RESEÑAS

Ignacio Zubizarreta. Los Unitarios: Faccionalismo, prácticas, construcción identitaria y vínculos de una agrupación política decimonónica, 1820-1852. Stuttgart: Verlag Hans- Dieter Heinz, 2012, 324 páginas.

Laura Cucchi
UBA/CONICET

Este trabajo publicado en 2012 presenta los resultados de la investigación doctoral de Ignacio Zubizarreta culminada un año antes en la Universidad Libre de Berlín. En palabras de su autor, el principal objetivo del libro radica en examinar la dinámica política rioplatense durante la primera mitad del siglo XIX. Para ello, toma como mirador a una de las agrupaciones que protagonizó la vida pública de esas décadas, los unitarios, quienes ocuparon una primera etapa en el poder y pasaron luego a la oposición y -en muchos casos- al exilio. De ese modo, la obra no sólo ofrece una reconstrucción de la historia de ese grupo, sino que junto con ello se propone reflexionar sobre las características de las fuerzas políticas de la época que se autoidentificaban como partidos. El autor opta, en cambio, por utilizar el concepto de facción para abordar los actores -a pesar del reconocimiento de las connotaciones negativas que esa noción tenía durante el siglo XIX-, lo considera más adecuado para analizar un movimiento político sin estructura organizativa, jerarquías internas formales y pautas ideológicas precisas. Pero además, esa elección se vincula con un argumento central del libro que aparece desde su mismo título: el faccionalismo, que constituyó de manera progresiva la forma predominante que adquirió el antagonismo en esas décadas.
El libro se organiza en dos partes que funcionan con enfoques distintos y se dividen a su vez en dos capítulos cada una. La primera, denominada “Del inicio del grupo rivadaviano a la concordancia del antirosismo. Formación de las facciones y dinámicas políticas”, toma un eje cronológico y brinda un panorama general de la historia de los unitarios entre 1820 y 1852. En el primer capítulo, revisa la conformación de ese movimiento político en los años veinte y propone que esa etapa temprana del unitarismo en el poder de Buenos Aires se caracterizó por una “faccionalización” creciente de la política y de la agrupación. Con este concepto remite a una progresiva concentración del poder en manos de civiles -y luego de hombres de armas- que llevó al abandono de los espacios institucionales de intervención pública. Zubizarreta sostiene, en esa dirección, que el periodo se inició en un momento donde la Sala de Representantes ocupó un lugar protagónico en la escena política. Luego, se produjo un viraje en las formas de ejercicio del poder por la misma dinámica de los acontecimientos, derivada de la guerra contra el Imperio del Brasil y las disputas con las otras provincias en relación a la aspiración de establecer una constitución unitaria. El cambio acompañó la virulencia creciente en las disputas entre unitarios y federales que llevó a un “desplazamiento de un modo colegiado de poder a otro unipersonal”, primero en manos de Rivadavia y luego de Lavalle (pp. 141-142).
En el segundo capítulo, a través de un nutrido corpus documental, reconstruye y dimensiona la experiencia de los unitarios en el exilio oriental. Se concentra especialmente en las diferentes empresas que se organizaron con el fin de derrocar a Rosas, desde las logias secretas y aventuras conspirativas hasta el tendido de puentes con otros sectores que trabajaban con el mismo objetivo, como los federales liberales y los hombres de la Joven Generación. Estos acuerdos fueron posibles, argumenta, porque todos ellos aspiraban a “instaurar un sistema nacional, republicano, federal y constitucionalista, con influencias del pensamiento liberal” (p. 116). Finalmente, ese acercamiento llevó a que el unitarismo se transformara paulatinamente en un eslabón de las más heterogéneas fuerzas antirosistas, aunque en la retórica del régimen siguiera ocupando el lugar del adversario por antonomasia.
La segunda parte del libro se denomina “Prácticas políticas, construcción identitaria y disparidades de la facción revelada por la prosopografía” y vuelve sobre el periodo ya abordado de 1820-1852 con una mirada centrada en problemas específicos. Como revela su título, en esta sección elige como herramienta metodológica la prosopografía, para conocer con más detalles quienes eran los unitarios. Para ello el autor debió tomar algunas decisiones iniciales en pos de delimitar el universo de quienes componían ese grupo, para lo cual estableció los siguientes criterios: la adscripción a un conjunto de pautas ideológicas, un reconocimiento de membresía a tales filas, la participación en “momentos clave” de la causa centralista y la pertenencia a determinadas redes familiares y de amistad.
Con este punto de partida, el estudio prosopográfico es utilizado para abordar, en los dos últimos capítulos, el funcionamiento interno de la agrupación desde varias perspectivas. Por una parte, el autor avanza sobre las formas de organización inicial y los motivos que llevaron a sus miembros a permanecer dentro de sus filas, y divide al movimiento en tres generaciones. La primera constituida principalmente por letrados y eclesiásticos, que habían nacido antes de 1790, contaban con un elevado nivel de instrucción y en su mayor parte habían sido protagonistas del proceso de independencia. Una segunda, conformada por los nacidos entre 1790 y 1810 que se dedicaron de manera mucho más frecuente a la carrera de las armas en el marco de la Revolución de Independencia y la guerra contra el Imperio del Brasil. Y una tercera compuesta por quienes habían nacido luego de 1810 que contaron con escasos estudios superiores y se abocaron de manera mayoritaria a las acciones armadas contra el régimen de Juan Manuel de Rosas.
De acuerdo con los resultados del análisis de los mencionados datos biográficos, el autor avanza además por tres puntos de tensión que atravesaron a la agrupación -las diferencias entre los porteños y quienes adhirieron al unitarismo en otras provincias, entre los miembros civiles y militares, y entre hacendados y pueblerinos en la campaña de Buenos Aires- y examina la relación de los unitarios con los sectores populares. En diálogo con la experiencia del federalismo, en este punto, sugiere que la estrategia unitaria de acercamiento a esos actores resultó menos eficaz y no logró articular vasos comunicantes que cimentaran la construcción de su poder.
En relación con esos elementos, revisa otras dos cuestiones que hacían al funcionamiento del movimiento y que resultan centrales: una relativa a la constitución de un núcleo de creencias políticas compartidas y la otra vinculada a las relaciones que entabló con el federalismo -y a las diferencias y similitudes que las dos agrupaciones tuvieron en su accionar público-. Sobre el primero de estos aspectos, señala que las principales ideas defendidas por sus miembros iban más allá de propuestas de corte centralista para la organización nacional, y remitían a la necesidad de un “ordenamiento institucional, división de poderes, elaboración y promulgación de una carta magna, defensa de garantías individuales, captación de capitales y de mano de obra europea, libertad de cultos, promoción de vías navegables y minería en las provincias, difusión de la educación popular” (p. 260). Sin embargo, Zubizarreta sostiene que la incidencia de ese programa en la adscripción política fue débil y estuvo subordinada a otras razones que impulsaron la pertenencia partidaria de manera más decidida, como los lazos familiares, las relaciones personales o de amistad y determinadas experiencias compartidas.
Con respecto al segundo aspecto, el autor sugiere que a pesar de las diferencias que federales y unitarios tuvieron en materia de creencias políticas, el accionar de los dos agrupamientos se ajustó a las mismas pautas; fundamentalmente en lo que se refiere a los argumentos a los que apelaron en sus disputas políticas y que se basaron en una sistemática descalificación del adversario. Por estos motivos, afirma que las mayores diferencias en sus respectivas formas de intervención pública se ligaron más a las posiciones que coyunturalmente ocupaban en relación con el poder que a cuestiones de índole ideológica.
En síntesis, este libro contribuye a conocer en profundidad la historia de los unitarios. Esclarece, particularmente, la experiencia durante el exilio en Uruguay y la creatividad política que tuvieron que desplegar en esa instancia en su militancia contra el rosismo. Pero además, por la misma perspectiva que adopta, centrada en el devenir de una agrupación, ilumina características que parecen haber sido más generalizadas sobre las fuerzas políticas de la época y puede servir, en ese sentido, como punto de partida para una problematización y sistematización de conceptos analíticos de uso extendido por la historiografía actual como los de “facción” y “faccionalismo”. Asimismo, este estudio sugiere algunas líneas de indagación para el período posterior a 1852, y puede contribuir por ello a vincular dos campos de investigación que no siempre han funcionado en íntima comunicación: aquellos abocados a las primeras décadas de la postindependencia y los que abordan la experiencia constitucional. Estas etapas no han sido examinadas en general de manera conjunta, a pesar de lo fecunda que podría resultar tal empresa para comprender las decisivas décadas que siguieron a la caída del régimen rosista, como lo sugieren los resultados de esta investigación.