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https://doi.org/10.19137/anclajes-2020-24310

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ARTÍCULOS

 

Correspondencias sumergidas: latinoamericanismo, performance y archivo en Manuel Ugarte

Submerged Networks: Latin Americanism, Performance and Archive in Manuel Ugarte

Correspondências submersas: latino-americanismo, performance e arquivo em Manuel Ugarte

 

Fernando Degiovanni
The Graduate Center, CUNY
Estados Unidos
fdegiovanni@gc.cuny.edu
ORCID: 0000-0003-2121-924X      

 

Resumen: A partir de la gira de conferencias emprendida por el escritor argentino Manuel Ugarte entre 1911 y 1913, este artículo explora la reconversión del latinoamericanismo de discurso espiritualista y literario a práctica performática y espectacular, articulada por un intelectual militante para una multitud que ve y oye. En particular, estudia el rol que Ugarte otorga al telegrama, producto de las tecnologías de comunicación por cable submarino, en la organización de colectivos estudiantiles y obreros, destinados a reconstituir desde el activismo la idea misma de América Latina. El destino de un continente (1923), libro en el que Ugarte narra la gira, es leído como un archivo performático que permite pensar otra genealogía del latinoamericanismo, anclada en nociones de cuerpo, tecnología y afecto.

Palabras claves: Manuel Ugarte; El destino de un continente; Latinoamericanismo; Cuerpo; Tecnología; Afecto.

Abstract: By focusing on Argentine writer Manuel Ugarte’s 1911-1913 lecture tour, this article explores the reconversion of Latin Americanism from a spiritualist and literature discourse to a performative and spectacular practice, articulated by a militant intellectual for a multitude that listens and watches. In particular, it focuses on the role Ugarte gives to the telegram, a product of undersea cable communication technologies, in the organization of student and worker collectives, meant to reconstitute the idea of Latin America through activism. El destino de un continente (1923), the book in which Ugarte narrates his tour, is read here as a performative archive that allows to formulate an alternative genealogy of Latin Americanism rooted in notions of the body, technology, and affect.

Keywords: Manuel Ugarte; El destino de un continente; Latin Americanism; Body; Technology; Affect.

Resumo: Através da turnê de palestras realizada pelo escritor argentino Manuel Ugarte entre 1911 e 1913, neste artigo se explora a reconversão do latino-americanismo desde um discurso espiritualista e literário para uma prática performática e espetacular, articulada por um intelectual militante para uma multidão que vê e ouve. Em particular, se estuda o papel que Ugarte atribuiu ao telegrama, produto das tecnologias de comunicação por cabo submarino, na organização de coletivos de estudantes e trabalhadores, destinados a reconstituir desde o ativismo a própria ideia da América Latina. El destino de un continente (1923), livro em que Ugarte narra sua turnê, pode ser lido como um arquivo performático que nos permite pensar em outra genealogia do latino-americanismo, ancorada em noções de corpo, tecnologia e afeto.

Palavras-chave: Manuel Ugarte; El destino de un continente; Latino-americanismo; Corpo; Tecnologia; Afeto.

 

Entre 1911 y 1913, el escritor argentino Manuel Ugarte (1875-1951) emprende una gira de conferencias por todos y cada uno de los países de América Latina y los Estados Unidos con el propósito de denunciar, en espacios públicos y masivos, el imperialismo norteamericano. Sin precedentes en la historia intelectual y performática del continente por su amplitud geográfica y duración temporal, la campaña de Ugarte tiene como objetivo promover la unidad latinoamericana fuera del discurso espiritualista, así como de la perspectiva primariamente literaria, que habían caracterizado las intervenciones de José Martí en “Nuestra América” (1891), Rubén Darío en “A Roosevelt” (1904) y José Enrique Rodó en Ariel (1900), referentes centrales del pensamiento de la identidad continental en el entresiglo. La campaña continental de Ugarte señalará que la posibilidad de materializar un proyecto latinoamericanista de resistencia a nivel político y económico se jugaba en última instancia en dispositivos capaces de desbordar el espacio de la escritura letrada. Se trataba, en su opinión, de sacar al latinoamericanismo del textualismo de fundamento estético-literario que lo había atravesado hasta entonces, para sentar sus bases en otros soportes y agenciamientos comunicativos.
Los recursos que ofrece la tecnología de cable submarino estarán en el centro del proyecto continentalista de Ugarte. En este trabajo investigo el modo en que esa forma de comunicación consolidada en la segunda parte del siglo XIX se constituye en eje de un nuevo latinoamericanismo a comienzos del XX. En particular, me interesa interrogar el modo en que el telegrama –uno de los subproductos más ostensibles del cable– sirve a Ugarte para pensar un latinoamericanismo anclado en nociones de cuerpo y afecto. Sostengo que es posible leer El destino de un continente (1923), el texto que junto a Mi campaña hispanoamericana (1922) da cuenta de la gira hemisférica de Ugarte, como un libro-archivo en el cual la transcripción cuidadosa de telegramas, así como la reflexión misma sobre las posibilidades de las nuevas tecnologías comunicativas, se constituye en elemento central para la formación de redes latinoamericanistas alternativas.
Realizada a lo largo de dos años, la gira de Ugarte representó un intento sin precedentes por redefinir el latinoamericanismo tanto a nivel material y simbólico. Haciendo uso de su propia fortuna, sin mandato oficial o institucional, y a través de las ganancias que le fueron dando los artículos producidos en el transcurso de su campaña, Ugarte decidió recorrer todo el territorio americano para promover sus ideas en torno a la integración continental. Como escribió en El destino de un continente, su propósito era “entrar en contacto con cada una de las repúblicas cuya causa había defendido en bloque, conocerlas directamente” (43); también quería lograr una apreciación que “escapa al texto o a la fotografía y [que] sólo es posible comprender o abarcar en la visión directa” (44). Ligada a una política de investigación del “terreno” (ningún otro partidario de la unidad continental había intentado hasta entonces fundar su autoridad en la experiencia directa, ni visitando la totalidad de los países del área), la gira de Ugarte quiso ser un parteaguas en la conceptualización y performativización del latinoamericanismo. Con este viaje –que no sería el único, pero sí el más ambicioso y extendido de su carrera– Ugarte logró al mismo tiempo espectacularizar el discurso de religación continental y llevarlo a públicos universitarios y obreros en proporciones desconocidas hasta entonces1.
Para Ugarte, una de las características definitorias del latinoamericanismo había sido su aparición episódica e intermitente a lo largo del tiempo, y en este sentido debía asociarse más a la figura de Sísifo levantando perpetuamente la piedra que a la del etéreo Ariel de Rodó (282). Otro rasgo había sido su larga lucha por materializarse en instituciones políticas y culturales, así como su dificultad para determinar con claridad su lugar en procesos de formación del sujeto, ya que su definición no parecía depender de organizaciones políticas específicas, rituales de formación del habitus, o un conjunto definido de derechos y obligaciones ante la ley. A diferencia del nacionalismo de Estado, carecía entonces de una traducción precisa en instrumentos de constitución de la ciudadanía; al no abrazar la transformación revolucionaria de relaciones económicas y sociales a escala global, tampoco se acoplaba a ideales comunistas. Por estas circunstancias, el latinoamericanismo debía responder, según Ugarte, a otro conjunto de incentivos y propósitos. ¿Pero cuáles eran ellos y en qué practicas podían sostenerse?
De hecho, Ugarte consideraba que para 1910 el proyecto de unidad continental formulado por Bolívar carecía de posibilidades de articulación en la práctica: la rápida consolidación del Estado en los distintos países en América Latina, así como los numerosos conflictos armados que habían emergido en la región en la última parte del siglo XIX (entre los que se contaban las destructivas guerras de la Triple Alianza y del Pacífico) hacían de la integración política una imposibilidad de hecho. Por otro lado, las respuestas estético-literarias y pedagógicas formuladas por Martí, Darío y Rodó le parecían limitadas frente a la creciente fuerza militar y económica de Estados Unidos a nivel global. Si, por un lado, era necesario desarrollar una política proteccionista basada en la cooperación comercial y diplomática entre los países latinoamericanos, por otro, resultaba preciso expandir las bases sociales del latinoamericanismo como discurso de unidad regional.
Ugarte creía que para lograr sus objetivos el latinoamericanismo necesitaba de una redefinición de la noción misma de intelectual, así como de los medios de los que debía valerse ese intelectual para comunicar sus ideas. Entre otras propuestas, Ugarte sostenía que el paso del profesional de la escritura a performer era central para la reconversión del latinoamericanismo en un discurso comprometido con las realidades locales y definido en términos de solidaridad comunitaria. En su opinión, las formas de lo que denominaba latinoamericanismo “lírico”– invocaciones a la unidad continental publicadas en forma de ensayos, artículos y poemas– pasaban por alto el problema del persistente analfabetismo de la región, así como las limitaciones de circulación de lo impreso más allá de las fronteras de cada país. Los recursos políticos y culturales de la política panamericanista de los Estados Unidos tampoco debían constituir una preocupación menor, en tanto editoriales y universidades norteamericanas estaban dedicando ya importantes recursos a desarrollar un currículo universitario destinado a promover el conocimiento de la región a través de cursos y materiales bibliográficos.
En El destino de un continente subrayaría que su objetivo de lograr “una coordinación de política internacional, llevó al pacífico escritor a desertar su mesa de trabajo para subir a las tribunas y tomar contacto directo con el público” (39). Sin abandonar la escritura de artículos, pero alejado de cualquier reclamo de autonomía letrada caro a los modernistas, Ugarte prefirió entonces el rol de intelectual militante y de organizador cultural que se vale de la voz y el cuerpo para la articulación de su proyecto transnacional: no se trataba, en otras palabras, de alejarse de la “plaza pública” alegando tareas especiales, sino de “codearse con la multitud” (118). La idea del intelectual que toma partido, del intelectual orgánico que, aún dentro de la profesionalización, reclama la lógica heterónoma como justificación de su práctica, dará lugar en Ugarte a formas de participación política que incluirán no solamente el uso de la palabra escrita sino también de la intervención oral frente a audiencias masivas. En particular, los discursos públicos representarán un medio para hacer del escritor un activista que abandona la posición contemplativa para convertirse en un dinamizador comunitario que cuenta con el auditorio y la calle (no el parlamento o el comité partidario) como espacios de construcción solidaria.
Anticipando los debates que tendrían lugar a finales del siglo XX en torno al lugar de la literatura en la constitución del latinoamericanismo –cuya manifestación más ostensible sería Against Literature (1993) de John Beverley– Ugarte insistirá en El destino de un continente que su gira “nace sin pretensiones, sin literatura, en franca comunión con la juventud y con el pueblo, como un grito que sale del conjunto” (9). Su proyecto consiste en defender el efecto de alianzas afectivas constituidas en la “plaza pública”, “como parte que soy de ese mismo pueblo” (290). El cuestionamiento de la validez de la cultura del libro para llevar a cabo estos objetivos se planteará reiteradamente en El destino de un continente. Allí critica, por ejemplo, al líder revolucionario mexicano Francisco Madero, cuyo error “fue suponer que su plataforma y su teatro eran los libros que había leído” (91). También fue el error de Rubén Darío, quien, poeta y cronista, no fue “hombre de palabra elocuente que pudiera amotinar a las muchedumbres en las calles” (93). La reconversión del literato en militante y organizador cultural de una red latinoamericanista pasaría precisamente por la adopción de una estrategia nueva, que Ugarte describe a partir de su propio ejemplo, una vez iniciada la gira: “en México no esperaban ya al literato, y si lo recordaban algunos, sólo era como antecedente ilustrativo. El pueblo y la juventud se preparaban para recibir al obrero de una doctrina de resistencia […]. Lo que empezó siendo un pensamiento –concluye– se transformó en acción” (83-84).


Ugarte en México
La Información (San José de Costa Rica), 30 de abril de 1912
Colección Manuel Ugarte, Archivo General de la Nación, Buenos Aires

Al promover la construcción de una “Patria Grande”, Ugarte insistirá en el ataque a los Estados Unidos, pero su propuesta de rechazo a la política panamericanista pasará fundamentalmente por la formulación de propuestas de coordinación regional a nivel diplomático y comercial. El latinoamericanismo de Ugarte se pensará al margen de los turnos del poder y de las luchas partidarias internas de cada país, ya que partir de ellos implicaba necesariamente parcializar y fragmentar la concepción de bloque continental. Desde ahí su renuencia, cada vez que llega a una nueva ciudad, a “que se me atribuyesen preferencias o simpatías [políticas] en un sentido o en otro” (85). A pesar de ser un reconocido militante del Partido Socialista Argentino, en su gira insiste en permanecer siempre “ajeno a toda tendencia política, independientes de todos los bandos” ya que su latinoamericanismo “sólo venía a coincidir con las aspiraciones superiores del pueblo” (93-94), aspiraciones que dado su carácter transnacional debían evitar fricciones políticas o históricas capaces de resquebrajar la idea de comunidad regional2. Dada la imposibilidad de concretar la unificación latinoamericana a través de un gobierno común, estas aspiraciones eran, en su opinión, sobre todo económicas: el desarrollo de políticas proteccionistas a nivel continental permitiría precisamente socavar las firmes alianzas de las elites locales con los agentes del imperialismo, y al mismo tiempo brindaría oportunidades de ascenso social a los nuevos sectores universitarios y obreros en un momento de expansión económica global.
En su gira, Ugarte quería explorar no solo “las posibilidades de levantar la nacionalidad desde el punto de vista moral e ideológico, sino también, y sobre todo, las perspectivas en el orden de la organización económica, base primera sin la cual nada es posible” (232). No se trataba, en otras palabras, de ligar necesariamente latinoamericanismo a progresismo de izquierda, sino plantear su formación en términos de mercado, y en particular de mercado regional. La construcción de una “Patria Grande” –concepto cuyo fundamento es económico además de político y cultural– suponía el trabajo coordinado a nivel regional para crear líneas férreas, fomentar la explotación minera, establecer frigoríficos, promover la industria manufacturera, dar impulso a la producción petrolera (248), entre otras medidas de reapropiación de “la riqueza y el progreso” (249), y por esos medios confrontar la dependencia del capital extranjero. Ugarte subrayaba en este sentido la necesidad de “rehacer por lo menos diplomáticamente el conjunto homogéneo […] y hacer cada república más fuerte y más próspera dentro de una coordinación superior” (35). Esa “coordinación” solidaria era pensada bajo la forma administrativa de una “entente” de pueblos latinoamericanos que pudiera “asegurar su autonomía y oponer un bloque y una común acción de resistencia” (148).

Políticas del cable

La reconversión del escritor en performer, así como el paso de un latinoamericanismo espiritualista-literario a otro de perfil económico-diplomático, dependía para Ugarte de un elemento dinamizador común: la utilización política del cable, que desde mediados del siglo XIX se había constituido en protagonista de la tecnología de transmisión mundial de la información. Su acción comprendía desde la circulación global de noticias para los periódicos hasta la recepción de comunicados cotidianos sobre la situación de personas y cosas. Nicole Starosielski ha señalado que el desarrollo de la red telegráfica global estuvo ligado directamente al colonialismo, por cuanto las líneas submarinas seguían usualmente rutas internacionales de transporte y comercio, y de este modo sirvieron de apoyo a la implantación y diseminación del capitalismo a nivel planetario. En este contexto, es crucial señalar que la expansión de las redes cablegráficas fue liderada por compañías privadas más que por los estados nacionales, sirviendo así de tecnología al servicio de intereses corporativos (31-34).
En El destino de un continente, Ugarte indica sistemáticamente las conexiones entre colonialismo y telegrafía, sugiriendo, en términos de Alex Nalbach, que ésta constituía el “software” del nuevo imperialismo (76). Se trataba de una tecnología de amplias consecuencias sobre la formación de la opinión pública. Ugarte puntualiza, por ejemplo, que “el mundo solo sabrá de las cosas de América lo que quieran decir los Estados Unidos, porque ellos son los que imponen a la opinión los cables” (183). Y aclara: “muchos de los choques que se han producido entre nuestras repúblicas tiene su origen en una información artera. Y aun dentro de la paz, el cable cultiva alejamientos y hostilidades. Cada vez que en Buenos Aires tuve que defender a México, tuve que empezar a refutar la opinión hostil de las agencias” (136). Por lo cual concluye: “cuando pensamos que […] nuestras naciones tienen que utilizar hasta para sus comunicaciones oficiales el cable extranjero, podemos medir la eficacia que alcanzará la acción gubernamental […] con la misma potencia que tiene en sus manos el resorte supremo de la información” (136-137). Desde 1860, el tendido de cables por toda América Latina se había ampliado significativamente. Si en sus inicios las conexiones fueron controladas por empresas europeas que operaban en el sector oriental de Sudamérica, para finales del siglo XIX las compañías norteamericanas dominaban por completo el área del Caribe, así como la costa pacífica (Winseck y Pike; Sánchez). El influjo de la Central and South American Telegraph Company, entre otras más pequeñas que cubrían el continente, sería, de hecho, motivo central de preocupación para Ugarte. Éste, en concordancia con su mayor tolerancia al imperialismo europeo, se manifestaba menos ansioso por el influjo británico y francés en el área (no cuestiona el poder de la Agencia Havas, por ejemplo), que por la hegemonía estadounidense, punto casi excluyente de su argumentación.
El rol del cable norteamericano como arma estratégica en la construcción de noticias falsas, tanto en lo que respecta a la política latinoamericana como a su propia gira, está en el centro de los reclamos de Ugarte:

Con la ayuda de ardides que pasaban inadvertidos para la mayoría, se sembraba de minas el camino, se divulgaban noticias falsas, se me desacreditaba de todas formas, unas veces verbalmente, otras con la ayuda de la prensa adicta. Hoy se me acusaba de hacer una gira comercial, mañana de ser millonario excéntrico, pasado de estar subvencionado por Alemania. No es posible imaginar el tino, la perseverancia, la energía, la diplomacia que fue necesaria para salvar las necesidades. (136)

Por eso agrega que en su proyecto,

la mayor dificultad consistía en las comunicaciones. Sólo recibía las que dejaban pasar la censura o el cable norteamericano, de modo que a veces ignoraba la atmósfera de un país antes de mi llegada o después de mi partida. Así pudo publicar el New York Times del 18 de agosto de 1912, un reportaje absolutamente inexacto, que fue reproducido por El día, de La Habana, y por varios periódicos de América, y que no conocí hasta llegar al término del viaje. Y así se cablegrafiaron a Buenos Aires las noticias más torpes sobre la jira [sic]. (136)

En este contexto, el cable se convierte en una especie de máquina incontrolable y todopoderosa cuyo objetivo consiste en la disrupción de cualquier intento de coordinación continental. Lo que preocupa a Ugarte es “la eficacia que puede tener la noticia como agente de comunicación […] Nada más difícil que restablecer la verdad de un medio saturado por la ininterrumpida información tendenciosa” (136-137).
Pero no todo está perdido. Para Ugarte, la utilización estratégica de la misma tecnología del cable posibilitaría la reconstitución material y simbólica del latinoamericanismo como proyecto político: “Más que con ideales –escribe sobre Cuba bajo la influencia de Estados Unidos después de 1898–, la guerra se hace con armas, comunicaciones y dinero”, y se pregunta: “¿Con ayuda de qué cables, de qué hilos telegráficos, de qué antenas [Cuba] se comunicaría con el mundo?” (62). Frente a las agencias cablegráficas norteamericanas –parte de un panamericanismo que, según Ricardo Salvatore, imaginaba América Latina como “un territorio destacado para el libre flujo de bienes, asistencia técnica, noticias y soluciones de negocios” (666)– Ugarte propondrá el desarrollo de una racionalidad comunicativa integracionista alternativa. Más que crear agencias para transmitir y distribuir noticias adversas a los Estados Unidos (un proyecto materialmente irrealizable en ese momento en América Latina), se trataba de aprovechar las redes cablegráficas disponibles para la constitución de una esfera política afiliativa, cuyo eje sería la organización de colectivos populares y grupos de acción. En particular, el telegrama, uno de los subproductos más notorios del cable, representaba un medio especialmente idóneo para la “previa preparación de la opinión pública” (68).
De hecho, la idea de forjar un sistema de religación continental a partir de las posibilidades que ofrecía la conectividad transnacional no era nueva en el pensamiento de Ugarte. La idea de un latinoamericanismo fundado en tecnologías comunicativas había formado parte de su proyecto de unidad regional desde su primera visita a los Estados Unidos en 1900. En “La defensa latina”, un artículo de 1901, sostendrá que para lograr la solidaridad continental:

se fundarán diarios especiales […] se perfeccionaría el servicio internacional de correos […] se aumentaría el canje de diarios entre distintas capitales […] y con líneas de comunicación cada vez más rápidas y más completas, con la propaganda cada vez más decidida y eficaz de todos los ciudadanos, industriales, cónsules, etc., no parece difícil conseguir, al cabo de pocos años, un recrudecimiento de la fraternidad entre diferentes naciones (8).

En ese sentido, criticaba entonces los medios limitados que ofrecía el latinoamericanismo literario, producto de revistas que contaban con colaboradores de varios países “que han simpatizado y se han escrito sin conocerse fundamentalmente” (“La defensa” 9). Defendía en cambio la necesidad de informar sobre tratados de comercio o de recambio de autoridades entre países de la región. Por último, subrayaba la necesidad de construir una comunidad continental más allá de tecnologías basadas en la escritura. Así indicaba que era preciso atar lazos sociales a partir de experiencias fundadas en la voz y el cuerpo. Junto al aprovechamiento del correo, el telegrama, las noticias, finalizaba Ugarte, “se multiplicarán las conferencias […] se organizarían viajes colectivos alrededor de América Latina con estudiantes” (“La defensa” 9).
En su campaña de 1911-1913, Ugarte hará precisamente de la conjunción entre formas modernas de comunicación y nuevas nociones de performatividad el eje de su programa político. De hecho, considerará que la propia tecnología del cable era crucial para la producción de un latinoamericanismo de los cuerpos. Ugarte intentará poner en práctica esas ideas en el transcurso de la gira, que servirá como espacio mismo de experimentación de formas alternativas de comunidad transnacional. Tom Wright ha definido la cultura de la conferencia como “un conjunto de prácticas de habla, escucha, observación y lectura que circundan un cierto tipo de performance vocal” (3). Su formato supone un paso más allá de las dinámicas del capitalismo impreso como forma de religación comunitaria, sin abandonarlo. Adelantadas por comunicados telegráficos, las charlas usualmente iban precedidas por campañas publicitarias en medios gráficos, y recibían cobertura en los periódicos, que reproducían la totalidad o parte de los discursos pronunciados en auditorios públicos. Los textos, por lo demás, podían terminar en formato libro.
A comienzos del siglo XX, las conferencias populares eran parte del mundo letrado internacional, y Ugarte fue consciente de la potencialidad cultural de esta variedad de la performance. A pesar de haber sido producto del iluminismo escocés del siglo XVIII, la cultura de la conferencia tuvo en los Estados Unidos una difusión sin par a lo largo del siglo XIX, y de ella participaron importantes intelectuales de ese país (Ralph W. Emerson, Mark Twain, Harriet Bishop Stowe), así como también otros escritores que alcanzaron allí el estatuto de estrellas (Charles Dickens, Oscar Wilde). Ellos fueron parte de una tecnología cultural que para fines de siglo ya contaba no solo con managers sino también con empresas especializadas en promover y organizar sus intervenciones públicas. La existencia misma del mercado internacional de las conferencias fue posibilitada por una transformación material en las comunicaciones: tanto la expansión del ferrocarril, como los viajes en barco y el uso del telégrafo, resultaron cruciales para el traslado y la promoción de los oradores. Por eso Wright ha caracterizado el circuito de conferencias como una práctica cosmopolita que, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, permitió trascender fronteras y públicos nacionales (5-7).
Es claro que al proyectar su gira latinoamericana Ugarte trabajó sobre la premisa de las limitaciones del capitalismo impreso, supuestamente igualador y religador en lo simultáneo (en la hipótesis de Benedict Anderson), pero de desigual desarrollo en cada país y con dificultades de atravesar las fronteras nacionales. Por lo tanto, su gira de conferencias sería vista como una estrategia crucial de conexión y acercamiento transnacional entre escritores y públicos: la voz y el cuerpo aparecerían aquí como elementos fundamentales para la constitución de formas alternativas de lealtad y solidaridad. La estructura misma de conocimiento que proponían las charlas tenía como premisa la democratización cultural: el despliegue verbal y corporal de los oradores en teatros, ateneos populares, centros obreros, instituciones de cursos libres y extensión universitaria incluía repertorios temáticos ajenos o excluidos del currículum académico. Con su potencial colectivizante, la conferencia articulaba nuevas identidades de grupo a través de la presencia del orador.


Conferencia de Ugarte en el Teatro Municipal de Santiago de Chile
La Mañana (Santiago de Chile), 20 de mayo de 1913
Colección Manuel Ugarte, Archivo General de la Nación, Buenos Aires

Una tecnología para las emociones

Ugarte debió diseñar él mismo un tipo de gira para el cual la infraestructura existente entonces era mínima. Su campaña excede y pone en jaque la noción de “viajero europeo”, cuya presencia había comenzado a darse desde 1900 en algunas ciudades latinoamericanas y que tenía como destino ineludible Buenos Aires –ciudad a la que Gómez de la Serna describió irónicamente como la “primera consumidora de conferencias del mundo” (3)3. La gira de Ugarte no solo alteraría el recorrido y formato convencionalizado al proponerse cubrir todas las capitales latinoamericanas (y algunas ciudades de provincia), por un tiempo muy extendido (dos años), sino que apostaría por un nuevo referente cultural –el intelectual latinoamericano, no el viajero europeo– como autoridad simbólica. A comienzos de la década de 1910 (y todavía hoy), visitar la totalidad de los países del continente era un proyecto enormemente dificultoso por cuestiones logísticas y de costos. Sin el apoyo de empresarios teatrales u otras organizaciones de la sociedad civil (como asociaciones culturales e inmigratorias), como era común para el caso de los viajeros europeos, Ugarte tuvo que hacerse cargo de la localización de auditorios, con anterioridad o a medida que iba llegando a los distintos países, al tiempo que enfrentaba en ocasiones la oposición de líderes nacionalistas o agentes políticos locales al servicio de los Estados Unidos que le negaban entrada al país o le impedían el acceso a espacios públicos. Era claro que sus charlas latinoamericanistas, aunque inscriptas en un régimen de espectacularización intelectual, se situaban por sus temas y tono fuera de toda noción de entretenimiento.
El telegrama sería aliado fundamental en la construcción de su lugar como performer, y en la espectacularización del latinoamericanismo. Si las agencias cablegráficas eran denunciadas por Ugarte como agentes de la división continental y manipulación de la opinión pública, también serían vistas como operadores decisivos en el armado de una red alternativa para combatir el imperialismo norteamericano. Ugarte se valdría de ellas para adelantar y preparar su llegada a distintos escenarios, comunicarse con dirigentes políticos, gremiales y estudiantiles, y publicitar los eventos en los periódicos antes de llegar a cada país y una vez que desembarcaba en ellos. Los cables comunicaban la hora de llegada del conferenciante, anticipaban las temáticas a tratar en las charlas, contribuían a planear entrevistas con periodistas locales. Enviados durante la travesía marítima y terrestre, los telegramas generaban ese público expectante con el que se intentaba establecer contacto directo. Ellos eran parte de la producción de una figura pública de autor que oscilaba entre conocimiento y espectáculo, pensador y estrella cultural. El poder del propagandista residía en el hecho de que sus discursos fueran publicitados con antelación en anuncios de la prensa y en carteles callejeros, y al mismo tiempo se reprodujeran y comentaran en los periódicos.
De este modo, Ugarte iría dando forma material a ese primer latinoamericanismo que apostaba por la presencia del hablante y la reunión masiva para crear su propio lugar en el espacio público. En las conferencias perduraba el carácter del sermón (sermón laico en este caso), que había sido la marca de los promotores iniciales del género (Adams 21). Como Matthew Arnold, Oscar Wilde y Henry James en sus giras por los Estados Unidos, Ugarte daría un tono misional a su propuesta: el predicador laico guardaba y revelaba una verdad, proponiendo la “salvación” frente a un enemigo al acecho, del cual ni los propios dirigentes nacionales o los partidos políticos locales eran del todo conscientes. Pero a diferencia del Próspero de Ariel, practicante solemne de la oración académica y sospechoso de las multitudes, Ugarte no haría de la escuela o el congreso (sitios tradicionales de ejercicio del nacionalismo de Estado) sino de teatros, auditorios, plazas y balcones los nuevos anclajes de producción y recepción de su credo transnacional. El latinoamericanismo resultaba así un proyecto que debía dinamizarse primero fuera de las instituciones y rituales del Estado-nación (normalmente hostiles a su doctrina) y de sus espacios privilegiados de imposición cultural.
Ugarte apostaría por consolidar un latinoamericanismo dinamizado por las tecnologías de la comunicación y constituido en las relaciones cuerpo a cuerpo: el resultado de una performance según la cual la experiencia del encuentro y la afirmación de afinidades y colectividades era tan importante como el contenido de los discursos. La apuesta no derivaba solo de las limitaciones que suponía el analfabetismo –“la honda tradición verbal del pueblo que no lee periódicos” (31)–, sino de una expansión de la experiencia ideológica al plano de la emoción y lo sensorio. En sus palabras, el éxito de las conferencias se debía menos a las “capacidades del orador”, que a “la consonancia entre la vibración de los corazones y la idea que se defendía” (108), a las aclamaciones y ovaciones del público y al acompañamiento final del conferenciante al hotel como muestra de solidaridad.
Estos actos colectivos forjaban, en otras palabras, una identidad grupal de proyección continental en el afecto. Cuando una multitud se agolpa a saludarlo en la ciudad de México, Ugarte apunta significativamente: “de la muchedumbre surgió, sobre los hombros de los demás, una silueta que, con ademán enérgico, ofreció la manifestación [en su honor]. Fue imposible oír lo que decía”(96). Pero eso no importa, debido al entusiasmo que produce en todos “el clamor bajo las ventanas del hotel” (96). Narrando su salida al balcón para saludar a la muchedumbre, agrega: “cuando cité los nombres de Bolívar y San Martín, [los asistentes] se descubrieron las cabezas. Nunca he sentido una emoción semejante” (97). Y de su paso por Tegucigalpa señala: “pocas veces me he sentido emocionado como en aquella ciudad […] capital humilde de un país indefenso […] y, sin embargo, tan independiente en sus actitudes” (129). En definitiva, “no aspiraba a más honores que los que nacen del entusiasmo en las asambleas públicas” (131).

Un archivo telegráfico

El destino de un continente es un texto que opera como narración del recorrido continental de Ugarte y síntesis de sus ideas latinoamericanistas, pero también como archivo documental de su campaña. Ugarte no solo reproduce en el cuerpo del texto, sino que incluye a pie de página fragmentos de notas periodísticas que cubren su recorrido y cartas que le dirigen durante el viaje. El destino de un continente resulta notorio, además, por la transcripción sistemática y detallada de telegramas que Ugarte intercambia con organizaciones estudiantiles, obreras y funcionarios públicos; a través de ellos planea por anticipado encuentros y reuniones, y recibe agradecimientos y manifestaciones de adhesión. Este es quizás el rasgo más sobresaliente del libro como forma escrituraria. Aquí el telegrama opera como máquina textual única que no sirve, como pudiera esperarse, para documentar y apoyar sus aseveraciones, sino como dispositivo que da forma a un latinoamericanismo anclado en cuerpos, gestos y afectos.
A diferencia de la carta, el estudio el telegrama como forma de correspondencia ha sido limitado. En sus orígenes constituía un tipo de texto que por los altos costos de transmisión imponía una concisión extrema, llegando frecuentemente a requerir la ruptura gramatical y la elisión léxica. Su productividad cultural, en este sentido, parecería restringida a la circulación de información de carácter estrictamente funcional. Si la carta es central en la constitución de ciertos géneros literarios (la novela epistolar sería uno de sus ejemplos más notorios), la productividad narrativa del telegrama ha sido escasa. Desde el punto de vista de la investigación académica, sus usos no parecerían sobrepasar los meramente referenciales, predominantes en el campo de la historia: su carácter formulaico y escueto parecería restringir su capacidad de ofrecer complejidades y sutilezas de significación (Tuchman; Neiberg).
El destino de un continente interesa, sin embargo, porque Ugarte encuentra en el telegrama un medio que le permite ir más allá de estas supuestas limitaciones. En su libro, Ugarte insistirá en su valor como instrumento para “romper con la tradicional apatía” (43) a la que se enfrenta el discurso latinoamericanista en la esfera pública. La transcripción de amplias secuencias de telegramas a lo largo del relato de su campaña –particularmente de telegramas recibidos– apunta a sugerir un movimiento expansivo de adhesiones y lealtades que tiene como notas centrales (paradójicamente en un género discursivo tan contenido) el entusiasmo y el fervor. Su inclusión en El destino de un continente se propone así servir no como prueba de las reuniones o pronunciamientos realizados a lo largo del camino sino de las reverberaciones emocionales de la lucha colectiva.
Transmitidos por los mismos hilos que utilizaban las agencias norteamericanas (esto es, el enemigo, en la visión de Ugarte), los despachos telegráficos funcionan para él como una manera de crear y demostrar formas de solidaridad alternativa de un orador en busca “de la consonancia entre la vibración de los corazones y la idea que se defendía” (108). La correspondencia por cable constituye la antesala de un latinoamericanismo que se plasmará en discursos pronunciados desde escenarios de teatros y balcones de hotel, en los que interesa sobre todo afianzar la conjunción entre intelectual y comunidad receptora. A veces, Ugarte transcribe a pie de página secuencias enteras de telegramas, que se distinguen menos por su mensaje específico que por hacer evidente este sentido de colectividad. Cuando el dictador Manuel Estrada Cabrera trata de impedirle la entrada a Guatemala porque su visita coincide con la del Secretario de Estado norteamericano Philander Knox, Ugarte señala:

Horas antes de embarcarme para San Salvador, recibí telegramas inesperados. ‘Venga usted, a pesar de todo, y no se deje impresionar por las intrigas’, decían los estudiantes. ‘Los artesanos de El Salvador le defenderán’, corroboraban los obreros. Comprendí que algún inconveniente surgía también en la república salvadoreña. Poco después llegaban otros telegramas sobre el asunto (121).

Estos últimos telegramas son enviados en respuesta a los que antes había dirigido Ugarte a los diarios y funcionarios de El Salvador para adelantar sus intervenciones públicas. Todos contienen un tono semejante: “San Salvador, 29 de febrero de 1912. Con gusto correspondo a su atento y afectuoso saludo, tanto en nombre del Diario Latino como en el mío propio. Aquí estamos preparados para recibirle después del 10 de marzo próximo. Antes creo no le convendría venir. Su affmo., Miguel Pinto, Director del Diario Latino” (121).
Ese proyecto de constituir un latinoamericanismo afectivo frente a la “información tendenciosa” (136) de las agencias parece dar sus frutos. Ugarte entiende que es necesaria “la creación de fuentes de información propia sobre la realidad de nuestra vida […] información autónoma para poder regular, de acuerdo con los propios intereses, las vibraciones de la vida pública” (203-204; el subrayado es mío). Resalta en este marco la importancia del cable que, “como fuerza de sugestión […] es tan decisiva, que no necesita ser subrayada” (206, el subrayado es mío). Los telegramas son así instrumentos de realización de un proyecto de fraternidad continental que, literalmente, se hace sentir a la entrada de cada país. Los términos con que Ugarte describe los efectos de esas redes de comunicación permiten verificar el sentido que le da a la telegrafía: “En todos los puertos del trayecto vibraba el alma de la patria herida que saludaba en el viajero sus ideales. Antes de llegar al país [Colombia], los telegramas, de los cuales cito algunos como dato ilustrativo, me revelaron el ambiente nacional” (206; subrayado es mío):

Bogotá, 3 noviembre 1912. Apresúrome a saludarlo. La capital de la nación, que ha sido principal víctima voracidad imperialista, espera ansiosa la llegada insigne propagandista fraternidad latinoamericana – Laureano Gómez, redactor Unidad.

Cartagena, 5 noviembre 1912. Junta Directiva Club Cartagena, anticipa saludo bienvenida a ilustre propagandista unión países América Latina, y hónrase invitándolo a fiestas tendrán lugar en este Centro social con motivo aniversario Independencia esta ciudad – Simón J. Vélez.

…………………………………………………………………………………………...

Cartagena, 6 de noviembre 1912. Prensa cartagenesa envíale cordial bienvenida, y permítese invitarle visitar esta ciudad que desea conocerle y oir la brillante palabra del ilustre americanista – El Porvenir, La Época, Rojo y Negro, El Autonomista, El Caribe, El Poniente, Informaciones, La Patria, Menfis, Alma Latina, El Mundo Nuevo, La Prensa.

Medellín, 7 noviembre 1912. Saludo al valiente e infatigable defensor de nuestra raza. Su labor heroica vencerá algún día los atropellos. Venga usted a Medellín – Francisco Suárez.

Nemucón, 8 noviembre 1912. La existencia de las repúblicas suramericanas como nacionalidades independientes está fincada en su unión perfecta. Sea bienvenido a nuestra patria como apóstol de esa idea salvadora. Saludamos con entusiasmo. – José V. Acevedo, Alejandro González Torres, Abel García, Luis M. León, Polidoro Uribe, Julio C. Lezmez, Alberto Latorre, V. Samuel Bravo, Braulio M. Gaitán, J. Alberto Martínez, Nicolás Barrera, Marco Emilio Fonseca, Lorenzo Herrera, M. Pontom, Juan N. Silva, Francisco Latorre, Luis Rodríguez. (206; subrayado en el original)

El elogio y la ansiedad que comunican estos mensajes están por detrás de ese latinoamericanismo vivido en marchas y auditorios que promueve Ugarte. Ninguno de los textos de su archivo presenta de modo más sintomático esta perspectiva que la siguiente nota, publicada en el periódico El País de México en enero de 1912, y reproducida en El destino de un continente. Dice: “Manuel Ugarte, el esclarecido poeta argentino, no ha hablado aún, y ya se le aplaude, ya se le quiere, ya se le defiende, ya se le respeta, hasta en las clases populares más ajenas a la gran política internacional. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa oculta de que tal simpatía se demuestre a un hombre que aún no ha comenzado a dar sus anunciadas conferencias?” (102). La comunicación con los periódicos locales mediante el cable ha operado un efecto anticipatorio y llega a producir la comunidad afectiva deseada: “es que Ugarte ha venido a México para dar conferencias a fin de convencer al pueblo respecto de determinadas tesis, y antes de que hable por primera vez, ya el pueblo le está dando conferencias a Ugarte para persuadirlo que la tesis misma que trae es certera. No recordamos un caso semejante en la historia” (102).
Por medio de la transcripción de cables, El destino de un continente sugiere un latinoamericanismo solidario forjado en el cuerpo a cuerpo. Es lo que sucede en la sección del relato dedicada a la visita a Costa Rica, donde después de enviar los usuales saludos a la prensa, es recibido por una multitud que sabe de su llegada por medio de telegramas:

Una concurrencia de más de mil personas se agolpaba en los andenes de la estación del ferrocarril del Pacífico para ovacionar al ilustre huésped y significarle la hospitalidad y la simpatía del pueblo costarricense. En medio de la multitud delirante fue conducido al hotel Imperial el defensor de la raza latina, y más de una vez tuvo que saludar al escuchar expresivos vivas para la República Argentina. El Republicano, abril 30 de 1912”. (145)

Otras notas al pie hablan de “una sola voz de entusiasmo, [que] en clamoroso grito, anunció que el poeta iba a desembarcar. La Prensa Libre, misma fecha” (143). Un vocabulario común realza precisamente el costado afectivo de la presencia del intelectual, que se inscribe en la colectividad antes de hacer uso de la palabra: “El entusiasmo de los estudiantes llegaba al delirio; por entre la nube de policías se escucharon calurosos vivas y la ovación continuó hasta dejar el conferencista en el hotel Imperial. La República, 16 de mayo 1912” (145).
El telegrama posibilita así la constitución misma de la multitud latinoamericana, y del latinoamericanismo como efecto del cuerpo de las multitudes. Su importancia reside en sus efectos productores de comunidad, en la manera en que la que interviene –como dispositivo– en la configuración de una esfera sensible. El telegrama, de hecho, produce eventos:

Al tenerse noticia por telégrafo de que [Ugarte] había tomado el tren en Girardot, empezaron a fijarse, en lugares públicos, carteles murales en que se invitaba a darle la bienvenida en la estación de la Sabana. Entre esos carteles vimos los de los periódicos La Unión, La Libertad, La Nación, El Artista, Sur-América, Gil Blas, Comentarios, Gaceta Republicana, El Tiempo, El Diario, El Republicano, El Nuevo Tiempo y otros […] El Nuevo Tiempo, 26 de noviembre de 1912”. (208)

El telegrama permite instaurar, por último, “corrientes colectivas y orientar a aquellos que no han pasado por la escuela” (209). Ugarte habla de la “fascinación colectiva” (320) que produce la intersección de medios tecnológicos y cuerpos en masa, y resalta la “sugestión del cable, que nos deslumbraba como un resplandor” (325). Sus redes sumergidas están así en el origen de otras redes: las que emergen a la superficie de los afectos y de los cuerpos.

Notas

1 Pablo Yankelevich (1995) ha estudiado otros viajes latinoamericanos de Ugarte y, en particular, sus relaciones con México.

2 Para un estudio detallado de las relaciones de Ugarte con el Partido Socialista Argentino, ver la tesis doctoral de Margarita Merbilhaá, Trayectoria intelectual y literaria de Manuel Ugarte (1895-1924).

3 Sobre viajeros europeos, ver Paula Bruno, ed. Visitas culturales en la Argentina y Graciela Montaldo, Museo del consumo: archivos de la cultura de masas en Argentina.

 

Referencias bibliográficas

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6. Bruno, Paula, editora. Visitas culturales en la Argentina. Buenos Aires, Biblos, 2014.

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8. Gómez de la Serna, Ramón. “Matices de Buenos Aires: conferencias y conferenciantes”. Anales de Buenos Aires, n.° 1, 1946, pp. 1-3.

9. Merbilhaá, Margarita. Trayectoria intelectual y literaria de Manuel Ugarte (1895-1924). Tesis doctoral. La Plata, Universidad de La Plata, 2009.

10. Montaldo, Graciela. Museo del consumo: archivos de la cultura de masas en Argentina. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2016.

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20. Ugarte, Manuel. La Patria Grande. 1924, editado por María Pía López. Buenos Aires, Capital Intelectual, 2010.

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24. Yankelevich, Pablo. “Una mirada argentina de la Revolución Mexicana: la gesta de Manuel Ugarte (1910-1917)”. Historia Mexicana, n.° 44, 1995, pp. 0645-676.

Fecha de recepción: 29/05/2020
Fecha de aceptación: 18/07/2020

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