Lorente Queralt, Núria. “Cuerpos que narran, lenguas que median: la Malinche en Amor y conquista (1999), de Marisol Martín del Campo”. Anclajes, vol. XXX, n.° 3, septiembre-diciembre 2026, pp. 207-27.
https://doi.org/10.19137/anclajes-2026-30312

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional
ARTÍCULOS
Cuerpos que narran, lenguas que median: la Malinche en Amor y conquista (1999), de Marisol Martín del Campo
Núria Lorente Queralt
Universidad de Valencia
España
ORCID: 0000-0001-9002-9664
Fecha de recepción: 06/10/2025|Fecha de aceptación: 21/05/2026
Resumen: La novela Amor y conquista (1999), de Marisol Martín del Campo, reescribe la figura de la Malinche desde una perspectiva indígena y de género. A través de una narración coral y un lenguaje estilizado que remite a estructuras discursivas originarias, la novela da voz a los vencidos y reconstruye críticamente la figura de Malinalli. Lejos de una traidora, se presenta como mujer consciente, mediadora cultural y símbolo del mestizaje. Se examina esta reescritura en diálogo con los discursos que han fijado históricamente la imagen de la Malinche, para mostrar cómo la ficción contemporánea problematiza los regímenes de representación de la mujer indígena en el imaginario nacional.
Palabras clave: Marisol Martín del Campo; Malinche; Literatura poscolonial; Crítica literaria; Siglo XX
Narratives and Mediated Speech: La Malinche in Amor y conquista (1999) by Marisol Martín del Campo
Abstract: The novel Amor y conquista (1999), by Marisol Martín del Campo, rewrites the figure of La Malinche from an Indigenous and gender-based perspective. Through a polyphonic narration and stylized language echoing native speech patterns, the novel gives voice to the conquered and critically reconstructs the figure of Malinalli. Rather than a traitor, she emerges as a self-aware woman, cultural mediator, and symbol of mestizaje. The article examines this reconfiguration in dialogue with the discourses that have historically shaped the image of La Malinche, showing how contemporary fiction challenges the regimes of representation of Indigenous women in the national imaginary.
Keywords: Marisol Martín del Campo; La Malinche; Postcolonial Literature; Literary Criticism; 20th Century
Corpos que narram, línguas que mediam: A Malinche em Amor y conquista (1999), de Marisol Martín del Campo
Resumo: O romance Amor y conquista (1999), de Marisol Martín del Campo, reescreve a figura da Malinche a partir de uma perspectiva indígena e de gênero. Por meio de uma narrativa coral e de uma linguagem estilizada que remete a estruturas discursivas originárias, o romance dá voz aos vencidos e reconstrói criticamente a figura de Malinalli. Longe de ser uma traidora, ela é apresentada como uma mulher consciente, mediadora cultural e símbolo da mestiçagem. O estudo analisa essa reescrita em diálogo com os discursos que fixaram históricamente a imagem da Malinche, para mostrar como a ficção contemporânea problematiza os regimes de representação da mulher indígena no imaginário nacional.
Palavras-Chave: Marisol Martín del Campo; Malinche; Literatura pós-colonial; Crítica literária; Século XX
Introducción. Genealogías en disputa: mujeres, escritura e historia en la relectura del periodo colonial
Arrojada, expulsada
del reino, del palacio y de la entraña tibia
de la que me dio a luz en tálamo legítimo
y que me aborreció porque yo era su igual
en figura y en rango
y se contempló en mí y odió su imagen
y destrozó el espejo contra el suelo.
Yo avanzo hacia el destino entre cadenas
y dejo atrás lo que todavía escucho:
los fúnebres rumores con los que se me entierra.
Y la voz de mi madre con lágrimas ¡con lágrimas!
que decreta mi muerte
Rosario Castellanos, 185–6
En el contexto de las relecturas contemporáneas del periodo colonial latinoamericano, la narrativa ha desempeñado un papel fundamental como espacio de reescritura simbólica del pasado, especialmente la novela histórica y otras formas ficcionales que reescriben el archivo colonial. Este fenómeno no responde solo a una voluntad revisionista, sino que forma parte de un proceso más amplio de interrogación crítica en torno a las formas en que la historia oficial ha construido sus figuras fundacionales. En ese marco, las mujeres novohispanas, con frecuencia relegadas a los márgenes del archivo o confinadas a roles arquetípicos, han comenzado a ocupar una posición central en numerosas obras de ficción literaria, especialmente desde una perspectiva feminista e interseccional.
Este gesto se inscribe en un doble movimiento. Por un lado, responde al impulso de los estudios decoloniales y de género, que desde las ciencias sociales y las humanidades han propuesto una revisión crítica de los relatos historiográficos canónicos. Por otro lado, este desplazamiento responde a una pulsión estética y política dentro del campo literario contemporáneo: la necesidad de reimaginar subjetividades históricas que, aun cuando se encuentran documentadas en el archivo colonial —principalmente a través de crónicas, relaciones y textos administrativos—, han sido fijadas por la tradición narrativa en representaciones estereotipadas, asociadas al exotismo, la pasividad, la abnegación o la traición. Frente a estas configuraciones reductoras, la narrativa contemporánea, en particular aquella escrita por mujeres o desde posiciones disidentes, ha desarrollado estrategias poéticas concretas —como la polifonía, el monólogo interior, la reescritura del archivo, la focalización desde el cuerpo y la hibridez lingüística— que permiten reconstruir dichas subjetividades desde una exploración ficcional del deseo, el conflicto y la agencia situada. Todo ello es posible en tanto se desplaza el punto de vista del relato desde el vencedor hacia los sujetos históricamente subordinados.
La noción posmodernista de fictocrítica, desarrollada inicialmente por Jeanne Randolph y después aplicada por Amanda Nettelbeck y Heather Kerr a escritoras australianas y más recientemente por Michael Taussig, resulta muy útil para el análisis de la narrativa histórica contemporánea en clave latinoamericana[1]. Este enfoque sostiene que quien escribe no se limita a narrar hechos históricos, más bien deconstruye la historia existente y la reconstruye de manera crítica, y utiliza la ficción como herramienta para abrir nuevas posibilidades interpretativas y cuestionar las versiones oficiales o tradicionales del pasado[2]. Este proceso permite al autor contemporáneo explorar dimensiones olvidadas o silenciadas, dar voz a sujetos históricamente marginalizados y abrir la puerta a interpretaciones alternativas de los acontecimientos. La ficción, en este caso, se utiliza como un recurso narrativo, al tiempo que como un instrumento de reflexión crítica, capaz de revelar tensiones, ambigüedades y contradicciones en la manera en que la historia ha sido contada y entendida.
En esta línea, las figuras femeninas novohispanas han dejado de ser objetos de representación para convertirse en sujetos narrativos capaces de interpelar los cimientos mismos de la memoria histórica[3]. Se reconfigura así la imagen de la monja letrada, de la curandera mestiza, de la esclava africana o de la beata visionaria como nodos de tensión entre el orden colonial y las formas de resistencia cultural, en una lectura que persigue complejizar los marcos interpretativos desde los cuales estas figuras han sido comprendidas hasta ahora[4].
Entre las representaciones que han recibido una atención crítica sostenida, la figura de la Malinche ocupa un lugar destacado. Su presencia en la narrativa contemporánea ha sido objeto de múltiples resignificaciones debido a la carga simbólica que su identidad concentra: traductora, mediadora, esclava, madre del mestizaje, traidora, víctima o agente ambivalente[5]. Su carácter liminal, atravesado por ejes de género, etnicidad y poder colonial, la convierte en una mujer particularmente interesante para pensar la relación entre cuerpo femenino, violencia epistémica y fundación nacional. La Malinche encarna, en este sentido, una topología narrativa desde la cual es posible interrogar la historia de la conquista, al tiempo que también las formas en que dicha historia ha sido codificada y reproducida en el imaginario cultural latinoamericano. Al hilo de todo ello, se examinará cómo ciertas narrativas contemporáneas reconfiguran la imagen de la Malinche en el marco de una relectura crítica de las mujeres novohispanas. A través del análisis de Amor y conquista. La novela de Malinalli mal llamada la Malinche, de Marisol Martín del Campo (1999), se busca problematizar los regímenes de representación que han modelado el lugar de la mujer indígena en el discurso nacional mexicano[6].
Metodología. Género, cuerpo e historia en la relectura de Malinalli
Desde una perspectiva interdisciplinaria que articula herramientas provenientes de los estudios literarios, la crítica feminista y los enfoques decoloniales, este trabajo aborda la representación de figuras femeninas novohispanas en la narrativa contemporánea.
En particular, se propone un análisis detallado de la novela Amor y conquista. La novela de Malinalli mal llamada la Malinche, de Marisol Martín del Campo (1999), como caso representativo de los procesos de reconfiguración simbólica en torno a la identidad de Malinalli Tenépatl. La elección de esta obra responde a varias razones. En primer lugar, se trata de una novela que asume de forma explícita la tarea de intervenir en el imaginario cultural en torno a la Malinche, con una voluntad crítica de desarticular los estereotipos que históricamente han condicionado su recepción. En segundo lugar, el texto se sitúa en una coyuntura particular de la narrativa mexicana de fin de siglo XX, marcada por el auge de escrituras de mujeres que retoman episodios históricos para elaborar discursos alternativos sobre la nación, la identidad y el cuerpo femenino. Finalmente, la novela de Martín del Campo articula con particular eficacia recursos narrativos, tales como el monólogo interior, la alternancia temporal y la hibridez lingüística, que permiten explorar la subjetividad de Malinalli desde una perspectiva situada.
Desde el punto de vista metodológico, el análisis se centra en tres dimensiones principales del texto. En primer lugar, se examina la construcción de la voz narrativa y su relación con la agencia femenina: se indaga cómo la novela produce un “yo ficcional” que subvierte la pasividad atribuida tradicionalmente a la figura femenina y le otorga una interioridad compleja, escindida entre lenguas, culturas y lealtades. En segundo lugar, se analiza el uso de estrategias retóricas y estructurales que permiten tensionar el relato histórico oficial, como la fragmentación temporal, la evocación del mito y la reescritura del archivo[7]. Finalmente, se aborda la dimensión simbólica del cuerpo en la novela, al entender que, en el caso de figuras como Malinalli, la corporalidad es un lugar de inscripción privilegiado de las violencias coloniales y de las disputas discursivas sobre el mestizaje (Lorente 24).
A través de este enfoque, se busca interpretar la novela de Martín del Campo como un ejercicio de ficcionalización histórica y situarla como una intervención crítica en los discursos culturales que han construido a la Malinche como figura ambigua dentro del imaginario nacional (González Hernández 15). En ese sentido, el análisis literario no se limita al plano formal o temático, sino que atiende también a las condiciones de producción simbólica, histórica y política en las que se inscribe esta representación.
Es fundamental destacar que esta aproximación metodológica se enmarca en un diálogo constante con el contexto sociopolítico y cultural que rodea la producción literaria de finales del siglo XX en México. La novela Amor y conquista se inscribe en un momento de transformación del campo literario y cultural, en el que voces femeninas emergentes reconfiguran relatos fundacionales desde una perspectiva crítica y reivindicativa. En este sentido, resulta imprescindible situar la obra dentro de este entramado de discursos que tensionan las narrativas hegemónicas sobre la conquista y la identidad nacional, para visibilizar cómo la ficción puede funcionar como espacio de resistencia y resignificación. La perspectiva interdisciplinaria facilita, por tanto, una lectura que examina la construcción literaria de Malinalli, al tiempo que también pone en relieve las tensiones inherentes a los procesos de memoria histórica y las disputas simbólicas que atraviesan el relato colonial y su reapropiación contemporánea.
Asimismo, la metodología aplicada prioriza la relación entre el lenguaje y el poder en la novela, ya que la representación de Malinalli se articula en el contenido narrativo, pero, sobre todo, en el uso específico de recursos lingüísticos que reflejan y cuestionan las estructuras coloniales de dominación y exclusión. Esta dimensión se articula con un análisis del cuerpo como lugar de resistencia y sitio de inscripción de las violencias históricas, particularmente en el caso de las mujeres indígenas cuyos relatos han sido sistemáticamente silenciados o distorsionados. De este modo, el análisis de la novela incorpora la lectura crítica de las materialidades del texto —su estructura, voces narrativas y estrategias discursivas— para evidenciar cómo Martín del Campo despliega una escritura que problematiza las identidades fijas y esencialistas, y subraya, en cambio, la ambigüedad. Así, el trabajo busca contribuir a los debates contemporáneos sobre la reconfiguración de identidades coloniales desde una escritura feminista y decolonial, lo que posiciona a Amor y conquista como una obra emblemática para comprender la complejidad de la memoria histórica y la identidad en América Latina.
La construcción fundacional del personaje: archivo, mediación y conquista
La figura de Malinalli Tenépatl, conocida posteriormente como doña Marina y canonizada en el imaginario nacionalista como “la Malinche”, se constituye desde el inicio como un cuerpo textualizado por el discurso colonial. Su irrupción en el relato de la Conquista no es tanto la de un personaje histórico con agencia propia, más bien la de una función narrativa que responde a las necesidades de legitimación del discurso imperial. Una inscripción significativa en el corpus colonial ocurre en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, crónica compuesta hacia 1568 y considerada una de las fuentes más influyentes en la configuración simbólica de la conquista de México. En esta obra, doña Marina aparece nombrada recurrentemente, aunque siempre mediada por una doble condición: la de intérprete indispensable y la de mujer indígena incorporada al dispositivo colonial a través del lenguaje, la conversión y la sexualidad.
Díaz del Castillo reconoce su papel esencial en la comunicación entre Hernán Cortés y los diversos pueblos indígenas, pero lo hace en términos que enfatizan su utilidad táctica antes que su subjetividad. La célebre frase “y así, con esta lengua que teníamos, doña Marina, sabíamos todo lo que queríamos de la tierra” (Díaz del Castillo 111) condensa la lógica instrumental que atraviesa su representación: Malinalli no es interlocutora, es sobre todo herramienta de mediación, puente sin voz propia, vehículo para la acción de los otros.
A lo largo de la crónica, doña Marina es referida más de cien veces, lo que da cuenta de su importancia estructural en el relato. Su voz está ventriloquizada por el cronista, quien se vale de su presencia para reforzar la verosimilitud del relato y legitimar la empresa conquistadora como una empresa también comunicativa. En ese sentido, la figura de Malinalli funciona como uno de los mecanismos más eficaces para justificar la acción de la Conquista bajo el signo de la comunicación y la diplomacia. El hecho de que Díaz del Castillo insista en su bautismo, en su lealtad a Cortés y en su posterior maternidad —“y tuvo de él un hijo” (113)— ilustra la manera en que la crónica anticipa su conversión en emblema del mestizaje.
Sin embargo, en ciertos momentos, el cronista introduce una dimensión valorativa que resalta su eficacia, su compromiso con la causa española e incluso su astucia en situaciones de peligro o negociación. Este reconocimiento se apoya en una atribución implícita de virtudes tradicionalmente asociadas al mundo masculino: esfuerzo, racionalidad estratégica, lealtad bélica. En el retrato admirado llega a sostener: “Doña Marina, con ser mujer de la tierra, qué esfuerzo tan varonil tenía, que con oír cada día que nos habían de matar y comer nuestras carnes ... jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer” (“Personajes femeninos” 182)[8]. Malinalli es masculinizada simbólicamente, como si su competencia solo pudiera ser explicada o admirada mediante la transgresión de su género, pues su esfuerzo lejos de ser leído como una forma específica de agencia femenina, es validado mediante la analogía con el valor masculino.
No anula por ello su condición femenina; mantiene y reafirma su identidad como mujer, nombrándola persistentemente como Marina y aplicándole el tratamiento honorífico de doña: “La causa de haberle puesto aqueste nombre es que, como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía, especialmente cuando venían embajadores o pláticas de caciques ... y para ser más breve, le llamaron Malinche” (203). Al preservar su nombre femenino, Bernal no libera a Marina de los roles de género, lo que hace es rearticularlos para convertirla en modelo de sumisión eficaz.
En su condición de intérprete, mediadora y confidente de Hernán Cortés, doña Marina es presentada como un componente esencial de la maquinaria de la conquista: “sin ella no podíamos entender la lengua de Nueva-España y México” (103). El cronista la eleva como pieza imprescindible de los logros españoles, subrayando su inteligencia, su habilidad lingüística y su eficacia política, cualidades que no escapan a la lógica de apropiación: la figura admirada de Marina es también la figura instrumental, la que habilita la expansión del poder español sin poner en cuestión su legitimidad. Así se expresa en la crónica: “como doña Marina en todas las guerras de Nueva-España, Tlascala y México fue tan excelente mujer y buena lengua ... a esta causa la traía siempre Cortés consigo” (102).
El cronista insiste en destacar su papel en los momentos decisivos de negociación, rendición o conflicto armado, lo que la convierte en una especie de garante lingüístico y moral del avance español. Díaz del Castillo parece consciente de esta centralidad, pero la representa bajo los términos de una lealtad ejemplar, lo que la transforma en un símbolo de legitimación del dominio español: una indígena que, lejos de resistirse, colabora con inteligencia y entrega. Así, la figura de Marina encarna una política de la admiración colonial, en la que el reconocimiento no equivale a emancipación, sino a incorporación funcional. La traducción se inscribe así en una relación de poder profundamente asimétrica: el mediador indígena no solo traduce entre lenguas, sino que es traducido por el discurso colonial.
Ese retrato admirado de doña Marina, presente de manera central en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y reproducido con variaciones en otras crónicas menos difundidas del siglo XVI, sienta las bases para una lectura ambigua que persiste a lo largo de los siglos. Como ha señalado González Hernández (76-7), esta representación temprana, que la exalta por su lealtad, habilidad y eficacia en el proceso de conquista, es precisamente el sustrato argumental que, con el tiempo, se invierte para justificar su posterior condena. Es decir, el mismo gesto que en el discurso colonial se interpreta como valentía, cooperación y utilidad, es reinterpretado en clave de traición en el marco de una historia nacional que, en el siglo XIX, comienza a construir sus mitos fundacionales sobre las oposiciones binarias de patria y enemigo, fidelidad y entrega[9].
Este desplazamiento, que revela cómo el relato sobre doña Marina ha operado históricamente como un campo de batalla ideológico, no es otra cosa que la reacción ansiosa de un Estado nación en formación que necesita figuras ejemplares para su narrativa heroica y villanas útiles para explicar sus fracturas. Así, la Malinche del siglo XIX es ya una figura distorsionada por la necesidad de representar lo que se rechaza del propio origen: la alianza con el conquistador, la ambigüedad del mestizaje, la feminidad vista como lugar de entrega. En esta nueva configuración, la imagen de doña Marina deja de ser instrumento del poder imperial para convertirse en antagonista simbólica del imaginario nacional y transformar, así, su colaboración en un tipo de pecado fundacional.
Además, como advierte Beatriz Aracil (“Imágenes de la Malinche” 18), la etiqueta negativa que comienza a fijarse sobre la figura de la Malinche no se sustenta solo en su papel como aliada del invasor, sino que se ve intensificada por el marco ideológico y narrativo que el siglo XIX impone sobre las mujeres con agencia en los relatos históricos. En ese contexto, toda mujer que ocupa el centro de la acción y exhibe algún grado de decisión o autonomía es forzosamente inscrita en una lógica dicotómica que la reduce a ser movida en exclusiva por el amor o el deseo (Monsiváis 188). La agencia femenina, inaceptable como ejercicio de poder racional o político, debe ser explicada a través de pasiones privadas y esencializadas. Bajo este prisma, la presencia de Malinalli en el relato histórico queda encuadrada en dos modelos excluyentes: o bien se la lee como la heroína romántica que, ciega de amor por Hernán Cortés, traiciona a su pueblo sin conciencia plena de sus actos (Spitta 157), o bien como la figura hipersexualizada que entrega no solo su cuerpo, sino también su lealtad, al conquistador extranjero (Manrique 30). No es casual que ambas versiones —la romántica y la lasciva— remitan a arquetipos que han servido históricamente para controlar y deslegitimar la presencia de las mujeres en la esfera pública: la enamorada irracional y la seductora peligrosa. En ambos casos, la Malinche es despojada de toda capacidad política o estratégica; su papel como mediadora, traductora e interlocutora con poder es minimizado o subsumido bajo una narrativa emocional y genitalizada. Así, la historia la castiga por colaborar con los españoles, pero, sobre todo, por haberlo hecho desde un cuerpo de mujer que desafía los límites impuestos por el ideal femenino decimonónico, pasivo, abnegado y subordinado (Gómez de Orosco 19).
Llegado el siglo XX, la figura de la Malinche deja de estar sujeta a una interpretación unívoca y se convierte en un campo de disputa simbólica desde el que se articulan nuevas formas de comprender la historia, el género y la identidad. Aunque la carga negativa que arrastra desde el discurso nacionalista decimonónico continúa vigente, comienzan a emerger relatos que revisan su papel como una clave para comprender “el profundo atropello cometido contra los pueblos originarios” (Aracil “Personajes femeninos” 20). En este nuevo horizonte de lectura, incluso su condición de traidora puede ser resignificada: como síntoma de una estructura de dominación colonial que le impuso un rol funcional desde el que no era posible ejercer una voluntad libre. Así, la Malinche se presenta como una figura ambivalente, escindida entre la seducción y la fascinación, que interpela a la historia desde el margen y la grieta cuyo lugar en el imaginario mexicano sigue siendo profundamente incómodo (Paz 77).
En efecto, su figura encarna una contradicción que el México moderno no ha logrado resolver del todo: es simultáneamente la madre simbólica del mestizaje y el emblema de la traición originaria; víctima del poder colonial y colaboradora de su avance. Esta dualidad ha impedido una reconciliación plena con su imagen y ha convertido a la Malinche en una presencia espectral que vuelve una y otra vez en el arte, la literatura y el pensamiento crítico como ícono de la pérdida, la subordinación y el deseo colonizado. Su representación oscila entre la denuncia y la seducción, entre la crítica política y la fascinación estética, lo que revela una fractura aún activa en la conciencia histórica del país y abre una deuda interpretativa que la literatura contemporánea ha intentado saldar.
Malinche y el cruce de signos: Amor y conquista (1999), de Marisol Martín del Campo
La ambivalencia irresuelta que rodea la figura de la Malinche ha encontrado en la literatura chicana escrita por mujeres un terreno fértil para su resignificación. Desde esta perspectiva, el relato ya no se construye únicamente en torno a la traición o la fascinación, pues se reorienta hacia la experiencia del desarraigo, la frontera y la hibridez identitaria. La Malinche deja de ser una figura estática del archivo colonial para transformarse en símbolo de la pérdida de la identidad, de la mujer desplazada, expulsada tanto de su cultura originaria como de la historia oficial (Franco 215). Esta relectura, profundamente atravesada por la experiencia del exilio interno y externo que caracteriza gran parte de la escritura chicana, convierte a Malinalli en una metáfora encarnada de la diáspora cultural: una mujer que sobrevive entre lenguas, entre mundos, aunque sin pertenecer del todo a ninguno.
La novela se sitúa en la encrucijada positiva de esa experiencia ambivalente y liminar. El texto busca indagar en la complejidad histórica y humana de Malinalli, alejándose de los arquetipos reduccionistas que han marcado su representación en la tradición nacionalista. No es casual que la autora se refiera a la protagonista de forma constante por su nombre indígena, Malinalli, gesto de recuperación simbólica que desplaza el apelativo colonial Malinche, además de proponer un cambio de enfoque: de objeto narrado a sujeto con voz propia. Se trata de un acto de nombramiento que opera como restitución identitaria y que anticipa el proyecto documental de la novela, centrado en devolverle profundidad a una figura instrumentalizada.
Igualmente significativo resulta el esfuerzo narrativo por contextualizar la vida de Malinalli dentro del universo indígena que la vio nacer y del que fue brutalmente separada. También lo es el esfuerzo por explorar las marcas que su condición femenina imprime en todas sus experiencias: su infancia, su captura, su aprendizaje lingüístico, sus vínculos afectivos y su exposición constante a sistemas de poder que la convierten en mediadora y objeto de disputa. Lejos de proponer una visión esencialista, la novela insiste en el cruce de determinaciones culturales, sociales y de género que configuran a Malinalli como una figura compleja, múltiple, trágica y no pasiva.
El objetivo central de Amor y conquista se revela como revisión crítica y profundamente documentada de la historia oficial a través de la reescritura de la figura central. La novela se propone relatar una versión alternativa de los hechos, además de construir una “historia verdadera” de esta mujer indígena (Aracil “Personajes femeninos” 26). Martín del Campo reinscribe a Malinalli en un horizonte amplio que busca comprender su trayectoria vital como parte integral de los procesos históricos, sociales y culturales que definieron la conquista, no desde la óptica del vencedor, sino desde la experiencia del mundo vencido. La novela se configura así como una tentativa de recuperación de memoria y de restitución de sentido, donde la historia individual se teje dentro de una red de circunstancias que la explican, la condicionan y, en cierto modo, la reivindican. Esta voluntad de reconstrucción rigurosa se manifiesta en la minuciosa labor documental que sostiene la obra. La autora acompaña su escritura con un notable aparato paratextual: notas, referencias históricas y apéndices explicativos que expresan su intención de intervenir en el terreno de la historia desde una posición literaria consciente de su responsabilidad informativa.
La novela se abre con el testimonio de Ozlaxiuchitl, una figura clave dentro del universo narrativo de la novela, quien fuera sirvienta leal de Malinalli y testigo directo de sus últimos días. En un gesto íntimo y cargado de intención política, esta mujer, al borde de la muerte, decide legar a su hija un relato que no solo es una memoria personal, sino también un acto de restitución histórica. La narración emerge como cumplimiento de una promesa hecha: preservar la verdadera historia, alejada de las distorsiones impuestas por los vencedores. “Ahora cumplo mi promesa. Esta es la verdadera historia de Malintzin según me la narró nonan. Creo que es digna de traerla a la memoria” (28), dice Ozlaxiuchitl al comienzo del relato, al marcar de forma explícita el compromiso con una verdad alternativa, aquella que ha sido negada o silenciada por la versión oficial. Este dispositivo narrativo funciona como una estrategia ficcional que dota de legitimidad y espesor testimonial al relato, al tiempo que sitúa la voz narrativa —y con ella, el punto de vista ético de la obra— del lado de quienes fueron históricamente desposeídos de su derecho a contar. Al construir la historia desde el relato oral que una mujer indígena transmite a otra, Martín del Campo introduce una genealogía femenina y subalterna de la memoria, que rompe con el monopolio de las crónicas coloniales y desestabiliza el régimen de verdad heredado. Este marco inicial se establece un pacto con el lector: lo que aquí se contará no busca confirmar la historia ya sabida, pretende recuperar una voz soterrada, reescribir desde abajo los acontecimientos que marcaron el origen violento de un nuevo orden. En este sentido, la novela se posiciona en el horizonte de una ética de la memoria, comprometida con la visibilización de las subjetividades oprimidas y con la revisión crítica de los relatos dominantes.
La voz de Ozlaxiuchitl se inserta en un corpus coral de voces indígenas que, a lo largo de la novela, asume la tarea de relatar el proceso de conquista desde una perspectiva interna, es decir, desde la mirada de quienes vivieron el desconcierto y la violencia desde el corazón de los pueblos originarios. Desde los primeros presagios y anuncios de la llegada de los españoles, pasando por las tensiones políticas en el entorno de Moctezuma, hasta el derrumbe definitivo de la majestuosa Tenochtitlan, la autora propone una contramemoria articulada desde las fisuras de la historia oficial.
Al hilo de esto, la obra desarrolla un complejo entrelazamiento entre el relato épico-histórico y la dimensión íntima de las emociones humanas, en especial, el amor. A lo largo del texto, los grandes acontecimientos bélicos —las alianzas estratégicas, las batallas, las derrotas— se alternan con escenas profundamente personales, donde los vínculos afectivos, los deseos y las pasiones adquieren una relevancia narrativa singular. Esta fusión de registros permite que la historia avance por la vía de los hechos, y también a través de las pulsiones humanas que los acompañan y generan una polifonía emocional que enriquece el retrato de los personajes y complejiza su configuración. Martín del Campo construye un universo en el que diversas configuraciones del deseo conviven con naturalidad, incluyendo relaciones homosexuales que son sugeridas o de manera explícita representadas sin cargar con el peso de la censura moral (Aracil “Personajes femeninos” 27). Este abordaje, que evita el exotismo o el juicio, otorga al relato una dimensión de libertad y diversidad afectiva rara vez presente en la literatura histórica sobre la conquista, e inscribe los cuerpos indígenas en una red de pasiones que excede los límites de lo normativo en el contexto colonial. En este escenario de apertura emocional, Malinalli no es una excepción, sino una figura central. Aunque aparece de nuevo como una mujer que ama, su amor ya no está definido por la subordinación romántica o política a Hernán Cortés, como en las narrativas tradicionales. Por el contrario, se la presenta como un sujeto deseante y activo, capaz de vincularse afectivamente con otros personajes desde lugares diversos, algunos marcados por la entrega, otros por la tensión, la pérdida o la contradicción. Este gesto narrativo permite releer a la Malinche como un personaje que, pese a las condiciones estructurales de su subordinación, ejerce un margen de libertad emocional y afectiva, y cuya vida íntima forma parte esencial del entramado histórico que la novela se propone visibilizar: “Ahora me gusta pertenecerle y sigo siendo tuya ... Es a ti a quien amo, a él lo deseo” (Martín del Campo, 115).
El tratamiento discursivo y temático constituye uno de sus aportes más significativos, en especial en lo que concierne a la construcción de una mirada crítica con enfoque de género. Amor y conquista incorpora mujeres como personajes visibles en la narración de la conquista, además de interrogar el lugar asignado a lo femenino en los relatos históricos, en las estructuras sociales y en las dinámicas de poder que marcaron tanto el mundo prehispánico como el colonial. En este sentido, las mujeres que habitan la novela —y muy particularmente Malinalli— no solo son conscientes de su posición subalterna, pero verbalizan con claridad el proceso de toma de conciencia con respecto a su propia marginalidad. La protagonista reconoce primero su lugar dentro de la jerarquía doméstica y social al recordar: “Pensé que allá en Potochán, las señoras eran las privilegiadas y que las esclavas éramos las más ínfimas criaturas de la tierra” (Martín del Campo, 370). Sin embargo, ese pensamiento inicial evoluciona hacia una comprensión más estructural de la desigualdad, que trasciende las diferencias de estatus y se ancla en una discriminación generalizada hacia lo femenino: “No era así. Las mujeres sin importar la condición, por más inteligentes, cultas, sensibles, debemos acatar la voluntad del hombre” (Martín del Campo, 370).
A través de estas reflexiones, la novela no solo representa la violencia de género inscrita en el sistema patriarcal, sino que convierte la toma de conciencia en un acto narrativo fundamental, un proceso íntimo que se articula en diálogo con las estructuras más amplias de la opresión colonial. Dentro del proceso de toma de conciencia que atraviesa Malinalli a lo largo de la narración, el dominio de la lengua aparece como el punto de inflexión que transforma su posición subordinada en una forma inédita de agencia. En un contexto en el que el género determina y limita de manera drástica el campo de acción de las mujeres, su capacidad para traducir entre lenguas y culturas es lo que le permite redefinir su lugar en la estructura de poder colonial emergente. Así lo expresa ella misma con claridad reveladora: “Crecí siendo una esclava entre muchas, ahora soy ‘Marina’, indispensable para la comunicación entre el capitán, los señores totonacas y los demás principales por cuyas tierras atravesamos” (Martín del Campo, 126). La traducción se convierte aquí en mucho más que un instrumento de mediación práctica: es una forma de existencia en tránsito, una herramienta de supervivencia y un espacio desde el cual Malinalli accede a una voz propia, aunque atravesada por profundas tensiones.
Este manejo de la lengua le proporciona un estatus funcional —que le otorga visibilidad y una cierta protección frente al entorno violento de la conquista—, al tiempo que un marco para la reflexión crítica sobre su propio lugar dentro del proceso colonial. El discurso narrativo le permite poner en palabras su experiencia de aculturación, sus contradicciones internas y las cesiones identitarias que supone su vinculación con “la causa española” (Martín del Campo, 137), término que emplea con una mezcla de resignación y lucidez. En un gesto abiertamente metadiscursivo, Malinalli invita al lector a ser testigo de su progresiva fractura interna, compartiendo sus dudas, sus desplazamientos culturales y su incertidumbre existencial. La traducción, en este sentido, deja de ser una función técnica para convertirse en una metáfora estructural del mestizaje forzado, del desarraigo y del conflicto entre pertenencias.
Aracil (“Imágenes de la Malinche” 29) ha señalado con agudeza que este tránsito vital revela en la protagonista una intensa crisis de identidad, expresión de una subjetividad desgarrada por los múltiples sistemas de sentido que se le imponen y que ella trata de articular desde una posición ambigua, así se cita en la novela: “Tal vez fui mexica, no lo sé ..., crecí y fui educada por los mayas, sus dioses fueron los míos, ahora soy cristiana, dicen” (213). Esta afirmación no solo pone en evidencia la imposibilidad de una filiación única, sino que expresa el carácter fragmentario y móvil de su identidad, conformada en la encrucijada entre culturas, religiones y lenguas. La novela, al tematizar este conflicto, sitúa al lector ante una Malinalli desgajada de los esencialismos, que se piensa y se dice desde la fractura, desde una subjetividad históricamente intervenida, pero no por ello pasiva. Así, el lenguaje —y el acceso privilegiado a él— constituye tanto una vía de inserción como una herida abierta, que inscribe en su cuerpo y en su memoria los efectos más complejos de la colonización, hasta el punto de afirmar: “Ahora, señora, creo en el dios de Malinche y me siento más apegada al blanco, aunque también amo lo nuestro, no en balde soy mexica y soy de estas tierras, no sé cómo explicar” (Martín del Campo, 393).
La identidad que construye y performa Malinalli a lo largo de Amor y conquista es, en efecto, una identidad en tránsito, en constante reflexión y rearticulación, que no niega sus raíces, las invoca como sustento de sentido en medio del desplazamiento cultural. A pesar de los procesos de aculturación y de las adhesiones forzadas a la causa cristiana y española, la protagonista mantiene un vínculo simbólico persistente con sus orígenes indígenas como una forma de resistencia subjetiva que la acompaña incluso en los momentos de mayor fractura. Esta fidelidad íntima al mundo que la vio nacer no es un mero gesto retórico, sino un eje estructurante del relato, que inscribe la memoria originaria como fuente de autoridad narrativa y ética.
Este anclaje en lo indígena se manifiesta no solo a través del contenido de la narración, sino en el cuidadoso trabajo estilístico y lingüístico que atraviesa la novela, en el que se percibe un esfuerzo deliberado por reproducir las estructuras comunicativas propias de las culturas mesoamericanas. Así, el relato autorial se distingue por una minuciosa reconstrucción del universo mítico-religioso prehispánico —con referencias a los dioses, rituales, calendarios y símbolos de las cosmovisiones mesoamericanas—, también por una profunda estilización de los diálogos y reflexiones, que recoge patrones discursivos originarios. Es posible identificar en las voces de los personajes el uso reiterado de anáforas, construcciones paralelísticas, vocativos de cortesía y expresiones formulísticas que remiten a los modos de hablar y pensar de los pueblos originarios y que dotan al texto de una cadencia oral que emula la tradición narrativa indígena.
En este sentido, la novela busca contar la historia desde otra perspectiva y hacerlo en un lenguaje que resuene con las formas propias del mundo indígena, desplaza así la hegemonía de los códigos occidentales y ofrece una alternativa expresiva coherente con la visión cultural de sus protagonistas. La forma y el contenido, por tanto, operan de manera articulada: la fidelidad al origen no se queda en el plano temático, sino que se encarna en la textura misma del relato, y genera una experiencia de lectura que conjuga historicidad, memoria y estilo como formas de restitución simbólica. A través de esta operación, Amor y conquista recupera una voz silenciada y le devuelve su idioma, su cadencia y su mundo.
Así pues, la novela Amor y conquista (1999), de Marisol Martín del Campo, ocupa un lugar significativo dentro del conjunto de relecturas contemporáneas de la figura de la Malinche en la narrativa actual. En un panorama literario en el que la protagonista indígena ha sido reiteradamente representada como símbolo de traición, víctima o madre del mestizaje, esta obra ofrece una alternativa crítica y matizada que busca recuperar su agencia y complejidad desde una perspectiva indígena y de género. La importancia de esta novela radica en su voluntad de desmontar los estereotipos históricos que han fijado a la Malinche en imágenes binarias —la traidora o la amante, la madre o la esclava— para situarla en una dimensión histórica, política y humana mucho más amplia.
En primer lugar, Amor y conquista se inserta en una tradición narrativa de revisión de las figuras femeninas silenciadas por el discurso oficial de la historia. Malinalli es narrada desde su contexto cultural, como parte de un mundo indígena que es recreado con una mirada que se detiene en los valores, las lenguas, las cosmovisiones y las estructuras sociales de los pueblos originarios. El esfuerzo por reconstituir ese universo prehispánico no solo otorga legitimidad y profundidad al personaje, sino que desplaza el centro narrativo hacia una voz vencida, pero no pasiva, que se rehace desde la palabra y la memoria. El relato, en este sentido, se propone como una contrahistoria, una restitución de la subjetividad borrada por los discursos coloniales.
La relevancia contemporánea de esta novela se debe también al modo en que conecta con las preocupaciones actuales en torno a la representación de la otredad y las políticas de género. Lejos de repetir los marcos narrativos que reducen a Malinalli a una figura romántica o a una traidora funcional al proyecto de la Conquista, Martín del Campo explora su dimensión subjetiva, la tensión entre pertenencias culturales y la ambivalencia de su rol como intérprete. La novela no niega su participación en el proceso conquistador, pero complejiza los motivos y consecuencias de su actuar y los inserta en una estructura social en la que las mujeres, sin importar su origen, están sujetas a múltiples formas de subordinación. De esta manera, el manejo de la lengua se convierte en una herramienta de poder y supervivencia, adquiere un valor simbólico fundamental: Malinalli traduce, media, negocia y reflexiona desde ese espacio intersticial que ocupa entre dos mundos.
Finalmente, en un contexto literario en el que la figura de la Malinche ha sido ampliamente revisitada, especialmente por autoras chicanas y mexicanas, Amor y conquista aporta una voz singular, enraizada en lo local pero con resonancias transnacionales. Su Malinalli no es solo una reinterpretación: es una propuesta ética y política que apuesta por la complejidad, la escucha y la recuperación de las voces olvidadas por la historia. Por ello, esta novela se inscribe como una contribución valiosa a los debates actuales sobre memoria, identidad e historia en la literatura latinoamericana.
Reflexiones finales. Hacia la escritura femenina de la ambigüedad
La figura de la Malinche ha sido, sin lugar a dudas, uno de los signos más complejos y volátiles de la cultura mexicana y latinoamericana. Su interpretación ha oscilado desde la traidora arquetípica —madre indeseada de la nación mestiza— hasta la heroína visionaria que supo comprender, en condiciones históricas extremas, las claves del poder y la supervivencia. En ese campo semántico saturado de proyecciones ideológicas, simbólicas y afectivas, la escritura femenina contemporánea ha desempeñado un papel crucial en la reconfiguración de su significado. Dentro de ese marco, Amor y conquista (1999) de Marisol Martín del Campo representa una aportación destacada que tensiona y matiza los discursos heredados, en particular al desplazar el eje de lectura desde la alegoría nacional hacia la subjetividad femenina.
La novela no renuncia a uno de los tópicos más recurrentes en torno a Malinalli —su vinculación afectiva con Hernán Cortés—, pero lo reelabora desde una lógica distinta, muy distante de las lecturas románticas decimonónicas o las reducciones moralizantes del siglo XX. Aquí, el amor no es ni destino inevitable ni castigo simbólico, sino una experiencia humana entre muchas, filtrada por las condiciones históricas, sociales y emocionales que rodean a la protagonista. De este modo, la figura de la mujer enamorada no se presenta como negación de su inteligencia o agencia, sino como un componente más —profundamente contradictorio y ambiguo— de una identidad en construcción. La novela, así, no niega la dimensión amorosa de Malinalli, y la convierte en el eje definitorio de su existencia. Lo afectivo no sustituye lo político: lo matiza.
Este gesto narrativo es particularmente significativo si se considera el peso que han tenido las lecturas simbólicas de la Malinche a lo largo de la historia. Como ha señalado Octavio Paz, la Malinche ha sido entendida como “la Chingada”, la violada, el cuerpo pasivo que funda, desde su ultraje, la nación mestiza. Una imagen potente, y marcada por un imaginario patriarcal que transforma la complejidad de una mujer histórica en una alegoría nacional construida desde el trauma masculino. Frente a esa carga ideológica, Amor y conquista responde con un ejercicio de re-humanización: no una figura totémica ni una metáfora del mestizaje, sino un sujeto histórico atravesado por tensiones, decisiones, dudas, ambivalencias y experiencias personales. En este sentido, el gesto de nombrarla por su nombre indígena —Malinalli— no es menor: se trata de devolverle la dignidad singular que le ha sido negada por siglos de discurso histórico.
Desde la escritura femenina, entonces, se despliega una estrategia de resistencia doble. Por un lado, frente a las narrativas patriarcales que definen a la Malinche en exclusiva en relación con los hombres (como intérprete de Cortés, como madre de Martín, como amante, como traidora), se recupera su propia mirada, su voz, su experiencia, su lenguaje. Por otro lado, frente a las lógicas totalizadoras de la identidad —aquellas que buscan fijar lo indígena, lo femenino o lo mestizo en esencias estables—, se apuesta por la ambigüedad como categoría constitutiva. Malinalli no es una figura que encaje fácilmente en los marcos conceptuales rígidos; no es ni víctima ni agente, ni plenamente indígena ni solo española, ni sumisa ni revolucionaria. Su identidad se forma en el entrecruce de esos vectores, en el conflicto no resuelto entre pertenencias múltiples y, muchas veces, antagónicas.
Esta ambigüedad es, quizás, uno de los mayores logros de la novela. A diferencia de otras relecturas que buscan redimir a la Malinche desde una nueva positividad heroica, Amor y conquista tiene como propósito pensar desde la fisura, desde la grieta de la historia. El resultado no es una Malinalli “reparada”, sino una Malinalli posible: vulnerable, reflexiva, contradictoria, pero coherente consigo misma en su deseo de comprender el mundo que la rodea y tomar decisiones dentro de él. En este punto, la novela sintoniza con las propuestas teóricas de la crítica feminista decolonial, que ha insistido en la necesidad de construir genealogías disidentes, figuras que resistan la lógica binaria de la historia oficial y abran espacios de enunciación para subjetividades otras.
Así, la Malinche de Martín del Campo problematiza la historia y el sujeto histórico, y evidencia las tensiones entre la identidad individual y los discursos colectivos que la nombran. Esta operación tiene implicaciones que exceden al del personaje específico: en el fondo, la novela pone en escena un modo de configurar identidades que no se reconocen en las narrativas hegemónicas. Malinalli se convierte en símbolo de aquellas subjetividades que no terminan de encajar, que se construyen en la ambivalencia, que resisten la clausura de los significados. En su figura resuenan, por tanto, las mujeres del pasado, al tiempo que todas aquellas subjetividades marcadas por el desarraigo, la hibridez y el desplazamiento.
El discurso de Amor y conquista se nutre también de una conciencia lingüística y cultural que refuerza esta ambigüedad. El lenguaje con el que está escrita la novela incorpora estructuras, modismos y cadencias que remiten al pensamiento y la cosmovisión indígena, en un intento de devolver al relato una autenticidad formal que complemente su fidelidad cultural. Este recurso estilístico es una afirmación de la voz indígena como legítima y articulada. En otras palabras, la forma narrativa acompaña y sostiene la propuesta ideológica del texto: contar la historia desde quienes no la escribieron, desde quienes fueron hablados, pero no hablaron.
En este sentido, Amor y conquista constituye una forma de contramemoria. No solo ofrece una versión alternativa de los hechos, sino que interroga los modos en que esos hechos han sido contados y transmitidos. Al hacerlo desde una escritura femenina, el texto subvierte dos órdenes de exclusión: el de género y el de raza. En lugar de reinscribir a la Malinche dentro de un nuevo panteón heroico, le devuelve su dimensión humana, individual y conflictiva, liberándola de la carga simbólica desproporcionada que la ha acompañado durante siglos. No es casual que esta reivindicación aparezca en una ficción literaria. La novela ofrece un espacio especialmente fértil para el ejercicio de la imaginación histórica y la recuperación de voces silenciadas. El signo Malinche, como demuestra la novela, no puede ser leído desde una lógica reparadora que simplemente sustituya una imagen negativa por una positiva. Su potencia radica en su incomodidad, en su capacidad de desestabilizar narrativas, de poner en crisis identidades que parecen consolidadas. En ese desajuste, Amor y conquista encuentra su lugar.
En conclusión, la importancia de Amor y conquista en la configuración contemporánea de la Malinche radica en su negativa a simplificar. Frente a los relatos monolíticos, propone una lectura plural, en la que el personaje de Malinalli no es ni culpable ni redentora, es una mujer situada en la historia, atravesada por las condiciones materiales y simbólicas de su tiempo, y capaz de pensar, sentir y actuar. Desde la escritura femenina, esta novela ofrece una revisión crítica del pasado, además de una reflexión profunda sobre el presente y sobre las formas posibles de construir identidades fuera de las estructuras opresivas del mito, la nación y el género. La Malinche ya no es la madre violada de una patria, ni la amante de un conquistador, ni la traidora del pueblo: es una voz, una memoria, un cuerpo que narra y una lengua que media. Y, en esa voz, resuena una genealogía entera de mujeres que, como ella, han vivido en los márgenes del relato, además de que, gracias a escrituras como esta, comienzan a ocupar el centro.
Trabajar con novelas contemporáneas que reimaginan figuras históricas femeninas, como es el caso de Amor y conquista, representa una estrategia fundamental para revisitar y cuestionar las narrativas dominantes sobre el pasado colonial y la historia de las mujeres. Estas obras literarias actúan como espacios de resignificación, donde se reconstruyen subjetividades que han sido tradicionalmente invisibilizadas o reducidas a estereotipos simplificados dentro de los relatos oficiales. La literatura, en este sentido, funciona como un reflejo de las tensiones sociales y culturales contemporáneas, así como un medio activo para problematizar y reelaborar las formas en que la historia se ha contado y legitimado.
Además, el abordaje interdisciplinario, que articula herramientas provenientes de la crítica literaria, los estudios de género y los enfoques decoloniales, permite una comprensión más amplia y compleja de los textos. Desde esta perspectiva, la narrativa contemporánea explora cómo estas figuras han sido condicionadas por sistemas de poder coloniales, patriarcales y raciales. Al analizar el cuerpo, la voz, la identidad y la memoria, se produce un diálogo enriquecido entre la historia, la política y la cultura que posibilita cuestionar las categorías rígidas con las que se ha abordado la experiencia femenina en contextos coloniales y postcoloniales.
Por último, el estudio de estas novelas resulta imprescindible para dar cuenta de cómo las autoras contemporáneas utilizan la ficción histórica como una herramienta crítica que subvierte la linealidad de los relatos oficiales y abre espacios para visibilizar las múltiples dimensiones de la agencia femenina. En consecuencia, el análisis literario se convierte en una práctica que reconstruye el pasado desde las voces silenciadas, al tiempo que también contribuye a la construcción de identidades más plurales y políticas en el presente. Así, la novela histórica feminista se revela como un campo estratégico para reimaginar el pasado y las posibilidades de futuro desde una mirada crítica y transformadora.
Referencias bibliográficas
Notas
[1] Para observar cómo se aplica este concepto en el contexto latinoamericano, puede consultarse el trabajo de Quispe-Agnoli: “Elusive Identities: Representations of Native Latin America in the Contemporary Film Industry” (Visualities. Perspectives on Native American Film and Art, 2011), que analiza representaciones críticas de la historia y la identidad indígena en el cine contemporáneo.
[2] Desde la noción de fictocrítica, quien escribe no se inscribe en un género único, más bien opera en un cruce híbrido de géneros. La escritura articula narrativa histórica, ficción literaria y una dimensión ensayística implícita, en la medida en que no solo recrea acontecimientos del pasado, sino que los deconstruye críticamente. Este desplazamiento genérico permite producir una contra historia desde perspectivas subalternas, en diálogo con enfoques poscoloniales y feministas, en la que la ficción funciona como un instrumento de reflexión crítica más que como un mero recurso narrativo.
[3] En este artículo, el concepto de sujeto narrativo se entiende como una posición de enunciación históricamente situada desde la cual se construye el sentido de la experiencia histórica. Se trata de una subjetividad que articula memoria, cuerpo, lengua e historia, atravesada por relaciones de poder coloniales, de género y culturales, que condicionan las posibilidades de decir y de significar. En este sentido, el sujeto narrativo funciona como productor de sentido y como forma de agencia simbólica, en la medida en que el acto de narrar permite a figuras históricamente silenciadas desplazarse de la condición de objeto del discurso a la de sujeto de la enunciación.
[4] Estas figuras remiten a arquetipos femeninos del periodo colonial —la monja letrada, la curandera mestiza, la esclava africana y la beata visionaria— que han sido históricamente marginalizados o estereotipados por el discurso historiográfico y literario. En el artículo, funcionan como categorías críticas que permiten pensar la agencia femenina desde posiciones subalternas, en tanto encarnan nodos de tensión entre el orden colonial y diversas formas de resistencia cultural, espiritual y simbólica, más allá de las lecturas tradicionales que las han reducido a pasividad o anomalía.
[5] Resulta fundamental para entender la literatura sobre la figura de la Malinche la recopilación de Margo Glantz, además de la propuesta metodológica de Sandra Messinger de entender al personaje como un signo y no como un mito, en tanto nos permite comprender su legado a través de los discursos interpretativos y el diálogo intertextual. En este sentido, la Malinche, más allá de su estatuto histórico, será abordada aquí como construcción discursiva en transformación, cuyo sentido se juega en el cruce entre memoria, escritura y conflicto identitario.
[6] Es de obligada referencia la contribución de Beatriz Aracil (2013) a las visiones que de este personaje han ofrecido los productos culturales contemporáneos tanto dentro como fuera de México.
[7] El análisis textual se acompaña de un diálogo necesario con la crítica especializada, tanto en el ámbito de los estudios clásicos sobre la Malinche, véase Rosario Castellanos (1975), como en el marco más amplio de la literatura escrita por mujeres en América Latina y su relación con los procesos de historización literaria, véase María del Mar Rivas Carmona (1997). Asimismo, se adopta una perspectiva que considera la especificidad del campo literario mexicano de los años noventa, así como los desplazamientos epistemológicos que han caracterizado las lecturas contemporáneas del periodo colonial desde enfoques decoloniales y feministas, véase Rita Segato.
[8] Para ampliar el conocimiento sobre la condición varonil de la Malinche en la crónica de Díaz del Castillo véase Aracil (16-7), así como su reproducción en otros cronistas posteriores en Claudia Leitner (235).
[9] González Hernández utiliza el término “chivo expiatorio” (90) para referirse a la reapropiación que se hace de la figura de la Malinche en términos de identidad nacional, mientras que Aracil habla de “pieza clave” (“Personajes femeninos” 18) para justificar todos los males de un país en formación que rechaza el período de dominación española.