RESEÑAS

Claudia Daniel. Números públicos. Las estadísticas en Argentina (1990-2010). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, Serie Breves, 2013, 304 páginas.

Hernán Otero
IGEHCS-UNCPBA/CONICET

Muy pocos temas de los debates actuales resultan tan relevantes y urgentes como el que nos plantea Claudia Daniel en su libro sobre las estadísticas argentinas del período 1990-2010, aunque sería un error reducir el alcance del texto a su asociación, ciertamente crucial, con la evolución de una coyuntura política que, tanto durante las llamadas reformas neoliberales menemistas como durante el kirchnerismo, tensó dramáticamente las relaciones entre mercado, política y estadísticas.
Como lo propone el título, que recorta un tema de indagación e introduce un concepto de gran potencial teórico y heurístico, el libro se aboca al estudio de los números públicos definidos por la autora a partir de cinco rasgos básicos. En primer lugar, los números públicos son aquellos que tienen un origen técnico y que, a diferencia de muchas otras cifras producidas por la sociedad moderna, logran luego una circulación muy amplia, principalmente a través de los medios masivos de comunicación. En segundo lugar, gozan del prestigio asociado a su producción, más o menos compleja para el gran público, pero rodeada siempre de algún grado de tecnicismo. En tercer término, e íntimamente ligado a lo anterior, suponen grados de confianza en los usuarios y en el público en general, que pueden ir desde el consenso hasta la crítica o impugnación. Los números públicos se caracterizan, asimismo, por su performatividad, ya que no solo describen una realidad sino que también pueden influir sobre ella al aportar elementos que inciden sobre las percepciones, expectativas y conductas de los actores sociales. Por último, tanto su producción como su interpretación y usos se ligan directamente a las posiciones expertas de profesionales de diversos campos académicos, como sociólogos, estadísticos, politólogos y economistas. Así definidos, debe quedar claro que los números públicos no son sinónimo de números oficiales o gubernamentales, ya que su producción puede ser tanto estatal como privada, dos ámbitos que, debido a sus múltiples interconexiones, no pueden ser concebidos como comportamientos estancos.
Esta definición, al igual que otras que se desarrollan en el texto, es tributaria de una línea directriz que consiste en pensar a las estadísticas como objetos culturales, precepto que inscribe al libro en la sociología y la historia de la producción estadística. Este campo académico es por definición multidisciplinar y heterogéneo, reconoce varias tradiciones intelectuales europeas y americanas, destacándose en el libro que nos ocupa aquellas que, a través de la obra liminar de Alain Desrosières, provienen de la tradición sociológica francesa en general y de la obra de Pierre Bourdieu en particular. En estas coordenadas, el libro constituye un substancial y decisivo aporte a la progresiva consolidación de un área de estudios sobre la producción estadística en la Argentina.
Además de la introducción y las reflexiones finales de rigor, el libro se estructura en tres capítulos que analizan sendos números públicos: el riesgo país, los resultados de las encuestas políticas y el índice de precios al consumidor. Un poco a la manera de los microhistoriadores italianos (que proponen la elección de un conflicto para desentrañar, a partir del mismo, la trama más amplia y compleja que lo produce), la autora elige sabiamente indicadores que ilustran cabalmente la definición propuesta de números públicos y el carácter conflictivo que los mismos pueden asumir.
En el primer capítulo (“914. Riesgo país, el termómetro de la crisis”), Daniel analiza el pasaje de este índice desde el mundo financiero a la arena política y su creciente relevancia durante el gobierno de Fernando de la Rúa que desembocó en la crisis de 2001. Entre otros aspectos, el capítulo reconstruye las formas de elaboración del índice y la alquimia a través de la cual un conjunto heteróclito de evaluaciones subjetivas se convierte en un índice final de apariencia objetiva. A través de un muy logrado análisis de coyuntura, desgrana los enjeux de la medición, desde los más científicos hasta la trama de intereses políticos y financieros que permitieron que el riesgo país se convirtiera en un instrumento de condicionamiento de la política gubernamental. Resulta particularmente lograda la sección “La obturación” en la que se analiza una situación frecuente en la sociología del conocimiento estadístico: aquella en la que un indicador se convierte en referente único de una realidad mucho más compleja y de la que existen muchos y más relevantes indicadores alternativos. La lectura propuesta por Daniel explora asimismo los efectos psico-sociales del riesgo país, en tanto moldeador de la subjetividad colectiva, y el rol decisivo jugado por los medios masivos de comunicación en esos procesos. Un punto capital, que diferencia al indicador analizado en este capítulo de los demás, es la recurrencia obligada a una escala de indagación mucho más amplia que el caso nacional ya que incluye para su cabal comprensión a actores políticos y económicos internacionales, como los operadores en los mercados financieros, los tenedores de bonos, los fondos de inversión y las agencias calificadoras de riesgo.
En el segundo capítulo (“+/- 2.5. Ascenso y traspié de las encuestas políticas”), reconstruye el ciclo de auge y caída de la confianza pública hacia las encuestas políticas y preelectorales, fenómeno que no es exclusivamente argentino pero que adquirió tal vez una mayor velocidad en nuestro país. A partir de la discusión crítica del concepto de opinión pública y con el telón de fondo de la conflictiva relación entre la producción de encuestas y la pérdida de peso de los partidos políticos en el caso argentino, la autora revisa la historia de los errores en los pronósticos preelectorales (algunos por equivocaciones metodológicas, otros por simple manipulación); la pérdida de espacio de los encuestadores frente a periodistas y políticos; el uso de las encuestas como arma de lucha política; los proyectos legislativos de reglamentación de la actividad (que culminan en la Ley 26571 de Democratización de la Representación Política del año 2009) y el debate entre regulacionistas y antiregulacionistas que, al igual que en otras latitudes, supone responder a la pregunta de si la difusión de los pronósticos electorales afecta o no la conducta de los votantes. A diferencia de los restantes capítulos, construidos sobre todo a partir de información bibliográfica y periodística, esta parte del libro incluye también investigación empírica del mundo de las encuestas y sondeos de opinión, recurriendo a otros registros como las entrevistas a actores claves. Esta ampliación heurística explica la inclusión de otro aspecto esencial de la producción estadística: el de la formación de los encuestadores de opinión que, en el caso argentino, ocurre en el espacio profesional de las propias consultoras, hecho que si bien presenta algunas ventajas contribuye a una formación más insuficiente que en otros países.
El tercer capítulo (“1,1 %. El índice en cuestión”), sin duda el de mayor actualidad, focaliza su atención en la crisis de credibilidad del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), hasta entonces un organismo referente en el plano internacional, producida por la intervención de facto del organismo por el gobierno nacional en enero de 2007 con el fin de controlar la elaboración del Índice de Precios al Consumidor (IPC), indicador clave para el análisis de la inflación y para múltiples instancias legales y conductas sociales. Sopesando la abundante producción mediática escrita en los últimos años, la autora propone una reconstrucción en tres direcciones que permiten contextuar más adecuadamente el problema. En primer lugar, un análisis histórico de las formas de medición, desde las pioneras encuestas de consumos de Alejandro Bunge en el período de entreguerras hasta los cuestionamientos previos al IPC de figuras como Alfredo Martínez de Hoz, durante la dictadura militar, Domingo Cavallo en la etapa menemista o el propio Lavagna en los años iniciales del kirchnerismo, saga que -conviene enfatizarlo- sugiere una línea de continuidad en la desconfianza de gobiernos de distinto signo político hacia la producción autónoma de datos por parte del principal organismo estatal en la materia. En segundo lugar, y al igual que en el primer capítulo, la autora contextúa los procesos de medición mediante la inclusión de los cambios ocurridos en las políticas económicas, en este caso las implementadas tras el abandono de la convertibilidad. Por último, pone la lupa en “la explosión de productores” que, desde el ámbito no estatal (consultoras, fundaciones y universidades privadas), elaboraron IPC alternativos, cuyas reglas de producción y usos, al igual que las del IPC oficial, también deben ser analizadas críticamente. El capítulo problematiza las múltiples aristas del conflicto y las paradojas de la situación actual que, como bien señala Daniel, no puede ser sostenible en el tiempo.
Dejando de lado los contenidos específicos de cada capítulo, cuya riqueza hemos pretendido ilustrar pero en modo alguno resumir, el libro en su conjunto presenta algunas virtudes destacables. En primer lugar, la capacidad de la autora de transmitir al lector un conjunto de temas, pero también de teorías, hipótesis, discusiones metodológicas, que pueden ser muy complejas o incluso incomprensibles (como lo sugiere el viejo slogan de la estadística: “¿para qué hacerlo simple si puede hacerse complicado”) y lo hace gracias a una clara y lograda vocación didáctica y a un refinado ejercicio de escritura. En segundo lugar, el importante rol asignado a la historia en cada uno de los temas, algo que los productores de datos tienden a olvidar con frecuencia, le otorga al libro una espesura temporal mucho mayor que la que sugiere el subtítulo. En el mismo sentido, incluye referencias a otros países y contextos que permiten limitar la vocación excepcionalista que suele caracterizar a los estudios basados en un solo país, tanto más si ese país es la Argentina.
En el plano de los matices y no de las objeciones, podría argumentarse que el enfoque propuesto tiende por un lado a sobrestimar el conflicto, ya que la autora ha tenido la habilidad de elegir números públicos particularmente críticos por su conexión directa con la arena política y económica. En tal sentido, sería relevante preguntarse por los números más consensuales o, si se prefiere, menos sometidos a discusión o impugnación ya que, como lo propone la propia definición de Daniel, los números públicos también pueden experimentar altos niveles de consenso. En dirección análoga, podría sostenerse que tiende a subestimar el conflicto, al menos en relación a la situación del INDEC a partir de 2007, ya que la concentración en el IPC (tanto el oficial como los alternativos de origen privado) y en sus usos y recepción en la arena política, corre el riesgo de dejar en segundo plano la inusitada violencia institucional producida por la intervención. Más claro aún, la crisis del IPC no es solo la crisis de un indicador estadístico (o de las formas de elaborarlo), algo a lo que todos los indicadores se enfrentan tarde o temprano, sino ante todo un punto de ruptura mayúsculo en la evolución del principal organismo del sistema estadístico nacional, ruptura que –conviene precisarlo- no registra antecedentes equiparables en la historia argentina.
En suma, la calidad argumental desplegada por la autora, un mérito nada menor en un tema en principio poco propicio para la narración histórica, la pertinencia de los conceptos utilizados y la capacidad de congeniar la producción científica con debates actuales, entre otros méritos, hacen de Números públicos un libro de notable originalidad en el contexto argentino y de lectura obligada para todos aquellos que se interesen en la producción estadística, sea como especialistas o ciudadanos ávidos por comprender la sociedad actual.