DOI: http://dx.doi.org/10.19137/pys-2022-290210

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NOTAS

¿Cómo pensar la historia de la clase media?

How can we reflect on the history of the middle class?

Isabella Cosse

Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales, Universidad Nacional de San Martín, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina.
isabella.cosse@gmail.com


Resumen: La historia de la clase media ha surgido en forma tardía y ha dado lugar a fuertes polémicas y un campo de investigación emergente. Este ensayo –una conferencia en su origen– repasa los debates en torno a ese grupo social a partir de la historia reciente en América Latina. Este ángulo permite explorar cinco claves analíticas de utilidad para pensar históricamente a la clase media.

Palabras clave: Clase social; Pasado reciente; Política; Género; Vida cotidiana

Abstract: The history of the middle class had a belated surge in Latin America and it has created strong controversy as well as an emerging field of research. This essay – initially a conference – revises the discussions about this social group on the basis of recent history. Focusing on Latin America, this framework allows us to explore five analytical key points that enable us to reflect upon the middle class from a historical approach.

Keywords: Middle class; Recent past; Politics; Gender; Daily life

Recibido: 26/04/2022 - Aceptado: 26/07/2022

Introducción1

Me propongo aquí compartir una discusión que, entiendo, es necesaria y fructífera para pensar cómo abordar la cuestión de la clase media y la historia reciente en una perspectiva que valoriza la articulación de lo público y lo privado y retoma los estudios de género. Lo que plantearé son reflexiones (sin las pretensiones de exhaustividad de un estado de la cuestión) que han surgido a partir de los propios desafíos que me fue imponiendo la investigación sobre el estudio de la familia durante el peronismo y los años sesenta (Cosse, 2006 y 2010), sobre el humor en la historia contemporánea (Cosse, 2014a) y sobre la sexualidad, la familia y la política en los años setenta (Cosse, 2014b, entre otros) en relación a la clase media.

En los últimos años pocos campos de investigación tuvieron una expansión tan dinámica como los dedicados a la historia reciente y las clases medias. Dos décadas atrás no existían prácticamente estudios históricos sobre este sector social y la historia reciente estaba todavía fuertemente articulada con los problemas en torno a la memoria. Hoy, en cambio, cada uno de esos campos se ha convertido en canteras efervescentes y estimulantes de investigación. Sin embargo, su intersección ha tenido un desarrollo más tardío y limitado. Mi intención es explorar la historia reciente para pensar cómo estudiar históricamente a las clases medias. Argumentaré que esta perspectiva se enriquece al poner en juego el género, lo personal, lo familiar y lo cotidiano. Y, luego, expondré dos presupuestos de análisis y desplegaré cinco claves de estudio.

Historia reciente y clase media

Asumo que la historia reciente configura un período que no está predefinido de antemano. Es decir, que no se delimita ni por su temática ni por la distancia cronológica y que se concibe histórico por el tipo de aproximación que, desde mi ángulo, supone poner en juego una reconstrucción diacrónica, es decir, que analiza los procesos en el tiempo y que les otorga historicidad. Las últimas décadas están enlazadas en forma crucial, densa y problemática con nuestro presente. Podríamos decir que configuran una zona caliente, con alta capacidad de articularse con dilemas, conflictos e identidades que modulan nuestro mundo. Involucran un pasado abierto, con frecuencia, desgarrador y conflictivo. En parte, también, porque implican a generaciones vivas (con muchas personas que protagonizaron, en el amplio sentido del término, ese período) y operan en el escenario político actual. Hacen parte de las disputas políticas. Tienen efectos judiciales, sociales, culturales. Esto pone en primer plano el sentido político de nuestra producción y los hilos que enlazan el quehacer político y el historiográfico.

En nuestra región la historia reciente surgió ante la necesidad de entender los desgarramientos sociales surgidos por la violencia política y, especialmente, la represión estatal atroz y deshumanizada. Luego de varios años, sin embargo, ese foco se ha ensanchado. Es posible, así, considerar que lo historizable, lo convertido en objeto de interés y de preocupación para la historia reciente, trasciende lo estrictamente político y se enriquece al considerar los procesos sociales y culturales en forma amplia que permiten focalizar en fenómenos que tienen interés crucial en sí mismos, que resultan centrales para entender el pasado y nuestro presente -como evidencia la potencia actual del feminismo- pero, también, que resultan claves para renovar la interpretación sobre lo político (como programa de trabajo al respeto, véase Cosse, Manzano y Felitti, 2010). Desde este ángulo se abren múltiples desafíos. Quisiera señalar sólo dos de ellos.

El primero es que las visiones sobre las décadas más próximas a nosotros están tamizadas por la idea de que ellas definieron ciertos contornos del presente. Sin duda, un recorrido por cualquier fuente histórica, por ejemplo, de los años sesenta y setenta, nos muestra estilos, temas y registros que resultan familiares, provocando la tentación de pensarlo como el comienzo del horizonte contemporáneo. No obstante, también pueden mostrar la imagen de un mundo desconocido, definido por la confianza modernizadora, la aceptación de la violencia política en amplios espacios sociales, etc. Por eso su estudio implica una doble operación: de extrañamiento para tomar distancia de ese pasado con fuertes implicancias para nuestro presente, y de empatía para aprehender al otro, un sujeto social cuyos contextos de vida tenían diferencias sustantivas respecto al nuestro.

El segundo involucra el esfuerzo por reintegrar a esas décadas la contingencia, concibiendo los acontecimientos como un resultado (entre otros posibles) del proceso histórico. El dinamismo de algunas coyunturas –como sucede con el año 1973 o el 2001– requiere una reconstrucción fina, atenta a cierta precipitación de los acontecimientos en un procedimiento cuyos resultados se potencian al entrecruzar los puntos de mira para reconstruirlos. En ese esfuerzo por recobrar la contingencia es fácil quedarnos en el racconto de la lógica de los actores relegando la apuesta por una interpretación que explique lo acontecido.

Estos desafíos no son exclusivos de la historia reciente pero en relación a su estudio adquieren especial entidad. Como sabemos, cada período tiene retos peculiares. Los historiadores de la independencia, por ejemplo, debieron lidiar durante décadas con una historia heroica de grandes figuras que ocluía a los sujetos anónimos y de las clases populares. Estos dilemas nos reclaman hacerlos presentes reflexivamente. Lo central es evitar desconocerlos. Eso significa dar cuenta de ellos en todo su espesor y explorarlos a fondo. Esto reclama exige eludir las tesis simplistas y efectistas –que pivotean sobre una idea aprehensible para el sentido común y que muchas veces se presentan como una visión crítica– que han tenido enorme atractivo para entender la historia reciente, para desplegar, en cambio, el análisis de una época de enorme complejidad en sus múltiples actores y dimensiones entrelazadas. La cuestión, claro, es traspasar la mera constatación de dicha complejidad: dar una interpretación.

Esta concepción del pasado reciente resulta central para reflexionar sobre la clase media y las formas de estudiarla. Permite salir de una encerrona producida por los estudios que renovaron nuestro saber sobre ellas al poner en cuestión las visiones estructuralistas que suponían –prefiguraban– que la clase media existía a partir de una visión preestablecida de lo que esas clases eran. Es decir, que operaban con una conceptualización anacrónica, tamizada por los sentidos de la época en la que escribían los investigadores o por los proyectos políticos que apostaban, de hecho, a los valores asociados con la clase media retomando lo planteado en Argentina por Ezequiel Admosvsky (2009) y, también, Visacovsky y Garguin (2009). Estos autores apuntaban sus críticas a los estudios sociológicos surgidos en los años cincuenta, de inspiración germaniana, que encontraban en los datos censales la existencia de una clase media en función de las ocupaciones (a pesar del indudable interés de Germani por lo cultural), lo que les permitió centrar el debate en torno a los orígenes de la clase media. Volveré a ello.

En contraposición con las visiones estructuralistas, en los ochenta y noventa surgieron posturas culturalistas, propias del giro discursivo, que partían de concebir el carácter construido, inventado, de la clase media. En su versión más extrema puede encontrarse el planteo de Furbank (1985) para quien las clases medias realmente no existen. Son ficciones o marcos imaginarios que las personas proyectan en función de sus contextos o las presiones de las circunstancias, categorías sociales que las personas corrientes aplican a sí mismas y a los demás. De allí que lo central radicase en estudiar cómo se forjan esas categorías, cómo se crea una invención de la clase media. Esa es la idea de Wabrman (1995), quien se preguntó cómo, por qué y cuándo los británicos comenzaron a creer que ellos vivían en una sociedad centrada en la clase media.

Con esta mirada propia del giro cultural, la cuestión fue retomada para América Latina. Uno de los historiadores pioneros en hacerlo fue David Parker (1998) quien se preguntó por la invención de la clase media en Perú. Sostiene que las clases son parte de una construcción con fines ideológicos y políticos. Existieron, argumenta, actores y sujetos concretos que promovieron una imaginación jerárquica que exaltó a algunos grupos y estigmatizó a otros. Según su interpretación, la clase media en ese país fue una invención de principios del siglo XX, momento de conflictos sociales profundos y efervescencia de discusiones de ideas, en el que se comenzó a pensar en términos de clases cuando ciertos sectores –especialmente los gremios de empleados– usaron las nuevas ideas y los nuevos vocabularios puestos en circulación por ciertos intelectuales, adaptándolas a la realidad y circunstancia local, y sobreimprimiéndoles sus prioridades.

Esta óptica implica que para las clases medias los componentes ideológicos son más importantes e involucran lo político como elemento decisivo, a diferencia de las clases trabajadoras para las cuales las condiciones materiales y las experiencias serían cruciales-. Es decir, la clase media habría sido una creación discursiva y conceptual. El libro de Parker tuvo escasa reverberación en la década posterior a su publicación. Fue recién a mitad de los 2000 que comenzó un despliegue de estas problemáticas en compilaciones y nuevos aportes como los de Visacovsky y Garguin (2009) y Ezequiel Adamovsky (2009). Este libro fue un mojón crucial de esta perspectiva al proponer en Argentina la clase media fue una construcción discursiva, imaginaria, que recién cobró importancia sustantiva en la confrontación con el peronismo y, por tanto, surgió como una fuerza antiplebeya.

Estas interpretaciones despertaron una discusión de enorme atractivo: entender el origen de la clase media en América Latina. Es un debate abierto y eso le otorga especial interés. Como sucedió con la discusión en torno a la nación de fines de los ochenta tiene gran atractivo porque implica una operación de desnaturalización. Y, como entonces, no faltaron voces que han reafirmado las interpretaciones estructurales, que darían cuenta de la existencia, más allá del discurso y las categorías, de las nuevas realidades (Hora y Losada, 2011). La discusión parece un callejón sin salida.

Intentemos avanzar. Partamos de retomar el carácter problemático de la clase media y entenderla como el resultado de un proceso histórico y contingente, cuya construcción, invención o formación –términos que no son equivalentes– no estuvo prefijada de antemano y que la interrogación en sí misma es relevante. Y, para ello, consideremos dos redefiniciones que el pasado reciente pone de relieve.

La primera es desplazarnos del problema de los orígenes a la cuestión de cómo interpretar el papel de la clase media. Esta recolocación se facilita al situarnos a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando no hay duda de que la clase media estuvo de forma abierta, directa e indudable en el centro del proceso político, económico y sociocultural. De hecho, fueron innumerables los debates, las intervenciones y las estrategias que abrieron las clases medias en América Latina desde entonces. Sin embargo, su problematización en los estudios históricos, como he planteado, fue tardía. Como muestran los pioneros estudios sobre los años sesenta, la clase media no era concebida como un objeto de estudio en sí mismo –estaba supuesta–. No obstante, era clave para comprender un amplio rango de fenómenos: desde las apuestas del desarrollismo, las estrategias de mercado de la mano de la tecnocracia o el surgimiento del psicoanalisis hasta las apuestas políticas de la izquierda y la derecha, la efervescencia juvenil pero, también, las cruzadas moralistas y el ascenso autoritario.

El segundo presupuesto es pensar la complejidad. Estudiar a la clase media supone dar cuenta de posiciones disímiles y variables. Ello vuelve inconducente la intención de pensar fijamente la identidad política de la clase media o definirla exclusivamente en función de una dimensión –ya fuese lo laboral, la identidad o lo ideológico–, o concebir de modo unívoco la conexión entre esos planos. Es decir, debemos tener encuenta que la clase media no es algo que antecede al proceso social, político y cultural. No está dada, sino que debe ser historizada y concebida variable, mutable y conectada con el proceso histórico. ¿Cómo considerar esas complejidades?  ¿Cómo podemos estudiarlas? Vayamos a algunas claves de especial valor para ello.

Lo material y lo simbólico

Antes que nada estos desafíos vuelven a poner de relieve el modo de trabajar sobre la conexión entre lo material, lo simbólico y lo discursivo. Si el debate siempre rico y nunca resuelto sobre la primacía de una dimensión sobre la otra ha resultado extremadamente estimulante para redescubrir el carácter de construcción o invención de la clase media, pensar en la intersección –mutuas interdependencias, tensiones, contrastes– entre ambas dimensiones, parecería una apuesta imprescindible. No se trata de desconocer el aporte del giro cultural y de la historia conceptual que pusieron de relieve los modos en que las clases, pero especialmente la clase media, constituyen artefactos culturales –es decir, son modeladas por ideas, conceptos, percepciones–, sino de colocar esta dimensión en relación con la materialidad concreta y la vida cotidiana de las personas en un ida y vuelta entre las formas de vida y experiencias específicas, y las construcciones culturales y políticas.

Para pensar la conexión de las relaciones sociales con las formas en las que los sujetos se conciben en ellas, resulta útil retomar –o lo ha sido para mí– las tradiciones de la historia social inglesa, especialmente la de E. P. Thompson. Y esto porque nos permite entender que las clases no son cosas y facilita concebirlas en términos de una formación social y cultural históricamente situada. Un nodo central de la contribución thompsoniana radica en el modo de poner en relación la experiencia y la conciencia para comprender la cultura de la clase obrera, y exigirnos pensar una articulación dinámica e histórica entre las relaciones sociales y la percepción que de ella tienen quienes las viven y las sufren. Esta lectura de Thompson colabora, así, a colocar a la clase media en la intersección, en el cruce mismo, entre lo social y lo cultural. Esta inspiración no desconoce las singularidades de la clase media en sí misma pero posibilita visibilizar dos cuestiones centrales: que las experiencias de clase no pueden explicarse sin considerar las relaciones sociales en las que los hombres nacen o en las que entran de manera involuntaria, y la forma en que esas experiencias asumen sentido en términos culturales e ideológicos.

Desde esta perspectiva, en mis trabajos otorgué una importancia crucial a lo cultural, simbólico e imaginario –al punto de estudiar una caricatura– para la identidad de la clase media, pero entendí que esa dimensión solo puede comprenderse en relación con las condiciones materiales, sociales y políticas (Cosse, 2014a). Es decir, colocando a la clase media en la intersección de las prácticas y las representaciones que involucran luchas, experiencias e ideas de sujetos concretos insertos en la trama de sus relaciones sociales. Para dar cuenta de ese dinamismo me serví de Raymond Williams (1981). Con él asumí que la producción cultural es en sí misma un elemento decisivo de la constitución de lo social. Y que la relación entre la obra y lo social puede pensarse en términos de mediaciones. En sus palabras, la cultura está mediada por relaciones sociales que la hacen posible al mismo tiempo que constituye un sistema significante que comunica, reproduce e interpela el orden social. Este presupuesto abre dos problemas que resultan especialmente significativos para entender el surgimiento de una expresión artística y dilucidar sus mediaciones, sentidos y efectos sociales, y pensar cómo ese producto intervino y fue significado por quienes lo hicieron propio, lo usaron, lo experimentaron. Es decir, se trata de auscultar las dos vías: explorar cómo las personas viven, experimentan y sienten la inequidad socioeconómica en sus vidas cotidianas, el modo cómo sus relaciones la implican e, incluso, en ocasiones, éstas la constituyen, y el modo en que esas personas –y los actores y sujetos sociales– piensan y hablan sobre la clase.

Género, familia y vida cotidiana

La segunda clave radica en situarse en la intersección misma de lo público y lo privado, de lo cotidiano y lo político. Esta perspectiva se enriquece considerando los pioneros estudios de la historia social y feminista que llamaron la atención sobre la importancia de las dimensiones de género y la cotidianeidad doméstica para la comprensión de las clases medias europeas en el plano material y en la estructuración de actitudes, valores e imágenes que constituyeron, distinguieron y afirmaron su identidad.

Con esa perspectiva resulta decisivo auscultar las dimensiones de género y la cotidianeidad para pensar la clase media. Pero, también, considerar el modo en que la vida cotidiana es una dimensión central de lo social en la cual se entablan relaciones, confrontan con otros y moldean sus valores y costumbres. Leonore Davidoff y Catherine Hall planteaban en 1987 que era necesario trabajar más allá de la división en las dos esferas en que la clase media fraccionó el mundo, la pública y la privada, construyendo de este modo un ámbito para la moral y la emoción y otro para la actividad racional, y convirtiendo estas categorías en fuerzas del mercado. Eso era central, desde su ángulo, para demostrar que los hombres de clase media que aspiraban a ser alguien, a contar como individuos por riqueza y capacidad de mando o de influjo sobre los demás, estaban insertos en una estructura familiar que les brindaba la ayuda femenina absolutamente esencial para situarse en la esfera pública. Es decir, asumían la premisa de que toda identidad es sexuada y que la organización de la diferencia sexual es un eje clave de lo social. La distinción entre hombres y mujeres, decían, es un hecho siempre presente que determina la experiencia, influye en la conducta y estructura las expectativas, interviniendo en todos los niveles de la vida social. De allí que en aquella época se plantearan el desafío de aludir a la especificidad sexual del carácter de clase.

[…] nos centraremos en la naturaleza sexual de la formación de clase y en cómo la diferencia sexual influye en la pertenencia a una clase. Tanto la crítica de la clase media al sistema dominante de los terratenientes como su creencia en la propia capacidad para gobernar a la clase trabajadora, que constituyera los dos pilares de la aspiración burguesa a detentar la autoridad social y moral, se articularon dentro de una concepción sexuada de la clase (Davidoff y Hall, 2002, p. 11-12).

La familia –como espacio de producción y reproducción– fue central para la actividad económica, la forma de propiedad, la autoridad y la organización se estructuraron a través de relaciones de género, matrimonio y división del trabajo y la herencia, que incluía la producción de niños. Además, la propia industria dependía de la demanda de consumo generada por la familia burguesa. Esta clave abre diferentes dimensiones. La familia –las alianzas, los matrimonios, las uniones consensuales, los nacimientos– es un elemento central para la estructuración de las relaciones sociales, las interacciones de los sujetos, las pertenencias de clase y, al mismo tiempo, la propia constitución de las clases. Sostiene el parentesco que implica lazos sociales, económicos y simbólicos, y definen, con ello, los marcos, las posibilidades y las limitaciones para el acceso a bienes, consumos y acumulación de capital. Entender quién se empareja con quién es clave para abordar las dinámicas sociales, porque las uniones establecen conexiones entre personas, grupos, capitales, parten y operan con jerarquías sociales. El nacimiento, por ejemplo, implica relaciones experimentadas como individuales y privadas con lo cual vela el hecho social de la propia llegada al mundo de las personas. Es decir, las dimensiones de género y la cotidianeidad vertebran las relaciones sociales en las que los sujetos moldean sus identidades, ideas, valores, sentimientos.

Pero, además, notemos que unido a esas relaciones, la familia tiene un carácter ideológico y político. Según Rayna Rapp (2020 [1977]), lúcida feminista pionera, el concepto de familia refleja y enmascara las realidades de la formación y la sustentación de los hogares. Los significados de las experiencias familiares difieren entre clases y el gran acuerdo de dicha variación refleja el reclutamiento y la sociabilización de clase. Esa ideología requiere pensar al Estado, las élites políticas, los intelectuales y los medios de comunicación para las sociedades contemporáneas. Desde este ángulo, en mi propio trabajo, he puesto en el centro de la cuestión que las políticas y los discursos sobre una familia normativa hiciera las veces de rasero para definir lo que era una familia natural, deseable y correcta. Este carácter homogéneo y excluyente asumió especial densidad porque operó sobre una realidad definida por la diversidad de formas familiares, en concordancia con un país que, como toda América Latina, está atravesado por profundas diferencias sociales, culturales y étnicas.

Análisis relacional


La tercera clave involucra lo relacional. Es decir, colocar a la clase media –en ambos planos material y simbólico– en relación con las desigualdades sociales y el modo en que se constituyeron, redefinieron y agudizaron. Esta es una estrategia relativamente transitada para las clases populares y las clases altas en América Latina, pero aun escasamente explotada para entender a la clase media.

Consideremos la cuestión a partir de las dinámicas familiares. Sabemos que las desigualdades de clase se expresaban de modo agudo en las condiciones de vida (vivienda, servicios, consumos), las formas de organizar la reproducción y los cuidados y las propias dinámicas de los vínculos afectivos. También sabemos que la intimidad de los hogares está sostenida por esa desigualdad de clase y de género. Las clases altas y las clases medias sostienen su reproducción cotidiana (material, logística, afectiva) mediante el trabajo de mujeres, varones y niños y niñas con los que, con frecuencia, conviven. Recordemos que durante buena parte del siglo XX gran parte de ese trabajo estaba realizado por “criadas” provistas por organizaciones de caridad en un vínculo laboral por fuera del mercado pero impulsado y legitimado por Estado.

De hecho, las relaciones familiares definidas ya sea en función de su carácter legítimo, biológico o afectivo, involucran dinámicas de clase. Los comportamientos y los valores familiares han tenido especial significación en ese sentido y han sido, también, arena de las disputas por la preeminencia social. En el Río de la Plata, la familia fue una dimensión central de las formas de diferenciación que se dio la clase alta para preservarse frente a una sociedad que veían crecer en forma rápida, tumultuosa y amenazante. Simultáneamente, las aspiraciones de respetabilidad de los nuevos sectores sociales en ascenso –los “advenedizos” que inquietaban a la alta sociedad– calaron en forma paradigmática en sus comportamientos familiares. Y esto ocurrió porque la familia fue importante en las estrategias para cambiar las relaciones sociales de sus integrantes –o de algunos de ellos–, como sucedió con la reducción de la natalidad o las inversiones en educación. Y, también, porque ciertas actitudes y comportamientos (como la casa, el matrimonio, etc.) hicieron a las condiciones materiales de esos sectores y además los dotaron de identidad, permitiéndoles asociar ciertos criterios morales con sus formas de vida. Es decir, una familia nuclear otorgaría prestigio y respetabilidad a esos sectores, diferenciándolos de los sectores populares. Sin embargo, notemos que esos comportamientos no constituyen en sí mismos expresión de la condición de clase, sino que fueron parte de las dinámicas de diferenciación y de las percepciones en disputa. Con ello, se potenciaron las dinámicas de discriminación en función de las supuestas “irregularidades” familiares, encarnadas en los nacimientos “ilegítimos”, los concubinatos y las madres solteras. En ese proceso, la clase media urbana se convirtió en el vector de una normatividad social que la excedía por el mismo efecto de la naturalización de un estándar que concebía las diferencias como desviaciones.

Notemos que en los años sesenta las contiendas virulentas en torno a dichos valores se articularon con las diferencias de clase a las que, además, nutrieron. Los programas modernizadores –con diferentes expresiones– compusieron una especie de cartografía social de los cambios en las normas familiares por las cuales la clase medias, especialmente profesionales, eran colocadas a la avanzada de la distensión de las costumbres en una clave generacional. Esto se hacía en confrontación, en contraste, con otras dinámicas que resultaban desvalorizadas socialmente y provenían de las clases populares y trabajadoras, cuyas realidades eran concebidas tradicionales, atrasadas y, por tanto, quedaban desprestigiadas.

Dicho programa no era inocente. Ocultaba que las clases medias eran heterogéneas –y que buena parte de éstas eran reactivas a las transformaciones y sus convenciones diferían– y, al mismo tiempo, que las clases trabajadoras no fueron ajenas a los cambios culturales. Incluso, dichas transformaciones permitían sentirse a las trabajadoras a la avanzada de las mismas. Tenemos escasas investigaciones históricas en profundidad sobre estas autopercepciones en términos relacionales o sobre las variaciones de la clase media según el tamaño y las características de las localidades lo que resulta de mucho interés para dar cuenta de estas dinámicas. Pero, sabemos, sí, el peso de la pertenencia generacional en las experiencias y las autopercepciones de la clase media en los años sesenta cuando la confrontación con las normas sociales familiares les permitió a muchos jóvenes, y especialmente muchas chicas, distinguirse frente al mundo heredado de sus madres y padres y redefinir su lugar en las jerarquías sociales.

Dar cuenta de las dinámicas relacionales en las experiencias de la clase media exige considerar que ésta estuvo, sigue estando, dividida profundamente y, a la vez, problematizar las percepciones de y sobre las clases trabajadoras. No olvidemos que etas clases ganaron interés y atractivo para los jóvenes de clase media al punto que esa generación se concibió a partir de la crítica a las visiones elitistas y antipopulares como notó Carlos Altamirano en un ensayo pionero (2001). De hecho, fue en los años sesenta cuando emergió una representación como Mafalda –el personaje en sí mismo– que le dio forma (en el sentido de que corporizó) a la clase media intelectualizada a escala pública y masiva (aunque por supuesto que existía la clase media intelectual si bien ésta no había calado en un prototipo social a esa escala). Pero, poco después, con la incorporación de los otros personajes de la banda, la historieta colocó en el centro una representación de una clase media heterogénea atravesada por las diferencias ideológicas y culturales (con las oposiciones de Mafalda y Susanita y las de ésta con Manolito). Esos personajes ponían en juego auto-percepciones que (dialogan con la realidad social y política) que modelan la propia identidad –en el mismo acto de reírse– de esa clase media heterogénea (Cosse, 2014a).

Politicidad, dinamismo y contradicciones

La efervescencia política de esta época refuerza la importancia de considerar el carácter históricamente situado de la clase media y exige prestar especial atención al modo carácter dinámico y contradictorio que asume. Esta es la cuarta clave de análisis aquí propuesta. Como sabemos, la revolución cubana y las revueltas estudiantiles de los sesenta inauguraron un período de enorme vertiginosidad que evidencia con gran nitidez el carácter abierto y contingente del proceso histórico, sin el cual no resultan comprensibles las vicisitudes políticas de esos años, en el contexto de los fenómenos de larga duración que signaron el ascenso de la represión y los golpes de Estado en el Cono Sur. En ese cuadro, imbricado y dinámico, resulta de especial riqueza el estudio de la clase media con sus condiciones de vida, su identidad y las disputas por ella generada. Pero también el modo en que las luchas políticas y las redefiniciones culturales movilizaron y tuvieron efectos sobre las prácticas y representaciones en torno a ese sector social.

En ese sentido, por ejemplo, para comprender la dimensión de clase en las luchas políticas en los años setenta, es central notar que la ultra derecha, los comandos parapoliciales que antecedieron a las fuerzas represivas de la dictadura, utilizaron la extracción de clase de algunos militantes de izquierda para estigmatizarlos, haciendo presente la aversión de la clase media al peronismo y a los trabajadores durante las primeras presidencias de Perón derrocado por fuerzas políticas apoyadas por esa clase social. Es decir, la ultradercha repuso la impugnación en términos raciales y clasistas al peronismo para azuzar a los jóvenes radicalizados de izquierda. Lo hizo, además, con una visión misógena que concebía a los varones como “loquitas” (débiles y amanerados) y descarriadas a las mujeres (Cosse, 2019).

Este episodio nos permite valorizar las contradicciones de la clase media y entender que éstas signaron sus prácticas políticas y su subjetividad. Focalizando en los privilegios de clase de los estudiantes radicalizados de México, marcado por la masacre de Tlatelolco, Louise Walker (2013) analiza su adscripción profesional y socioeconómica en relación con sus experiencias políticas para abordar su identidad de clase. Diferencia a aquellos jóvenes que protegieron sus privilegios de clase media de quienes los rechazaron y promovieron la creación de organizaciones de izquierda, avergonzándose de sus privilegios. El análisis de estas dinámicas permite profundizar en las tensiones de clase que marcaban y cincelaban las acciones políticas: sus esfuerzos por convertirse en vanguardia revolucionaria y, para ello, su desclasamiento. Pero ese desclasamiento fue parcial y convivía con las imborrables marcas de clase de las condiciones de vida y de la configuración cultural de estos estudiantes. Ello produjo profundas tensiones y conflictos de clase entre jóvenes estudiantes y trabajadores y campesinos.

Escalas de análisis

Hoy sabemos que el interés por la clase media en América Latina despuntó en Estados Unidos, en los años cincuenta, cuando en el marco de su estrategia de lucha en la Guerra Fría apostó a fortalecer a ese sector social con la esperanza de que evitase los estallidos sociales y trajese moderación y estabilidad política al continente. En simultáneo, la creciente hegemonía cultural norteamericana facilitó cierta homogenización cultural a partir de los consumos y las industrias culturales que apuntaban, con especial intensidad, a la clase media aunque no únicamente a ella. Sin embargo, recordemos que, por entonces, el lugar ocupado por las regiones del Tercer Mundo fueron concebidas por amplios sectores sociales y políticos a escala planetaria alternativas al poder colonial y el imperialismo.

De allí que la indudable centralidad de la hegemonía cultural norteamericana no debe impedirnos considerar el modo en el que la escala trasnacional se articuló con movimientos contraculturales y revolucionarios, en muchos casos a partir de pequeños emprendimientos y redes informales, surgidas de interacciones personales que modularon una confrontación al statu quo y vehiculizaron movimientos contra-hegemónicos y de resistencias a los gobiernos autoritarios. Esto implica coloca de otro modo en el centro a los procesos de globalización y transnacionalización que suponen pensar un momento único en el que ciertos flujos internacionales ofrecieron la ilusión de que era posible modificar su dirección. No obstante, esta perspectiva exige un contrapunto con las prácticas concretas a escala local, nacional, regional (en ese esfuerzo véase, López y Weinstein, 2012). Lo trasnacional no ocluye considerar esas singularidades (e incluso las desconexiones) que dan sentido a la historia y hacen a su atractivo. En este caso, la capacidad de traspasar las posiciones a favor y en contra de la clase media para observarla con una mirada profunda, dinámica e historizada de un sector social que ha generado tan virulentas controversias y posicionamientos en el pasado como hoy.

Referencias

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Williams R (1981). Sociología de la cultura. Buenos Aires, Argentina: Gedisa.


Notas

1 La versión original de este texto fue escrita para un seminario dictado en el Departamento de Historia, Universidad Alberto Hurtado (2015) y retomado luego para otro dado en la Maestría en Historia, Pontificia Universidad Católica del Perú (2017). Estas ideas estuvieron atrás del dossier “Las clases medias en la historia reciente latinoamericana” (Contemporánea, Año 5, Vol. 5, 2014, pp. 13-166) coordinado por mí. Les agradezco la interlocución a los participantes en cada instancia y a Agostina Gentili por sus aportes a esta versión.