Pobres Criaturas: Investigar y los efectos/afectos a escala (humana). Artículo de María Marta Yedaide. Praxis educativa, Vol. 30, N° 2 mayo-agosto 2026. E -ISSN 2313-934X. pp. 1-14.
https://dx.doi.org/10.19137/praxiseducativa-2026-300205

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DOSSIER
Pobres Criaturas: Investigar y los efectos/afectos a escala (humana)
Poor Things: Researching and the effects/affects on a (human) scale
Criaturas Pobres: Pesquisa e seus efeitos em escala (humana)
María Marta Yedaide
Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina
ORCID 0000 0002 1233 9234
Recibido: 2026-01-15 | Revisado: 2026-04-17 | Aceptado: 2026-04-20
Resumen
Este artículo comparte algunos devenires del ser-hacer-saber investigación en una universidad pública argentina, desde posicionamientos que se enmarañan con legados, por un lado, y con opciones ontoepistémicas más recientes, por otro. Además de exponer parentescos y filiaciones, se detiene en estas influencias ‘familiares’ y procura documentar algunos movimientos que vienen teniendo la capacidad de alterar las distancias entre la academia y la “realidad”, tal como las sienten las gentes de a pie. Apela, así, a las fuerzas vivas de las criticalidades y el giro descolonial en las promiscuidades que incitan con/por la fenomenología queer, los neomaterialismos y los posthumanismos/humusidades, pero también a las experiencias que se vienen gestando en los regímenes de atención que estos enredos inauguran. Lejos de proveer recetas o soluciones estandarizadas, intente dejar viva la pregunta por el valor (social) de la investigación y las universidades para afectar los presentes, desde la fe en la pedagogía como tecnología predilecta para propiciar des/re-educaciones importantes.
Palabras clave: investigar, ontoepistemes, filiaciones, afectaciones/efectos, devenires.
Abstract
This article presents a number of becomings in being-knowing-doing research at an Argentinian state university, in the event of their entanglement with certain heritage and recent onto epistemological options. Besides describing kinship and other family relationships, the text delves into their influence and has the intention of documenting some contemporary movements with the capacity to narrow the distances between the academia and “reality”, as ordinary people feel it. It focuses, thus, on the intercourse between criticalities and the decolonial turn with queer phenomenology, neomaterialismos and the posthumanisms/humusities, on the one hand, but also on some ordinary experiences that are defining new attention regimes. Instead of proving recipes or standardized solutions, the article seeks to leave open the question about the social value of research and universities, as well as their capacities to affect the presents. It is grounded on the belief that pedagogies may be lived as technologies to further de/re-educations that matter.
Keywords: research, ontoepistemis, kinship, affects/effects, becomings.
Resumo
Este artigo compartilha alguns dos desenvolvimentos no ser-fazer-saber da pesquisa em uma universidade pública argentina, a partir de posições que se entrelaçam com legados, por um lado, e com opções onto-epistêmicas mais recentes, por outro. Além de delinear relações e afiliações, concentra-se nessas influências "familiares" e busca documentar alguns movimentos que conseguiram alterar a distância entre a academia e a "realidade", tal como vivenciada pelas pessoas comuns. Recorre, assim, às forças vitais das perspectivas críticas e da virada decolonial nas promiscuidades incitadas pela/através da fenomenologia queer, dos neomaterialismos e dos pós-humanismos/humusidades, mas também às experiências que emergem dentro dos regimes de atenção que esses entrelaçamentos inauguram. Longe de fornecer receitas ou soluções padronizadas, este estudo visa manter viva a questão do valor (social) da pesquisa e das universidades no impacto sobre o presente, partindo da crença na pedagogia como a tecnologia preferencial para fomentar des/reeducações significativas.
Palavras-chave: pesquisa, ontoepistemas, afiliações, impactos/efeitos, devires.
Una introducción
He decidido comenzar esta contribución con la referencia a la película Pobres Criaturas (Poor Things), basada en la novela homónima de Alasdair Gray, porque captura con gran elegancia nuestra condición humano-narrante, o bio-narrante (Escobar et al., 2024), de forma más modesta—y honesta—que la versión Humano-Moderna. Las mayúsculas son importantes aquí, porque en respuesta a ellas y a un presente re-iteradamente producido (Barad, 2007) en clave de hostilidad, en una universidad pública argentina estamos fabricando[1] modos de hacer, enseñar y vivir la investigación a escala minúscula y situada, contingente e impermanente.
Busco crear, así, un régimen de atención respecto de nuestras posibilidades para (re/des) producir modos de ser-saber-hacer Ciencia que creen importancias – una intención nutrida por Vinciane Despret (2022), Omar Giraldo e Ingrid Toro (2020), Laurel Berlant (2020) y Arturo Escobar y sus colegas (2024), Karen Barad (2023)—. Tomo un posicionamiento ético-onto-epistémico (Barad, 2007) que no da la espalda a sus ancestros—especialmente las criticalidades, los post- estructuralismos, el giro descolonial y los giros hermenéutico y lingüístico—pero está interesado en los parentescos que advienen a partir de la fenomenología queer (Ahmed, 2019), los neomaterialismos (Barad, 2007, 2023, 2024; Coole and Frost, 2010), los neovitalismos (Bennet, 2010) y los posthumanismos o humusidades (Braidotti, 2015; Haraway, 2019).
Intento difractar, entonces—en el sentido de hacer pasar “algo” a través de “otra cosa” (Barad, 2023) –lo que hemos legado por el prisma de una versión del ser humano que es potente y limitada, ambientalmente condicionada y posibilitada, transfectante/transfectada, dependiente, emergente. Particularmente, se trata de una versión afectable, siempre que podamos (des/re) educar nuestra sensibilidad (Giraldo y Toro, 2020). Esa tentativa (Deligny, 2015) de despertar a /apelar a una (otra) epistemo-estesis (Noguera et al., 2020) es la fuerza que activa mi/nuestras posibilidades políticas y pedagógicas. Investigar y enseñar a investigar son las tecnologías de las cuales nos venimos sirviendo. La autoetnografía, como en S. Bénard Calva (2019)—muchas veces hermana gemela de la autobiografía, como en L. Porta (2020)—es el saber-ser-hacer que viene deviniendo entre estos deseos (Yedaide, 2026).
Describiré en esta contribución aquellos rasgos que asumen las tentativas de hacer y enseñar la investigación desde estos diseños (Escobar et al., 2024, nuevamente), en y por las conversaciones con estas gentes que vengo mencionando entre paréntesis, y que constituyen los parientes cercanos, los referentes a quienes nos afiliamos. Antes, no obstante, propondré un desvío.
Me gustaría compartir en este punto que una de las grandes cuestiones que nos intranquilizan como comunidad en estas circunstancias—territoriales, en un sentido deleuziano del término—es la infertilidad de ciertas distancias o ciertos desapegos. En lugar de explicar con mayor detenimiento esto ahora mismo, propondré una segunda versión de lo ya presentado.
Segunda versión de lo ya presentado
La película Pobres Criaturas (Poor Things) me afectó, me dejó conmovida. Uso el nombre en inglés, también, porque me lleva más directamente a lo que contactó conmigo: en los juegos que habilita la ficción, la fragilidad del ser humano, nuestras miserias y dolores, nuestros intentos y deseos quedan obscenamente expuestos: somos unas pobres criaturas. No hay, sentí al ver la película, tragedia en esta condición. Hay aceptación de una parcialidad, una dependencia, una (im)posibilidad de ser, una cierta ternura. Me gusta sentirlo así, con bondad, sin la arrogancia de saberme con la razón. Sin la pretensión de saber lo que es Cierto, lo que es Bueno. Tierno, pequeño, afectable. Advierto allí alguna esperanza.
No sé, no podría aseverar, que es la película la que me afectó; tal vez fueron las lecturas que vengo haciendo, de la mano de esas gentes que arriba mencioné disciplinadamente con la referencia a sus obras. Capaz son las amistades, la de Lu y Gladys y Paula y Ro y Seba y Fran y el resto de mis colegas queridos/as/es. Quizá es el deseo que una vez pedí para encontrar a mi propia manada. Tal vez es la fuerza ancestral de mi abuela Pocha, que amparó a las niñeces sufrientes y carentes con esas manos trabajadoras. El enredo es formidable.
Lo cierto es que, en este matorral de afectos y afecciones, vengo/venimos ensayando la investigación desde singulares diseños, y que me propongo narrarlos a continuación.
Espero que se haya podido leer una diferencia entre mi primera versión de la presentación del artículo (esa que está salpicada de paréntesis con autores/as y años) y la segunda que aquí concluye. Hoy me/nos preocupa esta distancia, las abstracciones implicadas, las jerarquías asociadas.
Entonces, mientras intento contar una historia de los ensayos que venimos haciendo para colaborar en producir(nos) otro presente, probaré un registro amable, sensible a sus posibilidades de ser bienvenido, atento a la intención de conciliar mundos.
Una historia de mis/nuestras actuales relaciones con la investigación educativa
Como decía, intentaré entrar al corazón del territorio-academia, relatando las relaciones (enredos) que provocan –colaboran con hacer devenir—mi/nuestras opciones contemporáneas para investigar, y enseñar investigación, en la universidad. Mencionaré a mis parientes, pero me daré el permiso de no hacerlo convencionalmente. Daré por cumplida esa exigencia en la primera versión de la Introducción, y agregaré en las referencias a las personas y las otras obras que se sumen a partir de ahora a la conversación. El esfuerzo encuentra asidero, como comentaba, en la voluntad por evitar ciertos inconvenientes desapegos, alejando el relato de su posibilidad de hospedar una lectura amable.
He sido criada como un Yo Soberano, Ser-Separado, en la universidad, pero también en el cotidiano familiar y social. Esto para mí es importante, puesto que son las educaciones constantes, ubicuas y silenciosas las que alimentan mi deseo de definirme pedagoga. Como propone Sara Ahmed, yo también creo que más que ser de tal o cual forma, estoy habituada a sentir, creer y ser—esto y otras muchas cosas. El hábito, digo gracias a ella, es pura fuerza pedagógica porque me reeduca tácitamente, incluso contra mi expresa vocación o voluntad.
Donna Haraway no tendría dudas en afirmar, me parece, que soy una clara expresión del @segundo milenio… Soy, como humana, un animalito de costumbre. Una de esas pobres criaturas. Cuando me descuido, hablo de mí y de lo que conozco esencialmente, olvidando la localidad de mi punto de vista, la parcialidad de mi mirada, el peso de las fuerzas contingentes –los territorios de Gilles Deleuze y Félix Guattari, de Vinciane Despret—que me hacen devenir.
Suelo andar desprevenida, reproduciendo (Karen Barad dice re-iterando) lo que tengo aprendido. Pero también estoy, en este presente, angustiada por la desfachatez de algunas expresiones de la crueldad, por lo que duele vivir hoy entre tanto desprecio y hostilidad. Esto hace que me demore, me pregunte e interrumpa esas inercias.
Y con esa pregunta que me estimula y obsesiona en igual medida –¿Qué es valioso des/re- educar para colaborar en la producción de otros presentes? —y que logré formular(me) con claridad en nuestro reciente libro Autoetnografiar, vengo buscando entablar conversaciones con el árbol genealógico de mis afectos, reconociendo lo que de ellos abrevo. De allí que me proponga contar, ahora mismo, esas relaciones filiales capaces de dar cuenta de lo que estoy/estamos intentando hacer al investigar.
Creo en las criticalidades que heredé, de la Escuela de Frankfurt, pero también de los pedagogos críticos como Paulo Freire, especialmente cuando proponen la desnaturalización, el cuestionamiento de los instituidos, como un recurso para la alfabetización crítica. Tengo fe en la toma de conciencia como primer indispensable paso para evaluar si mis haceres y saberes se corresponden con mi ética, o si, por el contrario, la fuerza del hábito me lleva puesta.
También vengo inspirada por el giro descolonial, especialmente por su capacidad de reconocer que, a veces, la diferencia es radical—no es conmensurable. Así lo vienen pensando Walter Mignolo, Silvia Rivera, Gayatri Spivac. No es una cuestión de saberes y conocimientos (de epistemología), sino de cosmogonías alternativas (de ontología): no “vemos” lo mismo cuando hablamos de “la realidad” y no hay modo de ponderación excepto aquel que impone un punto de vista como más legítimo que todos los demás. Aprendí esto, también, de Jean-François Lyotard, primero, y de Santiago Castro-Gómez, entre otros, bastante después. Esto hizo que mirara con mucha desconfianza a la objetividad y sus parientes, a la neutralidad y la validez/valor de generalizar –gracias, también, Montserrat Galcerán Huguet por esta lucidez respecto de los universales—. Creo que no conviene andar como si existiera Un mundo, el mundo de un solo mundo, como gustan decir Arturo Escobar, Michel Osterweil y Kriti Sharma.
Me interesa especialmente esa discusión que proponen Omar Giraldo e Ingrid Toro para abandonar no solo los dualismos ontológicos—que nutren las heterarquías de la Modernidad/colonialidad, dirían Ramón Grosfoguel y Heriberto Cairo—sino también las expectativas de monismos, tales como los que acechan tras las pretensiones también moderno/coloniales de unicidad. No es necesario sintetizar, como enseña la maestra Silvia Rivera. Como Enrique Leff en respuesta a Val Plumwood, dicen Omar e Ingrid, sueño con una “ontología de la diferencia y una ética de la otredad” (p.29).
Pienso que las diferencias merecen otra narrativa: una que abandone la comparación a favor de la complementariedad y la interdependencia, renuncie al esencialismo para abrazar su condición provisoria y contingente, las entienda no como excluyentes, sino más bien simultáneas y concurrentes. Me gusta pensar que la relación que sostengo con las diferencias, que están ritmadas por la fuerza de mis hábitos, también puede alterarse a favor de lo que importa.
Por supuesto, reconozco que mi interés en las diferencias, en las (sub) alteridades y la otreación, como a veces la llamo, ha sido nutrida por las teorías queer primero—maestras en la experiencia de la fragilidad, la abyección, la normalidad como régimen aplastante de Verdad—y por los neomaterialismos luego. El realismo agencial, de Karen Barad, es sin dudas la tesis más estimulante con la que me he cruzado en el último tiempo. Atender a que la diferencia no es, sino que se re/des-crea cada vez, me viene alucinando. Posar la atención—otra vez Vinciane Despret—en las relaciones que las hacen aparecer, como dice Karen, me releva de todo compromiso con la Corrección, la Verdad y lo Definitivo. Todo aquello que está ligado, que hemos aprendido “junto”, puede impresionarnos y disponernos a la re-iteración, pero este movimiento no es necesario. Es, creo yo también, materia prima de nuestras inercias—esas fuerzas que pujan por la reproducción y opacan la igualmente viable posibilidad de la desproducción—. Pura fenomenología queer, gracias a Sara Ahmed.
La última afectación que deseo y necesito aquí reconocer puede emparentarse, también, con los neorrealismos y neovitalismos, además de aparecer pegado a los posthumanismos y las humusidades—como ya conté, de la mano de gentes como Rosi Braidotti y Donna Haraway, aunque también en el pulso vibracional que, dice Suely Rolnik, caracteriza una cara, una fase, de nuestra experiencia humana. Estamos “viendo”, gradualmente, que los devenires – humanos y de otros tipos—son propiciados por un conjunto de combinaciones (Karen las llama intraacciones), en las cuales la agencia de lo que solíamos separar como “material”, y de lo que habituamos recortar como “otras formas de vida” es mucho más poderosa en la definición de lo que acontece que lo que como humanos hubiéramos querido. Mucho más poderosa de lo que el Humanismo pretende, incluso hoy y particularmente en/con La Ciencia.
Hay gentes en el mundo, en mi país y mi universidad que intentan (re)hacer investigación a partir de estas provocaciones—que aquí catalogué como críticas, descoloniales, queer, posthumanistas, etc., pero que aluden más bien, creo, a este estado del ser que se viene gestando como rebote a la crueldad y la destrucción de la vida. Norman Denzin, Bettie St. Pierre y Susan Nordstrom son tres lindas referencias de los parientes lejanos—esos que ni siquiera sabías que tenías, y lo digo por él y ellas—mientras que más cerca, muy cerca, el homenaje corresponde a la familia porteana[2] y sus tentaculares proyecciones.
Toda esta gente aquí citada, de terruños y devenires expresivos de lo más diaspóricos y variados, me vienen afectando. Sus relatos, fantásticos, me tocan. Desde/con sus narrativas me impulso con mis pares, en casa, para producir una (otra) manera de ser-hacer-saber investigación. Me gustaría compartir, ahora, algunos rasgos que (nos) emergen al investigar y, un poquito después, algunas de nuestras recientes aventuras.
Rasgos que (nos) emergen al investigar
Por el compromiso que asumí para escribir amablemente, he decidido nombrar cinco rasgos. No es que esto “exista”, por supuesto, sino que haré aparecer—como hace el mago con el conejo de la galera—un arreglo: un ensamblaje/acoplamiento particular que cuenta una verdad de un modo posible. Y solo eso.
¿Cuál es la expectativa? Traer noticias a la familia, ponernos al día sobre lo que venimos haciendo-siendo-sabiendo en estas latitudes, estos suelos y estos hábitos/hábitats que nos permiten devenir específicamente. Si, además, esto gustara o resonara, entonces ojalá dispare en tono de alegría, confianza y esperanza. Y que vuelva, para nutrir los esfuerzos.
El primero de los rasgos, es decir de la particular forma de expresión que asumen algunas de nuestras tentativas académicas, es la propensión a ser-saber-hacer autoetnográficamente. Esto implica, primero, un abrazo a la primera persona como condición onto epistemológica irrenunciable: no hablamos/estamos desde “fuera”—ni de un ambiente, ni de un cuerpo (ambos marañas/acoplamientos/enredos, a su vez, de concurrencias)—sino desde una posibilidad de devenir que siempre es contingente, sensible a las fuerzas diferenciales de lo que en cada ocasión intra-actúa. Una singular y específica expresión. Por eso elijo decir, tantas veces y como Escobar y sus colegas, “ser-hacer-saber”, porque los cortes que con estas palabras sueltas estamos habituados/as a hacer nos perjudican. Nos llevan a fabular con una exterioridad que impresiona hoy como absurda, pero que viene siendo, además, peligrosa: hablar desde ningún lado (o desde la Razón, que es lo mismo en la ontoepisteme moderna/colonial) otorga a quien habla el poder de encubrir su parcialidad tras la máscara de La Verdad, imponiendo un particular punto de vista como El Lugar del Conocimiento—sobre la génesis del testigo modesto y, bastante antes, de los conocimientos marcados, nos habló bastante Donna Haraway. Hacer lo auto—autobiografía, autoetnografía, autografía y lo que asome—constituye una decisión responsable para asumir una localidad irremediable, una precariedad y una modestia que gestan respetos interesantes.
Además de lo auto, están la grafía y lo etno. También por esto autoetnografiamos. Porque narrar es un modo humano—específicamente humano en las convenciones que adoptamos, al menos—de devenir expresivos. Es como podemos ser. Y si bien es cierto que devenimos expresivos/as también de otras formas, particulares o comunes a otros seres y enredos, narrar es importante porque estamos habituados a redefinir, y desdefinir, los límites de lo inteligible—y lo imaginable—con palabras. Así lo propuso Michel Foucault, así lo leí y creí al encontrar a Marc Angenot y otros/as referentes. Narrar se siente bien, nos dijimos una vez, cuando escribíamos narrativas en capas[3], para repararnos de la intemperie, para re-enhebrarnos a la esperanza, para seguir a pesar de la angustia y el miedo.
Y queda pendiente lo “etno”, que podría ser “bio”—entiendo que lo autoetnográfico y lo autobiográfico no son “cosas” esencialmente distintas sino devenires muy parecidos, incluso por momentos idénticos—y que alude a esa cualidad común que hace que hablar de nosotros/as nunca sea una cuestión recortable, aislable o abstraída del todo. Es precisamente aquello que planta bandera al mito de la individualidad, a la fantasía del Yo Soberano, no como artilugio vistoso sino como posición ontoepistémica. Pero, además, apelar a lo etno es tener presente, más presente, que el afuera no es tal esencialmente, pero que la agencia que nos procuramos al imbuirnos del poder de la academia se debe—la debo/debemos—al bien común, especialmente en una universidad pública. Los efectos/afectos de nuestra tarea académica no salen “de nadie” para catalogar a “los otros”: están anidando en nuestra singularidad, que es expresión también de lo común, para gestar las alteraciones que para la vida (que nos incluye, pero no exclusivamente) son importantes. La escala de producción científica y alcance es pequeña, pero lo narrado tiene esa posibilidad de tocar tentacularmente, activando otras operaciones pedagógico-políticas en sus propias especificidades territoriales.
Podríamos decir, a modo de síntesis y enlace con el segundo de los rasgos, que lo que somos-hacemos-sabemos (de) investigación viene adjetivado por lo autoetnográfico. La definición de los problemas de investigación, la relación con los/as otros/as participantes, con los datos, con la disciplina, la comunicación de los productos y los aprendizajes… todo eso deviene autoetnografiado. En cada instancia, ante cada proyecto, me repregunto, ¿Cómo sería hacer esto autoetnografiando? Comparto algunas de las respuestas que nos venimos procurando en el próximo apartado.
Por lo pronto, vamos adjetivando y, como segundo rasgo, prefiriendo los verbos a los sustantivos. No debe extrañar esta afirmación, ya que mucho de lo ya narrado alude al abandono de la fe en la posibilidad misma de que algo exista esencialmente. Lo cierto es que los verbos reclaman sus sujetos—aquellos que los ponen en movimiento—y muchas veces tienen presente a los objetos a los cuales se orientan. Pero, sobre todo, los verbos (conjugados, por supuesto) exigen especificidad, comunican situacionalidad. Un buen verbo activa la conciencia respecto de la necesidad de un sujeto—y a veces un objeto—pero, además y, sobre todo, tiene la posibilidad de disparar la imaginación. Si digo “educa”, quedo traccionada a pensar en él/ella/algo que educa, y en esa pulsión se despliegan opciones más canónicas—esas comúnmente re-iteradas—pero también las combinatorias menos predecibles, más fantasiosas, que son las que pueden germinar unos-otros devenires. Pensar en verbos es, puede ser, elegir el movimiento, la fluidez y la vacilación para eludir las rigideces, las fijaciones, los estatutos que rigen las Tánato-políticas del presente.
El tercer rasgo se nos impone, una y otra vez, al no ceder ante las preguntas importantes: qué, por qué y para qué investigamos. Una vez que reconocemos aquello que nos reclama la atención, la pulsión ética y/o el deseo; una vez que decidimos que tiene un valor socio-vital que justifica los esfuerzos (propios, públicos); y una vez que nos convencemos de que algo importante puede suceder por/con nuestra investigación, entonces diseñamos recorridos metodológicos que se acomoden a estas intenciones. No encontramos en los manuales de investigación tradicionales las técnicas o instrumentos para investigar; esos repertorios se rigen por opciones ontoepistemológicas que no comulgan con nuestros posicionamientos. Se nos hace indispensable inventar. Una vez más, la imaginación y la creatividad no advienen en las investigaciones por estrafalarias, novedosas o llamativas; llegan porque nos negamos a ordenarnos en función de algo que no sea el qué-por qué-para qué investigar.
Nuestras disposiciones actuales buscan, también, la potencia de la relacionalidad. Esto puede decirse de nuestras producciones, aunque entiendo que no hemos aún cobrado plena conciencia de esta disposición colectivamente. Al decir relacionalidad me refiero a eso que definen Arturo Escobar y sus colegas en el libro con el título homónimo, pero también al modo en que la tratamos desde el giro afectivo, con Sara Ahmed y tantos/as otras/os, y en la concurrencia de actancias que propone el realismo agencial de Karen Barad. El cuarto rasgo es, entonces, una (relativamente tácita) propensión a atender a los ligues y las separaciones, especialmente aquellas que se han vuelto estables, instituidas y materia prima de nuestras inercias. ¿Desde cuándo “pegamos” educación y escuela?, ¿qué inconvenientes puede traernos?, ¿qué se deja ver y qué se oculta en/por este ligue?, ¿qué me permiten sentipensar por separado y/o en momentánea, incluso fortuita, unión con otras “cosas”? Estamos prefiriendo alimentar estas dinámicas, de “corte y confección” dijimos una vez y quedó, porque son estimulantes para la imaginación pedagógica.
El último de los rasgos se posa ahí, precisamente, en la pedagogía. Vengo alegando a favor de la pedagogía desde un tiempo antes de mi propia investigación doctoral. Pensando en las razones por las cuales causa urticaria en gran parte de la universidad, las historias que permiten entender su relativa minusvalía, las asociaciones (relaciones) que colaboran con el destrato y la descalificación de lo pedagógico. Vengo intentando, también y desde hace un tiempo, imbuir de valor (social, científico) a lo pedagógico, como si se me fuera la vida en hacer lugar para las mujeres maestras de mi historia y para la escuela, ese territorio también asediado en el cual encontré otras opciones para ser, donde aún hay amparo y ternura. Defiendo a la pedagogía, la escuela y las/os maestros/as siempre que puedo. Los despego de lo siniestro, decadente, irrelevante con lo que el sentido común las asocia.
Relaciono, tanto como me es posible, a lo pedagógico con el interés por lo educativo, la conciencia respecto de esa relación. Propongo a lo educativo como aquella tecnología social ubicua que es responsable/asociable a todo lo que creemos, a todo lo que es inteligible—incluyendo lo imaginable. Creo que la investigación es una pedagogía ahí cuando logra alterar las educaciones que (nos) corren en automático; una investigación buena—que nos permite vivir y morir mejor, diría Donna Haraway—es, para mí, una tecnología pedagógica para promover deseducaciones y reeducaciones. Esto cataliza, por supuesto, nuevas relaciones, mostrando el sofisticado enredo entre los rasgos que he decidido compartir aquí.
Algunas experiencias
Me parece oportuno hacer una última tentativa de captura al/a la potencial lector/a. Si es que no funcionó, o funcionó poco, el intento de acercarme en el lenguaje y la forma de contar, van unos relatos de esos que a todos nos quedan cómodos. Tengo amistades, locales y en el país y la región, que dedican sus vidas y trabajos a componer este tipo de historias. Agradezco la inspiración que nos traen, la amorosidad del gesto, la valentía de plantarse en la academia con lenguajes llanos, accesibles, capaces de hacer con-tacto. Hago, en homenaje, estos modestos intentos también aquí.
Salir para poder “ver(nos)”
Maricel se dice mujer, como yo, y ambas nos sentimos atraídas a los feminismos, (mal) afectadas y educadas por el patriarcado—al que, creemos, abonamos sin intención—y ávidas de ir caminando algunos senderos para ensanchar la huella hasta que se transforme en ruta, autopista si es posible… Para que algunos nuevos senderos se vuelvan habituales, hábitos y entonces hábitats, como propone Sara Ahmed cuando habla del well-trodden path.
Ambas entramos en comunión rápidamente; creo que no falto a la verdad si digo que nos queremos, pese a que la relación de tutoría ha sido bastante intermitente. Sin regularidad, no obstante, hemos tenido nuestros atesorables momentos de charlas íntimas y profundas.
Cuando me llamó antes de su viaje a Ecuador, para hacer el trabajo de campo de su investigación doctoral con una red de mujeres sanadoras-cuidadoras, me preguntó qué debía tener presente. Le recordé que habíamos acordado en no ir a exotizar la diferencia—a mirar estereotipadamente a otra gente como variaciones exóticas de lo familiar—sino a aprender de nosotras mismas por la conciencia que nos puede despertar esa diferencia.
Al día siguiente de su llegada a Ecuador me escribió: “Maria Marta, ya encontré en qué somos diferentes… la red de mujeres está compuesta, también, por hombres”.
Parece una cuestión nimia, pero la expectativa de ambas, nunca conversada, de encontrar un grupo homogéneo de gente que se reconociese como mujer en esa red nos rebotó en la cara. También fue interesante para mí sentir que esa original intuición—la de ir a la alteridad para ganar la posibilidad de verse en el contraste, en lugar de obsesionarnos con estudiar, diseccionando, al/la “diferente”—encontró una primera confirmación de su valor y conveniencia.
¿Vamos a hablar de los demás?
Esta historia agrupa a dos tesistas, muy entusiasmadas por la posibilidad de arraigar sus oportunas investigaciones en los ambientes y territorios que conforman, que se animaron a construir relaciones de paridad antropológica con las otras gentes participantes y pusieron gran sensibilidad y disposición para afectarse, alterar lo que necesitaba alterarse y permanecer leales a estas comunidades aliadas.
Ambas se tomaron el trabajo de formular sólidamente problemas de investigación de valor personal-profesional-social que las incluían, pero tocaban algo más que sus singularidades. Ambas buscaron su manada: compartieron su inquietud, invitaron a quienes desearan participar en el proyecto, se tomaron el tiempo para reformular(se) y pactar lo necesario. Ambas produjeron con estas gentes y estas situaciones unos contenidos importantes, que les trajeron aprendizajes interesantes para contar. Y ambas corrieron a escribir sobre los/las otros/as.
Y ahí, con cada una, tuvimos una modesta epifanía. A su tiempo, nos fue resultando incómodo cerrar los informes de investigación relatando lo que otros/as habían dicho.
Acá se produce una bifurcación, que de algún modo expresa esta subsunción de lo metodológico respecto de lo ético-político.
Con Barbie comprendimos que era más honesto hablar de lo que nos había pasado, a nosotras, a partir de lo que habíamos vivido y conversado con ellos/as. Finalmente, dijimos, una investigación es un modo de alterar nuestra relación con cierto saber/contenido, y una comunicación de los resultados bien puede ser el relato de los modos en que la revisión bibliográfica, por un lado, y el trabajo de campo, por otro, trastocaron las cualidades de esa relación.
Y esa tesis terminó, entonces, con un relato en primera persona que daba cuenta de las afectaciones: las afinidades y coincidencias, las sorpresas e impensados, las posibilidades de despensar y repensar lo que importa gracias a la experiencia.
Rosita, en cambio, había conversado con gentes de su propia escuela, pero resultaba igualmente inadecuado terminar una tesis hablando de otros/as. Decidimos que, en cambio, ella podía trabajar con los datos que en su investigación se habían producido para compartirlo con algunas de sus pares. Es así que, además de escribir sus interpretaciones, agregó preguntas en cada caso y dispuso ambos contenidos—sus lecturas del trabajo de campo y las nuevas preguntas—a una conversación con estas otras mujeres, maestras, también interesadas, como ella, en la educación cooperativa.
Su tesis cerró con el contenido de esta conversación, más que con una propia narrativa interpretante de lo leído y escuchado.
Cuando se pega la vuelta
También acá agrupo la historia de dos tesistas; tampoco ellas compartieron proyecto, pero con ellas, gracias a ellas también, pudimos aprender a investigar de otra manera.
Las dos partieron, como estamos acostumbrándonos a hacer, de una incomodidad personal. Por incomodidad no me refiero a un grave malestar, sino más bien a una picazón—como le gustaba decir a mi colega Cris Martínez. La invitación durante la formulación de los problemas de investigación es a contactar (hacer con-tacto) con la propia historia, los propios deseos, la propia disposición ética hacia el mundo y sus condiciones.
Mariela estaba afectada por el gusto con el que sus propios/as estudiantes asistían a un centro socioeducativo, en contraste con las disposiciones para ir a la escuela (donde ella trabaja). Decidió acercarse al Centro, y allí gestó en colaboración un proceso participativo, de gran fecundidad y valor para quienes se implicaron.
Flor es profesora de educación inicial (“seño de jardín”, diría ella) y venía afectada por la dimensión político-pedagógica de su profesión—porque se la desconoce, pero ella siente que está viva y es, además, ocultada a favor de una mirada “lavada”, éticamente deslucida y “rosa”, romantizada, de la tarea. Frente a esta indignación, se propuso conversar con otras maestras de un jardín municipal, que reconocía como explícitamente políticas en su activismo pedagógico allí.
En los dos casos, la experiencia de conversar con estas personas, y de hacerlo después de haberse especializado en la temática—con una revisión de antecedentes importante y una disposición sensible a la escucha—les trajo muchos aprendizajes que, no obstante, quedaban en el dominio de esos ambientes, las cuales ellas solo habían habitado como investigadoras.
Había que pegar la vuelta. Necesitábamos regresar a la experiencia escolar, con Mariela, y al jardín privado con Flor, para saber qué capacidad tenían esos saberes gestados en colaboración para alterar sus propios conocimientos y ambientes (que en este caso pueden ser una misma cosa).
Mariela aprovechó el guiño de una categoría nativa, “el chip de la escuela”, para narrar lo que la escuela es hoy desde su sentipensar, cartografiar las incomodidades, advertir intersticios para devenir profesora de otras formas: ¿Qué del chip escuela es inevitable? ¿Con qué se liga? ¿Qué puede despegarse? ¿Cómo crear relaciones entre la escuela y esas experiencias de valor del Centro, a pesar del “chip”?
En el caso de Flor, nos propusimos aprovechar el contraste. La vulnerabilidad del jardín en el que compartió su proceso de investigación nos permitió reconocer la relativa invisibilidad de ciertas carencias cuando la pobreza no constituye una etiqueta que lo tapa todo. Hay algo importante que atender aun cuando haya disponibilidad de ciertos materiales y recursos en la educación privada. Hay, allí también, posibilidad de activar la potencia política del trabajo de la “maestra jardinera”.
De mínima, pero no de máxima
Utilizo este título para contar la historia de tres tesistas doctorales que vivieron la investigación de modo ancho y extendido. Una dibujó mandalas, construyó una huerta e inventó bolsas de maravillas con sus estudiantes; otra estudió música, tomó cursos para escribir; la tercera bailó, hizo podcasts, diseñó intervenciones artísticas, experimentó con su propio cuerpo.
¿Cómo iban a resignarse, después de esto, a escribir un informe convencional, en blanco y negro, solo con palabras escritas y sin aromas, sonidos o sabores?
Esta preocupación, por el registro veraz de lo transitado y aprendido, por la documentación auténtica de una experiencia que no es logo céntrica ni primordialmente verbal, hizo que empezáramos a jugar con los límites de lo aceptable.
Es indispensable, dije yo, que un informe de investigación reúna ciertas características. Por el momento debe ser individual, escrito, y tener, por lo menos, la marca de una exhaustiva revisión bibliográfica y de una estancia de trabajo de campo, una introducción clara y una fundamentación del problema y las decisiones metodológicas, unas referencias bibliográficas, anexos y consentimientos.
Y si bien estas expectativas pueden ser levemente alteradas—la introducción puede contener historias de ficción, la revisión bibliográfica puede ser el relato del encuentro con los textos o un salpicado de perspectivas sobre la temática, las decisiones metodológicas pueden ir enhebradas a los aprendizajes en una única historia, y así al infinito—también podemos, advertimos, sumar algo. Dibujos, QRs con referencias a literatura, música, videos, un kit de aromas, sonidos y sabores sugerido para acompañar la lectura, un libreto de teatro, una ofrenda al mar.
Aunque parezcan opciones delirantes, maridan muy bien con los contenidos y problemas de investigación que abordan. Pueden ser desde ahí fundamentados, no evitan el cumplimiento de las reglas de composición básica de la academia y, sobre todo, resultan más interesantes e importantes para las investigadoras.
Una conclusión
Es imposible dar algo sin darse a sí mismo; o sea, arriesgarse.
James Baldwin, The Fire Next Time (Escobar et al., 2025, p. 21)
Entre el tiempo en que escribí este artículo y el momento de cerrarlo con esta conclusión, compartí una actividad académica organizada por el Grupo de Investigaciones en Educación y Estudios Culturales, de la Universidad Nacional de Mar del Plata, en el Museo MAR. Este tipo de eventos suelen ser, curiosamente o no tanto, una especie de reunión de familia extendida, en la cual cada quien trae noticias de sus recientes andanzas.
En estas reuniones suelo experimentar dos movimientos. Por un lado, siento el amparo de estar en familia y puedo reconocer la manada a la que pertenezco. Por otro, advierto la difractación que otros decires operan respecto de los míos. En esas escuchas, mientras me siento entre mi gente, la posibilidad de volver a mirar lo “propio” como extranjera me permite rescatarlo de su tendencia a anquilosarse, sacralizarse como Verdad. Entonces, a veces, mis inquietudes vuelven a presentarse como pregunta viva.
El primer movimiento, en esta ocasión, nació en la presentación de Luis Porta y Magalí Villarreal— miembro fundador y antigua estudiante, hoy plena colega, de nuestra comunidad—de un trabajo que han venido haciendo para una investigación doctoral. En una exposición que combinaba la generosa disponibilidad del maestro en concurrencia con la proyección de un material sobre instalaciones político-artísticas de la tesista, nos confiaron los sentires, pensares y devenires que la obra-tesis les había provocado. Luis concluyó su exposición, además, leyendo un fragmento de la obra Elogio sobre el riesgo, de Anne Dufourmantelle.
En el eco que la experiencia me provocaba, me sentí en familia. Como cuando alguien se reconoce en un gesto o un rasgo de una tía, un abuelo, una hija. Coincidencias que se traman en la silenciosa cohabitación de ciertos ambientes, en las que no es claro quién influye a quien, incluso cuando puedan trazarse líneas de ancestralidad genealógica. Algún exquisito enredo, una fuerza misteriosa, hizo que escuche a Luis leer sobre el riesgo justo después de haber decidido cerrar esta comunicación con las palabras de James Baldwin.
¿Por qué sería esto importante?
En primer lugar, lo siento esperanzador en la misma medida en que vengo abrazando la tesis de Suely Rolnik—esa que mencioné al pasar antes, y que propone un cuerpo vibrátil común a quienes habitamos el planeta y, entonces, la posibilidad de que, intuitivamente, estemos colaborando en hacer devenir otra “cosa”, una- otra experiencia vital—. Es esperanzador porque estaríamos acoplándonos, aun sin la expresa intención de hacerlo, y sin la necesidad de un eje ordenador o comando central. Se trata, más bien, de un rizoma disperso, de un geiser que escupe desahogos y posibilidades, en lugar de agua caliente y vapor, pero que maravilla de igual manera.
También me parece deliciosa la coincidencia, el relativamente inesperado encuentro con la afinidad, porque estamos en el proyecto de sostener sin anular las diferencias, pero la propia manada es una oportunidad para el respiro, para bajar los brazos y dejarse mecer en la hospitalidad de los regazos y abrazos familiares.
Y todo esto podría ser una linda historia, de algunas gentes afines que se encuentran y reencuentran en sus andanzas, si no fuera por la gravedad de la condición presente. Por los dolores, las indignidades, las opresiones, las injusticias, la crueldad, los despojos y la destrucción—ahora, también, a través de guerras que reeditan regiones de lo en algún momento impensable—que pueblan los habitares contemporáneos. Sin más que una familia y unos parentescos, la pregunta que urge es si es posible afectar al mundo. Así, en esta escala minúscula. Y justamente allí nació, en esta ocasión, el segundo de los movimientos.
Además de intuir que la fraternidad y los gestos minúsculos pueden no ser suficiente ofrenda para el contemporáneo, me inquieta mi esperanza.
Recuerdo lo que leí hace muy poco en el texto de Arturo Escobar y sus colegas, Relacionalidad, cuando citan a Pema Chödrön y proponen que, si dejáramos de confiar en la posibilidad de exterminar el dolor, quizás tendríamos “el valor de relajarnos con la incertidumbre de nuestra situación” (p.175). Ahora me pregunto si mi/nuestro empecinamiento con que es posible mejorar(nos) no se nutre de la ilusión de desechabilidad, del patio trasero al cual mandar una supuesta exterioridad que no gusta, huele mal, es fea. Como si fuera posible deshacerse de ello.
La gran inquietud, entonces, con la que cierro/abro la discusión, es la pregunta por nuestra posibilidad, en tanto pobres criaturas, de sostener-nos aún mejor (en) la desintegración de un mundo—junto con la expectativa de que es Bueno o podría serlo—para dejar emerger algo mejor en el compost del proyecto moderno. ¿Cómo sentirnos convocados a abrir un portal hacia esos otros mundos a partir de la plena convicción respecto de nuestra relativa insignificancia, en el ambiente conocido, como empecé proponiendo? ¿Y cuánto de hacernos cargo de cierta ingenuidad, diría Karen Barad, y de tomar a lo vivo como algo menos bondadoso puede colaborarnos hoy, pienso y comparto ahora?
No tengo una respuesta para estos pensamientos.
Sólo puedo decir que necesito seguir corazonando. Y que esta forma de hacer investigación, acá mismo y en estas sintonías, es más un paliativo contra la relativa impotencia que una “solución” para la vida. Siento que esto es mejor, al menos por ahora. Una mejor forma de vivir y morir en esta experiencia vital y en esta situacionalidad académica particular.
No encuentro, necesariamente, placer en arriesgarme. Se me presenta, más bien, como una mejor forma de ser-hacer-saber investigación mientras despliego mis tentativas a escala humana.
Una escala de pobres, tiernas criaturas.
Transformaciones II. Técnica mixta: tinta collage sobre papel.Ana María Martín
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Notas
[1] El uso de la primera persona, estimo, no resulta sorprendente ya, especialmente a la luz de la conversación que se propone o los parentescos que se declaran en el artículo. La alternancia entre singular y plural, en cambio, tal vez necesite una aclaración. Trabajo en una comunidad académica con mis maestros, pares y estudiantes—posiciones que suelen ser intercambiables y móviles—. Mucho de lo que cuento expresa lo que esta comunidad viene componiendo. Imposible desenmarañar allí, por lo que necesito usar la primera persona plural. Otras veces, aún habitada por las constelaciones que colaborativamente nos trazamos, prefiero usar el singular para asumir responsabilidad por lo que digo en voz alta. No soy sin los demás, pero tampoco me siento autorizada a hablar en nombre de ellos/as.
[2] Así hemos acuñado a las personas que hacemos comunidad en la Universidad pública en la que trabajamos, en Educación, y que estuvimos originalmente ligadas (anudadas, genuinamente) al Grupo de Investigaciones en Educación y Estudios Culturales bajo la mentoría de Luis PORTA entonces, y con la fuerza erótica de Francisco Ramallo en los últimos años.
[3] Esta experiencia—como mucho de lo aquí compartido—está también disponible en nuestra reciente publicación Autoetnografiar: Ensayos científicos en/para/por un Sur Global.