ARTÍCULOS ORIGINALES

Experiencias de formación de un hogar propio en jóvenes de estratos medios de la Ciudad de Buenos Aires

Living Arrangements among Middle-class Youngsters in the City of Buenos Aires (Argentina)

 

Magdalena Felice*

* Licenciada y profesora en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Magister en Sociología Económica por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín y doctoranda en el Programa de Doctorado en Sociología de la misma universidad. Es becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en el Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Sus áreas de interés son juventudes, transiciones residenciales y familiares y experiencias de desigualdad. Correo electrónico: magdalenafelice@gmail.com

RECIBIDO: 14/03/2017
ACEPTADO: 18/09/2017

 


RESUMEN

Este artículo aborda las experiencias de formación de un hogar propio en jóvenes de estratos medios de la Ciudad de Buenos Aires. Considerando tendencias sociodemográficas recientes, se analizan, mediante una metodología cualitativa-interpretativa, los modos en que estos jóvenes practican y significan el nuevo hogar. Entre los resultados, se describen tres espacios habitacionales: la casa de la amistad, la casa unipersonal y la casa de novios. El artículo propone la categoría casa juvenil para referirse a un espacio que, por su carácter autónomo, lúdico y formativo, se distingue tanto de una casa familiar de origen como de una casa familiar de destino.

Palabras clave: Jóvenes; Independencia habitacional; Vivienda; Arreglos de convivencia; Estratos medios

ABSTRACT

The article explores living arrangements among middle-class youngsters in the City of Buenos Aires. Considering recent sociodemographic trends and through a qualitative-interpretative methodology, the article analyzes forms of cohabitation, as well as perceptions and motivations regarding the new home. Among the results, three different living arrangements can be pointed out: Living with friends, living alone, living with a partner. The article proposes the category Juvenile house to define a space that due to its autonomous, ludic and formative character differs from both a family home of origin and a family home of destination.

Keywords: Youth; Leaving home; Living arrangements; Middle-class


 

Introducción1

Las experiencias de transición a la adultez de las generaciones recientes cuestionan el modelo tradicional asociado a las características de las sociedades modernas occidentales. Las etapas que se presentaban como concluyentes trayectos de pasaje hacia la vida adulta -el trabajo definitivo, el hogar propio, la familia y los hijos- en la sociedad contemporánea se prorrogan, se suspenden, se interrumpen e incluso llegan a desestructurarse. La finalización de los estudios, la estabilización de las carreras laborales y la formación de una familia ya no constituyen trayectos lineales, estables y predecibles. En el nuevo paisaje social, signado por las tendencias hacia la incertidumbre y los procesos de individualización, esta flecha temporal secuencial se ha transformado en un ovillo difícil de desenredar, tanto para sus protagonistas -los jóvenes- como para quienes pretendemos comprenderlo desde las ciencias sociales. Aunque con diferencias según países y grupos sociales específicos, en la actualidad surgen nuevas modalidades de transición hacia la adultez o, también, nuevos modos de ser joven y de hacerse adulto.
Bajo estas coordenadas, la salida del hogar de origen y la formación de un hogar propio se presenta como un proceso complejo, prolongado y desestructurado. En Latinoamérica, diversos estudios sociodemográficos advierten, entre las generaciones recientes, cierta postergación de la salida del hogar parental respecto a períodos anteriores; aun así, destacan que uno de los cambios más significativos, por encima de las variaciones en el calendario, es el crecimiento en la formación de hogares no familiares, es decir, unipersonales u horizontales (compartidos con pares de generación), aunque se trata de un fenómeno restringido a jóvenes con mayor nivel educativo (Ferraris, 2015; Ciganda & Pardo, 2014; Echarri & Pérez Amador, 2007). La literatura latinoamericana enfatiza la heterogeneidad que atraviesan las experiencias de pasaje a la adultez; en este contexto, existen complejidades adicionales como consecuencia de las desigualdades en cada país y de las diferencias en los significados acerca de la familia, la sexualidad y el rol de la mujer en cada sociedad (Mora Salas & Oliveira, 2009; Saraví, 2009; Coubès & Zenteno, 2004).
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), la infografía elaborada por el Observatorio de la Juventud (2016), a partir de datos de la Encuesta Joven 2014 para la población de 15 a 29 años, expresa estas tendencias regionales a nivel local.2 De acuerdo con el informe, 4 de cada 10 (40,4%) vive fuera de su hogar paterno o materno. Esta proporción presenta diferencias significativas según grupos etarios. Mientras sólo el 10,7% de los jóvenes que tienen entre 15 y 19 años vive fuera del hogar de origen, este porcentaje aumenta a 39,8% entre los 20 a 24 años y alcanza al 67,2% entre los 25 a 29.
En cuanto a los tipos de hogar que conforman, el informe del Observatorio de la Juventud (2016) registra que 1 de cada 3 (36,4%) se fue a vivir en pareja (con o sin hijos), y 2 de cada 3 (63,6%) viven solos, con amigos u otros familiares. Entre aquellos que finalizaron sus estudios secundarios, el 71% se fue a vivir bajo estas modalidades, y sólo el 29% formó un hogar en pareja (con o sin hijos); en cambio, entre quienes no completaron estos estudios, más de la mitad se juntó con su pareja o formó un hogar familiar (56,3%), y el 43,7% vive solo, con amigos u otros familiares. Las modalidades de formación de un nuevo hogar también presentan variaciones entre varones y mujeres: mientras 8 de cada 10 varones (79,1%) dejan el hogar parental para irse a vivir solos, con amigos u otros familiares; 5 de cada 10 mujeres (48,2%) transitan esta modalidad. Si se focaliza en la convivencia en pareja, mientras que sólo el 20,9% de los varones abandona su hogar de origen para formar un hogar familiar o conyugal, en las mujeres el porcentaje asciende a 51,8%.
Los datos estadísticos permiten cuantificar el fenómeno y obtener una fotografía de los hogares conformados por jóvenes; sin embargo, dejan fuera de cuadro sus vivencias y sus modos de significar este proceso. Este artículo aborda las experiencias de formación de un hogar propio entre las generaciones recientes, analizando las prácticas y sentidos en torno al nuevo hogar en un grupo de jóvenes de estratos socioeconómicos medios de la CABA. A través de una estrategia metodológica cualitativa-interpretativa, basada en entrevistas en profundidad, exploramos sus relatos sobre el espacio habitacional para capturar sus expectativas, percepciones y valoraciones respecto de la salida del hogar de origen y el hogar propio.
En Latinoamérica, diversos estudios analizan el proceso de transición a la adultez desde la perspectiva del propio sujeto, tomando distancia del enfoque sociodemográfico. Tanto en la Argentina (Roberti, 2016; Miranda, 2015; Pérez & Busso, 2014; Jacinto & Millenaar, 2013) como en Chile (Dávila & Ghiardo, 2012), México (Mora Salas & Oliveira, 2014; Saraví, 2009) y Uruguay (Filardo, 2016), se han abordado los modos en que los jóvenes experimentan las transiciones que configuran el tránsito a la adultez, considerando sus trayectorias biográficas, sus expectativas y sus valoraciones, en el marco de contextos sociales específicos.
Tal como han señalado diferentes autores, suele prestarse mayor atención a las dimensiones públicas y visibles de la transición a la adultez, en particular al proceso de abandono escolar e incorporación al mercado de trabajo (Ferraris, 2015; Saraví, 2009; Jones, 2000). En cambio, las esferas privadas han sido menos exploradas por las ciencias sociales en el contexto regional. Como consecuencia, es menor lo que sabemos sobre los procesos de formación de una familia propia y, en particular, sobre las experiencias de salida del hogar parental. Como explica Saraví (2009: 61), “[…] en parte, esta deficiencia se debe al fuerte arraigo de un patrón tradicional de transición a la adultez, caracterizado por la simultaneidad de eventos particularmente entre la transición familiar y residencial”. Bajo el modelo normativo de transición, la salida del hogar parental carecía de interés en sí misma dado que quedaba subsumida en el análisis de la transición familiar.
Retomando la tradición que aborda el pasaje a la adultez desde la perspectiva de los propios sujetos, este artículo focaliza en las experiencias de formación de un hogar propio. Con los cambios ocurridos durante las últimas décadas en las trayectorias biográficas de los jóvenes y la fractura de aquel patrón tradicional de transición, el proceso de independencia habitacional emerge como un objeto de análisis relevante para comprender los modos de ser joven y hacerse adulto. Los datos estadísticos presentados iluminan algunas tendencias en la CABA y nos invitan a comenzar nuestra indagación con los estratos medios, ya que en este grupo social con niveles educativos altos se señalan tendencias de cambio.
En nuestra investigación apuntamos a la dimensión cultural que opera en este proceso y que está presente en las prácticas de los jóvenes. Siguiendo a Margulis (2009: 31), quien recupera la orientación semiótica de Geertz (1987), concebimos la “cultura” en el plano de la significación, como “el conjunto interrelacionado de códigos de la significación compartidos, históricamente constituidos, mediante los cuales los miembros de un grupo social se piensan y se representan a sí mismos, al mundo circundante y a su contexto social”. Retomando los aportes de Dubet (2010), nos interesa explorar las experiencias juveniles de formación de un hogar en tanto modos propios de practicar y significar este proceso.

[…] la experiencia es una actividad cognitiva, una manera de construir lo real y, sobre todo, de ‘verificarlo’, de experimentarlo. […] No es una ‘esponja’, una forma de incorporar el mundo a través de las emociones y de las sensaciones, sino una manera de construir el mundo. Es una actividad que estructura el carácter fluido de ‘la vida’ (Dubet, 2010: 86).

¿Cómo experimenta un grupo de jóvenes de estratos medios de la CABA la formación de un hogar propio en el proceso más amplio de construcción de autonomía? ¿Cómo viven, sienten y practican la nueva vivienda? ¿De qué modos gestionan la convivencia? ¿Cómo articulan este proyecto con el estudio, el trabajo y la formación de una familia? ¿De qué manera intervienen la familia de origen, la pareja y los amigos? ¿Cómo influye en este proceso el tipo particular de condición juvenil? A abordar estos interrogantes se orienta el presente artículo.

La formación de un hogar propio en el marco de la transición a la adultez

La salida del hogar de origen y la formación de un hogar propio es uno de los componentes del proceso de transición a la adultez. En las sociedades modernas occidentales, la experiencia de la transición a la vida adulta se configuró como un trayecto lineal, estable y predecible. Los modos en que los jóvenes transitaban esa serie de eventos que los identificaría como adultos tenían un patrón común (estadísticamente típico): un recorrido gradual cuyas instancias sucesivas y sin retorno se transitan con diferentes velocidades según cada sector social (más rápido en los sectores populares, más lento entre los medios y altos), pero que tienen en común su carácter progresivo e irreversible (Dávila & Ghiardo, 2012; Urresti, 2008). En un contexto de creciente institucionalización de los cursos de vida, como el de los países europeos de posguerra, se configuró un modelo normativo de transición que establecía tanto la secuencia como la temporalidad de los eventos que la componían: “completar la educación formal, conseguir un empleo de tiempo completo, casarse, formar un hogar independiente y tener el primer hijo” (Kohli & Meyer, 1986, en Mora Salas & Oliveira, 2009: 270). Como advierten Coubès & Zenteno (2004: 336), este orden cronológico enmarca “[…] una expectativa social o modelo normativo de vida porque la responsabilidad de una nueva familia, sobre todo una vez que se inicia la reproducción, se asume cuando los individuos ya adquirieron una autonomía económica y residencial”.
Desde finales del siglo XX, la transición a la adultez atraviesa un significativo proceso de rearticulación. Los recorridos juveniles dejaron de ajustarse a ese modelo normativo, y se registran “trayectorias con frenos, vueltas, idas y venidas, saltos adelante, caídas precipitadas” (Urresti, 2008: 109). Las transiciones se solapan y se desincronizan; las edades se alargan, pero también se acortan; o aparecen modos de vida intermedios (Galland, 1985) que se intercalan entre la familia de origen y la familia de procreación, tales como la vida en solitario o con amigos (Jones, 2000). En este marco, se va configurando una transición a la adultez mucho más prolongada, compleja y desestandarizada (Biggart et al., 2008; Furlong & Cartmel, 1997). La construcción de autonomía es un proceso cada vez más desestructurado en el que algunas etapas no son definitivas y otras, incluso, nunca se consuman (Galland, 1985). Aunque no han desaparecido las transiciones clásicas, se han debilitado y convertido en una realidad menos frecuente que coexiste con diversas modalidades emergentes de transición (Casal et al., 2006).
Las transformaciones socioeconómicas y culturales ocurridas durante las últimas décadas del siglo pasado, asociadas a los procesos de inestabilidad social e individualización del curso de vida (De Singly, 2005), redefinieron las condiciones objetivas que articulan la vida de los sujetos e impactaron de manera directa en la conformación subjetiva de las generaciones jóvenes. En este nuevo paisaje social, los componentes que estructuran la transición a la adultez -el sistema educativo, el mercado laboral y la familia- se vieron alterados: los estudios se prolongan, las credenciales educativas se desvalorizan, los mercados laborales se flexibilizan y se consolida una cultura más individualista que privilegia el desarrollo personal y la autorrealización frente al logro familiar. Como apunta Urresti (2008), se trata de cambios sociales profundos -de orden estructural y subjetivo- que afectan al conjunto social, con notables efectos en los valores, los modos de actuar, los hábitos de consumo y las maneras de relacionarse.
Las coordenadas epocales se manifiestan en cada país en procesos sociohistóricos específicos y admiten variadas formas de incorporación en la clase y en el género. Aunque comparte algunas tendencias con los países centrales, el contexto latinoamericano -caracterizado por una distribución fuertemente desigual de los recursos y de las oportunidades de inserción social- le otorga ciertas particularidades al proceso de transición. En Latinoamérica se subraya la existencia de dos modelos de emancipación diferenciados en sus secuencias y temporalidades según el nivel socioeconómico y las pautas culturales de las distintas clases y grupos sociales. Tal como señala Saraví (2009: 41), “[…] las experiencias de transición a la adultez más extensas y fracturadas, menos previsibles e institucionalizadas, pueden ser aprovechadas diferencialmente por los jóvenes, dando por resultado procesos de creciente desigualdad y polarización…”. Así, el retraso de los jóvenes provenientes de familias con mayores recursos convive con la emancipación temprana para los jóvenes de estratos bajos. 
En la Argentina, distintas investigaciones referidas a la CABA evidencian el carácter divergente de las transiciones juveniles y las desigualdades que atraviesa este proceso (Binstock & Gogna, 2015; Ferraris & Martínez Salgado, 2015; Miranda, 2015; Pérez & Busso, 2014; Jacinto & Millenaar, 2013). En cuanto a las diferencias que introduce el nivel socioeconómico, estos estudios destacan que mientras los jóvenes de estratos medios y medios-altos postergan su ingreso a las obligaciones que habitualmente corresponden a un adulto, tales como el trabajo y la familia propia, a la vez que permanecen durante más tiempo en el sistema educativo; entre los jóvenes de estratos bajos resulta habitual que haya interrupciones en la formación educativa, inserciones tempranas en el mercado laboral y compromisos familiares a menor edad.3 Al explorar las experiencias de transición a la adultez, resulta que no todos los que tienen la edad de ser jóvenes se encuentran, socialmente hablando, en la misma situación (Urresti, 2008).
Aunque sabemos menos sobre las transiciones residenciales, los estudios sobre estrategias familiares de los hogares aportan que, en los estratos bajos, la neolocalidad no constituye una condición para la formación de una familia propia, ya que se advierten estrategias de corresidencia entre las familias de los padres y las familias de los hijos (Ariño & Mazzeo, 2013).4 A su vez, los datos estadísticos presentados en la introducción sugieren que, entre los jóvenes de niveles educativos más altos, la postergación de la formación de la familia propia no necesariamente se traduce en una postergación de la salida del hogar parental, ya que aparecen arreglos de convivencia no familiares, como la vida en solitario o con amigos.

Experiencias juveniles en estratos medios y espacio habitacional

Abordar el proceso de salida del hogar de origen y formación de un hogar propio desde la perspectiva de los propios sujetos implica adentrarnos en las experiencias juveniles, es decir, en los diversos modos en que un segmento de edad -los jóvenes- experimenta uno de los eventos que ha configurado el tránsito a la adultez. Retomando los aportes de Margulis & Urresti (1998) y Saraví (2009), aquí adoptamos una definición de juventud que articula una doble concepción: como experiencia y como período de transición a la adultez.5 Con esto nos referimos a que la juventud, en tanto condición etaria, remite a una particular experiencia temporal vital que, procesada por la historia y la cultura, se establece como un período de transición, esto es, como una etapa del curso de vida asociada a la adquisición de aquellos atributos por los cuales se identifica -social y culturalmente- a un adulto.
Esta doble definición apunta a rescatar esa base material -la edad- sobre la cual se construye social y culturalmente la juventud como período de transición a la adultez, y que tiene implicancias en los modos de ser y estar en el mundo. Partiendo de la fenomenología y la filosofía existencial, Margulis & Urresti (1998: 19) señalan que la juventud no constituye sólo un tramo en la biografía signado por la transición a la adultez, sino también “un modo particular de estar en el mundo, de encontrarse arrojado en su temporalidad, de experimentar distancias y duraciones”. Tener una edad y no otra supone ocupar una determinada posición en la estructura temporal vital y ser hijo de una particular coyuntura histórica (Margulis & Urresti, 1998).
Esta condición existencial -que se deriva de la edad- implica un modo de situarse en la vida, en la que ésta aparece como breve, a estrenar y en proceso de construcción. En términos de Margulis & Urresti (1998), los sectores jóvenes disponen de un crédito temporal significativamente más extenso que el de las generaciones mayores. Este plus de tiempo por vivir opera como una moratoria vital, pues se traduce en un mayor tiempo disponible para la búsqueda tentativa y la experimentación, así como en un conjunto menor de compromisos asumidos y, por lo tanto, en un modo de habitar el presente menos condicionado y determinado por decisiones previas, con una memoria social relativamente más breve que la de un adulto y una percepción de lejanía mayor con respecto a la muerte. Concebida como moratoria vital, la condición juvenil es una condición fugitiva, que se va agotando con el paso del tiempo y las sucesivas opciones realizadas y omitidas, más allá de las vías sociales de acceso a la adultez (Margulis & Urresti, 1998). 
A su vez, el hecho de tener una edad y no otra implica una particular experiencia histórica, ya que supone haber sido socializado en un momento determinado con una configuración social específica (Mannheim, 1993). Esta pertenencia generacional configura modos propios de percibir, apreciar, clasificar y distinguir: “[…] los miembros de cada generación traen consigo experiencias, sentimientos y valores diferentes que afectarán la forma en que se vive cada una de las etapas del curso de vida” (Saraví, 2009: 39). La particularidad de los jóvenes como actores históricos radica en el hecho de ser nativos del presente; en este presente construyen sus mundos de vida: forman su personalidad, confeccionan sus códigos culturales y organizan su mundo perceptivo y sensible (Margulis & Urresti, 1998).
Aunque la población juvenil tiene en común una experiencia temporal e histórica que los constituye como generación, sus expresiones, identificaciones y vidas pueden ser disímiles. De acuerdo con Saraví (2009: 39), “[…] la forma en que se experimente la juventud dependerá (y variará) sustancialmente de la estructura de oportunidades y constreñimientos a la que se enfrenten los sujetos, como así también del portafolio de activos o recursos de que dispongan”. Diversos estudios han advertido que no todos los que tienen la edad de ser jóvenes experimentan esa etapa vital como un período de moratoria social, esto es, como un período de permisividad que consiste en una preparación progresiva hacia la vida adulta (Chaves, 2010). Tal como señalan Margulis & Urresti (1998), la moratoria social constituye un privilegio para ciertos jóvenes -aquellos que pertenecen a sectores sociales relativamente acomodados- que pueden dedicar un período de tiempo al estudio y postergar exigencias vinculadas a un ingreso pleno a la madurez social, en su sentido económico, laboral y reproductivo.
En suma, en sociedades desiguales, se presentan transiciones distintas que podrán variar en sus modalidades y velocidades de acuerdo con las presiones materiales y las pautas culturales a las que se esté expuesto. Saraví (2009) alude a las experiencias de la juventud para referirse a la heterogeneidad y diversidad en que se experimentan las transiciones, en tanto están sujetas a los procesos de desigualdad social. En este artículo nos detenemos en las experiencias juveniles -o experiencias de juventud- en estratos medios, cuya característica radica en la conjunción de una moratoria vital y una moratoria social.
En cuanto al modo de aproximarnos al hogar, recuperamos la perspectiva analítica de De Certeau para definirlo como un espacio habitacional, un ámbito de vida y de relación con los más íntimos, en el que se desarrolla el habitar doméstico. Este lugar es practicado por sus moradores, quienes logran apropiarse de él a través de usos y prácticas, y construyen un espacio significativo: una casa (De Certeau, Giard & Mayol, 1994). Así como el espacio urbano no es un mero contexto de localización de las prácticas sociales, sino que los actores, en sus modos de usar y practicar la ciudad, producen espacio (Chaves & Segura, 2015; Chaves, 2010); consideramos que los jóvenes construyen un hogar propio al practicar y significar el espacio habitacional. En este sentido, nos distanciamos de la concepción de la vivienda como unidad física independiente (característica de los estudios sociodemográficos), para entenderla desde una concepción amplia que articula la referencia espacial con la trama de relaciones sociales y universos de sentido en los cuales los sujetos están inscriptos. De este modo, adoptamos una idea de hogar ligada a las relaciones, las prácticas y los sentidos en torno al espacio habitacional.

Precisiones metodológicas

El enfoque metodológico utilizado es cualitativo-interpretativo. Al privilegiar la percepción de los actores y la comprensión del sentido de las prácticas desde su perspectiva, esta estrategia resulta pertinente para explorar las experiencias de los jóvenes en torno al hogar propio. La principal técnica de recolección de datos consistió en la entrevista en profundidad. Esta herramienta permite registrar los discursos de los actores acerca de sus vivencias, percepciones y valoraciones, y reconstruir los significados que los propios protagonistas atribuyen a los sucesos de su vida (Vasilachis de Gialdino, 2006).
El universo de estudio se circunscribió a varones y mujeres jóvenes de estratos socioeconómicos medios de la CABA. La literatura especializada utiliza el nivel educativo como variableproxy del nivel socioeconómico y distingue a los estratos medios urbanos por sus niveles medios y medios-altos de instrucción (Sautu, 2016), así como por el tipo de ocupaciones desempeñadas en el mercado laboral, entre las cuales se incluyen dueños de pequeñas empresas, profesionales, técnicos y jefes, trabajadores administrativos y de comercio (Benza, 2016). Siguiendo este criterio, a los fines metodológicos, definimos como jóvenes de estratos medios a quienes han alcanzado un nivel educativo igual o mayor al del colegio secundario completo, cuyos padres poseen trabajos de media o alta calificación y cuyo nivel educativo también es igual o superior al del colegio secundario completo.
Asimismo, si bien la categoría juventud define un grupo de edad, no se la puede demarcar con la exactitud que suponen los criterios etarios; sus límites son variables y sus fronteras son sociales antes que meramente etarias (Feixa, 1996). En este sentido, los criterios de edad para enmarcar el período de la juventud son convenciones, es decir, están socialmente construidos. En la Argentina, tanto el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) como la Dirección General de Políticas de Juventud establecen los límites de la etapa joven entre los 15 y los 29 años. Dentro de esta franja, distinguen tres subgrupos: 15 a 19, 20 a 24 y 25 a 29. Aquí hemos adoptado como universo de observación privilegiado al segmento de edad comprendido entre los 20 y 29 años.
Dentro de este marco, el tipo de muestra es intencional; para su conformación seguimos el criterio de significatividad, es decir, no buscamos representatividad estadística de la población general de la cual provienen los entrevistados, sino comprender los modos en que los actores atraviesan y significan experiencias. Para establecer los primeros contactos, adoptamos el criterio de accesibilidad a través de redes personales y recurrimos a la técnica de bola de nieve a fin de acrecentar y complejizar la red. Dado el carácter exploratorio del estudio, para la selección de los casos no partimos de categorías específicas definidas a priori, sino que, a medida que avanzaba el trabajo de campo de forma simultánea al análisis de los datos, fuimos construyendo categorías que orientaron la búsqueda de nuevos casos. Por ello, desarrollamos el trabajo de campo en dos etapas: la primera, entre septiembre y diciembre de 2013; la segunda, entre septiembre y diciembre de 2014.
Durante la primera etapa, por ejemplo, identificamos diferencias en las formas de llegada a la vivienda según el tipo de ayuda familiar: si se trataba de un regalo de la vivienda, de un préstamo monetario, o de un préstamo de la vivienda, con o sin cobro de alquiler. A partir de ello, en la segunda etapa buscamos casos que nos permitieran indagar las distintas formas de ayuda familiar previamente identificadas. Además, ampliamos el rango de heterogeneidad considerando la situación del joven en la trayectoria vital respecto al estudio, el empleo y la situación afectiva. La cantidad de informantes se estableció siguiendo el criterio de saturación de la información, es decir, hasta considerar que nuevos contactos no aportarían elementos novedosos para las categorías surgidas de los datos empíricos (Vasilachis de Gialdino, 2006). Finalmente, la muestra quedó conformada por 20 jóvenes -10 varones y 10 mujeres-, que tenían entre 24 y 30 años, y dejaron su hogar de origen entre el 2009 y el 2013.
Las entrevistas en profundidad siguieron el modelo de una conversación cara a cara entre la investigadora y los informantes, y se realizaron en los hogares actuales de los jóvenes, lo que permitió complementar sus testimonios con observaciones de la vivienda y del barrio de residencia. Con una duración aproximada de dos horas, y en un único encuentro, las entrevistas se organizaron en dos ejes temáticos. El primero abordó la forma de llegada a la vivienda a partir de decisiones y evaluaciones económicas, obstáculos atravesados, capitales intervinientes, formas de intercambio, y valoraciones sobre los tipos de tenencia. El segundo se focalizó en las prácticas y sentidos en torno al hogar propio, al indagar motivaciones y expectativas sobre la salida del hogar de origen, valoraciones del espacio habitacional y modos de gestionar la convivencia. Estos ejes no eran restrictivos sino que más bien funcionaban como disparadores para la conversación, y los informantes introdujeron sus prioridades en los temas propuestos. Además, indagamos la trayectoria biográfica a partir de los siguientes aspectos: formación educativa, experiencia laboral, situación afectiva, espacios de sociabilidad y características socioeconómicas de la familia de origen.
Apuntamos a una forma de análisis de los datos acorde con los requerimientos de una ciencia interpretativa que supere el dato de la realidad observada e interpretada por los actores, arribando a una interpretación de las interpretaciones (Geertz, 1987). Para el análisis de la información recabada, apelamos al aporte de las herramientas de la sociología de la cultura (Margulis, 2009), con el objetivo de acceder a un nivel interpretativo y explicativo que permita profundizar los sentidos y los significados del caso. Con estos lineamientos, realizamos una lectura en profundidad de las entrevistas y utilizamos la codificación como técnica de categorización. Para ello, construimos un manual de códigos que, en principio, tuvo en cuenta las dimensiones abordadas en la guía de entrevista, y luego se completó y precisó sobre la base de la información recabada. Una vez codificadas las entrevistas, realizamos un análisis temático, siguiendo como criterio la comparación de respuestas entre los entrevistados (Taylor & Bogdan, 1986).

El espacio habitacional propio: prácticas y sentidos en torno al nuevo hogar

La salida del hogar de origen adquiere relevancia entre las generaciones recientes porque viven su juventud en un momento histórico en el que han empeorado de forma significativa las condiciones de acceso a una vivienda digna en la CABA para distintos sectores. El aumento del precio de las viviendas, la restricción de los créditos hipotecarios y el incremento del costo de los alquileres, en un contexto de desregulación del mercado inmobiliario, son algunos de los elementos que contribuyen a explicar la agudización de esta problemática durante los últimos diez años (Baer & Kauw, 2016).6 A estas dificultades se suman las mayores limitaciones que enfrenta la población juvenil respecto de la adulta para insertarse en empleos formales, con acceso a la protección social (Busso & Pérez, 2015; Ferraris & Martínez Salgado, 2015).
Los jóvenes de nuestro estudio han afrontado las dificultades para acceder a una vivienda y, en la actualidad, habitan un hogar propio en la CABA. Al adentrarnos en sus experiencias, distinguimos tres espacios habitacionales que procuran darle cuerpo a las tendencias demográficas y recuperar la voz de protagonistas situados: la casa de la amistad, la casa unipersonal y la casa de novios. A continuación, apuntamos a mostrar que la vida doméstica resulta más compleja de lo que los datos estadísticos nos dejan ver. La trama intersubjetiva del hogar permanece oculta para quien mira desde afuera. Los relatos de los jóvenes permiten retratar las fronteras porosas que existen entre estos espacios, al describir las prácticas y los sentidos en torno al hogar propio.

La casa de la amistad
“Me voy a vivir solo”, dice Ignacio y enseguida se corrige: “el irme solo no es literal, sino que es irme de mi casa [la de origen]. De hecho, nunca la pensé solo porque no me daba [el dinero]”.7 Con 27 años, y después de dos años de evaluar sus posibilidades económicas, Ignacio se fue de la casa donde habitaba con su madre. Sus padres estaban divorciados y su hermano mayor ya vivía con su novia. Su madre, secretaria de un estudio jurídico, era propietaria de la vivienda; en cambio, su padre, contador, alquilaba un departamento. Aunque hacía cuatro años que Ignacio tenía un empleo en blanco como periodista en una agencia de noticias, “no le daba la guita” para dejar el hogar familiar; al momento de hacer cálculos, debía considerar tanto el pago del alquiler como la cuota de la universidad privada donde estudiaba la licenciatura en Periodismo, y otros gastos personales tales como el abono del teléfono celular y el mantenimiento de la tarjeta de crédito. Con todo, no llegaba a costear solo la “entrada al alquiler”, el equipamiento de la casa y el costo mensual de alquilar, ni tampoco podía pedirles ayuda económica a sus padres.
Al igual que Ignacio, Nicolás, quien se fue del hogar de origen a los 24 años, explica “que no tenía como una vida que me permitiera mantenerme solo”.8 Estudiante del último año de la licenciatura en Diseño de Imagen y Sonido, este camarógrafo free lance nunca sabía con cuánto dinero llegaría a fin de mes. Antes de mudarse “solo con amigos”, sabía que podía ocurrir que un mes no pudiera pagar el alquiler. Como Ignacio, Nicolás tampoco contaba con el “respaldo económico” de sus padres porque, al cerrar el “emprendimiento de venta de carteras y cinturones de cuero” que manejaban, sus ingresos se habían limitado a lo que vendían de forma autónoma; además, sus dos hermanos menores todavía vivían en la casa familiar. Al asociarse entre amigos, se “amortizaban” los gastos y, si un mes no podía afrontarlo, lo ayudarían. Para Nicolás, “esto era parte del aprendizaje”.
Frente a las dificultades económicas, las asociaciones y ayudas entre pares de generación, como por ejemplo los amigos, son una solución posible, deseada y buscada. Tal como analizamos en otro trabajo (Felice, 2017), estos hermanos de generación, con quienes se comparte la temporalidad social y por lo general el sector social de origen, operan como un apoyo emocional y afectivo, y a la vez como recursos para construir un espacio habitacional propio. La casa de la amistad resulta un proyecto colectivo en el que se unifican las salidas del hogar parental y se consigue una vivienda, en general en alquiler, mediante una alianza juvenil.
Aunque el factor económico resulta clave para entender la alianza, no agota su sentido. Este espacio habitacional, surgido de relaciones afectivas horizontales atravesadas por la confianza y la intimidad, le imprime una modalidad particular al hogar propio. Estos jóvenes no forman hogares independientes dentro de una misma vivienda. La casa de la amistad se vive, se siente y se practica en conjunto. La mutua cooperación atraviesa tanto la gestión de la vivienda y el equipamiento del hogar como la administración doméstica, tal como se advierte en las entrevistas con la recurrente figura del fondo común o pozo de la casa (Felice, 2017).
Así, en la convivencia, el vínculo amistoso se familiariza, al conformarse una “familia ad hoc”, tal como expresa Nicolás. “Es como vivir con tus viejos, pero sin tus viejos… es como vivir con tus hermanos, digamos”, señala Ignacio. Como ya lo hemos planteado (Felice, 2017), los pares de generación comparten códigos, experiencias y modos de percibir, de apreciar y clasificar que son propios; de modo que las reglas hogareñas son, a la vez, personales y colectivas. Agustín destaca el nivel de decisión y autonomía que implica construir un hogar propio con amigos: “yo en la casa de mi viejo no tenía decisión alguna, digamos. Estaba todo armado, estaba todo estructurado de alguna forma. Esto era nuevo y había que armarlo de cero”.9 Así lo expresa este joven de 28 años que a los 23, después de dos años como empleado en blanco en una empresa estatal, se fue de la casa donde habitaba con su padre (propietario del inmueble debido a una reciente herencia), para convivir con amigos que había conocido mientras estudiaba la carrera de Ciencias Políticas.
La casa de la amistad, elocuente expresión de un entrevistado, puede ser leída como una casa de transición que les posibilita experimentar un hogar propio, aunque no sea el definitivo. Así lo entiende Tomás: “no es la que, obviamente, querré toda la vida, pero como para practicar para ese momento me parecía que estaba bueno también no irse solo-solo”.10 Para Ignacio esta casa era una “prueba”: “quiero probar si soy capaz de hacerlo, si lo puedo hacer, si tengo la capacidad en este momento”. El siguiente testimonio de Agustín muestra el significado que asume este hogar en tanto espacio de aprendizaje, y la importancia de los amigos en cuanto soportes afectivos.

A mí me motivó el desafío de tener un espacio propio, y todo lo que eso implica: desde tener que arreglarse para trabajar y pagar las cuentas como también la… no sé, la soltura que tiene decidir tus propios horarios, decidir tus cosas, no tener que estar avisando a qué hora llegás [...]. Yo quería tener ese espacio de autonomía para poder divertirse, para poder crecer, aprender a estar con uno mismo […]. Era todo un proceso de aprendizaje, era algo como muy nuevo. Y, nada, lo tomé con mucha alegría porque sabía que estaba con dos personas que compartían los mismos hábitos, entonces como que lo hacíamos todo en conjunto. Nos remamos [apoyamos], ¿viste?, por ahí alguno lo levantaba al otro si alguno se había tomado una cerveza de más y se había acostado tarde [risas].11

Esta casa de la amistad se concentra en el grupo de los entrevistados más jóvenes. La mayor intensidad del crédito temporal y social entre los 20 y los 24 años habilitaría este arreglo de convivencia atravesado por la atmósfera festiva, lúdica y fraternal. A su vez, ese crédito temporal despertaba algunas dudas y temores entre sus familias de origen. De acuerdo con los relatos de algunos jóvenes, para sus familias la salida del hogar “tan chico” y “con amigos” podía ser “riesgoso” en relación con la finalización de los estudios, por ejemplo. Tomás recuerda las advertencias de su madre, quien le decía “que con ella el estudiar se me hacía más fácil porque no tenía que ocuparme de tareas domésticas o de organizar o de tener que hacer otro tipo de trámites burocráticos, que por ahí con ella estaban completamente saldados”. Agustín se ríe al recordar las palabras de su papá: “si no te sabés hacer ni una salchicha, ¿cómo te vas a ir a vivir solo?”. Sin embargo, para estos jóvenes la incertidumbre es parte del aprendizaje: en estas casas, expresión material y simbólica de la amistad como espacio de sociabilidad, juntos aprenden a “vivir solos”.

La casa unipersonal
Vivir solo-solo, como enfatizan los entrevistados, es otra de las formas de construir un hogar propio. Tanto mujeres como varones expresan el deseo de atravesar la experiencia de vivir solo como una suerte de aventura y cuenta pendiente que, de no probarla, se arrepentirían. Sebastián, un joven economista de 27 años, cuenta que a los 24 su novia de entonces le propuso que se fueran a vivir juntos, pero él desistió: sentía que era “joven”12 para convivir en pareja. A los 27, ya recibido, soltero y con un empleo en blanco hacía siete años como tesorero de una empresa, decidió emprender la salida. Único hijo de una madre ama de casa y un padre contador que trabajaba de modo independiente, durante el tiempo que prolongó la convivencia con ellos Sebastián aprovechó para ahorrar el dinero ganado, hacer inversiones y armarse un “colchón” para evitar el alquiler y comprar un departamento. Según cuenta, sus padres “tienen departamento propio, pero no tienen un pasar económico holgado; entonces la realidad es que no tenían plata para ayudarme”. A través de un particular recorrido vital que combinó esfuerzo laboral con esfuerzo financiero, Sebastián constituye el caso excepcional de quien logró comprar una vivienda por su cuenta.
La casa unipersonal se presenta como una fuente de aprendizaje y de oportunidades, un espacio de descubrimiento sobre uno mismo. Aunque se fue de su casa de origen a los 26, hacía un año que Andrés “venía planificándolo”.13 Desde los 23 tenía un empleo estable como abogado en el Poder Judicial y, al vivir en la casa familiar sin aportar a la economía hogareña, podía ahorrar la mitad de su sueldo. Sin embargo, según sus cálculos, “no le alcanzaba la guita para irse solo”. Aunque sus padres estaban en una buena situación económica (eran propietarios y los dos trabajaban como empleados administrativos), tampoco podían ayudarlo con los gastos que implicaban entrar en un alquiler y mantenerse solo.
En lugar de recurrir a la convivencia con amigos como los jóvenes del caso anterior, Andrés decidió “esperar a hacer un colchón de guita como para poder ingresar [a un alquiler], pagarme todo [el equipamiento] y empezar”. Además, quería conservar la “calidad de vida” que tenía mientras habitaba con sus padres. “No me voy a mudar si después no puedo o tengo que sacrificar cosas… Ir a comer afuera, no poder salir. Necesito un colchón de dinero para no sufrir”, pensó. Para Andrés, la experiencia de vivir solo es “algo que todos tienen que hacer”; por eso, aunque estaba de novio, eligió atravesarla.
Tener la experiencia de vivir solo es algo fantástico. Antes de irse a vivir en pareja, tener un tiempo de vivir solo. Y uno, aparte, se aprende a conocer más viviendo solo porque estás solo con vos y te das cuenta de algunas cosas que… o falencias que antes no las notabas tanto porque tenías otra gente que te acompañaba.14
Entre los jóvenes de estratos medios, el “vivir solo” ha ido ganando terreno hasta incorporarse en el acervo de las determinaciones de la vida social. Al igual que Sebastián y Andrés, Florencia también había considerado irse a vivir con su novio, pero priorizó la “experiencia de vivir sola”. Como reconocen varias de las entrevistadas, sus abuelas y -en menor medida- sus madres no tuvieron la “oportunidad” de experimentar este modo de vida, ya que la salida implicaba la convivencia en pareja. Desde los 25, cuando comenzó a trabajar como maestra en un colegio, Florencia soñaba con “vivir sola”.
Por una parte, esta joven estaba cómoda en la casa familiar, donde vivía con su padre y la esposa de él, porque tenía su bunker: “mi cuarto era como mi monoambiente. (…) Era como vivir en una casa pero estar en otra, o sea, una casa adentro de otra casa”,15 cuenta. Sin embargo, por otra parte, buscaba un espacio de autonomía personal: “quería tener mi espacio realmente, donde yo podía invitar a quien quisiera cuando quisiera. Tener mis horarios. No tener que avisar, si te vas, no te vas, si volvés o no volvés. Cosas que a uno le van cansando”. Cuando a los 26, Florencia tomó la iniciativa, su papá -contador en una empresa multinacional-, a modo de regalo, pagó los costos de “entrada al alquiler”. Como evidencia su testimonio, en la decisión de “vivir sola” aparece su deseo personal -ligado a una idea de maduración y “autoconocimiento”- y, a la vez, la influencia del psicólogo, la familia y los amigos en tanto estímulos para encarar su proyecto.

Creo que me repercutió bastante la opinión de los demás: mi psicóloga, mi papá, mis amigas me aconsejaban que tenía que pasar por la experiencia de vivir sola, como un proceso de autoconocimiento, como un paso en la madurez. Después, cuando cambié de trabajo y la situación se hizo sostenible, decidí hacerlo. En ese momento pensé que era lo ideal vivir sola, por un lado, para aprovechar el momento de la vida, de armar una casa a mi antojo, con los muebles que yo quiera y poder tomar todas las decisiones. Creo que a la vez subyacían esas opiniones de terceros que te mencioné.16

Al adentrarnos en las experiencias habitacionales, advertimos que vivir solo no necesariamente involucra una independencia económica plena; en ocasiones, puede implicar un período inicial -más o menos prolongado- en el cual la casa del joven se configura como una casa satélite de la de origen, pues recibe transferencias monetarias bajo la forma de regalos o préstamos de la familia para costear los gastos domésticos. Este es, por ejemplo, el caso de Micaela, quien a los 25 años, una vez finalizada la carrera de Psicopedagogía, se fue a vivir sola a un departamento que le prestó su papá. Micaela define su vivienda como un “regalo incompleto”,17 ya que si bien su padre sigue siendo el dueño de la propiedad, ella no paga alquiler. Durante los primeros seis meses, hasta que consiguió su “primer trabajo en blanco” en un gabinete escolar, Micaela recibió dinero para solventar los gastos cotidianos. “Mi viejo pagaba las expensas y los gastos de la casa”; además, “[mi mamá] siempre me preguntaba si necesitaba guita [dinero], íbamos al supermercado, hacíamos una compra y la pagaba ella”, o “las primeras épocas mi vieja me ayudaba en el sentido de si yo me quería comprar algo de ropa o si se me rompía algún electrodoméstico…”. Estas casas satélites manifestarían experiencias de independencia relativa, e incluso cierta desconexión entre la independencia económica y la independencia habitacional.
Al igual que la casa de la amistad, la casa unipersonal articula deseos de libertad y autonomía respecto de la familia de origen; “adueñarse” de su tiempo o personalizar sus rutinas son algunas de las búsquedas de estos jóvenes al dejar el hogar parental. “Necesitaba mi espacio, tener mi lugar. (…) Estaba en mi casa [la de origen] y no era realmente mi casa, digamos”,18 expresa Daniela, una joven diseñadora de indumentaria que trabaja por su cuenta. Florencia remarca que “ya no quería dar explicaciones”, y señala cierta “invasión” del espacio personal que le provocaba “malestar”. Por su parte, Laura cuenta que dejar el hogar donde habitaba con su mamá y su hermana menor estaba cargado de “todas las expectativas que tenía también a nivel de la individualidad, de crecer yo misma”.19 Periodista free lance, Laura no llegaba a juntar el dinero suficiente para entrar en alquiler y mantenerse; a los 26, sus abuelos paternos -dueños de una empresa de hoteles- le “allanaron el camino” al regalarle un departamento para que se fuera a vivir sola.
En este sentido, aunque la autoridad parental se ha flexibilizado, dando lugar a relaciones entre padres e hijos más democráticas y negociadas (De Singly, 2005), lo cierto es que estos jóvenes de estratos medios procuran un espacio físico para ampliar su espacio personal pues, sin él, estos padres no reconocen que “la nena había crecido”, como dice Daniela. El hogar propio opera como un mensaje para los adultos: es un signo de autonomía e independencia familiar. La casa unipersonal se presenta como un espacio de autorrealización, de prueba de la “autonomía” entendida como enfrentarse solos a los desafíos cotidianos. Para Sebastián la salida del hogar de origen no tiene “nada que ver” con “querer una familia”, sino con una experiencia que lo hace “crecer”.

Cuando me fui de lo de mis viejos, sentí como una sensación de crecimiento personal. Fue como darme cuenta de que podía hacer eso. […] capaz me siento un poco más grande, porque antes era un nene, qué sé yo, llegar a casa y tener la comida hecha, la cama hecha, que te laven la ropa, que te la planchen, y ahora todo lo tiene que hacer uno. Entonces, como que uno dice, ‘bueno, crecí en cuanto a responsabilidad con respecto a la casa’. No es que ahora de repente voy a... qué sé yo, ‘quiero tener un hijo y una familia. No. Eso no tiene nada que ver con vivir solo o con tus papás. […] yo en lo que cambié, sí, me di cuenta de que hay una determinada cantidad de cosas que antes no hacía y que ahora tengo que hacer y que están asociadas a una persona adulta.20

Vivir solo no es estar solo. El hogar propio se configura como un espacio de encuentro y sociabilidad con los pares, donde pocas veces los adultos -sus padres- concurren. Sebastián, por ejemplo, señala que un requisito para buscar vivienda fue que tuviera parrilla, ya que su casa suele ser escenario del ritual semanal de la cena con amigos. Por su parte, Daniela destaca que, si bien vive sola, sus amigas forman parte del hogar: “mis amigas tienen, todas, llave de acá de casa […]. A mí me encanta, porque es como que siento... digo, es mi espacio, pero también me gusta compartirlo”. A su vez, el espacio habitacional se presenta como el terreno de la experimentación en material sexual. A algunos jóvenes, la independencia habitacional les posibilitó abrir el juego a la construcción de relaciones sexo-afectivas, ya que prestó lugar al sexo ocasional -a veces frecuente- y a la intimidad para construir nuevos vínculos que pueden devenir -o no- en noviazgos.
Al relatar cómo habita el hogar, Florencia destaca que no vive “sola-sola”, porque su novio duerme allí con frecuencia e, incluso, algunos meses paga las expensas. Esta suerte de cohabitación parcial con el novio también aparece en la experiencia de Micaela. Al año de vivir sola, ella ya no vivía “sola-sola”: “[Mi novio Joaquín] empezó durmiendo dos o tres veces por semana, después se fue haciendo que dormía una o dos veces por semana en la casa de los viejos nada más. Me empezaba a decir ‘vamos al supermercado y compro yo’”.21 Según relata, esto se mantuvo tres o cuatro meses hasta que “se mudó de hecho”. Para Micaela, “fue de a poco, medio de hormiga… una cosa llevó a la otra. No hubo nada de sentarse a charlar. Fue más como naturalmente”. Además, como se desprende del siguiente testimonio, ella sentía que ya había probado la “experiencia de vivir sola”: “sentía que ya había vivido un tiempo sola y que había podido aprovechar esta independencia de haberme mudado de la casa de mi vieja. No es que alguien me la había coartado; que había podido hacer mi proceso”.
Los testimonios evidencian que quienes valoran y atraviesan el vivir solo postergan la convivencia en pareja. Si bien ésta se mantiene como modelo y proyecto de vida, no aparece como una primera forma de habitar al salir de la casa de origen. En este sentido, este tipo de experiencias se vincula con una moratoria en la formalización de los vínculos afectivos (Urresti, 2008) y da lugar a situaciones provisorias e intermedias entre la casa unipersonal y la casa de novios. Este hogar habitado por jóvenes que no viven solos-solos configura una suerte de hogar fraccionario, potencial antesala de la casa de novios, donde se ensaya la dinámica doméstica que luego, con la convivencia de hecho, se establece y se vuelve a negociar.

La casa de novios
Así como ocurría entre amigos, algunas parejas unifican sus salidas del hogar de origen y forman un hogar propio de forma asociativa y colaborativa. Nos adentramos en la casa de novios con la historia de Juan, un joven de 28 años que estudiaba Relaciones del Trabajo mientras trabajaba en un banco como empleado administrativo. Cuando tenía 24, Juan se juntó con su novia, Camila, para alquilar un departamento. “Ella se quedaba a dormir más de una vez por semana conmigo en lo de mi vieja, ponele dos veces por semana”,22 cuenta. Juan era de la CABA y su novia vivía en Gran Buenos Aires (GBA). “Ella estudiaba y trabajaba acá [en la CABA] y yo también. Entonces, teníamos toda nuestra vida en Capital”. Él tenía “ganas de independizarse” de la casa de su madre (docente universitaria y propietaria de la vivienda), donde también vivía su hermana ocho años menor, y, según refiere, su novia “estaba pensando en ver qué se podía hacer por ese lado de acercarse [a la CABA] (…) Le venía bien por una cuestión de comodidad, de movimiento”. En verdad, Juan quería irse a vivir solo desde que tenía 22, cuando consiguió “el laburo en el Banco, que me daba una situación económica más estable y un ingreso bueno para lo que es un pibe solo”. Empezó a buscar “con un par de amigos […] Hacía poco que salía con Cami”.

Solo no podía porque no sabía si lo iba a poder solventar. Yo le pasaba una guita a mi vieja. Un porcentaje del sueldo… Sería un 20%, algo así... Fueron las primeras opciones que se me presentaron con amigos. Me acuerdo que habían surgido un par de puntas para hacer con amigos y no prosperaron, y como que yo tampoco le puse demasiadas energías. […] y me termina frenando en ese momento decir: ‘Pará, voy a esperar ahorrar un poco de guita, ahora que no me tengo que mantener yo y tengo el sueldo del banco, ahorro un poco de guita y después me voy’.23

Como relata, el proyecto con amigos no prosperó y él prefirió continuar viviendo en la casa de su madre para ahorrar. Después de dos años trabajando en el banco, y con dinero suficiente, Juan y Camila decidieron irse de sus hogares de origen a vivir juntos: “estábamos muy bien como pareja, sufríamos bastante la distancia y todo nos llevaba a eso. Yo quería irme de mi casa, a Cami le quedaba bien Capital y llegamos a la conclusión de decir: ‘bueno, busquemos’”. Para ellos, irse a vivir juntos resultaba “la mejor solución” y, además, sabían que no podían hacerlo solos por razones económicas; sobre todo Camila quien, según cuenta Juan, trabajaba en una fotocopiadora mientras estudiaba el Profesorado de Enseñanza Primaria, ganaba “dos mangos, no le daba para sustentarse ella en lo cotidiano”.
Lucas, un joven odontólogo de 27, también se juntó con su novia, Vicky, para irse del hogar familiar, donde habitaba con sus padres y su hermana menor. Lucas y Vicky se habían conocido durante la carrera de Odontología y trabajaban juntos en consultorios médicos. Según cuenta él, mientras vivía con sus padres, dormía todos los días con su novia: “casi siempre dormíamos en mi casa. Ponele, de siete días de la semana, cinco estaba en mi casa, dos estábamos en la casa de ella, el fin de semana”.24 Eso generaba ciertos conflictos tanto con la familia de origen como entre ellos. “Estábamos todo el tiempo trasladando las cosas: la ropa… teníamos que andar pensando qué nos poníamos al día siguiente”, destaca él. Desde que se habían recibido, hacía un año, ambos pensaban en convivir, pero los frenaba el “miedo a no llegar”: “vivíamos haciendo cuentas sobre cuánto podíamos gastar. Nos quemaba la cabeza [preocupaba] el no llegar”, recuerda. Mientras vivía con sus padres, sin aportar a la economía familiar, Lucas aprovechó a ahorrar gran parte de sus ingresos laborales y, finalmente, a los 27 emprendió junto con Vicky la salida del hogar.
Las historias de Juan y Lucas evidencian que, en ocasiones, la pareja también opera como capital, un recurso que se moviliza para salir de la casa de origen y construir un espacio habitacional propio. Si bien implica una temporalidad diferente a la transitoriedad de la casa de la amistad, pues estos jóvenes esperan que la asociación económica y residencial perdure, la “casa de novios” presenta similitudes con los arreglos entre amigos. Tanto Juan como Lucas y sus respectivas novias alquilaron un departamento mediante una alianza: la entrada al departamento y el alquiler constituyen gastos
compartidos. Mientras que Juan no tenía el “respaldo económico” familiar, Lucas prefería no recurrir a tal ayuda; según cuenta, aunque sus padres tenían “una buena posición” como farmacéuticos y eran propietarios, él sabía que la ayuda se la harían “pagar” por otro lado.
Así, Lucas define la salida del hogar de origen como un “logro en conjunto de los dos”: “todo esto es fruto nuestro, que nosotros lo generamos con una satisfacción conjunta propia. Y todo a medias”. Sin ayuda familiar, unieron sus recursos y costearon la “entrada al alquiler” “sin pedir un peso”. Al igual que los jóvenes que viven con amigos, los gastos domésticos también son compartidos pues, en verdad, el hecho de que “todo se divida por dos” es lo que les ha permitido independizarse. Según cuenta Lucas, durante los primeros meses de convivencia con su novia mantuvieron el arreglo que tenían cuando vivían separados: “fue más mitad y mitad”. Luego, revisaron tal arreglo porque según él, al ganar más que ella, terminaba por asumir muchos gastos extras.
En la “casa de novios” se establece un criterio de división del dinero parecido al de la “casa de la amistad”, ya que el “pozo común” también atraviesa la administración doméstica. La diferencia es que en esta casa los proyectos comunes traspasan las fronteras del hogar. Si bien Lucas indica que el ahorro es personal -cada uno ahorra por separado-, los testimonios evidencian que puede devenir una tarea compartida cuando hay proyectos comunes a largo plazo, como un viaje o la adquisición de un auto. El siguiente relato de Agustina, una abogada de 27 años que trabajaba hacía cuatro en una Defensoría de la Ciudad, da cuenta de la articulación entre proyectos personales y proyectos de pareja. A los 26, se fue de la casa de origen, donde vivía con sus padres (dueños de una agencia de publicidad y propietarios) y su hermana, para alquilar junto con su novio un departamento. Al preguntarle por la experiencia de la convivencia, ella explica:

Hay proyectos en común que pueden ser ordinarios y relacionados con el día a día, o más a largo plazo como la proyección de un ahorro para un viaje o compra de algún elemento en particular. Y, por otro lado, también hay proyectos totalmente personales como el continuar una maestría o doctorado, los amigos, actividades físicas o recreativas que se hacen individualmente. […] es como que en otras cuestiones se mantiene una relación de noviazgo donde cada uno cuenta con libertades y proyectos personales, sobre todo porque no tenemos hijos…25

En el análisis utilizamos la expresión casa de novios, inspirados en la categoría nativa casa de la amistad, para referirnos a este espacio habitacional construido por parejas sin hijos. Consideramos que esta expresión permite ilustrar las características del modo de convivencia sin la connotación que tienen los términos demográficos hogar conyugal u hogar familiar. Al igual que en la casa de la amistad y en la casa unipersonal, la casa de novios también está atravesada por el espíritu de prueba y experimentación. Al preguntarle si habían pensado en comprar, Juan cuenta que evaluó obtener un crédito hipotecario, pero luego desistió; tres años después reconoce: “yo quería alquilar para hacer la experiencia sin tener ninguna atadura […]. Quería algo no tan definitivo como un préstamo hipotecario, que pudiera durar muchos años. Era un pendejo”.26
Aunque se realiza bajo el formato de convivencia en pareja, tanto para Juan como para Lucas y Agustina, la salida de la casa de origen se vincula con una experiencia de crecimiento personal. Frente a la pregunta por las expectativas sobre el hogar propio, Juan responde: “es esto que te decía de sentir que diste un paso adelante y que lo hiciste vos y que sos capaz de hacer más cosas. Es eso, es una satisfacción y es una maduración”. Esta concepción tal vez obedezca a que la pareja se construye y consolida compartiendo el espacio habitacional; en otras palabras, porque la convivencia forma parte de la relación de noviazgo.

Reflexiones finales

La formación de un hogar propio se presenta, entre estos jóvenes de estratos medios, como una conquista material y simbólica, ya que adquieren un espacio físico y, a la vez, un espacio de autonomía y aprendizaje. El crecimiento personal, el desarrollo de la individualidad y la búsqueda de nuevas experiencias han sido algunas de las motivaciones señaladas por los entrevistados para emprender la salida del hogar de origen. En el marco de este tipo particular de condición juvenil, el proceso de independencia habitacional es experimentado como una suerte de viaje, en el sentido de exploración, descubrimiento y cambio, en el que los jóvenes se embarcan asumiendo riesgos y con resultados más o menos inciertos, según las combinaciones entre sus recursos, los de la familia de origen y el contexto social.
El nuevo hogar se vivencia como un espacio propio, un lugar armado y habitado sobre la base de valores, preferencias y gustos determinados por sus protagonistas. Tanto la casa de la amistad como la unipersonal y de novios involucran la búsqueda de un espacio interior, es decir, ampliar los márgenes de la vida personal respecto de la vida familiar. En este sentido, la salida del hogar parental representa un punto de inflexión en la experiencia vital de estos jóvenes que se asocia con la adquisición de responsabilidades y capacidades para manejar asuntos cotidianos de los que antes se ocupaban sus padres. Construido con reglas de convivencia que llevan la marca de sus formas de vida, el hogar propio opera como un laboratorio propicio para aprender a manejarse solos y ejercitar la autonomía.
La familia de origen, los amigos y la pareja constituyen soportes fundamentales para emprender la salida. Las historias indagadas permiten distinguirlos según sus contextos familiares de origen y, con ello, diferenciar entre quienes tienen un respaldo familiar, entendido como soporte económico, y aquellos que deben armarse su colchón, porque la familia no opera como tal. En el primer grupo, se inscriben varios de los jóvenes que habitan una casa unipersonal; en cambio, en el segundo, encontramos a quienes buscaron en los amigos o las parejas un soporte horizontal, procurándose no sólo apoyo económico sino también afectivo. En un contexto de agudización de las condiciones de acceso a una vivienda en la CABA, los recursos económicos de la familia de origen introducen diferencias en los modos de experimentar la formación de un hogar propio, incluso dentro de un mismo estrato social.
Las relaciones de amistad ocupan un lugar preponderante en la cotidianeidad de estos jóvenes de estratos medios. Con crédito temporal y social, los amigos constituyen la familia ad hoc, con quienes se juntan, se encuentran y comparten su experiencia cotidiana. En este sentido, la salida del hogar de origen apunta a concretar una independencia respecto de la vida familiar, así como también conquistar una cotidianeidad con los pares de generación. Las casas de estos jóvenes son lugares de encuentro y espacios de sociabilidad con los amigos y las parejas. Los noviazgos también se inscriben en esta lógica de los vínculos horizontales. Con algunas similitudes con la casa de la amistad en lo que hace a los modos de practicar y significar el espacio habitacional, las casas de novios muestran la convivencia como una etapa de la construcción y consolidación de la pareja, antes que el resultado o producto de su conformación.
En este contexto sociocultural, habitar bajo formas no familiares se presenta como una suerte de consigna generacional. En particular, entre las mujeres, estas experiencias son vividas como nuevas modalidades de realización personal que acompañan sus proyectos de estudio y trabajo. A su vez, en relación con los varones, las casas de amigos y las unipersonales podrían contribuir al desarrollo de nuevas masculinidades, ya que involucran reconfiguraciones en torno a las tareas domésticas. Cabría pensar que tales experiencias tendrán impacto en la posterior formación de la familia, en la medida que con ellas se aprenden nuevas dinámicas de convivencia que podrían trasladarse a las posteriores casas familiares.
Este artículo sugiere la existencia, en estratos medios, de una experiencia habitacional propiamente juvenil: abierta, provisoria, en proceso de construcción. En consonancia con los planteos sobre la desestandarización de las transiciones juveniles, se postula que la salida del hogar se inscribe en un momento de la vida en la que ésta aparece en pleno proceso de desenvolvimiento. Tanto a nivel profesional como afectivo y personal, los entrevistados perciben su vida como una obra en construcción. Ciertas certezas, como haber culminado la carrera o tener un empleo afín, coexisten con algunas vacilaciones en torno a su futura situación afectiva o profesional. En este sentido, la independencia habitacional no se conquista ni se obtiene: se construye y se avanza hacia ella.
Resulta probable que haya reversibilidad y pasajes de un tipo de casa a otra a lo largo de la trayectoria vital, que es preciso continuar indagando. Como buscamos mostrar al adentrarnos en las experiencias juveniles, existen casas satélites que evidencian que, aunque se adquiere un nuevo espacio, no necesariamente eso se traduce en una independencia económica; o, también, momentos en que una casa se convierte en otra, como sucede con la cohabitación parcial de los novios en la casa unipersonal.
Dado este carácter formativo y experimental que asume en estos jóvenes la salida del hogar de origen y la formación de un hogar propio, proponemos la categoría casa juvenil para definir un espacio habitacional que se distingue tanto de la casa familiar de origen como de una casa familiar de destino, asociada a una pareja con hijos. Estas casas juveniles se vinculan con la extensión de la moratoria social en ámbitos como la formación de la pareja y la familia, y son una expresión de los procesos socioculturales ligados a la flexibilización de las normas sociales.
Los resultados aquí presentados muestran que, en estratos medios, la formación de un hogar propio no clausura la etapa juvenil sino que forma parte de ella, puesto que el espacio habitacional se encuentra atravesado por las características de las experiencias juveniles aquí situadas. En primer lugar, por su crédito temporal el espacio habitacional se presenta como inaugural, experimental y en proceso de desenvolvimiento. En segundo lugar, por su posición en la estructura temporal vital, estos jóvenes son nativos del presente y sujetos en formación bajo circunstancias históricas específicas, por lo cual el espacio habitacional construido también es nativo del presente y lleva la marca de su particular tiempo histórico y social. Por último, por su estrato social, este espacio es un producto de la moratoria social que como tal lo constituye. Construida y habitada por estos jóvenes, la casa adquiere un carácter juvenil.

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NOTAS

1 Este artículo es producto de una investigación realizada entre 2013 y 2015 en el marco de la tesis de maestría en Sociología Económica, Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES), Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), Buenos Aires, Argentina. La tesis forma parte de una investigación doctoral en curso más amplia, financiada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) durante 2013-2018, sobre las experiencias de salida del hogar de origen y la formación de hogares en jóvenes de distintos estratos socioeconómicos del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).

2 A diferencia del Censo, la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) o la Encuesta Anual de Hogares, esta fuente de datos ha sido elaborada específicamente para indagar la conformación de un hogar propio y los modos de residencia de la población joven en el ámbito geográfico aquí abordado. Esto la convierte en la principal fuente de referencia.

3 A modo de ejemplo, el informe de Lupica & Cogliandro (2013), sobre la base de datos de la EPH del INDEC para el total de aglomerados urbanos del país, destaca que en 2012 las mujeres que habían terminado los estudios universitarios tenían a su primer hijo, en promedio, a los 28 años; mientras que quienes habían conseguido el título secundario, a los 24; y quienes sólo habían completado el primario, a los 22.

4 En su estudio sobre las experiencias de transición a la adultez en México, Saraví (2009) explica que entre los sectores populares el factor residencial no constituye un obstáculo importante, porque las pautas culturales de este grupo social aceptan y favorecen la co-residencia de la nueva pareja (y/o familia) en el hogar parental. En cambio, “[…] para sectores de clase media, la imposibilidad de obtener un trabajo estable y poder solventar la independencia residencial se constituye en un obstáculo que retrasa otros eventos” (Saraví, 2009: 122).

5 Si bien no desconocemos las discusiones existentes en torno al concepto de juventud, aquí nos remitimos a la definición que adoptamos en la investigación por resultar pertinente a nuestros objetivos. Para una revisión crítica al respecto, véase Brunet & Pizzi (2013).

6 Según Baer & Kauw (2016), mientras que en 2009 en CABA se necesitaban 8,5años de ingresos medio para comprar un departamento de dos ambientes a estrenar, en 2013 se requerían 11,9. A su vez, el alquiler medio de un departamento usado de tres ambientes se incrementó entre un 47% y un 57% entre el 2011 y el 2013; esto insumía entre un 30% a un 50% de un sueldo promedio de la Ciudad (Reporte Inmobiliario, 2013). Para la entrada al alquiler se requería el dinero de un mes de alquiler por adelantado, un mes de depósito, comisión inmobiliaria, gastos administrativos; y, además, un familiar que acredite como garantía un inmueble en la CABA. Para profundizar sobre la situación sociohabitacional de la Ciudad, véase Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires (CEyS, 2014).

7 Entrevista a Ignacio, 3/9/2014.

8 Entrevista a Nicolás, 20/10/2013.

9 Entrevista a Agustín, 15/10/2014.

10 Entrevista a Tomás, 30/11/2013.

11 Entrevista a Agustín, 15/10/2014.

12 Entrevista a Sebastián, 6/9/2013.

13 Entrevista a Andrés, 2/11/2013.

14 Entrevista a Andrés, 2/11/2013.

15 Entrevista a Florencia, 19/11/2013.

16 Entrevista a Florencia, 19/11/2013.

17 Entrevista a Micaela, 4/12/2013.

18 Entrevista a Daniela, 20/12/2013.

19 Entrevista a Laura, 5/11/2014.

20 Entrevista a Sebastián, 6/9/2013.

21 Entrevista a Micaela, 4/12/2013.

22 Entrevista a Juan, 20/10/2014.

23 Entrevista a Juan, 20/10/2014.

24 Entrevista a Lucas, 5/12/2014.

25 Entrevista a Agustina 14/9/2014.

26 Entrevista a Juan, 20/10/2014.