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DOI: http://dx.doi.org/10.19137/qs.v24i2.3795


Esta obra se publica bajo licencia Creative Commons 4.0 Internacional.
(Atribución-No Comercial- Compartir Igual)

ARTÍCULOS

 

El precio de la democratización. El rol de los empresarios azucareros en el financiamiento del Partido Liberal (Tucumán, 1917-1930)

The price of democratization. The role of the sugar businessmen in the Liberal Party funding (Tucumán, 1917-1930)

O preço da democratização. O papel dos empresários açucareiros no financiamento do Partido Liberal (Tucumán, 1917-1930)

 

Leandro A. Lichtmajer

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Universidad Nacional de Tucumán. Instituto Superior de Estudios Sociales
Argentina
Correo electrónico: leandrolichtmajer@gmail.com

 

Resumen: El artículo analiza las formas de obtención y distribución de los recursos del Partido Liberal de Tucumán (conservador) desde su creación, en 1917, hasta su disolución, en 1930. Con ese fin, examina el rol de los empresarios azucareros como financistas del partido, ponderando el peso de sus aportes para las campañas electorales, así como su impacto en las prácticas proselitistas y en los debates puertas adentro del partido.
El texto argumenta que la trayectoria del Partido Liberal reflejó las dificultades, marchas y contramarchas de la dirigencia conservadora a la hora de afrontar la complejización y encarecimiento de las campañas durante el proceso de ampliación democrática. Los aportes del empresariado azucarero se perfilaron, en ese marco, como la vía predominante de financiamiento, lo cual tuvo diversas implicancias en el seno del partido, así como en sus dispositivos de proselitismo y reclutamiento.
El estudio de los métodos de obtención y distribución de los recursos avanza sobre un tema marginal en las investigaciones sobre los partidos políticos argentinos durante la etapa analizada.

Palabras clave: Partidos políticos; Política de masas; Financiamiento

Abstract: This article analyzes the ways of obtaining and distributing the resources of the Liberal Party of Tucumán (conservative) from its creation, in 1917, until its dissolution, in 1930. To that end, it examines the role of sugar businessmen as party financiers, considering the weight of their contributions for electoral campaigns, as well as their impact on proselytizing practices and debates within the party.
The text argues that the course of the Liberal Party reflected the difficulties, marches and counter-marches of the conservative leadership in confronting the complexity and increase in cost of the campaigns during the ampliation of democracy. The contributions of the sugar businessmen emerged, within this framework, as the predominant ways of financing, which had diverse implications within the party, as well as in its mechanisms of electoral proselytism and recruitment.
The study of the methods of obtaining and distributing the resources advances on a marginal theme in the research on Argentine political parties during the analyzed stage.

Keywords: Political parties; Mass politics; Funding

Resumo: O artigo analisa as formas de obtenção e distribuição dos recursos do Partido Liberal de Tucumán (conservador) desde sua criação, em 1917, até sua dissolução em 1930. Com esta finalidade, examina-se o papel dos empresários açucareiros como financistas do partido, considerando o peso de suas contribuições para as campanhas eleitorais assim como seu impacto nas práticas de proselitismo e nos debates a portas fechadas do partido.
O texto argumenta que a trajetória do Partido Liberal refletiu as dificuldades, marchas e contramarchas dos líderes conservadores à hora de afrontar a complexidade e encarecimento das campanhas durante o processo de ampliação democrática. As contribuições dos empresários açucareiros esboçaram-se, nesse contexto, como a via predominante de financiamento o que teve diversas implicações dentro do partido, bem como nos seus dispositivos de proselitismo e recrutamento. O estudo dos métodos de obtenção e distribuição dos recursos avança sobre um tema marginal nas investigações sobre os partidos políticos argentinos durante a etapa analisada.

Palavras-chave: Partidos políticos; Política de massas; Financiamento

 

El precio de la democratización. El rol de los empresarios azucareros en el financiamiento del Partido Liberal (Tucumán, 1917-1930)1
Introducción

El análisis de las vías de obtención y distribución de los recursos ofrece un punto de mira relevante para reflexionar sobre las prácticas, representaciones y tipos de organización de los partidos políticos. El control de las fuentes de ingresos y la definición de los gastos, tema largamente transitado en las conceptualizaciones sobre los partidos desde el punto de vista organizativo, gravita en la distribución interna del poder y las pujas por el liderazgo. Por su parte, el diseño de la estructura de financiamiento –por ejemplo, si se asienta en un reducido o amplio volumen de cotizantes, si los recursos provienen de las cuotas de los afiliados, de aportes del Estado o de grupos de poder– tiene implicancias múltiples en la selección de candidatos, la articulación de demandas y la construcción de un perfil ante el electorado (Duverger, 1957; Von Beyme, 1986; Panebianco, 1993; Phélippeau, 2002). Los métodos de obtención y distribución de los recursos también impactan en las interacciones sociales de los dirigentes, afiliados y simpatizantes de los partidos a través de los ámbitos de sociabilidad, el reclutamiento y la interpelación electoral. Como afirmó Marta Bonaudo (2014), estudiar los “costos” de la política no implica adentrarse exclusivamente en procedimientos o estrategias que marcaron la vida electoral de una sociedad. Su análisis se inscribe en una reflexión general sobre la especificidad de “las relaciones que se entablan entre electores y elegibles, entre el Estado y los electores o bien con los grupos de poder”, aspectos nodales “de la configuración de los procesos de dominación” (p. IX).
Estos interrogantes cobran centralidad a la hora de indagar en la etapa de ampliación democrática y consolidación de la política de masas que modeló el derrotero político argentino a partir de la década de 1910, signado por el incremento en la participación electoral y las transformaciones en las formas de mediación entre la sociedad y la política. Una de las consecuencias de la ampliación democrática fue la complejización del “costado técnico” de las campañas, manifestada en los modos de producción del sufragio, las campañas y el reclutamiento. Afirmación que no desconoce el debate, todavía abierto, en torno a los cambios y continuidades que signaron dicho tránsito, así como su dispar influencia en los diversos espacios de Argentina (Mauro, 2014, pp. 22-23).
La cuestión del financiamiento ocupó, sin embargo, un lugar marginal en las investigaciones sobre las prácticas proselitistas durante la ampliación democrática (Devoto, Ferrari y Melón Pirro, 1997; Mauro y Lichtmajer, 2014). En el caso de la Unión Cívica Radical (UCR), las referencias a este tema se centraron en los mecanismos clientelares y de patronazgo, vinculados al control del Estado, que se desplegaron desde su llegada al poder en 1916 hasta su derrocamiento en 1930 (Rock, 1972; Vidal, 1996; Persello, 2004; Horowitz, 2007; Valdez, 2014). Por su parte, los análisis sobre los partidos Comunista y Socialista durante la década de 1920 ponderaron el rol de los candidatos, militantes y organismos de base en el financiamiento partidario (Pérez Branda, 2011; Cabezas, 2017). En relación con los partidos conservadores,2 los estudios sobre sus prácticas a partir de 1912 soslayaron el interrogante de esta problemática y se focalizaron en las formas de movilización y reclutamiento, así como en los procesos de faccionalización que acarrearon la reforma electoral y la llegada del radicalismo al poder (Bartolucci y Taroncher, 1996; Vidal y Ferrari, 2001; Tato, 2005; Solís Carnicer, 2015).
Tomando en cuenta dichas consideraciones, este artículo tiene como objetivo analizar las vías de obtención y distribución de los recursos del Partido Liberal (PL) de Tucumán, actor relevante de la política provincial desde su creación, en 1917, hasta su disolución, en 1930. Concretada luego de la llegada de la UCR al poder, la fundación del PL dio lugar al intento más duradero de la dirigencia conservadora tucumana por configurar una organización extendida territorialmente y competitiva desde el punto de vista electoral. En abordajes previos sobre el PL, referidos a su acción legislativa y a las trayectorias de sus planteles dirigentes, se resaltó el liderazgo del empresariado azucarero y su receptividad a las demandas de las patronales agroindustriales en la Legislatura y el Congreso de la Nación (Páez de la Torre, 1969, 1976; Parra, 2005; Bravo, 2008; Lichtmajer, 2017). Si bien las prácticas proselitistas de los liberales no fueron objeto de análisis específicos, las investigaciones de Oscar Chamosa (2010) sobre la elite azucarera tucumana aludieron a este tópico.3 De acuerdo con su perspectiva, uno de los rasgos dominantes del proselitismo conservador fue el patrocinio empresarial, desplegado en el marco de una estrategia paternalista que buscó ensalzar los valores y costumbres de los trabajadores rurales como una vía para defender los intereses económicos de los industriales. El patrocinio empresarial también fue resaltado en abordajes referidos al radicalismo tucumano en la etapa 1930-1943. En efecto, los recursos de los ingenios a la UCR conformaron un engranaje relevante en su estructura de financiamiento, en la que coexistieron con ingresos derivados del control del Estado, de actividades de recolección de fondos y de las cuotas de los candidatos a cargos electivos (Lichtmajer, 2014).
El análisis sobre los recursos del PL recupera el interrogante relativo al patrocinio de los partidos en Tucumán. Con ese fin, se reconstruye aquí el rol de los empresarios azucareros en el financiamiento del PL, ponderando el peso de sus aportes a la hora de solventar las campañas electorales en el territorio provincial, su impacto en las prácticas proselitistas y los debates que alentó puertas adentro del partido. En el artículo se reflexiona, asimismo, sobre la distribución de los recursos, dimensión central a la hora de construir una estructura extendida territorialmente. De esa manera, busca examinar los múltiples dispositivos ensayados por la dirigencia conservadora a la hora de enfrentar una coyuntura de incertidumbres, signada por el desplazamiento del poder, la expansión del radicalismo y las transformaciones en los modos de hacer política. El texto argumenta que la trayectoria del PL reflejó las dificultades, marchas y contramarchas de la dirigencia conservadora a la hora de afrontar la complejización y encarecimiento de las campañas, así como la necesidad de enfrentar al radicalismo a partir de una organización competitiva electoralmente. Los aportes del empresariado azucarero se perfilaron, en ese marco, como la vía predominante de financiamiento, lo cual tuvo diversas implicancias en los debates y conflictos hacia adentro del partido, así como en los métodos de interpelación electoral y reclutamiento puestos en práctica por las cúpulas y las dirigencias intermedias.

El Partido Liberal ante los desafíos de la ampliación democrática

El PL fue fundado en junio de 1917, dos meses después del acceso de la UCR a la gobernación de Tucumán. En su declaración de principios, la novel entidad se presentó como un “partido orgánico, con programa concreto y procedimientos verdaderamente democráticos” que opusiera al proselitismo radical “una propaganda política de verdad, fundada en la educación popular”.4 La apelación a la organicidad remitía a una búsqueda por superar la perenne fragmentación del conservadurismo provincial y encauzar su actuación en una organización duradera, que revirtiera el carácter efímero de las entidades previas. La capacidad de articular al grueso de las dirigencias conservadoras provinciales le permitió erigirse en el principal partido opositor durante el ciclo de gobiernos radicales desarrollado entre 1917-1930.
Aparte de poner fin al largo ciclo conservador en el poder, el triunfo radical sobre Alfredo Guzmán, dueño del ingenio más importante de Tucumán (Páez de la Torre, 1995), clausuró una trayectoria de once años consecutivos de gestiones encabezadas por empresarios azucareros. La centralidad política de la elite azucarera se había forjado en paralelo a la etapa de desarrollo agroindustrial que reconfiguró el modelo productivo tucumano durante el último tercio del siglo XIX. En ese marco, los propietarios de ingenios se constituyeron en un actor social central a nivel provincial y alcanzaron una relevante influencia política y económica (Bravo y Campi, 2000; Guy, 2008). El PL abrevó en esa tradición, al reunir en sus filas a algunos de los empresarios azucareros más poderosos de la provincia.5
La centralidad de estos actores no debe, sin embargo, soslayar la diversidad socioprofesional que caracterizó a la dirigencia liberal, que abarcó desde productores agrícola-ganaderos de diferentes escalas hasta empleados jerárquicos de los ingenios, profesionales urbanos, comerciantes y funcionarios. La diversidad también modeló los perfiles etarios de la dirigencia, al confluir en sus filas líderes veteranos de dilatada trayectoria junto a figuras que cobraron relieve en la etapa final del ciclo conservador. La presencia del empresariado azucarero no fue privativa de los liberales. Ciertamente, la participación en las campañas electorales y el control de puestos decisorios en las sucesivas organizaciones conservadoras (Liberal, Demócrata, Cívico Popular, etc.) y radicales (UCR, UCR Comité Nacional, UCR Concurrencista, etc.) constituyeron rasgos relevantes de la política tucumana desde la década de 1910 hasta la llegada del peronismo al poder, coyuntura que alentó un repliegue político del empresariado azucarero (Lichtmajer, 2017).
A lo largo del primer ciclo radical en el poder (1917-1930), el acceso a la primera magistratura estuvo franqueado para el PL, en virtud de una UCR imbatible en elecciones ejecutivas. Sin embargo, los liberales tuvieron un peso importante en la arena legislativa. Con la recuperación de una consigna aglutinante al interior del conservadurismo, el partido desplegó una férrea oposición a la UCR, manifestada principalmente en el Senado provincial. La bancada liberal fue protagonista del conflictivo derrotero institucional durante las gestiones de Juan Bautista Bascary (1917-1920) y Octaviano Vera (1922-1923), signadas por las disputas entre las fracciones radicales y la centralidad de los opositores. Desde el punto de vista electoral, el PL mantuvo un caudal relevante de votos hasta mediados de la década de 1920 y logró doblegar al oficialismo en tres contiendas legislativas nacionales (1919, 1924 y 1926). Sin embargo, hacia 1927 los liberales sufrieron un doble desprendimiento que dio origen a los partidos Agrario y Defensa Provincial Bandera Blanca, proceso que los relegó a un segundo plano de la escena política (Lichtmajer, 2017). Luego del golpe de Estado de 1930, la entidad se disolvió para fundirse en el Partido Demócrata, perteneciente a la organización nacional homónima (Parra, 2005).
Desde su aparición en escena, el PL debió hacer frente a las exigencias de una dinámica política modelada por el incremento en la participación electoral y la expansión del radicalismo. En ese marco, el problema de la obtención de los recursos para llevar a cabo las campañas ocupó un lugar destacado entre las preocupaciones de su dirigencia. Ante una exigente agenda electoral –por ejemplo, en el período 1917-1924 el partido compitió en diez elecciones provinciales y nacionales–, las inquietudes por las vías de financiamiento fueron recurrentes.
A mediados de 1919, el tesorero del partido, Marcos Rougés, expresó a Ernesto Padilla, propietario del ingenio Mercedes y último gobernador del ciclo conservador, su preocupación respecto de los comicios programados para marzo del año siguiente: “Como sabes, la elección va a ser doble, es decir, de legisladores nacionales y provinciales, lo que exige un fuerte desembolso”. Desde su punto de vista, esto representaba un “difícil trance” del que esperaba “salir airosamente”.6 Los contratiempos florecieron durante la campaña. Al iniciarse las tareas proselitistas, en enero de 1920, el tesorero admitió que “todo este problema de la financiación”, aún no resuelto, les había dado “algún dolor de cabeza”.7 Luego de la votación, que incluyó elecciones complementarias en más de cien mesas, Rougés manifestó a Padilla que “pasaron por el momento las preocupaciones financieras…Como era de esperar tratándose de elecciones tan importantes (127 mesas) los gastos fueron más arriba de lo calculado”. A medio camino entre el alivio por la labor cumplida y la intranquilidad ante el porvenir financiero de la organización, el tesorero atribuyó el desfasaje en los gastos a la necesidad de “ampliar fuerte” el presupuesto en los departamentos Famaillá, Leales y Trancas, donde la competencia con el radicalismo era más pareja que en otras zonas.8 Esto obligó a la dirigencia liberal a realizar pedidos extraordinarios de dinero y dejó un saldo que recién lograron cubrir a mitad de año.9
A pesar de los esfuerzos, la UCR alcanzó una holgada ventaja en los comicios. El carácter infructuoso de la inyección de recursos para contrarrestar el poderío del radicalismo y el desaliento frente a la situación del PL fueron expresados por el tesorero, a tono con un estado de ánimo compartido por la dirigencia. La agenda electoral obligaba, sin embargo, a actuar rápidamente, ya que se avecinaban elecciones complementarias en cuatro departamentos. En ese marco, Rougés planteó que “sería interesante aprovechar la oportunidad…para ensayar elecciones que llamaré franciscanas, en las que el dinero juegue un rol muy esfumado”.10 Bajo la invocación de la orden religiosa cultora de la austeridad, el tesorero proclamó la necesidad de revertir el desfasaje en los gastos que habían experimentado los liberales, decisión que motivó un fuerte debate en la convención partidaria.
Dicho órgano decidió, finalmente, la abstención electoral, determinación que llevó a Rougés a concluir que “la gente estaba mal dispuesta a realizar una elección franciscana en este momento”.11 En los considerandos de la resolución se esgrimió un argumento menos pedestre, aunque probablemente más convincente, que la insuficiencia de recursos: se presentó a la abstención como consecuencia de los “desmanes, abusos de autoridad y crímenes” que había llevado a cabo el radicalismo tucumano, con la complicidad del presidente Hipólito Yrigoyen y “sin otro propósito que ganar las elecciones”. Según la resolución del órgano partidario, esto llevó a que el PL enfrentara la “imposibilidad material de llegar a los atrios en situación regular”, lo cual explicaba la abstención.12 Se trataba de un argumento contundente, en tanto la campaña de 1920 había sido particularmente virulenta en Tucumán (Páez de la Torre, 1976). Los considerandos solapaban, sin embargo, el carácter pragmático de la decisión y privilegiaban las denuncias contra el oficialismo por sobre la insuficiencia de recursos.
Los obstáculos para solventar las campañas electorales no solo preocuparon a los miembros de las cúpulas liberales, tales como Rougés y Padilla. También se percibieron entre la dirigencia intermedia. Durante la campaña para las elecciones ejecutivas de diciembre de 1921, el comerciante Carlos Miranda, radicado en la ciudad de Concepción y organizador de la campaña en el departamento Chicligasta, expresó a Padilla su inquietud por la situación de los liberales:

La caja está exhausta y, más que esto, en déficit. Tengo varias cuentas que pagar y los gastos que se están originando ya no tienen espera. Yo no creo que podamos desembolvernos [sic] con menos de $200 ya que se debe, puesto que están impagos los alquileres, el gasto de Alpachiri, el del Ingenio, los servicios de auto y alguna cosa que no recuerdo. Necesito saber con lo que se cuenta para contratar los coches y autos que nos serán indispensables ya que hay que contrarrestar los medios de otros.13

A diferencia del ejemplo anterior, Miranda no aludía al manejo global de las finanzas partidarias. Sus tribulaciones obedecían a necesidades inmediatas, emparentadas con la dinámica proselitista del voto ampliado: autos para movilizar votantes, alquiler de locales en la ciudad y zonas aledañas, gastos en bebidas y alimentos para los seguidores del partido. A tono con lo señalado por Rougés, la urgencia de Miranda se veía azuzada por la necesidad de contrarrestar el despliegue material de los demás partidos y, de ese modo, inclinar a su favor la pulseada electoral. Como ha sido señalado en los estudios sobre la etapa de ampliación democrática en Argentina, el carácter competitivo de los comicios –fenómeno poco habitual durante el orden notabiliar– fue uno de los rasgos que modelaron la vida comicial a partir de 1912 (Devoto et al., 1997; De Privitellio, 2011; Mauro, 2014). Así, la competencia amplificaba las necesidades y demandas, que engrosaba el presupuesto de las campañas.
En la percepción de Miranda, el aumento en los gastos representó una fuente de preocupación y no una oportunidad para ampliar sus redes de interacción y/o diversificar su acción proselitista. Agotados los recursos propios, aquel recurrió a Padilla con el fin de solventar la campaña, determinación que justificó del siguiente modo: “hablando en la intimidad, no puedo gastar nada y lo que me debe el comité me hace una apremiante falta pues tengo serias obligaciones para estos días y ni siquiera he podido atender mi casa”.14
La alusión a una manutención familiar comprometida en pos del proselitismo conservador extremaba los argumentos y justificaba el pedido de dinero al empresario. Sin embargo, la salida ensayada por Miranda para resolver sus urgencias materiales no era casual, sino que se enmarcaba en una dinámica de financiamiento centrada en el empresariado azucarero.

En pocas manos: el rol de los empresarios azucareros en el financiamiento

En una carta enviada a fines de 1921 al presidente del PL, Padilla afirmó que los aportes de los ingenios Concepción y San Pablo, establecimientos con mayor capacidad productiva de la provincia, eran “la base” de las finanzas partidarias.15 El primero pertenecía a Guzmán, mientras que el segundo era propiedad de los hermanos Juan Carlos y Ambrosio Nougués, reconocidos dirigentes liberales. Por su parte, en una rendición remitida al presidente del PL en marzo de 1920, Guzmán afirmó haber costeado la campaña para las elecciones legislativas provinciales y nacionales en el departamento Cruz Alta, donde se radicaba el ingenio de su propiedad. Se trataba del segundo departamento más poblado de Tucumán –43.253 habitantes, según el censo nacional de 1914– y la zona de mayor concentración de establecimientos azucareros –11 de los 27 ingenios que funcionaron entre 1895 y 1916 (Presidencia de la Nación, 1947, p. 425)–. La erogación declarada ascendió a $51.722, lo cual implicaba un esfuerzo económico de relevancia, que equivalía a un total aproximado de 17.000 jornales de trabajadores azucareros.16 Representaba, asimismo, un monto importante si se lo comparaba con los desembolsos electorales en otras provincias de Argentina.17
A pesar de su magnitud, el aporte de Guzmán no era excepcional. En los comicios de diciembre de 1921 entregó una cifra semejante ($55.000), que fue distribuida entre las autoridades partidarias provinciales, los organizadores de la campaña en el departamento Cruz Alta y el Club de la Juventud, entidad proselitista de la capital provincial.18 Menos significativos que los aportes de Guzmán, también pueden destacarse los $24.015 que Padilla entregó en 1924 a un amplio espectro de dirigentes, comités y subcomités localizados en diferentes puntos del territorio provincial. Dado el carácter de recaudador y gestor de las finanzas partidarias ejercido por este, no es posible determinar si los recursos provenían de su patrimonio, como Guzmán había precisado en el caso previo. De todos modos, existen evidencias que indican que los recursos de Padilla provenían, al menos en parte, de su fortuna personal.19
El peso de los aportes industriales al partido se puso de manifiesto en la rendición de ingresos para la campaña de 1928, en la que los liberales candidatearon para el cargo de gobernador a José Padilla, hermano de Ernesto y miembro del Directorio del ingenio San Pablo (Perilli de Colombres Garmendia, 2002). Dicho documento detalló las tareas de recepción y distribución de los fondos, a cargo de Padilla, y abarcó los ingresos habidos durante la campaña y los gastos efectuados hasta el 21 de enero –seis días después de los comicios– en diez de los once departamentos de la provincia. Con ese fin se precisaron dos categorías: propaganda/gastos generales –avisos en la prensa, imprenta, custodia de las urnas, entre otros– y cuentas individuales de los departamentos. Como se observa en la siguiente tabla, la rendición de la campaña de 1928 ofrece un punto de mira relevante para ponderar la gravitación del financiamiento empresarial en el PL:

Tabla 1: Partido Liberal (Tucumán). Nómina de aportantes para la campaña electoral de 1928


Fuente: Detalle de los ingresos habidos durante la campaña electoral última (candidatura a Gobernador Ing. José Padilla). 1928. Carpeta 45, f. 328, CEP.

La tabla expresa de qué manera los recursos empresariales se canalizaron a través de individuos, instituciones y sociedades anónimas, que pusieron en juego múltiples volúmenes de dinero. Entre los diecisiete aportantes detallados en la lista, la erogación más significativa ($32.072) provino del Centro Azucarero, corporación representativa del empresariado agroindustrial.20 Paralelamente, contribuyeron al partido tres empresarios, a título personal, y diez ingenios o compañías azucareras. Cabe destacar los aportes de Padilla ($27.190); de la Compañía Azucarera Tucumana, que controlaba cinco fábricas en la provincia ($15.000); y de la empresa Nougués Hermanos, propietaria del ingenio San Pablo ($12.000). Entre los demás aportantes se contaron Ricardo M. Frías (Santa Lucía), Marcos Rougés (Santa Rosa) y Wenceslao Posse (Esperanza); los ingenios Santa Ana, La Corona, Los Ralos, Concepción, Fronterita y Santa Bárbara y la empresa Justiniano Frías y Compañía (San José). La exclusión de Cruz Alta en la nómina permite inferir, en línea con lo señalado más arriba, que existía un acuerdo tácito para que Guzmán costeara la campaña en dicho departamento. Esta hipótesis se refuerza si se toman en cuenta los magros aportes del ingenio Concepción, propiedad de Guzmán, a la caja de 1928 ($4.857,89). Se trataba de una inversión diez veces menor que las de 1920-1921.21
El listado arriba transcripto revela la interrelación entre empresarios azucareros y financiamiento conservador: de los veintiséis establecimientos existentes en Tucumán en 1928, diecisiete participaron como aportantes de la campaña de José Padilla. Por otra parte, la suma del total de aportes de las fábricas, de sus propietarios a título individual y del Centro Azucarero ($128.916,45) representó un 99% de lo recaudado por los liberales en 1928 ($130.216).
La abrumadora presencia de los recursos empresariales en la campaña de 1928 no debe hacernos perder de vista otras vías de financiamiento, de menor impacto cuantitativo, que se visibilizaron en esa y otras contiendas. Conjuntamente con los ingenios, aportaron al partido diversos comercios e industrias, entre los que puede mencionarse una destilería de alcohol, una distribuidora de maquinarias agrícolas y un taller metalúrgico. Se trataba de actividades relacionadas con la agroindustria y, como es de suponerse, la influencia del empresariado no fue ajena a estos aportes. A modo de ejemplo, el otorgamiento de $5.000, concretado en 1921 por la filial tucumana de Agar Cross and Company, empresa británica de comercialización de maquinarias agrícolas, fue definido tras una entrevista del representante de la firma con Rougés.22 Otra fuente complementaria de dinero fueron los aportes de un amplio abanico de dirigentes y simpatizantes partidarios, no circunscriptos al empresariado azucarero, que contribuyeron a las arcas partidarias. En la tabla 1 pueden observarse los montos –marginales– del dirigente capitalino Gaspar Taboada y de un individuo de apellido Zeballos. Mientras que en un nivel más general se observa que la dirigencia local –responsables de circuitos, autoridades de centros o comités– colaboró con el financiamiento conservador por medio de diferentes modalidades. Retomando el ejemplo de Miranda, detallado previamente, si bien el reintegro de dichas inversiones podía ser reclamado a los líderes partidarios atribuyéndoles la responsabilidad de solventar la acción proselitista, esas gestiones no siempre llegaban a buen puerto, y la utilización de recursos propios era, en algunos casos, inevitable.23 Los candidatos a cargos electivos también realizaban aportes monetarios, tal como se evidenció en las campañas de 1919, 1920 y 1922. En el primer caso, las contribuciones de los aspirantes a bancas legislativas nacionales y provinciales –entre los que se contaban profesionales urbanos de San Miguel de Tucumán y productores agrícolas, entre otros perfiles socioprofesionales– sumaron un total de $35.000, cifra relevante para los volúmenes recaudados por el partido.24
El hecho de gravar a los candidatos comportaba, no obstante, una tarea compleja. En una carta enviada a Padilla en la antesala de las elecciones de 1920, Rougés manifestó sus dudas frente a la resolución partidaria de exigir a los candidatos a diputados nacionales, dos profesionales de San Miguel de Tucumán, que aportaran $12.000 para solventar la campaña. Esta determinación debió ser planteada “discretamente” por Rougés, quien admitió desconocer cómo repercutiría en los destinatarios de la medida. La moción fue aceptada, para satisfacción del tesorero, quien interpretó que la posibilidad de que individuos ajenos a la elite azucarera participaran en el financiamiento de las campañas era una condición sine qua non para un partido que pretendía representar a sectores sociales más amplios: “lo contrario hubiera sido inservible, pues un partido como el nuestro no puede dejar de ofrecer soluciones que hagan posible el advenimiento a las bancas nacionales de gente capaz, aunque de recursos modestos”.25 Como deja entrever esta reflexión, la preocupación sobre la distribución de las cargas pecuniarias no estaba ausente en las filas liberales.

¿Cómo distribuir las cargas? Los debates dentro del partido

El acceso limitado del PL a los recursos estatales socavó una vía clave del reclutamiento partidario y la construcción de lealtades hasta la llegada del radicalismo al poder. ¿A qué recursos podía apelar un partido fundado desde el llano para contrarrestar la expansión de la UCR? Los establecimientos azucareros constituían el principal engranaje económico de la provincia y su influencia se extendía por todo el territorio. La actividad agroindustrial era la principal empleadora de Tucumán, y ocupaba a miles de trabajadores en tareas permanentes o transitorias que abarcaban la cosecha y explotación de la caña y múltiples actividades subsidiarias de los ingenios (Gutiérrez y Parolo, 2017). Frente a un radicalismo pujante, cuya organización territorial interpretó eficazmente los imperativos de la ampliación democrática y aventajó a los demás partidos a la hora de competir en elecciones, la obtención de recursos de las fábricas era una salida factible y representaba, probablemente, la más acorde con el perfil de los liberales.
Puertas adentro del partido, sin embargo, florecieron numerosos debates en torno a la estructura de financiamiento centrada en los empresarios. Las demandas por dotar a la organización de vías permanentes de ingresos, que no dependieran exclusivamente de la voluntad de aquellos ante cada contienda electoral, emergieron tempranamente en sus filas. Encabezado por Guzmán, un grupo de propietarios de ingenios acordaron en 1919 que cada establecimiento aportaría en las campañas un monto de 10 centavos ($ 0.1) por tonelada de caña molida. Se trataba de un esfuerzo económico relevante de las fábricas que equivalía, por ejemplo, a la patente que cobraba el gobierno provincial a la producción azucarera (Bravo, 2004, p. 61). De concretarse este aporte, se otorgaría a la caja partidaria una base permanente, asentada en un criterio equitativo y definido de acuerdo con la capacidad productiva de los establecimientos industriales. El carácter informal del acuerdo, que llevó a Rougés a definirlo como un “semi-convenio”, y las resistencias de los empresarios atentaron contra su materialización. Finalmente, el arreglo quedó en letra muerta.26
Dos años más tarde, al iniciarse la campaña electoral de 1921, la cuestión de los aportes permanentes volvió a plantearse en un intercambio epistolar entre Guzmán, Padilla y el presidente del PL, Melitón Camaño. Había transcurrido un año y medio de las malogradas “elecciones franciscanas” y, dada la magnitud de la contienda electoral que se avecinaba, era necesaria una inyección importante de recursos. Dicha urgencia no se tradujo en un compromiso equivalente de la dirigencia ya que, como señaló Camaño con preocupación, “los contribuyentes grandes se esfuman y los pequeños no existen debido sin duda a que nada saben y creen siempre en la abundancia”.27 Frente a este panorama, Guzmán reiteró la necesidad de dar “otra forma a la caja del partido” porque “no era democrático” que “la constituyesen dos o tres personas” –en referencia al propio Guzmán, a Nougués y, probablemente, a Padilla–. En su lugar, proponía que la caja fuera “costeada por todos sus componentes, contribuyendo cada uno con una cuota mensual ordinaria y otra extraordinaria para los momentos de elecciones, cada uno en la proporción de su situación pecuniaria”.28 La misiva no permite determinar si la mención a “todos sus componentes” aludía solamente a los ingenios o a la dirigencia en general. En cualquier caso, la propuesta reconocía la centralidad de los aportes de las fábricas y admitía, al igual que en el acuerdo fallido de 1919, la necesidad de establecer una distribución equitativa de las cargas. A la hora de fundamentar su propuesta, Guzmán señaló la necesidad de adaptar el partido a los nuevos tiempos políticos y definió el esquema vigente como una rémora de épocas pasadas del conservadurismo. En efecto, afirmó que le “repugnaba contemplar a nuestro partido manejado como se hacía no ha mucho tiempo [sic] por extranjeros que hacían y deshacían sin más razón ni derecho, de la que un proveedor de dinero vulgar”. Esto explicaba la “falta absoluta de solidaridad” resaltada por Camaño en su misiva.29
Como se desprende de la rendición de 1928, aunque la caja partidaria no fue constituida por las “dos o tres personas” a las que había hecho alusión Guzmán siete años antes, sino que intervinieron numerosos aportantes, la estructura formalizada y permanente de financiamiento no logró cuajar entre los liberales, que siguieron dependiendo de la cambiante voluntad de los empresarios azucareros. Imperceptibles durante las campañas, los aportes permanentes se observaron en coyunturas no electorales, cuando el fragor proselitista se acallaba para dar paso a una estructura de gastos más acotada.30 Los ingresos por cuotas que percibió el Comité Central del partido durante el bimestre abril-mayo de 1920 corresponden a un conjunto de trece suscriptores, de perfiles diversos, que pagaron una cuota mensual que osciló entre los $5 y los $150. Aunque esto podría remitir a un esquema horizontal y sistematizado de obtención de los recursos, diferente al de las campañas, la nómina de aportantes y su peso relativo recuperaron, en escala menor, las asimetrías del financiamiento proselitista: de los $915 que recaudó la tesorería del partido, $600 provenían de un solo individuo, el empresario Manuel García Fernández, propietario del ingenio Bella Vista (véase la tabla 3 del anexo documental).
La estructura de financiamiento del PL se situaba, de ese modo, en el cruce entre las formas de vinculación personalizada y las exigencias tendientes hacia una mayor institucionalización partidaria que se hicieron oír, infructuosamente, en las filas conservadoras tucumanas. La tensión entre una lógica discrecional de obtención de los recursos frente a una centrada en los aportes sistemáticos a la caja partidaria, planteada puertas adentro, remitió a un debate más amplio, que tuvo eco en las esferas nacionales de los partidos durante la década del veinte. En rigor de verdad, la búsqueda de configurar estructuras permanentes para conseguir ingresos constituyó, en la imaginación política de la etapa de entreguerras, una pieza esencial de las pretensiones “modernizantes” de las prácticas políticas (Lichtmajer, 2014). Los proyectos de reglamentación de las organizaciones partidarias presentados en el Congreso de la Nación en 1925 y 1927 reconocieron al financiamiento permanente como una vía prioritaria en la formación del tesoro (Olivero, 1994). Estas nociones fueron recuperadas en la primera reglamentación oficial sobre los partidos, promulgada por decreto durante el gobierno de facto de José Félix Uriburu (1931). Al igual que las sucesivas normas aprobadas hasta la década de 1950, el decreto de 1931 reconoció a las cuotas de los afiliados y a las contribuciones de los candidatos como fuentes prioritarias en la formación del tesoro partidario (Cámara de Diputados de la Nación, 1961, pp. 9-14). Desconocemos el impacto de estas reglamentaciones en el financiamiento de los partidos a nivel nacional. No obstante, si tomamos el caso del radicalismo tucumano durante la década de 1930, el cobro de cuotas permanentes siguió siendo un objetivo imposible de concretar para el principal partido de la provincia (Lichtmajer, 2014).

La distribución reticular de los recursos

Mientras que los modos de obtención de los recursos del PL se asentaron en un esquema acotado, que cargó gran parte del peso sobre las espaldas de los empresarios, su distribución involucró a un vasto elenco de dirigentes a lo largo del mapa provincial. La afluencia de dinero hacia diferentes puntos del territorio tucumano se retroalimentó con las expectativas y demandas de la dirigencia intermedia, vinculada al empresariado azucarero mediante densas redes de interacción política (Lichtmajer, 2017). Guiada por la necesidad de cosechar apoyos masivos y de responder a los imperativos del voto ampliado, la distribución de los recursos adoptó una lógica reticular que permeó en las formas de sociabilidad locales del conservadurismo.
La rendición de gastos de la campaña de 1928 ilustró algunas aristas de este fenómeno, al detallarse tanto el listado de dirigentes que recibieron fondos de la caja partidaria como las cantidades distribuidas en cada caso. En el departamento Capital, por ejemplo, el dinero ($39.530) se canalizó a través de 40 individuos, provenientes de diferentes escalas del entramado liberal –autoridades provinciales, responsables de circuitos, presidentes de organismos de base (véase la tabla 4 del anexo documental)–. Los volúmenes de dinero variaron sobremanera. Algunos organizadores de la campaña recibieron miles de pesos, tales como el candidato a diputado nacional Juan Carlos Cossio ($5.300) o el diputado saliente Miguel Díaz ($4.670), expresidente del partido y tradicional gestor del proselitismo liberal en la provincia. No obstante, las salidas de la caja partidaria también contemplaron sumas pequeñas ($20-$50) destinadas a solventar actividades en una escala micro y a engrosar las redes de interacción liberales en el departamento. Este patrón se repitió, en sus trazos gruesos, en el resto del territorio provincial. Cabe señalar, asimismo, que los fondos fueron entregados por Padilla, lo cual evidenciaba un control centralizado de los gastos. De las 239 sumas otorgadas en toda la provincia, tan solo siete pasaron por las manos del tesorero Rougés. El resto fueron distribuidas por Padilla, quien condensó los roles de financista y administrador de los recursos en la campaña de 1928.31
En esa coyuntura, las presentaciones individuales que algunos dirigentes enviaron a Padilla permiten identificar el destino de los recursos empleados. Estas rendiciones, acompañadas por recibos y comprobantes de los gastos, muestran de qué manera la entrega de dinero de la caja partidaria constituía el primer engranaje de un mecanismo más amplio, que tuvo un efecto multiplicador entre los afiliados y simpatizantes del PL. Cabe detenerse, por ejemplo, en la presentación enviada en 1922 por el presidente del comité “Melitón Camaño” de Juan Bautista Alberdi, ciudad cabecera del departamento Río Chico. El comité fue el principal centro de operaciones de los liberales en el departamento y diagramó el trabajo proselitista en diferentes localidades. En ese contexto, el dinero que Padilla entregó al presidente fue redistribuido a un total de veinte dirigentes, entre los que se contaban autoridades de subcomités de diferentes puntos del departamento. Tales entregas de pequeñas sumas de dinero solventaron tareas múltiples, entre las que se destacan el traslado de votantes, la adquisición de pasajes para los dirigentes locales y la compra de empanadas, un insumo clave de las campañas electorales tucumanas desde el siglo XIX (Navajas, 2003).32
Como se detalla en la tabla 2, la movilidad de votantes también representó el principal gasto de los liberales de la capital durante la campaña para gobernador de diciembre de 1921. Esto es así si se toman en cuenta las sumas invertidas en el alquiler de coches y automóviles, el pago de nafta para transportes prestados por la dirigencia y el pago de pasajes para electores procedentes de diferentes puntos del territorio provincial. A diferencia de Juan Bautista Alberdi, donde prácticamente la totalidad del presupuesto de la campaña se utilizó en movilidad y el reparto de bienes entre los votantes, los recursos destinados a propaganda gráfica y estática tuvieron un peso relevante en la capital provincial. Dichos gastos incluyeron la impresión de afiches y panfletos, así como el costeo de un “tranvía de propaganda con un letrero luminoso” que recorrió las calles de la capital provincial, dispositivo inscripto en el carácter urbano de dicho circuito. El uso de las tecnologías que paulatinamente ganaban terreno en el principal centro urbano de Tucumán durante el proceso de ampliación democrática coexistía, de esa manera, con los métodos personalizados de reclutamiento e interpelación electoral predominantes en las zonas rurales de la provincia.

Tabla 2: Partido Liberal (Tucumán). Gastos de la campaña electoral durante los días 24 y 25 de diciembre de 1921, Departamento Capital


Fuente: Elección de gobernador. Presupuesto para la Capital días 24 y 25. 30 de diciembre de 1921. Carpeta 10, f. 625, CEP.

La distribución reticular de los recursos y su canalización hacia formas personalizadas de construcción de lealtades se observaron también en otras zonas del interior tucumano. En una misiva enviada a Padilla en 1924, el dirigente Justino Correa, de la localidad agrícola de Atahona (departamento Chicligasta), describió sus peripecias a la hora de concretar la tarea asignada por el empresario: el alquiler de caballos para el traslado de votantes. Por tratarse de varias decenas de simpatizantes liberales, Correa requirió el apoyo de cinco correligionarios, que fueron retribuidos económicamente por Padilla.33 Por su parte, las rendiciones enviadas a José A. Concha, dirigente conservador del departamento Chicligasta y administrador de una finca dedicada al cultivo de caña y a otras actividades subsidiarias del ingenio Mercedes, reafirman la relevancia de las vías personalizadas de construcción de lealtades. De manera similar a los ejemplos citados, las principales tareas de Concha durante la campaña eran distribuir fondos entre la dirigencia de la zona, trasladar votantes y proveer bienes (comida, bebida) el día de las elecciones.34
La imbricación entre el reparto de fondos y las interacciones propias de las relaciones de producción azucareras, visibles en el caso de este administrador, tuvieron una singular expresión en la campaña liberal en el ingenio Bella Vista (departamento Famaillá), propiedad de Manuel García Fernández. En ese caso, la afluencia del dinero se canalizó por medio de dieciocho capataces de las colonias de trabajadores, comunidades donde residían los obreros de menor calificación. Los capataces, figuras clave en el organigrama laboral azucarero (Gutiérrez, 2014), actuaban como intermediarios estratégicos en la distribución de los recursos del partido. Así, las tareas inherentes a la agroindustria se yuxtaponían con los compromisos partidarios sustentados por los propietarios de los ingenios, quienes impartían las directivas políticas a sus subordinados. Al igual que en los ejemplos anteriores, las formas personalizadas de construcción de lealtades representaron los gastos principales del partido en Bella Vista: el traslado de votantes y la entrega de dinero a los votantes el día de las elecciones, encabezaron los desembolsos del partido en ese circuito.35

Consideraciones finales

Las transformaciones en la mediación entre la sociedad y la política, al calor del proceso de ampliación democrática desarrollado en Argentina desde la década de 1910, obligaron a los partidos a repensar sus formas de organizarse y de cosechar apoyos. Un electorado más numeroso y una inédita competencia interpartidaria llevaron a la configuración de organizaciones cada vez más complejas y extendidas territorialmente. Una de las consecuencias menos estudiadas de ese proceso fue el encarecimiento de la actividad política en general, y de las campañas proselitistas en particular. En efecto, las respuestas ensayadas por las dirigencias partidarias a lo largo del país dieron lugar a un amplio repertorio de prácticas, cuyas modulaciones fueron escasamente examinadas por las investigaciones sobre este período.
En el caso del PL, el análisis de los modos de obtención y distribución de los recursos contribuyó a dilucidar las complejas relaciones entabladas al interior del empresariado azucarero y sus vínculos con la dirigencia intermedia a través del financiamiento. Asimismo, el reparto de los fondos remitió a una dimensión clave de la interpelación conservadora, al involucrar a las diferentes escalas del entramado partidario. Al develar las prácticas y debates en torno a un problema acuciante, relacionado con la capacidad de desplegar su acción proselitista en el territorio provincial, el estudio de tales aristas reveló las incertidumbres del conservadurismo frente a los desafíos que conllevó la ampliación democrática.
La creación del PL se inscribió en el proceso de reconfiguración del conservadurismo argentino, durante la etapa de acceso al poder y consolidación de la UCR. Frente a la necesidad de construir una organización permanente, competitiva y extendida territorialmente, los liberales modelaron una estructura de financiamiento centrada en los aportes de los ingenios azucareros, actores económicos dominantes de la provincia de Tucumán. Al influjo del protagonismo del empresariado dentro del PL, las contribuciones a la causa conservadora fluyeron por diferentes vías, tales como el patrocinio directo del proselitismo en las zonas cercanas a sus fábricas y los aportes a la caja partidaria. Esta fuente dominante de recursos coexistió con otras, de presencia variable, entre las que destacamos las cuotas de los candidatos a cargos electivos, los recursos de la dirigencia local involucrada en las campañas y los aportes de establecimientos industriales o comerciales. De menor gravitación que los abultados recursos de los ingenios, estas modalidades imprimieron al financiamiento un carácter múltiple que no debe soslayarse.
La centralidad de los recursos de los ingenios modeló un conjunto de prácticas y representaciones que impactaron dentro y fuera del partido. Las remesas de dinero raramente cubrían las demandas de una estructura vasta y difundida territorialmente, apuntalada por la competencia frente a un radicalismo robustecido. En ese marco, los aportes conllevaban un compromiso de relevancia que generó rispideces, disputas y contratiempos entre los empresarios, no siempre dispuestos a colaborar con la caja liberal. Las pujas en torno a la distribución de las cargas y la necesidad de dotar al partido de entradas sistemáticas, menos sujetas a la voluntad de los empresarios ante cada contienda electoral, buscaron mitigarse a partir de iniciativas tendientes a formalizar los aportes mediante cuotas permanentes. Aunque estas no se concretaron, presa de las resistencias de un sector del empresariado, este debate recuperó algunos tópicos que estructuraron los proyectos de reglamentación de la organización y el funcionamiento de los partidos, que se discutieron en el Congreso de la Nación a mediados de los años veinte y fructificaron en las primeras reglamentaciones estatales acerca del financiamiento partidario a comienzos de la década de 1930. Frente a dicho vacío legal, las iniciativas puertas adentro del conservadurismo tucumano remiten a una búsqueda por institucionalizar y sistematizar un problema espinoso de las trayectorias partidarias.
La distribución de los recursos, por su parte, se asentó en una lógica reticular que procuró fortalecer los vasos comunicantes entre el partido y el electorado. A partir de un criterio expansivo, que fue a contrapelo del financiamiento centrado en los empresarios, el reparto de los recursos involucró a un denso entramado de dirigentes locales, que vivificaron la presencia conservadora en el territorio tucumano. El uso de los fondos revelaba, asimismo, la prioridad otorgada a los dispositivos de reclutamiento e interpelación personalizados, en los que el traslado de votantes y la distribución de bienes modelaron ámbitos de sociabilidad de fuerte arraigo en el espacio provincial. La irradiación de los recursos hacia múltiples destinatarios permitió a la dirigencia liberal responder a un desafío vertebral de la ampliación democrática: la construcción de estructuras vastas y capilaridades en un contexto de creciente competencia electoral.
En síntesis, el interrogante sobre el patrocinio empresarial de los partidos durante la etapa de ampliación democrática da cuenta de una faceta clave de las prácticas políticas de los conservadores. La reflexión sobre las vías de obtención y distribución de los recursos remite a una dimensión relevante, aunque poco conocida, de las formas de organización, reclutamiento e interpelación proselitista de los partidos políticos argentinos en las primeras décadas del siglo XX.

Anexo documental

Tabla 3: Partido Liberal (Tucumán). Nómina de aportantes para el sostenimiento del Comité Central (abril-mayo de 1920)


Fuente: Nómina de suscriptores del Partido Liberal a cobrar para sostenimiento del Comité Central por abril y mayo de 1920. Mayo de 1920. Carpeta 10, f. 483, CEP.

Tabla 4: Partido Liberal (Tucumán). Rendición de gastos de la campaña electoral de 1928, Departamento Capital


Fuente: Detalle de los gastos efectuados durante la campaña electoral última (candidatura a Gobernador Ing. José Padilla). 1928. Carpeta 45, fs. 329-334.

Notas

1 Agradezco los comentarios de Silvana Ferreyra y de las evaluaciones anónimas de la revista. Una versión preliminar del artículo fue presentada en las V Jornadas Política de masas y cultura de masas en América Latina: reflexiones teóricas y estudios de caso. Buenos Aires, 12, 13 y 14 de septiembre de 2018, Universidad Nacional de General Sarmiento.

2 Las categorías “conservadores” y “conservadurismo” aluden genéricamente a los grupos políticos desplazados por la llegada de la UCR al poder. A partir de 1916, estos sectores se organizaron en una multiplicidad de partidos provinciales, circunstancialmente articulados en entidades nacionales. Como señaló María Inés Tato (2013), la categoría “conservador” es difícil de precisar para la trayectoria política argentina. Respecto de esta se destacan rasgos como su marcado antirradicalismo, su adscripción mayoritaria al sustrato ideológico liberal y su acendrado pragmatismo, que llevó a dichos grupos a adoptar diferentes estrategias políticas para oponerse al gobierno desde 1916.

3 Se utilizan los términos “liberal” y “liberales” para aludir a miembros del PL.

4 Movimiento Político (12 de junio de 1917). El Orden. p. 5. Archivo Histórico de la provincia de Tucumán (AHT), San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina.

5 Entre los empresarios azucareros pueden destacarse los casos de Alfredo Guzmán, Ernesto Padilla, Marcos y León Rougés y Juan Carlos Nougués, entre otros.

6 Sobre la figura de Ernesto Padilla, véase Silvia Formoso (2009). A lo largo del texto se utilizan los apellidos Padilla y Rougés en referencia a Ernesto Padilla y Marcos Rougés, respectivamente. En las alusiones a José Padilla, hermano de Ernesto, se incluye el nombre completo. Carta de Rougés a Padilla. 7 de junio de 1919. Carpeta 10, fs. 223-225, Colección Ernesto Padilla (CEP), AHT.

7 Carta de Rougés a Padilla. 27 de enero de 1920. Carpeta 10, f. 278.

8 Carta de Rougés a Padilla, 22 de marzo de 1920. Carpeta 10, fs. 297-298.

9 Carta de Rougés a Padilla. 7 de mayo de 1920. Carpeta 10, f. 459.

10 Carta de Rougés a Padilla. 31 de marzo de 1920. Carpeta 10, f. 347.

11 Carta de Rougés a Padilla. 7 de abril de 1920. Carpeta 10, f. 352.

12 La abstención (11 de abril de 1920). Recorte de diario, s.d. Carpeta 10, f. 361, CEP.

13 Carta de Carlos Miranda a Padilla. 22 de diciembre de 1921. Carpeta 10, f. 620, CEP. Alpachiri es una localidad ubicada 17 km al oeste de la ciudad de Concepción (Tucumán). El “ingenio” refería al establecimiento La Corona (Concepción). Cámara de Diputados de Tucumán. Diario de Sesiones. 1926, p. I. Archivo de la Legislatura de Tucumán, Tucumán, Argentina.

14 Carta de Carlos Miranda a Padilla. 22 de diciembre de 1921.

15 Carta de Padilla a Melitón Camaño. 11 de noviembre de 1921. Carpeta 10, f. 597, CEP.

16 Carta de Alfredo Guzmán a Melitón Camaño. 22 de noviembre de 1921. Carpeta 10, f. 610, CEP. El jornal (8 horas) de un obrero azucarero estaba valuado en $3 (Bravo, 2004, p. 64).

17 En las elecciones nacionales de 1922, la UCR de Córdoba declaró gastos por $85.000 (Vidal, 1996). En las elecciones nacionales de 1926, el Partido Socialista de la Capital Federal informó gastos por $25.893 (Valdez, 2014, p. 48).

18Carta de Alfredo Guzmán a Melitón Camaño. 21 de diciembre de 1921. Carpeta 10, f. 619.

19 La nómina manuscrita de Padilla detallaba el dinero enviado a los departamentos Capital, Graneros, Tafí, Chicligasta y Trancas. Pagos hechos directamente desde el viernes 13 de enero. 1924. Carpeta 11, f. 22, CEP.

20 La rendición no determinó si los aportes provinieron del Centro Azucarero Nacional, entidad que nucleaba al empresariado azucarero desde 1894, o del Centro Azucarero Regional de Tucumán, filial creada en 1923 (Lenis, 2016).

21 Carta de Alfredo Guzmán a Melitón Camaño. 22 de noviembre de 1921.

22 Carta de Rougés a Padilla. 11 de abril de 1921. Carpeta 10, f. 569.

23 Rendición de gastos del Comité Liberal “Dr. Melitón Camaño”. 8 de abril de 1922. Carpeta 10, f. 127, CEP.

Cfr. Carta de Roberto Ponssa a Padilla. 21 de marzo de 1922. Carpeta 10, f. 436, CEP.

24 Carta de Rougés a Padilla. 7 de junio de 1919.

25 Carta de Rougés a Padilla. 27 de enero de 1920.

26 Carta de Rougés a Padilla. 7 de junio de 1919.

27 Carta de Melitón Camaño a Padilla. 26 de noviembre de 1921. Carpeta 10, f. 609, CEP.

28 Carta de Alfredo Guzmán a Melitón Camaño. 22 de noviembre de 1921. Carpeta 10, f. 610.

29 Carta de Alfredo Guzmán a Melitón Camaño. 22 de noviembre de 1921. La información disponible no alcanza para precisar quiénes eran los “extranjeros” a los que se refería Guzmán. Puede inferirse, no obstante, que su expresión no tendría un sentido literal y que aludiría a dirigentes ajenos al partido.

30 Partido Liberal. Gastos de la Sección Norte. Enero de 1921. Carpeta 10, f. 541, CEP. Cfr. Carta de Domingo Almirón a Padilla. 31 de enero de 1921. Carpeta 10, f. 521, CEP.

31 Detalle de los gastos efectuados durante la campaña electoral última (candidatura a Gobernador Ing. José Padilla). 1928. Carpeta 45, fs. 329-334.

32 Rendición de gastos del Comité Liberal “Dr. Melitón Camaño”.

33 Carta de Justino Correa a Padilla. 14 de diciembre de 1924. Carpeta 11, f. 51, CEP.

34 Carta de José Concha a Padilla. 13 de diciembre de 1921. Carpeta 10, f. 616, CEP.

35 Dinero entregado a los capataces del Ingenio Bella Vista para propaganda política por orden de los doctores Colombres y Álvarez, s.f. (circa 1918). Carpeta 10, f. 211, CEP.

 

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Recepción del original: 15 de abril de 2019.
Aceptado para publicar: 23 de julio de 2019.

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