DOI: http://dx.doi.org/10.19137/pys-2023-300202


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ARTÍCULOS

Sentidos del lugar en un vecindario de clase popular ante la desatención gubernamental, Guadalajara, México. 

Government neglect and senses of place in a lower-class neighbourhood in Guadalajara, Mexico.


Fernando Calonge Reillo 

Centro Universitario de Tlajomulco, Universidad de Guadalajara, México. fernando.calonge@academicos.udg.mx

Resumen: Diversas investigaciones en países desarrollados muestran la aparición de sentidos de nostalgia en los barrios obreros que sufrieron la desindustrialización y el retiro del Estado de Bienestar. Sin embargo, estos estudios son escasos en contextos en desarrollo. Este artículo analiza el surgimiento de estos sentidos del lugar en Zalatitán, un vecindario popular en Guadalajara, apoyándose sobre todo, en trabajo etnográfico. Frente a la retirada del Estado, en estos espacios se descubre una prolongada desatención gubernamental, que propicia sentidos del lugar de abandono, degradación o miedo.

Palabras clave: Clase popular; Vecindarios; Sentidos del lugar; Estado de Bienestar; Exclusión social

Abstract: Various studies in developed countries have shown the emergence of feelings of nostalgia in working-class neighborhoods that underwent deindustrialization and the withdrawal of the Welfare State. However, such research is scarce in developing countries. This article analyzes the emergence of these senses of place in Zalatitán -a working-class neighborhood in Guadalajara- by relying primarily on ethnographic work. Faced with the retreat of the Welfare State, these spaces reveal a prolonged government neglect which has fostered senses of abandonment, degradation or fear.

Keywords: Working-class; Neighborhoods; Senses of Place; Welfare State; Social exclusion

Recibido: 08/05/2023 | Aceptado: 28/09/2023

Introducción

El Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) es la tercera ciudad más grande de México, e integra, en los municipios de Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque, Tlajomulco y Tonalá, a un total de 5.082.762 habitantes (Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México (INEGI), 2021. El AMG está redefiniendo su papel en el orden global, para dejar de ser un clúster regional en la fabricación de componentes electrónicos, y convertirse en un centro global de desarrollo digital (Corona, 2017). Esta aspiración viene acompañada de abultadas inversiones para la mejora del entorno urbano y de la calidad de vida que atraiga a empleados cualificados de México y el extranjero. Así, el Estado está desarrollando programas de regeneración urbana o de mejora del transporte masivo, y el capital privado financia amplios espacios comerciales y de oficinas en enclaves como Andares o Distrito La Perla.

No obstante, estas inversiones destinadas a crear entornos de nivel mundial se concentran sólo en particulares áreas de Zapopan y Guadalajara, al oeste de la conurbación. Los municipios del este, como Tlaquepaque o Tonalá, han albergado tradicionalmente poblaciones de bajos recursos, en espacios degradados y en asentamientos informales (Audirac, 2003, p. 25). Estas poblaciones se encuentran con frecuencia subempleadas, trabajan en el sector informal de la economía, y deben enfrentar graves deficiencias en sus vecindarios. Así, mientras que el empeño de las instituciones se ha centrado en revitalizar determinadas zonas de Zapopan y Guadalajara, la mayoría del territorio del AMG se encuentra desatendida, y sus habitantes luchan por superar su condición de marginalidad.

Este artículo se concentra en estudiar una de estas zonas marginales ubicadas en el municipio de Tonalá, para descubrir cómo los habitantes se relacionan con sus vecindarios, y qué tipo de significados y sentidos se producen en esa interacción. El concepto de “sentido del lugar” se ha acuñado para denotar este proceso, y describe los vínculos y sentidos que emanan de la interacción de los sujetos con los lugares. En los países desarrollados, el término ha sido muy útil para describir las relaciones entre las poblaciones trabajadoras y sus vecindarios, una vez que el neoliberalismo acarreó la supresión del Estado de Bienestar y la relocalización industrial a otros lugares del mundo. Así, los investigadores han identificado sentidos como la aflicción, la pérdida o la nostalgia al interior de estos espacios.

Este artículo analiza los sentidos del lugar en un vecindario de un país de ingresos medios como México, algo que no ha sido abordado de forma tan profusa. Se pregunta por cómo los residentes de clase popular de Zalatitán se relacionan con sus entornos, una vez que esta localidad quedó integrada en el AMG en la década de 1980. Se plantea si la prolongada desatención gubernamental hacia estos entornos motivó el tipo de sentidos del lugar que desarrollaron sus habitantes, toda vez que no se pudo identificar que el Estado desempeñara un papel importante en el pasado inmediato. Para cumplir estos objetivos, se recurre al trabajo de campo etnográfico desarrollado en la zona en los años 2018 y 2019, así como a la realización de 19 entrevistas en profundidad.

Los sentidos del lugar en los vecindarios de clase popular

El sentido del lugar es un concepto construido para describir las relaciones que se establecen entre los seres humanos y los lugares. El concepto se ha utilizado tan profusamente que se ha instalado en él cierta ambigüedad, por lo que se necesita una breve aclaración de sus contenidos. En primer lugar, el sentido del lugar denota cómo las personas se vinculan emocionalmente con los lugares donde viven, por lo que se ha relacionado con otros conceptos como el enraizamiento (Arefi, 2007, p. 180). Este significado implica que las personas desarrollan un fuerte sentido de cuidado, atención y compromiso hacia los lugares donde viven, como Edward Relph (1976, p. 37) descubrió hace varias décadas.

En segundo lugar, algunos autores han señalado que dichos vínculos emocionales no son exclusivamente individuales, sino compartidos por diferentes grupos sociales. Así, académicos como Doreen Massey (2008, p. 263) o Adriana Campelo, Robert Aitken, Maree Thyne y Jurguën Gnoth (2014, p. 155) han señalado que el compartir determinados lugares hace aparecer cierta atmósfera, espíritu o carácter del lugar que se extiende por todos sus integrantes, en una noción muy cercana a la actual investigación sobre los afectos del espacio (ver por ejemplo Emery, 2018, p. 4; Thrift, 2008, p. 2019).

En tercer lugar, el sentido del lugar se ha relacionado también con la identidad del lugar. Como Yi-Fu Tuan señalara (1977, p. 171), el sentido del lugar permite que ciertos espacios sean determinados como distintivos y diferentes de otros espacios. Esta distintividad sería lo que confiere identidad al lugar, y lo que permite que, correlativamente, los individuos puedan construir sus identidades en la medida en que se relacionan con esos lugares (Tuan, 1977, p. 166).

En cuarto lugar, el sentido de lugar se ha utilizado para describir los significados que evoca un espacio. Relph (1976, p. 17) subrayó que los lugares concentran significados que, a su vez, son fundamentales para la formación de los seres humanos. Desde esta perspectiva, los sujetos no proyectarían los significados sociales hacia los lugares, sino más bien al contrario. Determinados lugares actuarían como hogares donde los sujetos podrían encontrar el sentido a sus vidas (Relph, 1976, p. 39). Además, al formarse en un lugar significativo, los sujetos comprenderían la posición en la sociedad que les corresponde (Butz y Eyles, 1997, p. 10).

Para recapitular, el sentido del lugar implica: 1) vínculos emocionales y de cuidado entre las personas y los lugares; 2) el espíritu o carácter de un lugar, que motiva determinados afectos y acciones en sus participantes; 3) la aparición simultánea de las identidades individuales y del lugar; 4) los significados esenciales que permiten a los sujetos interpretar su lugar en sus sociedades.

El sentido del lugar y conceptos circunvecinos han sido ampliamente utilizados para expresar cómo los sujetos de clase popular se relacionaron con sus vecindarios después de la desindustrialización y el desmantelamiento de los Estados de Bienestar en países de altos ingresos. Se ha descrito cómo, después de un periodo en que los trabajadores obtenían un fuerte sentido de dignidad y orgullo de su trabajo fabril y de su vida en comunidades cohesionadas, la desindustrialización impulsó el desempleo, la ruina de los vecindarios, y un extendido sentimiento de pérdida en estas comunidades (Emery, 2018, p. 8). Las crisis financieras que enfrentaron muchos países europeos en la década de 1970 acarrearon la reducción del gasto público, y una demolición progresiva del Estado de Bienestar (Brenner y Theodore, 2002, p. 374), que se tradujo, en el orden local, en amplias desinversiones en los vecindarios y comunidades obreras (Uitemark, Duyvendak y Kleinhans, 2007, p. 129). Los individuos en estos vecindarios no sólo hubieron de enfrentar las pérdidas de empleo y los cierres de las fábricas, sino también la supervivencia en entornos cada vez más arruinados y estigmatizados (Emery, 2018, p. 4; Wacquant, 2010, p. 72; McDowell y Bonner-Thompson, 2019, p. 928; Bright, 2011, p. 70).

Diversos autores han profundizado en los sentidos del lugar que aparecen en estos vecindarios tras la desindustrialización. Así, sus residentes reconocen ser víctimas del abandono y la relegación (Ward, Fagan, McDowell, Perons y Ray, 2007, p. 318; Watt, 2006, p. 782), y sostienen interpretaciones nostálgicas sobre sus vecindarios (Emery, 2018, p. 5), en el momento en que comparan su presente de decadencia contra un pasado en el que eran respaldados por explícitas acciones institucionales (Paton, 2014, p. 97; Blokland, 2001, p. 274; Pinkster, 2016, p. 881; Cole, 2013, p. 72).

Al desplazar la pregunta sobre el sentido del lugar en entornos de ingresos medios como México, cabe preguntarse si se puede identificar aquí un repliegue similar del Estado de Bienestar, y la aparición concomitante del sentido de nostalgia y pérdida en los vecindarios de clase popular.

La literatura ha señalado que el desarrollo de los Estados de Bienestar en los países de ingresos medios ha sido deficiente, y que los gobiernos han encontrado dificultades para promover las condiciones de vida, particularmente en los vecindarios de clase popular (Smolka y Larangeira, 2008, p. 101). En Latinoamérica, esta situación se identificó durante el llamado período de industrialización por sustitución de importaciones entre las décadas de 1950 y 1970 (Barba Solano, 2004, p. 28; Filgueira, 1998, p. 81), pero se intensificó bajo las reformas neoliberales sostenidas a partir de 1980 (Barba, 2004, p. 98; Filgueira, 2007, p. 166; Martínez Franzoni, 2008, p. 47).

En términos de vivienda, las políticas urbanas con frecuencia implicaron la inacción y la permisividad ante las ocupaciones de terrenos por parte de poblaciones de bajos recursos y que no contaban con vivienda (Hernández Bonilla, 2010, p. 193; Plöger, 2012, p. 214). De forma muy puntual y esporádica, las instituciones fueron introduciendo los servicios básicos, generando relaciones clientelares y de dependencia con las poblaciones marginadas, especialmente en períodos electorales (Hernández Bonilla, 2008, p. 390; Alonso, 1980, p. 305; Shefner, 2000, p. 350; Gilbert y Ward, 1985, p. 189). Al tiempo, algunos gobiernos dictatoriales implementaron medidas de fuerza en estos vecindarios ocupados, como las relocalizaciones forzosas, según ha documentado Paola Jirón (2010) para el caso chileno.

En consecuencia, los gobiernos latinoamericanos no generaron políticas del bienestar extensivas en los espacios ocupados por las poblaciones más marginadas, al menos desde hace más de seis décadas, por lo que estas poblaciones se han acostumbrado a vivir en un duradero abandono.

En el caso particular de México, diversos estudios han tomado el empeño de describir la situación vivida en los barrios populares y de bajos ingresos, y han aportado descubrimientos que pueden integrarse bajo el marco analítico de los sentidos del lugar. Las aportaciones realizadas pueden encuadrarse dentro de las cuatro dimensiones como ha sido descompuesto el concepto de “sentido del lugar”. Así, las investigaciones revisadas han encontrado varias dificultades de los habitantes de los barrios populares para establecer vínculos con sus espacios. Por una parte, se señala que, en las periferias metropolitanas, las carencias del entorno y la alta movilidad espacial de los individuos pauperizados les impide establecer lazos significativos cuando se desplazan a poblar los espacios periféricos de la ciudad (Hiernaux y Lindón, 2004, p. 79). Por otra parte, la literatura también ha identificado la pérdida de las posibilidades para establecer vínculos con el lugar, en aquellos espacios populares más céntricos y que están siendo colonizados crecientemente por las nuevas clases medias y altas, en un proceso reciente de gentrificación (Hiernaux-Nicolás y González-Gómez, 2014, p. 9), o bien por la incorporación plena a las dinámicas urbanas de antiguos núcleos de población que albergaron importantes solidaridades vecinales (Portal, 2003, p. 54). Más allá de la posesión de la propia vivienda, estas dificultades para establecer vínculos con los vecindarios hacen que muchos pobladores no tengan motivos particulares para permanecer en ellos, y albergan proyectos de mudarse (Mendoza y Ruiz, 2012, p. 62).

Cuando atendemos al carácter del lugar, los trabajos revisados en el caso de México señalan la hostilidad como su rasgo definitorio. La ausencia de los servicios básicos, y las dificultades antes mencionadas por establecer vínculos con el lugar, hacen aparecer en los pobladores estos sentidos de desasosiego (Mendoza y Ruiz, 2012, p. 63; Mendoza Pérez, 2011, p. 348), que explica, en parte, el escaso aprovechamiento del espacio público. Algunas investigaciones añaden el elemento de la violencia y la inseguridad a la determinación del carácter o la atmósfera del lugar, conforme estos vecindarios son presa de las pugnas entre las distintas bandas del narcotráfico (Magos y González, 2021, p. 78).

Por otra parte, los trabajos revisados sobre los vecindarios populares en México delatan la aparición de identidades del lugar deterioradas y subalternas. Los habitantes bajo análisis consideran que sus vidas en sus barrios son “feas” (Magos-Pérez y González-Navarro, 2021, p. 82), sobre todo, por la pésima reputación que cunde en la mayor parte de sus espacios. Al ser las identidades producto de las interacciones con otros grupos sociales, y de los juegos de las atribuciones simbólicas recíprocas, también se ha mostrado cómo los integrantes de las clases medias estereotipan a determinados sujetos y lugares populares, convirtiéndolos en personajes prototípicos con características habitualmente esquematizadas y despectivas (Leal Martínez, 2007, p. 35).

Finalmente, desde el punto de vista de los significados y sentidos adheridos a los lugares, se ha señalado lo importante que son los vecindarios en México para que los habitantes alcancen a encontrar un significado sobre el mundo y sobre sí mismos (Magos-Pérez y González-Navarro, 2021, p. 83). Las investigaciones revisadas destacan tanto sentidos positivos vinculados a los espacios, como sentidos religiosos y de protección (Portal, 2009, p. 66), como los negativos, resumidos en las múltiples carencias del espacio que denotan un sentido de privación de la existencia (Mendoza y Ruiz, 2012, p. 66).

Aunque los trabajos revisados sobre el caso de México se inscriben en otros contextos teóricos, y no se apoyan en la elaboración teórica de los sentidos del lugar, aportan un buen número de antecedentes sobre lo que se puede esperar encontrar en una investigación guiada por este concepto. Al apoyarse en las diferentes dimensiones del concepto de “sentidos del lugar”, la presente investigación podrá ofrecer un recuento más sistemático y ordenado sobre las relaciones significativas que establecen los habitantes del caso de estudio, ubicado en vecindarios populares de Zalatitán en el Área Metropolitana de Guadalajara, México. Conviene recordar que los componentes del concepto de “sentidos del lugar” eran los siguientes: 1) los significados del lugar que permitían a sus habitantes interpretar su posición en su sociedad; 2) la formación simultánea de las identidades del lugar y de los residentes; 3) el carácter del lugar que inducía particulares afectos y acciones; 4) los vínculos emocionales hacia los lugares. Cabe mencionar que el trabajo de campo permitió reunir evidencias suficientes sobre los componentes número 1, número 3 y número 4, y de forma parcial, del número 2. Es por eso que en la presentación de los resultados se abordarán sólo los tres componentes con información suficiente, y algunos elementos puntuales sobre la formación de las identidades del lugar y de los residentes (componente número 2), se abordarán en el componente primero.

La revisión anteriormente realizada permite anticipar que el papel de los diferentes niveles de gobierno en la atención y el cuidado por los lugares puede ser un factor muy importante que explica el tipo de sentidos del lugar que aparecen en estos vecindarios populares. En el contexto de los países desarrollados, la existencia de políticas gubernamentales de cuidado y promoción de la vida en los vecindarios de clase baja bajo el período del Estado de Bienestar, y su repentina retirada en el despliegue de las políticas neoliberales produjeron la aparición de sentidos del lugar definidos por la nostalgia. En un país como México, se puede anticipar que la reiterada desatención gubernamental hacia estos vecindarios condiciona desde hace muchas décadas los sentidos del lugar vigentes.

Metodología

Zalatitán era una aldea rural dentro del municipio de Tonalá, que quedó integrada en al AMG en la década de 1980. Muchas personas originarias de Guadalajara y áreas rurales del Estado de Jalisco se fueron a vivir allí, por la relativa cercanía con la ciudad. Estos habitantes eran de clase popular, y sus reducidos ingresos no les permitían encontrar un espacio más céntrico en la metrópoli. Así, el área se urbanizó rápidamente y varios asentamientos conectaron la aldea con la metrópolis en un par de décadas. La construcción de vecindarios como Basilio Vadillo, Loma Bonita, Altamira o Alamedas rápidamente cambió el carácter rural de la zona, de forma que una gran diversidad de viviendas y edificios sustituyó los antiguos campos agrícolas.

Figura 1. Mapa del área de estudio.

Fuente: Elaborado para el trabajo de investigación por Ezaú Pérez Rodríguez.

Se tuvo la oportunidad de realizar trabajo de campo etnográfico en la zona entre agosto de 2018 y abril de 2019, visitando frecuentemente el área, desarrollando entrevistas puntuales con los vecinos, y tomando registro fotográfico. Además, en ese tiempo, se realizaron 19 entrevistas en profundidad con habitantes que llevaban muchas décadas en la zona, pero también con otros que hacía pocos años habían llegado. Para la selección de los perfiles, se intentó cubrir la mayor gama posible de posiciones sociales, de manera que los resultados fueran relevantes, aunque no puede decirse que estadísticamente significativos. Así, se integró a habitantes que trabajaban en los servicios públicos, trabajadores jóvenes y adultos, jubilados, estudiantes o activistas sociales. En el anexo, se ofrece una visión más detallada de los perfiles de las personas entrevistadas.

Las entrevistas no siguieron un orden preestablecido, porque se intentaba seguir la trayectoria particular de poblamiento de cada habitante. No obstante, profusos comentarios se registraron sobre la falta de atención que habían recibido los habitantes por parte de sus autoridades, las estrategias que seguían para abordar los múltiples problemas, y cómo se sentían al tener que enfrentar estas deficiencias. En el procesamiento y análisis de la información quedó manifiesto que una forma óptima para reorganizar los materiales era a través de las dimensiones analíticas de los sentidos del lugar, analizadas en el marco teórico. De esta manera, el grueso de los relatos compartidos sobre las relaciones de los sujetos con sus entornos de residencia, y sobre los significados derivados, se estructuraron armónicamente a través de los componentes ya señalados. Las entrevistas realizadas fueron transcritas, y analizadas a través del software AtlasTi. A la hora de generar los códigos de análisis, se tomaron como referencia los componentes mencionados sobre los sentidos del lugar, pero de forma no limitativa. Según se analizaron las entrevistas, aparecieron muchos otros códigos de análisis que permitieron tener una comprensión más fina de los resultados. Se utilizaron las herramientas de mapas conceptuales del software para identificar los códigos más importantes y la relación que guardaban entre sí, de manera que se pudo estructurar mejor la presentación de los resultados. En el análisis, los códigos se pusieron en relación con las características de los informantes, para poder determinar perfiles más claros. Algunos de los códigos de análisis que sirvieron para segmentar y reorganizar la información fueron los siguientes:

-Ausencia de inversión pública

-Decadencia de los espacios públicos

-Identificación de basura

-Identificación de inundaciones

-Desatención institucional

-Estigmatización en comparación con el AMG

-Sensación de ciudadanos de segunda clase

-Detección de ausencia de progreso en vecindario

-Identificación de personas con espacios marginados

-Violencia en los espacios públicos

-Presencia de narcotráfico

-Miedos urbanos

 Por su parte, la observación participante permitió recolectar múltiples detalles de los lugares y las formas de vida, que permitían profundizar o contrastar los resultados de las entrevistas.

Sentidos del lugar en vecindarios de clase popular en México

Sentidos del lugar condicionados por la desatención institucional

Muchos habitantes de Zalatitán observaban la escasa intervención del gobierno en sus vecindarios para identificar el lugar que les correspondía dentro del Área Metropolitana de Guadalajara. Así, comprendían que las autoridades locales nunca atendían sus necesidades y demandas, mientras que en otras áreas como el centro de Tonalá recibían importantes inversiones durante cada administración. El sentido de quedar olvidados estaba bastante extendido, y los habitantes de Zalatitán señalaban que no eran tratados como otros habitantes del AMG. Así, Armando, propietario de una tortillería[1] en la colonia Constancia Hernández señalaba:

Estamos como olvidados. Y sí es cierto. Yo me acuerdo que el empedrado de mi colonia, de mi calle, lo hicieron en el 2004. Y no le han hecho nada más, no se ha acomodado. Yo de seguido veo que andan, como parcheando[2]. De la avenida Zalatitán hasta donde están los árboles, pero para este lado, no hacen nada. Entonces, sí hay presupuesto, pero no está bien distribuido. Y la colonia sigue olvidada, por las autoridades, por los servicios. Las calles. Mire cómo están... No están bien. Y siento que merecemos algo mejor.[3]

El área de Zalatitán estaba desatendida desde sus orígenes. Desde que tienen uso de razón, los habitantes recuerdan las duras condiciones de vida. La condición de haber sido abandonados no apareció repentinamente como resultado de alguna crisis económica, sino que era una situación duradera a la que los habitantes tenían que acostumbrarse.

Figura 2. Cartel electoral dominando una calle de Zalatitán

Fuente: Archivo personal, imagen tomada el 27 de septiembre de 2018

Las administraciones locales pasaban, pero la experiencia de tener que plantear las mismas demandas y de temer que no estaban siendo bien atendidas volvía a sucederse. Así narraba una joven activista de la colonia Basilio Vadillo ese proceso de presentación de demandas:

Ahora con las elecciones y la llegada de nuevas autoridades, hicieron campaña, y se supone que ahora tenemos más apoyo. Igual, volví a redactar mi oficio para que tuvieran como unos antecedentes. Porque en administraciones pasadas los pierden, o los borran. No les importan los oficios, no les dan el valor que nosotros le tenemos. Y uno pierde tiempo haciendo eso. [4]

Los residentes de Zalatitán pensaban que los gobiernos locales no les habían dado un trato equitativo. Los contactos diarios que sostenían con el resto de la población les recordaban esa consideración de ser ciudadanos de segunda clase, al ser estigmatizados en sus trabajos, al ingresar a la universidad o en la escuela. Así, algunos entrevistados y entrevistadas señalaban sentirse excluidos cuando entraban al Bachillerato o a la Universidad, y comentaban su área de procedencia ante los nuevos compañeros procedentes del resto del AMG.

Esta sensación de ser olvidados por las instituciones, y estigmatizados socialmente, hacía que, en ocasiones, algunos entrevistados aceptaran ese tipo de estigmas y se nombraran explícitamente como los “olvidados”, o los “jodidos”. Ante la pregunta de cómo eran vistos los habitantes de la zona por el resto de pobladores del AMG, así contestaba Julio:

Aquí ni nos conocen, se me hace. Y ni venirse para acá. ¿Usted cree que se van a venir para acá, de recreo? A lo mejor pasan y vienen a verlo, pero se van pronto. Porque, ¿qué van a ver aquí?, ¿o qué? Yo digo. ¿A qué se van a venir para acá? Si no es por algún familiar, o algún pariente. Porque no hay nada bonito aquí. Aquí vivimos puros pobres como yo, jodidos. La gente de dinero no se viene para acá. No como uno. [5]

Algunos otros ciudadanos se revelaban ante semejante tratamiento, y reclamaban ser merecedores de vivir en un lugar mejor, y de recibir un trato en igualdad de condiciones.

Como se ha señalado, la desatención institucional a la zona se extiende por largos años, hasta el período de la infancia y los primeros tiempos del poblamiento. Los residentes recuerdan en las entrevistas, los deficientes entornos que marcaron sus infancias e incidieron en el tipo de personas en que se convertirían. Como recordaba Porfirio, un mecánico de 32 años:

En mi infancia, donde crecí, no sé si llamarle colonia, porque eran pocas casas, ocho o diez casas vecinales de aquí. Era una zona demasiado marginada. No existían, no existían servicios médicos, de seguridad pública. La primera escuela donde asistíamos nosotros era en El Rosario, en la plaza principal de El Rosario. Entonces teníamos que atravesar llanos, lagos, hierbajerío[6], diferentes cosas, pedir raid[7]… Una niñez muy triste, porque, desgraciadamente, no teníamos nada. No teníamos servicios de nada, ni de luz. Teníamos que hacer una conexión de luz desde cinco cuadras hasta mi casa. Cinco cuadras estaba la conexión de luz.[8] 

La sensación de desamparo que trasluce el entrevistado se extendía a largos años atrás, y era compartida en la memoria de otros habitantes. El habitar en espacios sucios, y llenos de barro en los períodos de lluvia, tenía repercusiones importantes en la propia apariencia de los habitantes, y en cómo se presentaban ante otros integrantes del Área Metropolitana de Guadalajara. De este modo recordaba Joaquín sus cotidianos viajes con dirección a su escuela:

Había tierra por todos los lados. Yo, cuando tenía que ir a la escuela, llegaba muy lleno de tierra, cuando bajaba del camión. Cuando yo iba a la prepa[9], me acuerdo que me dice el prefecto de la escuela: “oye, vienes muy enterregado, y así no…”. Y me dice: “mira, así vente, que aquí están los baños de la escuela. Tráete tu ropa, una valija, y aquí te bañas, porque así no”. Entonces yo llegaba a la prepa y me veían y me decía: “pásate, ahí está el agua”. Ya me bañaba, y a las tres empezaban las clases, y ya estaba yo bien limpiecito.[10]

A Joaquín no le permitían llegar a la escuela, porque las penosas condiciones de su viaje le hacían embarrarse y ensuciarse, y la suciedad no era un atributo bien recibido cuando hacía su bachillerato.

Estas dificultades persistían en el momento de realizar el trabajo de campo. Zalatitán y sus alrededores estaban repletos de hoyos, y el barro y la suciedad retornaba cada año con la estación de lluvias. Los habitantes pobres que no disponían de un coche, y tenían que tomar el autobús, se lamentaban porque llegaban al trabajo llenos de salpicaduras, y con los zapatos embarrados. Algunos de ellos estaban hartos de la situación, y hacían planes para mudarse a otros vecindarios.

Los habitantes de Zalatitán se acostumbraban cotidianamente a tener que enfrentarse también a la basura. En el período de realización del trabajo de campo,  las calles en Zalatitán se veían llenas de basura, porque el camión recolector sólo pasaba dos veces cada semana a recogerla. Muchos vecinos sacaban sus cubos de la basura antes de ir al trabajo, los días que se suponía que pasaba ese camión. No obstante, era frecuente que no pasara, debido a las frecuentes averías que sufrían, y la basura permanecía acumulada en las esquinas. Los abundantes perros callejeros solían romper las bolsas contenedoras, y esparcir los restos por doquier. Los abundantes lotes baldíos en Zalatitán recibían con frecuencia este tipo de desechos, sin que nadie los limpiara por meses e incluso años, y acumulaban con frecuencia insectos venenosos y ratas.

La basura es un problema. La basura ni pasa. Y todo eso son problemas. Porque si pasa la basura, y no pasa el camión, la sacas y los perros te la desbaratan, las bolsas, y ya se va viendo mal. Si tú dices, yo saco mi basura tal día, la saco el lunes… Y te la recogen hasta el viernes. Porque yo la saqué el lunes… Y la recogieron, no sé si el jueves o el sábado. Y la puse en un costal bien amarrada, y los perros no más la mordían. Pero las otras bolsas de los vecinos…[11]

El carácter amenazador de algunos lugares en Zalatitán

Según se señaló en el apartado teórico, el sentido del lugar implica también el espíritu o carácter de ese lugar, que suscita determinadas emociones, afectos y acciones en quienes lo comparten. Los habitantes de Zalatitán mostraban múltiples experiencias sensoriales y estéticas extraídas de su vida en la colonia, pero lo amenazador parecía tener prevalencia.

Los miedos estaban bastante extendidos en el caso de estudio de Zalatitán. Esta circunstancia se debía, en parte, a la ausencia de vigilancia policiaca, y al caso omiso que prestaban las autoridades policiales a la hora de atender desórdenes y altercados. Las instituciones tampoco preservaban la seguridad ciudadana de los vecindarios bajo estudio, dando pábulo a la aparición de estas sensaciones de inseguridad. Como recordaba Porfirio:

Una vez eran como las doce del día, salida de escuela, salida de primaria, de kínder[12], de prescolar, y los pandilleros aventándose[13] pedradas, frente a quien estuviera. De una esquina a otra esquina. Y les valía gorro[14] que estuviera pasando gente, niños, niñas, mamás, papás, carros, todo lo que fuera. Y si estabas ahí, o corres, o te escondes. Y la patrulla pasaba y si veían que se venían para acá, ellos se iban para allá. Y ya veían que la patrulla había pasado por allí, y se volvían a regresar a aquella parte. Entonces la patrulla les sacaba la vuelta, para no arrimarse a los problemas. [15]

La connivencia entre los responsables policiales y los delincuentes era un tema que se pudo documentar con amplitud en el trabajo de campo realizado. La ausencia de vigilancia, por largo tiempo extendida, hacía que las colonias bajo estudio fueran durante años espacios peligrosos, donde la delincuencia contaba con amplias facilidades para desarrollar sus actividades. Así, habitantes como Donaldo, Raúl, Nazario o Vidal recordaban la presencia de crímenes y narcotráfico desde el comienzo del asentamiento. Esta presencia amenazaba el bienestar de las poblaciones, y acercaba, especialmente a los más jóvenes, al consumo de estupefacientes. Como declaraba Humberto sobre su vecindario de Loma Bonita:

En mi colonia siempre ha habido mucha delincuencia, mucho joven, y personas adictas a la droga. Siempre ha habido adicciones, y lo que está muy arraigado es el… pues son esas drogas inhalantes, como se le conoce, urbanamente, el toncho[16]. Eso sí es algo que no se ha podido erradicar en la colonia, desde que yo estaba chiquito, hasta ahorita a la fecha, siempre he visto a estos con su estopita[17], y con la mano en la nariz y en la boca. [18]

Junto al vacío institucional, en su vertiente de vigilancia policial, algunos vecinos explicaban también el extendido consumo de drogas por la presencia de un estado de ánimo generalizado de abatimiento y desesperanza, particularmente entre los jóvenes. Así, Guillermo y Gloria señalaban que muchos jóvenes se encontraban desolados y sin rumbo por la falta de atención que recibían de los padres, que tenían que acudir al trabajo, o por las faltas de respeto con que los trataban.

La coexistencia con la inseguridad se hacía cotidiana en los vecindarios analizados alrededor de Zalatitán. Los consejos recibidos de no visitar la zona al caer la noche se acumulaban, y se dirigían desde experiencias diarias de asaltos, robos y desapariciones. Así, Marta, una estudiante de veinte años, residente en la colonia Basilio Vadillo, fue asaltada un par de veces en los últimos tres años, y reflexionaba en cómo estos eventos le habían condicionado:

Yo tenía 17 años, todavía iba a la prepa, entonces ahí a la espalda de la prepa es un foco rojo, y nos asaltaron, que íbamos mi vecinita y yo. Y luego ya, a los 20, 19 años, perdón, también me tocó otro asalto, en la esquina de la preparatoria. Que se supone que había más gente, a las 8 o 9, que no era tan tarde. Entonces ya vas caminando con miedo todos los días, y eso no puede ser normal. [19]

La situación de inseguridad era particularmente contrastante para los habitantes del antiguo núcleo rural de Zalatitán, quienes, con el paso de los años, presenciaron un incremento de los delitos, y tuvieron que cambiar sus hábitos para permanecer resguardados. Como advertía Vidal, un habitante asentado en Zalatitán Centro, y dueño de una fundición:

En el centro, tenemos la fortuna de contar con seguridad cerca. Pero aún así, la farmacia que está a media cuadra la han asaltado como tres o cuatro veces. Y así. Y aquí, gracias a Dios… Bueno, se puso una reja, porque también, ya en la noche, por ahí dos o tres veces nos quisieron asaltar. Y cuando uno sale a las orillas, ve uno a muchachos ahí drogándose. Aquí se necesita que las trabajadoras sociales hagan algo con esos muchachos. Es que la policía local, ve a esos muchachos y no les dice nada. [20]        

La inseguridad vivida en las colonias de Zalatitán era espoleada por la organización de pandillas rivales, enclavadas en territorios muy concretos que eran defendidos, y, en ocasiones, disputados por medio de la violencia. Este tipo de organización e identidad territorial dominaba durante largo tiempo en la zona, y se extendía a lo largo de generaciones. Según lo relataba un sacerdote, largo tiempo asentado en la zona:

Aquí los habitantes fueron organizándose por zonas, o barrios, como se conocen aquí. Esta calle que tenemos aquí, era la división entre dos barrios, los de aquí abajo, y los de Loma Bonita. Y eso era un pleito constante, porque decían, este es mi territorio, ese es tu territorio, y tenían constantes enfrentamientos. Entonces, como por obligaciones económicas, los papás tenían que trabajar, se quedaban aquí solos los jóvenes, que crecieron en un ambiente demasiado hostil. Y se defienden entre todos. Porque en algunas ocasiones los viene persiguiendo la policía, y aquí más adelante hay unas callecitas donde se mete la patrulla, pero los mismos padres, o vecinos, se encargan de proteger. Y nosotros les intentamos hacer ver que no traten así a sus hijos, pero algunos padres también han caído en algún vicio, como alcoholismo o drogadicción. Entonces es algo que va de padres a hijos. [21]

Ese sentido de amenaza era alentado por la disputa territorial de los vecindarios entre dos de los más peligrosos cárteles del país, el Cártel Jalisco Nueva Generación, y La Plaza, apoyada por el Cartel de Sinaloa. Zalatitán y sus alrededores aparecían con frecuencia en los medios de comunicación como una tierra en disputa, y abundaban las noticias de cuerpos abandonados en las calles, o de casas de seguridad donde los prisioneros rivales eran torturados y asesinados.

Es paradójico que los escasos momentos de tranquilidad reinante en estos vecindarios no se deben tanto a la pacificación de las relaciones sociales, o a la presencia de seguridad ciudadana, sino al hecho de que, temporalmente, alguno de esos cárteles ha conseguido extender su dominio y extermina las disputas que pudieran existir. Así lo relataba Porfirio:

La gente es muy temerosa de salir hoy en día. Y nosotros queremos que la gente se sienta tranquila, de que puedes convivir, puedes pasar un rato agradable. Pero ya no hay problema de que se vayan a pelear, de que nos vaya a tocar a nosotros, una pedrada, o un balazo. Afortunadamente las cosas han estado tranquilas, en esta colonia. Porque si hay algún problema, luego, luego… afortunadamente, no la seguridad pública, sino las personas de la plaza[22], llegan y calman ese problema: “a ver, dijimos que no queremos ningún problema…” ¿Por qué? ¿Cómo? No lo sé. Pero no hay.[23]

La extensión del miedo y la inseguridad hacía que los vecinos evitaran salir a las calles, y actuaba como un impedimento para que se apropiaran de los espacios de sus vecindarios. Ante esta ausencia de lazos sociales y de un sentido de pertenencia y cuidado respecto a los diferentes lugares, era frecuente observar espacios públicos muy descuidados y, en ocasiones, vandalizados, lo que apuntalaban los miedos existentes en los vecindarios.

Figura 3. Pista de baloncesto en la Colonia Loma Bonita

Fuente: Archivo personal, imagen tomada el 27 de agosto de 2018.

Esta acumulación de circunstancias hacía que los vecinos cuidaran con especial esmero sus movimientos, y que evitaran exponerse a situaciones donde pudieran ser víctimas de los altercados, las pandillas o los cárteles del narcotráfico. El resguardo se extendía de forma especial a los hijos e hijas, quienes no podían desarrollarse en libertad. Pedro contaba lo siguiente acerca de la posibilidad de que los niños pudieran salir libremente a comprar algo, o a hacer algún recado:

Igual sí puedes mandar a los niños a algún mandado. Sí se hace, sí se puede hacer. Pero, siempre y cuando no sea mucho el tramo que se tenga que trasladar, que sea cerquita de la tienda, ¿verdad? Porque si la tienda está a unas cinco o seis cuadras, siete cuadras… Yo por ejemplo no lo mandaría, o no lo dejaría ir solo. Y menos por la cuestión que se acaba de suscitar, la que le comento de que hay rumores de que se hayan robado a algún niño.[24]

Construyendo precarios vínculos con el lugar

Según lo revisado, otro componente del sentido del lugar son los vínculos emocionales que establecen los sujetos respecto de los espacios de su cuidado.

En Zalatitán, los vecinos intentaban domesticar el espacio a través de modestas acciones. La desatención institucional conllevaba la ausencia de los más básicos servicios, como el alumbrado público. Algunos vecinos acordaban instalar bombillas afuera de sus casas para compensar esa falta de atención, y promovían que más vecinos realizaran instalaciones similares.

Al mismo tiempo, el trabajo de campo mostró que los vecinos gustaban de sostener cierta vida social, visitando de forma reiterada algunos espacios públicos. Así, las salidas de los niños de la escuela eran oportunidades para que las madres y padres charlaran cordialmente a la espera de sus hijos. Los hombres, acudían con frecuencia a las plazas a encontrarse con amigos y a recordar los viejos tiempos. Las mujeres socializaban en las iglesias, con oportunidad de los múltiples eventos que se organizaban, como cursos de Biblia, encuentros entre parejas de casados, o días de asistencia oftalmológica o psicológica gratuitas.

Mención aparte eran el tipo de relaciones sociales y ocupación del espacio que perduraban alrededor del antiguo núcleo rural de Zalatitán, que terminó por ser incorporado a la conurbación. Antiguas tradiciones de este núcleo, habitualmente vinculadas con festividades religiosas, perduraban aún al día del trabajo de campo, y los antiguos residentes se esforzaban por preservar enseñándoselas a sus descendientes. Así sucedía, por ejemplo, con las procesiones y festejos que tenían lugar para la Asunción (15 de agosto), o para el del Señor del Buen Temporal (28 de septiembre).


Figura 4. Procesión del Señor del Buen Temporal

Fuente: Archivo personal, imagen tomada el 28 de septiembre de 2018.

En ocasiones, lugares ordinarios cobraban gran importancia para la comunidad al albergar encuentros ritualizados entre los vecinos. Ese era el caso de un árbol de guamúchil, en la colonia Loma Bonita, según era descrito por Humberto, un residente del vecindario de 30 años.

Ahí cerca de la plaza hay un guamúchil, muy grande. Y ha sido punto de reunión desde que se fundó la colonia, por acá de todas las generaciones. De hecho, los domingos caen todos ahí. Hasta los que ya se fueron a vivir a otro lado, que si a un fraccionamiento... Regresan con los papás un domingo, dejan a la mujer y sus hijos, y corren para allá el domingo. Es algo bonito, pues, porque ahí conviven un rato. Y recordando una anécdota, estábamos ahí yo creo que la mayoría, un amigo dijo así, con palabras explícitas, dijo: “no mames, wey[25], esta madre[26] yo creo que es como El Pino de los Ángeles”. Ya ve que hay un pino muy referenciado en Los Ángeles, California. Y ya lo empezamos a agarrar de broma, y a decir: “Eh, wey, ¿vas a ir al pino…? ¡Ah, no! ¡Al guamúchil!”[27] 

El pequeño comercio era otro lugar que permitía que los habitantes generaran vínculos con sus vecindarios. Julio abría su ferretería desde las 9 de la mañana hasta las 10 de la tarde en el vecindario de Basilio Vadillo. Cuando no tenía clientes, sacaba una silla de la tienda, y se sentaba afuera a observar y a saludar a los vecinos. Después de tres décadas, se conocía a casi todos los vecinos. En las noches, acercaba su silla a un puesto adyacente de tacos, con cuyos dueños hablaba hasta la noche. La reiteración de esos encuentros transformaba el pequeño comercio en hitos donde informarse del vecindario y sus habitantes.

El trabajo de campo reveló la existencia de vínculos más intensos con el espacio. Porfirio se quejaba sobre la falta de mantenimiento de la plaza de su vecindario, y decidió acudir a las autoridades locales para buscar ayuda. Los agentes locales le prometieron que contribuirían con pintura de exteriores, pero, a cambio, les solicitaron a los vecinos que limpiaran la plaza y las malas hierbas. Porfirio, junto a algunos residentes, limpiaron y renovaron su plaza. En tiempo de trabajo de campo, el lugar era sede de partidos de fútbol, o juegos infantiles. Guillermo también reacondicionó un parque abandonado en la colonia Constancio Hernández, y diariamente lo limpiaba y cuidaba.

Los habitantes de Zalatitán establecían vínculos temporales con algunos lugares que se convirtieron en claves para generar su sentido del lugar. Para hacerlo, tenían que presionar a las autoridades locales, que con frecuencia eran omisas de dichas demandas, y tenían también que enfrentarse con ciertos vecinos que amenazaban con vandalizar esos lugares.

Conclusiones

En este artículo se ha utilizado el concepto de “sentido del lugar” para describir cómo los residentes del vecindario de clase popular de Zalatitán se relacionaban con sus entornos. En la investigación se han podido documentar tres de los cuatro componentes de este concepto, y se han mostrado muy útiles para reflejar cómo los individuos en barrios populares vivían y se relacionaban con sus vecindarios. Esta articulación teórica de los descubrimientos ha servido para corroborar y ordenar las evidencias mostradas por investigaciones preexistentes sobre esta temática en México.

Así, en un primer momento, se ha tenido oportunidad de comprobar los significados adheridos al lugar, que permitían a los habitantes interpretar su posición en la sociedad más general. La presente investigación ha conseguido vincular dos series de fenómenos que eran reportados por la literatura. Así, se han encontrado investigaciones que delataban la presencia de una serie de significados negativos adheridos a los vecindarios de clase popular (Mendoza y Ruiz, 2012, p. 66). Otro grupo de investigaciones advertía que el descuido de las instituciones por este tipo de vecindarios era algo habitual (Hernández Bonilla, 2008, p. 390), lo que derivaba en espacios caracterizados por la ausencia de servicios (Bayón y Saraví, 2013, p. 42; Saraví, 2015, p. 506) y por una marcada marginalidad (Saraví, 2015, p. 41). La presente investigación ha vinculado ambas líneas de descubrimientos, y ha destacado cómo la secular desatención de las instituciones por los vecindarios populares era interpretada por los propios habitantes como indicativo de que sus vecindarios y ellos mismos eran considerados de segunda clase, propios de las poblaciones pobres. Hay que destacar que esta noción de pertenecer a una categoría subordinada de espacios y de población ha sido también evidenciada por estudios desarrollados en otras latitudes (Bayón y Saraví, 2018, p. 29; Perlman, 2004, p. 126; Caldeira, 2010, p. 46).

La presente investigación mostró que, al reconocer los habitantes de Zalatitán ser considerados como habitantes de segunda categoría, les llevaba a asumir el estigma socioespacial de habitar unos vecindarios marginados de los que el grueso de la población recelaba. La vivencia cotidiana de adversidades hacía mella en el sentir y las identidades de los pobladores. Con este descubrimiento, se ha tenido la oportunidad de confirmar otros hallazgos de la literatura sobre la resignación a ocupar espacios propios para los pobres (Giglia, 2012, p. 169; Bayón, 2012, p. 156) o a asumir la realidad de tener que vivir en espacios física y materialmente marginados (Murphy, 2021, p. 222; Shove, 2003, p. 148). Los hallazgos encontrados en la investigación pudieran dar pie a aceptar la hipótesis de la internalización de los estereotipos que dirige el grueso de la sociedad hacia estos lugares y personas (Kessler, 2012, p. 175).

En segundo lugar, los descubrimientos de la presente investigación mostraron que un elemento que marcaba el carácter de los vecindarios analizados era el de la violencia y la inseguridad. Se recogió evidencia que revelaba cómo el tradicional consumo de drogas en el lugar, la proliferación de delitos de bajo impacto, la presencia prolongada de pandillas, o la penetración del narcotráfico, fomentaban el sentido del miedo, e incidían en que los habitantes alteraran sus rutinas, evitando exponerse en los espacios públicos. Estos descubrimientos confirman parte de la evidencia reunida por otros trabajos, que delatan el carácter hostil de buena parte de los asentamientos de las clases populares (Mendoza y Ruiz, 2012, p. 63; Mendoza Pérez, 2011, p. 348) derivado de una vivencia directa de la violencia de la delincuencia y el narcotráfico (Vilalta, 2014, p. 1459). Estos descubrimientos derivados de los vecindarios de clases populares sirven para contrapuntear las investigaciones que se encargan de reflejar los miedos sentidos por el otro extremo de la estructura social, compuesto por las clases medias y altas (Caldeira, 2000, p. 266; Svampa, 2001, p. 13; Camus, 2015, p. 20; Dammert, 2012, p. 16; Vanin, 2019, p. 684). Se abriría aquí un fecundo campo de análisis que serviría para contraponer las inseguridades y ansiedades al contacto social más típicas de las clases altas, frente al miedo directo a tratar cotidianamente con situaciones de violencia, propio de las clases y vecindarios populares.

Finalmente, en la presente investigación se han advertido intentos temporalmente exitosos por generar vínculos con el espacio, que permitieran el desarrollo de la vida vecinal. La preservación de las tradiciones del antiguo núcleo de Zalatitán, el esfuerzo por evitar que determinados parques cayeran en estado de decadencia, o la ritualización de los encuentros en determinados espacios hacía que, frente a todas las adversidades, los habitantes de Zalatitán construyeran espacios donde convivir. Estos esfuerzos por construir y domesticar espacios habitables han sido también identificados por la literatura (Duhau y Giglia, 2008, p. 337), y ponen de relevancia lo importante que es también para estas poblaciones el sostener precarios vínculos sociales con sus vecindarios (Jiménez Domínguez y López Aguilar, 2002, p. 108; Arias, 2011, p. 48). Los descubrimientos de la presente investigación, y de todas las anteriores señaladas, son importantes en la medida en que sirven para restaurar el sentido de humanización que también se encuentra presente en estas zonas en apariencia hostiles. Estos descubrimientos ayudan a matizar otros estudios en zonas populares, particularmente en las periferias metropolitanas, que indican la ausencia de vínculos comunitarios con los espacios habitados, y que refieren al desarrollo de vidas en espacios abstractos o en no lugares (Hiernaux y Lindón, 2004, p. 79; Portal, 2003, p. 54).

Ahora bien, hay que recordar que el hilo conductor a todos estos fenómenos relacionados con el sentido del lugar en los vecindarios populares era la ausencia de atención de los gobiernos por los espacios y sus habitantes. El que tradicionalmente fueran espacios olvidados, era origen para que se alimentara la noción de haber sido relegados, de integrar una categoría secundaria de población, y para que fueran espacios donde cundiera la violencia y el miedo. Investigaciones en otras latitudes también han mostrado la importancia que tiene para el desarrollo de la vida cotidiana en estos espacios el que sean frecuentemente desatendidos por las instituciones. Así, Tarini Bedi (2021, p. 852) ha mostrado que la respuesta habitual del gobierno hacia las clases populares e informales en India está basada en la postergación, lo que genera una gran frustración dentro de las poblaciones. Mary Roldán (2003, p. 146) ha descubierto la existencia de un déficit de legitimidad dentro de los vecindarios de clase popular, en un país como Colombia, dada la incapacidad del Estado por mantener el orden público, y por generar condiciones de progreso entre estas clases sociales. La literatura también ha señalado que las poblaciones pobres se esfuerzan por construir vínculos con los lugares y sus infraestructuras que permitan la vida colectiva (Amin, 2014, p. 157).

Con estos descubrimientos, se confirma una gran diferencia entre los sentidos del lugar en vecindarios de clase popular de los países ricos y los países de ingresos medios. La literatura sobre los países de altos ingresos señalaba que el gasto público fue muy significativo en los vecindarios obreros durante el período del Estado de Bienestar. En las décadas de 1950 y 1960, las clases bajas disfrutaban de un considerable número de servicios sociales, lo que les permitió vivir con dignidad en sus entornos. No obstante, las reformas neoliberales supusieron la retirada de ese tipo de políticas, y el deterioro de los vecindarios y los niveles de vida. Como resultado, la literatura ha mostrado cómo las poblaciones pobres recordaban con agrado el pasado, a la hora de evaluar las condiciones presentes de deterioro, lo que motivaba la aparición de un sentido de pérdida y de nostalgia.

Los resultados de esta investigación han mostrado que nunca existió una etapa de buenos tiempos para los habitantes de vecindarios de clase popular en México. Al contrario, la desatención institucional endémica ha influido en las condiciones de vida en estos vecindarios pobres durante decenios. En estos contextos nunca hubo tiempos gloriosos a los que remitirse y, por tanto, nunca se presentaron sentidos de pérdida o de nostalgia. Más bien, los habitantes pobres se quejaban por una desatención del gobierno constante, que infundía en ellos un sentido de pertenecer a una segunda clase de ciudadanos y de degradación.

Estos resultados necesitan mucho más apoyo empírico para poder ser aceptados, y generalizados a otras regiones y países. El sentido del lugar en los diferentes vecindarios de clase social puede variar en consideración, dependiendo las trayectorias de intervención de los gobiernos en ellos. En este artículo he atribuido el sentimiento de abandono de los habitantes de Zalatitán a la endémica desatención institucional hacia el vecindario. Sin embargo, no tiene que darse por hecho la existencia de esta desatención institucional hacia los vecindarios de bajos ingresos en todos los países de ingresos medios, ni tampoco que motive los mismos sentidos del lugar.

Anexo

Cuadro 1. Perfiles de los entrevistados

Pseudónimo

Edad

Ocupación

Situación familiar

Renato

65

Promotor cultural local

Casado, con cuatro hijos

Raúl

69

Sacerdote jubilado

Soltero, vive con su hermana

Donaldo

72

Veterinario jubilado

Casado, con tres hijos independizados

Dominica

54

Gobierno local

Casada, con dos hijos y uno independizado

Vidal

74

Propietario de una fundición

Casado, con cuatro hijos independizados

Guillermo

40

Jornalero

Casado, con dos hijos

Rosario

32

Ama de casa

Casada, tres hijos

Joaquín

68

Ginecólogo

Casado, con tres hijos independizados

Armando

50

Propietario de tortillería

Casado, con dos hijos y uno independizado

Brisa

38

Abogada

Casada, con una hija

Samuel

62

Gobierno local

Separado, con tres hijas viviendo con la madre

Gladys

68

Líder clientelar local

Casada, con cuatro hijos independizados

Julio

70

Propietario de ferretería

Casado, con cinco hijos independizados

Erminio

57

Policía

Casado, con dos hijas

Federico

46

Agente cultural

Soltero

Humberto

30

Gobierno local

Casado, con dos hijos

Porfirio

32

Mecánico

Soltero

Nazario

40

Párroco

Soltero

Marta

20

Estudiante

Soltera

Filiberto

32

Desempleado

Casado, con dos hijos.

Fuente: elaboración propia.

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Notas


[1] Las tortillerías son establecimientos que, desde primera hora de la mañana, venden las tradicionales tortillas de maíz que se comen en México.

[2] Localismo para el recubrimiento de los hoyos en el asfalto, realizado, por lo común, con materiales de baja calidad.

[3] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Armando el 27 de enero de 2019 en colonia Constancio Hernández, Tonalá, México.

[4] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Marta el 9 de febrero de 2019 en colonia Basilio Vadillo, Tonalá, México.

[5] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Julio el 20 de enero de 2019 en colonia Basilio Vadillo, Tonalá, México.

[6] Expresión popular para referir espacios baldíos desatendidos, donde crece la maleza.

[7] Expresión local que significa hacer autostop.

[8] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Porfirio el 14 de abril de 2019 en colonia Loma Bonita, Tonalá, México.

[9] Abreviatura de Preparatoria, los estudios previos a la universidad equivalentes al Bachillerato.

[10] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Joaquín el 9 de febrero de 2019 en colonia Zalatitán Centro, Tonalá, México.

[11] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Armando el 27 de enero de 2019 en colonia Constancio Hernández, Tonalá, México.

[12] Palabra sinónimo de preescolar

[13] Expresión popular equivalente a lanzar, arrojar.

[14] Les “valía gorro” es un término coloquial que significa no importarles nada.

[15] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Porfirio el 14 de abril de 2019 en colonia Loma Bonita, Tonalá, México.

[16] Vocablo popular que nombra un tipo de drogas inhalantes.

[17] Pequeño trapo que se impregna de la sustancia inhalante y se lleva a la nariz para ser aspirado.

[18] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Humberto el 4 de noviembre de 2018 en colonia Loma Bonita, Tonalá, México.

[19] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Marta el 9 de febrero de 2019 en colonia Basilio Vadillo, Tonalá, México.

[20] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Vidal el 10 de diciembre de 2018 en colonia Zalatitán Centro, Tonalá, México.

[21] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Nazario el 25 de septiembre de 2018 en colonia Loma Bonita, Tonalá, México.

[22] La Plaza es un territorio que ha conseguido ser dominado por un determinado grupo delincuencial o un determinado cártel. Por extensión, Plaza también refiere a ese mismo grupo delincuencial.

[23] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Porfirio el 14 de abril de 2019 en colonia Loma Bonita, Tonalá, México.

[24] Entrevista realizada por Fernando Calonge a Pedro el 24 de marzo de 2019 en colonia Basilio Vadillo, Tonalá, México.

[25] Expresión popular equivalente a “no fastidies compañero”.

[26] Equivale a “esta cosa”.

[27] Entrevista realizada por Fernando Calonge Reillo a Humberto el 4 de noviembre de 2018 en colonia Loma Bonita, Tonalá, México.