http://dx.doi.org/10.19137/qs0832

ARTÍCULOS

Comando de Organización: un peronismo plebeyo, combativo y nacionalista (1961-1976)1

Juan Pedro Denaday2

Resumen: En el presente artículo se sintetizan las principales conclusiones de una primera investigación sobre el Comando de Organización de la Juventud Peronista. Se comienza por reconstruir las redes militantes de las cuales surgieron los activistas que, liderados por el dirigente peronista Alberto Brito Lima, fundaron la agrupación. Se desarrolla una descripción y análisis de aquellos rasgos políticos, ideológicos, sociológicos y culturales que se identifican como los más relevantes a los fines de hacer una caracterización del Comando de Organización. Se indaga cómo la muerte de varios de sus integrantes en episodios políticos violentos dio sitio a la construcción de un martirologio funcional a la recreación de una mística heroica, que alimentó un militantismo combativo ideológicamente asociado a un imaginario de cuño nacionalista. La reconstrucción de la historia de esta agrupación nacida a comienzos de la década del sesenta, nos aporta información que consideramos significativa para interpretar la beligerante interna justicialista acontecida en el primer lustro de la década del setenta. En la medida que estos activistas peronistas tuvieron un protagonismo en dichos acontecimientos, su estudio brinda elementos para hacer inteligible la dinámica de ese controvertido período histórico signado por el fenómeno de la violencia política.

Palabras clave: Juventud Peronista; Comando de Organización; Brito Lima; Violencia política; Nacionalismo.

Command of Organization: a plebeian, combative and nationalistic Peronism (1961-1976)

Abstract: In this article the main findings of the first investigation about the group Command of Organization of the Peronist Youth are presented. It begins by rebuilding the militant networks out of which emerged activists, led by Peronist leader Alberto Brito Lima, that founded the group. A description and analysis is made concerning those political, ideological, sociological and cultural characteristics that are identified as the most relevant ones for the purposes of making a characterization of the Command of Organization. It is shown how the death of several of its members in politically violent episodes, gave place to the construction of a martyrdom that was functional to the recreation of a heroic mystique that fueled a combative militancy ideologically associated to a nationalist imaginary. The reconstruction of the history of this group, born in the early sixties, gives us information that we consider significant to interpret the belligerent internal differences within Peronism occurred in the first half of the seventies. Since these Peronist activists played a protagonic role in these events, their analysis provides us with elements to make intelligible the dynamics of the controversial historical period marked by the phenomenon of political violence.

Key words: Peronist Youth; Command of Organization; Brito Lima; Political violence; Nationalism.

Comando de Organización: un peronismo plebeyo, combativo y nacionalista (1961-1976)

Desde que Luis Alberto Romero (2007) realizara un exhaustivo estado de la cuestión sobre el problema de la violencia política en la historia argentina reciente, el campo no ha dejado de ampliarse con múltiples trabajos historiográficos y periodísticos. El estudio de caso aquí abordado se inscribe en una de las líneas de investigación emergentes en los últimos años, interesada en trascender los confines de las izquierdas para ampliar la indagación hacia otros militantismos políticos e intelectuales. No se trata desde luego de desestimar la notable relevancia epocal de aquellos frecuentados protagonistas, sino de atender a otras dimensiones del fenómeno de radicalización política. Una síntesis de intenciones con un conjunto de artículos y referencias bibliográficas se puede hallar en el dossier coordinado por Humberto Cucchetti (2013), cuyo trabajo previo sobre los grupos que confluyeron en el trasvasamiento ha sido pionero en la construcción de una mirada más atenta a la pluralidad de corrientes internas del peronismo de los sesenta y setenta (Cucchetti, 2010). Estas líneas de indagación, así como la sugerida por Sebastián Carassai (2013), concurren para facilitar la composición de un cuadro histórico más holístico que viene a matizar la imagen algo unilateral de un genérico “giro a izquierda”, extendido en forma inespecífica a conjuntos sociales, etarios y políticos más abigarrados que lo sugerido por aquella fórmula.3
Aunque no inexistente, la escasa producción escrita del Comando de Organización de la Juventud Peronista (CO) en comparación con lo extenso de su trayectoria, nos compele a un análisis historiográfico donde adquieren cierta relevancia las fuentes orales. Si en general el lenguaje tiene un carácter performativo y los relatos nativos no traducen de manera mecánica la complejidad propia de la dinámica de lo real, el escollo se agudiza al tratar con testimonios orales, en los cuales los problemas relativos a la distancia temporal y las distorsiones de los actores se ven acrecentadas por las lagunas y las operaciones deliberadas o inconscientes de la memoria subjetiva. Aquí nos interesa, como lo ha sugerido Daniel James, respetar una “fidelidad al sentido” antes que ir en búsqueda de una finalmente inhallable exactitud informativa, utilizando esas fuentes principalmente como un medio para la reconstrucción de las experiencias nativas en sus marcos más “tangibles y habituales” (2004, pp. 126-140). Sin desestimar la posibilidad que nos otorgan de obtener información en muchos casos de otro modo inaccesible, simultáneamente nos ayudan a transitar el camino de la nueva historia política prestando especial atención a las prácticas, los discursos y lenguajes, “facilitando la rehabilitación de la palabra del actor histórico”, no porque allí radique la verdad sino porque el sentido de su acción resulta inaprensible “sin referencia a esa palabra” (Altamirano, 2005, p. 16).
No obstante, los testimonios se analizan y contrastan tanto con publicaciones escritas en distintas épocas de la agrupación, como con las referencias de otros actores y de la prensa periodística. De esta manera, en este artículo sintetizamos los resultados de una primera investigación sobre aspectos destacados de una parte del itinerario del CO, desde su fundación hasta su participación en la interna del peronismo setentista. En primer lugar, rastreamos los orígenes y describimos una serie de rasgos perdurables, atendiendo a sus características organizativas y sociológicas, a su estrategia política y sus definiciones ideológicas. En segundo lugar, exploramos su participación en una serie de acciones que terminaron con la vida de varios de sus integrantes y construyeron la saga de un martirologio vindicado mediante una retórica heroica. En tercer lugar, ingresamos en la década del setenta y registramos la evolución de su relación con los emergentes Montoneros.

Orígenes y características

El CO hundía sus raíces en grupos de activistas provenientes de la Juventud Peronista (JP), surgida en el contexto de la denominada Resistencia peronista. Alberto Brito Lima, nacido en 1940, había sido afiliado de la Unión de Estudiantes Secundarios –UES– y fue parte de los jóvenes de familias peronistas que participaron de la improvisada Resistencia. Cuando los hasta entonces dispersos núcleos de jóvenes activistas se agruparon mediante la conformación de una Mesa Ejecutiva de la JP en 1958, las secretarías pasaron a funcionar como una suerte de reparto de poder interno entre los diversos colectivos con sus respectivos referentes. Brito Lima se erigió en líder de un grupo dirigido conjuntamente con Rubén Macchiavello, Pablo Flores y Domingo Paleo que a mediados de 1961, en un congreso realizado en el Sindicato del Calzado, perdió por un voto una ajustada votación interna de la JP, según lo rememoraba su contrincante Mabel Di Leo (Anzorena, 1989, p. 52).
Fue entonces cuando la facción de Brito Lima se escindió del resto de la Mesa Ejecutiva con la Secretaría de Organización que mantenía bajo su control, de la que devino el nombre de la agrupación. Este sector cuestionaba una metodología foquista cuyos resultados evaluaban como ineficaces, en la medida que muchos integrantes de dicha Mesa Ejecutiva habían sido detenidos, sufrieron torturas y asesinatos, con resultados políticos que se consideraban precarios. La crítica se hallaba vinculada a lo que se caracterizaba como una equívoca “importación” del método de acción propio de la guerrilla cubana a una “realidad nacional” diferente. El fracaso más estentóreo se consideraba el ataque al cuartel de Aeronáutica de Ciudad Evita realizado a principios de 1960, a raíz del cual fueron detenidos en calidad de presos del Plan de Conmoción Interna del Estado –CONINTES– varios dirigentes de la Mesa Ejecutiva, liberados finalmente por la amnistía de 1963.4
Asumir esa especificidad nacional implicaba, según lo entendía el grupo originario de comandos, adoptar una línea de acción y una política organizacional sensiblemente diferente, orientada a la inserción territorial en función de lo que imaginaban como una estrategia insurreccional de masas. Esa diferencia metodológica se hallaba asociada además a un peronismo de talantes nacionalistas y católicos, que lo hacía en este caso abiertamente hostil al diálogo con el marxismo que comenzaban a ensayar otros sectores.5 En marzo de 1963, un número del folleto Argentinos a la lucha6 fustigaba contra los “agentes marxistas”, a los que se acusaba de enfrentar “una auténtica línea doctrinaria política y revolucionaria”, que se declaraba “dispuesta a aniquilar la infiltración para mantener una posición eminentemente patriótica, humanista y popular, es decir, PERONISTA”, subrayada como la “DOCTRINA ÚNICA”.7 Meses después, en lo que no es difícil interpretar como una tácita polémica, el sector referenciado con Envar El Kadri, Jorge Rulli y Carlos Caride publicó un artículo en el folleto Trinchera reivindicando el “giro a la izquierda” de la JP. Si bien la argumentación persistía en un común combativismo, innovaba en un análisis de reminiscencias clasistas y en un lenguaje de cuño marxista con rasgos de familiaridad con las ideas que venía propagando John William Cooke.8
Según lo recordaba Macchiavello, en su casa de Villa Insuperable se reunía el grupo originario y esa reorientación tuvo resultados en un crecimiento cuantitativo que, de sus orígenes con cincuenta militantes, transformó al CO en una agrupación que superaba los mil hacia 1964.9 En ese primer lustro de la década del sesenta se convirtió en la corriente más numerosa de la JP,10 con una posición que buscaba diferenciarse no solo en términos políticos sino también ideológicos, tanto de los sectores más izquierdistas como del nacionalismo católico tacuarista entonces en boga. Durante esos primeros años mantuvieron constantes enfrentamientos con la policía, una práctica que les endosó tempranamente el mote de “cadeneros”. Hacia mediados de la década del sesenta, provenientes de una camada más joven, se incorporaron los hermanos menores de José Mario “Tito” Bevilacqua, quienes se fueron erigiendo en piezas clave del vigoroso asentamiento de la organización en el populoso partido de La Matanza, con una hegemonía en Ciudad Evita. A partir de la vivencia de una agitada niñez y adolescencia, que los vinculó familiar y trágicamente a la militancia desde temprana edad, Andrés y Pedro Bevilacqua continuaron la vindicación de su hermano, ya presente en Trinchera (Erlich, 2013, pp. 39, 45) como parte de la construcción de una mística heroica que alimentó el militantismo combativo de los comandos.11
El CO internamente tenía una estructura vertical de matriz militar liderada por un conductor elegido en un congreso nacional, un Estado Mayor y una división en siete jefaturas funcionales: Prensa, Organización, Reclutamiento, Adoctrinamiento, Información, Finanzas y Operaciones. El denominado conductor, que siempre fue Brito Lima, elegía a los responsables de las unidades tácticas municipales y de las agrupaciones Centro, Norte y Sur, organizadas longitudinalmente de tal manera de confluir concéntricamente hacia la Plaza de Mayo, en función de la mentada estrategia insurreccional mediante la cual aspiraban a generar las bases para desencadenar un “segundo 17 de Octubre”. En el lenguaje de los debates estratégicos de la militancia radicalizada de los años sesenta, mientras el foquismo ponía el acento en la acción de las vanguardias, el insurreccionalismo lo hacía en las masas. En las visiones denominadas vanguardistas, la acción de grupos minoritarios concientizados se suponía que era el medio legítimo de conducción de un pueblo al que se caracterizaba como falto de un nivel de conciencia, o de una conducción política adecuada. En la estrategia insurreccional, la violencia y el recurso de la acción armada se consideraban legítimos en la medida que expresaran y acompañaran las luchas populares en curso, pero no en tanto pretendiesen crearlas, como proponía el guevarismo. Con otros fines ideológicos, este debate de corte estratégico se desarrollaba también en el seno de la izquierda, y en este punto, la concepción de los comandos podría homologarse con las posiciones que sostenían las corrientes maoístas.12
Con un peso específico en La Matanza, Morón y Mataderos, y con una construcción política asentada en ámbitos territoriales y sindicales, el CO tenía una composición social de origen mayoritariamente obrera y popular. Aunque de menor significación cuantitativa, a comienzos de los sesenta se habían reclutado a algunos sectores provenientes de los colegios secundarios de clase media en los barrios porteños de Belgrano y Villa Urquiza.13 Al mismo tiempo que el plebeyismo constituía un estilo, no dejaba de responder a un clivaje social que caracterizaba en forma predominante no solo a sus militantes sino también a sus cuadros dirigentes. Siguiendo el protocolo sugerido por Ezequiel Adamovsky de interrelación entre los factores riqueza, tipo de trabajo, nivel educativo, color de piel y capacidad de influir en las decisiones del Estado (2012, p. 14), la pertenencia social mayoritaria de los militantes del CO a las clases populares se registra como un dato inequívoco. Con su principal arraigo en el área metropolitana, posteriormente la agrupación adquirió cierta extensión nacional, con presencias provinciales entre las que se destacaban Catamarca, Chaco, Salta, La Rioja, Córdoba, Santa Fe y La Pampa.14
Si la “situación de clase” ubicaba a los comandos en ámbitos de sociabilidad propios de las clases populares, su posición como “grupo de estatus” (Weber, 1972) era periférica incluso dentro del justicialismo. Su constitución en una aguerrida facción partidaria con prácticas pendencieras, si bien respondía al anhelo emancipatorio de forzar el regreso de su venerado líder, no debería desligarse de la posibilidad de acceder a empoderamientos materiales y simbólicos de otro modo menos accesibles. Aunque la obstinada aspiración a repetir la mítica jornada del 17 de Octubre lógicamente nunca trascendió los marcos de un utópico anhelo, esas veleidades insurreccionalistas se tradujeron organizativamente en un creciente arraigo territorial. Pese a que se hallaban muy distantes de poder jaquear al régimen proscriptivo tal como lo ambicionaban, hacia 1964 los comandos habían logrado organizar un activismo ya avezado en el pleito callejero. Ello les otorgaba cierta capacidad para producir acciones orientadas a la protesta en el espacio público y a desempeñar el papel que simultáneamente se asignaban dentro del peronismo, según su propio lenguaje, como “centuriones en defensa de la verticalidad del mando”.15

Activismo, violencia y martirologio heroico

Cuando el peronismo proscripto procuró utilizar la llegada de Charles de Gaulle a Argentina –el 3 de octubre de 1964– como una oportunidad para manifestarse públicamente, en la medida que el propio Juan Domingo Perón había convocado a recibir al general francés como si se tratara de él mismo, los comandos organizaron un grupo que tuvo una participación destacada en los incidentes con epicentro en la Plaza Francia. Luego de una acción que se inició con el cántico y el arrojo de volantes con la inscripción “De Gaulle, Perón, Tercera Posición”, se desencadenó un enfrentamiento con la policía y muchos de sus militantes resultaron detenidos. No parecía equivocarse la revista Primera Plana cuando, al analizar la jornada, indicaba que si el peronismo había fracasado en su vocación de mostrar “una impresionante manifestación de vigor colectivo”, no obstante había logrado “evidenciar la solidez de sus cuadros” y una capacidad de movilización de miles de activistas “aullando desde las 10 de la mañana hasta las 7 de la tarde”.16 Aunque no todos esos activistas eran comandos, según lo rememorado Carlos “Pancho” Gaitán en su libro autobiográfico,17 su participación parece haber tenido un peso específico y el propio Brito Lima llegó a liderar la movilización hacia Plaza de Mayo (2014, p. 169).
A principios de diciembre del mismo año, en ocasión del Operativo Retorno, los comandos distribuyeron a sus cuadros –precariamente armados– en las azoteas de los edificios cercanos al aeropuerto de Ezeiza, con el objetivo de producir acciones en caso de arribar Perón al país. Un debate, ocasionado a raíz del infructuoso resultado del Operativo, dio origen a una divergencia de Brito Lima con Macchiavello y Paleo, quienes se retiraron de la organización con una parte minoritaria aunque no insignificante de la militancia. Todo indicaría que esa fractura no tuvo mayores fundamentos políticos y se trató de una disputa por el liderazgo. Meses después se produciría el alejamiento de otro de sus fundadores, el metalúrgico Pablo Flores, cuya destacada formación política y cultural lo había convertido en el principal escriba de la organización, siendo hasta entonces el redactor responsable de los folletos antes mencionados. El CO quedó desde aquel momento exclusivamente liderado por Brito Lima, en torno a cuya figura se solidificó cierto culto a la personalidad, si bien en algunos distritos significativos, como el de La Matanza, los liderazgos intermedios desarrollaron una ascendencia, como fue el caso de los hermanos Bevilacqua.18
El 11 de mayo de 1965, el CO protagonizó un enfrentamiento con el Partido Comunista (PC) en la Plaza del Congreso, en el marco de la movilización de repudio a la invasión de Santo Domingo por parte de los Estados Unidos. Puesto que los comunistas habían llegado a un acuerdo con la bancada peronista, cuyo jefe era el metalúrgico Paulino Niembro, los comandos hicieron una manifestación para denunciar lo que consideraban una alianza espuria, acompañados en esa ocasión por algunos activistas de Tacuara y la Guardia Restauradora Nacionalista.19 Al grito de “Caamaño, Perón, Tercera Posición” y “aquí están, estos son, los fusiles de Perón”, concurrieron con el propósito de romper el acto organizado en conjunto por la Federación Universitaria de Buenos Aires –dirigida por la izquierda– y la CGT –en manos del vandorismo–. Así, se desató un enfrentamiento donde resultó asesinado el estudiante universitario Daniel Grinbank, militante del PC, y el saldo incluyó además una larga lista de heridos, entre los más graves estaba el comando Héctor Lorenzo Gatica, un obrero frigorífico que finalmente murió el 20 de mayo.20 El ministro del Interior Juan Palmero identificó como responsables de los incidentes “a comunistas, juventud revolucionaria peronista y grupos de Tacuara”.21
Tres años después, los comandos rememoraban a Gatica como “un ejemplo más del duro camino de la liberación. Pero para la Juventud Peronista los escollos tienen la virtud de templarle el espíritu para empresas mayores”.22 Meses antes, en un acto realizado el 12 de marzo de 1965 en Plaza Once, había fallecido Jorge Osvaldo Giménez, un militante de Mataderos que, según la versión de los comandos, fue atropellado intencionalmente por un auto particular. Al recordarlo años después en Argentinos a la lucha, un artículo en clave revisionista lo reivindicaba como parte de aquellos jóvenes que “desde las invasiones inglesas” ofrendaron “generosamente su sangre para fertilizar el campo de los ideales revolucionarios”, y se lo destacaba como un héroe y mártir que era “ejemplo y luz para los que tenemos el sentido heroico de la vida”.23 Como lo ha analizado Laura Erlich, ese “arquetipo heroico” hallaba sus antecedentes en el nacionalismo, en un martirologio de estirpe católica e incluso en la propia verba de Perón (2013, pp. 43-50). En una carta que el líder justicialista envió a los padres de Bevilacqua, si bien tenía más peso la condolencia por la pérdida humana, no dejó de hacer una reivindicación en términos de heroicidad.24
El lunes 11 de octubre del mismo año, los comandos participaron de la custodia de Estela Martínez de Perón –más conocida por su nombre artístico Isabel– cuando arribó al país en representación de su esposo para dirimir la disputa interna con Augusto Timoteo Vandor. Ella se alojó en el Alvear Palace Hotel ubicado en la Recoleta, donde recibió un fuerte hostigamiento de sectores de activistas antiperonistas y de vecinos de la zona; por la noche, un grupo que el diario Clarín calculó en 300 personas, se acercó a la puerta del hotel a cantar la Marcha de la Libertad y a gritar “que se vaya”. Éste fue el inicio del primer enfrentamiento con los jóvenes activistas del CO y del Movimiento Nueva Argentina (MNA) liderado por Dardo Cabo.25 Al día siguiente se produjeron nuevos incidentes, en los cuales la activa participación de los vecinos arrojando objetos desde los balcones dio lugar a un panorama dantesco: la avenida Alvear quedó repleta de botellas, piedras, huevos “y toda clase de proyectiles”, y los balcones manchados con agua coloreada que arrojaron los vehículos hidrantes de la policía, que además ese día detuvo a 27 personas de sendos grupos.26 Entre los integrantes que pertenecían a la JP se había destacado el comando Juan Quirós (sic), un joven de 19 años que según la versión de los diarios portaba un revólver 38 largo.27
A raíz de los reiterados incidentes y de la presencia de jóvenes armados custodiando la suite que ocupaba Martínez –lo cual sumó, como dato de color, que la nieta del científico Bernardo Houssay se viera compelida a interrumpir su luna de miel–, los directivos del Alvear decidieron expulsar de las instalaciones a Isabel, quien debió trasladarse al hotel del sindicato de Luz y Fuerza, ubicado en Callao 1770.28 Allí los incidentes recrudecieron, porque grupos aguerridos de antiperonistas, entre los que se contaban algunos oficiales de la Marina y de la Aeronáutica, entonaban “aquí están, estos son, los que echaron a Perón”, “que se vaya” y “no volverá”, se enfrentaron con los jóvenes peronistas y la policía frente al Hotel 12 de Octubre. El jueves se reiteraron acciones más violentas que incluyeron nuevamente el arrojo de objetos desde los balcones, escenas de pugilato como la que ilustraba la tapa del diario Clarín del día siguiente, corridas, gases lacrimógnos y un intercambio ya algo más nutrido de disparos.29 Mientras describían la confrontación pública, los periódicos también hacían referencias a maniobras de la custodia y a situaciones de tensión con los sindicalistas, probablemente asociadas a lo que los comandos rememoran como intentos de amedrentamiento del vandorismo, de los que también debían resguardar a la esposa de Perón.30
Hacia 1968, en consonancia con la creciente circulación de imaginarios que asociaban espíritus juvenilistas radicales con interpretaciones históricas de cuño revisionista, los comandos blandían una jactanciosa amenaza al señalar que “Ya no habrá lazo contra cañón, ni tacuaras frente a fusiles, pero queda y pondremos en práctica la valentía de las montoneras y ahora en igualdad de armas”.31 Animados por esa mística radical que seguía abrevando tanto en sus sentidos anticomunistas32 como en un combativismo que impugnaba por “traidoras” a las conducciones sindicales mayoritarias –a las que se vilipendiaba por haber transformado a los sindicatos en “híbridas mutuales”–,33 ya entrados en la década del setenta se enfrentaron duramente al paladinismo. En una de sus típicas maniobras, a principios de noviembre de 1971, Perón desautorizó a su hasta entonces delegado Jorge Paladino y le otorgó autonomía a Juana Larrauri para que liderara la Rama Femenina con independencia del Consejo Superior Peronista. Ante esta decisión, la paladinista Haydeé Pesce, quien era ampliamente cuestionado en las filas del justicialismo, optó por ensayar una resistencia para conservar su preeminencia en la Rama y expulsó a Larrauri del edifico de la calle Chile 1.468, donde funcionaba el Consejo. En la mañana del jueves 11 de noviembre de 1971, relataba el diario La Opinión que luego de reunirse en un bar ubicado en las calles Chile y San José, un grupo se dirigió a esa sede partidaria dispuesto a retomarla. A las instalaciones del Consejo ingresaron los propios Brito Lima y Norma Kennedy, esta última sufrió una herida de gravedad al desencadenarse un tiroteo cuya magnitud convocó a un vasto operativo policial.34 Entre los ocupantes se hallaba el activista nacionalista Alejandro Giovenco, quien al disparar profusamente con una ithaca hirió de muerte al comando Enrique Castro, un joven de 22 años35 que finalmente falleció
el 19 de enero de 1972 en una clínica de Morón.36

Del acuerdo al enfrentamiento con Montoneros

A partir de su aparición pública en 1970, Montoneros experimentó un crecimiento exponencial que lo fue transformando paulatinamente en el grupo más gravitante dentro de la JP y la relación con los comandos atravesó por tres etapas diferenciables, asociadas a los cambios de los juegos de poder y a las coyunturas políticas. Si bien el CO había nacido en oposición a los sectores de la JP que se “cubanizaron”, y rechazaba desde antaño ese fenómeno, en la coyuntura de producir el desgaste de la dictadura militar conformaron una alianza a través de las Juventudes Argentinas para la Emancipación Nacional, dirigidas por Rodolfo Galimberti, que comenzaban a activar vinculadas a la estructura operacional de Montoneros. Mientras otras agrupaciones, como Guardia de Hierro, apostaban a dar forma política a un espacio de pretensiones ortodoxas a través de la Mesa del Trasvasamiento Generacional, el CO estableció una sociedad coyuntural con Montoneros, que tuvo su expresión en un acto realizado en la cancha de Defensores de Cambaceres el 26 de enero de 1972.
En esos tiempos, los comandos llegaron a cantar “FAP, FAR y Montoneros son nuestros compañeros”, pero el acuerdo duró solo unos meses, porque optaron por abandonar el Consejo Superior Provisorio de la JP. Al promediar ese año, en los actos que se realizaron en las instalaciones de la Federación de Box –para recordar el 9 de junio de 1956– y en el Club Atlético Nueva Chicago –por el 26 de julio de 1952–37, donde los comandos oficiaban de anfitriones, las desavenencias se manifestaron en la naciente confrontación de consignas. Además de la divergencia entre “patria peronista” y “patria socialista”, para los comandos resultaba especialmente desafiante el cántico “conducción, conducción, Montoneros y Perón”, al que replicaban “conducción, conducción, solamente con Perón”. Si bien en los testimonios de estos últimos la dimensión ideológica aparecía como el elemento decisivo en la explicación del conflicto, analíticamente consideramos que, más que un debate de ideas concebido en términos abstractos, la beligerancia se aceleró en la medida que Montoneros intentó traducir su geométrico crecimiento en una disputa por la conducción política del movimiento peronista.
Sin dejar de advertir que la marcada identidad barrial y plebeya de los comandos nos remite a su apelación discursiva como un mecanismo de legitimación mediante la invocación de “lo popular”, tan caro a la tradición peronista, no menos relevante es su coincidencia, en este caso, con un perceptible trasfondo material. Los prácticamente nulos contactos con el mundo de las clases medias universitarias era un factor que los distinguía de la mayoría de los otros agrupamientos de las juventudes del peronismo setentista, incluidos aquellos de vocaciones ortodoxas como Guardia de Hierro y los llamados Demetrios, quienes reclutaban el grueso de sus cuadros y militantes entre los docentes y el estudiantado de la educación superior. Una nota periodística aparecida en una publicación dirigida por Hugo Gambini, que apuntaba a hacer una radiografía de la JP hacia mediados de 1973, al referirse al CO, además de destacar que se trataba de “una de las formaciones más antiguas”, indicaba que se lo podía “identificar como el sector de más baja extracción social”.38 Sin contar las más obvias membresías juveniles de las estructuras sindicales, a las que estaban asociadas de distintas maneras, un aspecto distintivo del CO en los sesenta y setenta habría sido el de encauzar organizativamente y darle cierta continuidad –siempre a nivel de los núcleos de activistas– a ese “protagonismo plebeyo” de la JP del posperonismo, que Omar Acha ha contrastado con la predominancia de sectores medios y altos en los elencos juveniles anteriores y posteriores al período 1955-1960 (2011, p. 212).
Aunque el principal conflicto fue de orden político-ideológico, no es ocioso conjeturar que la pertenencia de los comandos a ámbitos de sociabilidad extraños al claustro universitario haya actuado como un factor de acicate para el desencuentro con los nuevos contingentes juveniles que comenzaron a acercarse al peronismo en el segundo lustro de la década del sesenta, provenientes en forma mayoritaria de ese ámbito. El Kadri y Rulli recordaban el conflictivo panorama que comenzó a gestarse cuando jóvenes estudiantes universitarios fueron promovidos por la estructura militar de Montoneros a la posición de dirigentes máximos de la JP, que fue organizada con “hombres que meses o semanas antes no eran peronistas” con “el pretexto de enfrentar a los ‘lumpens’ del Comando de Organización”. Aun cuando habían animado la facción opuesta en sus orígenes y no dejaban de atribuirle su cuota de responsabilidad en la violenta espiral, debido a lo que calificaban como su “gangsterismo”, en una evocación de sentido sociológico y cultural antes que ideológico, se permitían reflexionar “si lo que llevaba al enfrentamiento de algunos con el grupo de Brito Lima” no fue precisamente “esa característica peronista de la gente que con él trabajaba” (1984, p. 38).
Luego de la ruptura del acuerdo, ocurrida en el primer semestre de 1972, los comandos priorizaron como objetivo el regreso de Perón al país antes que la resolución del pleito interno. En palabras de Quiróz: “Su objetivo era la Patria Socialista. Nuestro objetivo era la Comunidad Organizada. Esta es la diferencia. Pero el primer paso era llegar al gobierno”.39 De hecho, en ocasión del primer retorno de Perón el 17 de noviembre de 1972, los comandos sostuvieron una posición tan o más dura que la de los propios Montoneros. Cuando los simpatizantes peronistas fueron a cruzar el río Matanza para recibir a su líder, en el marco del prominente despliegue represivo dispuesto por la dictadura militar de Alejandro Lanusse, los cuadros del CO decidieron distribuirse con armamento en las intersecciones de las calles General Paz sobre Ricchieri, Constituyentes y Puente La Noria,40 ante la eventualidad de que el gobierno de facto detuviese a Perón. El plan consistía en enfrentarse con el Ejército para abrirle paso a los manifestantes que regresarían de Ezeiza y, de ese modo, facilitar una eventual movilización hacia la Plaza de Mayo para hacer realidad el viejo afán de incitar “otro 17 de Octubre”.41 Según el recuerdo de Juan Manuel Abal Medina, en las tensas negociaciones con el representante gubernamental, el brigadier Ezequiel Martínez, amenazaron con “la acción de grupos armados. Nosotros decíamos que teníamos calmados a los grupos más radicales (y en parte era cierto), pero que había otros no controlables, como la banda, muy pesada, de Alberto Brito Lima” (Bonasso, 2003).
Transitada la jornada electoral del 11 de marzo de 1973, en la que Brito Lima obtuvo un escaño de diputado nacional, el 20 de mayo los comandos realizaron un acto de vindicación de su martirologio en el cementerio de Flores. Si a fines de abril, Galimberti fue desautorizado por Perón a raíz de su convocatoria a la formación de “milicias populares”, los comandos pretendían transmitir el mensaje de que esas milicias ya existían, pero con un objetivo sensiblemente diferente al que había asumido aquella intentona. El diario La Nación enfatizó “las características inusuales” del homenaje, “ya que más de un centenar de jóvenes pertenecientes a la agrupación llegaron al lugar en perfecta formación y uniformados”; señaló además que Brito Lima tomó la palabra luego de los vítores de “presente” al conmemorar a los militantes caídos, y destacó la presencia del diputado Alberto Stecco y del dirigente Andrés Framini. Luego de mencionar las condiciones en que había fallecido el principal homenajeado, Gatica, se evocó el tiroteo de la calle Chile, donde “fue muerto Enrique M. Castro, quien también fue recordado en el homenaje de ayer”.42 En una foto del acto se divisaron, portados por mujeres, grandes estandartes con las efigies dibujadas de Bevilacqua y de Giménez y la inscripción “PRESENTE!” (Halac y Cernadas Lamadrid, 1986, p. 19). El periódico describió que los hombres vestían pantalones y las mujeres polleras azules acompañadas de camisas beige con un brazalete de la JP, todos “obedecían a voces de mando de sus dirigentes”; también “se advertía además, en los jóvenes que integraban las formaciones, que del bolsillo izquierdo de sus camisas asomaba un pequeño libro en tapas rojas, cuyo título en letras blancas era: ´Doctrina Peronista´”.43
La estética de ritual militarizado portando un símil del “libro rojo”, según La Opinión llevaba “a relacionar obligadamente a estos jóvenes peronistas con los protagonistas de la Revolución Cultural” y a especular con la presunta intención de conformar “un cuerpo juvenil parecido a los Guardias Rojos de la China continental”. Asimismo, el matutino hacía referencia a “otros observadores” que interpretaban que se trataba de una materialización de las milicias anunciadas por Galimberti, mientras “voceros de la izquierda” lo asociaban a un “intento neofascista” que naufragaría por ausencia de apoyo popular. La nota describía al CO como “uno de los nucleamientos más antiguos”, resistente a alinearse con alguno “de los dos grandes grupos de la JP: tanto la llamada Tendencia Revolucionaria como la Mesa del Trasvasamiento Generacional acusan a Brito de oportunismo político”. Se destacaba finalmente que luego de la defenestración de Galimberti, el grupo conducido por Brito Lima buscaba acrecentar su poder de la mano de Norma Kennedy –“convocada por Perón a Madrid”–, quien “está estrechamente vinculada al Comando de Organización y se considera que ocupará algún puesto destacado en la futura reorganización del justicialismo”.44
La confrontación con Montoneros se volvió abiertamente beligerante a partir de lo que los comandos denominaron como la “batalla de Ezeiza”,45 que desde entonces solo conoció una espiral ascendente. Que los emergentes Montoneros encontraran un escollo significativo para la disputa interna del peronismo en la construcción política precedente de los comandos, se puede apreciar en que ni aún en el marco de la violencia inaugurada el 20 de junio podían desconocer su ascendencia. Al analizar esos hechos reconocían que por “el CO ha pasado gran parte de los actuales militantes del peronismo”; y mientras atacaban a Brito Lima diferenciaban “su persona del resto de esa organización donde militan compañeros de base de gran valor”.46
Tulio Halperín Donghi planteó que a partir de Ezeiza se originaron dos procesos que anunciaron el declive de la izquierda: 1) el monopolio de la violencia dejó de estar en sus manos para comenzar a ser utilizada por otras facciones peronistas; y 2) la reclamada ideologización al caudillo justicialista tomó irónicamente un cariz que era música para los oídos ortodoxos, en la medida que impugnaba los “nuevos rótulos” y convocaba a respetar las “veinte verdades” (1996, pp. 156-157). Así lo recuerda el ex jefe montonero Roberto Perdía, al señalar que a partir de entonces “comenzaría nuestro retroceso. Aquella fuerza que parecía incontenible y todo lo que se había gestado en muchos años, comenzaría un lento e inexorable descenso” (2013, pp. 264-265). Simétricamente, los comandos interpretaron los acontecimientos de Ezeiza como una victoria sobre Montoneros y en su lógica la inscribieron en la larga saga de acciones en defensa del liderazgo de Perón. Cuando los Montoneros se dispusieron a tomar represalias fueron uno de sus blancos predilectos y, en diversos operativos junto al Ejército Revolucionario del Pueblo 22 de Agosto, reivindicados en la revista Evita Montonera, fueron asesinados los comandos Jorge Patricio Gallardo, Víctor Sánchez, Rubén Dominico, Reynaldo Rodríguez y heridos gravemente Juan Carlos Bondarchuk y Orlando “el Bocha” Ventorino.47

Reflexión final

Aunque constituiría un reduccionismo traducir linealmente los clivajes ideológicos cosmopolitas de una época ya finiquitada a condiciones locales en que la emergencia del peronismo había edificado los propios, no menos cierto es que el vitalismo antiliberal de los comandos se hallaba más cercano a aquellos imaginarios que se sentían vindicadores tardíos de los vencidos en la segunda guerra, que de quienes apostaban a una imbricación entre marxismo y nacionalismo inspirados en las experiencias de los socialismos tercermundistas. Si esa tensión se podía percibir tempranamente en el exigente intercambio epistolar que al general exiliado en la España franquista le propusiera la pluma de un autor cuyo multifacético derrotero militante no le había negado la oportunidad de pulirla, ya en tiempos de la edición de De Frente, un debate contemporáneo de tensiones semejantes pudimos reconocer en los elencos juveniles de la JP a través de las publicaciones Trinchera y Argentinos a la lucha. Sin pretender menguar la relevante gravitación de las izquierdas que ya entonces se anunciaba y se profundizaría desde fines de los sesenta, tampoco deberíamos soslayar la significativa presencia de diversos actores que la resistieron, y que compusieron así un panorama abigarrado dentro de los núcleos activistas de las juventudes peronistas, que nos convoca a una conceptualización con mayor énfasis en la pluralidad.
En la extensa trayectoria de los comandos pudimos apreciar la sedimentación de una “subjetividad impermeable” que los hizo “terriblemente fieles” a su ideario, en una conformación identitaria semejante a la que Vera Carnovale destacara para fenómenos ubicados en las antípodas ideológicas (2011, p. 288). El itinerario radical de los comandos viene a ratificar la significación de la sugerencia esgrimida por Cucchetti sobre la necesidad de hacer inteligibles estos fenómenos en el marco de una malla de militantismos epocales que en buena medida operaban bajo una lógica de espejos. Verbigracia, la hipótesis de la infiltración sostenida por estos grupos actuaba como el reverso de la del cerco blandida por Montoneros, dando lugar a una querella entre versiones pretendidamente auténticas y anómalas del fenómeno peronista (Cucchetti, 2010, p. 424). Los imaginarios del peronismo de veleidades ortodoxas y el nacionalismo eran difusos, en la medida que, como lo ha resaltado Daniel Lvovich, durante los gobiernos peronistas y especialmente luego de su caída en 1955 “el antiliberalismo, el antiizquierdismo y el corporativismo dejaron de ser rasgos exclusivos de los nacionalistas para difuminarse ampliamente en la sociedad” (2011, p. 23). No obstante, en los comandos operaba una precedencia de la identidad peronista sobre la nacionalista y la católica, sin dejar de hallarse inextricablemente imbricadas en una cosmovisión de matriz organicista. De esta manera, la definición más precisa parece ser caracterizarlos como un peronismo ortodoxo de sesgo nacionalista o, más concisamente, como peronistas nacionalistas. Con ese cariz combativo, violento, plebeyo y nacionalista en los setenta, los comandos actuaron como una tendencia de esa “variopinta coalición política y social” que “no era (y nunca fue) revolucionaria”48 y que Hugo Vezzetti ha definido como un peronismo clásico (2013, p. 65).
Sin obviar la gravitación del factor ideológico en la interna del peronismo setentista, sus alcances tampoco deberían sobreestimarse, en la medida que bajo esa forma se traducían luchas bastante más pragmáticas por parcelas de poder y, fundamentalmente, la posición política asumida frente al liderazgo de Perón. Por ejemplo, amén de su marcado antimarxismo, los comandos reconocían positivamente el papel desempeñado por el ensayista de la izquierda nacional Abelardo Ramos como uno de los más eficaces defensores mediáticos del líder justicialista. Devenido en el león herbívoro que finalmente parecía haber aprendido que “los abrazos pueden ser más eficaces que las cárceles para neutralizar a los adversarios” (Halperín Donghi, 2012, p. 71), el viejo caudillo promovía una revalorización de la institucionalidad republicana, bajo los parámetros del pluralismo político. Si esa retórica estaba orientada a aislar a los grupos que comenzaban a hacer del ejercicio de la violencia sistemática un estilo político, no dejó de representar un cambio significativo con respecto a la antigua vocación unanimista que había encontrado el summum en el proceso de peronización ensayado en los cincuenta. Sobre el trasfondo de una propuesta pluralista que contaba con un amplio consenso en el arco político, operó la paradoja de que mientras en la arena pública Perón y las distintas alas del peronismo tradicional encontraban ahora un esquema de aliados y adversarios, los enemigos locales se trasladaron al interior del propio movimiento (Carassai, 2013, p. 48).
En la medida que la guerrilla montonera se fue volcando a una violencia cada vez más indiscriminada y terrorista, cuando se hizo claro que el consentimiento estaba “con Perón y el peronismo ‘clásico’” (Vezzetti, 2013, p. 65), el proyecto de populismo aggiornado fue dibujando “una vida política escindida entre un hemisferio diurno en que los rituales heredados de la república oligárquica alcanzaban cada día más lúcido pulimiento, y otro nocturno que oponía a ese diálogo cada vez más refinado la réplica del de las pistolas” (Halperín Donghi, 2012, p. 73). Siguiendo los criterios de aquella sugerente metáfora halperiniana, en el caso de los comandos podemos representarla como una acción en los atardeceres, en la frontera entre los hemisferios, en tanto participaron de un enfrentamiento que, sin estar desprovisto de ribetes violentos, se expresaba como una disputa por la hegemonía callejera antes que en una lógica de vendetta entre bandidos noctámbulos. Registrar esos matices resulta relevante más allá de la descripción fáctica del estudio de caso, en la medida que nos permite vislumbrar que la dinámica facciosa se expresaba en una multiplicidad de prácticas, ámbitos y actores, donde los grados de violencia y la naturaleza de los enfrentamientos fueron variables. No todos los que impugnaron a la izquierda armada participaron de la violencia, ni todos los que la enfrentaron en ese terreno lo hicieron en los mismos términos ni tras unívocos objetivos políticos.

Notas

1 Agradezco las correcciones y comentarios del Comité Editor de la revista, de los evaluadores anónimos, de Mariana Garzón Roge y de mi director, Alejandro Cattaruzza. Los análisis responden exclusivamente al criterio del autor.

2 Universidad de Buenos Aires/Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Argentina. Correo electrónico: juanpedrodenaday@gmail.com.

3 Un cuestionamiento de esa descripción epocal, tal como se asume en Adamovsky (2010), puede hallarse en Carassai (2012).

4 Entrevista realizada por el autor a Jorge Rulli en 2015, provincia de Buenos Aires (BA).

5 Esos componentes y entrecruzamientos ya estaban presentes en la JP anterior al derrocamiento de Perón (Acha, 2011), en la Resistencia (Melón Pirro, 1993) y a comienzos de los sesenta en la publicación Trinchera (Erlich, 2013), cuando la Mesa Ejecutiva aún estaba unificada.

6 Tanto Argentinos a la lucha como Patria Joven eran folletos editados en Buenos Aires en forma discontinua por los comandos, semejantes en su factura estética y político-ideológica a la primera época de Trinchera, publicada entre 1960 y 1962.

7 Las quinta columnas en la Juventud Peronista (1963, marzo). Argentinos a la lucha, p. 14. Archivo personal de Pedro Bevilacqua (APPB), BA. Hemos optado por reproducir las citas documentales respetando el formato original, tal como aparecen en las diversas fuentes consultadas. Si en las publicaciones periodísticas ello nos remite a estrategias comunicativas para concitar la atención del lector, lo que nos interesa a los fines de nuestro análisis es dar cuenta del uso de mayúsculas en las alocuciones de los folletos políticos, como un aspecto más que nos permite registrar el espíritu exaltado que animaba sus arengas.

8 El giro a la izquierda (1963). Trinchera, pp. 4-6. Si bien el folleto no menciona el mes de edición, sus referencias en pasado “al mes de marzo” revelan su posterioridad. Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina (CeDInCI), Hemeroteca, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA).

9 Entrevista realizada por el autor a Rubén Macchiavello en 2015, CABA. Tanto este como otros testimonios, incluyendo los adversos al CO, sugieren cifras de movilización más elevadas, que evaluamos exageradas. Una estimación aproximada sobre el carácter cuantitativo de la militancia del CO nos otorga la imagen de un elenco de cuadros dirigentes bastante estable no superior a las dos decenas, una estructura de algunos cientos de militantes orgánicos y una periferia más laxa de millares. Debe tenerse en cuenta que, dentro de sus rigurosos criterios militantes, la propia agrupación se encargaba de distinguir entre “Cuadros, militantes, auxiliares, adherentes y allegados”. Entrevista realizada por el autor a Rodolfo Farberoff en 2015, CABA.

10 Ello puede apreciarse en su génesis en una votación casi empatada, siendo que el sector de Brito Lima se oponía a un bloque conformado por todos los otros agrupamientos de la JP y en el testimonio de cuadros de organizaciones poco interesadas en exagerar su ascendencia, como el caso de Alejandro Pandra, integrante de las primeras redes de Guardia de Hierro. Entrevista realizada por el autor a Alejandro Pandra en 2011, CABA.

11 Al producirse el golpe de Estado de 1955, cuando un grupo de inteligencia liderado por Américo Pérez de Griz irrumpió violentamente en la vivienda de los Bevilacqua para detener a sus padres, de militancia nacionalista y peronista, “Tito” quedó temporariamente a cargo de sus hermanos. En 1958, cuando su padre fue despedido del Banco Industrial por participar de una huelga, José Mario desempeñó nuevamente un papel paternal al unísono que desenvolvía una creciente actividad militante junto a su adlátere, Beatriz Fortunato. Jorge Rulli, luego pareja de Fortunato, recuerda la vinculación de la actividad de los dos jóvenes con redes nacionalistas que habían estado asociadas al liderazgo de Juan Queraltó. Luego de crear el Ateneo Raúl Scalabrini Ortiz en Ciudad Evita y de publicar el periódico resistente La Chuza, fundaron la Alianza de la Juventud Peronista, uno de los grupos que confluyeron en la Junta Coordinadora Nacional Provisoria de la JP constituida en 1958 (Hernández, 2010, pp. 64-67). Allí se formó la Mesa Ejecutiva, compuesta por Bevilacqua, Gustavo Rearte, “Tuly” Ferrari, Héctor Spina y el “bigotudo” Funes (Anzorena, 1989, pp. 32-33). Según el relato familiar y militante, cuando estaba en el Regimiento de Artillería de Azul –donde realizaba el servicio militar obligatorio– fue destinado a cubrir las elecciones legislativas de marzo de 1960 en la ciudad de Lobos, y José Mario y otros conscriptos se cuadraron marcialmente frente a la casa natal de Perón. El 26 de marzo, Bevilacqua habría sido fusilado, lo que Rulli atribuye a una reprimenda por su ascendencia sobre el Regimiento. Entrevista realizada por el autor a Jorge Rulli en 2015, BA.

12 Tanto es así que, por el tono de sus publicaciones, Coordinación Federal los caracterizó como “chinoístas”. En su análisis de las consignas de la época, César Tcach destacó la filiación de talante simultáneamente peronista históricaresistente y maoísta de la consigna que rememoraba como “Fusiles/machetes/por otro dieci/siete” (2002, p. 37), entonada con particular énfasis por los comandos.

13 Allí se destacaba la participación de la familia del ahora editor del diario Clarín Ricardo Roa, quien a la sazón militaba en el CO junto con sus hermanos y sus padres. Luego de lo que se puede presuponer como un paso por Montoneros, en los setenta, Roa fue parte del staff de Movimiento, la publicación de la JP Lealtad.

14 En esta última pertenecía al CO el diputado nacional y secretario general de la Unión Ferroviaria local Esteban Rolando.

15 Entrevista realizada por el autor a Rodolfo Farberoff en 2014, CABA.

16 Revista Primera Plana. (1964), n° 100, p. 9. CeDInCI, Hemeroteca, CABA.

17 Se trata de un exdirigente sindical peronista en cuya historia militante se destaca el papel relevante que desempeñó en la experiencia de la Confederación General del Trabajo (CGT) denominada de los argentinos.

18 La última dictadura operó como un quiebre en las relaciones entre Brito Lima y los Bevilacqua. Cuando el exdiputado se vio obligado a pasar a la clandestinidad a raíz de la persecución militar, que incluyó amenazas de muerte y allanamientos a la vivienda de su madre, Pedro Bevilacqua hizo de nexo con la organización. En la búsqueda de Brito Lima, los militares detuvieron a Andrés Bevilacqua, quien fue torturado en la comisaría de Villa Insuperable, donde operaba el centro clandestino de detención conocido como el “Sheraton” o “Embudo”. Luego de un vínculo que salió maltrecho de aquella traumática experiencia, finalmente se produjo una ruptura a principios de los noventa, asociada a la adopción de diferentes ubicaciones en la interna justicialista. Entre los entrevistados, algunos quedaron luego en las facciones y otros ya habían abandonado la militancia –o lo hicieron entonces –, lo que colaboró con el pluralismo interno de los relatos recogidos en nuestra investigación.

19 Los diarios le atribuyeron a estas agrupaciones un protagonismo central que no tuvieron, probablemente debido tanto a que el CO actuaba evitando identificarse como a que esos grupos eran más fáciles de asociar al extremismo ideológico, acorde con la lectura de los hechos realizada por el gobierno de Arturo Illia. Daniel Gutman asegura que Tacuara no participó orgánicamente, pero sí lo hicieron muchos de sus militantes (2012, p. 343). Los Bevilacqua recuerdan el acompañamiento de José Luis Nell aquel día, con quien años después se enfrentarían en Ezeiza, para volver a encontrarse en el acto del 1° de Mayo de 1974, cuando era trasladado en su silla de ruedas por el padre Carlos Mugica, junto a quien animaba la JP Lealtad.

20 Un muerto y heridos hubo en el acto de la CGT y los estudiantes (1965, mayo 13). La Nación, pp. 1, 4. Biblioteca del Congreso de la Nación (BCN), Hemeroteca, CABA.

21 Palmero Responsabilizó de los Incidentes a Grupos Extremistas (1965, mayo 14). Clarín, p. 12. BCN, CABA.

22 Asesinos de Gatica (1968). Patria Joven, p. 5. APPB, BA.

23 Jorge Osvaldo Giménez (1969, marzo). Argentinos a la lucha, pp. VII-VIII. APPB, BA.

24 Carta de Juan Domingo Perón: “A los compañeros Don Ángel y Dña. Elena Bevilacqua”. 6 de octubre de 1964. Madrid. APPB, BA.

25 Sorpresivamente llegó a Buenos Aires la actual esposa del ex presidente Perón (1965, octubre 13). Clarín, pp. 24-25. Biblioteca Nacional (BN), Hemeroteca, CABA; y La presencia de Isabel Perón en Buenos Aires despierta reacciones contrarias (1965, octubre 13). La Razón, p. 16. BCN, Hemeroteca, CABA. El MNA sería el impulsor del denominado “Operativo Cóndor”, que en 1966 desvió un avión hacia las Islas Malvinas. Mientras Dardo Cabo se integró luego a Montoneros siendo director de la publicación El Descamisado, otro de los dirigentes, Alejandro Giovenco, prosiguió su militancia en la Concentración Nacional Universitaria (CNU).

26 Ruidosas manifestaciones hubo anoche desde los balcones de Avenida Alvear (1965, octubre 14). Clarín, p. 20. BN, CABA.

27 Fue causa de incidentes la presencia de la señora de Perón en la Capital (1965, octubre 14). La Razón, p. 16. BCN, CABA; y Nuevos incidentes hubo frente al hotel que aloja a la esposa del ex dictador (1965, octubre 14). La Nación, p. 8. BN, CABA. Quiróz nació en 1946 en la provincia de Corrientes, de donde emigró con sus padres en 1948 a una villa ubicada detrás del barrio de Los Perales, para mudarse posteriormente a una casa otorgada por la Fundación Eva Perón. Cuando tenía 12 años recuerda haberle llevado la comida a su padre que estaba participando de la huelga en el Frigorífico Lisandro de la Torre. En ese momento, Brito Lima y “otros compañeros” que también militarían en el CO trabajaban en el frigorífico y acompañaban la conducción sindical de Sebastián Borro. Entrevista realizada por el autor a Juan Quiróz en 2014, CABA. Para Jorge Rulli, allí se construyó un mito sobre la influencia de Cooke en el conflicto, quien en rigor era rechazado por un activismo duro que le reprochaba su promoción del acuerdo con Frondizi, para señalar que “aunque no nos guste”, quien verdaderamente tuvo protagonismo fue “la gente de Brito Lima, que era la pesada del sindicato”. Entrevista realizada por el autor a Jorge Rulli en 2015, BA.

28 Fue causa de incidentes la presencia de la señora de Perón en la Capital (1965, octubre 14). La Razón, p. 16. BCN, CABA.

29 La presencia en Buenos Aires de la señora Isabel Perón fue motivo de nuevas y grandes incidencias (1965, octubre 15). La Razón, p. 4. BCN, CABA; y Violentos disturbios protagonizaron anoche grupos políticos antagónicos (1965, octubre 15). Clarín, p. 26. BN, CABA.

30 Entrevista realizada por el autor a Hugo Viqueira y Hugo Orbis en 2014, CABA.

31 Revisionismo (1968). Patria Joven, p. 12. APPB, BA.

32 Comunismo: lacra social (1968). Patria Joven, p. 16. APPB, BA.

33 Para gremialistas (1968). Patria Joven, p. 16. APPB, BA.

34 Grave enfrentamiento entre dos sectores del peronismo (1971, noviembre 12). Clarín, p. 18. BCN, CABA.

35 Las contradicciones políticas en el justicialismo estallaron en un tiroteo entre grupos antagónicos (1971, noviembre 12). La Opinión, p. 8. BCN, CABA. A pesar de ese enfrentamiento, luego los comandos coincidieron con los militantes de la CNU dirigidos por “el chicato” Giovenco en la custodia del palco oficial el 20 de junio de 1973.

36 Pedro Salto, el dirigente comando que ingresó al lado de Castro, aún conserva en su cuerpo las cicatrices de los orificios de las balas de alto calibre que, a la sazón, también lo dejaron herido con riesgo de muerte. Entrevista realizada por el autor a Pedro Salto en 2014, BA.

37 Ambas fechas son emblemáticas para el peronismo: la primera remite al levantamiento cívico-militar contra el gobierno del general Pedro Eugenio Aramburu y la segunda a la muerte de Eva Duarte de Perón.

38 Revista Redacción (1973), n° 4, p. 24. Archivo personal del autor, CABA.

39 Entrevista realizada por el autor a Juan Quiróz en 2014, CABA.

40 Las armas largas utilizadas en esa oportunidad habrían sido sustraídas de cuarteles del Ejército mediante contactos militantes. Distintas fuentes orales coincidieron en señalar que uno de los que tuvo una participación en dichos episodios fue Roberto Fernando Bendini, el mismo que en su condición de titular del Ejército en el año 2004 procediera a descolgar los cuadros de Jorge Rafael Videla y Roberto Bignone por orden del entonces presidente Néstor Kirchner.

41 La pretensión de reeditar el 17 de Octubre habría concitado un comentario irónico de Perón, no desprovisto de alcance crítico: “estos muchachos son ortodoxos hasta en los métodos”.

42 Jóvenes uniformados en un acto peronista (1973, mayo 21). La Nación, p. 6. BCN, CABA.

43 Jóvenes uniformados en un acto peronista (1973, mayo 21). La Nación, p. 6. BCN, CABA.

44 Otro intento de milicias peronistas. Interrogantes sobre la aparición de un grupo juvenil uniformado (1973, mayo 22). La Opinión, p. 10. BCN, CABA.

45 Dentro de los muertos de quienes defendían la posición del palco estuvo el comando Rogelio Cuesta, un ferroviario oriundo de la localidad de Chascomús.

46 Revista El Descamisado. (1973), n° 6, p. 3. Disponible en: http://www.ruinasdigitales.com/descamisado/descamisadoemboscadaymatanza16/.

47 Revista Evita Montonera. (1975), nº 5, pp. 14-18. Disponible en: http://www.ruinasdigitales.com/revistas/Evita%20Montonera%2005.pdf.

48 Al menos en el sentido demandado por la izquierda marxista, dado que como el mismo autor lo señaló al referirse al staff de La Opinión, las nociones epocales de cambio o revolución circulaban con significaciones diversas, y podían referir a un concepto de modernización, a una hipotética revolución socialista o al imaginario de una “revolución peronista interrumpida en 1955” (Vezzetti, 2012, p. 76).

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Fecha de recepción de originales: 15/04/2014.
Fecha de aceptación para publicación: 18/07/2015.