DOI: http://dx.doi.org/10.19137/pys-2019-260106


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ARTÍCULOS

 

Whistle-stop en carruaje: Los viajes de los gobernadores a los pueblos bonaerenses, 1854-1858

Whistle-stop in carriages: The Governors’ Trips to Rural Towns in Buenos Aires 1854-1858

 

Ignacio Zubizarreta*

 

Resumen: Los viajes de los gobernadores a los pueblos de campaña representaron una innovadora forma de intervención pública y política. Traslucen nuevas formas de politización del mundo rural, e implicaron la presencia en el lugar de la máxima autoridad para llevar a cabo políticas destinadas a conocer de cerca los problemas locales y realzar la imagen del mandatario. Las maniobras de negociación aplicadas en estos periplos podrían reflejar el gradual inicio de una aceptación del otro político y la intención de la elite por desmontar la sociedad guerrera iniciada en el proceso independentista. 

Palabras clave: Viajes de gobernadores; Faccionalismo; Campaña bonaerense; Politización; Negociación

Abstract: The governors’ trips to rural towns represented an innovative way of public and political intervention revealing new ways of politicizing these areas.  The visits paid by the highest city authorities involved the development of policies intended to get a closer view at local issues, and they also helped enhance their public image. The negotiation maneuvers adopted could reflect the beginning of a gradual acceptance of the political other as well as the elite´s interest in dismantling the warrior society initiated by the independence process.

Keywords: Governors’ trips; Factionalism; Buenos Aires province countryside; Politicization; Negotiation

 

Introducción

En el ámbito del Río de la Plata, el movimiento de emancipación que se inició en 1810 significó un momento de profundos cambios. Fueron los sucesos políticos que primero se suscitaron en el ámbito urbano los que implicaron tangibles transformaciones en la sociedad campesina. La leva, la movilización y la guerra pueden considerarse previos y así mismos fundantes y fundamentales para los procesos de politización que se desarrollarían en paralelo (Halperín Donghi, 2014). A partir de la década de 1820 las leyes electorales que se fueron expandiendo en las provincias argentinas para la selección de representantes implicaron un impulso a la politización de la sociedad en su conjunto. Las luchas facciosas protagonizadas por unitarios -centralistas- y federales, significaron un paso más en la consecución de ese proceso (Rabinovich, 2015); algunos movimientos e insurrecciones que se generaron durante dicha década pondrían en evidencia cierta iniciativa y toma de conciencia política en algunos sectores sociales del mundo rural (Fradkin, 2006).  Durante el régimen de Juan Manuel de Rosas (entre 1829 y 1852) se erigió discursivamente un lugar preferencial al mundo rural (Myers, 1995). El unanimismo que impregnó el estilo de gobierno de su líder no significó, empero, una paralización del dinámico proceso de politización de las poblaciones rurales sino más bien un encorsetamiento de las alternativas electorales (lista única) y pocos resquicios para el disenso -escasa o nula libertad de prensa- (Ternavasio, 2002).
En febrero de 1852 el General Justo José de Urquiza derrotaba en la batalla de Caseros a Rosas dando por tierra con su dilatado régimen, suceso que implicó una serie de profundos cambios en la vida social y política del país. El 11 de septiembre de ese mismo año se produjo en Buenos Aires un levantamiento contra la autoridad de Urquiza, quien fungía por entonces como Director Provisorio de la Confederación Argentina. El movimiento insurreccional buscaba liberar a Buenos Aires de la tutela de quién ya muchos comenzaban a percibir como un nuevo caudillo autoritario o segundo tomo de Rosas (Sarmiento, 1874). Como consecuencia de esa ruptura, desde 1852 hasta 1859 Buenos Aires operó como un Estado autónomo desligado del resto de las provincias (nucleadas en la Confederación Argentina y con Urquiza como presidente) y dictó una constitución propia. Durante todo ese lapso, su elite dirigente logró consolidar las bases de un nuevo proyecto político acorde con el liberalismo imperante a nivel global. Esa elite no resultó para nada homogénea. Desde Caseros se fueron gestando las distintas facciones que operaron en su seno. A grandes rasgos, luego de la revolución contra Urquiza se consolidó un frente político porteñísta que se caracterizó por olvidar el pasado inmediato y dar primacía a los intereses locales. Integrado por liberales, pero también por colaboradores del desarticulado rosismo, logró consensuar la designación de Pastor Obligado -un ex rosista moderado- como gobernador a mediados de 1853. Entre 1854 y 1856, debido a un clima de distensión en las relaciones con la Confederación, se iría produciendo un resquebrajamiento en el frente interno del heterogéneo grupo que desembocaría en nuevas configuraciones. Por un lado, se alineó un arco liberal con notables divergencias internas. Por otro, surgió un renovado arco federal de impronta localista que, a diferencia de antaño, ni se reivindicaba rosista ni se supeditaba completamente a Urquiza. A partir de 1856 los primeros serían apodados como pandilleros mientras los segundos conocidos bajo el epíteto de chupandinos.
En el presente artículo proponemos brindar algunas pistas para entender mejor esa coyuntura a través de la compleja relación entre la dirigencia porteña y la campaña bonaerense en su intento por transformar, desmovilizar y modernizar su sociedad campesina. Para llevar a cabo nuestro propósito, hemos escogido una serie de viajes que realizaron los gobernadores del Estado de Buenos Aires al interior de la campaña, haciendo foco en las travesías en carruaje protagonizadas por Pastor Obligado en 1854 y Valentín Alsina en 1858. Los relatos que analizaremos sobre dichos viajes reflejan la diversidad y complejidad política que imperaba en los pueblos de la campaña, realidad no obstante muy diferente a la imagen de unanimidad que ha presentado parte de la historiografía en consonancia con la etapa histórica precedente.1 En sus respectivos periplos, tanto Alsina como Obligado priorizaron apersonarse en los modestos centros urbanos del interior bonaerense, puesto que ellos constituían “los puntos que operaban como nudos de intersección de las diferentes redes de poder institucional y por ello los espacios principales de conformación de la vida política rural” (Barral & Fradkin, 2005: 44). Los viajes simbolizaron un peldaño más en el avance institucionalizador del gobierno capitalino inserto en el marco de un profundo proceso de transformación del espacio rural. Pero también se ensayaron nuevas vías de resolución de conflictos que primaban en ese delicado contexto. Si los viajes permitirían a los gobernadores palpar de cerca los problemas cotidianos que padecían los habitantes rurales y buscarles a su vez remedio, facilitaron una intervención política original reflejando la importancia que para el Estado tenía la zona de campaña y la necesidad de mantenerla bajo control en momentos en que la guerra contra la Confederación era latente. Además, ante la creciente crispación facciosa y la violencia electoral imperante, la presencia física del primer mandatario sirvió para generar o fortalecer alianzas locales, vigilar a los opositores y robustecer la imagen pública de su figura. De esta forma, consideramos que a pesar de que -cómo sostiene Garavaglia (2015)- la mayor parte de los gastos estatales de este periodo se orientaban a la guerra, a la administración de justicia y a la represión -cifra cercana al 80%-, el state-building no sólo se lograría por la exclusiva vía coercitiva. La persuasión, la negociación y distintas estrategias políticas complementarias también colaboraron a cimentar ese mismo proceso; el viaje de los gobernadores es una buena muestra de ello. 
En un primer momento, presentaremos un estado general de la campaña que permite insertar las travesías en un contexto más amplio. En una segunda instancia, trataremos de analizar las características propias de estos viajes parangonándolos con antecedentes similares. También, en este punto, prestaremos atención a los objetivos explícitos e implícitos que tuvieron los desplazamientos realizados por Obligado y Alsina. En una tercera parte brindaremos un análisis de los itinerarios, recibimientos, protocolos y festejos generados en los pueblos. En un cuarto y último momento estudiaremos las intervenciones políticas que llevaron a cabo los gobernadores en aquellos destinos más problemáticos, utilizando, según los casos, la conciliación, la negociación o la imposición. En la conclusión retomaremos las ideas centrales del trabajo. Las fuentes principales utilizadas para la investigación que da inicio consisten en los diarios de viaje que fueron publicados en la prensa porteña y escritos por los colaboradores que acompañaron a los mandatarios en sus periplos (La Tribuna y El Nacional) más otras fuentes del Archivo General de la Nación (Estado de Buenos Aires).

La campaña: breve contexto político-social

Pocos meses después del movimiento armado del 11 de septiembre de 1852 contra el General Urquiza, el 1 de diciembre de ese mismo año, el coronel Hilario Lagos, secundando el proyecto federal urquicista, se pronunciaba en la Guardia de Luján contra el gobierno porteño. Con amplio apoyo de grandes sectores de las poblaciones rurales y en colaboración con las milicias, logró cercar la ciudad de Buenos Aires y controlar la mayoría de las localidades del interior. Las autoridades de campaña que respondían a la capital habían quedado removidas o aisladas y desautorizadas. Recién en julio de 1853 las fuerzas comandadas por Lagos lograron ser disueltas y la campaña volvía a situarse bajo la égida de la dirigencia porteña.2 A partir de ese momento comenzó un intento de dicha dirigencia por tratar de reconfigurar el entramado político de la campaña bonaerense buscando plasmar un proceso de transformación y modernización social basado en el desarrollo material y el fortalecimiento de las instituciones. Los primeros pasos dados por las autoridades para “reconquistar” la campaña tendieron a la confirmación de los jueces de paz no implicados en la revuelta, a la remoción de aquellos que sí lo estuvieron y a la instauración de una serie de medidas de emergencia. Entre éstas, se pedía a los jueces de paz la formación de comisiones “de ciudadanos de probidad y respeto” para recorrer los partidos. En esa recorrida y según una instrucción, el juez de paz debía recoger armas y municiones, “desarmando los grupos que existan, y depositando las armas que, todo bajo inventario, Ud. debe remitir a esta ciudad.” Pero también, “a los paisanos les hará Ud. entender que el Gobierno les manda vuelvan a sus hogares a entregarse a sus labores y faenas pacíficamente [pues] ha concedido completo olvido y perdón de todos los errores políticos”.3 Además de efectuarse un desarme generalizado, una proclama del flamante gobernador Obligado apuntaba en el mismo sentido del mensaje que debían bajar los jueces de paz a los lugareños: “podéis entregaros a vuestras tareas ordinarias, en la firme persuasión que ya no seréis arrancados de nuestros hogares, para llevar la guerra a países lejanos y extraños. Podéis consagraros a vuestras laboriosas fatigas…”.4 Se buscaba, de ese modo, desmovilizar y tranquilizar a los habitantes de campaña asegurándoles que ya no habría nuevas levas forzosas ni requisiciones de ganado.
La educación pública vivió un momento de enorme expansión (Bustamante Vismara, 2008). Domingo F. Sarmiento se ponía a la cabeza de la dirección del Departamento de Escuelas en 1856 (Lionetti, 2010). Por primera vez, la educación primaria debía ser costeada por el Tesoro del Estado.5 La Iglesia también tuvo un gran impulso en este periodo. Entre la cooperación del Estado y suscripciones de vecinos, generalmente nucleados por el Juez de Paz o el párroco, se reconstruyeron los templos en la mayoría de los pueblos (Lida, 2004). Importa también remarcar el renacer de las prácticas de sociabilidad y de libertad de expresión. Los principales pueblos de campaña buscaron emular a su capital (González Bernaldo, 2001). En San Nicolás se intentó editar un periódico, aunque sin éxito. Los gobernantes porteños prefirieron evitar todo motivo que pudiese despertar recelos políticos y descartaron el envío de la imprenta solicitada por sus vecinos. En 1854 y en la misma localidad vio la luz un Club no casualmente llamado Armonía, en donde el artículo 8 de su estatuto señalaba: “Serán prohibidas las cuestiones políticas que tiendan a establecer divisiones de partido entre los socios”.6 En San Fernando se formó una sociedad de fomento. Para 1858, en Salto ya había un club que poseía “un gran salón, donde se dan los bailes, en cuyo centro hay una mesa con todos los diarios de la capital”.7 A pesar del impulso asociativo y progresista, no todo era armonía en la campaña.8 Treinta años de rosismo y guerras civiles habían dejado una marca indeleble. Los petitorios firmados por miles de vecinos bonaerenses para manifestar la adhesión al levantamiento de Lagos9 reflejan la gran popularidad de un federalismo que, aunque por momentos renuente a reivindicar la figura de Rosas, demostraba con firmeza su oposición al grupo gobernante (Caletti Garciadiego, 2009).
Las disputas entre viejas y nuevas autoridades locales estaban a la orden del día. Aquellos que habían vivido oprimidos por tantos años, ahora no querían perder la oportunidad para devolver gentilezas. La autoridad de los jueces de paz estaba en constante cuestionamiento; eran tildados de autoritarios y surgían de una designación del gobernador sin intervención popular. La ley de municipalidades de 1854 pretendió descentralizar el poder y subsanar la sobredimensión de la figura del juez de paz al incorporar un cuerpo colegiado de vecinos que ayudasen en la administración local (Ternavasio, 1991). No fue suficiente y además tardó demasiado en implementarse. A los añosos conflictos políticos y de familia se le sumaron otros inéditos como las rencillas entre la Iglesia y la masonería. También aumentó el malestar social las diferencias entre viejos y nuevos vecinos, estimulado por el arribo masivo de inmigrantes de origen vasco, francés e irlandés, atraídos por el auge de la cría de ovinos. El primer viaje de Obligado por los pueblos de provincia se enmarcó en este amplio y complejo entramado político y social. En su recorrido buscaría pacificar la campaña y fortalecer el proceso de institucionalización.

Antecedentes, objetivos y formas de los desplazamientos

Desde el principio de la dominación hispánica, dadas las enormes distancias que separaban a la Corona de sus territorios de ultramar y de los centros de poder indianos de sus zonas aledañas, se efectuaban distintos tipos de visitas con el objeto de controlar a los funcionarios in situ y para garantizar el buen funcionamiento del orden político colonial.10 Las había ordinarias y extraordinarias y podían servir para comprobar la eficacia administrativa desplegada por corregidores, oidores, alcaldes, gobernadores y hasta virreyes. Cuando la materia era grave o la gestión a evaluar implicaba a un funcionario de alto rango, el visitador incluso podía proceder desde la Metropoli, realizando para ello una extensa travesía por el océano y durando la misión, en algunos casos, incluso por años, como le sucediera al célebre José de Galvéz, visitador de Nueva España y principal impulsor del reformismo borbónico en América.
Otra vieja tradición colonial que implicó desplazamientos lo representó la recepción al nuevo virrey. Cuando éste era formalmente designado, solía efectuar un largo trayecto marítimo y luego debía, hasta arribar a destino, atravesar por tierra una serie de pueblos que se anteponían hasta su solemne recepción capitalina. En cada parada el alto funcionario se tomaba entre tres y cuatro días de reposo, momento que era aprovechado por las autoridades locales y los vecinos principales para recibirlo con toda pompa y para entablar alianzas y trazar políticas favorecedoras (Ortemberg, 2014). Muchos de los rituales y protocolos que se organizaban y llevaban a cabo cuando el virrey llegaba a la capital, principalmente en relación a los recibimientos, las ceremonias y los festejos, pervivirían -en muchos casos resignificados- hasta traspasar los umbrales del siglo XX. Al arribo del virrey, las fiestas que se desplegaban en la capital lograban unir a los distintos estratos sociales. Un tedeum en la catedral, un repique de campanas, música, decoraciones callejeras, salvas de artillería, lluvia de flores, arcos triunfales, corridas de toros, bailes y refrescos, todo parecía formar parte de un ritual que buscaba no sólo legitimar el poder sino también acercar al gobernante con su pueblo. La liberalidad del nuevo virrey debía manifestarse en indultos, repartición de cargos y hasta -asemejando a un padre generoso- en la entrega de monedas entre los desfavorecidos de la sociedad (Cañeque, 2001).
Las misiones religiosas a la campaña y sus respectivos festejos de recibimiento, por su continuidad temporal, lograron amalgamar la etapa colonial con la independentista. Entre los siglos XVII, XVIII y XIX las misiones se efectuaron con el fin estratégico de llevar la predicación y los sacramentos a regiones donde la presencia eclesiástica era débil. Solían ser acogidas con gran boato y los principales vecinos recibían a los misioneros hasta la frontera del curato, acompañándolos luego hasta las mismas puertas del pueblo. Los religiosos gozaban de una cálida bienvenida de los feligreses que, en numeroso cortejo de carrozas, recorrían juntos las calles adornadas con arcos de flores y cintas (Di Stefano & Barral, 2008). Las misiones también cumplían una interesante función de pacificación social a través del Sermón de los enemigos, actuando éste como un ritual de reconciliación entre personas enemistadas. Tras el periodo de las guerras independentistas, los gobernadores bonaerenses Martín Rodríguez y luego Juan Manuel de Rosas realizaron viajes a la campaña. Los del primero se llevaron a cabo con el objeto de escarmentar a los aborígenes y expandir la frontera hacia el sur (Rodríguez, 1969). Es evidente que los viajes políticos comenzaron a multiplicarse y sistematizarse recién al despuntar la segunda mitad del siglo XIX. De septiembre de 1852 a enero del año siguiente el flamante presidente del Uruguay, Juan Francisco Giró, realizó un recorrido por la campaña oriental para conocer sus necesidades de cerca (Castellanos, 1853).
La llegada del ferrocarril y las modalidades políticas de la segunda mitad del siglo XIX reforzarían la importancia de los viajes de los gobernantes, pero también de los candidatos a serlo, en tiempos en que la participación política se ampliaba y el humor electoral comenzaba a ser cada vez más determinante. Así lo atestigua la modalidad del whistle stop protagonizado por Abraham Lincoln en 1861 (Coggeshall, 1865) y la influencia que tuvo en América Latina en los periplos electoralistas de Lizardo Montero en Perú entre 1875 y 1876 (Aljovín de Losada & Loayza Orihuela, 2007), del candidato Benjamín Vicuña Mackenna en Chile durante 1875 (Vicuña Mackenna, 1867; Sagredo Baeza, 2001) o la promoción de la candidatura de Bartolomé Mitre en 1873 (Hirsch & Santos, 2013). Todas estas experiencias compartieron recibimientos pomposos, arcos de bienvenida, encuentros con vecinos principales, negociaciones políticas, liberalidad con los desposeídos, banquetes, bailes populares, participación en ceremonias religiosas, etc., aunando las prácticas del antiguo régimen con aquellas de la modernidad.
En octubre de 1853 el diario porteño La Tribuna de los hermanos Héctor y Mariano Varela sugería en su editorial -probablemente influido por la reciente experiencia uruguaya- la necesidad de que “el Sr. Gobernador de la Provincia visitase personalmente los pueblos de campaña, examine sus necesidades, formase una idea clara de los medios que podrían emplearse para satisfacerlas”.11 La propuesta de los editorialistas vería sus frutos cinco meses más tarde. Conocedores de que la travesía del gobernador Obligado a la campaña se había confirmado, los hermanos Varela dejaban entrever los beneficios que implicaba: “fomentará en gran parte la unión de sus habitantes con la ciudad”; además, el mandatario podrá “salir del terreno escabroso de la política, para ir personalmente a conocer las necesidades de nuestras poblaciones de campo, para ayudarlas a marchar en el camino del progreso y desarrollo material”. Así, el pueblo campesino lograría “arrojar el sable y la lanza, para sustituirla por el arado del labrador”.12 A través de estos viajes, Obligado palparía de cerca los problemas materiales de sus habitantes y buscaría darles remedio. Pero también se perseguían otros objetivos, como brindar un poderoso estímulo a la educación escolar y religiosa. Las funciones del Juez de Paz y del párroco eran complementarias y fundamentales para ayudar al gobernador a reconstituir el entramado social mermado por tantos años de guerras y conflictos. La obsesión por restablecer el orden era una constante de los discursos de la época. Despolitizar la campaña era la otra.
El objetivo de los viajes del gobernador no radicaba solamente en los efectos que produciría en la campaña sino también en la ciudad de Buenos Aires. No era casual que los relatos de cada día del periplo fueran impresos en los diarios principales de la capital. Si existía desconfianza de los campesinos hacia los citadinos, se podría decir que había temor de estos últimos en relación con los primeros. Cuando Obligado llegó de su travesía rural, ante un masivo público que había acudido a recibirlo y en medio de un improvisado discurso, prometió “que el estado de la campaña era el más tranquilo, y que ningún caudillo por más que quisiese conseguiría dominar jamás en nuestra tierra”.13 Esta brecha entre hombres del campo y de la ciudad era la que los gobernadores, con sus viajes, intentarían subsanar a través de la educación y el progreso material que fomentaban. Otro de los propósitos no explícitos de los viajes radicó en la intervención política y la vigilancia. Se buscaba confirmar y profundizar lazos con aliados políticos locales. Pero también, confraternizar cuando era posible, negociar cuando la situación era compleja e imponer cuando la complejidad se tornaba excesiva. Como veremos más adelante, cada localidad tenía su historia, su vida social y política particular, pero a nivel general, se componía de una parcialidad más afín a la actualidad -como se decía por entonces al oficialismo- y otra más proclive a disentir con el gobierno.
En cuanto a las formas, es escaso lo que las fuentes traslucen sobre la comitiva y los desplazamientos. La mayor parte de la información de que disponemos se centra en la actividad concreta del gobernador al interior de los pequeños núcleos urbanos bonaerenses. Sabemos que el viaje de Obligado contó con la participación de su ministro de Gobierno Irineo Portela y que duró algo más de un mes y medio (desde el 19 de marzo hasta el 8 de mayo de 1854) y estableció un recorrido total de aproximadamente 900 kilómetros. Es un poco más precisa la información que poseemos sobre la travesía de Alsina y de su comitiva, la que detentó, entre otros, de un auxiliar, un chofer, un cronista de viaje (el célebre escritor Estanislao del Campo), un secretario personal (Héctor Varela, hijo de Florencio y amigo personal del gobernador), un edecán y una importante escolta de soldados. En este caso, los desplazamientos se llevaron a cabo desde el 12 de noviembre hasta el 27 de diciembre de 1858, duración similar al periplo protagonizado por Obligado; representando un trayecto más conciso cercano a los 680 kilómetros. Entre pueblo y pueblo, el gobernador era desplazado por un coche de cuatro soberbios caballos plateados y con su comitiva solían improvisar almuerzos (generalmente asado con cuero) y realizar algunos descansos en los horarios de mucho calor alojándose en las estancias de vecinos de campaña afines a la causa.
Los itinerarios de los viajes de los gobernadores bonaerenses estaban trazados con antelación. A pesar de ello, mantenían cierto margen de flexibilidad. En los mapas adjuntos podemos seguir con detalle los caminos y altos que pudimos reconstituir de los periplos realizados. Estas hojas de ruta nos permiten deducir que existía un mayor interés por resolver los conflictos políticos de la zona centro y norte del Estado. Las localidades visitadas en el primer viaje se repiten -en algunos casos- en el segundo mientras en otros difieren. En cuanto a disposiciones prácticas, antes de cada viaje el gobierno enviaba una circular tanto al comisario como al juez de paz de cada partido advirtiendo la llegada del primer mandatario. En el mismo día que el gobernador ponía rumbo a la campaña, formalmente el poder en la ciudad se delegaba en el Presidente de la Sala de Senadores.14 Veamos de cerca cómo era el recibimiento al gobernador y la responsabilidad que le cabía a un juez de paz:

Los preparativos de todo género que se hacían formaban un contraste y causaban una novedad presintiendo algo de extraordinario que estaba por llegar. El juez de paz corría de un extremo a otro con tanta diligencia y preocupación que hasta el saludar se le había olvidado […] Avisado el juez de paz que el día 19 llegaría el Sr. Gobernador, invitó a todos los vecinos para su recibimiento y salieron al camino. A un tiempo llegó una y otra comitiva al deslinde del partido, y el juez de paz dando dos vivas echó pié a tierra seguido de otros y se dirigió al carruaje de S.E. bajoso también el Sr. Dr. Alsina y acompañantes, y el juez de paz estrechando su mano le preguntó cómo estaba y como había ido, y acto continuo le presentó al Sr. Y, al Sr. B., el Sr. D, y el Sr. R. El Sr. Gobernador saludó a todos con mucha cortesía y republicanismo…15

Para muchos jueces de paz el recibimiento de un gobernador podía constituir uno de los días más importantes de su vida pública. Nada debía quedar librado al azar. Generalmente, el juez de paz, el cura y los principales vecinos solían acercarse hasta los límites de su partido para recibir al gobernador. Finalizada la visita al pueblo, lo acompañaban hasta la frontera con el partido vecino donde una comitiva de la jurisdicción colindante venía a recibirlo. De esta forma, el mandatario itinerante siempre se encontraba acompañado (Figura 1).

Recibimientos, festejos y sociabilidad

Cuando Obligado entraba a las localidades de campaña, el efecto era casi el mismo en todos lados:

repique de campanas, prender cohetes y conducir unas vacas para preparar la comida mientras las señoras y niñas instaladas en sus puertas y ventanas […] prorrumpían en vivas a la Patria y a su primer Magistrado [para deleitarse, la…] carne de cuero en abundancia, el buen vino y todo lo demás concerniente a la gastronomía se hallaba en todas partes16

Además, una banda solía ejecutar el himno nacional y consecutivo a una generosa comilona se efectuaba un baile que podía durar hasta las 4 o 5 de la mañana. Pero luego de pernoctar en lo del juez de paz o algún vecino conspicuo, al día siguiente se debían cumplir los protocolos institucionales: misa con tedeum por la mañana, visita e inspección al colegio, recorrido por la plaza y reunión con el juez de paz y principales vecinos. Si la localidad era importante, el mandatario podía extender la estadía en uno o dos días. Caso contrario, las visitas protocolares eran realizadas por la mañana para, luego del almuerzo, continuar hasta el próximo destino. Estas fiestas y ceremonias facilitaron una cierta sociabilidad de la política que incluía a sectores que no participaban del derecho a sufragio, como mujeres y niños.

Figura 1. Itinerario del viaje del gobernador Pastor Obligado en 1854


Fuente: mapa elaborado por Tomás Guzmán.

Los viajes de los gobernadores servían para mucho más que celebrar animadas fiestas. Implicaban una forma eficiente de comunicación bidireccional. Mientras el mandatario recibía información, desplegaba su mensaje. Y justamente, ese contacto directo y no mediatizado entre gobernante y gobernado es uno de los aspectos más interesantes y significativos de estos viajes. Unas páginas arriba habíamos señalado la importancia que tenía para el primer magistrado “palpar” los problemas de la campaña. En febrero de 1854, al poco tiempo de salir de Buenos Aires, “…en el camino al Pilar tuvo ocasión S.E. de sentir la falta de un puente en el Río de las Conchas, pues el carro de los equipajes se rompió al vadearlo”.17 Inconvenientes de esta naturaleza permitían experimentar en carne propia la falta de infraestructuras que padecía el interior. Gracias a la travesía los mandatarios podrían ver con sus propios ojos el estado miserable de algunos pueblos, experimentar el terror a la generala que antecede la incursión de un malón o escuchar con sus oídos los problemas cotidianos de los habitantes de campaña. En relación a esto último, los ejemplos se repiten.  Estando Obligado en Pilar, “el Sr. Cura […] hizo una reseña de todos los males que habían afligido a este pueblo: enumeró con precisión todas sus necesidades y muy particularmente la de carecer de un templo”.18 En la villa de Luján, luego de la misa, el gobernador se ocupó “de recibir a cuanto paisano venía a felicitarle, oír quejas, dispensar socorros, etc.”.19 Escenas como estas se repetían en cada localidad. Si bien la idea general radicaba en apuntar y retener la información que recibía para poder actuar una vez de regreso, muchas de las intervenciones que practicaba el gobernador fueron in situ y tuvieron consecuencias inmediatas. Otras intervenciones directas actuaban como paliativos para los beneficiados, pero a través de ellas se buscaba humanizar y proyectar una imagen liberal del gobernador, como lo hacían antaño los virreyes en días festivos. En su estadía en Guardia de Luján: “fue grande la afluencia de pretendientes quejosos y mendigantes que se presentó en la casa habitación de S.E. todos fueron recibidos bondadosamente y un tanto satisfechas sus exigencias”.20
Pero la travesía también implicó una oportunidad única para neutralizar “esa desconfianza casi innata que el hombre de la campaña profesa a los habitantes de las ciudades y sobre todo a los gobiernos que se organizan en ella”.21 Uno de los efectos más buscados del gobernador tenía que ver con mermar la desconfianza que existía entre los paisanos a que la visita oficial pudiese desencadenar nuevas levas forzosas. Para ello, lo primero que hacía, en cuanto tenía público y oportunidad, era brindar un discurso para aclarar el objetivo de su viaje. Estas alocuciones no tenían un lugar fijo, podían ser en la plaza principal, a la salida de la Iglesia o desde la entrada de la casa del juez de paz. Tampoco, como ocurrirá años más tarde, estaban redactadas sino que eran fruto de la espontaneidad, aunque seguían lineamientos cavilados previamente. Por ejemplo, en la villa de Luján: “se dirigió a la plaza donde estaba reunido todo el vecindario esperándolo para saludarlo. S.E. se aprovechó de esta ocasión para hablarles sobre el objeto de su viaje y darles las gracias”.22 En San Nicolás de los Arroyos, Obligado lanzó una proclama a las Guardias Nacionales. En tono marcial y solemne, exigió a las tropas el coraje necesario para defender a la patria.23 Más interesante, a pesar de los pocos rastros que nos han quedado de sus discursos, es el que brindó en Morón; vale la pena detenerse un instante en él:

En seguida salió al patio, y rodeado de 150 o 200 paisanos, pronunció S.E. un discurso patriótico, enérgico y conciliador a la vez, se remontó a la revolución de Septiembre […] recordó a los paisanos la humillante dictadura de Rosas, y les aseguró que hoy las leyes eran su mejor amparo contra el caudillaje, excitándolos a la paz, a la unión y al trabajo. Les pidió dejasen el chaleco y cinta colorada, no como cumplimiento de una orden, sino como debe arrojarse todo lo que recuerda la librea de sangre con que Rosas infamaba a sus paisanos; usando en este discurso el estilo sencillo que comprenden y aprecian los vecinos de la campaña. Les dio a todos en seguida la mano, y fue este un rasgo que tanto entusiasmó a los sencillos campesinos que uno de ellos me decía enternecido: Señor, tengo 65 años y esta es la primera vez que le doy la mano a mi Gobierno; ojalá mis hijos disfruten tanta felicidad. Concluyó su discurso entre los vivas y aclamaciones de todo el Pueblo de Morón.24

El discurso -menos conciliador de cómo lo describió el corresponsal- presenta una breve lectura del pasado reciente, critica duramente a los líderes del federalismo mientras promueve a su expositor como garante de las instituciones. A través de las palabras, el gobernador fomenta la pacificación y el trabajo como las mejores alternativas para lograr el desarrollo y remata su alocución con un apretón de manos generalizado. Es evidente que el contacto humano cumplía un rol determinante en la búsqueda por lograr una imagen cálida, cercana y paternalista de la máxima autoridad del Estado. Pero, si hasta aquí pareciera que el objeto de los viajes podría resumirse en una mera estrategia de seducción en aras de amigar a las autoridades capitalinas con los habitantes de los pueblos de campaña, cabe preguntarse qué lugar tenía asignada la acción política en lo que a simple vista semeja una plácida travesía campestre. Para eso deberemos relegar un poco el periplo realizado por Obligado y centrarnos en el posterior viaje de Alsina.

Quirúrgica política a escala local: Alsina en Areco y San Nicolás

Muy diferente resulta el contexto del viaje de Alsina. Los cuatro años que separan uno del otro demarcan los considerables cambios políticos que se operaron en ese lapso. Obligado representó el fruto de una alianza interfaccional que se fortaleció con la creación de la Constitución de 1854, con la implementación de una sala bicameral y con la conformación de un gabinete de fusión. Para Alberto Lettieri (2005: 34), “comprobada la escasa voluntad de Urquiza y de las fuerzas de la Confederación de prolongar su estrategia de confrontación armada, las fuerzas políticas de Buenos Aires comenzaron a recuperar su individualidad, insertándose en una disputa facciosa que alcanzó niveles crecientes de belicosidad”. En 1855 la Sala reeligió a Obligado por un periodo de tres años. Al año siguiente se realizaron elecciones en las que, en la práctica, solo compitieron las dos vertientes del liberalismo (lista amarilla y lista blanca). A fines de 1856 las facciones delineaban contornos más precisos. Al surgimiento del Partido de la Libertad se le sumó la irrupción de un renovado federalismo porteño. Lorenzo Torres y Nicolás Calvo tutelaron este último movimiento creando activos clubes políticos y fundando periódicos afines a su causa (La Constitución y La Reforma Pacífica). Sin embargo, fueron las elecciones de 1857 las que revistieron mayor trascendencia, puesto que los diputados que de esa instancia resultaran escogidos deberían optar por el reemplazante de Obligado (Mignanego, 1938). En ese escenario, se destacaron dos opciones: Valentín Alsina por el bando liberal y Lorenzo Torres, antiguo rosista y ex ministro de Obligado, por la facción federal. Pandilleros y chupandinos comenzaron a trabarse en constantes refriegas callejeras y la violencia cotidiana, que tampoco escapaba a la lógica de una prensa cada día más iracunda, parecía anunciar comicios sangrientos. Finalmente, éstos se desarrollaron de forma escandalosa. Los liberales lograron imponerse mientras los federales anunciaron fraude; meses después Alsina sería elegido gobernador de Buenos Aires. La derrota electoral de Torres también significó el fracaso de la política de Urquiza en territorio porteño. El líder entrerriano había apostado por la candidatura de Tomás Guido y tardó en aceptar y apoyar la de Torres. Entre esa y otras desinteligencias, Alsina terminó triunfando, hecho que terminó de convencer a Urquiza de que sólo con una intervención militar podría lograr la anhelada unificación nacional. De este modo, el presidente de la Confederación motorizó un sinfín de misiones diplomáticas para buscar aliados entre países vecinos y grandes potencias de cara al conflicto bélico que ya veía como insalvable y que se materializará en Pavón (1859). Cuando en 1858 Alsina realizó su viaje por la campaña, a diferencia de la situación con la que se topó Obligado cuatro años atrás, las divisiones facciosas estaban definidas y las prácticas electorales, en muchas localidades, se caracterizaban por sus excesos. Las cambiantes y conflictivas relaciones entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación se hacían sentir con fuerza en los pueblos del interior (Figura 2).

Figura 2. Itinerario del gobernador Valentín Alsina en 1858


Fuente: mapa elaborado por Tomás Guzmán.

Alsina llegó a San Antonio de Areco en noviembre de 1858 y encontró allí una situación extremadamente tensa.25 En una epístola le comentaba a Bartolomé Mitre, ministro de guerra, “Hallé a San Antonio ardiendo en odios y furores, en intrigas y chismes, en mutuas acusaciones, y febrilmente exaltado, sin hacerse negocios y las familias divididas. Era horrible. Si eso no se cortaba, aquella sociedad se disolvía, acabando en balazos y puñaladas”.26 Esta imagen vívida sobre la situación de algunos pueblos de campaña refleja con fidelidad muchas de las tensiones que las atravesaban en su seno. Existían, al menos, tres factores que, entrelazados de distintas formas, contribuían a incrementar dicha tensión y que se repiten en la amplia geografía rural bonaerense. El primer factor es el familiar. Estanislao del Campo, quién acompañó a Alsina durante su larga travesía por la campaña, comentaba desde Areco: 

…no es una cuestión política la que tiene dividido a este desgraciado pueblo, sino cuestión que tengo el sentimiento de considerar de familia. Una de las familias llama chupandina a la otra […] ellos se quejan de procederes del Prefecto y el Prefecto se queja de procederes de ellos. El prefecto y sus amigos dieron anoche un baile a S.E. Los enemigos del Prefecto se lo dan mañana. Los enemigos de la Prefectura no asistieron al baile de anoche. Los amigos de ella no asistirán al de mañana.27

Es evidente que los problemas de Areco eran también políticos, pero las viejas rencillas familiares contribuyeron enormemente a enardecer los ánimos de la sociedad bonaerense. El segundo factor es el religioso. Los conflictos cada vez más frecuentes entre Iglesia y masonería, ampliamente reproducidos en la prensa, no dejaban de repercutir en el ámbito rural. En febrero de 1857 el ultramontano obispo Manuel de Escalada expulsaba a los masones de la Iglesia a través de una encendida pastoral. Estos últimos, en su mayoría católicos, presionaron al gobierno para que defendiese sus derechos religiosos (Di Stefano, 2013). El tercer factor es el político, y es en el cual nos vamos a explayar de aquí en adelante.
En San Nicolás de los Arroyos el ambiente no era más distendido que en Areco. En mayo de 1858 tuvieron lugar elecciones del orden municipal. Éstas terminaron fuera de control, pues:

…repentinamente de sobre los techos del tempo, y desde la plaza misma, la mesa y el pueblo fueron atacados con furor, del modo como lo expresa el presidente de la mesa escrutadora, por una turba de hombres armados de pistolas, facón y ladrillos, traídos en la mayor parte de los partidos vecinos y de Santa Fe […] capitaneados por el municipal don Santiago Bengolea, asociado al doble asesino nombrado Cachengo Rodríguez […] logrando entonces dejar burlada la justicia pública y las leyes del estado con la fuga, y que en ese día solemne recién apareció en la plaza pública armado de trabuco y facón, esparciendo el terror y la muerte entre pacíficos e indefensos ciudadanos.28

Esta pincelada sobre las violentas elecciones nicoleñas ayuda a definir un cuadro general sobre la atmósfera que se respiraba en algunas localidades de campaña y el telón de fondo sobre el cuál Alsina decidió realizar su viaje. No obstante, habría que adicionar, para tener una perspectiva más precisa, dos elementos que también cooperaron en acrecentar ese ambiente de extremada tirantez. Por un lado -y esto era más notable en la campaña norte-, las amenazas constantes de invasión por parte de las fuerzas de Urquiza. El otro elemento a destacar se trata de los conflictos facciosos existentes en la ciudad de Buenos Aires, que, amplificados y divulgados por los periódicos, se ramificaban por la campaña.
La intervención de Alsina para lograr remediar los conflictos a lo largo de su recorrida por los pueblos se operó en tres niveles. En el primero, buscando un acuerdo entre partes contendientes a través de la conciliación. En el segundo, empleando herramientas de negociación. En una tercera instancia, utilizando lisa y llanamente la imposición. A diferencia de tiempos pretéritos y como veremos luego, esta última vía de acción no significó una exclusión de la esfera pública del otro sino una reasignación de roles dentro de la estructura estatal que nos permiten percibir un gradual e insipiente cambio de cultura política. El gobernador se ocupó, como un cirujano, de resolver personalmente los problemas en cada localidad conflictiva de forma casuística.
San Antonio de Areco representaba una sociedad fragmentada literalmente en dos mitades. Alsina con sus colaboradores Héctor Varela y Estanislao del Campo, a la entrada del partido encontraron dos grupos de personas “separados y tratando cada uno de hacer alarde de su superioridad numérica en presencia del Jefe de Estado”.29 Uno de los grupos lo encabezaba el Juez de Paz Duberty, mientras el otro, el Sr. Font y los municipales Muñiz y Rossi. El primero se definía como “amigo de la situación”, en él participaba una tradicional familia unitaria, los Martínez. El segundo, calificado por el primero como “chupandino”, estaba integrado por elementos de la vieja familia federal de los Lima, emparentada a su vez con la de Martínez. Cada círculo tenía una figura que le resultaba más desagradable a su contraria y por eso, ambos grupos habían tratado de influir en el gobierno para que fuesen removidas de sus respectivos cargos: el cura Juan B. Rossi de la parroquia y de su cargo municipal, mientras J. Ramón Oyuela de la prefectura. Este último, embanderado al partido “unitario”, acusaba al cura de mal desempeño de sus funciones. La facción que secundaba al párroco tampoco se hizo esperar y centró sus esfuerzos en la remoción del prefecto Oyuela. En un extenso petitorio firmado por decenas de ciudadanos extranjeros -vascos y franceses principalmente-, se lo acusaba de xenofobia. Poco antes de la llegada de Alsina habían tenido lugar en Areco elecciones escandalosas. Cada facción había armado su lista, la nutrida comunidad extranjera había apoyado a la de J. F. Font y José Casco. Los “unitarios” tenían muy pocas chances de ganar pues estaban en franca minoría. En el día de los comicios, los vecinos “vimos con asombro acercarse a la mesa un hombre que fue reconocido ser el soldado de la Partida del Sr. Comisario de Zárate D. H. Medina su apellido Lara, alias el guapo, y tomando los registros que se hallaban en la mesa, los hizo pedazos”. Poco después, “los dos hermanos Pernez de nación franceses, y dos españoles que en frente de la casa del Sr. Prefecto conversaban prácticamente sin tomar parte en las elecciones fueron atacados por el Sr. Prefecto con dos pistolas, una en cada mano y les dijo- Salgan de aquí pícaros indecentes.” Luego, Oyuela entró enardecido al café del francés Lasala, en donde habían varios extranjeros y les dijo “que eran unos pícaros vendidos, que trabajan contra el gobierno, pero que él antes de quince días les arreglaría y tendrían muchos de ellos que salir de este pueblo, en el que venían a quitar el pan a los hijos del país [luego rematando…] ¿saben uds. lo que quiere decir gringo? Quiere decir canallas, y como a tal los trataré en adelante”.30 Como se puede observar, comenzaba a operar la xenofobia y en sintonía con lo que sucedía en San Nicolás, los procesos electorales destacaban por su extrema violencia teniendo el Estado serias dificultades para controlarlos.
Cuando Alsina arribó a San Antonio de Areco a fines de noviembre fue partícipe de dos recibimientos en paralelo. La situación era realmente incómoda. En el acto que luego tuvo lugar, al gobernador

lo introdujeron en el salón, donde lo hastiaron hasta el extremo los niños de la escuela, con proclamas contra la oposición y la mazhorca31 y así mismo las niñas de la Escuela con iguales recitaciones de versos que sientan muy mal en jóvenes educadas, en fin, terminaron niños y niñas, quedando indudablemente enfermo el Sr. Gobernador de tanto disparate.32

Si Alsina podía, a priori y por su pasado político, sentirse más a gusto con los “unitarios” de Areco, no obstante, no parece haber sido el caso. El papel cuestionable tanto de Oyuela como de algunos de sus seguidores lo obligó a tomar una resolución equidistante. El partido “chupandino”, como lo señalan las fuentes, además de moderado era más popular y no convenía contrariarlo. Por ese motivo, Alsina comprendió que debía trazar una serie de intensas negociaciones, las que dieron su fruto en:

…las bases de un arreglo que pueda poner término a las diferencias que desgraciadamente mantienen dividido a este vecindario y que constan de convocar a nuevas elecciones formando una lista compuesta de los Sres. D. José Martínez, D. Juan F. Font, D. Ramón Martínez y como suplente a D. Tiburcio Casco […] obtendremos del cura el que haga renuncia de su cargo municipal, y agradeciendo nuevamente la generosa oficiosidad de S.E. que acabará por convencerse de la injusticia con que se nos ha llamado mashorqueros y enemigos del gobierno […] nos haremos un deber en sostener y hacer sostener por nuestros amigos el candidato que en las elecciones políticas que tengan lugar en este Partido, merezcan el apoyo y las simpatías del Gobierno de V.E.; el cual estamos seguros, solo aspira a la ventura de la Patria Argentina y a la unión de sus buenos hijos.33

La negociación implicaba armar una lista electoral conjunta y remover las dos figuras más “antipáticas” de cada facción. Mientras los “chupandinos” debían asegurarse la separación del cura de su cargo municipal, Alsina le exigía a Oyuela su renuncia: “Deseando utilizar sus buenos servicios, ha dispuesto pase a hacerse cargo de la 7° prefectura, en reemplazo de D. Gregorio J. de Quirno, el cual a su vez deberá reemplazarlo en la que él desempeña”.34 Así, la pacificación de San Antonio de Areco se logró a través de la intervención directa del mandatario y por medio de una ardua negociación política en la que ambas partes debieron ceder, pero también reportaron beneficios.
A los pocos días, Alsina y su comitiva llegaban a San Nicolás de los Arroyos. La ubicación estratégica de San Nicolás, colindante con Santa Fe y lugar de residencia de un importante batallón, hacía el asunto algo más delicado. Héctor Varela afirma que al arribar, “encontramos el partido de la libertad, abatido y dominado por la mashorca, la chupandina”.35 Ante semejante cuadro, la necesidad de intervenir se hacía evidente. No obstante, Alsina le confesaba a Mitre,

es quimera pensar en una amalgama de ambos partidos con tales jefes. Por consiguiente, y siendo este caso muy diferente del de Areco, claro es que debe obrarse de distinto modo; esto es, fortificando y dando una posición decisiva a uno de los dos partidos, que no puede ser sino el nuestro.36

Entonces decidió resolver una serie de medidas comenzando por el cambio de prefectos: la remoción de Álvaro Barros y su reemplazo por Wenceslao Paunero.37 Como Barros era considerado honesto y no se lo quería despojar sin más de su empleo: “es indispensable darle qué comer [y estar atentos por…] si vacase por verbigracia, una alcaidía en la aduana”.38 De este modo, podemos observar que a pesar de que Barros no estaba alineado con el oficialismo, no por ello debía ser excluido de la escena pública aunque se lo neutralizara reubicándolo en un cargo con menor influjo político.
Hasta aquí lo efectuado por Alsina no parece radicalmente distinto de lo obrado en Areco. La diferencia es que en este último paraje ambas agrupaciones habían tenido que ceder una parte de sus pretensiones. En San Nicolás, empero, no había intención de ensayar ese tipo de componendas. Valía imponerse. Mientras Barros era reemplazado por Paunero, la comandancia militar, a cargo de Juan Casacuberta -de dudosa filiación partidaria-, quedaría acéfala y sería unida a la Guardia Nacional a cargo del coronel Gorordo. De este modo, Alsina lo tranquilizaba a Mitre: “tendremos que el comandante, el prefecto, todos los jefes de guardia nacional, el juez de primera instancia y el juez de paz, todos son de los nuestros y la situación queda netamente fijada”.39 Así, el partido de la Libertad se garantizaba el dominio de todos los lugares centrales de la administración y del ejército. A los pocos días, Alsina estaba de regreso en Buenos Aires. La situación de San Nicolás seguía en extrema tensión, pero las cartas se habían barajado nuevamente y en beneficio del oficialismo.

El alcance de los viajes en la prensa

¿Fueron realmente efectivas estas travesías?, ¿alcanzaron sus propósitos?, ¿existió consenso sobre su utilidad? ¿Qué decía la prensa al respecto? Es difícil poder brindar respuestas concluyentes. Desde el plano de la búsqueda de consensos y armonía, los viajes se inscriben en un conjunto de medidas institucionales tendientes a lograr la paz social luego de años de conflictos internos. Pero además de perseguir metas altruistas, las autoridades porteñas querían tener controlado el ámbito rural para que no volvieran los levantamientos y así concentrar los esfuerzos en su lucha contra la Confederación. En esa línea argumental, se podría decir que los viajes pudieron haber contribuido a estabilizar el frente interno del Estado. Es muy probable, también, que la presencia del gobernador en varios de los pueblos de campaña haya fortalecido adhesiones, principalmente entre los notables que seguían la opinión ilustrada de la capital (Garavaglia, 2009). El entusiasmo y la popularidad que pudo haber despertado entre los paisanos es algo más difícil de rastrear. Las opiniones que vertían los periódicos oficialistas, en ese sentido, tenían fines muy precisos para presentar un cuadro por demás favorable. Pero la prensa disidente tenía una visión diametralmente opuesta sobre los resultados de los viajes, en particular sobre el protagonizado por Alsina. Mientras que Obligado no padeció las críticas de un periodismo que aún no mostraba la crispación facciosa del que adolecería tres años más tarde, Alsina recibió las incisiva y constante reprobación de los dos extremos políticos que predominaban por entonces. Para el autoproclamado unitario Juan Carlos Gómez, desde las páginas de El Nacional,

Ya en San Nicolás, el prefecto pone los medios oficiales a disposición del partido federal para que elija a los municipales. Ya en Areco, se concede al partido federal la separación del Sr. Oyuela, por demasiado unitario. Ya en Luján el Dr. Alsina se pasea del brazo de un antiguo federal, por toda la villa [...] La fusión marcha. El Dr. Alsina anda por los departamentos echándolas de juez de paz, arreglando malquerencias de vecinos, como Urquiza arreglaba matrimonios, y se quejará luego de que le reprochamos estos plagios del gobierno personal, en que a cada paso incurre [además, advertía...] El gobernador saldrá a la campaña, verá todo lo que quieran mostrar y sospechará algo que no le muestren, con un poco de suspicacia. Pero no ha de ver lo que más conviene que vea.40

Así, Gómez temía que Alsina descuidase los intereses unitarios y pudiese llevar a cabo las ideas de fusión que propalaba abiertamente el federal reformista Nicolás Calvo. Este último, desde La Reforma Pacífica, tampoco estaba seguro de la eficacia del esfuerzo de concordancia que había efectuado Alsina; con exquisita ironía afirmaba:

El Dr. Alsina podrá hacerse una reputación coreográfica, de esa manera, pero no una reputación administrativa. Un estadista que después de un mes de viaje no presenta otro resultado que una serie de festines, de bailes, de cabalgatas, no es un estadista, es un touriste (…) Con un beso al coronel D. Julián Sosa, un cariño al Dr. Muñiz, un arrumaco al Dr. Font, una caricia al Sr. González y un puntapié al Prefecto Oyuela, el Dr. Alsina no ha hecho gran cosa aun y a fe, a fe que, le temps presse...41

Calvo coincidía en algo más con su antagonista Gómez, en la dificultad del gobernador para poder escuchar la diversidad de opiniones. Los elencos locales “preparaban” el terreno antes del arribo de su “Excelencia”. En una misiva de un vecino de Exaltación de la Cruz que Calvo reproduce en su periódico, se aseguraba en relación al Juez de Paz local que:

...muchos sres. recordando aquello y observando esto, y estando seguros que iban a ser el escarnio de semejante interprete, se han abstenido de llegar a visitar a S.E. y aun de aproximarse a la puerta de su casa. También diré que todas las comidas que se dieron al Sr. Gobernador, solo fueron llamados a la mesa aquellos individuos que ha escogido el Juez de Paz para su círculo […] solo muy pocos vecinos respetables se han hallado en algunas de ellas […] De manera que no ha habido cosas notables, ni diversidad de opiniones en los brindis que se han omitido...42

Los hermanos Varela y Estanislao Del Campo solían responder a cada una de estas embestidas de tinta tanto desde las páginas de La Tribuna como curiosamente desde El Nacional, donde el propio Gómez estaba a cargo de la publicación, la que poco después perdería por orden del mismo Alsina el importante sustento que recibía por parte del Estado porteño.

Reflexiones finales

Los viajes por la campaña de los gobernadores bonaerenses representaron algo más complejo que una mera estrategia de seducción. Nos muestran las debilidades del elenco porteño y su necesidad de intervenir en la micro política de las diferentes localidades bonaerenses en su afán por garantizar gobernabilidad a través de los apoyos de sectores sociales del interior rural. Estos periplos constituyeron una modalidad con bastantes innovaciones en materia de intervención del espacio político. Recogen tradiciones previas pero muestran algunos elementos de lo que se afianzará más tarde -los célebres whistle stop electoralistas-. La dirigencia porteña buscó conocer de primera mano los problemas de la población rural, interactuar con ella y elevar la imagen del principal mandatario entre un universo votante y naturalmente hostil al ámbito urbano. La necesidad de concretar los viajes refleja también el incremento de politización en la campaña y la pervivencia de valores idiosincráticos proyectan nuevas maneras de pensar y hacer política en una búsqueda constante de gobernabilidad a través del diálogo, la negociación -por momentos, también la imposición- y la instauración de otros parámetros de autoridad pública.
Los gobernadores itinerantes establecieron in situ estrategias con las familias principales, removiendo funcionarios por otros adictos, prometiendo apoyos políticos y económicos o materializando la conciliación/fusión entre partes. La novedad es que, a diferencia de la etapa precedente, ese otro político ya no podía ser completamente excluido o anulado. Los ejemplos de lo que sucedió en Areco y en San Nicolás son elocuentes y no necesariamente deberían reflejar la debilidad del oficialismo -que en ciertos casos también existió- sino y además, una nueva forma de gestionar la oposición política. Aunque la fusión no era bien vista por todo el elenco gubernamental, es claro que se apostó por un trato flexible con los antagonistas. En Areco la oposición era mayoritaria y los “amigos” del oficialismo un grupo reducido y de comportamiento objetable. Alsina lo comprendió y se inclinó por la negociación.
Mientras buscaba consustanciarse con la población rural, la elite gobernante, siguiendo un criterio sarmientino43pretendió desbarbarizarla. Con la batería institucionalizadora y liberal que comenzó a implementar el Estado (edificación de colegios, demarcación de límites de partidos y propiedades, instauración de consejos municipales, impulso al correo, construcción de puentes y caminos, etc.) se pretendió elevar el nivel de vida y material en la campaña, restando posibles justificativos para nuevas revueltas. Pero además del sentido de la oportunidad, vale destacar que dichas reformas modernizadoras coincidían con el proyecto político e ideológico liberal del elenco gobernante porteño. Gracias a estos viajes los gobernadores también tuvieron acceso a una variedad de voces que desde la capital hubiesen resultado imperceptibles. La unanimidad de la primera mitad del siglo XIX comenzaba su lento declive y la politización de la campaña tomaba nuevas formas.

Notas

*Ignacio Zubizarreta es Historiador especializado en el periodo político argentino que comprende los años 1820-1862. Realizó un doctorado en historia en la Freie Universität Berlin con la tesis: “Los unitarios. Faccionalismo, prácticas, construcción identitaria y vínculos en una agrupación política decimonónica, 1820-1852”, con mención: Magna Cum Laude, y publicada por la casa de edición alemana Hans-Dieter Heinz Akademischer Verlag Stuttgart (2012). Ha dictado cursos en distintas universidades, destacándose la Universidad Nacional de Tres de Febrero, la Universidad de Buenos Aires, l´ Institut d´Etudes Politiques de Paris y la Universidad del CEMA. Desde 2014 es también docente-investigador en la Universidad Nacional de La Pampa. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas y capítulos de libros en distintos países. Actualmente es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas -categoría adjunto-. Correo electrónico: constanzagn70@yahoo.com.ar.

1Para Garavaglia (2009: 12), “casi todos los estudios que se han hecho sobre este periodo han tomado a Buenos Aires como centro de los acontecimientos, partiendo quizás de la premisa de que la opinión de la ciudad y la de la campaña eran coincidentes o, peor, suponiendo que la campaña no tenía opinión”.

2Para ver mejor este proceso que aquí solo presentamos escuetamente ver Scobie (1964).

3Carta de Lorenzo Torres a los jueces de paz (17/7/1853), Archivo General de la Nación –de aquí en adelante AGN-, sala X, Estado de Buenos Aires, legajo n. 28-3-5.

4Proclama del Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires a los Habitantes de Campaña, “La Tribuna”, 15/10/1853.

5Artículo 169 de la Constitución del Estado de Buenos Aires de 1854.

6Juez de paz de San Nicolás manda reglamento del Club al ministro del interior (2/8/1854), AGN, Sala X, Estado de Buenos Aires, legajo n. 28-5-10.

7Corresponsal, “La Tribuna”, 11/12/1858.

8Es importante destacar que la situación de cada localidad de campaña era variopinta en función de su cercanía con la capital, su relación con la zona de fronteras, sus modos de producción, su historia reciente y su composición social y demográfica. Para tener información precisa de cada uno de los pueblos bonaerenses en este periodo recomendamos el “Registro Estadístico del Estado de Buenos Aires, correspondiente al segundo semestre de 1854, redactado por Justo Maeso, Buenos Aires, Imprenta de Mayo, 1855” y “Registro Estadístico del Estado de Buenos Aires, 1858, tomo primero, Buenos Aires, Imprenta de la Tribuna, 1859.”

9Ver Barcos (2012). También recomendamos el periódico El Federal Argentino, San José de Flores, entre enero y marzo de 1853.

10Aunque en las fuentes que trabajamos, se alternan los conceptos de “visita” y de “viaje”, cada palabra tiene connotaciones divergentes. Según la edición del diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española de 1852, todavía entre sus acepciones para visita, sigue figurando “el acto de jurisdicción con que algún superior se informa del proceder de los ministros inferiores o de los súbditos, y del estado de las causas, negocios, expedientes, etc. en los distritos de su jurisdicción, pasando personalmente a reconocerlo o enviando en su nombre otro que lo ejecute”. Para la versión de 1884 esa acepción ya no se encuentra. En cambio, “viaje” significa “el traslado de un lugar a otro, por tierra o por mar”. Pero también “relación, libro o memoria donde se relata lo que ha visto un viajero” (RAE 1852). Ese último significado cobra fuerza para nuestro caso en relación a las publicaciones en los periódicos del viaje del gobernador. Ambos términos se usan en las fuentes, pero mientras “viaje” refleja la experiencia completa del periplo, la “visita” representa el apersonamiento puntual del gobernador y su comitiva en las instituciones de los pueblos -escuela, parroquia, etc.- y en las casas de los principales vecinos.

11Editorial de “La Tribuna”, 27/10/1853.

12Editorial de “La Tribuna”, 8/3/1854.

13Recepción entusiasta, “La Tribuna”, 8-9/5/1854.

14Decreto relativo al viaje de S.E. el Señor Gobernador, a la campaña, 1857, AGN, Sala X, Estado de Buenos Aires, legajo 28-11-8.

15Correspondencia de la Campaña, Exaltación de la Cruz, 24/11/58, “La Reforma Pacífica”, Sala del Tesoro, Biblioteca Nacional.

16Viaje del Gobernador, Héctor Varela, “La Tribuna”, 14/5/1854.

17Viaje del Gobernador, Héctor Varela, “La Tribuna”, 2/4/1854.

18Ibídem.

19Viaje del Gobernador, Héctor Varela, “La Tribuna”, 2/4/1854.

20Viaje del Gobernador, “La Tribuna”, 24-25/3/1854.

21Ibídem.

22Viaje del Gobernador, Héctor Varela, “La Tribuna”, 2/4/1854.

23Viaje del Sr. Gobernador, “La Tribuna”, 1-2/5/1854.

24Viaje del Gobernador, “La Tribuna”, 14/5/1854.

25Para un detallado seguimiento del viaje de Alsina a través de los corresponsales de El Nacional y La Tribuna, recomendamos Pereyra (2011).

26Carta de V. Alsina a B. Mitre, San Antonio de Areco, 29 de noviembre de 1858, Archivo del General Mitre, Buenos Aires, Biblioteca de la Nación, 1912, tomo XVII, p. 14.

27Estanislao del Campo, “El Nacional”, 30/11/1858.

28Alejandro Heredia a B. Mitre, Juzgado del crimen del departamento del Norte, San Nicolás, 13/5/1858, Archivo del General Mitre, Buenos Aires, Biblioteca de la Nación, 1912, tomo XVIII, p. 63.

29Héctor Varela, Viaje de S.E. a la Campaña, “La Tribuna”, 9-10/12/1858.

30Petitorio firmado por varios extranjeros, “La Tribuna”, 18/11/58.

31Los Mashorqueros (o mazorqueros) constituyeron una agrupación parapolicial, en tiempos de Rosas, encargada de reprimir la disidencia.

32Correspondencia, firma RR, “La Reforma Pacífica”, 4/12/1858.

33Estanislao Del Campo, San Antonio de Areco, “El Nacional”, 2/12/1858.

34Nicolás Calvo, “La Reforma Pacífica”, 2/12/1858.

35Héctor Varela, “La Tribuna”, 12/12/1858.

36Carta de Alsina a Mitre, San Nicolás, 13 de diciembre de 1858, Archivo del General Mitre, Buenos Aires, Biblioteca de la Nación, 1912, tomo XVII, p. 11.

37Se trata de dos figuras de gran relevancia. Álvaro Barros (1827-1892) ingresó a las Guardias Nacionales en 1852, fue un destacado comandante de fronteras; fundó la localidad de Olavarría en 1867 y escribió: Indios, fronteras y seguridad interior… (1872) y La guerra contra los indios (1877). Wenceslao Paunero (1805-1871) fue uno de los militares con mayor peso en la década de 1860; de raigambre unitaria y luego mitrista, se destacó en la Guerra del Paraguay y en la represión a los caudillos federales cuyanos.

38Ibídem.

39Ibídem.

40Juan Carlos Gómez, “El Nacional”, 30/10/1858, Hemeroteca, BN.

41Nicolás Calvo, “La Reforma Pacífica”, 4/12/1858, Sala del Tesoro, BN.

42Exaltación de la Cruz, “La Reforma Pacífica”, 24/11/1858.

43Por Domingo F. Sarmiento (1811-1888), militar y presidente argentino, autor de la célebre obra: Facundo, Civilización i barbarie en las pampas argentinas.

 

Referencias

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Recibido: 15/08/2018
Aceptado: 29/10/2018