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ARTÍCULOS

La condición testimonial de un escritor en transición: Memorias curiosas de Juan Manuel Beruti

Virginia Paola Forace
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Centro de Letras Hispanoamericanas
Universidad Nacional de Mar del Plata
virginiaforace@yahoo.com.ar

Resumen: Estudiar la condición testimonial de Juan Manuel Beruti (1777-1856) es el objetivo principal del artículo. Para ello se hace una breve revisión teórica sobre las escrituras autobiográficas y sus características particulares a fines del siglo XVIII y principios del XIX, para luego realizar un análisis discursivo de Memorias curiosas, su extensa crónica que relata los sucesos relevantes ocurridos en la ciudad de Buenos Aires entre 1717 y 1855. Se utiliza como eje de análisis la definición de testigo propuesta por Paul Ricoeur para comprender el texto como un testimonio.

Palabras clave: Literatura argentina; Siglo XIX; Juan Manuel Beruti; Análisis literario; Memorias.

The testimonial condition of a writer in transition: Memorias curiosas of Juan Manuel Beruti

Abstract: This article examines the testimonial condition of Juan Manuel Beruti (1777-1856) . To do so, it provides a brief theoretical review about autobiographical writing and its characteristics in late 18th century and early 19th century, and then performs a discourse analysis of Memorias curiosas, an extensive chronicle about the main events ocurring in the city of Buenos Aires from 1717 to 1855. The definition of “witness,” proposed by Paul Ricoeur, is used to understand the text as a testimony.
Keywords: Argentinine literature; 19th century; Juan Manuel Beruti; Literary analysis; Memory.

La condición testimonial de un escritor en transición: Memorias curiosas, de Juan Manuel Beruti

En las revoluciones es donde se ven cosas grandes tanto en lo militar como en lo político, mudanzas de costumbres, vaivenes de la fortuna y cosas extraordinarias…
Juan Manuel Beruti

La transición entre el sistema colonial español y las nuevas repúblicas constituye un tiempo de aceleradas trasformaciones en los sistemas simbólicos, en las formas de sociabilización, representación, opinión, escritura y lectura. Aquellos que atestiguaron este periodo de convulsión política y social se involucraron de formas disímiles en los hechos que se sucedieron rápidamente en las primeras décadas del siglo XIX, ya sea participando activamente como protagonistas de esos cambios, o viviendo sus efectos a modo de espectadores, no completamente pasivos, pero sí parcialmente marginales. Cualquiera sea el caso, fueron conscientes de que estaban experimentando un tiempo excepcional que tendría consecuencias en el largo plazo. Así, muchos de ellos, optaron por registrar las impresiones y eventos sobresalientes para generaciones futuras.
En este sentido, Memorias curiosas (1717-1855), de Juan Manuel Beruti (1777-1856), constituye una importante fuente de valor documental que ha sido visitada por numerosos historiadores; sin embargo, poca atención ha recibido desde el ámbito de las letras1. El texto recorre una época amplia y enumera hechos fundacionales que van desde 1717 a 1855. Un autor anónimo lo inicia y se propone realizar una concisa enumeración de los sucesos administrativos y políticos ocurridos en el virreinato del Río de la Plata, por ejemplo, elección de alcaldes, entrada de virreyes, fallecimiento de obispos. En 1770, cuando apenas cuenta con 13 años, Beruti descubre ese manuscrito y decide continuarlo. Hasta 1804, la crónica conserva el estilo lacónico de su primer creador, pero, a partir de mediados de ese año, comienza a incluir entradas mucho más extensas con pasajes narrativos, descriptivos y evaluativos que desbordan el discurso, el tono y el espíritu del autor anterior. Empieza, de esta forma, a ganar terreno la figura del escritor y la ficcionalización de los acontecimientos, especialmente luego de la narración de la invasión de 1806, cuando el estilo cambia completamente.
En este trabajo procuraremos acercarnos al relato desde su problemática inserción genérica como parte de las escrituras autobiográficas de principios del siglo XIX considerando los rasgos particulares de época y a la vez intentaremos reflexionar sobre la relevancia que esperaba Beruti que tuviera su crónica como fuente de informaciones sobre ese periodo2. Cuestionarse acerca del material seleccionado, es decir, acerca de las características propias del género en ese momento, parece ser el primer paso antes de adentrarnos en el análisis de los aspectos discursivos del texto en cuestión ya que nuestra comprensión y definición actual de todo aquello que incluye de forma amplia lo “autobiográfico” no se corresponde con la de los sujetos del período tardocolonial.
Por otra parte, comprendemos Memorias curiosas como un acto comunicativo, por lo tanto, interrogarse sobre la representación que de sí mismo realiza el cronista, investigar quién habla y por qué lo hace, son condiciones que deben pensarse a la luz de los aspectos pragmáticos que involucra, es decir, qué intenta lograr, qué acto de habla se propone realizar el sujeto de la enunciación con su comunicación.

Algunas consideraciones sobre las escrituras autobiográficas

El pasado se conserva en la memoria gracias a operaciones públicas y privadas que tienden a registrar su huella de diversas formas: testimonios escritos u orales, vestigios materiales del pasado, registros institucionales, entre otros. En este sentido, historiografía, memorias, crónicas, diarios, canciones populares, poemas panegíricos serían diversos medios para registrar esa ausencia, ese haber sido, formas que implican ciertas condiciones ontológicas que las hacen precisamente históricas. Evidentemente, entre estos discursos se abre un amplio rango de disposiciones epistemológicas, en especial en cuanto a su valor veritativo, su aspiración referencial y su forma de enunciación: básicamente, no persiguen intenciones comunicativas equivalentes y, por lo tanto, no establecen el mismo tipo de pacto de lectura con sus receptores3. Si bien no nos interesa ocuparnos en particular de esta diferenciación, debemos señalar la conexión de estas prácticas discursivas con el pasado como un rasgo compartido entre ellas para avanzar así sobre la relevancia de la consideración de los registros subjetivos.
Paul Ricoeur valora al testimonio como el elemento intermedio en la transición entre la memoria individual y la historia (41). Los géneros autobiográficos así considerados –que son los que nos interesan para poner en perspectiva Memorias curiosas–, son testimonios del pasado que, si bien se caracterizan por su visión subjetiva, no dejan, por ello, de tener relevancia para reconstruir un haber sido ajeno a nuestra experiencia presente4. En este sentido, la consideración de la biografía como tipo historiográfico ya ha sido señalada por José Luis Romero en su clásico trabajo La vida histórica (1944)5. Otro enfoque que nos interesa retomar para revalorizar estas expresiones es la propuesta de la microhistoria en tanto recuperación de las escalas menores de lo acontecido para ver lo que una macroescala de análisis no permite observar6; allí gana importancia el individuo y el caso particular para reconstruir y comprender a partir de él un contexto mayor7. Los modos de sentir y de pensar, y las formas de representar son aspectos que buscan ser recobrados desde esta configuración8. La tensión entre el todo y la parte es la que proponen conservar, por ejemplo, Giovanni Levi y Carlo Ginzburg9. A esto se refiere también Paul Ricoeur al sostener la necesidad de la variación de escalas, ya que en ese movimiento es donde se puede ver la circulación de los mensajes, los procesos de negociación y apropiación (285), los intersticios y contradicciones en los sistemas normativos (Levi 138), lo “no controlado” en los discursos10.
El problema clásico de la fiabilidad de los géneros autobiográficos queda de esta forma subsumido bajo esta intención reconstructiva del pasado11. Como señala Adolfo Prieto, lo que importa es su carácter testimonial, no su veracidad (14); por ello, no se desconocen los límites de la memoria individual y las restricciones que la representación escrituraria le impone, sino que se aceptan en tanto forma de acceder a lo particular.
Estas generalidades respecto de los géneros autobiográficos y su relación con la historia son convocadas aquí debido a las características de las memorias, diarios y crónicas en el período que nos interesa. En primer lugar, la separación entre historia y biografía no siempre fue un problema como lo es en la actualidad, ya sea porque no existía aún una división absoluta entre las esferas, especialmente entre lo público y lo privado (Guerra) o porque los géneros en sí mismos no habían sufrido el proceso histórico que los ha delineado en la forma actual. Los sujetos de fines del siglo XVIII y principios del XIX no se cuestionaban estos temas. Anna Caballé explica al respecto: “No se conocían todavía las diferencias propias de la crítica literaria actual, entre unos subgéneros y otros: memorias, justificaciones, manifiestos, etc., son términos que se usan indistintamente y con una pretensión fundamental: la de relatar externamente los hechos más importantes de una vida o una etapa histórica” (145).
Esta pretensión era la que guiaba las dos tendencias de las memorias en el siglo XIX: aquellas impulsadas por el deseo de sus autores por dejar testimonio de un tiempo excepcional (Caballé) y las de carácter justificativo, escritas para explicar la propia conducta política o la de una clase12. En el caso de las primeras, Karl Weintraub explica que “en las memorias, el hecho externo se traduce en experiencia consciente, la mirada del escritor se dirige más hacia el ámbito de los hechos externos que al de los interiores. Así, el interés del escritor de memorias se sitúa en el mundo de los acontecimientos externos y busca dejar constancia de los recuerdos más significativos” (23). El objetivo inicial no sería, entonces, registrar la historia de una subjetividad, sino, simplemente, lo que ella ha atestiguado; así, el criterio de escritura de principios del siglo XIX era justamente omitir lo personal en este tipo de relatos y sólo narrar lo relacionado con la historia.
Esta aspiración histórica es uno de los rasgos centrales en este momento ya que los sujetos creen ingenuamente en la función social de sus textos. Por ese motivo, su pretensión es producir una obra provechosa para sus contemporáneos y las generaciones futuras13. Si bien las formas autobiográficas de principios del siglo XIX escriben textos vacilantes entre historia y ficción, eligen siempre la tendencia histórica: “la autobiografía decimonónica se legitima como historia, y como historia, se justifica por su valor testimonial” (Molloy 187).

Las condiciones fiduciarias y el carácter testimonial14

Beruti fue, como afirma Gabriel Di Meglio, un “personaje promedio de la élite porteña” (“Ojos tenaces…” 177). Era hijo de españoles de respetabilidad social y buena posición económica. Estudió en el Real Colegio de San Carlos y luego se dedicó a la función pública. También se desempeñó como escribiente en la oficina de control de Artillería y luego como sobrestante pagador tesorero de la misma armada. Desarrolló funciones en Contaduría de la Aduana e integró el Tribunal de Cuentas; finalmente, trabajó como contador de número en tiempos de Rosas.
En este sentido, su actuación política no es el motivo por el que se lo recuerda, sino la extensa crónica del período inicial de la formación de la Argentina. Adolfo Prieto lo define como “el más atento cronista de ese largo período de desorganización” (59). La publicación de su texto fue póstuma; sin embargo, estimo que su autor manifestó una clara conciencia de que alcanzaría mayores receptores ya que, como veremos luego, así lo anticipa15. En este sentido, vale interrogarnos sobre las circunstancias que llevaron a este sujeto a redactar un texto de estas características. Así, independientemente de la aclaración que abre la crónica respecto de continuar una obra ajena, considero que posteriormente Beruti adopta una actitud de testigo de un tiempo excepcional16.
La aspiración histórica en los textos era, tal como mencionamos más arriba, un criterio propio de la época, el cual no sólo legitimaba la función de la obra sino también dirigía la pluma del escritor. En efecto, el cronista de Memorias curiosas expresa en varias oportunidades su preocupación por la posteridad y por el juicio futuro sobre su tiempo; así por ejemplo, afirma “con el tiempo [éstos hechos] publicará la historia. […] estas y otras cosas hizo el insigne Liniers, que para escribirlas se necesita un volumen; pero el tiempo lo dará a la luz. Últimamente murió, pero no morirá su memoria en los corazones” (148). También así lo declara luego: “Finalmente la historia manifestará los grandes trabajos y aventuras que en esta desatinada expedición padeció el ejército” (363). Es decir, se encuentra presente en su discurso esa conciencia histórica y de acuerdo con ella se escribe un texto con aspiraciones afines. En este sentido, podríamos recordar lo que señala Paul Ricoeur respecto de la historia: considerada desde un punto de vista pragmático, ella implica un acto de habla (“El historiador se propone «hacer historia»” 82), una fuerza ilocutiva que define su enunciación bajo ciertas reglas de interpretación17. Así, la crónica de Beruti no sólo tiene aspiraciones históricas, sino que intenta producir ciertos efectos perlocutivos, busca ser leído bajo ese “pacto”.
Ahora bien, esto abre una serie de inconvenientes afines al modo elegido de expresión. En primer lugar, si bien debe reconocerse que persigue una función histórica y objetiva más que artística, Beruti, a pesar de ser testigo directo de lo que narra y tener, por lo tanto, un referente cercano, al pasarlo a testimonio escrito no puede más que construir un referido18, es decir, una representación producida gracias a ciertos procedimientos y estructuras narrativas, desde el punto de vista particular, atravesado por una ideología y un imaginario19.
De acuerdo con esto, las modalidades elegidas para expresarse también podrían generar una fisura con respecto a la aspiración mencionada; la crónica de Beruti puede pensarse como una mixtura entre dos géneros pertenecientes a las escrituras autobiográficas, el diario y la memoria: lo que inicia como memoria (con una mínima distancia del sujeto y los hechos, ya que las entradas se escriben al finalizar cada año), en 1804 se convierte en diario porque los acelerados sucesos (conflictos públicos por el ceremonial, invasiones, revoluciones, celebraciones, fusilamientos, entre otros) obligan a un registro regular y actual. En la segunda parte del texto, a partir de 1852, la alternancia entre ambas modalidades es constante ya que el cronista continúa anotando de forma casi diaria los hechos relativos a la actualidad pero intercalando párrafos que recuperan los fragmentos perdidos de su texto correspondientes a los acontecimientos de una parte del período rosista (1830-1842)20.
Esta alternancia entre ambas modalidades le otorga un carácter especial respecto de su testimonio: la crónica que escribe a fin de cada año tiene más marcado el sesgo interpretativo, ya que Beruti selecciona los acontecimientos para construir su relato a la luz de su conocimiento presente; en cambio, el registro diario conlleva una actualidad que reduce este aspecto. Como señala Weintraub: “El diario, la carta, la crónica y los anales adquieren valor en el hecho de no ser más que interpretaciones momentáneas de la vida. Su valor reside en ser un recuerdo fiel del pasado y no en el hecho de asignarle a éste un significado de mayor alcance.” (21).
Estos inconvenientes no son considerados por el cronista en los términos referidos, pero evidentemente hay una conciencia de que la credibilidad de su texto dependerá de su construcción ya que Beruti manifiesta una preocupación por la dimensión fiduciaria de su testimonio. Es así que recurre a diversas fuentes para acreditar sus informaciones y corrige errores en sus declaraciones. En este sentido, se podría relacionar su actitud con la de un “testigo” tal como lo caracteriza Paul Ricoeur: a) realiza una aserción sobre la realidad factual de lo atestiguado; b) se autodesigna a través del “yo estuve allí”; c) su discurso trabaja con una dimensión fiduciaria incluida en el pedido de ser creído –“Creedme”– y d) la sospecha de omisión o falta que asedia su testimonio intenta ser suprimida por medio de su confrontación con otros –“si no me creéis, preguntad a otro” – (210 y ss.).
Las primeras condiciones, especialmente la sintetizada en el “yo estuve allí”, quedan señaladas a partir de la introducción de los deícticos (ubicación espacio-temporal) y de la utilización de la primera persona singular o plural; dice, por ejemplo, “les manifestaré las caídas que tengo vistas en esta época” (196), donde no sólo apela a su condición de testigo presencial, sino que además interpela directamente a sus lectores.
El proceder que pretende el testigo bajo la forma del “creedme” es reforzado a partir del señalamiento de las informaciones erróneas y de los olvidos cometidos –“El 3 y 4 dije que los patricios quitaron un cañón al enemigo; pero sépase que no fue ese día, sino el 5 en el ataque general” (74)–, y de la profusa variedad de fuentes a que refiere. Mucho más numerosos son los que rectifican:

Esta nota es falsa pues me han informado que Rodríguez no lo fue a visitar y que sus enemigos le han levantado esta calumnia, pues Estomba murió en su locura sin querer comer (427)21.
Este párrafo, desde el principio al fin es falso, y si lo he puesto es porque así corrió en el público generalmente y se creyó; pero después averiguada la verdad, resultó mentira todo; y por lo tanto lo anoto, para que no tenga valor ninguno; pues no trato en este diario de poner otra cosa que la verdad, y si hay alguna mentira como ésta, cuanto la sepa la anotaré, como hago en ésta (366).

La rectificación y el registro de los “olvidos” quedan subsanados no sólo gracias a estos comentarios, sino también a partir de una estrategia que inaugura en 1807: agregar “suplementos” al final de cada año refiriendo lo que al calor del registro diario quedó relegado (o que sólo adquirió importancia posteriormente). La preocupación de Beruti por la credibilidad de su texto queda claramente expresada en el último fragmento: hay una aspiración veritativa que dirige su discurso y en función de la cual establece las diversas marcas de fidelidad de sus noticias.
En la misma línea de reforzar la credibilidad, Beruti refiere sus informaciones a una variedad de fuentes que son citadas en su discurso. En primer lugar, las fuentes oficiales, como bandos públicos y órdenes reales, y, posteriormente, los periódicos. Dice: “Todo esto lo he copiado de los papeles públicos y sólo en extracto” (531). En los primeros años tiene una relevancia fundamental la Gaceta de Buenos Aires22, de la cual transcribe largos pasajes23, y posteriormente se agregan el Redactor de la Asamblea, la Gaceta ministerial, la Gaceta Mercantil, el Diario de la Tarde, el Diario de Avisos, La Tribuna, El Progreso y el Argos. Establece una relación de continuidad con estas fuentes, las cuales no sólo son referidas como citas de autoridad, sino que también se indican a los lectores como posibles lecturas complementarias: “Los demás pormenores por no ser de consideración los he omitidos el ponerlos; pero se podrán ver en la Gaceta Mercantil del viernes 22 de enero de 1847.” (463).
Otras fuentes relevantes de información a las que apela Beruti son los testimonios de personas respetables, los cuales se relacionan con la posibilidad de confrontar su testimonio con otros: “Pasajes sueltos, que me han contado por dos sujetos respetables, el presbítero don Manuel Ascorra y el doctor don Pedro Ignacio Rivero, abogado de la superior cámara de justicia, quienes me lo han asegurado por ciertos y son los siguientes” (419). También refiere a diversos testigos anónimos, aunque el refuerzo que puedan dar a la veracidad de lo informado se vea mermado por la ausencia de nombres propios: “Finalmente todo lo anteriormente dicho me lo han informado diversas personas” (427).
Por último, el cronista reproduce fuentes inestimables para el investigador, ya que incluye frecuentemente rumores que circulan en el espacio público, logrando salvarlos del olvido. Como afirma Prieto, “Estos hechos [rumores, gestos, antipatías] escapan al registro específico de la historia, pero nadie dudará que ellos son también la historia” (93, itálicas en el original). En este sentido, podemos afirmar que Beruti no sólo se configura como testigo presencial de los hechos, sino también como preservador de la memoria oral, de las opiniones y valoraciones ausentes en registros oficiales, y de los rumores que corroían justamente esas versiones. Por ejemplo, luego de la “asonada de Álzaga”, del 1 de enero de 1809, el público se alborota porque no todos los acusados han recibido el mismo castigo:

Ha causado novedad a los críticos y políticos sensatos ver libres cinco señores capitulares, cuando éstos deben tener el mismo delito que los expatriados, pues si aquéllos tienen causa, éstos deben de tener la misma. […] ¿qué misterios encierra esto? Lo que más se cree es el que son muy pudientes, y haberlos puesto en libertad, era dar margen a que picados siguieran sus pretensiones… (121).

Gracias a este registro de los rumores podemos observar cómo el sentir popular se alzaba por detrás de los acontecimientos, cuán poderoso era el circuito oral, especialmente para desmentir versiones oficiales. Igual relevancia poseía la circulación informal de papeles anónimos, a los que apunta en diversas oportunidades el cronista: “Dios quiera que no nos causen muchos males su quitada, por cuanto el pueblo generalmente está disgustado con esta determinación, los pasquines amanecen diariamente contra esta disposición y el gobierno está vigilante” (337).
Esas murmuraciones y chismes también refieren al sentir popular sobre algunos acontecimientos polémicos; el ajusticiamiento de un oficial, por ejemplo, causa que se eleven entre los contemporáneos y que el cronista los registre: “El sentimiento del pueblo por la muerte de este sujeto ha sido grande, y públicamente dicen se le ha quitado la vida injustamente” (263)24. Al respecto, no podemos dejar de mencionar el uso del rumor para desprestigiar a los hombres públicos por medio de la burla:

Entró en esta capital el señor director José Rondeau, quien sin ser visto se dirigió a su casa en donde se halla; cuyo señor no da razón cómo ha sido la dispersión de nuestra caballería ni aun la causa de su fuga tan precipitada, que no paró hasta llegar a su casa y meterse en su cama; tal fue el susto pánico que recibió […] que a uñas de su buen caballo no le dio alcance la partida enemiga; esto cuentan, la verdad, no sé, pero la fuga sin orden es cierta (303).

La vacilación final en este fragmento (“esto cuentan, la verdad, no sé”) (303), propia del rumor y la oralidad, da cuenta de cómo está construido el texto: la apelación a diversas fuentes escritas y orales, la introducción de voces ajenas que conviven dentro de la de Beruti permiten considerar el dialogismo que ha exhibido hasta el momento (Bajtin). Esta utilización de lo que desde la lingüística se ha denominado extravocalización (introducir en el texto fuentes de voces externas) no presenta, sin embargo, un uso uniforme25. Beruti establece diversas relaciones de acercamiento y/o distanciamiento con esas fuentes, es decir, muestra variaciones entre la apertura hacia otras voces y posturas alternativas (la expansión dialógica) y el rechazo o confrontación de esas alternativas (la contracción dialógica)26. De la primera hemos transcripto ya varios ejemplos donde se observa cómo el cronista refiere a voces ajenas a veces compartiendo su posición o manifestando cierto grado de distanciamiento o duda (la última, por ejemplo). La refutación de fuentes aparece fundamentalmente en relación con las informaciones aparecidas en la prensa, órgano que rápidamente fue aprovechado por los diversos gobiernos para sus campañas. Por ejemplo, en 1828 luego del fusilamiento de Manuel Dorrego escribe el cronista: “Esta infausta noticia lo ha recibido la mayor parte del pueblo con desagrado y sentimiento, porque en el tiempo que gobernó no hizo mal a ninguno […], y así cuanto dicen los papeles públicos contra él son falsos, y sólo por cubrir el atroz atropellamiento que ha ejecutado Lavalle los estampan para alucinar incautos” (401).
La utilización de la prensa para atacar a los enemigos políticos no era algo novedoso para Beruti luego de que la Primera Junta publicara La Gaceta de Buenos Aires, por eso se encuentra advertido de la posible manipulación discursiva a la que está expuesto como lector y se distancia de esas afirmaciones. Antecedentes de este tipo de relación con las fuentes oficiales ya pueden rastrearse en su discurso desde 1815 cuando, por ejemplo, introduce este revelador diálogo:

Estoy informado de un coronel juicioso, y por lo mismo lo manifestó, que cuanto se ha dicho y vituperado denigrativamente contra los gobiernos que han caído y sucedido unos tras de otros, como contra las personas que han mandado de presidentes, de la primera junta, el gobierno ejecutivo, directores, secretarios, etcétera, jefes militares y políticos es falso y no se debe de creer, por no haberse probado cosa alguna […]; por lo que preguntando el coronel, que por qué se les levantaba tantas especies y se daban en Gaceta públicamente, me contestó diciendo que se hacía para acarrearles el odio público […]; cuyas razones de este sujeto tan respetable, me han dado a no creer cuanto se ha dicho de las personas de los anteriores gobernantes (267).

La situación dialógica reproducida indirectamente por el cronista abre su texto no sólo a la posición del coronel, con quien comparte opinión, sino también a las diversas publicaciones aparecidas en la Gaceta, órgano oficial que ha cambiado tanto de discurso como de gobierno a cargo.
Autodesignación a partir del establecimiento de la ubicación espacio-temporal y del uso de la primera persona (“yo estuve allí”), pedido de ser creído (“creedme”), apertura a la inclusión de otras voces para apoyar sus informaciones (“si no me creéis, preguntad a otro”), todas son condiciones del testigo que están en juego en el discurso de Beruti, quien se configura a sí mismo como tal en orden de intentar reforzar la credibilidad de su relato.

Palabras finales

En el texto propuesto hemos podido observar cómo Beruti se configura en un rol particular, el de “testigo”, intentando dar cuenta de lo acontecido de forma fiable de acuerdo a las condiciones propias de ese papel (“yo estuve allí”, “creedme”, “si no me creéis, preguntad a otro”).
El interés testimonial de este cronista puede relacionarse con una conciencia histórica propia del momento y con la aspiración referencial como criterio de escritura en los textos de este periodo; en correlación a ellos debe entenderse la preocupación expresada por la dimensión fiduciaria de su testimonio: Beruti cree que su texto será de utilidad para futuros lectores y, si bien no está pensado como una obra de intervención política, aun así existe la certeza de que será provechoso, justamente porque aún no se ha construido el discurso de la historia y la memoria necesita preservar los vaivenes de ese periodo de crisis y revolución para cuando se constituya.
En este sentido, este tipo registro subjetivo, como las escrituras autobiográficas, cobra relevancia para reconstruir un haber sido ajeno a nuestra experiencia presente; independientemente de las limitaciones propias que la modalidad elegida les impone, el individuo y el caso particular ganan protagonismo para reconstruir un contexto mayor, formas de pensar y representar, y/o preocupaciones de época. La expresión de las opiniones de este testigo, al igual que el registro, no sólo de las fuentes oficiales, sino también del rumor, las murmuraciones y el sentir general, hacen que el texto adquiera aún mayor relevancia para comprender mejor no los acontecimientos, sino la forma en que fueron vividos por sus contemporáneos.

Notas

1 No hemos encontrado bibliografía que lo estudie desde esta perspectiva a pesar de la cantidad de historiadores que lo utilizan como fuente.

2 El presente artículo es resultado de un trabajo de investigación realizado para el seminario de posgrado, “Hacia una historia social del poder y la política. Temas y problemas a partir de la experiencia argentina decimonónica)”, dictado por la Dra. Beatriz Bragoni en la Universidad Nacional de Mar del Plata en el año 2013. Forma parte además del proyecto de doctorado dirigido por las Dras. María Coira y Rosalía Baltar.

3 Paul Ricoeur señala como una de las diferencias centrales entre relato histórico y relato ficcional el diverso pacto (en tanto expectativas y promesas) que establecen autor y lector: en un texto histórico ambos convienen implícitamente en que se tratará de situaciones que existieron antes de hacerse un relato de ellos y que el placer de su lectura no será el objetivo fundamental a considerar en la evaluación (342).

4 Utilizamos el término “autobiográfico” en el sentido amplio, es decir, no sólo considerando a la autobiografía per sé, sino a todos géneros cercanos como memoria, biografía, novela personal, poema autobiográfico, diario íntimo, autorretrato, entre otros (Lejeune).

5 Romero define los “tipos historiográficos” como “ciertos esquemas regulares dentro de los cuales se ordenan y se estructuran los elementos de la intelección histórica, valorados de acuerdo a cierto principio ordenador” (105).

6 Giovanni Levi afirma: “El principio unificador de toda investigación microhistórica es la creencia de que la observación microscópica revelará factores anteriormente no observados” (124).

7 Sabina Logira critica las tendencias historiográficas que se concentran en los social, en detrimento de lo singular: “Na tentativa de aplicar o princípio da causalidade aos fenômenos sociais, sacrificaram tudo aquilo que é singular ou único: os indivíduos não são pensados como seres particulares, dotados de um caráter singular, distinto, nem mesmo como seres capazes de agir sobre o curso da história, mas como exemplares equivalentes entre si, submissos apenas à dominação do grupo (classe, nação etc).” (Souza y Lopes, entrevista a Loriga en portugués 29).

8 Carlo Ginzburg señala como una de las tareas del historiador el “echar luz sobre la mentalidad de quien escribió esos textos” (14).

9 Levi explica: “La microhistoria no intenta sacrificar el conocimiento de los elementos individuales a una generalización más amplia y, de hecho, insiste en las vidas y acontecimientos de los individuos. Pero, al mismo tiempo, intenta no rechazar todas las formas de abstracción, pues los hechos mínimos y los caos individuales pueden servir para revelar fenómenos más generales.” (138).

10  Ginzburg, siguiendo a Walter Benjamin, afirma “leer a contrapelo las intenciones de quien produjo [los textos] y sacar a la luz voces no controladas (mentalidades, usos y costumbres)” (14).

11 Karl Mannheim puntualiza que “La historia de la autobiografía, es, en este aspecto, una de las fuentes de información más valiosas: en primer lugar e indirectamente podemos observar de qué naturaleza eran en el pasado las actitudes introspectivas de los hombres, de qué modo y para qué fines se observaban a sí mismos; además, podemos ver cómo las distintas situaciones sociales e históricas han favorecido distintas formas de la personalidad, y cómo estas distintas formas de actitudes introspectivas desempeñan inconscientemente ciertas funciones sociales.” (citado en Prieto 12).

12  Según Adolfo Prieto, en su imprescindible La literatura autobiográfica argentina, el contenido de lo que se rememora en los textos que van de principios de siglo XIX hasta bien avanzado el XX tiende a salvaguardar, recuperar o exaltar los valores de una elite, y más aún, de una clase, la oligarquía.

13 Estos textos dan cuenta de un fenómeno particular: el hombre corriente, quien no tiene una participación preponderante en los hechos, se convierte en testigo de grandes transformaciones en su tiempo y, consciente de su impacto, se preocupa por registrar los sucesos excepcionales para generaciones posteriores (Weintraub 1991).

14 Paul Ricouer señala la diferencia entre la práctica cotidiana del testimonio y su uso jurídico e histórico. Uno de los rasgos que estudia es el grado de importancia que puede tener la fiabilidad de lo narrado ya que los grados de sospecha y confianza que se exhiben en la audiencia varían en cada caso. Considera, sin embargo, que la dimensión fiduciaria, es decir, la confianza en la palabra del otro, forma parte del núcleo que comparten (208-214).

15 José María Beruti, hijo de Juan Manuel, donó los manuscritos originales del texto al Dardo Rocha el 28 de mayo de 1869. Se conservaron en el archivo particular del fundador de la ciudad de La Plata sin ver la luz pública durante setenta y tres años. En 1942, el hijo de Dardo Rocha, Carlos Dardo Rocha, lo entregó en préstamo a la Biblioteca Nacional de la República Argentina, para someterlo a estudios paleográficos y posterior edición en la Revista de la Biblioteca Nacional en 1945, donde sólo se publican los dos primeros volúmenes manuscritos y un sumario del contenido del tercero. En 1960, en el marco de las conmemoraciones por el sesquicentenario de la Revolución de Mayo, el Congreso de la Nación Argentina dispuso publicar cinco mil ejemplares de la Biblioteca de Mayo, Colección de Obras y Documentos para la Historia Argentina y el texto de Beruti, tal cual había aparecido en la Revista de la Biblioteca Nacional pasa a integrar dicha colección en el tomo IV, denominado “Diarios y Crónicas”.

16 La aclaración mencionada aparece en la primera página: “De los sujetos que han sido gobernadores y virreyes de las Provincias del Río de la Plata; como de los señores alcaldes de 1º y 2º voto y síndicos procuradores del ilustrísimo Cabildo de Buenos Ayres desde el año 1717 hasta este 1789, en que saqué esta copia de un manuscrito original que me prestó un amigo; y yo Juan Manuel Beruti, lo sigo desde este presente año de 1790, aumentándole otras noticias más que ocurran, dignas de notarse” (13).

17 Para un desarrollo completo de este enfoque, véase John L. Austin y John R. Searl.

18 Noé Jitrik, en su excelente análisis sobre la novela histórica, distingue las nociones de referente y referido: el referente es aquello que se retoma de un discurso ya establecido, y el referido es lo que se construye con el material retomado, mediante modalidades y procedimientos propios de la narración novelística. Puede consultarse también María Coira.

19 Esto sería equivalente a los problemas derivados de la tercera operación historiográfica, la representación literaria, propuesta por Paul Ricoeur.

20 Los registros de esos años se han perdido: el propio Beruti explica que en ese período de violencia y persecución, le entregó esos pliegos a su hijo para que los ocultara por temor a la mazorca y nunca los recuperó. El cronista lo narra en los siguientes términos: “En el año de 1842, la más-horca, corifeos de Rosas, entraron en partidas de 6 u 8 hombres en todas las casas con el fin de hacer pedazos todos los colores verde y azul […]. Yo tenía escrito sus hechos desde el año [1829] hasta esta fecha, 1842, que son trece años. Sabiendo esto el diario que llevaba lo puse bajo mis colchones de mi cama, no creyendo que registraran […], pero mi hijo Juan Ángel me dijo, mi padre, pueden estos malvados entrar en casa y registrar toda la casa y los colchones, déme usted el diario lo guardaré, y se lo entregué” (514).

21 Esta nota se encuentra al margen del siguiente párrafo: “También se dice que el coronel Estomba, estando loco en el hospital, lo fue a visitar el brigadier Martín Rodríguez; pero que Estomba lo recibió con insultos, sacándole, que por su causa había sido fusilado Dorrego por el mal consejo que dio a Lavalle, y que al segundo día de esto murió Estomba, atribuyéndose fue de veneno, mandado dárselo por Rodríguez” (Beruti 427).

22 Si bien el Río de la Plata contó con antecedentes de papeles públicos, como el Telégrafo Mercantil, rural, político-económico e historiográfico del Rio de la Plata (1 de abril de 1801 al 17 de octubre de 1802), el Semanario de Agricultura Industria y Comercio (1 de septiembre de 1802 al 11 de Febrero de 1807), The Southem Star (de Montevideo, en 1807), la Gazeta de Gobierno (una reimpresión de la Gazeta de Gobierno de la ciudad de Sevilla aparecido en 1809), y el Correo de Comercio (3 de marzo de 1810 a 23 de febrero de 1811), la Gaceta de Buenos Aires introdujo la innovación de ser una publicación oficial, a diferencia de sus antecesoras e “inauguró un estilo de escritura periódica cuya materia era exclusivamente política” (Martínez Gramuglia: 38). La carencia de otras publicaciones en los primeros años de la revolución  hizo que la GBA disfrutara de un relativo monopolio de la palabra escrita. (Cremonte).

23 Para un desarrollo completo de la relación del texto de Beruti y la Gaceta de Buenos Aires véase Forace (“Cruces discursivos”).

24 Respecto al concepto de pueblo, Beruti restringe su significado al “verdadero pueblo” conformado por los vecinos distinguidos; dice, por ejemplo respecto de la revolución de los orilleros de 1811: “Todo lo cual se hizo con el mejor orden, sosiego y arreglo que se podía desear, sacando partido en cuanto quisieron los satélites del despotismo, suponiendo pueblo a la última plebe del campo, con desdoro del verdadero del vecindario ilustre y sensato de esta ciudad, que ha quedado burlado y no fue llamado para nada; pero bien sabían los facciosos que si hubieran llamado al verdadero pueblo, no habría logrado sus planes el presidente” (166). Asimismo, la denominación “pueblo” y su mutación semántica en el período revolucionario ha sido analizada por numerosos críticos e historiadores; sólo a modo de guía, consúltese: Goldman, Cansanello, Di Meglio (¡Viva el bajo pueblo!), Oieni, entre otros.

25 Una corriente lingüística (la Teoría de la Valoración) encabezada por Martin White retoma las ideas bajtinianas de dialogismo. Reconoce la “heteroglosia” como un rasgo de los enunciados que reconocen la existencia de otras voces y posturas alternativas. Dentro de esta categoría, la teoría diferencia la extravocalización y la intravocalización: la primera introduce en el texto fuentes de voces externas (corresponden al discurso reproducido, citado o reportado); la segunda corresponde a la voz interna del autor, quien asume la responsabilidad de los enunciados emitidos. (Martin y White; White “Beyond modality”; Appraisal website)

26 White (“Beyond modality…”) señala estas dos opciones, la expansión dialógica y la contracción dialógica, como recursos que amplían o limitan el potencial de un texto para construir la diversidad heteroglósica. Dentro de los primeros incluye la consideración (formulaciones que evocan alternativas dialógicas como probabilidades) y la atribución (formulaciones que pueden sólo reportar las palabras ajenas y/o distanciarse de ellas); dentro de los segundos, la refutación (el rechazo directo o la contradicción de la posición dialógica opuesta), la proclamación (cuando la voz textual desea señalar lo fuertemente involucrada que está con el punto de vista que emite).

Referencias bibliográficas

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Fecha de recepción: 12/12/2013
Fecha de aceptación: 02/12/2014

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