DOI: http://dx.doi.org/10.19137/huellas-2026-3009

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ARTÍCULOS
Las mujeres en la producción del hábitat rural construido con tierra en Amaicha del Valle, Tucumán, Argentina
Florencia Otegui[1]
Universidad de Buenos Aires /Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Pablo Dorado[2]
Universidad Nacional de Tucumán / Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Corina María Cattáneo[3]
Universidad Nacional de Tucumán / Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
RECIBIDO 15-02-2026
ACEPTADO 27-03-2026
Cita sugerida: Otegui, F., Dorado, P. y Cattáneo, C, M. (2026). Las mujeres en la producción del hábitat rural construido con tierra en Amaicha del Valle, Tucumán, Argentina. Revista Huellas, Volumen 30, Nº 1, Instituto de Geografía, EdUNLPam: Santa Rosa. Recuperado a partir de: http://cerac.unlpam.edu.ar/index.php/huellas
Resumen
La construcción de viviendas suele
concebirse históricamente como un ámbito masculinizado. Sin embargo, en Amaicha del Valle, la
arquitectura de tierra se desarrolla en un entramado comunitario con activa participación femenina.
Este trabajo analiza el rol de las mujeres en la producción del hábitat desde una perspectiva
de género y vida cotidiana, posicionando al espacio doméstico y sus dinámicas como
núcleo analítico, al constituir una pieza fundamental en la construcción y el
sostenimiento integral del hábitat rural. Basado en trabajos de campo (2017-2025) con entrevistas y
observación participante enfocadas en la construcción con tierra, el estudio evidencia que las
mujeres desempeñan roles centrales, proyectan espacios, transmiten conocimientos, gestionan recursos,
toman decisiones técnicas y elaboran materiales. Estas prácticas se articulan con actividades
productivas y reproductivas a su cargo, lo que conlleva un desafío todavía mayor. No obstante,
este protagonismo permanece invisibilizado bajo lógicas patriarcales vigentes. Al problematizar estas
tensiones, se aporta a las discusiones sobre la producción del hábitat mediante una mirada
situada, entrelazando la perspectiva de género y los modos de habitar propios del contexto
rural.
Palabras clave: Arquitectura rural; Comunidad Indígena; producción del hábitat; división sexual del trabajo; vida cotidiana.
Women in the production of rural earthen-built habitat in Amaicha del Valle, Tucumán, Argentina
Abstract
Housing construction has historically been viewed as a male-dominated field. However, in Amaicha del Valle, earthen architecture is developed within a community fabric featuring active female participation. This study analyses the role of women in the production of the built environment from a gender and everyday life perspective, positioning the domestic space and its daily dynamics as the analytical core, as it constitutes a fundamental element in the construction and overall sustainability of the rural built environment. Based on fieldwork (2017–2023) involving interviews and participant observation focused on earthen construction, the study highlights that women play central roles: they design spaces, transmit knowledge, manage resources, make technical decisions and prepare materials. These practices are intertwined with the productive and reproductive activities for which they are responsible, which poses an even greater challenge. However, this leading role remains invisible under prevailing patriarchal logics. By addressing these tensions, the study contributes to discussions on the production of habitat through a situated perspective, intertwining the gender perspective with the ways of living characteristic of the rural context.
Keywords: Rural architecture; Indigenous communities; Social production of habitat; Gender division of labour; Everyday life.
As mulheres na produção do hábitat rural construído em terra em Amaicha del Valle, Tucumán, Argentina
Resumo
A construção de habitações tem sido historicamente concebida como um domínio masculinizado. No entanto, em Amaicha del Valle, a arquitetura de terra desenvolve-se num tecido comunitário com participação feminina ativa. Este trabalho analisa o papel das mulheres na produção do habitat a partir de uma perspectiva de género e da vida quotidiana, posicionando o espaço doméstico e as suas dinâmicas quotidianas como núcleo analítico, ao constituir uma peça fundamental na construção e na sustentabilidade integral do habitat rural. Com base em trabalho de campo (2017-2023) com entrevistas e observação participante focadas na construção com terra, o estudo evidencia que as mulheres desempenham papéis centrais, projetam espaços, transmitem conhecimentos, gerem recursos, tomam decisões técnicas e elaboram materiais. Estas práticas articulam-se com atividades produtivas e reprodutivas a seu cargo, o que acarreta um desafio ainda maior. No entanto, este protagonismo permanece invisibilizado sob as lógicas patriarcais vigentes. Ao problematizar estas tensões, contribui-se para as discussões sobre a produção do habitat através de um olhar situado, entrelaçando a perspectiva de género e os modos de habitar próprios do contexto rural.
Palavras-chave: Arquitetura rural; Comunidade indígena; Produção do hábitat; Divisão sexual do trabalho; Vida quotidiana.
Introducción
La tecnología de construcción con tierra constituye un saber profundamente arraigado en la producción del hábitat rural en el noroeste argentino. En este contexto, sus prácticas constructivas trascienden el hecho físico de la obra y se configuran como una gestión integral de los recursos del territorio —suelos, agua, madera y fibras vegetales—, junto con conocimientos técnicos transmitidos de manera inter y transgeneracional en el ámbito de la construcción de viviendas. Esta articulación define las dimensiones técnicas, sociales y simbólicas de los modos locales de construir y habitar (Veliz, 2018; Otegui, Dorado, Rolón, 2022; Dorado, 2023; Otegui 2023). Desde una perspectiva que concibe la vivienda como parte de los procesos de producción social del hábitat, la acción de construir no se reduce a la edificación en sí misma; si no que se inscribe en un tejido de actividades cotidianas vinculadas a la construcción, el uso y el mantenimiento de los espacios habitados (Pastor, 2000; Tomasi, 2012; Racedo, 2016; Otegui et al., 2022).
La actividad de la construcción —incluso en el ámbito rural— se ha consolidado como una práctica predominantemente masculina (Marega, 2020; Ríos Paniagua y Román Onsalo, 2012; Román Onsalo, Ríos Paniagua, Traverso Cortés, 2013). Esta masculinización ha llevado a autores como Mejía (2017) a conceptualizar el entorno de la obra como un territorio simbólico y material regido por códigos androcéntricos, donde la presencia femenina es percibida a menudo como una excepcionalidad o una transgresión de los límites (Román Onsalo et al., 2013). En efecto, los roles de género son el resultado de una construcción histórica de estructuras de poder que varían según los contextos culturales donde se originan (Butler, 2007). Diversos estudios sobre el rol femenino en la arquitectura de tierra tensionan las narrativas androcéntricas. En trabajos realizados en diferentes contextos mundiales (Eyifa Dzidzienyo, 2012; Pickerill, 2015; Liu, Wan, Chi, Zhou, 2020) muestran que la agencia femenina no constituye un fenómeno aislado, sino una dimensión estructural en el sostenimiento del hábitat, frecuentemente invisibilizada. Asimismo, se sostiene que la construcción con tierra permite desafiar la supuesta necesidad de una fuerza física extrema (Tommei, Pérez, Martínez, y Pirozzi, 2019; Pickerill, 2015).
Esta revalorización de la agencia femenina a nivel internacional encuentra un correlato en los contextos rurales andinos. Aquí, la producción del hábitat, los procesos constructivos y los saberes asociados no se limitan a una ejecución técnica aislada, sino que se integran como actividades constitutivas de la vida familiar, doméstica y comunitaria. En este escenario, las mujeres asumen diferentes roles en la construcción con tierra de sus viviendas (Saiquita, 2020; Veliz, Barada, Saquita, Varela y Barbarich, 2023). Estas prácticas se desarrollan en el ámbito familiar y comunitario, allí la participación femenina adquiere características específicas y centrales (Cattáneo y Décima, 2023; Saiquita, 2020; Veliz, et al, 2023). No obstante, estas dinámicas han sido escasamente analizadas desde una perspectiva de género en los Valles Calchaquíes.
En este marco, y a partir de la convergencia entre los roles de las personas en la construcción y los procesos productivos y sociales, surge el interrogante central de este trabajo: ¿Qué rol desempeñan las mujeres en la producción integral —comunitario, social y material— del hábitat rural, y cómo se (re)configuran esos roles de género dentro de la cultura de la construcción con tierra en Amaicha del Valle?
El análisis se sustenta en un marco teórico que articula la noción de territorio, la división sexual del trabajo, las esferas de la vida cotidiana desde la psicología social y la perspectiva de género. Estos conceptos operan como una lente analítica transversal para interpretar los casos de estudio. A continuación, se desarrollarán de manera ampliada.
Los territorios, entendidos como una conceptualización multidimensional, surgen de la interacción entre la realidad geográfica, las percepciones individuales y las representaciones socioculturales, transformando el espacio físico en una extensión de la identidad y la memoria (Aliste, 2010). Asimismo, los territorios se constituyen como un agente activo, un instrumento ontológico de pertenencia y un factor dinámico que configura las relaciones sociales de las comunidades que lo habitan (Santos, Souza y Silveira, 2002; Saquet, 2003; Di Méo y Buleón, 2005).
División sexual del trabajo y vida cotidiana
La división sexual del trabajo, consolidada en la sociedad industrial,
relegó a las mujeres al ámbito doméstico y al trabajo reproductivo no remunerado,
reservando el espacio público y productivo para los varones (De Oliveira y Ariza, 1997; Valdivia,
2018). Esta segregación es paradigmática en la construcción, un sector donde se
invisibilizan los aportes femeninos al naturalizarse los saberes técnicos y la exigencia
física como capacidades intrínsecamente masculinas (Ríos Paniagua y Román
Onsalo, 2012; Román Onsalo et al., 2013), a la par que se desvalorizan las tareas de cuidado
(Muxí Martínez, 2017). Esta matriz opera como clave analítica para comprender a las
mujeres de Amaicha del Valle en la intersección del trabajo, la familia y el tiempo
libre.
El sincretismo de creencias y tradiciones
—en el que la cosmología andina se entrelaza con la religión católica y nociones
de complementariedad entre lo masculino y lo femenino— influye en la manera en que los habitantes de
Amaicha del Valle se apropian de sus territorios, organizan su vida cotidiana y la sociedad, y llevan a cabo
sus actividades productivas (Sabio Collado, 2013; Paredes, 2013; Arenas y Ataliva, 2017). En consecuencia,
la aparente ausencia de tiempo libre no debe interpretarse exclusivamente como un factor de desequilibrio
para la salud integral (Quiroga y Racedo, 2015), sino como la manifestación de una cosmovisión
arraigada; una práctica histórica y ancestral donde el sostenimiento del tejido social es
constitutivo de la identidad comunitaria (Arenas y Ataliva, 2021). Es precisamente en la cotidianeidad,
definida por sus espacios, tiempos y ritmos, donde se manifiestan las formas de posicionarse y
desenvolverse. Este enfoque permite visibilizar cómo se cristalizan los vínculos y las
relaciones de poder (Segato, 2007) en la práctica del construir.
Perspectiva de género e interseccionalidad en el hábitat rural
En las últimas décadas, las investigaciones sobre ruralidades vienen aportando a la problematización de las representaciones tradicionales, poniendo en evidencia que las mujeres desempeñan roles estratégicos en la construcción del hábitat (Saiquita, 2020; Veliz, et al, 2023). Diversos estudios han documentado su protagonismo en la gestión de los sistemas productivos, la administración de recursos territoriales y la articulación de redes de reciprocidad fundamentales para la sostenibilidad de las unidades domésticas (Logiovine, 2017; Pessolano, 2020; Camarero, 2023).
Bajo esta premisa, la perspectiva de género se constituye como una herramienta teórica indispensable para analizar los procesos de producción social del hábitat bajo criterios de equidad, diversidad e inclusión. Además permite poner en evidencia las desigualdades sociales, históricas y simbólicas que han moldeado las relaciones de poder (Czytajlo, 2018; García Vázquez et al., 2024). Esta mirada se complementa con el enfoque de la interseccionalidad, el cual permite comprender cómo el género se entrelaza con otras categorías como la etnia y la clase social (Crenshaw, 1989; Lugones, 2008). Resulta clave considerar que las experiencias de algunas mujeres están atravesadas por su identidad como comuneras indígenas, situándose en un entramado complejo de derechos territoriales, saberes ancestrales y una cosmovisión particular (Garbushian, 2022; Segato, 2007).
La teoría feminista expone los elementos de subordinación que privan a las mujeres de bienes y derechos (Bedia Cobo, 2005; Segato, 2007), señalando que en territorios rurales como el amaicheño, los cuidados invisibilizados son parte constitutiva de una estructura social arraigada. Esta “cadena de explotación” sitúa a las mujeres en una posición de desventaja, donde las tareas de cuidado asignadas a las comuneras aparecen naturalizadas en las dinámicas sociales del lugar (Garbushian, 2022).
Contexto sociocultural, ambiental y construcción con tierra en Amaicha del Valle
El estudio se localiza en Amaicha del Valle (Figura N° 1), donde coexisten una población diversa, integrada por comuneras y comuneros[4] pertenecientes a la Comunidad Indígena de Amaicha del Valle, residentes no comuneros y una población de estancia prolongada. En este contexto, la apropiación del territorio y la organización de la vida —tanto en su dimensión productiva como reproductiva—. La cosmología andina se entrelaza con la religión católica, definiendo lógicas sociales y formas particulares de transformar el entorno (Sabio Collado, 2013; Racedo, 2016 p.207; Arenas y Ataliva, 2017; Garbushian, 2022).
Figura N° 1. Localización de Amaicha del Valle: ubicación en la República Argentina, la región del Noroeste Argentino y el departamento Tafí del Valle, provincia de Tucumán

Fuente: Elaboración propia y registro fotográfico de las autoras y el autor.
Desde lo ambiental, esta zona se define por su marcada aridez con el predominio de la ecorregión del monte, donde prevalecen especies xerófilas como la jarilla y el cardón, junto a bosques de algarrobo y chañar. Esta vegetación nativa coexiste con especies introducidas que junto con la diversidad de suelos locales son aprovechados de manera estratégica. En su conjunto, estos recursos conforman un catálogo material y constituyen un sistema de conocimientos indisolubles de la cultura constructiva local, la cual es gestionada integralmente por las familias para la producción y reproducción de su hábitat (Perea, 1991; Otegui, 2023).
En este territorio, la arquitectura de tierra no es esencialmente mercantil sino que se manifiesta como una práctica de autoconstrucción y gestión comunitaria que sostiene el hábitat local. La mampostería de adobe y las cubiertas de torta de barro — y sus hibridaciones— constituyen componentes elementales de la arquitectura doméstica local (Figura N°2) (Sosa, 2011; Sosa y Latina, 2015; Rotondaro, 2016; Dorado, 2023).
Figura N° 2. Ejemplos de arquitectura doméstica construida con tierra en Amaicha del Valle. Se observan tipologías representativas del hábitat rural local
Fuente: Archivo personal de las autoras y el autor.
La práctica constructiva en el ámbito rural
La construcción con tierra implica un trabajo artesanal que abarca desde la gestión de las materias primas hasta la elaboración de los distintos componentes y elementos constructivos. Al entender la construcción como práctica, se reconoce que la materialidad resultante es el producto de un entramado de roles diferenciados —de mujeres y varones—, donde los gestos técnicos y el conocimiento se distribuyen entre los agentes según su posición en la organización productiva (Otegui et al., 2022). Comprender las prácticas constructivas exige analizar las relaciones sociales, el contexto territorial y la cultura constructiva en el que se inscriben (Tomasi et al., 2020), ya sea bajo la modalidad por contratación o por autoconstrucción —donde convergen redes familiares y comunitarias— (Dorado, 2023; Otegui et al., 2020). Esta perspectiva busca aportar al análisis de las decisiones técnicas, como actos sociales que cristalizan la división sexual del trabajo.
La investigación adoptó un enfoque cualitativo basado en el estudio de casos (Yin, 2003; Hernández-Sampieri et al., 2014). El corpus de datos se nutrió del trabajo de campo realizado entre 2017 y 2025 en Amaicha del Valle (Tucumán, Argentina) en el marco de las tesis doctorales de las autoras y el autor. Mediante observación participante (Guber, 2011), registros fotográficos, notas de campo y entrevistas semiestructuradas —con especial énfasis en las mujeres comuneras—, se seleccionaron cuatro casos significativos. Estos fueron elegidos por su capacidad para ilustrar las particularidades y tendencias de la producción del hábitat con tierra en este contexto rural.
El análisis de la información se estructuró a partir de la codificación de los datos según las dos modalidades de gestión predominantes (autoconstrucción y contratación local) y las distintas etapas de obra (proyección, elaboración de adobes, ejecución de mamposterías de adobes y mantenimiento). Finalmente, el corpus se examinó desde una perspectiva feminista e interseccional que articula la división sexual del trabajo con las nociones de territorio y vida cotidiana, posibilitando una interpretación situada de las prácticas constructivas y sus relaciones socioespaciales.
Vida cotidiana, división sexual del trabajo y construcción de la
vivienda amaicheña
En este apartado se presentan los resultados del análisis de las prácticas constructivas, en relación con la organización de la vida cotidiana y la división sexual del trabajo en la producción del hábitat rural amaicheño. A partir del estudio de casos, se analizan distintas instancias del proceso constructivo, las modalidades de producción de la vivienda, la proyección y el diseño de los espacios domésticos, la ejecución de la obra y la elaboración de adobes.
Las viviendas se configuran como espacios domésticos y productivos integrados, organizados comúnmente bajo la tipología de “vivienda rural”. Este tipo de vivienda constituye un sistema complejo en el que se articulan el uso del espacio, la organización de la familia extensa (Racedo, 2016, p.150), las actividades productivas y reproductivas y prácticas simbólicas, en estrecha relación con el entorno natural (Pastor, 2020). En este sentido, la disposición de los distintos módulos —cubiertos, semicubiertos y descubiertos, continuos o discontinuos— se proyecta según las necesidades del grupo doméstico y las actividades que allí se desarrollan. La presencia del “patio” como espacio central articula tareas domésticas, productivas y sociales. De este modo, la vivienda puede comprenderse como una unidad en la que se integran distintas esferas de la vida cotidiana —trabajo, familia y actividades comunitarias— (Quiroga y Racedo, 2007; Racedo, 2016; Pastor, 2000).
Tal como se ha observado a partir del análisis de los datos recolectados para este trabajo y en estudios previos de las autoras y el autor, la actividad de la construcción no se limita a un evento puntual, sino que se manifiesta como un proceso contínuo integrado a la diversidad de actividades productivas y laborales que desarrollan las familias. De esta manera, las viviendas se encuentran en un dinamismo constante —construcción, ampliación y/o mantenimiento—, adaptándose a los cambios en la composición familiar y sus actividades (Otegui et al., 2022; Dorado, 2023; Otegui, 2023).
Esas dinámicas se realizan principalmente a través de dos modalidades: la autoconstrucción —generalmente mediante gestión familiar o ayuda mutua— y la contratación informal de albañiles locales (Dorado, 2024). Estas modalidades no son excluyentes, sino que pueden coexistir y combinarse en distintos momentos del proceso constructivo. En los procesos de autoconstrucción, el “patio” se configura de manera temporal, o a veces permanente, en un espacio productivo asociado a la construcción. Este último es un espacio social y productivo donde se dispone la “cancha[5]” para el corte de adobes, para “tortear[6]” o “retortear[7]”. Además, se acopian varas para los envigados y se cultiva o almacena caña destinada a las cubiertas, entre otros elementos disponibles para la construcción. Esta configuración espacial es dinámica, los montículos de tierra, en ocasiones con agua, o las filas de adobes secándose al sol configuran el paisaje doméstico. En línea con Racedo (2016) y Garbushian (2022) es en este ámbito donde lo constructivo y lo productivo se solapan, superponiendose las esferas del trabajo, la familia y el tiempo libre. Para las mujeres amaicheñas, en su mayoría, la vivienda constituye el principal ámbito donde desarrollan sus actividades laborales —remuneradas o no— tales como la artesanía, el cuidado de las infancias y adultos mayores, la producción textil, la preparación de alimentos, la agricultura y la cría de animales. Otras mujeres trabajan fuera del ámbito doméstico, se desempeñan en tareas de cuidado, docencia u otros empleos estatales; a ello se suman las comuneras que migran por motivos laborales (Racedo, 2016), las cuales se ven obligadas a abandonar su vivienda.
Si bien la práctica constructiva no constituye una actividad sostenida de manera lineal ni permanente, sino que se desarrolla de forma intermitente y estacional; cuando esta se ejecuta se superpone con las tareas domésticas. Por el contrario, los varones habitan y participan en la construcción de estos espacios, su trayectoria laboral suele estar marcada por una lógica extra-domiciliaria. Sus actividades —changas, empleo estatal o albañilería— las realizan dentro y fuera de sus viviendas.
En los casos en los que se recurre a la contratación de mano de obra local remunerada, la composición de los grupos de trabajo es mayoritariamente masculina (Dorado, 2023). Esta configuración reproduce y evidencia la marcada hegemonía de los varones y consolida la segregación laboral señalada por Ríos Paniagua y Román Onsalo (2012). No obstante, se registró un caso que introduce matices a esta excepción: Doña Emma, quien se desempeña como contratista y lidera un equipo que, en ocasiones, implementa técnicas de construcción con tierra. Su rol se centra en la gestión integral del proceso constructivo, incluye la coordinación de recursos, la organización de tareas y la administración de los tiempos de obra. A diferencia de las prácticas desarrolladas en el ámbito doméstico, su actividad se inscribe en un circuito de trabajo remunerado. A través de su práctica, el trabajo de Doña Emma desafía el discurso androcéntrico predominante en los contextos de la construcción (Cattaneo y Décima, 2023; Tommei, Pérez, Martínez, Pirozzi, 2019; Veliz et al., 2023). Doña Emma no sólo asume la construcción como un trabajo remunerado fuera del ámbito doméstico, sino que además ejerce el liderazgo sobre equipos de obra. Si bien su trayectoria puede leerse como un caso excepcional en Amaicha del Valle, su accionar subvierte las lógicas del modelo hegemónico que masculiniza el rubro. Sin embargo, resulta relevante destacar que el grupo de trabajo que dirige está constituido por miembros de su círculo familiar —hijos, nietos y sobrinos— todos varones. Esta particularidad invita a reflexionar que su liderazgo se sustenta fundamentalmente en la fortaleza de los vínculos familiares y opera como “habilitante”. Este caso plantea un interrogante: ¿hasta qué punto este protagonismo es replicable fuera de las redes de parentesco? Si bien Doña Emma logra insertarse en el trabajo de albañilería remunerado y por fuera del hogar, lo hace acompañada de una estructura familiar masculina que legitima su jerarquía y su trabajo productivo extradomiciliario.
En los procesos de autoconstrucción, la organización del trabajo se estructura a partir de la dinámica del grupo familiar, vecinos y la comunidad que acompaña. Como tantas otras personas que habitan territorio amaicheño, Fernanda, José, su hija y su hijo, son residentes históricos. En palabras de Fernanda— eligieron vivir en este lugar y orientaron su proyecto hacia una “economía circular y sustentable”, vinculando la construcción con una ética del cuidado de su familia y del entorno, integrando sus actividades productivas en la vivienda —elaboración de artesanías, producción de comida y carpintería—. Durante años, la familia sostuvo un proceso de indagación y toma de decisiones acerca de dónde y cómo querían habitar, que incluyó el estudio de bibliografía técnica y la consulta a referentes locales, posicionando al conocimiento como pilar fundamental antes y durante la autoconstrucción de su casa. Aunque este sustento teórico fue el punto de partida, los protagonistas subrayan que el aprendizaje se consolidó en la práctica, Fernanda explicó que “el verdadero aprendizaje lo tuvimos cuando empezamos; cuando nos topamos con la necesidad de aprender y corregir sobre la marcha” (comunicación personal, noviembre 2024).
Desde la perspectiva de la vida cotidiana propuesta por Quiroga y Racedo (1988), la experiencia de autoconstrucción de Fernanda y José puede comprenderse como un proceso integral de producción, en el que se articulan trabajo y familia en el mismo espacio. La vivienda no se configura únicamente como un objeto material, sino como un entramado de prácticas que sostienen la vida cotidiana del grupo familiar y su actividad laboral. En este sentido, la autoconstrucción se inscribe en una lógica de habitar que integra dimensiones productivas y de cuidados, una característica recurrente en este contexto territorial específico. El caso de Fernanda y José se alinea con lo observado por Pessolano (2020), donde la organización espacial de la vivienda refuerza esta lectura: la ausencia de fronteras rígidas entre el espacio de trabajo y el doméstico permite una gran flexibilidad funcional, pero simultáneamente reproduce la superposición de responsabilidades que caracteriza la vida cotidiana de las mujeres. El rol asumido por Fernanda le permitió no sólo ejecutar la obra, sino proyectar una vivienda que funciona como un sistema productivo y reproductivo.
Diseño y gestión del espacio doméstico: la cocina y la cortada de adobes
En el marco de los procesos de ampliación y transformación de la vivienda, el caso de la construcción de la nueva cocina de Celia permite analizar cómo estos procesos se configuran a partir de la experiencia cotidiana, articulando necesidades funcionales, usos sociales y dimensiones simbólicas en la construcción del espacio. Celia es comunera y guía espiritual de la comunidad. Celia relata “soy la única mujer y 6 varones”, junto a su familia realizan diversas actividades productivas de subsistencia, cría de animales, trabajo agrícola y actividades vinculadas al turismo rural comunitario. Su vivienda fue construida junto a sus hijos y esposo y, a lo largo del tiempo, fue transformándose, en este contexto, Celia decidió proyectar y construir una nueva cocina (Figura N° 3), la decisión de ampliar y reconfigurar este espacio surge de necesidades vinculadas al habitar cotidiano y, a la intensificación de las actividades productivas, comunitarias y familiares. En relación con el diseño, Celia afirma:
el diseño es mío, acá yo soy la arquitecta. Mis hijos me dicen mamá vos sos la arquitecta. El diseño es mío, me gustó, lo que está por techarse (señala es espacio, Figura Nº 3) es una cocina comedor que tiene 5,00 por 12,00 m. Lo digo siempre, me gustó, el día de mañana quiero una cocina grande […]. Es redonda y aparte tiene un desnivel. Es redonda, medio circular, tiene dos escalinatas […] (Comunicación personal, diciembre de 2017).
La cocina proyectada adopta una forma circular —vinculado al simbolismo de la Madre Tierra (La Pachamama)—, con desniveles y escalones, y fue concebida por Celia como un espacio amplio destinado tanto a la preparación de alimentos como al encuentro familiar y comunitario. La planificación del proyecto incluyó la definición de dimensiones, la selección de materiales y la evaluación de su disponibilidad en el entorno. La gestión de los recursos —en términos de cantidades, calidad, tiempos de obtención e inversión económica— fue asumida de manera conjunta por los miembros de la familia. Un ejemplo significativo de esta planificación es el uso de álamos (Populus ssp.) destinados a la estructura del techo (varas), los cuales fueron previamente plantados por Celia en el patio de su vivienda.
Figura Nº 3: Arriba: Celia muestra y explica el proyecto y la obra de la cocina de su casa. Abajo: se observa el trabajo junto a su familia en la cortada de adobes en su vivienda

Fuente: archivo personal de las autoras y el autor, y de Celia Andrade.
La cocina, en tanto espacio estratégico del habitar, es pensada y diseñada por Celia a partir de su experiencia cotidiana, de sus necesidades y de su vínculo con el entorno. En este sentido, se proyecta este espacio superando decisiones meramente funcionales, es decir, se integran las dimensiones simbólicas, estéticas, funcionales y vinculares. El ámbito doméstico trasciende lo estrictamente familiar para inscribirse en la dinámica comunitaria, operando como escenario de reuniones de sociabilidad y festividades tanto católicas como andinas —como la Velada de Olla, la celebración de la Pachamama o el Encuentro de la Mujer Indígena—. Así, estas prácticas evidencian cómo los momentos de tiempo libre se orientan, en gran medida, al sostenimiento de actividades familiares, comunitarias y sociales.
La experiencia de la proyección y ejecución de la cocina, desde una perspectiva de género, pone en evidencia que las mujeres no sólo participan en tareas consideradas auxiliares dentro del proceso constructivo, sino que asumen roles de diseño, planificación y toma de decisiones. En el caso de Celia su participación en la definición del espacio, y la organización general de la obra da cuenta de un posicionamiento protagónico en la producción del hábitat doméstico construido. Luego la selección de materia prima, acondicionamiento y colocación, inscribe el rol de Celia en una lógica relacional que dialoga con las nociones andinas de complementariedad entre lo masculino y lo femenino, y el rol de los varones pareciera estar asociado a la colaboración y acompañamiento en la materialización del proyecto. Sin embargo, resulta pertinente problematizar que este rol protagónico de Celia se construye en relación con un espacio históricamente feminizado como la cocina, desde donde su experiencia cotidiana legitima su autoridad en la proyección, construcción y organización del espacio.
La elaboración de elementos constructivos —como los adobes para autoconstrucción y comercialización por encargo— forma parte de este entramado de prácticas, en el que se articulan saberes técnicos, disponibilidad de materiales y organización del trabajo en la vida cotidiana. La “cortada de adobes”, como se denomina localmente a la elaboración de estos mampuestos incluye una secuencia de etapas: la preparación del barro, el moldeado de los adobes y su posterior secado, acondicionamiento y acopio. En este contexto, Celia destaca la organización colectiva del trabajo y el conocimiento técnico que ella ha adquirido a lo largo del tiempo. Menciona el uso de “abono” —en referencia al estiércol de animales — como componente de la mezcla de barro. Ante la consulta sobre el tipo de abono utilizado, Celia señaló: “Abono de oveja es el que más usa para el adobe porque se compacta mejor que el de caballo o el de vaca, uno que se compacte más no se rompe el adobe” (Comunicación personal, diciembre 2017).
Además, sobre los tiempos de espera y la preparación del barro junto a sus hijos comentá:
Para cortar adobe cuando la tierra esté mucho más tiempo mojada, el adobe sale mucho mejor[…] cuando usted quiera mover un adobe de acá para allá y lo quiere trajinar no se rompe. El adobe es como una fruta, la fruta tiene que estar bien madura y lista para cosecharla para poder hacer un buen dulce porque si no, no sale un buen dulce. (Comunicación personal, diciembre 2017).
A partir de esta experiencia, queda de manifiesto el profundo conocimiento de un saber técnico especializado y su transmisión al interior del grupo familiar. Dicho conocimiento se materializa en la precisión que demanda la elaboración del adobe, abarcando desde la incorporación estratégica del estiércol hasta la gestión de los tiempos de estacionamiento indispensables para garantizar la calidad del material. Las mujeres disponen —desde su infancia— de saberes que se complementan provenientes de diferentes esferas productivas realizadas en el ámbito doméstico —la cría de ganado, producción agrícola y la producción de adobes—.
Al ser consultada acerca de la relación entre el costo de los adobes que comercializa y el tiempo requerido para su fabricación, la entrevistada sostiene:
Entonces lo tiramos desde acá (más o menos a la altura del pecho) entonces tira el adobe y se parte en mil pedazos y le digo ahora tire uno mío desde la misma distancia y no se partió. ¿Cuál es la diferencia? le pregunto, no es que me voy hacer rica con un adobe pero que entienda el trabajo -que implica- y cómo está hecho (comunicación personal, diciembre 2017).
Lo que relata Celia demuestra no sólo los conocimientos y habilidades que ella ha adquirido a lo largo de su trayectoria de trabajo, sino también su capacidad para evaluar y defender la calidad de los adobes que produce. A través de su experiencia, ha desarrollado un profundo entendimiento de los procesos necesarios para crear un elemento constructivo duradero y resistente.
Otro de los casos analizados es el de Cecilia y Saúl, cortaban adobes en el patio de su vivienda, donde disponían de un sector para la “cancha” de corte y el acopio (Figura N° 4). Durante al menos dos años, la familia se dedicó a la producción de adobes para la venta con el objetivo de generar ingresos para completar la construcción de su vivienda y de un local comercial. En este proceso participaban ambos integrantes de la pareja y, en algunas ocasiones, un familiar contratado por jornal.
Figura N° 4. Registro del proceso de cortada de adobes en la vivienda de Cecilia, desempeñando el rol de “barrera”

Fuente: registro de las autoras y el autor.
La organización del trabajo mostraba una división de tareas en la que Cecilia asumía el rol de “barrera”. Esta tarea incluye la hidratación del suelo, la incorporación de fibras vegetales y el batido del barro hasta alcanzar la plasticidad necesaria para la técnica constructiva correspondiente. Puede llevarse a cabo mediante pisado con botas o a pie, con herramientas manuales (pico y pala) o tracción animal con caballos. En su rol de "barrera", Cecilia se encarga del traslado del barro en carretilla hasta la cancha de moldeo. También asumió la tarea de raspado, para eliminar las rebabas y excedentes de material, así como las adherencias de tierra suelta o fibras. Estas labores culminaban con el control de calidad de los adobes previo a su acopio final.
Estas tareas de esfuerzo físico se articulan simultáneamente con el cuidado de sus hijos/as y con las responsabilidades domésticas cotidianas, evidenciando una sobrecarga de trabajo entre la cortada, el ámbito doméstico y el cuidado (Racedo, 2016, p. 185). El liderazgo de Cecilia en este proceso productivo no se limita a tareas de “ayuda” ni a terminaciones “livianas” —categorías que Eyifa-Dzidzienyo (2012) identifica como mecanismos de invisibilización que relegan el aporte femenino al ámbito de lo ornamental y lo secundario—, sino que se sitúa en el corazón de la producción de adobes, incluso en aquellas labores de mayor exigencia física.
Reflexiones finales
Las distintas actividades vinculadas a la construcción con tierra —entre ellas, la proyección y ejecución de obra, las tareas de mantenimiento, la elaboración de adobes, la gestión de materiales y la preparación del barro— permiten profundizar el análisis de la división sexual del trabajo y su articulación con la vida cotidiana de las mujeres que intervienen en la arquitectura de tierra en Amaicha del Valle, premisa que motoriza este trabajo. Estas actividades constituyen una clave analítica para problematizar cómo las esferas del trabajo, la familia y el tiempo libre se encuentran estrechamente entrelazadas en la vida cotidiana, dando lugar a una superposición de tareas que involucran esfuerzo físico, organización y cuidado.
Resulta indispensable destacar, visibilizar y valorizar el rol activo que tienen las mujeres amaicheñas, no sólo por su intervención directa en las distintas etapas técnicas, sino también por el conocimiento específico que poseen sobre los materiales, los tiempos y las condiciones necesarias para garantizar la calidad de las obras, aún en presencia masculina. Sin embargo, en los casos de Fernanda, Cecilia y Celia, al ser actividades que se desarrollan en el ámbito doméstico y familiar, estas prácticas son naturalizadas como parte de las responsabilidades cotidianas asignadas al género, lo que contribuye a que su aporte sea escasamente reconocido como trabajo técnico en la producción del hábitat rural. Aunque los varones suelen concentrar las tareas asociadas al esfuerzo físico, extradomiciliarias y remuneradas, el análisis de los casos muestra que la construcción con tierra depende de una red de acciones articuladas en la que la participación femenina no puede ser entendida como auxiliar, sino como indispensable. Desde una mirada holística, las mujeres cumplen un rol fundamental como transmisoras de saberes técnicos y simbólicos, asegurando la (re)producción intergeneracional de las prácticas constructivas en el seno de la familia y la comunidad.
Asimismo, su aporte trasciende el espacio de la obra y adquiere una dimensión comunitaria más amplia. Su rol en la organización de la vida cotidiana y en la producción y trasmisión de conocimientos fortalece el tejido social y contribuye a la preservación y continuidad de la cultura constructiva con tierra y, por lo tanto, la identidad amaicheña. No obstante, estos aportes continúan siendo subvalorados y poco reconocidos, en la medida en que se inscriben en espacios y prácticas históricamente feminizadas, donde las fronteras entre trabajo productivo y reproductivo permanecen difusas.
Tal como señalan los estudios sobre división sexual del trabajo y cuidados, la centralidad de las mujeres en la planificación y gestión del espacio doméstico no implica necesariamente una redistribución equitativa de las responsabilidades ni del reconocimiento social del trabajo realizado. En las actividades de trabajo remunerado en la construcción predomina casi exclusivamente la contratación de hombres, lo que evidencia la persistencia de una estructura patriarcal profundamente arraigada en esta industria. En el ámbito rural e indígena amaicheño, el tiempo libre de las mujeres se ve destinado directamente a las tareas productivas, reproductivas, actividades comunitarias y de participación colectiva que forman parte constitutiva de la vida social. El análisis del rol de las mujeres en las prácticas del construir nos permitió identificar la superposición temporal y espacial de las esferas productivas, reproductivas y comunitarias. En este sentido, las nociones de complementariedad entre lo masculino y lo femenino —frecuentemente asociadas a cosmologías andinas— no garantizan por sí mismas relaciones de género igualitarias, sino que pueden coexistir con arreglos sociales que naturalizan la sobrecarga femenina y limitan el reconocimiento pleno de los saberes técnicos y de las decisiones constructivas asumidas por las mujeres Así, los casos analizados no expresan necesariamente una ruptura de las relaciones de género desiguales del orden patriarcal, capitalista y colonialista, sino una forma situada de su reproducción, que se manifiesta en el interior de una organización social donde la producción del espacio doméstico continúa profundamente feminizada y escasamente valorada como trabajo constructivo y productivo en sentido estricto.
Finalmente, entendemos que la persistente desvalorización del aporte de las mujeres en la construcción con tierra radica, paradójicamente, en su capacidad de integrar las esferas doméstica, productiva y comunitaria. Lo que constituye un trabajo productivo continúa siendo relegado y no reconocido. Por lo tanto, resultan fundamentales los aportes de la perspectiva de género para observar el mundo aportando imágenes nuevas de los territorios, reconfigurando los roles y poniendo el acento en los puntos de origen desde donde surgen las relaciones de género que oprimen y ponen en desventaja a las mujeres dentro del contexto rural.
Agradecimientos
A las comuneras y los comuneros que aportaron información para este trabajo, abrieron las puertas de sus hogares y nos permitieron acompañarles en sus labores cotidianas. En particular agradecemos a Celia, Fernanda, Cecilia y sus familias, y a todas aquellas comuneras que resisten con su cuerpo y voz en el territorio amaicheño.
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Notas
[1] Doctora en Ciencias Biológicas por la Universidad de Buenos Aires. Becaria Postdoctoral InMIBO-CONICET-UBA. Docente del Departamento de Biodiversidad y Biología Experimental de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.
[2] Doctor en Arquitectura y Arquitecto (FAU-UNT) y Becario Postdoctoral de CONICET (INTEPH). Investiga la integración regional, clusters productivos y la organización social del trabajo en los Valles Calchaquíes y de Tafí (Tucumán). Miembro de la Red Iberoamericana PROTERRA.
[3] Arquitecta. Doctoranda en Ciencias Sociales con orientación en Geografía en Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, Becaria Doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones Territoriales y Tecnológicas para la Producción del Hábitat.
[4] Se define como comuneras y comuneros a las personas que se auto reconocen como miembros de la Comunidad Indígena de Amaicha del Valle. Esta condición de pertenencia, basada en el derecho y la autoidentificación habilita a los individuos a participar en la asamblea comunitaria, máxima autoridad de decisión y gobierno según los estatutos de la Comunidad (Constitución Política de la Comunidad Indígena de Amaicha del Valle, 2004).
[5] Se denomina “cancha” al espacio destinado al moldeado de los adobes. Generalmente consiste en una superficie de tierra apisonada que se limpia previamente para evitar que se adhieran ramas, fragmentos vegetales u otros residuos que puedan afectar la calidad del mampuesto.
[6] Se denomina “torteado” a la ejecución de la capa de barro en los techos. Consiste en preparar el barro, subirlo al techo y distribuirlo en una única capa de aproximadamente 10 cm.
[7] Se denomina “retorteado” a la ejecución de aplicar una capa de barro sobre el techo de tierra (torteado) con el fin de mantener su integridad estructural frente a procesos de degradación provocados por agentes erosivos, como lluvias y vientos. Esta práctica de mantenimiento suele realizarse con una frecuencia anual o bianual, según las condiciones climáticas y el estado de la cubierta.