ARTÍCULOS

La celebración de los grandes hombres: funerales gloriosos y carreras post mortem en Argentina

Sandra Gayol1

Resumen: El artículo analiza los funerales organizados por el Estado nacional argentino entre 1906 y 1914. Los funerales son considerados como un rito de pasaje y como fiestas cívicas a través de las cuales el régimen celebraba a la vez a sus grandes hombres y sus propios méritos. El artículo es sensible a las particularidades de cada funeral pero apunta especialmente a subrayar los rasgos compartidos y a captar el mensaje político similar que disparó el Estado. Se explora el rol pedagógico que las elites en el Gobierno atribuían a estos funerales apuntando a rescatar la preocupación por el orden, la civilidad de las masas y la austeridad republicana. Los funerales de Estado auguraban también un trabajo oficial, en ocasiones privado, de memoria y de celebración póstuma. En el apartado final el artículo especula sobre las posibles razones por las cuales estos “grandes hombres”, que fueron aclamados por el Estado y también por una porción significativa de la población al momento de sus muertes, no recibieron en el curso del siglo XX y no reciben hoy un culto al cuerpo, ni fueron ni son objeto de manipulaciones deliberadas.

Palabras clave: Funerales de Estado; Rituales mortuorios; Grandes hombres; Carreras post mortem; Argentina.

The celebration of great men: glorious funerals and post-mortem careers in Argentina

Abstract: This article analyzes the funerals organized by the Argentine National State from 1906 to 1914. These funerals were considered as rites of passage and as public feasts through which the regime honored their great men as well as their own merits. This paper deals with the peculiar characteristics of each funeral, although it lays emphasis on their common features and particularly on grasping the similar political message given by the State. It looks at the pedagogic role that the government elites attributed to these funerals for the sake of order, civic mindedness and republican austerity. State funerals also made way for public and sometimes private work related to memory and posthumous celebration. The last section of the article speculates about the possible reasons why the bodies of these “great men”, acclaimed by the State and by a significant part of the population at the time of their death, do not enjoy cult status or are objects of deliberate manipulations neither in the 20th century nor at present.

Key words: State funerals; Death rites; Great men; Post mortem careers; Argentine.

La celebración de los grandes hombres: funerales gloriosos y carreras post mortem en Argentina

Durante 1910 la Argentina y especialmente la ciudad de Buenos Aires se preparaban para conmemorar el proceso inaugurado cien años antes.2 Con poca organización, mucha improvisación y gran entusiasmo la ciudad iba a poner en escena un siglo de vida independiente y las espectaculares transformaciones económicas, sociales y culturales ligadas con las últimas décadas del siglo XIX. Edificios administrativos, cárceles, escuelas, hospitales, eran un dato elocuente de la voluntad de construcción del Estado que se hace más impresionante por el contraste con el perfil de humilde edificación de la periferia de la ciudad (Halperín Donghi, 1995, pp. 55-56). Deseosa de grandes avenidas como las abiertas por Haussmann en París –en 1910 la única apertura concluida es la de la Avenida de Mayo- la ciudad mostró, triunfal, el teatro Colón remodelado y su interés por las artes y el progreso técnico en cuatro grandes exposiciones programadas en distintos momentos de 1910.3 Este cuadro glamoroso diseñado y pensado para los vivos convivió con una serie de homenajes destinados a los muertos. El centenario de la Revolución de Mayo de 1810 era ideal “para señalar a las nuevas generaciones lo que fueron aquellas otras, indicadoras de rumbos y horizontes”4 y para “presentar ante el mundo en 1910 al pueblo argentino unido, próspero y feliz y en un rápido camino al cumplimiento de sus grandes destinos”.5 El frenesí conmemorativo desplegado en visitas al cementerio, estatuas, acuñación de monedas y de medallas con la efigie del homenajeado, integrante de un proceso más amplio de producción de imágenes con contenido histórico y nacional de diverso soporte técnico, no era completamente nuevo.6 Durante todo el siglo XIX uno de los mayores desafíos por los que habían atravesado los países latinoamericanos desde la independencia era la consolidación de la autoridad estatal y el establecimiento de símbolos, ritos y palabras que estimularan el sentimiento republicano (Mc Evoy, 2006, p. XV). La Argentina no fue ajena a este proceso y también en diferentes momentos del siglo XIX y especialmente en sus últimas décadas experimentó un impulso constante por honrar a los muertos ilustres, una vocación de recuperar para la nación a grandes ciudadanos y a próceres olvidados.7 Los funerales de Estado celebrados entre 1906 y 1914 se inscriben en esta tendencia más general, pero al mismo tiempo por la talla de los muertos, por la estética desplegada el día de sus muertes y durante el funeral, por el mensaje integrador e inclusivo irradiado desde el Estado y por el contexto en que se producen, se desmarcan de esta tradición.
El año de los “grandes funerales”, como se definió a 1906, se inició en enero con el fallecimiento de Bartolomé Mitre, siguió en febrero con el de Francisco Uriburu, en marzo con el del presidente en ejercicio Manuel Quintana, en julio con el de Carlos Pellegrini y en noviembre con el de Juan Agustín García y Alberto Casares. La seguidilla continuó al año siguiente con Luis Sáenz Peña, volvió a aparecer en 1909 con la muerte de Miguel Juárez Celman, para “clausurarse” en 1914 con el fallecimiento de Roque Sáenz Peña en agosto, Julio Argentino Roca en octubre y José Evaristo Uriburu, también en octubre.8 La intención de este artículo es analizar estas muertes a través de los funerales organizados por el Estado poniendo énfasis en su importancia política e ideológica y en el esfuerzo de construcción simbólica que, liderado por el mismo Estado, apuntó a transmitir unidad e identificación nacional a través de los restos del “gran hombre”. Los funerales de Estado son considerados aquí como un rito de pasaje y también como fiestas cívicas a través de las cuales el régimen celebraba a la vez a sus grandes hombres y sus propios méritos. Estos hombres, muy distintos entre sí, fueron unidos por el funeral de Estado que era el mayor homenaje que podía tributarse a un muerto. A su vez, estas ceremonias variaban en estética, en intenciones, en mensajes. El artículo es sensible a las particularidades de cada funeral pero apunta especialmente a subrayar los rasgos compartidos y a captar el mensaje político similar que disparó el Estado. Todos los funerales se inscriben en un contexto más amplio de conmemoración del primer centenario y todos dialogan y cobran pleno sentido en el conflictivo e incierto presente. Estas muertes, como tratamos de mostrar, no sólo pretendían engrosar el “altar de la patria” sino que fueron usadas por el Estado para generar un sentimiento de pasado compartido e identidad común y devinieron esenciales para transmitir ideas y dar respuestas a las preocupaciones del presente. La capacidad política y la eficacia simbólica de los cuerpos muertos convertían a los funerales de Estado en un evento político que ponía a prueba la legitimidad del Gobierno, eran un acontecimiento de gran espectacularidad y de gran emoción frente al cual era difícil permanecer indiferente. El trabajo explora el rol pedagógico que las elites en el Gobierno les atribuían apuntando a rescatar la preocupación por el orden, la civilidad de las masas y la austeridad republicana. Estas ceremonias auguraban también un trabajo oficial, en ocasiones privado, de memoria y de celebración póstuma. En el apartado final el artículo especula sobre las posibles razones por las cuales estos “grandes hombres”, que fueron aclamados por el Estado y también por una porción significativa de la población al momento de sus muertes, no recibieron en el curso del siglo XX y no reciben un culto al cuerpo, ni fueron, ni son, objeto de manipulaciones deliberadas. Si hoy no tienen un culto nacional es porque, creemos, ya no cumplen una función sustantiva en la concepción de la nacionalidad o en los problemas nacionales.
El artículo se apoya en las fuentes disponibles en los archivos públicos: los decretos y las disposiciones oficiales, la oratoria fúnebre, las biografías existentes y especialmente la prensa periódica y las revistas del período.9

El ritual: la familia, el Estado, la multitud

En la época colonial, cuando se inició el movimiento revolucionario y por supuesto en el curso de todo el siglo XIX, las fiestas cívicas fueron usadas por las elites latinoamericanas en el Gobierno para inculcar valores y ciertas normas de conducta que, por repetición y automáticamente, buscaban continuidad con el pasado.10 La conversión de la muerte y el uso de algunos cuerpos muertos como vehículos políticos tampoco eran una invención de los albores del siglo XX. Durante la dominación española la muerte y las exequias del rey brindaban la ocasión de resaltar el poder de la monarquía y la perpetuidad de la dignidad del poder real. Luego, con las invasiones inglesas a la ciudad de Buenos Aires, en 1806 y 1807, se inició una novedosa tramitación de honores colectivos a todos aquellos que habían dado su vida en “defensa de la patria y de la religión”.11 La tributación de honores oficiales al general Manuel Belgrano, en 1820, o las honras fúnebres al asesinado Manuel Dorrego lideradas por el gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas en 1829, continuaron con la repatriación de los restos de Bernardino Rivadavia por el Estado de Buenos Aires en 1857, los de San Martín concretada por el presidente Avellaneda en 1880 y siguieron con una práctica más amplia de conmemoración que retomará sus bríos también en ese año aunque conocerá un mayor impulso en la década siguiente.12 Los funerales de Estado de inicios del siglo XX ingresaban en esta tradición, pero a la vez interpelaban el presente y especulaban sobre el futuro. No se trataba, como en el siglo XIX, de convertir el cuerpo muerto en instrumento que marcaba y encarnaba la autoridad y las fronteras del nuevo Estado, sino de ofrecerlo como albergue de la nación y del orden. A diferencia de la mayoría de los hombres públicos muertos en el siglo XIX asesinados o sometidos a exilios y peregrinaciones, los muertos analizados en este trabajo tuvieron una “buena muerte”, no mueren solos y en el extranjero sino en su país y con el calor y acompañamiento popular. Los funerales del centenario funcionan en cierto modo, y en especial el de Bartolomé Mitre, como un desquite, como la primera posibilidad del Estado argentino de mostrar al mundo y a sí mismo su capacidad de homenajear a sus grandes hombres. Como lo había hecho, por ejemplo, Inglaterra con el duque de Wellington y con la reina Victoria, Estados Unidos con Abraham Lincoln y la III República Francesa con Gambetta, Hugo, Faure y Foch, ahora Argentina también podía homenajear con una gran puesta en escena a sus propios muertos.13
En efecto, el Estado nacional tuvo capacidad de intervención y entró rápidamente en escena. “Es deber del gobierno honrar la memoria de tan distinguido ciudadano por los importantes servicios que ha prestado al país en distintas ramas de las administración pública”, afirmaba el decreto de honores oficiales destinado a Juan Agustín García. Palabras similares se usaron para Francisco Uriburu y Alberto Casares. Los tres merecían dos días de duelo, la bandera nacional a media asta en los edificios públicos de la capital, discursos oficiales, salvas militares y un velatorio público en la sede de la municipalidad. Para Mitre, Quintana, Pellegrini, Luis Sáenz Peña, Juárez Celman, Roque Sáenz Peña y Roca, fueron los más altos honores oficiales, los correspondientes a Presidente de la República. La bandera nacional permaneció a media asta durante diez días en todos los edificios públicos de la nación, buques de la armada y fortalezas en señal de duelo; el cadáver fue velado en la Casa de Gobierno y conducido al cementerio de La Recoleta tirándose 101 cañonazos al momento de la inhumación; todos los ministerios, ambas cámaras del Congreso, el Poder Judicial, el cuerpo diplomático extranjero y las reparticiones civiles y militares fueron invitados a acompañar los restos mortales. Los gobiernos de las provincias y de los territorios nacionales, a través de sus decretos y acciones respectivas, se unieron de inmediato al homenaje.14 Se cursaron invitaciones a los miembros de las distintas corporaciones, se invitó a los comercios a cerrar sus puertas y se suspendieron los espectáculos públicos.
Estas disposiciones no deben pensarse como un simple ejercicio de rutina, muestran sin duda la burocratización del ceremonial que garantizaba una presencia oficial significativa, pero también la capacidad de penetración del Estado en la sociedad civil. Con los decretos y disposiciones el Estado trazó el marco general e implementó espacios en donde se recreaban vínculos entre gobernantes y gobernados. A través de ellos diseñaba la escala del homenaje y el reconocimiento del poder del homenajeado, y también al dictaminar el lugar de los individuos, las corporaciones y las autoridades en el cortejo, así como el orden de los oradores, distribuía poder político y fijaba jerarquías sociales. El funeral de Estado era un homenaje oficial al muerto y el inicio de un trabajo oficial de memoria, pero al mismo tiempo una oportunidad en la que el Estado daba muestras de su poder y presentaba la versión oficial del evento y de sí mismo. Para las elites en el Gobierno el desarrollo, los comentarios y la adhesión que suscitaban los funerales eran una prueba de su legitimidad y de la del régimen.
Es difícil conocer en detalle en quiénes efectivamente recaía la organización, quiénes elegían su ritual, cómo se combinaban sus diferentes elementos y los criterios invocados para su desarrollo. El liderazgo ejercido por el Estado no implicó, naturalmente, desconocer las aspiraciones de la familia y, aunque es mucho más difícil de conocer, del muerto. Hay indicios, por ejemplo, de que la familia Mitre, a través de su hijo Emilio, logró imponer su voluntad de no embalsamar el cadáver.15 El Gobierno permitió también una activa participación de miembros del Jockey Club en las exequias de Carlos Pellegrini. Setenta y cinco socios del Jockey, fundado por el difunto, sirvieron de comisarios para el mantenimiento del orden impartiendo indicaciones a los agentes de policía que portaban escarapelas celestes y blancas. Fue sensible además a la fe católica de Manuel Quintana, del mismo modo que a la de Luis Sáenz Peña, al poner en la lista de oradores a un sacerdote y dar espacio a los “numerosos sacerdotes [que] desfilaron ante el cadáver llevando sentidas preces por el alma del ex-presidente”.16 Del mismo modo “de acuerdo a los deseos repetidas veces expresados por el general Roca no hay un solo adorno en la capilla… [y] la familia pidió se retiraran los veinte granaderos que el ministerio de guerra envió para hacer guardia de honor junto al cadáver”.17
En los funerales de Estado la muerte es mucho más que un cambio de estado del individuo y mucho más que un cambio de su relación con la sociedad. 18 El muerto pierde rápidamente todo vestigio de sujeto particular y privado y deviene completamente público. Como se insistió en los escritos, los cuerpos muertos en los albores del centenario eran el reservorio de la nación, eran una de sus expresiones materiales. Al mismo tiempo, y sobre todo en el tramo final de la procesión y al momento de la inhumación, en los funerales de Estado el muerto se reincorpora al mundo de los muertos no como el común de los mortales sino como un ancestro venerable. El velorio siempre comenzaba en la casa particular. Aquí el muerto no ha perdido su condición de ciudadano y, si bien la ceremonia está abierta a la comunidad y a los representantes del Gobierno, es la familia la que tiene el mayor control, por ejemplo, sobre los objetos-símbolos que contiene el espacio en donde se muestra al muerto. Amigos personales, integrantes de la elite social, curiosos, “la incesante peregrinación popular”, funcionarios, representantes extranjeros, confluyen todos desordenada y espontáneamente. El traslado del cadáver a la Casa de Gobierno era el punto de inflexión. Su interior y las calles eran el espacio central de los funerales de Estado. Los “despojos mortales del gran patricio”, como escribieron los periódicos en alusión a Mitre, ingresaron “a la sacra morada de la casa de gobierno”.19 Era mucho más que un simple traslado, era un acto simbólico a través del cual el “cadáver por entero pasaba al pueblo devenido en guardián y en custodio”.20 El rol del Estado es para esto clave. El traspaso a la Casa de Gobierno –altar mayor del poder político y especialmente presidencial- y no al templo, devolvía el muerto “a las entrañas del pueblo”.21 El hombre-nación, como se llamó explícitamente a Mitre, renovaba así con creces el vínculo directo con la multitud, vínculo que redundaba en beneficio de la nación. El féretro era estratégicamente ubicado para alimentar este nexo. Generalmente emplazado en el arco principal de la Casa de Gobierno permanecía abierto para la admiración directa. El público aglomerado entraba directamente en contacto con el “gran hombre” que envuelto con la bandera argentina unía los dos polos de la ceremonia: el biológico y el ideológico.22 Esta combinación, según Víctor Turner, es una “noción gráfica de que el gran hombre se ha sacrificado por su patria y que a través de su muerte se fusiona con ella” (Turner, 1974, p. 234). “A pesar de la multitud el silencio era imponente, y es que no sólo los amigos sino los simples curiosos se daban cuenta de que dentro de aquella severa pero modesta caja mortuoria se encerraban para siempre los restos mortuorios de quien sacrificó su larga vida al bien de la patria”.23 Esta asociación del cuerpo-nación con el cuerpo físico, que La Ilustración Sudamericana hace explícita, no remitía ya a las dramáticas peregrinaciones y exilios de los padres fundadores cuyas vidas se asemejaban a la suerte de la república, sino a la etapa de la unificación nacional definitiva y a la del progreso.24
El despliegue de argentinidad y de explosión patriótica continuaba en el cortejo. Al cuerpo envuelto con los colores nacionales se sumaban flameantes banderas argentinas desplegadas por las calles de la ciudad que remataban en las columnas dóricas griegas del importante pórtico del cementerio de La Recoleta. En estas ocasiones el cementerio aparecía cubierto de crespones negros y de cintas celestes y blancas. Las exequias de Bartolomé Mitre el domingo 21 de enero de 1906 son contundentes en este sentido. Todos los artefactos culturales usados por el Estado fueron puestos al servicio de la integración. No sólo el gran padre era amado por todos sus hijos, varones-niños-mujeres, sino también por los nativos y los extranjeros. La “babel de banderas” se impuso en el cortejo. Todas las colectividades movilizadas y participando mancomunadamente remitían a la concepción cosmopolita e inclusiva de nación. A diferencia de los fervientes debates que involucraban a dirigentes, intelectuales y la ciudadanía en general en torno a los criterios legítimos para definir la nación y la nacionalidad, distinto también del movimiento de ideas nacionalistas, culturales e identitarias en plena expansión en esos años, el funeral fue exhibido y narrado en los discursos como profundamente integrador.25 Marcharon codo a codo “banderas argentinas y banderas amigas”,26 representantes de países y colectividades muy heterogéneas, unidos pacíficamente para honrar al muerto. Esta capacidad inclusiva se repetía entre las facciones y partidos políticos. En el cortejo nada remitía al presente conflictivo y no hubo, al menos públicamente, intención de apropiarse en exclusividad del muerto.27 Las facciones y partidos, como acertadamente comentaba El Diario, “marchaban congregadas en legión sólo posible en tal cortejo”.
Con Quintana, Pellegrini, Francisco Uriburu en 1906, Luis Saénz Peña en 1907, Roque Sáenz Peña y Julio Argentino Roca en 1914, la situación no fue presentada de manera diferente.28
Los ritos funerarios, se sostiene, juegan un papel fundamental en el proceso de reintegrar a las facciones en conflicto porque ese tipo de ritual proyecta un lenguaje capaz de expresar ideas opuestas y acomodar diferencias y contradicciones (Turner, 1974). Arraigada en los estudios sobre el tema, aunque de difícil comprobación en muchos funerales políticos de la Argentina contemporánea,29 esta idea prima en los funerales y en todo el ciclo ritual que acompañó la muerte de los grandes hombres analizados en estas páginas. El mensaje central de un mundo social y político integrado y unánime, retratado en imágenes, pronunciado en discursos y contado detalladamente en narrativas, se explica por esta virtud pensada como específica de los ritos funerarios pero se entiende cabalmente sólo si se recuerda la coyuntura por la que atravesaba la sociedad argentina. En efecto, el siglo XX arrancó con dificultades. En 1901 el gobierno del presidente Julio Argentino Roca tuvo que soportar importantes manifestaciones callejeras contra su proyecto de unificación de la deuda pública interna. Esta situación, sumada a desavenencias de más vieja data, culminó con la ruptura definitiva entre el presidente y Carlos Pellegrini. A este hecho, generador a su vez de una profunda crisis dentro del Partido Autonomista Nacional, importante agrupación política a la que ambos pertenecían, se sumó un nuevo intento revolucionario desde la Unión Cívica Radical.30 La fragmentación y fluidez política de estos años convivió con importantes movilizaciones, huelgas y protestas sociales que, lideradas por los anarquistas y socialistas, alimentaron respuestas represivas del Estado y el temor, generalizado entre las elites, a la revolución social.31 La apelación a la unidad y al orden, irradiados desde los funerales, fue una respuesta a esta situación particular y devino funcional al momento por el que atravesaba la sociedad argentina. Mitre, Uriburu, Quintana, Pellegrini, Sáenz Peña, Roca, brindaron todos en su medida un espacio, al menos temporalmente, en el que la nación se expresaba unida. Una de las virtudes más destacadas de estos hombres “con calidades superiores y títulos indiscutibles al respeto común”32 fue su capacidad para ordenar la política, la sociedad y/o la economía. Como se resaltó en octubre de 1914 en ocasión de la muerte de Roca: “(…) si bien fue un bienhechor de la civilización sudamericana desde el gobierno aniquiló el caudillismo y organizó las finanzas”.33 Pellegrini fue celebrado como artífice clave para combatir todo intento revolucionario y Mitre, como machacaron sin cesar la mayoría de los periódicos, fue la pieza central para la organización nacional que habilitó el ingreso a la vida civilizada. Roca, seguirá diciendo La Nación, “si bien cometió errores tomada en conjunto su política estuvo invariablemente inspirada en el concepto de orden público, en el mantenimiento de los gobiernos locales, en la repudiación de todo movimiento revolucionario”.34 El recorte de la trayectoria pública de estos muertos apuntaba a propiciar la identificación con ellos y desactivar así espacios de disputa.
Los funerales de Estado no podían prescindir de la multitud. En general, el escuadrón de seguridad, la banda de música (de la policía y/o del regimiento 3 de infantería) y las carrozas con flores iniciaban el cortejo. Luego iba la cureña con el muerto seguida por una comitiva encabezada por el presidente de la república, ministros de Estado y miembros de la familia. Para secundarla, en este orden, la comisión de generales y jefes del Ejército y la Armada, presidentes de las cámaras legislativas, suprema corte y cámara de apelaciones, cuerpo diplomático, poderes legislativos y jueces federales, gobernadores y poderes provinciales, empleados de la administración pública, sociedades y centros extranjeros, sociedades y centros argentinos y columna popular.35 La columna popular, colocada por los decretos y disposiciones al final de un cortejo siempre definido como interminable, se filtraba por los laterales, se sumaba a medida que avanzaban por las calles de la ciudad, copaba las inmediaciones, pugnaba por entrar primera al cementerio, se trepaba a los árboles. Alteraba el preciso cronograma oficial y, más importante, su presencia era la que garantizaba la apoteosis del gran hombre. Los relatos insisten en mostrar no sólo la impresionante presencia numérica sino la heterogeneidad social, étnica, etaria y de género de la concurrencia.36 Pueblo, multitud, muchedumbre –palabras usadas indistintamente por los contemporáneos- participaban activamente.37
Es difícil saber por qué se movilizó tanta gente. El Gobierno alentaba la participación decretando, por ejemplo, feriado. Para el funeral de Mitre las compañías ferroviarias ofrecían boletos de tranvía a precios muy reducidos y los periódicos invitaban, salvo La Vanguardia y La Protesta, a “toda la población” a participar de las exequias.38 La “cultura de la movilización” entre los habitantes de la ciudad y su dilatada experiencia en participar en expresiones políticas diversas, sin duda contribuyó.39 Por otro lado, el culto a los muertos y la visita al cementerio colocaron a los funerales de Estado como parte de una práctica conocida por la población en general.40 Finalmente, una ciudad con crespones negros en todos sus faroles, con flores multicolores decorando la Casa de Gobierno y el cementerio de La Recoleta, alentaban la curiosidad e invitaban a la contemplación estética. Debe haber sido difícil permanecer indiferente frente a estas tentaciones visuales y también emocionales. Según Ben Amos (2000, p. 321), la procesión por las calles de la ciudad toma la forma de un peregrinaje dual: el que acompaña al ataúd y el de la masa popular que se encuentra consigo misma en la ruta de la peregrinación. Para el público también el funeral de Estado se convertía en un rito de pasaje en la forma de una peregrinación múltiple: desde el lugar donde yacía el gran hombre, en la procesión y hasta la tumba. Víctor Turner sugirió que el peregrinaje es también un rito de iniciación en el cual el peregrino entra en contacto con lo sagrado y consecuentemente experimenta una transformación. El funeral de Estado era, consecuentemente, el punto en el que se unían dos ritos de pasaje diferentes: el del gran hombre y el del pueblo que participaba en la ceremonia. Estos dos aspectos son inseparables, pues el pasaje de ambos de un estado a otro depende de su coexistencia en la ceremonia: el cuerpo del gran hombre era, por supuesto, la razón del peregrinaje pero el gran hombre también necesitaba de la multitud para convertirse en ancestro (Turner, 1974). Es imposible conocer, sin embargo, las experiencias provocadas por los funerales entre los participantes. No se puede saber cómo vivieron los múltiples asistentes el esfuerzo evidente de convertir los funerales en una experiencia colectiva que testimoniaba de la existencia de una comunidad emocional y nacional. La capacidad de descifrar y de interpretar el material simbólico es muy diversa y fue seguramente objeto de apropiaciones múltiples y diversificadas en función de la posición y la lógica de acción propia de los diferentes protagonistas y grupos.41
Si el muerto necesitaba de la multitud, las elites gobernantes también necesitaban de ella. El funeral de Estado era un evento político que ponía a prueba la capacidad de las elites de garantizar el orden y el progreso. La actitud de las autoridades hacia la multitud era, como en tantas otras situaciones, ambivalente. Por un lado estimulaba su presencia en las calles, que servía además como prueba de la popularidad del régimen y del muerto, por otro temía que las calles abarrotadas de gente terminaran en protesta. La mirada general de una multitud bestial y proclive a alterar el orden convivía con su elogio. A diferencia de las descripciones sobre la mayoría de las manifestaciones obreras, en los funerales la multitud fue presentada como honorable. La mirada positiva hacia los asistentes que destilaron todas las descripciones de los cortejos se asentó en su civilidad, en dos sentidos: porque en su capacidad de “tributar honores demostraba tener conciencia de lo que son y significan las virtudes cívicas y las austeridades republicanas”,42 y porque con sus comportamientos se alejaba de las masas activas en la protesta social. Como reconocía el diario La Razón en su evaluación del comportamiento popular: “es justo declarar que la cultura del pueblo de Buenos Aires, se eleva día a día, el respeto mutuo reemplaza a la grosería típica de otros tiempos y se advierte que la masa aprende a sofrenar los impulsos acatando sin esfuerzo, comprendiendo las causas que las inspiran, las órdenes superiores”.43
Los funerales de Estado no sólo eran un instrumento de legitimación política sino también una prueba del ingreso a la vida civilizada y un ejemplo para los otros funerales. En este sentido su rol pedagógico residía no sólo en subrayar las formas ordenadas y respetuosas de la expresión popular en el espacio público sino también en el modo en que debían comportarse frente a los muertos y el ceremonial. En esos años el temor por el desorden social vinculado a la presencia anarquista y socialista convivía con preocupaciones, que no eran nuevas, sobre los excesos en los comportamientos y el interés desmedido por el materialismo. Hay una clara vocación de demarcar los funerales de Estado de las ostentosas ceremonias fúnebres de las elites sociales y económicas en el cementerio de La Recoleta y una voluntad de disociar las prácticas funerarias de los comportamientos festivos asociados negativamente con el pasado.44 Junto con los consejos de cómo comportarse en un velorio –evitar llantos desbordantes y/o actitudes festivas- se pretendía inculcar una forma de respeto asociada con el recogimiento y la austeridad republicana. Sacarse el sombrero cuando pasaba el cortejo, permanecer en silencio cuando se acercaba el muerto, hacían a “la sencillez y decoro” de la puesta en escena. Las formas de narrar la teatralización del funeral apelaban siempre a expresiones como “buen tono”, “grandilocuencia sencilla”.45
Un momento conmovedor, bisagra entre la fase de transición hacia el mundo de los muertos y la de reincorporación a éste, es cuando el ataúd ingresa al cementerio y antes de la inhumación, acompañada de 101 cañonazos, recibe la despedida final de los oradores. Las palabras copan la atención y son necesarias para la conversión del muerto en ancestro. El discurso es parte del ritual de los funerales de Estado y empieza a proliferar cuando se conoce públicamente la agonía, pero alcanza su máxima expresión momentos antes de la inhumación.

El ritual de las palabras, las palabras para la posteridad

Jean Claude Bonnet mostró para Francia cómo el elogio fúnebre fue perdiendo desde el siglo XVIII los rasgos de la elocuencia sagrada para inclinarse por un nuevo discurso más conmemorativo de la muerte y menos escatológico. El antiguo magisterio fue sustituido por la palabra cívica e institucional que crea una nueva forma de ejemplaridad, inspirada en una ética universalista que pretende reemplazar la jerarquía de los órdenes por una sociedad más homogénea e igualitaria (Bonnet, 1997). Los discursos pronunciados en Argentina en el “año de los funerales”, en las dos grandes exequias de 1914 y también en aquellos eventos que recordaban el aniversario de una muerte o el traslado de los restos a un mausoleo, se inscriben en este patrón interpretativo general.46 La legitimidad del homenaje motorizado por el Estado se asienta en la consagración al bien público del muerto y no responde por ende a su linaje, su nacimiento o a la elección divina. Todos se recuestan en el mérito y no se articulan a partir de la grandilocuencia ni de la homogeneización mecánica de las virtudes resaltadas. Tampoco son panegíricos abstractos sino tributos que apelan a realizaciones públicas específicas alimentadas de una cristalina vida privada. Todos son, naturalmente, hombres superiores integrantes de las “generaciones ilustres de la patria” pero no eran, a excepción de Mitre, una mera abstracción o entelequia purificada de sus características terrenales. En efecto, en los discursos públicos destinados a estos muertos se destaca una y otra vez su esfuerzo personal y se los considera artífices del progreso, conductores serenos y carentes de arrebatos personales. Además, siempre algún orador invoca una nota personal, apela a una anécdota de connotaciones virtuosas que da chispazos de humanidad al personaje y convierte parte de su legado en posible de imitar.47 Devienen así en un foco de ciudadanía pasible de ser aprehendido e incorporado por la población en general.


Mitre. Cortejo fúnebre en marcha. 1906. En Mitre. Homenaje. Biblioteca-Museo Mitre. Buenos Aires.

Todos, menos Mitre, remiten a la Argentina moderna. Son, en diferente grado y a partir de rasgos propios y específicos, artífices centrales del período glorioso de la Argentina reciente y presente que también se conmemoraba en 1910. El centenario celebraba varias cosas a la vez: la consolidación política de un estado que por décadas fue peligrosamente frágil o aún inexistente, pero también un perfil urbano reflejado en la transformación económica, social y cultural que el orden político vigente exhibía como su justificación última (Halperín Donghi, 1995, pp. 55-56). Con los funerales de Estado de Pellegrini y Roca, especialmente, es la Argentina surgida a partir de 1880 la que ocupa el centro de la escena. La iconografía que circuló los días posteriores a la muerte de Pellegrini, con algunas imágenes claramente inspiradas en las caricaturas que se realizaron en los años 90, remite a su temperamento enérgico y aguerrido indispensable para liderar situaciones de crisis. El tamaño colosal de su figura, tal como aparecía en las representaciones, fue a la par de su gesto decidido, en palabras de los periódicos, indispensable para doblegar la crisis de 1890-91. El homenaje estatal y popular tributado el 21 de julio de 1906 reconoció la sofisticación del muerto en sus consumos culturales y sus comportamientos, pero anidó especialmente en el liderazgo exitoso de la crisis política, económica y financiera que terminó con la renuncia del presidente Juárez Celman y su designación como presidente interino. Con Julio Argentino Roca sucedió algo similar. Muerto imprevistamente el 14 de octubre de 1914, todos advirtieron que desaparecía una figura clave de la política argentina de los últimos cuarenta años. Si su activa y dilatada participación en la primera línea de la política argentina fue recordada en detalle, el énfasis ancló en su “éxito en aniquilar al salvaje y al caudillismo” y en su capacidad para liderar la construcción de vías férreas, caminos y puentes.
Orden pero también negociación definen la clave de lectura y la estrategia elegida para celebrar discursivamente a estos muertos. Con dotes casi extraordinarias para armar consensos y acuerdos, astutos negociadores y con autoridad suficiente como para imponerse en situaciones disidentes, sus cualidades y sus personas eran pensadas como indispensables en un momento de pánico entre las elites intelectuales y políticas por el impacto incierto y temible del cosmopolitismo.48 “El general Roca ha muerto”: esta frase contundente que iniciaba la extensa cobertura que el diario La Nación dedicó a su fallecimiento, transmite respeto y pesar por la desaparición física de un hombre pero también la sensación de pérdida y desaparición de una clase dirigente.49 “Solo queda el general”, expresión frecuente para referirse a Roca sin nombrarlo una vez muerto Mitre en 1906, dejó de tener sentido en 1914.50 Era una prueba más, la sensación estuvo muy presente en 1906, de que quedaba “vacío el campo en donde varias generaciones, las más ilustres de la patria, amasaron y plasmaron, hasta darle contornos definitivos, la ruda arcilla de nuestra nacionalidad”.51 “Su muerte (de Luis Sáenz Peña) significa un nuevo vacío en el escenario de nuestra alta intelectualidad y nuestra sana política”.52 Esta sensación de pérdida y de vacío alimentaba los temores por el presente y es quizás lo que explique el tono ambiguo que cubre estos funerales. Es decir, por un lado se resaltan las virtudes del muerto pero por otra parte se las expresa en un tono de conmoción y de solemnidad que sin duda invoca el respeto por el difunto, el desasosiego y el vacío dejado por su muerte.
La muerte de Mitre se expresó en cambio de manera muy diferente.53 Francisco Uriburu, Manuel Quintana, Carlos Pellegrini, José Evaristo Uriburu, Luis y Roque Sáenz Peña y Julio Argentino Roca, fueron puestos como hacedores fundamentales de la modernidad argentina, eran el presente iniciado en 1880 con sus glorias y sus incertezas. Son muertes que miran, entonces y paradójicamente, al futuro, mientras que la de Mitre se asienta en el pasado, en la historia. Con la muerte de Mitre es el siglo XIX el que se recapitula y piensa a sí mismo. El general Mitre había recorrido casi todo el siglo, fue testigo y artífice de los acontecimientos públicos más significativos. El siglo de la Argentina, como publicó Tribuna, “se confunde con la biografía de Mitre. Ese siglo y ese hombre se confunden en la memoria”.54 Su nacimiento en 1821, año de disolución del poder central y de inicio de las guerras civiles, fue presentado como premonitorio de su gesta futura: liderar la unidad nacional y erigirse como primer presidente del país unificado en 1862. Conoció y se enfrentó con casi todos los hombres públicos del siglo XIX. Igualmente importante, lideró los elogios fúnebres de las dos repatriaciones más significativas de esa centuria (la de Rivadavia y la de San Martín) y modeló los homenajes fúnebres de los hombres públicos en los aniversarios de sus muertes. Como ellos, sufrió el destierro y murió austeramente, pero a diferencia de ellos no murió joven. Vivió mucho y también en forma distinta de aquellos que integrarían con él “el cielo de la historia”55 no murió en el exilio, solo, sino en su país, en su ciudad y en su casa. No fue después de muchos años de fallecido que se le rindieron honores, como sucedió con la mayoría de los muertos del siglo XIX convertidos en grandes hombres. El 19 de enero de 1906 no se rescató un aspecto de su obra, como sí sucedió con los otros casos aquí analizados y como suele ocurrir en la mayoría de los muertos homenajeados públicamente, sino que fue presentado y valorado por la totalidad de su vida pública. La Nación orquestó desde su agonía un formidable despliegue56 y también la mayoría de los periódicos, el Estado, los políticos y los intelectuales participaron en el proceso de coronación de su figura como un hombre superior. Su ingreso triunfal entre los hacedores de la nación inyectaba un sentimiento de comunidad y pertenencia que si bien encontraba una de sus expresiones simbólicas en el abrazo fraterno con los gestores de mayo, tenía también un claro correlato material asentado en la densidad y corporeidad de su propio legado. ¿Qué era Mitre? se preguntaban los contemporáneos. A coro enumeraban: patriota, tribuno, guerrero, estadista, parlamentario, gobernante, historiador, poeta, investigador y cultor de las ciencias y las letras.57 “Foja de la orfandad y la pobreza [como los héroes de la independencia] combatió con todas sus fuerzas a la barbarie entronizada [Juan Manuel de Rosas]”.58 Esta “personalidad múltiple”, para ponerlo en términos de la Revista Nacional, aglutinaba valores políticamente necesarios, socialmente preciados y difíciles de encontrar todos juntos en una misma persona. Era la posesión de todos estos rasgos nobles, casi divinos, que lo convertía en héroe y por ende habilitaban la pretensión de hacerlo ingresar, sin cuestionamientos, al altar de la Patria. Así presentado funcionó como un antecedente indispensable y superior de los otros muertos. Era el principal hacedor de una historia necesaria para que la modernidad y el progreso hubieran sido posibles.

La presencia de la fe: funerales en la catedral

Estos funerales esencialmente civiles y militares no estuvieron desprovistos de expresiones religiosas católicas. Cuando la agonía devenía un síntoma permanente y premonitorio de la muerte el moribundo era visitado por un religioso –el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Espinosa, tuvo un rol muy activo- ante quien se confesaba y por quien recibía luego la extremaunción. Posteriormente la familia y los amigos ingresaban al lecho mortuorio para unirse a la plegaria. La cruz y los candelabros eran parte del decorado, siempre austero, que convivía con la bandera argentina. Es imposible saber con certeza si estos gestos y símbolos eran el resultado de la iniciativa individual y de la voluntad del moribundo, o decisión de algún integrante de la familia. Una muerte cristiana, como se apresuraban a subrayar las publicaciones católicas,59 sin ninguna mención religiosa para los demás periódicos de la época, integraban el “relato mínimo” necesario para una “buena muerte”. El proceso de laicización de la vida pública no implicó, necesariamente, desterrar las creencias de la vida privada (Halperín Donghi, 1994). Los conflictos entre el Estado y la Iglesia católica no deben pensarse como sinónimo de pérdida absoluta de referentes religiosos en la sociedad civil y entre quienes cumplieron un papel decisivo en el avance del Estado sobre la institución eclesiástica.60 Esta forma de morir no fue exclusiva de los grandes hombres consignados en estas páginas y parece haber sido frecuente entre muchos hombres y mujeres en general.61 Paul Groussac, militante liberal y férreo opositor del “Partido Católico”,62 lamenta una y otra vez la “muerte sin plegaria en el lecho” y “sin sacerdote en su agonía” (Groussac, 2001, p. 72).
En la Casa de Gobierno la escenografía era similar. La cruz detrás del féretro y los candelabros convivían con el escudo y la bandera argentina. La capilla ardiente de Julio Argentino Roca destaca por “su severo e imponente aspecto. Grandes candelabros y palmeras rodean el féretro cubierto con la bandera nacional. En el fondo un gran escudo patrio cuyo sol cruza una bandera nacional, que vela un negro crespón. Bajo el escudo, en mármol, aparece un busto de la república”.63 Hoy sabemos que estas expresiones religiosas no deben pensarse necesariamente como antirrepublicanas. En Argentina, como en los demás países latinoamericanos, los funerales de Estado no implicaron un republicanismo cívico-secular excluyente.64 Esta persistencia religiosa se explica en muchos casos por la ambigüedad del legado republicano (Mc Evoy, 2001) y también por las convicciones católicas hechas públicas por varios de estos muertos. La impregnación religiosa –cirios, cruces prominentes, crucifijos sobre el pecho del muerto, repetidas oraciones y responsos a cargo del arzobispo de Buenos Aires Espinosa, etc.- que modeló el velatorio y funeral de Manuel Quintana y de Luis Sáenz Peña tendió a ser interpretada a partir de la devoción religiosa de ambos muertos. Si las publicaciones católicas se apropiaron vorazmente de estas muertes y las pusieron como ejemplo a seguir “para salvar a la sociedad amenazada por el virus de la irreligión”,65 no parecieron impactar negativamente en la opinión pública. Todos los muertos ilustres, además, antes de ser inhumados en el cementerio de La Recoleta hicieron un alto en la iglesia del Pilar o en la catedral para beneficiarse de una misa de cuerpo presente.66
Mitre, una vez más, se destaca. Los funerales civiles celebrados el 21 de enero de 1906 continuaron una semana después con el funeral religioso en la catedral Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires.67 El mismo día en la mayoría de las iglesias del interior del país y tres días después en la catedral de la ciudad de La Plata, se celebraron misas por el “descanso eterno del general Mitre”. ¿Cómo explicar este funeral? ¿Hay que interpretarlo como una ofensiva de la Iglesia católica en un contexto de nuevas tensiones con el Estado?68 No hay indicios para pensarlo de ese modo. Fue el Estado quien estuvo al frente del funeral religioso. En un decreto oficial declaró que “el viernes 26 se celebren misas y otras ceremonias en la catedral y en todas las iglesias parroquiales”. Se ocupó de todos los detalles de la organización, seleccionó a los invitados, repartió las tarjetas de invitación, se encargó del decorado y de todos los gastos. Los funcionarios ocuparon un lugar prominente, al lado de los miembros de la familia, ubicados en el centro de la nave principal. Cada uno en su lugar, el canónigo Francisco Arreche asistido por los presbíteros Muran y Triffone dio la misa. Concluida ésta el arzobispo Espinosa, ayudado por los obispos de La Plata y el cabildo eclesiástico, rezó un responso frente al túmulo y en presencia de la familia Mitre.69 La música, ejecutada por una orquesta integrada por 160 personas, acompañó distintos momentos de la ceremonia que finalizó con La muerte del héroe de Beethoven. “Capaz de impresionar a los fieles”, en palabras de La Nación, la misa y el responso sin embargo no fueron, creemos, el componente central de esta ceremonia religiosa. El frontispicio de la catedral revestido por flotantes colgaduras negras, las guirnaldas de hiedra ciñendo las columnas, y el ancho lienzo negro cubriendo la bandera argentina que caía en ondulaciones hasta las gradas de entrada, fueron la antesala del interior del templo dominado por un túmulo de grandes proporciones. Diseñado por el prestigioso escultor Tasso, sobre él yacía una pirámide triangular con un ángel de alas desplegadas que representaba la inmortalidad. Esta alegoría sostenía la inscripción, en latín, “La Patria no te olvida”. Al pie de la pirámide y a ambos costados, dos figuras en yeso representaban a la República y a Minerva, que sostiene una bandera argentina. En los triángulos de la pirámide palmas y coronas de roble ofrecían el único dato de color. El túmulo imponente por su escala, lo era aún más por el impecable juego de luces que producía efectos grandilocuentes. La nave fue completamente tapizada de negro y la media luz de los focos forrados de crespón realzaba aún más esta arquitectura completamente blanca.
Es imposible conocer las emociones despertadas entre los asistentes por este despliegue, pero es evidente que la puesta en escena no apeló al recogimiento. Mitre es el centro de atención y nunca aparece subordinado al poder y a la voluntad divina. La estética, desprovista de referentes barrocos, no alentaba el fervor religioso.70 No eran las vírgenes, la virgen María, el niño Jesús, los santos severamente vestidos, el centro articulador de la ceremonia sino el propio Mitre. La estética “severa y simple”, en la lectura de La Nación, combinaba la exacta proporción entre la austeridad y la elegancia. Si el diario socialista La Vanguardia cuestionó severamente que el “gobierno se convierta en organizador de ceremonias religiosas y pompas fúnebres que corresponden, sin duda, a la iniciativa privada” y remataba “no hace falta preguntar quién pagará estas misas, sin compartir los sentimientos religiosos del gobierno”71, el semanario Caras y Caretas –acertadamente, creemos- lo interpretó como “un acto solemne que coronó dignamente las exequias del 21 de enero”.72 Separada del funeral civil, la ceremonia religiosa fue sin embargo parte del funeral de Estado y, más aún, fue el cierre necesario para este homenaje único en la Argentina republicana. Es desde esta perspectiva como se comprende cabalmente.

Después del funeral

Los muertos analizados en estas páginas diferían entre sí por los vínculos que habían establecido con los vivos, por su popularidad, por su formación militar y capital cultural, por sus recursos económicos y por la edad en que murieron. Fueron unidos por el funeral de Estado y, en cierto modo, por el tratamiento recibido posteriormente. El funeral era pensado como el puntapié inicial de sistemáticas y recurrentes conmemoraciones que las sucesivas generaciones ofrecerían al muerto para mantener viva su memoria y para nutrirse de su ejemplo.73 ¿Cómo y a través de qué instancias celebrar al muerto y replicar sus logros? El Diario -pero también otros testimonios- proponía, para Bartolomé Mitre, construir un monumento, llamar a la plaza 11 de Septiembre con su nombre, levantar un mausoleo en el cementerio de La Recoleta, construir un gran hospital en la ciudad de La Plata llamado Mitre y asistir al cementerio.
Eran estos los “lugares de memoria” necesarios para celebrar a un muerto. Como era de esperar, la concreción de estas obras no fue inmediata. La tumba de Carlos Pellegrini, por ejemplo, fue inaugurada en 1914 en el cementerio de La Recoleta. La iniciativa y la gestión cotidiana de la obra provino del Jockey Club pero el grueso de los recursos para financiarla salió, como casi siempre, de las arcas del Estado. El diputado nacional Manuel Carlés propuso rápidamente convertir en museo la casa de Mitre. Con la ley 4943 se dio curso a su propuesta, en 1907 el museo abrió sus puertas al público y en 1942 fue declarado Monumento Histórico Nacional. Recién en 1921, en el centenario de su nacimiento, se colocó la piedra fundamental en la plaza Bartolomé Mitre, emplazada en el corazón del barrio de La Recoleta, para erigir un imponente monumento ecuestre que se terminó en 1927. El mausoleo se inauguró con una gran ceremonia en 1932. Discursos, flores y una nutrida concurrencia hicieron el homenaje. La tumba no devino, sin embargo, en “el santuario cívico al que acude todo argentino en los momentos de las supremas angustias y los supremos desfallecimientos de la vida, para retemplar su espíritu en el ejemplo del que supo luchar y supo vencer y venciendo, ser grande e inmortal”.74 Los mausoleos y los monumentos, especialmente, no fueron como se esperaba al momento de las muertes la “sagrada Meca a la que conduzcamos a nuestros hijos para recordarles junto a la fría loza las virtudes del muerto, fundirlos en el crisol de ellos y formar, así, ciudadanos nobles, leales y abnegados”.75 El legado de los muertos del centenario, como siempre ocurre, ha recibido valoraciones distintas, opuestas y cambiantes. Pero las apropiaciones múltiples que permiten los muertos no fueron, para los casos aquí analizados, acompañadas de conmemoraciones intensas y manipulaciones deliberadas. En un país como la Argentina, en el que los muertos han tenido y tienen tanta eficacia simbólica, en donde los cadáveres o sus partes suelen entrar en movimiento, es necesario preguntarse por la escasa o nula utilidad política que tienen en la actualidad los muertos analizados en estas páginas.76 ¿Cómo explicar el pasaje de un funeral multitudinario y con un impresionante despliegue estatal a la vacuidad política actual de estos muertos? Katherine Verdery, en su fascinante libro sobre las repatriaciones, exhumaciones y reinhumaciones en la Europa del este postsocialista, brinda pistas para comenzar a responder a esta pregunta. Según Verderey (1997, p. 27), la posibilidad de actualización de un cuerpo muerto capaz de llenar de significado a la política está en relación con el currículum vitae del muerto, con el momento en que muere y con la forma de morir y con el contexto nacional e internacional capaz de alentar –o no- la reactivación y manipulación política del muerto. Unidad, estabilidad, orden; tesoros de la Argentina del centenario, que estos hombres encarnaban y que los funerales de Estado se encargaron de subrayar, no son los principales desafíos del presente. Hoy no hay en Argentina, tampoco los hubo en el siglo XX, problemas de desintegración y desmembramiento, los vínculos complejos y conflictivos entre las provincias y entre éstas y el Estado central son parte de la dinámica política sin implicar riesgos mayores. Tampoco hay problemas de límites con otros países y los vaivenes de la economía jalonan toda la historia argentina.77 Ausentes, entonces, los desafíos que estos “grandes hombres” supieron enfrentar y resolver, sus trayectorias vitales carecen también de ciertos rasgos que estimulan un reconocimiento/identificación de los ciudadanos capaces de alentar, a su vez, su manipulación por el Estado o por ciertos grupos. Ninguno de ellos puede exhibir “patrones de vida” atractivos para una sociedad de masas: una existencia plagada de dificultades –económicas, familiares, personales- exilios prolongados y muertes trágicas –especialmente por asesinato o por una enfermedad aparecida precozmente- propician cierto reconocimiento al muerto y su permanencia en la vida pública (Jhonson, 2004, p. XV). Distantes no en el tiempo sino especialmente por sus estilos de vida, estos muertos no parecen brindar la posibilidad de ser fácilmente imitados. Este set de rasgos y de valores ausentes en los muertos del centenario han convertido su currículum vitae, creemos, en escasamente apropiables y manipulables por el Estado, los actores políticos presentes y/o la población en general.

Notas

1 Universidad Nacional de General Sarmiento/Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Argentina. Correo electrónico: sandra.gayol@gmail.com

2 Quiero agradecer a Lilia Ana Bertoni, Marta Madero y Jacques Revel las sugerencias y críticas a una versión preliminar de este trabajo. Marcela Ferrari y César Tcach comentaron con generosidad las principales ideas que sostiene este artículo en las VI Jornadas de Historia Política Argentina, siglos XIX y XX en julio de 2011. También agradezco a los/as evaluadores/as anónimos de esta revista.

3 Para una mirada de conjunto de las celebraciones urbanas del centenario, véase Gutman y Reese (1999), Di Liscia y Lluch (2009).

4 Las festividades. (1906, octubre 19). La Nación, p. 4.

5 Sepelio de Luis Sáenz Peña. Los discursos. Nicolás Avellaneda. (1907, diciembre 7). La Nación, p. 1.

6 Para la producción de imágenes de diversa procedencia, contenido y soporte técnico con contenidos históricos y nacionales que proliferaron en torno al centenario, véase Amigo Cerisola (1995), Gorelik (1998).

7 También en el recambio del siglo XIX al XX otros países latinoamericanos experimentaron procesos de exhumaciones y reinhumaciones de los restos de sus héroes nacionales en ceremonias estatales espectaculares. Para el caso de México durante el Porfiriato, véase Espósito (2000).

8 En 1913 mueren en París Eduardo Wilde y Lucio Victorio Mansilla. Ambos fueron recordados por los principales periódicos porteños y también por funcionarios del Gobierno como partícipes del progreso y la modernidad. Además el Gobierno ordenó al plenipotenciario en París que asistiera al funeral y, para el caso de Mansilla, el Ministerio de Guerra decretó los honores militares correspondientes.

9 No he encontrado prácticamente ninguna referencia sustantiva a la muerte en general y a su muerte en particular en la correspondencia privada de los individuos aquí analizados, tampoco en sus sucesiones conservadas en el Archivo General de la Nación o en el Archivo Mitre. Posiblemente se deba, como sostiene Ariès (2000), a que en esta época los individuos confían en su familia y no necesitan por ello dejar sentado por escrito sus deseos y expectativas que deben seguir sus deudos una vez muertos.

10 Sobre las fiestas cívicas reveladoras de la naturaleza y los significados de los debates acerca del origen nacional en los países latinoamericanos de la primera mitad del siglo XIX, véase Earle (2002).

11 Sobre las diversas celebraciones y festividades en el pasaje de la colonia a la sociedad posrevolucionaria y durante la primera mitad del siglo XIX, pueden consultarse Munilla Lacasa (1998), Garavaglia (2007), Ortemberg (2010).

12 Sobre este tema, véase Burucúa y Campagne (1994), Bertoni (2001), Gallo y Socías (2006) y Podgorny (2010).

13 Los periódicos y las revistas informaron copiosamente de estos homenajes realizados en el extranjero. Mitre, por ejemplo, hizo referencias públicas sobre los funerales de Hugo. Para los funerales de Wellington, Lincoln y Victoria, véase Garlick (1999), para los de Lincoln véase Laderman (1996) y para los funerales durante la III República Francesa remitirse a Ben Amos (2000).

14 El decreto del Poder Ejecutivo Nacional para el caso de Mitre decía: “Habiendo fallecido el teniente general don Bartolomé Mitre, y considerando: Que es deber del gobierno honrar la memoria de tan esclarecido ciudadano, como un homenaje a sus virtudes cívicas y a los relevantes servicios que con tanta dignidad, consagración y patriotismo ha prestado al país desde los cargos públicos que ha desempeñado. Que como ciudadano ha contribuido a cimentar el engrandecimiento de la nación legando a la posteridad en el conjunto de sus obras y de su acción fecunda, el fruto de su vigoroso espíritu y ejemplo de su noble conducta; que su múltiple actuación en la vida nacional ha dado días de honra y de gloria a la república, provocando manifestaciones de opinión que han consagrado ya su personalidad histórica, el Presidente de la república en acuerdo de ministros, decreta: art. 1: la bandera nacional permanecerá a media asta durante 10 días en todos los edificios públicos de la nación, buques de la armada y fortalezas en señal de duelo por el fallecimiento de Bartolomé Mitre; art.2: el cadáver del extinto será velado en la casa de gobierno y conducido para su inhumación al cementerio del norte el día domingo 21 del corriente a las 4 de la tarde, tributándose en el acto los honores militares correspondientes a presidente de la república; art.3: invítese por los respectivos ministerios para concurrir a los funerales e inhumación del extinto a ambas cámaras del congreso, poder judicial, cuerpo diplomático extranjero y reparticiones civiles y militares; art.4: invítese a sí mismo a gobiernos de provincias y territorios para que se asocien al duelo público por el fallecimiento del teniente general Mitre; art 5: por el Ministerio de Guerra y de Marina se impartirán las órdenes del caso para el cumplimiento de este decreto en lo que les concierne, disponiendo además, que en los diversos campamentos del ejército y buques de la armada se tributen los honores correspondientes; art 6: comuníquese, publíquese e insértese en el Registro Nacional. QUINTANA, Rafael Castillo, Carlos Rodríguez Larreta, José A Ferry, Joaquín B González, Enrique Godoy, Juan A Martín, Damián M. Torino, Adolfo Orma”. Decreto del Poder Ejecutivo Nacional. 19 de enero de 1906. Fondo Bartolomé Mitre, Archivo Mitre, Biblioteca-Museo Mitre, Buenos Aires.

15 No hemos encontrado ninguna referencia escrita de Bartolomé Mitre sobre las características que debería tener su funeral. Es poco probable que una persona tan celosa e inquieta en cultivar una determinada imagen pública no haya expresado alguna vez sus deseos e intenciones para el día de su muerte.

16 El Dr. Luis Sáenz Peña. (1907, diciembre 8). El Diario, p. 1.

17 Teniente General Julio A. Roca. Su fallecimiento. Intenso pesar público. (1914, octubre 20). La Nación, p. 6.

18 Sobre los funerales como un rito de pasaje que marcan un cambio en el tiempo, estado, lugar, posición social y edad del individuo que lo afecta a él pero también a toda la sociedad, véase el trabajo pionero de Van Gennep (1992).

19 Edición de la noche. La muerte de Mitre. (1906, enero 19). El Diario, p. 1.

20 Mitre. (1906, enero 20). Tribuna, p. 1. Para un análisis pormenorizado de la agonía, velorio y funeral de Bartolomé Mitre, véase Gayol (2010).

21 Mitre. Colonia Argentina en el Paraguay. Homenaje. Paraguay. 1906. Fondo Bartolomé Mitre, Archivo Mitre, Biblioteca-Museo Mitre, Buenos Aires.

22 “(...) sobre la mortaja [de Roca] se ha atravesado la bandera nacional enlutada. La tapa del ataúd tiene incrustado un escudo argentino. No se ha puesto ninguna colgadura ni ningún otro atributo de duelo”. Teniente General Julio A. Roca. Su fallecimiento. Intenso pesar público. La capilla ardiente. (1914, octubre 10). La Nación, p. 6.

23 El Fallecimiento del Sr. Francisco Uriburu. (1906, febrero 15). La Ilustración Sudamericana, Año XIV, n° 15.

24 Sobre la metáfora del cuerpo y sobre el uso del cuerpo y las partes corporales en los imaginarios políticos, véase el clásico trabajo de Baecque (1993); también Sarlo (2003), Jhonson (2004) y Mc Evoy (2006).

25 Para los debates sobre la nación y la nacionalidad, véase Bertoni (2001) y Devoto (2002).

26 La muerte del General Mitre. El duelo público. (1906, julio 22). La Prensa, p. 1.

27 En los discursos tampoco hubo una apropiación partidaria de Mitre. No hay, por ejemplo, ninguna alusión al Partido Republicano y tampoco a la tradición política mitrista asentada en la representación del mitrismo como el más genuino para la causa porteña. Sobre la prensa, el Gobierno, la oposición y el Partido Republicano, véase Zimmermann (1998).

28 El mensaje político de la nación mancomunada, en orden y con vocación inclusiva es la diferencia más significativa con otros funerales de Estado celebrados por ejemplo en México y en Francia. En México el mensaje político estatal buscó exaltar los valores liberales y modernizadores del Porfiriato. Sus festejados integran el panteón liberal de la nación. Durante la III República francesa tampoco fue la nación el centro de la celebración sino la aclamación de los valores de la república contra los enemigos políticos internos asociados con la derecha antirrepublicana. Para México, véase Espósito (2000) y para Francia, Ben Amos (2000).

29 Por ejemplo los funerales de Hipólito Yrigoyen en 1933, los de Eva Perón en 1952, los de Juan Perón en 1974 y el de Néstor Kirchner en 2010. Para el siglo XIX un caso controversial y disruptivo es el de Manuel Dorrego. También durante el gobierno de Porfirio Díaz en México y durante la III República francesa las querellas políticas en torno al significado de las vidas y de las muertes de los homenajeados invadieron el debate público en el momento mismo de la celebración estatal. Sobre estos dos últimos casos, véase respectivamente Espósito (2000) y Ben Amos (2000).

30 Para una mirada de conjunto sobre la política del período, véase Gallo (1986).

31 Sobre el anarquismo, véase Zimmermann (1995) y Suriano (2001). Este último, menciona precisamente las disputas por el control del cadáver y del espacio público entre los anarquistas y la policía. En 1909 con el asesinato del jefe de policía Ramón Lorenzo Falcón por un anarquista no hubo ninguna vocación, desde el estado, de integrar mancomunadamente a toda la sociedad en el funeral. Por el contrario, un “nosotros” se oponía claramente a un “ellos” extranjerizante y disolvente. Para los mensajes políticos diversos y el campo de disputa en torno a la muerte de Falcón, véase Gayol y Ferrari (2011).

32 Teniente General Julio A. Roca. Su fallecimiento-Intenso pesar público. (1914, octubre 21). La Nación, p. 2.

33 Teniente General Julio A. Roca. Su fallecimiento-Intenso pesar público. (1914, octubre 21). La Nación, p. 2.

34 Teniente General Julio A. Roca. Su fallecimiento-Intenso pesar público. (1914, octubre 21). La Nación, p. 2. El mismo diario, al hacer el derrotero de su segunda presidencia resaltaba especialmente el acercamiento con el Brasil y la paz con Chile, movimientos pensados como indispensables para mejorar los vínculos internacionales y para evitar la guerra. Véase, Hoja de servicios del General Roca. (1914, octubre 20). La Nación, p. 8. Es interesante este recorte y elogio que realizó el periódico que, como es sabido, no se privó de cuestionar y enfrentar a Roca en su dilatada vida pública.

35 El Dr. Carlos Pellegrini. Su fallecimiento. (1906, julio 20). La Prensa, p. 1. Murió el Dr. Carlos Pellegrini. (1906, julio 21). El Diario, p. 3. Esta configuración predominante no implica desconocer las especificidades. Por ejemplo, en las exequias de Roca la presencia y el despliegue de la corporación militar fue más numerosa y visible que en las de Mitre y Pellegrini. Para el caso de Mitre son evidentes los esfuerzos por conciliar la participación y el grado militar del muerto con su legado civil e intelectual, especialmente explicitado a través de su hijo Emilio.

36 Según diversos documentos, para el funeral de Bartolomé Mitré se movilizaron 300.000 personas. La ciudad tenía, según el censo de 1904, 900.000 habitantes. No he encontrado cifras para los otros funerales.

37 El papel de la multitud en el funeral de Estado de Manuel Romero Rubio en 1895 fue, siguiendo a Espósito, muy diferente. En México el pueblo podía participar pero sólo como espectador desde la acera. El lugar de la multitud, precisamente, era un ejemplo de la distancia social, política y geográfica entre las elites gobernantes y el pueblo, un reflejo de la distancia entre ricos y pobres. Véase, Espósito (2000, pp. 94-96).

38 La Protesta fue sistemáticamente crítica de estos eventos. El papel de La Vanguardia fue más ambiguo. Por ejemplo, para el funeral de Bartolomé Mitre alude al “descontento de los trabajadores de fósforos y de tranvías porque se les obliga a asistir al sepelio” pero, al mismo tiempo, reconoce la “emoción de muchos y la curiosidad de todos”. Habla de “30.000 forasteros que habrían llegado al sepelio”. Los funerales de Mitre (1906, enero 21). La Vanguardia, p. 4.

39 Sobre las movilizaciones políticas en general, véase Sábato (1998, 2008). Para el papel de las movilizaciones católicas, véase Lida y Mauro (2009).

40 Sobre este proceso en general, véase Ariès (2000).

41 Para una crítica a los rituales fúnebres reducidos a un texto político homogéneo, coherente y consensual realizada por algunos trabajos antropológicos, véase Boureau y Revel (1999).

42 Mitre. El duelo público (1906, enero 19). La Nación, p. 1.

43 Día de luto. Fallecimiento del General Mitre. Sus últimos momentos-Conmoción nacional-Honras fúnebres-En la casa mortuoria-Cartas y telegramas-Todos los detalles-La noticia en el extranjero-Disposiciones del gobierno-Clausura de oficinas-Detalles completos. (1906, enero 20). La Razón, p. 1.

44 Sobre el papel de la pompa, la majestuosidad y la belleza en las ceremonias de la muerte que primaron entre las elites uruguayas en el pasaje del siglo XIX al XX, véase Barrán (1991). Para el caso de Buenos Aires, véase Gayol (2009).

45 La muerte del Dr. Sáenz Peña. Inhumación de sus restos. (1907, diciembre 5). La Nación, p. 9.

46 Véase por ejemplo los discursos y la amplia cobertura que efectuó el diario La Nación como consecuencia del traslado de los restos e inauguración del mausoleo del general Campos, en el cementerio de La Recoleta. Mausoleo del General Campos. El acto de esta tarde. (1914, octubre 17). La Nación, p. 5. El Mausoleo del General Campos. (1914, octubre 18). La Nación, p. 4.

47 Estas importantes dosis de humanidad contrastan con los rasgos no humanos y de santificación –militar o civil- con que en diferentes momentos se caracterizó a San Martín quien, se decía en torno al centenario, esperaba y recibía a cada uno de estos muertos.

48 Estas imágenes perduraron durante mucho tiempo, incluso en la historiografía. Para una lectura atenta a los conflictos del período y especialmente cuestionadora del poder sin límites de Roca y de su capacidad para designar sucesores y manipular al Partido Autonomista Nacional, véase Alonso (2000, 2003).

49 La cobertura del diario La Prensa fue más discreta. Reconoce la importancia política de Roca y si brevemente alude a las disidencias que planteó el diario con algunas de sus decisiones de gobierno, renuncia a cualquier debate público y la nota termina: “¡Paz para la tumba y consideración para los buenos servicios del ciudadano y soldado que acaba de perder la República!”. La muerte del Dr. Juárez Celman. El sepelio. (1914, octubre 20). La Prensa, p. 6.

50 El diario socialista La Vanguardia fue muy crítico de esta situación y cuestionó con dureza y burla la apelación recurrente a “vacío” de “todos los diarios burgueses”.

51 El Teniente General Julio A. Roca. + ayer en esta capital. (1914, octubre 20). La Nación, p. 6.

52 Fallecimiento del Dr. Sáenz Peña. (1907, diciembre 22). El Diario, p. 4.

53 Ninguna descripción es lúgubre e impregnada exclusivamente de tristeza. Hay conmoción pero también celebración respetuosa y conmemoración del acontecimiento.

54 Teniente General Don Bartolomé Mitre. Su fallecimiento. (1906, enero 19). Tribuna, p. 1.

55 Esta expresión utilizada en varias ediciones de El Diario aparece también en las numerosas poesías reproducidas por el diario La Nación. La representación más frecuente alude a Mitre encontrándose en el cielo con San Martín, que es quien lo recibe.

56 El diario La Nación había sido creado por Bartolomé Mitre.

57 Revista Nacional. (1906). Año XXI, Volumen I, Tomo XLI. Archivo Mitre, Biblioteca-Museo Mitre, Buenos Aires.

58 Teniente General Don Bartolomé Mitre. Su fallecimiento. (1906, enero 19). Tribuna, p. 1.

59 Además de destacar que moría reconciliado con la religión divina, como escribió La Voz de la Iglesia en alusión a Manuel Quintana, las publicaciones ligadas con la iglesia católica siempre ponían en el moribundo la decisión, en estado de plena conciencia, de recibir los ritos católicos.

60 Para los conflictos entre el Estado y la Iglesia católica en diferentes momentos del siglo XIX y XX, véase Di Stefano y Zanatta (2000), Ghio (2007).

61 Falta una investigación profunda sobre los ritos mortuorios en argentina y en perspectiva histórica. Una mirada a los avisos fúnebres, los recordatorios en los periódicos y a las descripciones de algunos contemporáneos, sugiere que entre los católicos la confesión, la misa de cuerpo presente y la presencia de la cruz estaban generalizados. Según el censo de la ciudad de Buenos Aires de 1904, 823.926 personas -el 86,6%- se declaraban de religión católica, 25.000 -el 2,6%- de religión protestante y alrededor de 6.000 judíos. También, y “por primera vez”, dice el relator del censo, 13.335 personas declaraban que no creían en ninguna deidad. Censo General de la Población, la Edificación, el Comercio y la Industria de la Ciudad de Buenos Aires (efectuado el 11 y 18 de septiembre de 1904 bajo la dirección de Alberto Casares). 1906. Buenos Aires: Compañía Sudamericana de Billetes de Banco. Para una historia de las minorías religiosas, ver Bianchi (2009).

62 Con “Partido Católico” se refiere al grupo que se nuclea en torno a José Manuel Estrada y Pedro Goyena. Respecto al papel de los católicos en la política argentina, véase Castro (2009).

63 El Teniente General Julio A. Roca. + ayer en esta capital. La capilla ardiente. (1914, octubre 20). La Nación, p. 9.

64 Sobre el republicanismo en América Latina, véase Mc Evoy (2006), Sabato (2008). Para Argentina específicamente, véase Myers (1995).

65 Manuel Quintana. Revista Mariana. (1906, mayo 17). Buenos Aires.

66 Por ejemplo antes de inhumar a Roca el 21 de octubre se realizó un funeral en la catedral. También para Carlos Pellegrini “tres cuartos de hora duró la ceremonia religiosa de cuerpo presente que se hizo en la Catedral antes de la inhumación”. El funeral del Dr. Pellegrini. (1906, julio 19). El Diario, p. 4. El aviso fúnebre publicado en el diario La Nación a instancias de su familia aclaraba: “falleció confortado con los auxilios de la santa religión se invita a sus relaciones a acompañar sus restos al cementerio del norte y a la misa de cuerpo presente que se celebrará en la Iglesia Metropolitana hoy a las 9,30am”. Pellegrini. (1906, julio 19). La Nación, p. 5. El semanario Caras y Caretas publica una imagen de Pellegrini acostado en su cama, se ve el rostro y apenas una parte del pecho, flanqueado por una prominente cruz. Carlos Pellegrini. 1846-1906. La cabeza yacente. (1906, julio). Caras y Caretas, s/p. Es imposible saber si fue el moribundo, su esposa o alguien de su familia quien toma la decisión, en el tramo final, de recibir los auxilios de la religión católica. La Voz de la Iglesia cuando relata la muerte de Mitre destaca: “(…) el deja a las generaciones de su país un ejemplo hermosísimo, de benéfica enseñanza, en una época en que en muchos espíritus superiores se han eclipsado el sentimiento religioso. En general Mitre ha querido morir en el seno de la Iglesia católica, reconciliándose con ella en un momento de inspiración salvadora… [es] una manifestación espontánea de su voluntad”. Mitre. (1906, enero 19). La Voz de la Iglesia, p. 1. Es imposible saber también para este caso quién tomó la decisión y si efectivamente sucedió.

67 También Roque Sáenz Peña, muerto el 9 de agosto de 1914, recibió “por resolución del gobierno nacional solemnes funerales oficiales” en la iglesia metropolitana el 25 de agosto de ese año. Las características minuciosas del funeral son más difíciles de conocer que para el caso de Mitre. Las referencias disponibles sugieren menos grandilocuencia y escala, por ejemplo del túmulo, que el funeral de Mitre. Julio A. Roca también fue honrado con un funeral en la catedral metropolitana.

68 Para los debates sobre cómo definir el estado suscitado entre clericales y librepensadores, véase Bertoni (2009).

69 La muerte del General Mitre. Los funerales-Imponente ceremonia-En la catedral-En las demás iglesias. (1906, enero 27). La Nación, p. 5.

70 Para la estética barroca dominante en las ceremonias fúnebres a principios del siglo XIX, véase Cosse (mimeo). Sobre la persistencia del ceremonial barroco en la Argentina post independiente, véase Barral (2007).

71 Los funerales de Mitre. (1906, enero 26). La Vanguardia, p. 5.

72 Mitre, 1821-1906. (1906, enero 27). Caras y Caretas, s/p.

73 La expresión mantener viva su memoria fue muy frecuente en la época. Fue usada, por ejemplo, por varios oradores durante las exequias de Mitre, Pellegrini y Roca.

74 Al otro día de la muerte. El vacío. Buenos Aires bajo el pasmo. (1906, enero 22). El Diario, p. 2.

75 Al otro día de la muerte. El vacío. Buenos Aires bajo el pasmo. (1906, enero 22). El Diario, p. 2.

76 Para el caso de Juan Manuel de Rosas, véase Shumway (2004), para Juan Domingo Perón, véase Guber (1996) y sobre las operaciones estatales de manipulación de José de San Martín se ha escrito mucho, véase especialmente Quattrocchi-Woisson (1995), Hourcade (1998) y Bragoni (mimeo).

77 Durante la crisis de 2001 algunos medios compararon, para diferenciarlas, ciertas medidas adoptadas por el Gobierno de entonces con las adoptadas ante la crisis de 1890. También durante los años 90 se comparó las reformas del Estado en clave neoliberal con las políticas económicas implementadas especialmente en la década de 1880.

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Fecha de recepción de originales: 09/02/2011.
Fecha de aceptación para publicación: 22/11/2011.