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DOI: 10.19137/anclajes-2019-2325

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ARTÍCULOS

 

La matanza de Tlatelolco: la crónica de Carlos Monsiváis frente al testimonio de Elena Poniatowska y los medios impresos

The Killing of Tlatelolco: Comparing and Contrasting Carlos Monsiváis’s Chronicle with Elena Poniatowska’s Testimony and the Printed Media’s

O massacre de Tlatelolco: a crônica de Carlos Monsiváis em comparaçãocom o depoimento de Elena Poniatowska e da mídiaimpressa

 

María Terán
Instituto de Investigaciones Gino Germani
Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires
Argentina
teranmaria@gmail.com
ORCID: 0000-0002-1057-8899

 

Resumen: Este trabajo propone el análisis y la interpretación de los principales procedimientos narrativos de las crónicas de Carlos Monsiváis en torno de la masacre de 1968, para luego compararlas con las de su colega y contemporánea Elena Poniatowska y con otras crónicas periodísticas publicadas por los principales diarios mexicanos, a modo de contraste y de remisiones interdiscursivas entre ellas. El análisis de los tonos, las estrategias y las gramáticas de escritura del propio Monsiváis versus el discurso de Poniatowska nos permite establecer diferencias para verificar distintos modos de ejercer la crónica urbana. Asimismo, nos proponemos problematizar la posición de los cronistas en relación con la construcción que los medios masivos hicieron de los acontecimientos y de las representaciones en torno del 68 y analizar la forma con que cada uno de ellos incluyó el testimonio de los testigos.

Palabras clave: Crónicas; Literatura; Periodismo; Procedimientos; Tlatelolco

Abstract: This work proposes the analysis and interpretation of the main narrative procedures of the chronicles of Carlos Monsiváis around the massacre of 1968, to then compare and contrast them, from their interdiscursive remissions with those of his colleague and contemporary Elena Poniatowska, and with other journalistic reports published by the main Mexican newspapers. The analysis of tones, strategies and writing grammars of Monsiváis himself versus Poniatowska’s discourse allows us to establish differences to verify different ways of exercising the urban chronicle. Likewise, we propose to problematize the position of the chroniclers in relation to the construction that the mass media made of the events and representations around 1968, and analyze the way in which each of them included the testimony of the witnesses.

Keywords: Chronicles; Literature; Journalism; Procedures; Tlatelolco

Resumo: Este trabalho propõe a análise e interpretação dos principais procedimentos narrativos das crônicas de Carlos Monsiváis sobre o massacre de 1968, para posteriormente compará-los com os de sua colega e contemporânea Elena Poniatowska e com outros relatos jornalísticos publicados pelos principais jornais mexicanos, por meio do contraste e da remissão interdiscursiva entre eles. A análise de tons, estratégias e gramáticas da escrita do próprio Monsiváis contra o discurso de Poniatowska permite-nos estabelecer diferenças para verificar distintas formas de prática da crônica urbana. Concomitantemente, propomos problematizar a posição dos cronistas em relação à construção que os meios de comunicação fizeram dos eventos e representações em torno de 68 e analisar a maneira como cada um deles incluiu o depoimento das testemunhas.

Palavras-chave: Crônicas; Literatura; Jornalismo; Procedimentos; Tlatelolco

 

La masacre ocurrida el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, ciudad de México, constituye una serie histórica privilegiada para caracterizar la obra y la figura intelectual de Carlos Monsiváis. La pregunta clave que opera como guía del presente artículo versa sobre el tratamiento que el cronista hace de los acontecimientos y de las representaciones que circularon durante los meses que precedieron a la masacre. Es decir, qué procedimientos elige para narrar los hechos y describir el clima de ideas imperante y por qué podemos afirmar que el 68 de Monsiváis es diferente de otros; por ejemplo, del relevante discurso que construyó casi simultáneamente Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco (1971). Asimismo, pretendemos demostrar de qué manera la voz que Monsiváis construye en sus crónicas dialoga con las noticias periodísticas que recuperaron esos acontecimientos.
En este trabajo, nos centraremos en la cuestión de la forma para identificar y analizar los múltiples procedimientos utilizados en las crónicas de Monsiváis: los recursos temáticos, las estrategias de representación, los modos de construcción del sujeto que narra, los usos de la investigación en la ciudad y la manera de operar con la versión de los testigos y con los testimonios. Pretendemos también valorar el tratamiento de la imagen visual en el sentido del peso que tiene la fotografía. Estos son algunos de los procedimientos que intentaremos reponer. La comparación de las crónicas de Monsiváis con las de Poniatowska y con otros relatos periodísticos –firmados y anónimos– nos permitirá establecer las similitudes y las diferencias para verificar distintos modos de ejercer la crónica urbana.
En su multicitado La noche de Tlatelolco, Poniatowska recurre al género testimonial –el subtítulo, Testimonios de historia oral, lo advierte claramente‒ con el propósito de construir un collage de voces sobre los sucesos del 68. La obra está enmarcada por dos cronologías que comienzan el 22 de julio de aquel año. La de apertura se compone de fotografías, cuyos pies de imprenta relatan algunos de los acontecimientos del conflicto estudiantil. Mientras la primera imagen muestra la pelea entre dos grupos de estudiantes –los Ciudadelos y los Arañas‒, señalada como punto de inicio del conflicto, la última escenifica el homenaje a los muertos del 2 de octubre organizado precisamente el día de muertos en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Ambas escenas enmarcan, a su vez, diversos sucesos: desde mítines y manifestaciones estudiantiles, discursos emitidos por el presidente Díaz Ordaz y por el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México ‒Javier Barros Sierra‒, el cacheo, las agresiones y la represión de la policía y del ejército contra los estudiantes, su encarcelamiento, incluso el de algunos dirigentes del Consejo Nacional de Huelga (CNH)1 y de intelectuales como Eli de Gortari (profesor universitario) y Manuel Marcué Pardiñas (editor, exdirector de la revista Política) hasta escenas desoladoras en las que se ve a ciudadanos en busca de familiares desaparecidos y que recorren pasillos para reconocer los cuerpos de estudiantes y de niños muertos.
La cronología que cierra el libro y que se extiende hasta el 13 de diciembre está construida, en cambio, a partir del relato de los hechos referidos por los estudiantes en sus testimonios orales.
La coyuntura del 68 opera como la columna medular de Días de guardar (1970), la primera de las antologías de crónicas editada por Era. Muchos de sus textos escenifican los meses de rebelión del movimiento de 1968 que, bajo el gobierno de Díaz Ordaz, culminó con la masacre de estudiantes. El análisis de las fotografías de apertura permite inscribir la obra de Monsiváis en los sixties2: además de mostrar manifestaciones y mítines en torno del conflicto universitario, revela escenas en las que el establishment se divierte en Acapulco, happenings y espectáculos masivos como el del cantante español Raphael, así como un homenaje a la Virgen de Guadalupe. Asimismo, se reproduce una imagen de Porfirio Díaz y de la lucha armada a propósito de la época de la Revolución. La mayor parte de las fotografías expuestas en esta antología corresponden al trabajo de Héctor García, a quien Monsiváis proyectó como el fotógrafo más importante del siglo XX.
A diferencia de la obra testimonial de Poniatowska, Días de guardar no está enmarcado por cronologías. Antes bien, un prólogo y un colofón heterodoxo cargado de ironía y firmado por el cronista de la ciudad abren y cierran, respectivamente, su primera antología de crónicas:

El día 31 de diciembre de 1970 se terminó de imprimir el libro de crónicas Días de guardar, a un mes de distancia del fin del período presidencial del Lic. Gustavo Díaz Ordaz y en medio de una atmósfera de arco iris generalizado, borrón y cuenta nueva, buenos propósitos y dictámenes ponderados sobre la conclusión de una crisis –“lamentable pero pasajera”– de nuestras instituciones. Así, en concordancia con tan bien distribuido ámbito verbal y para honrar cualquier espíritu de optimismo, esta edición consta de cuatro mil ejemplares, cifra obligada y necesaria si se atiende a las correspondientes oficiales del desarrollo nacional.
Doy fe.CM (Días de guardar 380).

La sensibilidad de la mirada del narrador-reportero, combinada con la observación de campo de la antropología y la documentación de la historiografía -fusión de elementos que Patricia Cabrera López (Una inquietud de amanecer 83) percibe en la escritura de Fernando Benítez3- ofrecen la posibilidad de describir y acercar las plumas de Monsiváis y de Poniatowska. Sin embargo, una lectura comparada de sus crónicas nos permite establecer diferencias clave entre La noche de Tlatelolco y Días de guardar. Si bien los dos trabajan con lo testimonial como una de las dimensiones de lo representado, sus estrategias, sobre todo, las referidas a punto de vista, a tono y a registro, son diferentes: mientras Monsiváis es un vanguardista, Poniatowska está más apegada al periodismo sostenido en fuentes orales. La crónica de Monsiváis comparte con el relato oral de Poniatowska el registro de las voces de los otros que están presentes en sus textos, aunque de otra manera. Una de las diferencias fundamentales, que no solo se observa a propósito de los acontecimientos en torno del conflicto estudiantil, reside en que esas voces no están respaldadas por la identidad y la pertenencia institucional que acompañan la multiplicidad de fragmentos de relatos recolectados y transcriptos por la escritora. La narración de la ciudad de México que construye paisajes e itinerarios urbanos también está documentada en el sentido de que Monsiváis toma vista de documentos para luego relatarlos. La misma operación de ficcionalización se percibe en el texto que Monsiváis le dedica a Cantinflas: lejos de presentar una transcripción desde el grabador, el cronista toma la voz del ídolo popular para ficcionalizar la lengua popular urbana (“Instituciones” en Escenas). No interesa si estos relatos o aquellos acontecimientos funcionan como prueba de la verdad, sino que se trata de una ficción que documenta, y ello nos permite pensar en el trabajo de campo como experiencia personal: Monsiváis hace observación participante y recolección de prácticas4.
Sergio Chejfec nos facilita la tarea de caracterizar este modo de operar de Monsiváis. Como bien sostiene, el vínculo entre el registro documental en la literatura y la escritura autobiográfica o escritura del “yo” es mucho más estrecho de lo que imaginamos a primera vista. Por “literatura documental” Chejfec pretende significar “una disposición de tipo espiritual, una actitud empática del narrador, o de la narración en general, hacia los objetos físicos, situaciones empíricas o documentos flagrantes en general que se van encontrando en los relatos” (Teoría del ascensor 18). Esta disposición empática de quien relata es atribuible a los textos de Monsiváis: la multiplicidad de detalles, de fechas y de horarios consignados en sus escritos en torno a los acontecimientos y las representaciones sobre el 68 no se presentan en función de la verdad; antes bien, contribuyen a describir los hechos y el clima de época, pero también registran los efectos de esos hechos en relación con los modos en que la sociedad se organiza frente a un suceso traumático y a un Estado represor, así como la manera en que operan ciertas prácticas del pueblo y de lo afectivo y de cómo se construye un nosotros, esto es, cómo se construyen procesos de identificación:

Ametralladoras, bazukas y rifles de alto poder disolvían la inocencia. Los rostros desencajados reducían a palidez y asco el fin de una prolongada confianza interna: no puede sucedernos, no nos lo merecemos, somos inocentes y somos libres. El zumbido de las balas persistía, se acumulaba como forma de cultura, hacía retroceder a las manifestaciones y las voces de protesta y los buenos deseos reformistas del pasado. La temperatura del desastre era helada y recia y la gente tocaba con desesperación en la puerta de los departamentos y allí se les recibía y se les calmaba y desparramándose en el piso todos compartían y acrecentaban el dolor y el asombro. Los detenidos eran registrados y golpeados con puños y culatas y pistolas. Los agentes de policía emitían dictámenes: “A la pared, a la pared”. La inocencia se extinguía entre fogonazos y sollozos, entre chispas y ráfagas. (Monsiváis Días de guardar 304)

La fidelidad en la transcripción de los testimonios orales marca la diferencia importante entre los textos: mientras la crónica de Monsiváis pretende, ante todo, ser leída como una toma de posición, que informa sobre lo que piensa y pretende el cronista, el valor de los relatos orales reside, en cambio, en una apuesta por la verdad. En este aspecto, el multitestimonio de Poniatowska se acerca a las crónicas que produce actualmente el periodismo de investigación, que apuesta al “‘relato de los hechos’ enfatizando en las estrategias de producción de veracidad” (Bernabé “Crónica, vanguardias y tecnologías” 120-121). Encontramos un claro ejemplo de esa búsqueda por la verdad en el relato “Hechos” que el periodista Gregorio Ortega −director de la Revista de América− publica en Excélsior, el sábado 17 de agosto de 1968. Para construir los “hechos” sociales en torno del conflicto estudiantil, el reportero se vale de un discurso informativo ajustado “a una ideología de la representación” cuyo eje principal es la objetividad (Verón Construir el acontecimiento X). En efecto, en el cuerpo de su relato subraya el carácter objetivo y sustantivo (“limpia de adjetivos”) de la información con la que construye la cronología de acontecimientos ocurridos entre el 22 y el 29 de julio:

¿Cuáles son los hechos concretos ocurridos en la ciudad de México, entre el 22 y el 29 de julio de 1968, que determinaron la intervención de la policía del Distrito Federal y, posteriormente, del Ejército Mexicano, para contener los disturbios en los que participaron muchos estudiantes y muchos que no lo son? El mexicano medio, todo mexicano, debe conocerlos objetivamente. Esta es la narración escueta, limpia de adjetivos. (Ortega “Hechos” 10-A)

Con el ánimo de contradecir y desacreditar la información provista el 13 de agosto por el llamado “Comité de Lucha Estudiantil” respecto de la nómina de estudiantes muertos, heridos o desaparecidos durante los conflictos con la policía y los granaderos, el periodista de Excélsior recurre a una estrategia basada en la lógica de la verdad/falsedad. De esta manera, apoyándose en los datos obtenidos como resultado de una detallada investigación sobre el paradero de los jóvenes en cuestión, desmiente el hecho de que hayan sido heridos o muertos, o que se encuentren desaparecidos, para afirmar, en cambio, que “se trata de nombres falsos e imaginarios o de personas que no han sufrido lesiones si tienen relación alguna con los disturbios” (Ortega “Hechos” 10-A).
Bajo el subtítulo “A la opinión pública”, Ortega cierra su relato periodístico insistiendo en la idea de que la lógica de la objetividad en la construcción de los hechos que narra se sustenta en el crédito que le otorgan sus lectores:

Tales son los hechos, narrados por un reportero que durante su actividad profesional ha merecido el crédito de sus lectores. Tales son los hechos, de los que se desprende una severa lección que debe ser aprovechada por los mexicanos pensantes, por los mexicanos conscientes de que forman parte de la comunidad nacional. (Ortega “Hechos” 11-A)

La “gran objetividad” con la que el periodista describió la secuela de la serie de acontecimientos en torno del conflicto estudiantil es subrayada una vez más el 23 de agosto de 1968 por el Licenciado Juan Martínez de León, quien refuerza la naturaleza de la nota periodística de Ortega con el argumento de que el texto estaba acompañado de “fotografías de autobuses ardiendo, de lapidaciones a comercios y oficinas, [y de] planos de las ‘barricadas’, etc.” (Martínez de León “El problema juvenil” s/p). Las fotografías y los gráficos con los que Ortega ilustra su texto y reconstruye el itinerario seguido por los estudiantes a través de diversas calles de la ciudad de México, según Stella Martini, “adquieren un valor significante en la construcción del verosímil: lo que no alcanzan a describir las palabras lo muestran las imágenes, y agregan la fuerza del testimonio, el ‘haber estado allí’” (109). Asimismo, según esta autora, constituyen un punto de anclaje para la atención del lector y jerarquizan el tema como relevante. Sin embargo, en tanto el discurso periodístico es tan representacional como cualquier otro discurso, esto es, como el histórico y el literario de la crónica de Monsiváis, las notas periodísticas que nos ocupan también son representaciones de lo “real”. Así, como afirma Eliseo Verón, la noticia periodística es una construcción de la realidad. Esta definición “se constituye en punto de partida del análisis discursivo de la noticia, y desarma la hipótesis de la objetividad periodística” (citado en Martini 103).
El discurso periodístico también funciona como insumo y como material de las crónicas de Monsiváis. Muchos de sus textos están teñidos del clima y de la atmósfera espesa que se respira en los relatos periodísticos y en los editoriales de los principales diarios de la época. Más aun, en numerosas crónicas, se reproducen fragmentos de las noticias concretas de los días del 68, como es posible observar en el texto “La manifestación del Rector”, fechada el 1 de agosto de 1968:

En la mañana del 30 de julio un grupo de estudiantes efectúa una asamblea en la explanada de la Rectoría, y el Rector, ante la violación de la Autonomía, iza la Bandera Nacional a media asta. Barros Sierra declara: Hoy es un día de luto para la Universidad; la Autonomía está amenazada gravemente. Quiero expresar que la Institución, a través de sus autoridades, maestros y estudiantes, manifiesta profunda pena por lo acontecido. La Autonomía no es una idea abstracta, es un ejercicio responsable que debe ser respetable y respetado por todos. (Monsiváis Días de guardar 227)

En la tapa de Excélsior del 31 de julio de 1968, leemos:

El rector habló tras de izar la bandera nacional a media asta frente al edificio de rectoría. “Hoy es un día de luto para la Universidad; la autonomía está amenazada gravemente. Quiero expresar que la institución, a través de sus autoridades, maestros y estudiantes manifiesta profunda pena por lo acontecido”, dijo […]. “La autonomía no es una idea abstracta; es un ejercicio responsable que debe ser respetable y respetado por todos”. (“Pide el Rector no comprometer la Autonomía” tapa)

Citemos otro ejemplo de Días de guardar en el que se retoman las palabras del rector Barros Sierra en ocasión de la manifestación que encabezaría el 1 de agosto de 1968:

Quiero decir que confío en que todos sepan hacer honor al compromiso que han contraído. Necesitamos demostrar al pueblo de México que somos una comunidad responsable, que merecemos la Autonomía, pero no sólo será la defensa de la Autonomía la bandera nuestra en esta expresión pública; será también la demanda, la exigencia por la libertad de nuestros compañeros presos, la cesación de las represiones. (Monsiváis 241)

A su vez, la tapa de Excélsior del viernes 2 de agosto de 1968 reproduce las mismas palabras del rector Barros Sierra: “Confío en que todos sabrán hacer honor al compromiso contraído para demostrar que somos una comunidad responsable de sus deberes, que merece la autonomía. […] Esta manifestación será también la demanda por la libertad de los compañeros en prisión y por el cese de las represiones” (“Gigantesca y ordenada manifestación de universitarios, encabezados por el Rector” tapa y 18-A).
Ahora bien, mientras el relato periodístico se limita, incluso desde el título, a describir escuetamente la manifestación del Rector y de los estudiantes como “ordenada”, “enorme” e “imponente”, la crónica de Monsiváis describe con detalle el espíritu y el carácter de los estudiantes, sus intenciones y el ánimo que los impulsa:

La manifestación del primero de agosto no disponía de una muchedumbre enardecida y radical, no describía un cuerpo de músculos tensos, listos a desplegarse para la venganza o la condena. Pesaban demasiado sobre quienes desfilaban los relatos de compañeros golpeados, de víctimas que se desvanecen en el piso de las cárceles, de falta de comida y sobra de interrogatorios, de gente detenida e inculpada porque hay Conjura contra el Orden, porque las intuiciones de las autoridades se traducen en la vigorización de las crujías, en la bravura de los manifiestos que, agresiva y virilmente, le declaran al gobierno su total apoyo. La mayoría de los manifestantes se vigilaba y se cuidaba, no ha sido en vano toda la insistencia en los provocadores: ni un lema añadido, ni un abierto belicismo, ni predisposición a la violencia. Calma, prudencia, control. La bazuca destruye la puerta de San Ildefonso (itálicas en el original). Protestamos ahora contra la intromisión de técnicas fascistas en nuestro país. 43 consignados a la Cárcel Preventiva (itálicas en el original). Aunque mínimo, respeto hacia el margen de vida democrática. ¿Para qué estimular la represión? (Monsiváis Días de guardar 239-240)

Asimismo, mientras la noticia periodística registra reacciones de “desconcierto”, de “curiosidad” y de “simpatía” en el público que observa avanzar a la masa, la crónica de Monsiváis interpreta el apoyo que la gente expresa hacia la manifestación como una crítica a la producción de los medios masivos de comunicación y a su manera de catalogar a los estudiantes:

Al paso de la manifestación, lo insólito: la gente simpatizaba. Al devolver los aplausos, el conocimiento de un fenómeno: los poderes de la prensa y la televisión no son omnímodos. ¿De qué habían servido los reportajes, los pies de grabado, los editoriales, los artículos políticos, la TV?, ¿para qué el ataque, los bautizos peyorativos: “minoría sectaria”, “agitadores”, “traidores a México”, “comunistas”, “subversivos”? ¿Para qué las múltiples justificaciones del proceder oficial, qué caso habían tenido la política que se sustenta en planas infinitas de adhesión? Algo funcionaba mal en el mecanismo de esos seres sometidos a la diaria hipnosis embrutecedora de los medios masivos de comunicación, o algo funcionaba bien, pese a todo, en aquella entelequia que se ha dado en llamar Conciencia Nacional y que finalmente se decidía a no delegar su responsabilidad en las manos de cualquier otra entelequia, por ejemplo, el porvenir. (Días de guardar 248-249)

Si bien ambos textos reproducen el discurso del Rector Barros Sierra, el de Monsiváis se detiene además en describir e interpretar el estilo, el tono y el carácter de las palabras emitidas por la máxima autoridad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), así como el efecto que dichas palabras tienen en el ánimo de los estudiantes. Asimismo, como también se observa a propósito de las líneas citadas a continuación, la crónica presenta conclusiones e interpretaciones sobre el discurso del Rector y sobre su persona, que constituyen una toma de posición que nos informa sobre lo que Monsiváis piensa y pretende respecto de la llamada manifestación del Rector:

Habló con brevedad, calculando, escogiendo las palabras, el Rector Barros Sierra. No buscaba exaltar, comunicaba con sencillez […]. Al principio, el tono seco, grave de la voz del Rector, de emoción contenida y áspera, desconcertaba y decepcionaba. Respuesta previsible: se ha estado por demasiados años bajo el fuego de la oratoria flamígera, ancha como un tajo, segura de sí misma, que parte a inflamar y a desazonar. El Rector no pretendía conmover. No insinuaba la frágil recompensa de la presión arterial en auge. Es un hombre frío, exacto, demoledor. Su carencia de concesiones es su mejor garantía. La manifestación es suya, llevará su nombre, no porque sea el caudillo o el personaje mesiánico, sino porque ha sabido darle al momento su dimensión precisa: la democracia, la protesta democrática no requieren de aspavientos o demagogias. Solicitan de la precisión de los hechos y de las convicciones. Las primeras seguridades de los manifestantes emergían de la voz, de la presencia del Rector Barros Sierra: no pueden reprimir, aquí está la garantía del orden. Se estaba exagerando: aquí está la garantía de que la represión ha sido injusta. Un hombre que no busca exaltar (que no pretende pasar inadvertido) sólo ha llegado allí a través de la lógica inexorable de su propia certidumbre. (Días de guardar 241-244)

La crónica “La manifestación del silencio” es otro claro ejemplo de cómo Monsiváis intercala, en sus textos, las voces periodísticas: “Un movimiento subversivo que… tiende a crear un ambiente de hostilidad para nuestro gobierno y nuestro país en vísperas de los juegos de la XIX Olimpiada” (Días de guardar 223). El relato periodístico no firmado que reproduce la voz del general Luis Cueto Ramírez, jefe de la Policía Preventiva del Distrito Federal, consigna, en la primera plana de Excélsior del 28 de julio, el mismo estado de cosas: “Cueto: los agitadores crean zozobra para dañar la olimpíada”: El general Luis Cueto Ramírez […] ratificó ayer que los escándalos ocurridos el viernes pasado [26/7] fueron instigados por grupos de agitadores izquierdistas, con el único propósito de crear un ambiente de zozobra en nuestro país, en vísperas de los Juegos Olímpicos (“El problema estudiantil” tapa).
Páginas más adelante, otro ejemplo similar: “El general Marcelino García Barragán, Secretario de la Defensa Nacional, recibe a la prensa: ‘Estamos preparados para repeler cualquier agresión y lo haremos con toda energía, no habrá contemplaciones para nadie’” (Días de guardar 227-228). Ya desde el título, una nota periodística firmada por el reportero Jesús M. Lozano reproduce, en la primera plana de Excélsior del 31 de julio, las palabras de García Barragán:

“No habrá contemplaciones para quienes subviertan el orden”: García Barragán […] advirtió que “en este caso –el de los estudiantes– y en todos los necesarios, el Ejército está siempre listo y actuará. No habrá contemplaciones con ningún elemento que subvierta el orden”. En una entrevista con la prensa iniciada a las 14.30 horas de ayer, el general añadió: “No se trata de una conjura, esto es una agitación provocada”, y luego dijo: “Los alborotos de ayer no representan ningún peligro para el desarrollo de los juegos olímpicos o del desfile militar del 16 de septiembre”. A continuación hizo un llamado a los padres de familia para que encaucen a sus hijos por la senda del estudio y no se dejen llevar por agitadores. Después informó: “el Ejército se retirará cuando cesen de presentarse problemas creados por los disturbios, según opinión de las autoridades civiles”.

La tesis de que los estudiantes fueron llevados por intereses extraños también es recuperada por Monsiváis a través de la cita explícita de diversas voces oficiales:

Luis M. Farías, líder de la Cámara de Diputados es sentencioso: “Los jóvenes no han reparado en que agentes extranjeros los utilizan como instrumentos para atentar contra las instituciones mexicanas… […]”. El senador Manuel Bernardo Aguirre, presidente de la Gran Comisión de la Alta Cámara, se ensimisma en graves reflexiones: “Cuando por influencias extrañas [los estudiantes] lesionan los intereses generales del país, ya no pueden hacerse acreedores a consideraciones especiales, porque no tienen ningún derecho a ello”. (Monsiváis Días de guardar 228)

En la nota periodística publicada por Excélsior el 31 de julio, leemos:

Farías, en declaración que hizo acerca de los acontecimientos, precisó: […] “Es lamentable que los sentimientos generosos y nobles de los jóvenes sean explotados por los enemigos del orden, que obedecen a intereses extraños, no sólo a la vida estudiantil sino a los del país”. […] El líder del Senado, [Aguirre], [se interrogó]: “¿Por qué tienen que meterse en lo nuestro?” Y se respondió que se ha sabido que irreflexivamente los estudiantes se dejaron llevar por agitadores, muchos de ellos extranjeros que no tienen por qué meterse en lo nuestro. (“Frentes políticos” 1 y 18-A)

Luego de exponer las voces del gobierno, Monsiváis advierte que, en esos relatos, nadie se ha referido al “temor” y al “aislamiento” de los jóvenes que, atrincherados en las escuelas, esperaron la llegada de los granaderos. En su interpretación de los acontecimientos, el cronista coloca, en primer plano, esos sentimientos de terror experimentados una y otra vez por los estudiantes: “¿Y quién ha mencionado el temor y el aislamiento de esos muchachos que esperaron al ejército en sus escuelas, contando chistes, calentando rumores, confiando en el convenio de las autoridades de la UNAM con la policía, llenos de azoro y de espanto y de resolución y coraje?” (Monsiváis Días de guardar 229).
Como vimos en los ejemplos citados, una de las voces que participan de la polifonía que Monsiváis construye en sus textos es la periodística que, incluso en algunos de los casos mencionados, ha sido diferenciada con el signo gráfico de las comillas. Sin embargo, Monsiváis utiliza el material periodístico de manera desviada. A diferencia del relato de Ortega, cuya estrategia consiste en negar la veracidad de una serie de acontecimientos, y del uso que Poniatowska hace de la prensa, Monsiváis no se limita a referirse a lo periodístico de modo directo sino que lo utiliza e introduce esa voz en forma desviada para componer algo diferente. En sus textos, mezcla materiales de diverso orden atravesados por su mirada y su tamiz interpretativo: insumos del orden de lo periodístico, vinculados con una lógica efímera, de lo que dura solo un día, pero cruzados con otras series de materiales –lo literario y lo ensayístico− que poseen una lógica más permanente. De esta manera, sus textos explicitan el cruce de miradas entre lo actual más efímero y lo menos caduco. La crónica “Yo y mis amigos”, fechada el 14 de febrero de 1969, en la que se describe el contexto previo y posterior al conflicto estudiantil constituye un claro ejemplo de dicha mezcla discursiva y de cómo Monsiváis se encuentra inmerso en el flujo de información generado por los medios de comunicación:

Yo que recapitula (itálicas en el original): Tal es la situación del tiempo anterior a julio de 1968: años devaluados, donde el autoengaño nos hace participar y nos obliga a creer. Años de intensidad mínima, fraguada en recepciones, cocteles, notas encomiásticas, porvenir brillante y mesas redondas en televisión. Luego adviene el intento de modificación democrática, de obsesión moral, de ciudad vivida y ciudad tomada, de fiebre que impregna a los actos mecánicos (leer un periódico, llamar por teléfono, observar la televisión) de furia y razón de ser. Nada nos es lejano y la represión nos acerca a los objetos, a los seres. La represión nos hace conocer los primeros planos, los perfiles inadulterables, las fisonomías definitivas. La represión es un gran acercamiento que nos informa del rostro (la conducta) (la estatura exacta) de vecinos y amigos y hombres públicos. La represión es el primer examen objetivo de los recursos disponibles de la nación.

Y si esta noche es una noche del destino, bendita sea
hasta la aparición de la aurora (itálicas en el original).
André Malraux, El tiempo del desprecio.

−Dedúzcase y represéntese el contexto de la frase de Sartre: “Nunca fuimos tan libres como durante la ocupación alemana”.

−Y luego, al ocurrir el desastre y al cabo de las noches dolorosas que se prolongaban al día siguiente en la estéril, rabiosa, hambrienta revisión de los periódicos, al final de tanta pesadumbre y tanta esperanza que se desvanecían en sangre y cansada indignación vinieron los meses de la impotencia como estado de sitio. 2 de octubre de 1968: toda catástrofe humana que carece de consecuencias visibles (ajenas a la intención de quienes la provocaron) es un deterioro a corto plazo, un lento inexorable desangrarse de la especie. (Monsiváis Días de guardar 74-75)

La frase sartreana significa que la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial había liberado a su generación de todas las ilusiones del período de preguerra y le hizo entender la dura realidad de la historia: eran más libres porque la lección de la guerra, la derrota y la ocupación les había dado una conciencia más lúcida de la historia; por lo tanto, podían elegir con mayor libertad que nunca antes. Monsiváis recurre a una analogía histórica entre el contexto de la Francia ocupada por los alemanes y el desastre del 68 mexicano. Podemos interpretar la aplicación de la frase de Sartre al contexto del 68 en el sentido de que el autoritarismo y la represión con la que el gobierno de Díaz Ordaz respondió a la actitud democrática de los estudiantes despojó a los mexicanos de la ilusión de unidad nacional y de la idea de haber alcanzado cierta madurez. En cambio, los enfrentó a la disyuntiva de asimilarse al régimen o bien resistir y permanecer al margen con una actitud crítica y disidente. La referencia a la afirmación de Sartre luego de la cita literaria de Malraux es una manifestación explícita de cómo la literatura y el ensayo constituyen un par indisociable dentro de la crónica de Monsiváis: ambas formas están temática y estructuralmente imbricadas5.
Otro aspecto que permite diferenciar los textos de Monsiváis de los de Poniatowska reside en los procedimientos de composición: mientras los de La noche de Tlatelolco están a la vista, los de la crónica de Monsiváis se encuentran encriptados. El análisis y la transcripción de los titulares de los principales diarios al día siguiente de la masacre (Excélsior, Novedades, La Prensa, El Día, El Heraldo, El Sol de México, El Nacional, Ovaciones, La Afición) y el contraste de diferentes versiones, en muchos casos contradictorias, acerca de la procedencia de los primeros disparos y del número de muertos, son claras manifestaciones de un trabajo de archivo con fuentes periodísticas que está a la vista y que la escritora elige recuperar en el backstage de su investigación. Asimismo, el prólogo de apertura a los testimonios ofrece una lectura crítica y comparativa de los relatos sobre lo ocurrido que derivan en generalizaciones: “Todos los testimonios coinciden […]”; “como afirman varios periodistas, como el caso citado de Félix Fuentes en su relato de La Prensa” (Poniatowska 167). En otros casos, Poniatowska muestra la incongruencia de la información por parte de fuerzas de la policía: “Por otra parte el jefe de la policía metropolitana negó que, como informó el secretario de la Defensa, hubiera pedido la intervención militar en Ciudad Tlatelolco […] (El Universal, El Nacional, 3 de octubre de 1968: 169)”.
Los textos de Monsiváis también se componen a través de la combinación entre técnicas narrativas y técnicas de la información periodística y del reportaje. Sin embargo, la diferencia frente al testimonio de Poniatowska reside en la factura del discurso: en los textos de Monsiváis, es sumamente compleja la tarea de desmontar los múltiples aspectos de la realidad sociopolítica y la diversidad de tópicos sobre los que el cronista enfoca su mirada de las técnicas narrativas que emplea al ponerlos en discurso. Sus recursos escriturarios están relacionados con el carácter de su lenguaje: un lenguaje barroco que torna su escritura en un producto singular.
Esta diferencia de estrategias se ve claramente en el modo de posicionarse con los materiales: las crónicas de Poniatowska se vuelven sumamente subjetivas porque la escritora no exhibe ningún distanciamiento respecto de los otros: podríamos decir que las jerarquías quedan intactas entre ella y sus informantes. En cambio, las crónicas de Monsiváis esconden el tipo de subjetividad que Poniatowska revela y por eso no encontramos en sus textos ese tono emotivo exacerbado. La entrevista realizada por Jesús M. Lozano al general Marcelino García Barragán es una muestra del tono subjetivo que se articula en La noche de Tlatelolco:

El general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa Nacional, declaró: “Al aproximarse el ejército a la Plaza de las Tres Culturas fue recibido por francotiradores. Se generalizó un tiroteo que duró una hora aproximadamente…
“Hay muertos y heridos tanto del ejército como de los estudiantes: no puedo precisar en estos momentos el número de ellos.
“−¿Quién cree usted que sea la cabeza de este movimiento?
“−Ojalá y lo supiéramos.

[Indudablemente no tenía bases para inculpar a los estudiantes.]
(Poniatowska 168-169).

El ejemplo paradigmático de este subjetivismo textual es el epígrafe sobre la muerte de su hermano Jan (1974-1968) con el que Poniatowska inicia su texto. Este ejemplo es reforzado con la evocación de la voz de su madre cuando regresaban del cementerio, en cuyo caso se conjuga la angustia y el miedo frente a la muerte de su hijo con la de los estudiantes: “El día 8 de diciembre que llevamos a enterrar a Jan, mi madre, al salir, miró por la ventanilla del coche en ese lento viaje de regreso que ya no la llevaba a ninguna parte y vio un helicóptero en el cielo –todos lo oímos. Nunca olvidaré su rostro y la voz de su miedo: −Un helicóptero. ¡Dios mío!, ¿dónde habrá una manifestación?” (273).
Si volvemos al caso de Monsiváis, percibimos, en cambio, que aun en “Yo y mis amigos” –texto que más claramente puede ser considerado una respuesta autobiográfica a la masacre de Tlatelolco– la pose subjetiva de Monsiváis es indiscernible.
Ambos corpus textuales emplean la poesía. En los testimonios de Poniatowska, encontramos versos de José Martí, Rosario Castellanos, Octavio Paz e incluso Anónimos del siglo XX y fragmentos extraídos de la Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista (2008). Las crónicas de Días de guardar también reproducen versos de Rosario Castellanos, Manuel José Othón, Renato Leduc, Octavio Paz, Rubén Darío, Pablo Neruda, San Juan de la Cruz, Rubén Navarro, por citar algunos ejemplos. La diferencia, en este caso, también reside en el tratamiento y en la manera de intercalar los versos: Monsiváis no siempre revela la pertenencia autoral ni transcribe la totalidad de un poema e incluso, en determinadas ocasiones, su pluma reelabora los versos citados6. En cambio, de la misma manera en que la transcripción de los testimonios es acompañada por el nombre y la pertenencia institucional de cada uno de sus informantes, Poniatowska acompaña las citas poéticas con la fuente autoral, elige reproducir todos los versos del “Memorial de Tlatelolco” de Rosario Castellanos −a quien además le agradece en el prólogo− y no reescribe los versos poéticos.
Si nos centramos en la arquitectura de los textos, percibimos otra diferencia sustancial: mientras los testimonios de Poniatowska siguen un orden temporal cronológico, los textos de Monsiváis quiebran cualquier idea de desarrollo o continuidad, pues avanzan de manera no lineal. Mediante ciertos procedimientos como la fragmentación y la interrupción del relato, la linealidad del orden temporal se quiebra y, por ello, las crónicas “avanzan de a saltos”, interrumpidas por vueltas hacia atrás y fugas hacia adelante. En el texto titulado “13 de septiembre de 1968: la manifestación del silencio”, en el que el narrador en tercera persona habla tanto por los estudiantes como por sí mismo, el uso del flashback y de fugas al futuro es recurrente: en principio, el narrador retrocede dos semanas y recuerda a los estudiantes atacados por tanques desde el centro de la ciudad; inmediatamente suspende el recuerdo y salta hacia adelante para referirse a los preparativos de la manifestación del silencio pronta a iniciarse. Una vez más, el narrador asume el flashback y reproduce una escena de pánico a través del relato de un testigo presencial: “El griterío era interminable, ¿te imaginas?, como eso que llaman ruido blanco. La gente se movía de un lado a otro, confusa, como en cine mudo […]. Era el infierno” (Monsiváis Días de guardar 266).
Asimismo, en la crónica titulada “2 de octubre/2 de noviembre: Día de Muertos. Y era nuestra herencia una red de agujeros” −que retoma la traducción por el padre Ángel María Garibay K. del Manuscrito Anónimo de Tlatelolco−, asistimos a otro flashback que consigna la reunión de un mes atrás cuando Monsiváis “había predicho la fatalidad para los estudiantes que planearon una provocación que iba a avergonzar al régimen diez días antes de los XIX Juegos Olímpicos y la oportunidad de Díaz Ordaz de mostrar a todo el planeta cuánto había progresado México desde que Cuauhtémoc disparó su última flecha” (Egan 233).
El texto citado, en el que se registra la tan mentada manifestación del silencio que se llevó a cabo el 13 de agosto de 1968, constituye un ejemplo paradigmático de la manera en que Monsiváis encadena los pasos –y los fragmentos– de las diversas manifestaciones estudiantiles que se suceden una y otra vez durante los meses del 68, repetición que se intensifica mediante el uso de las mismas frases, y en las que se subraya la misma experiencia:

Él insiste: los días pasados no nos abandonan: se filtran a través de la redacción de una carta, en el desciframiento de un rechazo. Permanecen en la premura con que se hojea el periódico o se emite una opinión literaria: uno se mueve en seguimiento de otros pasos, los pasos, por ejemplo, del primero de agosto en la marcha luctuosa que presidió el Rector de la Universidad de México, cuando todavía el instinto democrático provenía del estupor de quien se advierte, de golpe, habitando un país y no una oficina o un fin de semana. Él escucha: son los pasos de la manifestación del Instituto Politécnico Nacional, el día cinco de agosto. […] Él escucha: son los pasos de la manifestación del 13 de agosto […] Entraña, raíz, condición de melancolía: el 27 de agosto parte del Museo de Antropología la más nutrida, la más combativa de las manifestaciones del Movimiento […]. Él ya ha oído muchas otras veces esas versiones o esas combinaciones de versiones distintas. Sin embargo, en cada ocasión experimenta el mismo inevitable proceso que va de la comprobación de la impotencia a la indignación verbal, de los ojos irritados al chiste de mala gana. (Días de guardar 260-266)

Notas:

1 Numerosos integrantes del CNH (Consejo Nacional de Huelga) desarrollarán una importante carrera académica, como es el caso de Gilberto Guevara Niebla y de Luis González de Alba, quien escribió la novela Los días y los años 1971, en la que expone su testimonio respecto del movimiento estudiantil de 1968. El fuerte vínculo amistoso que mantuvo con monsiváis se interrumpió a raíz de las críticas que de alba realizó a La noche de Tlatelolco de Poniatowska. Monsiváis siempre defendió a la escritora.

2 En numerosas crónicas, Monsiváis expone el clima de época de los sesenta. Un claro ejemplo es el texto titulado “La manifestación del rector”, fechado el 1 de agosto de 1968, donde se mencionan la guerra de Vietnam, el folk rock de Bob Dylan, de Paul Simon y Arthur Garfunkel, el fenómeno de los Beatles, el cine londinense de Julie Christie, la literatura del boom latinoamericano (“El mundo será de los Cronopios o no será. Julio Cortázar”. Y se define: “Cronopio: mezcla de Beatle y Che Guevara”, [232]), la poesía de Neruda y la ideología de Camilo Torres, las figuras de Fidel Castro y del Che Guevara, el discurso de Filomeno Mata de 1963 y el apoyo y el culto de algunos intelectuales latinoamericanos a la Revolución Cubana.

3 Fernando Benítez (1912-2000) fue un escritor y un periodista cultural considerado un pilar fundamental para la cultura mexicana del siglo XX. Además de haber publicado una obra transgenérica, fue un buen estratega a la hora de obtener financiamiento por parte de la esfera política oficial para desarrollar diversos proyectos culturales (Cabrera López Una inquietud de amanecer 83).

4 Véanse las crónicas “Dancing: el Hoyo Fonqui”, las dedicadas al cantante español Raphael y aquella en que registra “La manifestación del silencio”, por citar unos pocos ejemplos (Escenas de pudor y liviandad y Días de guardar).

5 Para ampliar este tema, véase el artículo de Terán, María y Elizabeth Hutnik. “Carlos Monsiváis: una mirada multifocal y la encarnación de un nuevo género”.

6 La célebre frase de Antonio Gramsci que dicta que “El pesimismo es un asunto de la inteligencia; el optimismo de la voluntad” es reformulada por Monsiváis en los siguientes términos: “- Yo y mis amigos en 1969. En la mejor instancia, el ánimo vive el pesimismo de la mente y el optimismo de la voluntad (Gramsci)” (Días de guardar 76).

 

Referencias bibliográficas

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Fecha de recepción: 12/09/2018
Fecha de aceptación: 07/03/2019

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