoa 329).

5 En nuestra zona, norte de Neuquén, entre los meses de diciembre a abril, los crianceros asentados en territorios de la precodrillera llevan piños de chivos hacia la cordillera, de mayor vegetación y cursos de agua, en busca de mejores pasturas.

6 Nütram es una noción mapuche compleja que refiere tanto la instancia de diálogo, conversación, como aquello que se cuenta o se dice en un intercambio, una historia con pretensión verídica. Más allá de las explicaciones en torno a esta noción por parte de disciplinas como la historia, la lingüística y la antropología –y las elaboradas por los mismos poetas–, nütram concentra el traspaso oral de la memoria.

7 En la edición utilizada (2001), los ciento dieciocho poemas se distribuyen en siete apartados: I / NATURALEZA, II / PRECAUCIONES, III / SELKNAM, IV/ YAMANAS, V / QAWASHQAR, VI / DESPEDIDA,  a los que le sigue el sector denominado DOCUMENTOS GRÁFICOS que reúne diecinueve fotografías documentales; los títulos están en mayúscula sostenida en la edición indicada.

8 En el marco de una protesta el 2 de julio de 1986 en Santiago de Chile, una patrulla militar incendió a dos jóvenes, Rodrigo Rojas y Carmen Quintana.

9 El 25 de noviembre de 2017 el joven Rafael Nahuel fue asesinado por la espalda por parte de fuerzas de seguridad del Estado argentino, en la zona de Bariloche y en el marco de procesos de recuperación de tierras de la comunidad Lafken Winkul Mapu. Los testimonios que entienden lo sufrido en términos de caza, pueden leerse, por ejemplo en: https://www.pagina12.com.ar/78932-desde-el-dia-anterior-nos-estaban-cazando. Recuperado el 1 de julio de 2019.

 

Referencias bibliográficas

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33. Viñas, David. Los dueños de la tierra, Buenos Aires, Losada, 1997.

Fecha de recepción: 05/08/2019
Fecha de aceptación: 03/03/2020

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