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DOI: http://dx.doi.org/10.19137/qs.v21i3.2112

DEBATES, ENSAYOS Y CONFERENCIAS

 

Estados en crisis, agudización de los conflictos étnicos-sociales en América latina, 1980-20161

Jorge Pinto Rodríguez2

 

Introducción

Aunque este Congreso Internacional ha sido convocado para analizar la situación de los pueblos indígenas de América Latina entre los siglos XIX y XXI, voy a iniciar mi intervención con algunas reflexiones formuladas por Bernie Sanders durante la campaña para designar al candidato demócrata en la última elección presidencial en Estados Unidos. Entonces, decía Sanders, y lo cito textualmente:3

“En los últimos 15 años, cerraron casi 60 mil fábricas en el mundo, y desaparecieron más de 4,8 millones de empleos manufactureros bien pagados. Buena parte de esto está relacionado con los desastrosos tratados comerciales que estimulan a las empresas a instalarse en países de bajos salarios.”

“A pesar de significativos incrementos de la productividad, el asalariado medio de los EEUU gana 726 dólares menos de lo que ganaba en el año 1973, mientras que la asalariada media gana 1.154 dólares menos de lo que ganaba en el año 2007, con datos que toman en cuenta la inflación.”

“Casi 47 millones de estadounidenses viven en la pobreza. Un estimado de 28 millones no tiene seguro médico, mientras muchos otros disponen de seguros insuficientes. Millones de personas se debaten contra intolerables niveles de deuda estudiantil. Tal vez por la primera vez en la historia moderna, nuestras generaciones jóvenes tendrán muy probablemente un nivel de vida inferior al de sus padres. Puede ser alarmante, pero millones de estadounidenses de baja formación profesional tendrán una esperanza de vida más corta que la generación precedente y sucumben a la desesperanza, las drogas y el alcohol.”

“Mientras tanto, en nuestro país la décima parte más rica del 1% más rico, posee tanta riqueza como el 90% más modesto. El 58% de todos los nuevos ingresos va al 1% más rico. Wall Street y los mil millonarios, a través de sus “super PACs”, pueden comprar las elecciones.”

“En mi propia campaña, hablé con trabajadores que no logran vivir con salarios de 8 o 9 dólares la hora; con jubilados que luchan para comprar las medicinas que necesitan con pensiones de la Seguridad Social de 9 mil dólares al año; con jóvenes que no pueden acceder a la universidad. También visité a los ciudadanos estadounidenses de Puerto Rico, dónde 58% de los niños viven en la pobreza y sólo poco más del 40% de la población adulta tienen un trabajo o está buscando empleo”.

“Seamos claros. La economía global no está funcionando para la mayoría del pueblo ni en nuestro país ni en el mundo. Este es un modelo económico diseñado por la elite económica en beneficio de la elite económica. Necesitamos un cambio real.”

Este modelo económico, que conocemos con el nombre de “neoliberal”, es el mismo que la elite económica y política instaló en América Latina, provocando una serie de consecuencias negativas para la población, los recursos naturales y el medio ambiente. También está lanzando a las calles a estudiantes, trabajadores, hombres y mujeres de la tercera edad a protestar por el atentado a sus derechos de una vida digna. Para esto, nuestras elites políticas capturaron al Estado, desde donde impulsan medidas que favorecen a los grupos económicas que se adueñaron de nuestros países, desconociendo las demandas de trabajadoras y trabajadores.

Los Estados en América Latina en los siglos XIX y XX

Nadie duda que los Estados latinoamericanos cumplieron distintas tareas en el curso de los siglos XIX y XX. Inicialmente, los próceres de la Independencia tuvieron que preparar las bases jurídicas sobre las cuales sostenerlos, generar condiciones para dotarlos de bases materiales mediante economías sustentadas en las exportaciones de materias primas y dibujar sus territorios en medio de un desconocimiento de la geografía, que más tarde daría origen a una serie de conflictos bélicos. Algunos países lograron avanzar más rápidamente; aunque todos quedaron atrapados a medio camino sin alcanzar el progreso anhelado, por la incapacidad de modernizar sus economías y responder a las demandas de los grupos sociales más desprotegidos.
En la segunda mitad del siglo antepasado, la elite, inspirada en el positivismo y la convicción de que los países europeos (Francia, especialmente), anunciaban el futuro de la humanidad, iniciaron una dura batalla contra nuestros pueblos originarios, a los cuales hicieron responsables de la incapacidad de lograr el progreso. La expresión de Domingo F. Sarmiento, “civilización y barbarie” resumió un pensamiento que tempranamente expuso Esteban Echeverría en su Dogma Socialista y que inspiró esta lucha contra el indígena que recorrió nuestro Continente, desde México hasta Tierra del Fuego. Algunos intelectuales, entre los cuales se podría mencionar al historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna, se enorgullecían de haberlo eliminado en sus países. Al comparar Chile con México, Vicuña Mackenna decía que “aunque seamos sólo dos millones de almas representamos una población casi tan grande como la de Méjico, que tiene seis millones de indios, enteramente inútiles para la civilización, i por consiguiente, más inclinados a combatirla que a aceptarla” (1867, p. 15, citado por Pinto Rodríguez, 2003, p. 162).
Quienes manipulaban los Estados en toda América Latina compartían esta visión, denunciada en los albores del siglo XX por intelectuales que se plantearon críticamente frente al positivismo. Al hacernos nacionalistas, decía José de Vasconcelos en México, nos derrotamos a nosotros mismos. Los creadores de nuestro nacionalismo fueron, sin saberlo, los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del Continente (1966, p. 18, citado por Pinto Rodríguez, 2003, p. 277). El venezolano Rufino Blanco Fombona fue todavía más lejos. En su artículo El Modernismo y los poetas modernistas, publicado en 1912, sus críticas fueron lapidarias, decía: “Al distanciarnos de nuestras raíces y transformarnos en imitadores de Europa, nos hemos desprendido de nuestra raza espiritual.” Y agregaba Blanco Fombona: “No somos hombres de tal o cual país; somos hombres de libros; espíritus sin geografía, poetas sin patria, autores sin estirpe, inteligencias sin órbita, mentes descastadas....No somos creadores. Poseemos espíritu femíneo. Necesitamos de fecundación para parir. Somos poetas fecundados” (citado por Martínez Blanco, 1988, pp. 141-142).
En este Continente, con hombres sin geografía y que se movían al impulso de las corrientes que llegaban de Europa, los propios hijos de la tierra no tenían espacio y si lo tenían, era para desgracia nuestra. Por eso, el argentino Carlos Octavio Bunge vio al indio sin futuro, “avergonzado, corrido, ofuscado, aniquilado por la civilización” y al mulato, “irritable y veleidoso como una mujer...fuerte de grado y débil por fuerza”. Mestizos y mulatos, decía Bunge en 1903 en Nuestra América, son “impuros ambos, ambos atávicamente anticristianos, son como las dos cabezas de una hidra fabulosa que rodea, aprieta y estrangula, entre su espiral gigantesca, una hermosa y pálida virgen: ¡Hispano- América!” (Citado por Martínez Blanco, 1988, pp. 167-171).
La imagen de Bunge no puede ser más dramática: nuestro Continente estrangulado por nosotros mismos; por aquellos cuyo drama consistía, precisamente, en ser excluidos y aplastados por una cultura oficial que intentaba construir una identidad que poco o nada tenía que ver con nosotros, una identidad que arrancaba de la imitación y del espíritu femíneo que denuncia Blanco Fombona. No sin razón, Manuel González Prada en Nuestros indios llegó a decir en 1908: “donde se lee barbarie humana tradúzcase hombre sin pellejo blanco” (citado por Rovira, 1992, pp. 135-143).
La propia idea de América Latina se había fraguado en Francia, a mediados del siglo XIX, para designar un Continente que en medida muy importante seguía siendo invención de Europa y que ese país quería recuperar para su esfera de influencia (Ardao, 1980).
La novela indigenista y el ensayo también recogieron el drama que causó a nuestros pueblos originarios el Estado fraguado en el siglo XIX. Al margen de las distintas corrientes y connotaciones que los especialistas han descubierto en estas obras, la que surge por esos años transmite una sensación de derrota, y pesimismo.4 Tal vez una de la más ilustrativa sea Raza de Bronce, del escritor boliviano Alcides Arguedas.
Arguedas presenta al indio boliviano agobiado por una explotación que lo hunde en el fondo de la sociedad, rumiando odios y rencores contra el blanco. En otro ensayo, este autor señaló que la dureza del clima y del suelo lo había empequeñecido, otorgándole una concepción siniestra y pesimista de la vida.5 Cuando aprende a leer y asciende en la escala social, dice Arguedas, reniega de su origen y se transforma en otro explotador de indios. El futuro parece clausurado.6 Veinte años después, Ciro Alegría mostraba una situación muy parecida en su novela El mundo es ancho y ajeno. De nada vale la sabiduría ancestral del viejo alcalde Rosendo Maqui. El indio, y también el mestizo, terminaron transformándose en seres sin destino: Benito Castro, el mestizo que salió de la comunidad de Rumi para volver a ella a luchar por los suyos, terminó reconociendo que el mundo era ancho, pero siempre ajeno para ellos. Convertidos en hijos del viento, el ecuatoriano Jorge Icaza los imaginó desarraigados en su propio suelo.

Salvar la nación

Ese modelo oligárquico, agotado a fines del siglo XIX, derivó en las protestas y movilizaciones que se produjeron a comienzos del XX, cuya expresión más compleja fue la Revolución Mexicana. El desafío para nuestras elites fue entonces “salvar la nación”. Patricia Funes (2006) en su libro titulado, precisamente, Salvar la nación, desmenuza esta fase de nuestra historia marcada por los debates acerca de nuestra identidad, nuestros pueblos originarios y el destino de un Continente que, en opinión de los grupos más conservadores, había extraviado el camino al distanciarse de los valores de la Iglesia y los que habíamos heredado de la hispanidad. Por contraste, los jóvenes de Córdoba apelaban a los hombres libres del Continente para trazar una historia distinta.
Sin embargo, salvar la nación, tenía también otra dimensión. Nuestras economías habían demostrado una tremenda incapacidad para enfrentar la competencia de aquellos países que habían logrado modernizar sus sistemas productivos. Se desploman los modelos exportadores de materias primas y se contrae el comercio internacional por efecto de la Primera Guerra Mundial. La crisis de 1929 fue una especie de golpe de gracia que nos dejó, aún, en condiciones más precarias. Por esta razón, junto a los grupos que discutían acerca de nuestra identidad y cultura, emergió una generación de profesionales que se dieron cuenta que de no resolverse los problemas económicos derivados del viejo modelo exportador, las bases materiales que sostenían la nación provocarían efectos tal vez más grave.
Aunque el debate de cuándo se inicia la industrialización todavía no concluye, hay consenso de que ya está instalada hacia los años cuarenta del siglo pasado. Al mismo tiempo, se ha asumido que esta reconversión económica se hizo desde el Estado, cuya función se modificó sustancialmente. Ya no se trataba de sentar sus bases jurídicas ni establecer sus territorios; la tarea consistía ahora en transformarse en el motor de los cambios económicos. Esta responsabilidad derivó pronto en el surgimiento del Estado de bienestar social, cuya meta era permitir que los trabajadores dispusieran de excedentes para acudir al mercado a consumir lo que la industria producía. Por esta misma razón, se iniciaron diversas discusiones acerca de lo que significaba el predominio de economías agrarias, con escasa capacidad para impactar al mercado. No fueron pocos los autores que pensaron que los problemas de América Latina estaban en el agro. El desafío consistía en como arrastrar al campesinado a procesos de modernización y acoplamiento a un sistema capitalista que necesitaba acelerar los niveles de consumo.
Según los autores que analizaron esta situación, a medida que el capitalismo industrial avanzaba en América Latina y las demandas sociales se ampliaron, la distancia entre las economías agrarias y las industriales (urbanas en su mayoría), se hizo más evidente. Fue la época en que se presumió que la economía latinoamericana era dual y que correspondía a los sectores más avanzados arrastrar a los más atrasados al desarrollo. Teodor Shanin (1983) llegó aún más lejos. Al referirse al campesinado, habló de una “clase incómoda” que solo producía para su propio consumo y para cumplir con las obligaciones impuestas por los grupos dominantes. “Hay que cambiar al agro para cambiar al Perú”, fue la orden del presidente Velasco Alvarado en el Perú, en 1969, recogiendo varias de las ideas que circulaban sobre la agricultura latinoamericana (citado por Revesz, 1989, p. 13).
Y esto tocó de nuevo a nuestros pueblos indígenas. Considerados el eslabón más atrasado del agro, se les abrían dos caminos: el primero, consistía en intervenirlos para que modificaran sus modos de producción ante la amenaza de que se convirtieran en los cordones suicidas del desarrollo; y, el segundo, sumarse a la lucha encabezada por el proletariado y campesinado cuando la revolución se planteó como una alternativa para resolver los problemas económicos, sociales y políticos del Continente. Al menos eso ocurrió en Chile y Bolivia, cuando, en este último país, el Che Guevara se esforzó por incorporar a la guerrilla a guaraníes, aymaras y quechuas. Los resultados para el pueblo mapuche, en el caso de Chile, fueron dramáticos. La dictadura se ensañó con ellos después del 11 de septiembre de 1973.

Los golpes de Estado, el neoliberalismo y la nueva resistencia mapuche

Los golpes de Estado que sacudieron a nuestro Continente en los años sesenta y setenta clausuraron los caminos y colocaron a toda América Latina en una de las situaciones más dramáticas vividas en la época republicana. Aunque una inmensa mayoría de la población fue castigada, una vez más nuestros pueblos originarios tuvieron que pagar un precio muy alto por los efectos de la política impulsada por el neoliberalismo.
Obligados a iniciar un proceso de reconversión económica para ponerse a tono con las exigencias de ese capitalismo tan voraz, muchos tuvieron que seguir migrando a las ciudades o convertirse en mano de obra barata en las grandes propiedades de los nuevos dueños de la tierra, para sobrevivir en medio de una pobreza que ha ido en aumento.
Se acelera, a su vez, una nueva invasión a sus territorios encabezada por las empresas forestales, hidroeléctricas y mineras, amparadas por los Estados neoliberales. Esta invasión, junto con acentuar la pobreza, inequidad y los abusos contra los antiguos dueños de la tierra, castiga severamente los recursos naturales, el medio ambiente, los cursos de las aguas y agrava la contaminación provocada por pesticidas, que hace más compleja la situación.
La respuesta de algunos comuneros no tardó en llegar. En el caso de Chile, en 1997 la Coordinadora Arauco Malleco (CAM) se hizo responsable de la quema de camiones en la zona de Lumaco, provincia de Malleco, al norte de Temuco, declarando una guerra frontal al Estado capitalista y a las empresas que éste protege. Desde ese momento, la lucha empieza a endurecerse bajo las premisas de que a la violencia del Estado se debe responder con la violencia del weichafe (guerrero mapuche) y de que la tierra no se compra, se recupera.
En los últimos años, la CAM ha encabezado esta lucha a la que se han sumado últimamente otros grupos inspirados en los mismos principios, tanto en Chile como en Argentina. En este último país, la organización Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), vinculada a la CAM, sigue sus pasos, con la convicción de que es posible modificar una historia de abusos, atropello e injusticias.
Mientras tanto, nuestros Estados han demostrado su absoluta incapacidad para enfrentar una situación que generaron hace ya más de 150 años, cuando ocuparon el Gulumapu con la violencia que caracterizó a este proceso. Convertidos en la actualidad en “Estados gerenciales” e “injuriosos”, siguen provocando un enorme daño a nuestros pueblos originarios. Convencidos en los siglos XIX y XX de que acabar con el “indio” abriría las puertas al futuro, cometieron un error que hoy día lo estamos pagando muy caro.

Notas

1 Esta conferencia se dictó en el acto de clausura del II Congreso Internacional Los pueblos indígenas de América Latina, siglos XIX-XXI. Avances, perspectivas y retos, el 23 de septiembre de 2016, en la Universidad Nacional de La Pampa, Santa Rosa, La Pampa, Argentina. Fue preparada en el marco del Proyecto de Investigación La construcción socioimaginaria del Estado y de la Democracia en el discurso de las memorias personales de actores políticos, militares y religiosos en Chile, financiado por el Fondo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica de Chile (FONDECyT, Proyecto Nº 1161253), dirigido por el Dr. Juan Manuel Fierro y del cual el autor es coinvestigador. Partes de esta presentación han sido publicadas en Jorge Pinto Rodríguez (2003) y en los capítulos: Los orígenes del conflicto Estadopueblo mapuche en el siglo XX; Colonos, ocupantes nacionales, campesinos y obreros de La Araucanía, 1900-1973; La instalación del neoliberalismo y sus efectos en La Araucanía, 1950-1980, ver Pinto Rodríguez (2015). Agradecemos al Dr. Jorge Pinto Rodríguez este aporte para publicarlo en Quinto Sol.

2 Universidad de La Frontera. Temuco, Chile. Correo electrónico: jorge.pinto@ufrontera.cl.

3 Aparecen bajo el título de Demócratas…¡Despierten! en el medio electrónico Politika diarioelect.politika@gmail.com a través de madmimi.com.

4 Sobre el carácter de la novela indigenista de la primera mitad de ese siglo, remito al lector a los trabajos de Catherine Saintoul (1988) y Braulio Muñoz (1996).

5 Ver de Alcides Arguedas Pueblo enfermo. Un fragmento en Zea (1993, pp. 207-218).

6 Comentarios interesantes sobre la obra de Arguedas, en Marta Irurozqui (1994). Sobre este punto y lo señalado en los párrafos anteriores véase también Pinto Rodríguez (2003, pp. 276-284).

 

Referencias bibliográficas

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