DOI: http://dx.doi.org/10.19137/huellas-2026-3016

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ARTÍCULOS
Imaginarios de la naturaleza en Argentina durante y después de la pandemia por la COVID-19
Andrea Marina D’Atri[1]
Universidad Nacional de La Pampa
https://orcid.org/0000-0003-1705-3494
RECIBIDO 30-06-2026
ACEPTADO 28-08-2026
Cita sugerida: D`Atri, A. M. (2026). Imaginarios de la naturaleza en Argentina durante y después de la pandemia por la COVID-19. Revista Huellas, Volumen 30, Nº 2, Instituto de Geografía, EdUNLPam: Santa Rosa. Recuperado a partir de: http://cerac.unlpam.edu.ar/index.php/huellas
Resumen
La pandemia de COVID-19 desató discusiones sobre los efectos negativos del dominio antrópico en el entorno. En este artículo se analizan los imaginarios y las representaciones de la sociedad argentina en su vínculo con la naturaleza durante y después de la pandemia, a partir de marcos teóricos sociológicos vinculados con la percepción del tiempo. La hipótesis plantea que las experiencias singulares derivadas de la enfermedad alteraron significaciones y percepciones acerca del entorno y generaron distintas subjetividades, algunas de ellas contrapuestas y condicionadas por la situación de aislamiento social. Para la interpretación de imaginarios y representaciones de la naturaleza, utilizamos dos investigaciones de metodología mixta ya finalizadas que estudiaron la inserción colectiva y la manifestación de creencias, miedos, percepciones y esperanzas en Argentina durante 2020 y 2021. Entre los resultados, se destaca que, en la etapa de mayor cantidad de contagios y muertes, parte de la ciudadanía asoció la pandemia con una especie de venganza de la naturaleza hacia el ser humano. Este hecho generó el deseo de un acercamiento futuro. Luego, al finalizar el aislamiento social, disminuir los contagios y las muertes, y al retornar las prácticas sociales a una nueva “normalidad”, la percepción de una mayor sincronía socioambiental se desdibujó y emergieron nuevas representaciones que, nuevamente, tensionaron la relación.
Palabras clave: Argentina; COVID-19; imaginarios sociales; relación sociedad-naturaleza; representaciones
Imaginaries of nature in Argentina during and after the COVID-19 pandemic
Abstract
The COVID-19 pandemic sparked discussions about the negative effects of anthropic dominance over the environment. This article analyzes the imaginaries and representations of Argentine society in its relationship with nature during and after the pandemic, drawing on sociological theoretical frameworks linked to the perception of time. The hypothesis is that the singular experiences derived from the disease altered these meanings about the environment and generated different subjectivities, some of them opposing, which were conditioned by the situation of social isolation. For the interpretation, we use two mixed-method studies that have already been completed, which examined the collective integration and manifestation of beliefs, fears, perceptions, and hopes in Argentina during 2020 and 2021. Among the results, it stands out that, during the stage with the highest number of infections and deaths, part of the citizenry associated the pandemic with a certain kind of revenge of nature against human beings, from which the response was a desire for future rapprochement. Later, once social isolation ended and infections and deaths decreased, and social practices returned to a new “normality,” the perception of greater socio-environmental synchronicity faded, and new representations emerged that once again strained the relationship.
Keyword: Argentina; COVID-19; social imaginaries; society-nature relations; representations
Imaginários da natureza na Argentina durante e após a pandemia de COVID-19
Resumo
A pandemia de COVID-19 desencadeou discussões sobre os efeitos negativos do domínio antrópico sobre o meio ambiente. Neste artigo, analisam-se os imaginários e as representações da sociedade argentina em seu vínculo com a natureza durante e após a pandemia, a partir de marcos teóricos sociológicos ligados à percepção do tempo. A hipótese é que as experiências singulares produzidas pela doença alteraram essas significações acerca do ambiente e geraram diferentes subjetividades, algumas delas contrapostas, as quais foram condicionadas pela situação de isolamento social. Para a interpretação, utilizamos duas pesquisas de metodologia mista já finalizadas, que estudaram a inserção coletiva e a manifestação de crenças, medos, percepções e esperanças na Argentina durante 2020 e 2021. Entre os resultados, destaca-se que, na etapa de maior número de contágios e mortes, parte da cidadania associou a pandemia a um certo tipo de vingança da natureza contra o ser humano, a partir da qual a resposta foi o desejo de aproximação futura. Em seguida, ao finalizar o isolamento social e diminuir os contágios e as mortes, e com o retorno das práticas sociais a uma nova “normalidade”, a percepção de uma maior sincronia socioambiental se desfez e emergiram novas representações que, novamente, tensionaram a relação.
Palavras-chave: Argentina; COVID-19; imaginários sociais; relações sociedade-natureza; representações.
Introducción
El año 2020 será referido como el año de la pandemia por enfermedad SARS-CoV-2 o la COVID-19 que afectó a gran parte de la población a nivel global. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se trató de la enfermedad infecciosa más recientemente descubierta causada por el coronavirus –extensa familia de virus que pueden causar dolencias tanto en animales como en humanos–. El primer brote del virus estalló en Wuhan, China, en diciembre de 2019 y afectó entre los años 2020 y 2021 a muchos países de todo el mundo. En la actualidad, se describe como un problema de salud pública de carácter establecido y permanente (endémico); circula a nivel mundial y requiere una gestión permanente al igual que otras enfermedades como la influenza. En mayo de 2026, se registran más de 7,1 millones de muertes desde el inicio de la pandemia (OMS, 2026).
Si bien la crisis sanitaria por la COVID-19 mantuvo en vilo a las comunidades de extensas regiones del planeta —que fueron limitadas en movimiento y otros aspectos de su vida cotidiana hasta llegar a medidas de cuarentena y/o aislamiento social— también dio origen a una necesidad apremiante de expresar el acontecimiento y augurar el porvenir que, en el momento de ser vivido, se veía incierto. Por eso, no fueron escasas las expresiones de situaciones catastróficas que se vivían y se iban manifestando en todo tipo de producciones. Por ejemplo, se publicaron textos científicos de toda índole disciplinar —tanto de las ciencias naturales como humanas— que resultaron en informes médicos, económicos y de innovación tecnológica, análisis ambientales, geopolíticos, filosóficos, antropológicos y sociológicos, así como expresiones artísticas (Agamben et al., 2020; Amadeo, 2020; Gómez González et al., 2020; Espinoza, 2020; Svampa, 2020 y 2021; Grimson et al., 2020; Expósito et al., 2021; van Aert et al., 2021).
Simultáneamente, día a día y minuto a minuto, se comunicaban por medios de información públicos y privados la situación, contenidas en las cifras de contagios, recuperaciones y defunciones de cada población en distintos puntos de ambos hemisferios. La abrumadora proliferación de información interpeló a la ciudadanía a otorgar significaciones sociales del fenómeno. Asimismo, concitó numerosas preguntas, tales como qué tipos de percepciones, miedos y confianzas surgían con la pandemia. Emergió además el interrogante por el tipo de subjetividades, representaciones e imaginarios que se construían en torno a la relación sociedad-naturaleza.
En Argentina, el primer caso de COVID-19 se confirmó el día 3 de marzo de 2020. Se decretó a nivel nacional una “cuarentena”, –denominada formalmente Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO)–, mediante el Decreto de Necesidad y Urgencia o DNU Nº 297/2020 del 20 de marzo; medida que algunas provincias ya habían establecido. A partir del 13 de abril del mismo año, cada región y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), supervisadas por el gobierno nacional, quedaron facultadas para salir del ASPO, pero estableciendo protocolos que garantizaran el “distanciamiento” social. Se determinaron cinco fases de administración del aislamiento: 1 y 2, aislamiento estricto; 3, aislamiento administrado; 4, segmentación geográfica (homogénea o por jurisdicciones); 5, reapertura progresiva y 6 y 7, nueva normalidad[2].
Pocos días después del decreto del ASPO, el gobierno nacional publicó el libro “El futuro después del COVID-19” (Grimson, 2020). La obra, en la que participaron 29 autoras y autores fue presentada por Alejandro Grimson, quien afirmaba que “el COVID-19 muestra que no sólo se expande la desigual distribución de bienes, sino también la distribución de males, como decía Bauman” (2020, p. 3). Para el autor, había una “deuda ética” que, con la emergencia de la COVID-19, se potenciaba y cuestionaba “una promesa de progreso y crecimiento que no pone el foco central en las sociedades y los seres humanos” sino en el crecimiento económico (Grimson, 2020, p. 3).
Junto con la amplia necesidad de relatar lo que sucedía desde ámbitos diversos como el de los medios, la academia y especialistas, se profundizó el fenómeno de la virtualización de diversos aspectos de la vida cotidiana, laboral y educativa. Esto escon la pandemia, millones de personas se vieron obligados a quedarse encerradas en sus hogares, a excepción de quienes fueron declaradas personas “esenciales”, tales como personal de salud y de seguridad.[3] Entonces, se multiplicó la visión del mundo a través de dispositivos móviles, pantallas de ordenadores y televisores.
El fenómeno de la hiperconectividad (Carlón, 2020) no era nuevo, pero el cierre de las fronteras del país, las provincias con sus ciudades y pueblos, lo aceleró a tal punto que el fenómeno fue modificando los modos de trabajar, educarse, vincularse y lo que sucedería –lo veríamos después– traería otros cambios.
En este artículo se exploran las creencias, percepciones, representaciones, deseos e imaginarios de la sociedad argentina en relación con la pandemia de COVID-19 y el período de la pospandemia en lo que respecta a su vínculo con la naturaleza. A partir de dos estudios en los que participé como investigadora —de metodologías mixtas desarrollados entre el año 2020 y 2021, con sus consiguientes análisis (van Aert et al., 2021; Vera et al., 2026 y Vera & D’Atri, 2026)–, se presentan resultados sobre las significaciones asociadas a este fenómeno y se formulan algunas hipótesis respecto a valoraciones de la sociedad sobre la naturaleza y su relación de proximidad o lejanía.
La relevancia de este análisis radica en el actual relacionamiento caracterizado por un “tipo de globalización depredadora y la relación instaurada entre capitalismo y naturaleza” (Svampa, 2020, p. 4) Evaluamos que, en situaciones críticas, los estudios desde las representaciones e imaginarios como prismas diversos y cambiantes, permiten comprender la significación de los fenómenos sociales y trazar una caracterización del modo como se está experimentando el tiempo, así como las expectativas que ese momento (la pandemia) generaron en la ciudadanía argentina.
Enfoque teórico
Los imaginarios sociales se definen como una matriz de sentido que se otorga a la “realidad”. La realidad social y la sociedad son construidas socioimaginariamente, lo cual significa que se instituye colectivamente en sus formas, en sus manifestaciones y representaciones, en su pensar, en su actuar (Baeza, 2000). Lo imaginario no es imagen de, sino creación social, histórica y psíquica (Castoriadis, 2007, p. 12). Por su parte, las representaciones sociales son definidas de modo similar. Moscovici señala que se trata de “un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad” (Moscovici, 1979, pp. 17-18). Jodelet (1986) expone, por su parte, expresa que son un campo de saber de sentido común, una forma de pensamiento social constituido a partir de experiencias, informaciones y modelos de pensamiento que se reciben y transmiten por medio de la tradición, la educación y la comunicación. La autora suma, a la definición de representaciones, el hecho de que esos contenidos se elaboran socialmente. Ambas categorías tienen como objeto de estudio la construcción de la realidad social y esto confunde sus diferenciaciones. Pérez Rubio (2009) evalúa que los imaginarios abarcan a las representaciones y son “esquemas de representación que estructuran la experiencia social, generan comportamientos y permiten la elaboración y distribución generalizada de instrumentos de percepción de la realidad social construida como realmente existente” (Pérez Rubio, 2009, p. 8).
En tanto, Baeza (2015) menciona la complementariedad de imaginarios y representaciones ya que los vincula la idea de proceso mental: “la construcción de significaciones que otorgan sentido a lo que nuestros órganos sensoriales, por ejemplo, nos entregan en calidad de información pura y simple” (Baeza, 2015, p. 106). Sin embargo, mientras las representaciones “ponen énfasis precisamente en ese proceso que identifica nuestras modalidades cognitivas”, los imaginarios “se orientan hacia los resultados sociales de ese mismo proceso de carácter psíquico” (Baeza, 2015, pp. 106 y 107). El autor sostiene que las representaciones provienen de la imaginación radical, a la cual define como “la figura de sentido (creencia u otra) que compone para sí misma el núcleo central de un imaginario social”, en torno al cual se estructura un conjunto socioimaginario (Baeza, 2008, p. 521).
En relación con el tema que nos compete – la relación sociedad-naturaleza en una temporalidad determinada como fue la de la pandemia–, Baeza (2015) expone tres tesis sobre la construcción moderna del tiempo y el pensamiento apocalíptico que contribuyen a pensar la incertidumbre vivida durante la COVID-19. Los momentos de incertidumbre social son “esfuerzos humanos por la apropiación y el control del tiempo con fines eminentemente prácticos” (Baeza, 2015, p. 276). Las tesis sostenidas por el autor remiten a tres etapas temporales: a) el tiempo como construcción social; b) el tiempo y la idea de lo inexorable; c) el tiempo y la incertidumbre.
El tiempo como construcción social refiere a un tiempo “útil”, acorde a un pasado con memoria, un presente controlable y un futuro inapresable. Justamente, de lo inexorable que puede significar un tiempo sin posibilidad de aprehensión (la pandemia), es sobre lo que se extiende la segunda tesis de Baeza:
en nuestra cultura judeocristiana occidental, pero también en culturas precolombinas, como hemos visto, el imaginario de la inminencia de catástrofe universal y hasta cósmica (tonalidad apocalíptica) o de cambio epocal (tonalidad histórica) está o puede estar presente, y surge siempre por la acción concomitante de dos fenómenos propios de la subjetividad social: por un lado, un sentimiento de fatalidad asociado a un designio mítico y, por otro, una ausencia de pensamiento utópico mundano capaz de disociar las preocupaciones materiales de las espirituales (Baeza, 2015, p. 278).
Dos dimensiones podemos considerar a partir de lo anterior. La fatalidad mítica en la construcción del tiempo conllevaría la imposibilidad de percibir que habría cambios o transformaciones en la vida social pospandemia, ya que aquella lima el “estado intersubjetivo restaurador de la esperanza en una sociedad” (Baeza, 2015, p. 279). Consecuentemente, si falta el pensamiento utópico, habría “una suerte de capitulación y de una impotencia de intelectuales y de élites dirigentes”, añade el autor (p. 279). Surge entonces lo inexorable. Baeza considera que se produce en la actualidad una capitulación, cual “extravío de la utopía del progreso, la gran promesa de la Modernidad, aquel factor que determina en lo esencial el retorno a imaginarios apocalípticos” (p. 279).
Una tercera tesis conjuga el sentimiento de fatalidad y el pensamiento distópico. El autor sostiene esta idea para el actual tiempo de capitalismo tardío. Sostiene al respecto que se trata de una “situación potenciada por la pérdida sensible de la lógica proyectiva, una de las características imaginario-sociales más importantes de la era moderna y que empujaba en el sentido de la búsqueda de ‘avances’ en el bienestar de las poblaciones” (Baeza, 2015, p. 281).
Por lo antes dicho, tiempo ya se encontraba en una fase de dislocación antes de la pandemia. Ante una situación catastrófica como el aislamiento social, los contagios y las muertes por el virus en 2020, los imaginarios sociales de la inminencia —en el marco de la construcción del tiempo moderno— se expresarían mediante respuestas diferentes frente a los cambios en los modos de ser y estar de la sociedad producidos por el ASPO. En este contexto, emergía una nueva sensibilidad y emocionalidad (Scribano, 2020).
Un segundo elemento teórico en este estudio se compone del concepto de estructura simbólica de ajuste. Baeza la define como “arquitectura de significaciones con plausibilidad socialmente admitida y vigente, capaz de dar estabilidad simbólica al conjunto social en conformidad a una lógica de cohesión básica” (Baeza, 2015, p. 156). Esa estructura no es estable; puede tambalear y puede hacerlo por condicionantes de diverso orden.
La crisis sanitaria en Argentina, durante su primer año (2020) permitió observar diversas respuestas sociales a través de los distintos pilares de una estructura simbólica (Baeza, 2020) compuesta por instituciones como el estado, el mercado y la familia, las que ahora, en la situación de emergencia, se desestructuraron dado que la pandemia fue un factor externo de transformación institucional. El virus provocado por una zoonosis cambió todos los modos sociales y culturales estatuidos hasta el momento, al imponer un aislamiento y nuevas maneras de relacionamiento social. El estado argentino, por ejemplo, cobró un rol relevante. Uno de los principales argumentos que esgrimió al declarar la fase 1 del aislamiento social fue fortalecer el sistema público de salud con camas y aparatos de asistencia respiratoria, y se relegó a segundos y terceros planos aspectos como ámbitos familiares.
Otra tensión manifiesta en el contexto por la crisis sanitaria, direccionada hacia un estado argentino que debía satisfacer demandas puntuales, se relacionó con decisiones políticas ambientales que irían contra los motivos mismos que se otorga a la pandemia por COVID-19. Svampa (2020, p. 3) afirma que hubo un ocultamiento de las causas ambientales y una hiper presencia del discurso bélico ante el suceso de la pandemia, en tanto “los virus que vienen azotando a la humanidad en los últimos tiempos están directamente asociados a la destrucción de los ecosistemas, a la deforestación, al comercio de animales silvestres, para la instalación de monocultivos”. La autora llamaba así la atención sobre estrategias de control durante la pandemia que “no han incorporado este núcleo central en sus discursos” (p. 3).
Svampa (2020) se preguntaba entonces si hemos escuchado hablar al entonces presidente Alberto Fernández de las causas socioambientales de la pandemia y afirmó: “las causas socioambientales de la pandemia muestran que el enemigo no es el virus en sí mismo, sino aquello que lo ha causado” (Svampa, 2020, p. 4), que es la relación entre capitalismo y naturaleza. Al momento de la pandemia, el gobierno argentino no sólo no aludía a la crisis ambiental, sino que había eximido a las corporaciones y empresas extractivistas mineras, petroleras y de monocultivos, de cumplir el aislamiento social obligatorio (ASPO) y les permitía circular sin dificultad ni control alguno por cualquier lugar del país. En el marco de la declaración de esencialidad de algunos sectores, esas empresas tenían permitido continuar con sus actividades productivas y comerciales.
Por otro lado, la pandemia visibilizó la relación estrecha entre crisis social, modelos desarrollistas y la salud humana.
Hasta marzo de 2020, el término ‘zoonosis’ no formaba parte de nuestro lenguaje y quizá para algunos todavía sea un concepto algo técnico o lejano, pero es la clave para entender el detrás de escena de la pandemia. Detrás del COVID-19 se halla la problemática de la deforestación, esto es, la destrucción de ecosistemas que expulsa a animales silvestres de sus entornos naturales y libera virus zoonóticos que estuvieron aislados durante milenios, poniéndolos en contacto con otros animales y humanos en entornos urbanizados y posibilitando así el salto interespecie (Svampa, 2021, p. 1).
En orden a lo expuesto previamente, surge la necesidad de definir qué lugar ocupan y cómo se explicitan las representaciones e imaginarios de la sociedad argentina en el momento del aislamiento y, posterior a él, en su vinculación con el entorno.
Metodología: dos investigaciones para un mismo objeto
En la situación del ASPO, investigadores de la región nos preguntamos por la cuestión antes mencionada, pero también deliberamos sobre las relaciones laborales, la educación y las tareas de cuidado, entre otros. Participé durante la pandemia y la pospandemia en dos redes de investigación. En ambas, el equipo se vio en la necesidad de generar nuevas estrategias metodológicas ya que también se hallaba aislado y eso implicó generar una modalidad diferente para encarar los estudios sobre representaciones e imaginarios.
Por un lado, se efectuó al inicio de la pandemia y a nivel iberoamericano una encuesta en 9 países (Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, España, México, Uruguay, Argentina y Venezuela). El estudio se denominó “Percepción sobre el impacto social del COVID 19 en el contexto iberoamericano” y fue encabezado por miembros de la Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (Red RIIR) (Vera et. al., 2026). Su objetivo principal fue comprender y analizar cómo la emergencia sanitaria, el estado de excepción y las medidas de aislamiento social alteraron las dinámicas de la vida cotidiana, las subjetividades, el nivel de confianza institucional y la percepción de futuro en la población regional. Para alcanzar este propósito, se implementó un diseño metodológico basado en una muestra no probabilística por autoselección y conveniencia, complementado con una estrategia de “bola de nieve”. La recolección de los datos se efectuó de manera virtual a través de un cuestionario digital autoadministrado que fue distribuido de forma masiva por los canales institucionales de investigadores/as y académicos/as de los diez países participantes, y conformó una muestra sujeta a la participación voluntaria de los ciudadanos en sus respectivas comunidades locales.
Las preguntas elaboradas para una encuesta a partir de variables consensuadas entre todos investigadores, se formularon para poder ser respondidas siguiendo la escala de Likert con una valoración numérica de 1 a 5, donde 1 significa Nada; 2, Poco; 3, Indiferente; 4, Bastante y 5, Mucho. Además, se utilizaron opciones de respuestas abiertas donde los encuestados pudieron agregar respuestas no contempladas en las variables propuestas. Esto permitió ampliar la interpretación de los datos.
Se establecieron tres ejes de análisis: 1. Percepciones sobre la pandemia y el aislamiento (emociones, organización comunitaria y efectividad de las medidas); 2. Confianza en las instituciones (salud, políticas, seguridad, religiosas, científicas, educativas, empresariales y comunitarias) y 3. Expectativas de cambio pospandemia (vida personal, relaciones, naturaleza, trabajo, consumo, vida urbana/rural y vivienda).
El cuestionario se distribuyó por internet mediante la herramienta google form o encuesta auto respondida por cada persona. Se distribuyó a través de cadenas de mails, redes sociales y medios de difusión masiva, a personas mayores de 18 años. El momento en que se hizo fue, para el caso de Argentina, de un aislamiento total y avanzado, entre los días 20 de abril y 9 de mayo del 2020.
Una segunda investigación en la que participé fue el proyecto denominado “Identidades, experiencias y discursos sociales en conflicto en torno a la pandemia y la pospandemia: un estudio multidimensional sobre las incertidumbres, odios, solidaridades, cuidados y expectativas desiguales en todas las regiones de Argentina”. Este estudio conformó la Red del Estudio Nacional Colaborativo de Representaciones sobre la Pandemia en Argentina (ENCRESPA) y fue financiado por la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación del gobierno argentino. En el marco de este proyecto, se efectuaron 142 entrevistas semiestructuradas, 6.000 encuestas en línea —con 90 preguntas cada una— y 10 grupos focales o de discusión temática, distribuidas en todas las provincias de Argentina. A los fines de este artículo, consideramos un análisis cualitativo de este estudio concentrado en un muestreo específico de 46 entrevistas semiestructuradas correspondientes a la subred Naturaleza de la red general ENCRESPA. Este muestreo contempló una distribución equitativa por género (mitad mujeres y mitad varones así autodefinidos por los entrevistados) y una amplia cobertura geográfica a nivel Argentina, que abarcó a residentes de doce provincias y de CABA, representando tanto a grandes como pequeñas urbes y entornos rurales. El perfil sociodemográfico de la muestra se integró por personas adultas mayores de 20 años. Dadas las limitaciones impuestas por la ASPO, el relevamiento de los testimonios, en la mayoría de los casos, se hizo de manera virtual o a través de video llamadas o llamados telefónicos.
A partir de las dos investigaciones mencionadas, y a la luz de los lineamientos teóricos expuestos, para este artículo se volvieron a analizar los resultados y se profundizó en el análisis de las representaciones e imaginarios del vínculo sociedad-naturaleza.
Resultados y discusión
La investigación llevada adelante por la Red RIIR permitió obtener 7.618 respuestas ante la encuesta implementada en los 9 países mencionados. Con el análisis de los datos se produjo, por un lado, un capítulo que analizó Iberoamérica en su generalidad (Vera et. al, 2026, p. 13) y nueve subcapítulos por cada país, como el correspondiente a Argentina (Vera & D’Atri, 2026, p. 77).
Entre los hallazgos en términos de la muestra general en Iberoamérica, referido al objeto de análisis del presente artículo, en el ítem “Percepciones y creencias de cambios post-pandemia del COVID-19” se obtuvo como resultado que la creencia que más iba a cambiar, en orden decreciente según cantidad de respuestas, eran: las formas de entender el trabajo en la oficina y el home office (4,02 puntos sobre 5), la confianza en la ciencia y la tecnología (3,96/5), los mecanismos de enseñanza y aprendizaje (3,92/5), la vida personal (3,89/5), la sociedad en general (3,81/5), las formas de vivir la ciudad (3,81/5) y las relaciones con la naturaleza (3,76/5) (ver Figura Nº 1).
Figura Nº 1. Creencias y percepciones sobre cambios a partir de la pandemia en Iberoamérica
Fuente: Encuesta del estudio Pandemia y percepciones sociales. El impacto del Covid 19 en el contexto iberoamericano (Vera et al, 2026.)
Los otros aspectos que se percibía que iban a cambiar a causa de la pandemia eran la relación entre el tiempo de ocio y tiempo de trabajo (3,73/5) y las relaciones internacionales (3,7/5). (Vera et al, 2026, p. 59).
En el mismo ítem, las personas encuestadas respondieron en términos generales que “nuestras relaciones con la naturaleza” en Iberoamérica cambiarían, aunque para Argentina esa percepción de cambio era más bien indistinta (3,52 puntos, sobre 5). Respecto de las percepciones y deseos de cambio post-pandemia del COVID-19, surgía que el mayor deseo de cambio se produciría sobre nuestras relaciones con la naturaleza (4,65 puntos sobre 5). (Vera et. al, 2026, p. 64)
En Argentina, la situación debido a la pandemia era de alta incertidumbre y temor ante un virus para el cual aún no se disponía de una vacuna. La detección del primer paciente positivo de coronavirus había ocurrido el 3 de marzo de 2020. Hacia el 9 de mayo del mismo año –fecha en que finalizábamos la realización de la encuesta–, el sistema de vigilancia confirmaba 5.776 contagios y 300 personas fallecidas que situaron la tasa de mortalidad respecto a los infectados en un 5,2% (Vera & D’Atri, 2026, p. 77).
El relevamiento realizado en el período mencionado (20 de abril al 9 de mayo del año 2020) obtuvo en Argentina 1.499 respuestas, distribuidas principalmente en centros urbanos (94%). Con los análisis de los datos, inferimos que la ciudadanía encuestada creía que la pandemia marcaría un antes y un después en dimensiones estructurales y cotidianas. Concluimos que los cambios más probables se identificaban en la confianza en la ciencia y la tecnología (72% del total de las 1.499 encuestas) y en los modelos de enseñanza y aprendizaje (70%). Por otro lado, los números permitían develar que había una creencia de pocas modificaciones en las relaciones con los vecinos y las formas de vida rural (29% cree que cambiarán poco o nada), seguidas por los vínculos familiares (26%) y la relación con la naturaleza (24%). (Vera & D’Atri, 2026, p. 100-101)
Es decir que la encuesta revelaba que existía una brecha notable entre lo que la gente deseaba y lo que realmente esperaba que sucediera durante la pandemia, especialmente en el ámbito colectivo. Por ejemplo, había un consenso (91% de los 1.499 encuestados) en el deseo de que la sociedad cambiaría en la pospandemia, pero el deseo de cambio en la vida propia (el ámbito individual) era menor (51%) comparado con el social. En tanto, en la relación con la naturaleza, había un 92,7% de los encuestados que anhelaban una nueva forma de vincularse con el entorno (Vera & D’Atri, 2026, p. 104).
Figura Nº 2. Deseos de cambio en ámbitos diversos de la sociedad argentina
Fuente: Encuesta del estudio Pandemia y percepciones sociales. El impacto del Covid 19 en el contexto iberoamericano (Vera et al, 2026.)
De lo antes dicho, surgen paradojas interesantes. Mientras que la relación con la naturaleza es el aspecto que la gente más deseaba cambiar (92,7%), al mismo tiempo era uno de los que menos creía que efectivamente se modificarían (solo un 24% lo ve en abril y mayo del 2020 como un cambio probable). Esto sugiere que era posible que hubiera una sensación o vivencia de impotencia y dificultad estructural de la ciudadanía para llevar a la práctica las expectativas de mejora en las relaciones sociedad-naturaleza, posteriores al COVID-19. Ahora, quizás, un alto porcentaje de población a dejaba de ver el entorno natural como un recurso inmutable, y comprendía la relación sociedad-naturaleza como un sistema en desequilibrio vinculado al origen de la pandemia. Es decir, originado en una zoonosis que podía afectar tanto a la humanidad, como para mantenerla aislada por inminencia de contagios y muertes.
Los resultados de la segunda investigación en la que participé se reflejaron en un artículo a partir de encuestas, entrevistas y grupos focales de discusión o focus group (van Aert et al, 2021) y en un informe a partir de entrevistas en profundidad (Calvelo et al., 2022). Como indicamos, la investigación general en Argentina efectuó 142 entrevistas semiestructuradas, 6.000 encuestas on-line de 90 preguntas cada una y 10 grupos focales. Con su alta representatividad, logró demostrar que la crisis sanitaria y el aislamiento con la consiguiente provocación de miedos y ansiedades, incidió en modos de pensar y sentir, representar e imaginar a la naturaleza como condicionante de la existencia humana. Lo explicaremos a continuación.
Sobre la relación sociedad-naturaleza, se concluyó que mientras en etapa de aislamiento por la pandemia primó una representación catastrófica respecto de las consecuencias que implicaría el COVID-19 –como “hambre”, “guerras” y “enfermedades alimentarias”, frases que surgieron de los y las entrevistadas (Calvelo et al., 2022)–, las representaciones en período de pospandemia depositaron la responsabilidad de atender esas consecuencias en las generaciones futuras, en un “otro”. En este sentido, se desprendieron de un vínculo determinante que, en una primera etapa, predecía un inicio de recomposición de las diferencias (van Aert et al, 2021).
En cuanto al análisis efectuado a través de los 46 testimonios recabados en diversas provincias y contextos urbanos, rurales y de asentamientos precarios, se revelaba una transformación profunda en la forma en que se percibía el vínculo entre la sociedad y el entorno natural. Durante la crisis sanitaria, la naturaleza era revalorizada no como un recurso externo, sino como una necesidad vital y un espacio de salud. Esta percepción se veía acentuada en una población con un perfil educativo mayoritariamente universitario (Calvelo et al., 2022). Uno de los testimonios sostuvo:
Yo lo que veo es que esta pandemia dejó en evidencia que la gente está destrozando la naturaleza. Y que digamos que el granito de arena que cada uno de manera individual puede hacer en su casa es irrelevante. Lo que sí es necesario que las personas que tienen poder de decisión, los gobiernos, tomen medidas sobre esas situaciones (Calvelo et al., 2022, p. 9).
Ante un nuevo análisis efectuado para este artículo, hallamos que el temor predominante no se limitaba únicamente al virus, sino que se extendía a la fragilidad de los sistemas humanos frente al desequilibrio ecológico. Esta situación generó una conciencia crítica sobre el origen ambiental de la pandemia. Esa preocupación alimentaba la esperanza de cambio masiva: el 92,7% de los encuestados manifestaba el deseo de que la relación con la naturaleza se modifique profundamente en la pospandemia; el 6,3% restante se mostraba indiferente. Sin embargo, esta expectativa chocaba con una cruda realidad percibida ya que apenas un 24% creía que tal transformación fuera probable, reflejando una sensación de impotencia frente a las estructuras económicas y sociales vigentes.
En segundo lugar, la pandemia había generado cambios a nivel de actitudes y nuevas prácticas, ya que de los testimonios y de las encuestas se revela la incursión de personas en actividades de huertas domésticas, una mayor responsabilidad en hábitos de cuidado e higiene y prevención, en separación de residuos urbanos, entre otros. Por ejemplo, uno de los entrevistados señaló: “La gente es mucho más higiénica, usa muchas más cosas antibacteriales, está aprendiendo la manera de vivir limpio. Porque capaz en este barrio la gente estaba acostumbrada a tener una banda de basura en la esquina de la casa. Hoy ven esa basura, la juntan, la tiran, y usan lavandina. Como que hay otra conciencia sobre el espacio físico de cada uno”, se expresó en uno de los testimonios (Calvelo et al., 2022, p. 5).
Sin embargo, surgen lógicas contrapuestas. Mientras, por un lado, algunos testimonios enuncian una especie de toma de conciencia y confianza en que se cambiarían hábitos al haber vivido este momento de “reordenamiento” en prácticas de respeto a la naturaleza y el ambiente; por otra parte, identificamos argumentos escépticos que admiten lógicas del capital y estructurales que no se modificarían. Un testimonio ejemplifica este pesimismo al mencionar que las potencias prefieren “colonizar Marte” antes que liberar las patentes de las vacunas o reparar el daño en la Tierra. En números, de los 46 entrevistados, 24 (52,17%) creían en la posibilidad de un cambio, mientras que 12 (26,09%) sostenían que la inercia del sistema será inquebrantable.
En este sentido, ante los resultados vistos en perspectiva por el tiempo transcurrido, se puede afirmar que la pandemia no fue solo un evento biológico, sino una fractura en la temporalidad social. Las crisis profundas revelan la fragilidad de nuestras construcciones colectivas mediante la incertidumbre social, lo cual puede explicar el sentimiento de fatalidad vivido durante el aislamiento.
Si consideramos el tiempo como construcción social, la pandemia impuso una interrupción que desarmó la rutina productiva. El tiempo dejó de ser una métrica de eficiencia laboral o de logros, para convertirse en una vivencia de espera, obligando a renegociar el sentido de lo cotidiano. De manera que el virus habría actuado como una fuerza inevitable que muchos entrevistados interpretaron como una advertencia o un reordenamiento de la naturaleza ante el avance desmedido de la civilización. Recordemos que algunos testimonios lo señalaban como una “venganza” ante lo que el hombre le infringía (Calvelo et al., 2022). “Yo creo que la naturaleza ya estaba pasando factura, ya nos estaba pasando factura con los cambios climáticos y demás”; “o se toman medidas serias como para proteger la naturaleza o no sé, va a ser muy feo vivir acá” señala uno de los testimonios (Calvelo et al., 2022, p. 9)
Entonces, el tiempo fue inexorable (Baeza, 2015) y también incierto ante la desaparición de las certezas sobre el futuro, lo cual generó una angustia existencial. La naturaleza dejó de ser aquello desmembrado de lo social, para pasar a ser un actor protagónico o un elemento interrelacionado.
Las definiciones recolectadas entre los 46 informantes de la segunda investigación, permitieron analizar tres percepciones diferentes de la relación sociedad-naturaleza:
Estas visiones —unas más espirituales y otras utilitaristas— nos llevan a preguntarnos cuán vinculada se percibía a sí misma la ciudadanía argentina con su entorno, que fue una pregunta que nos hicimos con el equipo de investigación argentino desde el inicio. Se revelaron entonces, casi en partes iguales, tres sentidos por parte de los entrevistados:
Las investigaciones nos indicaron que, a pesar de la crisis, en las representaciones sociales predominaba un dualismo moderno que persiste porque sus bases ontológicas se edifican sobre lógicas lineales de binomios como interno-externo y sujeto-objeto y estos antagonismos rechazan la idea de unidad e interdependencia. El 74% de las personas entrevistadas asociaba la naturaleza con aspectos externos al humano (objetos concretos como árboles, lagos o parques) o cualidades abstractas (belleza, perfección). Para esa mayoría mencionada, la naturaleza era un escenario para el consumo o el esparcimiento (vacacionar, relajarse). De manera que la naturaleza era vista como exterioridad y no como parte de la propia especie humana y esto se volvió una significación instituida.
Por otra parte, aunque un 35% de los entrevistados sugirió que no había separación entre sociedad y naturaleza, la mayoría (22% de forma explícita y el resto por complementariedad) mantenía un vínculo de dualidad y no una relación simbiótica o sistémica. Por ejemplo, el siguiente testimonio ilustra esta visión de la naturaleza como algo ajeno a lo humano: “mi idea de la naturaleza es justamente lo que está separado de la humanidad, porque justamente la humanidad, a pesar de ser seres que nacieron de la naturaleza, aprendimos a crear nuestras propias maneras artificiales, entonces nosotros no vivimos de una manera natural. En mi opinión nada en la sociedad humana es natural” (Calvelo et al., 2022, p. 11).
Otro elemento que nos permite reafirmar la persistencia de esta visión dualista de la relación sociedad-naturaleza y, por lo tanto, pensar en un imaginario instituido, es que la mayoría de las personas que entrevistamos, desvinculan la pandemia de la crisis ambiental. Atribuyen su origen a accidentes de laboratorio o fenómenos intrínsecos de la naturaleza, sin mediación humana. Solo un cuarto de los encuestados sitúa el origen en prácticas antrópicas sistemáticas como el avance sobre los ecosistemas. De este modo, el virus es percibido como un agente externo y fortuito, y no como la consecuencia de un modelo de apropiación de la naturaleza (ver Figura Nº 3).
Figura Nº 3. El mito del origen del COVID-19 para la sociedad argentina y la desconexión con causas antrópicas
Fuente: Autora a partir de van Aert et al., 2021, p. 53, con herramientas de IA NotebookLM, 2026.
Este dualismo se refuerza también en los discursos oficiales que predominaron durante la pandemia y que recurrieron, como señala Svampa (2021), a la retórica bélica, señalando al virus como un enemigo externo. Al omitir las causas socioambientales (deforestación, extractivismo), se refuerza la idea de que la pandemia es un evento fortuito y no una consecuencia del vínculo entre el capitalismo y la naturaleza.
En segundo lugar, frente a lo instituido, la pandemia también produjo espacios que caracterizamos como significaciones instituyentes (Baeza, 2000), es decir, nuevas formas de sentir y actuar que buscaron su lugar en lo social. Por ejemplo, hubo transformación de hábitos y el aislamiento incentivó prácticas concretas de reconexión con el entorno, tales como huertas domésticas, jardinería o la separación rigurosa de residuos. Asimismo, se vio en la crisis sanitaria una oportunidad de aprendizaje: “…creo que la pandemia desde ese lado nos hizo tener un buen frente digamos, un parate para decir ¿cómo estamos? qué es lo que dominamos y qué no, y que lo único que nos va a salvar es el cuidado del medio ambiente” (Calvelo et. al, 2022, p. 4). Entre esas micro transformaciones de las prácticas sociales, algunos testimonios destacaron cambios en la alimentación (como el vegetarianismo), mientras que el aislamiento incentivó la participación en reclamos ambientales e involucramiento en redes digitales para aprender e informarse sobre el cuidado de la naturaleza.
En tercer lugar, entramado con imaginarios instituidos e instituyentes en el marco de la crisis sanitaria, se observó una tensión entre el deseo de cambio y el sentimiento de fatalidad. Las opiniones de los entrevistados sobre el futuro de la relación con el medio ambiente se dividieron en tres posturas claramente definidas. Una amplia mayoría del 67% (con fuerte presencia de jóvenes) consideró deseable modificar este vínculo en el corto plazo, aunque con dudas sobre si este cambio sería real o un simple anhelo. En contraste, un 26% se mostró escéptico y afirmó que nada cambiará debido a la falta de rentabilidad de la naturaleza dentro del sistema actual. Esta postura es ilustrada por uno de los participantes al afirmar: “Al mundo no le importa más que hacer plata. Si no, liberarían las patentes de las vacunas... están queriendo colonizar Marte porque acá ya no pueden hacer más mierda nada” (Calvelo et al, 2022, p. 6). Finalmente, el 7% restante de las personas encuestadas se mostró completamente indiferente ante la situación.
Es decir. podemos indicar que se manifestaron diversas representaciones e imaginarios acerca del momento de la vivencia de la crisis sanitaria y en relación con expectativas de futuro en la pospandemia, en la relación sociedad-naturaleza.
Esta síntesis no indicaría de manera taxativa que persiste también una dualidad en las representaciones e imaginarios sobre la pandemia y la pospandemia en la sociedad argentina. Esto es, no se trata únicamente de imaginarios instituidos e imaginarios instituyentes en tensión. Hay grises, hay contradicciones y dinamismos. En efecto, la pandemia de COVID-19 funcionó como un agente externo que trastocó la arquitectura de significaciones de la modernidad: la estructura simbólica de ajuste basada en una modernidad ya en crisis (Baeza, 2015). Sin embargo, esta crisis no produjo una transición inmediata hacia una visión integrada de la vida, sino que generó una tensión entre diversas representaciones e imaginarios. Por un lado, se expresó una significación instituida donde la naturaleza es una exterioridad (74% de los casos) u objeto de consumo que oculta las causas ambientales de la crisis (Svampa, 2020). Por otro lado, se manifestó una significación instituyente, la cual buscaba una reconexión a través de prácticas concretas (huertas, gestión de residuos) que incluye una percepción joven (del 43%) que sí vincula el origen del virus al impacto antrópico. Pero también emergieron significaciones de fatalidad temporal, de escepticismo acerca de los posibles cambios en la pospandemia. La relación sociedad-naturaleza durante la pandemia quedó atrapada en lo que Baeza (2015) llama el imaginario de la inminencia de catástrofe. Ante la pérdida de una lógica proyectiva de la modernidad (el progreso, el avance), surgió un sentimiento de fatalidad que impedía la construcción de una “utopía mundana”. Esto explicaría por qué, aunque una mayoría deseaba un cambio, muchos adultos capitulan y delegan la transformación en las generaciones futuras y percibíanel presente como inexorable y la destrucción ambiental como una consecuencia inevitable del sistema capitalista.
Consideraciones finales
A diferencia de los planteamientos puramente teóricos o filosóficos sobre el impacto social de la pandemia (como los aportes de Agamben o Espinoza), este artículo ofrece un anclaje empírico situado en Argentina que, creemos, logra tipificar las percepciones del vínculo sociedad-naturaleza en tres categorías bien delimitadas (material, abstracta y utilitaria) y clasificar las posiciones subjetivas de la ciudadanía en tres sentidos relacionales (integración, interdependencia y separación). Esto demuestra empíricamente la persistencia del dualismo moderno en un contexto periférico, enriqueciendo la caracterización que la teoría general suele hacer de manera abstracta.
En la sociedad argentina se observaron diversas percepciones, valoraciones y temores en relación con la naturaleza durante la pandemia por COVID-19 y en la pospandemia, que permiten afirmar que las representaciones e imaginarios durante ese período se caracterizaron por la incertidumbre y la inexorabilidad del tiempo histórico dado por la excepcionalidad del período. Esto, podría significarse como una sintomatología social reactiva dado que la pandemia estuvo motivada en una acción antrópica extractivista.
La situación movilizó la estructura social. Respecto de la naturaleza, tal como vimos en los análisis de las dos investigaciones llevadas a cabo en Argentina, predominó una visión catastrofista durante el aislamiento porque se la percibió más o menos lejana, más o menos integrada al individuo y más o menos interdependiente de la acción social.
La pandemia, para la ciudadanía, generó que hubiera una mayor conciencia ambiental, evidenciada, entre quienes pudieron hacerlo, en prácticas como la creación de huertas y el manejo responsable de residuos e, incluso, una crítica hacia el sistema capitalista extractivista. Para la pospandemia, una mayoría expresó una expectativa de cambio y, por lo tanto, un deseo de vuelta y acercamiento hacia el entorno. La naturaleza, en esta idea de futuro mientras se estuvo aislado por motivos de la pandemia por la COVID-19, ya no se representó como un objeto de dominio o un escenario lejano, sino como un sistema vivo del cual dependía la supervivencia humana.
En los estudios antes mencionados, el entorno natural apareció representado como un espacio de sanación y libertad que fue redescubierto durante el aislamiento. En suma, la pandemia hizo evidente la interdependencia humana de la naturaleza, o el hecho de la vulnerabilidad sufrida ante un virus. Esto, al momento del encierro, llevó a reformulaciones tales como sentimientos de recuperación, de querer un acercamiento y cambiar las cosas. De igual modo, sin embargo, llevó a un escepticismo importante. Como advierte uno de los testimonios, aunque el “granito de arena” individual fuera necesario, la solución real dependía de decisiones políticas que fracturaran el extractivismo.
Los imaginarios y representaciones sobre la naturaleza construidos desde las vivencias de encierro variaron desde ideas de interdependencia y vulnerabilidad compartida (desestructuración temporal), catastrofismos, efectos o venganzas de la naturaleza contra un ser humano moderno llevado por la idea del progreso (fatalidad mítica del tiempo) y desesperanzas (ausencia de utopía). Estos tres elementos configuraron una arquitectura de la incertidumbre o desestructuración simbólica vivida en la pandemia y proyectada hacia la pospandemia (ver Figura 4). Los testimonios y datos obtenidos coinciden plenamente con la tesis de Baeza (2015) sobre el imaginario de la inminencia de la catástrofe (tonalidad apocalíptica). Ante la dislocación del tiempo moderno e instrumental, se manifestó una angustia existencial y un sentimiento de fatalidad mítica.
Figura Nº 4. Arquitectura de la incertidumbre de la sociedad argentina en la relación sociedad-naturaleza en pandemia y pospandemia
Fuente: autora con herramientas de IA NotebookLM, 2026.
Para comprender las reacciones sociales, Baeza (2015) propone que los momentos de incertidumbre son esfuerzos humanos por controlar el tiempo con fines prácticos. Recuperando su tesis acerca del tiempo como inexorable, podemos afirmar que la pandemia despertó un imaginario de catástrofe o tonalidad apocalíptica producto de un sentimiento de fatalidad y de ausencia de un pensamiento utópico o imaginante de futuros alternativos. Esta “capitulación de la utopía”, como la llama el sociólogo, se vincularía con la pérdida de la promesa de progreso de la Modernidad. Se genera entonces una dislocación o desestructuración de lo instituido. La pandemia de COVID-19 no solo representó una crisis sanitaria global, sino que actuó como un desestructurante material y simbólico de la arquitectura de significaciones que sostiene a la sociedad moderna, al haberse visto confrontada por un virus de origen zoonótico que alteró los modos de vida estatuidos.
Por otra parte, al recuperar a Svampa (2020), coincidimos en que el discurso oficial y hegemónico recurrió a una «retórica bélica» que ocultó las causas socioambientales de la pandemia —zoonosis por deforestación y destrucción de ecosistemas— para priorizar el fortalecimiento hospitalario y exceptuar del aislamiento a corporaciones extractivistas. Esta ocultación se refleja claramente en nuestros datos: un imaginario fuertemente dualista, donde el 74% de los entrevistados concibe la naturaleza como una exterioridad o escenario de esparcimiento ajeno a la actividad humana, y la mayoría desvincula el origen de la pandemia de la crisis ambiental (atribuyéndolo a accidentes de laboratorio o causas fortuitas).
Para finalizar, creemos que este trabajo aporta evidencia empírica a gran escala en un contexto excepcional, al triangular datos de dos redes de investigación consolidadas durante 2020 y 2021 (el estudio iberoamericano de la Red RIIR y el proyecto nacional ENCRESPA/PISAC), abarcando miles de encuestas y más de un centenar de entrevistas semiestructuradas y grupos focales en Argentina.
Evaluamos que esta reformulación de estudios durante y después de la pandemia por COVID-19 son útiles para pensar el tiempo presente, dado que el proceso de incidencia de la sociedad sobre el entorno en términos de usufructo de elementos de la naturaleza, ecológicos y ambientales siguió siendo utilitario y extractivista y, en relación con prácticas sociales cotidianas, así como de políticas, gobernanzas y gestiones públicas, no se transformó en demasía.
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Notas
[1] Doctora en Ciencias Sociales, Periodista y Licenciada en Comunicación Social. Docente e investigadora de la Universidad Nacional de La Pampa (Argentina). Coordinadora del Grupo de Trabajo “Conflictos ambientales, extractivismos e imaginarios” de la Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR, Universidad de Zaragoza).
[2] Las cinco fases del ASPO (Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio) en Argentina funcionaron como un esquema gradual para administrar la movilidad ciudadana frente a la pandemia. La Fase 1 (Aislamiento estricto) implicó un confinamiento total donde solo funcionaban los servicios esenciales; la Fase 2 (Aislamiento administrado) permitió las primeras excepciones laborales y geográficas; la Fase 3 (Segmentación geográfica) autorizó la reapertura de comercios bajo estrictos protocolos locales; la Fase 4 (Reapertura progresiva) habilitó la libre circulación vecinal y actividades exceptuadas de hasta el 75% de la población; y finalmente, la Fase 5 (Nueva normalidad) dio paso a la reactivación casi total de la economía y el esparcimiento, manteniendo restricciones solo para eventos masivos y espacios cerrados.
[3] Fueron declaradas personas y sectores esenciales durante la pandemia, aquellas cuyas actividades resultaban operativamente indispensables para garantizar la salud pública, la seguridad ciudadana, el abastecimiento básico y el funcionamiento de la infraestructura crítica del Estado. Esto se reglamentó mediante el Decreto de Necesidad y Urgencia N.º 297/2020 y sus posteriores ampliaciones, dictadas por la Jefatura de Gabinete de Ministros del gobierno de Argentina. Estas personas fueron: personal sanitario y de fuerzas de seguridad, las autoridades gubernamentales y judiciales de turno, los trabajadores de la cadena agroalimentaria y de comercios de proximidad, así como los prestadores de servicios públicos, logística, transporte de cargas y telecomunicaciones.