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https://doi.org/10.19137/anclajes-2020-2434

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ARTÍCULOS

 

Crueles deportaciones: masculinidades, infrapolítica

Cruel deportations: masculinities, infrapolitics

Cruéis deportações: masculinidades, infrapolítica

 

Robert McKee Irwin
Universidad de California, Davis
Estados Unidos
rmirwin@ucdavis.edu
ORCID: 0000-0003-1904-8840

 

Resumen: Este artículo parte de la violencia realizada por el actual régimen de deportación en los Estados Unidos en los hombres migrantes, con el fin de entender las masculinidades precarias que han tomado forma en esta población como consecuencia. Se presenta acá un análisis de dos narrativas digitales del proyecto Humanizando la Deportación, ambas narradas por hombres que después de ser deportados vivieron varios años en condiciones precarias en las calles de Tijuana. Se propone la migración como escape, y la deportación como expulsión dentro del sistema violento del complejo industrial fronterizo. La deportación representa un golpe violento y destructivo que en vez de incitar manifestaciones de los excesos del machismo, activa una masculinidad sentimentalizada, la que parece atar a los hombres deportados a la frontera, o a las calles que lindan con el muro fronterizo donde maximizan la cercanía a sus familiares, pero viven expuestos a la violencia cotidiana. Se trata de masculinidades dañadas, sin duda, pero no paralizadas ya que en algunos momentos estos hombres parecen ejercer una infrapolítica que puede entenderse como una extensión del tipo de agencia que subyace su escape.

Palabras clave: Masculinidades; Migración; Deportación; Expulsión; Endriago.

Abstract: This article takes as a starting point the violence being inflicted through the current United States regime of deportation on male migrants, with the aim of understanding the precarious masculinities consequently taking form within this population. This article presents an analysis of two digital stories from the Humanizing Deportation project, both narrated by men who after being deported lived or have lived several years in precarious conditions on the streets of Tijuana. Migration is proposed as an escape, and deportation as an expulsion within the violence system that has been called the border industrial complex. Deportation represents a brutal and destructive blow that rather than inciting manifestations of the excesses of machismo, it activates a sentimentalized masculinity, which seems to tie deported men to the border, or to the streets running along the border wall, where they maximize proximity to their families, but live exposed to everyday violence. These masculinities are not doubt damaged, but not paralyzed as in some moments these men seem to exercise an infrapolitics that might be understood as an extension of the kind of agency that underlies their escape.

Keywords: Masculinities; Migration; Deportation; Expulsion; Endriago.

Resumo: Este artigo se baseia na análise da violência perpetrada pelo atual regime de deportações dos Estados Unidos contra os homens imigrantes, com o objetivo de entender as masculinidades precárias que adquiriram forma nesta população, consequentemente. Se apresenta a análise de duas narrativas digitais do projeto “Humanizando a deportação”, ambas narradas por homens que, após serem deportados, viveram vários anos em condições precárias nas ruas de Tijuana. Propõe-se a imigração como fuga, e a deportação como expulsão dentro do sistema violento do complexo industrial fronteiriço. A deportação representa um golpe violento e destrutivo que, ao invés de incitar manifestações contra os excessos do machismo, ativa uma masculinidade sentimentalizada, que parece prender os homens deportados à fronteira, ou às ruas que têm como limite o muro fronteiriço, onde maximizam a proximidade com seus parentes, mas vivem expostos à violência cotidiana. Trata-se de masculinidades danificadas, sem dúvidas, mas não paralizadas, posto que em alguns momentos estes homens parecem exercer uma infrapolítica que pode ser entendida como uma extensão do tipo de agência subjacente à sua “fuga”.

Palavras-chave: Masculinidades; Migração; Deportação; Expulsão; Endríago.

 

Este artículo parte de la violencia realizada por el actual régimen de deportación en los Estados Unidos en los hombres migrantes, con el fin de entender las masculinidades precarias que han tomado forma en esta población como consecuencia. Las políticas dirigidas con alta intensidad durante más de una docena de años en contra de una población de millones de inmigrantes no naturalizados en los Estados Unidos, no se articulan en términos de género. Sin embargo, su ejecución produce efectos especialmente agudos en los hombres, quienes son deportados en proporciones mucho más altas que las mujeres (Golash Boza and Hondagneu Sotelo), y quienes al ser deportados acaban en condiciones de calle o de semi-indigencia en proporciones mucho más altas que las mujeres deportadas. Se presenta acá un análisis de dos narrativas digitales del proyecto Humanizando la Deportación (Crueles deportaciones de Gerardo Sánchez Pérez, Un migrante: aventuras y advertencias desde las calles de Tijuana de José Luis Reyes: http://humanizandoladeportacion.ucdavis.edu/es/, #1 y #76, respectivamente), ambas narradas por hombres que después de ser deportados han vivido o vivieron varios años en condiciones precarias en las calles de Tijuana, Baja California. Se relaciona su experiencia de vida con las propuestas sobre las masculinidades contemporáneas elaboradas por Sayak Valencia en Capitalismo gore.
Al tomar en cuenta estas dos narrativas se propone la migración como “escape” (de acuerdo a Dimitris Papadopoulos, Stephenson y Tsianos), y la deportación como “expulsión” (en el sentido propuesta por Saskia Sassen) dentro del sistema violento del “complejo industrial fronterizo” (Dear). La deportación representa un golpe violento y destructivo que en vez de incitar manifestaciones de los excesos del machismo (el “endriago” de Valencia), activa una masculinidad sentimentalizada, la que parece atar a los hombres deportados a la frontera, o a las calles que lindan con el muro fronterizo donde maximizan la cercanía a sus familiares, pero viven expuestos a la violencia cotidiana de una de las ciudades más violentas del mundo1.
Se trata de masculinidades dañadas, sin duda, pero quizás no paralizadas, ya que en algunos momentos estos hombres parecen ejercer una infrapolítica (Scott) que puede entenderse como una extensión del tipo de agencia que subyace a su “escape”: su migración y su vida de migrante. Lo que se puede llamar su persistente “indocumentación”, su disimulación y alejamiento de infraestructuras tanto gubernamentales como económicas, pueden verse como una manifestación de “autonomía de migración” (Papadopoulos et al), a la vez que, sin duda, este retraimiento garantiza su marginación, su “muerte social” (Cacho), o hasta su fallecimiento concreto.

El archivo Humanizando la Deportación

Durante una visita mía a Tijuana en 2015, al conversar con Guillermo Alonso Meneses del Colegio de la Frontera Norte, nos dimos cuenta de una preocupación compartida sobre la dinámica, mal entendida a nuestro ver, de las deportaciones de migrantes mexicanos que se realizaban desde principios del nuevo milenio desde los Estados Unidos. Para finales de ese año, empezamos a formular un proyecto comunitario, empleando el género de narrativa digital, con el fin de documentar el desplazamiento forzado de inmigrantes, a nivel masivo y constante, del que habíamos sido testigos, de nuestros lados respectivos de la frontera, desde la presidencia de George W. Bush (2001-8). Con la intensificación de deportaciones, sobre todo las realizadas desde el interior del país por ICE (Immigration and Customs Enforcement), durante la presidencia de Barack Obama (2009-16), las comunidades de inmigrantes de Alta California se sentían sitiadas al experimentar deportaciones a niveles mucho más altos que los anteriormente registrados, sobre todo durante los primeros cuatro años de su administración. Mientras tanto, la gran mayoría de inmigrantes indocumentados, muchos de los cuales habían vivido años, si no décadas en el país, no encontraban ninguna opción para legalizar su estatus. En estos mismos años en Tijuana, números enormes de migrantes llegaban desplazados por la deportación –sólo en 2008, esta ciudad fronteriza recibió unas 224.000 personas en estas condiciones–. Tijuana, ciudad con una de las tazas de crecimiento de población más altas del país, absorbía gradualmente a muchos de los recién llegados, pero no a todos, con algunos volviéndose especialmente visible en sus márgenes, como una nueva población indigente. Esperábamos producir un archivo comunitario de historias personales que expondrían las consecuencias de la deportación masiva (De Genova; Alarcón y Becerra; Golash Boza; Kanstroom; Alonso Meneses; Albicker y Velasco; Schreiber).
Recurrimos a la narrativa digital, una forma de producción audiovisual participativa diseñada para darles a las comunidades históricamente excluidas de la esfera pública el acceso a herramientas básicas de producción y distribución por el internet, permitiéndoles la oportunidad de contar públicamente y diseminar ampliamente sus historias, y acaso lograr un impacto en sus audiencias. Originada por los fundadores de la institución conocida actualmente como The Story Center, la narrativa digital emplea métodos específicos de colaboración comunitaria y producción audiovisual que han sido plasmados en un manual publicado (Lambert) y presentados a practicantes en talleres de capacitación realizados en el Center, ubicado en Berkeley, California.
Una narrativa digital consiste en una grabación de voz, acompañada por una banda visual compuesta por una serie de clips cortos o, más tradicionalmente, imágenes fijas con efectos de movimiento agregados. Se completa con una segunda banda visual de títulos, créditos y tal vez subtítulos; también puede incorporar otra banda sonora, de música, generalmente instrumental.
Los proyectos de narrativa digital suelen darse con grupos comunitarios asesorados por algún facilitador entrenado en los métodos del género. Humanizando la Deportación aplica una variación de este método: sus facilitadores académicos trabajan no con grupos comunitarios, sino más bien con individuos2. Si bien la narrativa digital se ha celebrado por su potencial democratizador (Couldry), atribuirle una autenticidad absoluta es muy cuestionable, y hasta en sus contextos más ortodoxos de producción sus practicantes reconocen que sus facilitadores son inevitablemente cocreadores (Worcester).
Nuestro proyecto procuraría minimizar las intervenciones de parte de sus facilitadores académicos sin perder consciencia de las limitaciones de cualquier estrategia de cumplir el cien por ciento con este objetivo. Una pauta clave para sus facilitadores sería la de asegurar que los narradores comunitarios, quienes se reconocen como los creadores y directores de sus narrativas digitales, siempre se sienten en control de la producción de sus historias: éstas no serían historias sobre ellos, sino que serían sus propias historias.
Nuestra decisión de emplear un método tan profundamente participativo surgió de nuestra creencia en que, si bien los investigadores en tales campos como el derecho, la política pública, la historia de la migración, la economía o la demografía tienen mucho que decir sobre las tendencias actuales de la repatriación desde perspectivas institucionales y cuantitativas, los únicos expertos en las consecuencias de la deportación en la vida cotidiana de los migrantes, sus familias y sus comunidades son los que han experimentado directamente la deportación. El archivo Humanizando la Deportación pretende priorizar sus voces, sus historias, las lecciones que ellos han aprendido, los mensajes que ellos quieren diseminar –reconociendo a estos narradores comunitarios como productores no sólo de propiedad intelectual (sus narrativas digitales), sino también de conocimiento–. En vez de promover el estudio de las personas deportadas, este archivo fomenta el análisis del conocimiento que éstas producen, en el espíritu de “estudiar con” ellas (Mato).
Al obtener un financiamiento inicial y formar un equipo inaugural para realizar el trabajo de campo y manejar la producción audiovisual, fijamos fechas para un taller de capacitación en nuestros protocolos de colaboración comunitaria y métodos de producción audiovisual para el mes de noviembre de 2016 en Tijuana. Empezamos a preparar desde principios de 2017 para la estancia del equipo en Tijuana, la que se realizaría en junio y julio del mismo año.
La capacitación, la que se llevó a cabo tan sólo unos días después de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, fue bastante impactante para el equipo, sobre todo sus miembros estadounidenses, quienes no habían esperado la elección de un candidato de una retórica tan estridentemente anti-inmigrante y anti-mexicana. La urgencia de nuestro trabajo se intensificaba –la situación para los inmigrantes, la que ya nos parecía alarmante, empeoraría, sin duda, y apenas podíamos imaginar cómo.
Como parte de la capacitación, muchos de nosotros pasamos una mañana trabajando como voluntarios en el icónico Desayunador Salesiano Padre Chava, una institución localizada a unas calles de la frontera con Estados Unidos que sirve el desayuno gratis de lunes a sábado a unas mil personas al día. Muchos de sus clientes fueron deportados y viven en los albergues o las calles de la Zona Norte de Tijuana, la que linda con el muro fronterizo. Al terminar con el servicio, conocimos a un hombre en la calle que ofreció guiarnos en una visita a El Bordo, la canalización del Río Tijuana, zona que, hasta hacía como un año, tras una serie de campañas de desalojamiento, había sido el sitio de enormes campamentos de indigentes compuestos principalmente por hombres deportados, muchos de los cuales, deprimidos y desesperados, habían caído en la adicción al alcohol o la droga (Woldenberg y Loyola). El hombre se vestía de negro: un short de corte largo, playera guanga, gorra, con una mochila en sus espaldas. Era de baja estatura y algo delgado, pero parecía ser fuerte y ágil, su piel tostada color café, y con unos bigotes canosos.
En mis visitas subsecuentes en los primeros meses de 2017, en las que exploraba posibles sitios para nuestro trabajo de campo y establecía contactos comunitarios en diferentes partes de la ciudad, me topé con este hombre, Gerardo Sánchez, quien expresó interés en participar en nuestro proyecto. Le gustó su nombre, Humanizando la Deportación, y su propósito de darles a los migrantes la oportunidad de contar públicamente sus historias y revelar las injusticias y dificultades con las que han tenido que lidiar en relación con su deportación. Me reuní media docena de veces con él entre enero y mayo de 2017; dialogamos bastante y paulatinamente íbamos produciendo la historia que él quería contar. La narrativa digital que él creó, conmigo como facilitador, titulada Crueles deportaciones, fue la primera del archivo Humanizando la Deportación; con esta narrativa y una más, también producida en ese periodo, lanzamos nuestra página web en mayo de 2017.

Crueles deportaciones

Gerardo Sánchez no menciona fechas en su narrativa, pero se puede inferir que migró a los Estados Unidos de su estado de origen de Michoacán como adulto de probablemente más de 25 años, alrededor del año 2001. Cuenta que en California conoció a la mujer que es ahora su esposa y con quien tuvo dos hijas. La familia es un tema central de su historia; menciona las palabras “familia”, “hijas”, “padre” o “esposa”, refiriéndose específicamente a su familia, catorce veces durante su narrativa, cuya extensión es de unos seis minutos y medio.
Aparte de su familia, habla poco de su tiempo en los EE.UU. La banda visual de su video incluye imágenes de trabajadores en la construcción, implicando que éste fue su empleo más notable allí. Menciona un accidente de auto y un cargo criminal por manejar bajo la influencia de alcohol, el cual le imposibilitó obtener la residencia legal a través de su matrimonio.
Se refiere a su deportación, la que se dio alrededor de 2013, como resultado de una redada en su trabajo. Narra con cierto detalle las condiciones de su internamiento en un centro de detención de inmigrantes. No fue acusado de ningún crimen, sino que lo procesaban para su expulsión; sin embargo, el lugar de esta detención se parece a una cárcel, pero con condiciones más austeras que las que se permiten en las cárceles criminales, ya sean federales, estatales o locales. Los migrantes detenidos fueron encerrados en celdas comunes (llamadas “tanques”), sin camas, ni baños. Los migrantes dormían en petates, en el piso, en un espacio a veces inadecuado para acomodar a todos. Estos presos migrantes se mantenían esposados los 24 horas al día, y eran tratados con menosprecio por los agentes gubernamentales: “abusan de las personas cuando no les entiende su idioma ellos” y “te dicen cosas que son ofensivas para ti”. A los reos los mantienen aislados del mundo, sin acceso a abogados, ni a la comunicación con los familiares.
La mayor parte de su historia se enfoca en su vida después de la deportación: su llegada a Tijuana donde, sin dinero, sin casa, tuvo que dormir en la calle; sus dificultades para entrar en contacto con su familia por no tener memorizados sus números de teléfono, lo cual le imposibilitó el contacto con ellos por un mes; sus intentos cada vez más desesperados –unos cuatro o cinco– para volver a cruzar de nuevo, indocumentado, a los Estados Unidos para estar con su familia; su precariedad económica en Tijuana, donde seguía, tres años después de su deportación, viviendo día a día; y las visitas regulares de su esposa y sus hijas, las cuales le agradaban mucho, pero no le daban satisfacción, ya que lo que deseaba era volver a vivir con ellas como familia.

Masculinidad y sentimientos

Si bien no cabe duda que las ideas sobre lo que constituye la masculinidad en México han cambiado notablemente en las últimas décadas, y que el machismo tradicional ya no se da por sentado, sin cuestionarse, como valor nacional en todos los sectores de la sociedad, su configuración y rasgos fundamentales quedan profundamente incrustados en la cultura mexicana, incluyendo la idea de que “el ideal de la ‘hombría’ consiste en no ‘rajarse’ nunca” ni mucho menos revelar debilidades (Paz 10). Según Octavio Paz, “La hombría se mide por la invulnerabilidad” o el “estoicismo” (11). Y aunque los hombres mexicanos contemporáneos pueden experimentar su masculinidad en varias formas (Gutmann), cualquier manifestación de “abrirse” o “rajarse”, tal como expresar francamente los sentimientos, reflejar con remordimiento sobre sus fallas, admitir no encontrar soluciones para superar obstáculos, sigue siendo un tabú social para muchos hombres mexicanos (Valencia 89-95).
No obstante, el contexto de la emigración es otro. Los expertos en género y migración han postulado que los roles tradicionales de género suelen transformarse con la migración. Muchas mujeres mexicanas de familias heteronormativas asumen mayores responsabilidades económicas mientras los hombres ceden algo de su autoridad al migrar a Estados Unidos (Hondagneu Sotelo; Mummert). Los varones también pueden perder autonomía al entrar en sectores precarios de labor en los EE.UU. (Malkin). Resume Deborah Boehm: “Paradójicamente, la migración permite que un hombre efectúe la masculinidad a través de la labor que mantiene a su familia; sin embargo migrar a Estados Unidos implica vivir bajo el control del Estado y sujetarse al trabajo explotador, de bajos ingresos, frecuentemente en el sector de servicios –un empeño castrante que amenaza el poder masculino” (22, traducción mía). No obstante, los valores masculinos tradicionales prevalecen para muchos migrantes mexicanos (Castañeda and Zavella).
Tomando en cuenta lo anterior, es notable que al contar su historia, Sánchez subraye sus sentimientos. No aclara si después de una docena de años en EE.UU. tenía casa, coche, aparatos electrónicos, ropa de marca, artículos de lujo, o cualquier evidencia del estatus social que lo marcaría como migrante exitoso. Si bien es probable que no fuera rico, también se puede suponer que su deportación le implicó un golpe económico. Sin embargo, no habla de pérdidas de bienes, posesiones o estatus. En cambio tiene mucho que decir sobre sus sentimientos. Su deportación le era “estresante” y lo dejó sintiéndose solo: “no tenía a nadie”, y desamparado: “tuve que pedir ayuda a mucha gente”.
Hasta años después, admite “no me siento completamente bien realizado.” Aparece las visitas familiares pero no “se [siente]… completamente feliz” porque sigue separado de su esposa e hijas. Hace hincapié en el hecho que las deportaciones no sólo están separando a las familias sino que “están haciendo pedazos a muchos sentimientos hacia la persona que es deportada”. Aparte de los sentimientos de soledad o vacío debido a su separación familiar, Sánchez también se expresa con candor sobre el fracaso de su proyecto de vida. Al hablar de sus intentos, todos fallidos, de cruzar a Estados Unidos (“fracasé”) o de solucionar el problema de su deportación (“no tengo más opciones, no tengo más papel de donde cortar”), o de siquiera comprenderlo (“en este momento estoy viviendo momentos que todavía no logro asimilarlos”), Sánchez articula una admisión insólita de debilidad, sobre todo para un hombre heterosexual que aparte de esto da la impresión de ser fuerte, duro y presumiblemente “macho”. Parece que la deportación le chupó por completo el orgullo de la hombría de Sánchez.

Sin documentos, sin techo

El archivo Humanizando la Deportación creció de forma notable entre la conclusión de su primera fase de producción en Tijuana (de enero de 2017 a mayo de 2018) y la de su segunda fase (de junio de 2018 a junio de 2019), con su expansión de sólo Tijuana a un contexto que capta más diversidad regional al contar con material de cinco zonas metropolitanas mexicanas (Tijuana, Ciudad Juárez, Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey), y luego a la frontera sur mexicana (Tapachula) y varios sitios de California en su tercera frase (iniciado en julio de 2019). Este archivo, ahora en enero de 2020, ya cuenta con más de 280 narrativas digitales de más de 230 narradores comunitarios. Hemos, con el tiempo, expandido nuestro alcance más allá de Tijuana a través de nuevas colaboraciones institucionales con el Tecnológico de Monterrey, la Universidad Autónoma de Chihuahua y la Universidad de Guadalajara. Tijuana, donde se ha producido unas 125 narrativas, sigue siendo el corazón del proyecto.
Aparte de la coordinación del proyecto: supervisión de actividades en múltiples sitios, capacitación de nuevos equipos, administración de la página web, actividades de divulgación comunitaria, entre otras responsabilidades, he seguido desempeñando mi propio trabajo de campo en Tijuana. Aunque he trabajado con una enorme diversidad de perfiles de narradores comunitarios, entre ellos: miembros de las Madres Soñadoras Internacional, veteranos de las fuerzas armadas de Estados Unidos, internados en centros de rehabilitación para la superación de adicciones, empleados de call centers, y hasta migrantes centroamericanos de caravana, me he interesado especialmente en los migrantes que siguen viviendo literalmente al lado de la frontera, en las condiciones precarias de los albergues o las calles, ya varios años después de su evento de deportación.
No es fácil trabajar con esta población por varias razones: puede ser difícil localizarlos de un día al otro ya que no tienen dirección fija y muchos no tienen teléfono u otro modo de contacto; algunos suelen consumir alcohol o droga, lo que puede alterar su estado de ánimo o disminuir su capacidad de comunicar con claridad; algunos sufren de enfermedades mentales, las que pueden afectar su coherencia o memoria; muchos son acosados y sujetos a la detención o violencia a manos de la policía; hay una fuerte tendencia entre ellos de desconfiar no sólo de los desconocidos o los extranjeros, sino de todo el mundo, eligiendo identificarse sólo por apodos o alias, y exhibiendo mucha reticencia en hablar de cualquier tema personal. Asimismo, algunos miembros de nuestros equipos de trabajo de campo se han sentido incómodos o hasta inseguros colaborando con gente de este perfil demográfico, ya que esto implicaba trabajar en la calle y eventualmente en zonas menos seguras de la ciudad. Pero este perfil de migrante no es fuera de lo común y varios de sus rasgos más característicos (abuso de sustancias, desconfianza en la autoridad) son consecuencias directas de su deportación (Del Monte). Me daban curiosidad varias tendencias que había observado entre estos hombres, entre ellas su renuencia a integrarse en la sociedad mexicana (renuencia a mantener un empleo regular, a encontrar una residencia para el largo plazo, a establecer nuevas relaciones personales y redes de apoyo), y su proximidad tercamente persistente a la frontera misma –a menudo pasan el día y noche enteros a una o dos calles de la frontera, muchas veces con el muro a la vista, con sus diferentes herramientas y accesorios de seguridad (luces, cámaras, púas) frecuentemente a plena vista (Albicker and Velasco; Alonso).
A principios de 2018, yo esperaba en la entrada de Madres y Familias Deportadas en Acción (https://madresdeportadas.wixsite.com/enaccion), una oficina administrada por una activista conocida públicamente como María Galleta, la que ofrece un rango de servicios de apoyo tanto para los mexicanos repatriados como para los migrantes que llegan a Tijuana, junto con un hombre que pasaba por allí para recoger algo que había dejado anteriormente. Él estaba muy animado, era algo hablador –un narrador lúcido y hábil, quien por lo que entendí había pasado los últimos años viviendo en las calles de Tijuana–. Le conté un poco sobre Humanizando la Deportación y le pregunté si le interesaba participar. Me dijo que sí. Nos fijamos una cita para reunirnos y como sucede con frecuencia con los que viven en los albergues o las calles –gente sin calendario, ni reloj, ni teléfono–  ese día no se presentó. En los siguientes meses me topaba con él en varias ocasiones; se acordaba de mí, pero siempre tenía adonde ir y nunca se detuvo para platicar. Aunque yo esperaba encontrarlo algún día de humor para grabar una historia, me di cuenta que era bien posible que jamás participaría.
Meses más tarde, en Playas de Tijuana, junto con otro miembro de nuestro equipo, José Israel Ibarra del Colegio de la Frontera Norte, grabábamos el audio de la historia de un migrante que trabajaba ahí. También le tomábamos fotos y breves videos. El joven que había conocido hacía unos meses, cuyo nombre era José Luis, andaba por casualidad por allí. Nos saludamos y mientras Israel y yo seguíamos trabajando con el otro narrador, noté que José Luis se nos acercaba, observándonos. En un momento sentí que José Luis quería hablar, así que dejé a Israel para acabar con nuestro trabajo con el otro señor y me acerqué a José Luis. Al haber escuchado pedazos de la historia que grabábamos, me dijo que ya entendía mejor lo que representaba nuestro proyecto, y ahora quería participar. Trabajamos intensamente en los próximos días. Ya que él no tenía una dirección fija, yo quería acabar lo más pronto posible con la producción de su historia para que él la aprobara antes de que dejara de ser localizable. Publicamos la narrativa digital de José Luis Reyes a mediados de septiembre de 2019.

Un migrante: aventuras y advertencias de las calles de Tijuana

La narrativa digital de José Luis Reyes se abre con una explicación de las circunstancias detrás de su migración a los Estados Unidos, y sus experiencias allí. En breve, se sentía responsable como el hijo mayor de una familia de madre soltera, y por esto tomó la decisión de migrar a los EE.UU. a los catorce años, con la ayuda de alguien involucrado en el tráfico ilícito de droga. Aplicando un término de la política actual, se puede decir que Reyes era un “llegado en la infancia” (y quizás, dependiendo también de otros factores, hubiera calificado para registrarse en el programa de acción postergada para migrantes llegados en la infancia, DACA, por sus siglas en inglés), aunque en contraste con la imagen que más se ha difundido de los migrantes de este perfil, en vez de ser llevado a Estados Unidos como menor de edad, por sus padres, él tomó la decisión de migrar, como adolescente que asumía las responsabilidades de un adulto, un hombre, proveedor de la familia. Una vez en los EE.UU., se alejó del negocio de la droga, trabajando como jardinero, aunque su negocio en un momento fracasó, dejándolo en la calle y “solo en un país en el cual no tenía a nadie”. Con el tiempo, tuvo un hijo, y más tarde se hallaba en lo que parecía ser una relación estable con otra mujer. Había estado “exactamente veinte años” en el país cuando fue deportado, probablemente alrededor de 2015. Explica que esta deportación “me sucedió gracias a mis malas decisiones y a no tomar esta situación con la debida seriedad”.
La trama principal de la historia de Reyes se trata de las consecuencias de su deportación. Igual que Gerardo Sánchez, José Luis Reyes no presta atención a las implicaciones económicas, materiales de su repatriación, sino que resalta repetidamente el malestar ocasionado por la separación familiar. Específicamente, dejó atrás “a una pareja […] muy hermosa que me quiere mucho” y a quien él describe más tarde como “la persona que más quiero”. No obstante este amor, su descripción inicial del daño causado por su deportación es la de “deja[r] a mi hijo solo, con doce años”. Más tarde expresa su deseo de “ver a mi niño cada fin de semana, o […] ir a mirarlo todos los días”. Explica que podría abandonar Tijuana para estar con su madre en Sonora (a varias horas de la frontera), “pero tengo mi niño y yo me preocupo por él entonces, pues, tengo que luchar para poder volver a su lado de él, ahorita que él me necesita, poder estar otra vez a darle esa imagen de padre que le di”. Si bien toca brevemente el tema de la persistencia de lo que acaso él llamaría su sueño americano, hablando en primera persona plural con la idea de que su historia se comparte con otros migrantes: “no perdemos la esperanza de poder regresar para atrás, ir a hacer dinero para poder poner un negocio y comprar una casita para vivir una vida mejor”, su motivación en mantenerse tan cerca de la frontera es la urgencia que siente de “encontrar una solución [de] cómo regresar con mi niño”. Desea volver con su pareja y su hijo “para quedarnos allá, para vivir, […] volver otra vez a ser parte de la vida de ellos […] porque esto es lo que depende la familia”. Habla francamente de sus sentimientos hacia su familia: “hay mucho dolor, mucho sentimiento, mucha tristeza por cada una de estas personas que dejas atrás que son parte de ti”.
La narrativa de Reyes revela algunos detalles sobre su vida callejera en Tijuana. Explica por qué ha sido “dura”, comentando que el suyo es un contexto de “pobreza […] extrema, y la droga trasciende todo”. Agrega: “estás consciente de que no conoces a nadie, de que no hay amigos, no hay familia, no hay nada; simplemente eres tú y eres tú”. Afirma que muchas personas deportadas recurren a la droga porque ingerirla les ayuda a “sentir[se] sin dolor” y a “calmar esas ganas o ese dolor que es tan fuerte cuando estás separado de tus seres queridos y terminas perdido, y muchas de las veces terminas con una depresión”. Bosqueja algunos de los peligros constantes en la vida de las personas que no tienen hogar, incluyendo la vulnerabilidad experimentada al dormir en la calle: “he aprendido a estar despierto hasta donde puedo” y los riesgos que presenta no sólo la vida en la calle sino también la de los albergues, riesgos implícitos en compartir espacio con desconocidos: “porque no conoces a las personas; son muchas personas que vienen del sur –no sabemos si vienen huyendo, no sabemos qué se hayan hecho”. Asimismo, los que viven en estas condiciones en Tijuana se sujetan al acoso de la policía, quienes “te quit[an] tus cosas, tu poco dinero”. Pero también Reyes confiesa que hay aspectos positivos de su estilo de vida: “la ventaja [es] que en realidad no tienes ninguna responsabilidad”. La narrativa muy lúcida de Reyes claramente es producto de mucha reflexión y hasta de autocrítica, sobre todo al evaluar las decisiones que ha tomado después de su deportación: “estamos conscientes que podemos vivir y estar mucho mejor, pero a veces no le echamos ganas, nos faltan fuerzas, porque sentimos que no lo vamos a hacer –o nosotros mismos empezamos a crear barreras psicológicas o mentales, las cuales nos empezamos a desanimar: que no lo voy a lograr, que a lo mejor no lo voy a agarrar”.
Su video se acaba melancólicamente, con una serie de retratos de Reyes parado cerca del muro fronterizo en Playas de Tijuana, mirando hacia los Estados Unidos: “y ahorita nos encontramos aquí en Playas de Tijuana, pegados a la línea, en cual hay personas ahorita en el otro lado –y nosotros estamos aquí”.

Otra masculinidad dañada

Como es evidente, Reyes también presenta una masculinidad fuertemente dañada, y expresa sus debilidades con mucho candor. Además, parece que un factor detrás de su incapacidad de seguir adelante con un nuevo plan de vida en México es esta masculinidad dañada. Un elemento central en la historia de Reyes es la de su infancia, la de crecer sin padre y de sentirse obligado de asumir el papel de proveedor y lanzarse al extranjero de adolescente solo, en condiciones de extrema vulnerabilidad. Se puede intuir que Reyes queda traumatizado por la precariedad y soledad que experimentó en los Estados Unidos, y que como consecuencia no puede aceptar el hecho del abandono de su propio hijo.
Volvería con su madre, quien vive ahora en Sonora: “pero tengo mi niño y yo me preocupo por él –entonces, pues, tengo que luchar para poder volver a su lado de él ahorita que él me necesita, poder estar otra vez a darle esa imagen de padre que le di, la cual, pues, no soy perfecto, pero siempre estaba allí para él, y siempre voy a estar allí para él”. Se nota la emoción en la voz de Reyes cuando habla de su hijo, solo. Su táctica para responder al abandono de su hijo es acercarse lo más posible a él; por esto Reyes se pega a la frontera por años, viviendo entre albergues y calles en la sombra del muro. Tiene conciencia de las “barreras psicológicas o mentales” que parecen no permitirle una recuperación y lo mantienen en la calle, obsesionado con la idea de “encontrar una solución [de] cómo regresar con mi niño”, pero sigue paralizado, sin un plan realista ni siquiera para ganar dinero suficiente para mandarle remesas a la madre del niño para cuidarlo mejor.
Sin embargo, Reyes no vive pura ilusión. La calle para él es una realidad: conoce sus peligros y realiza estrategias para evitarlos. Pero va más allá de tratar las amenazas cotidianas: robos, riñas, persecuciones, depresiones, adicciones: insinúa su agencia en acomodarse en la vida callejera. A los catorce años no sólo dejó de depender de su madre y asumir la responsabilidad de cuidarse, solo, lejos de su hogar, sino que aspiró ser el proveedor para su madre y sus hermanos. Se puede inferir que su vida, marcada, como él cuenta, por periodos de soledad e indigencia desde su época estadounidense, ha sido de una constante presión para establecer la estabilidad económica y mantenerse a sí mismo y a otros miembros de su familia –primero su madre y sus hermanos, luego su pareja y su hijo–. La vida callejera que vive desde su deportación por un lado es repercusión, como él admite, de su falta de autoestima, su falta de motivación para superar el trauma de la separación familiar; pero por otro lado le ofrece un alivio del peso que soportó por veinte años en los Estados Unidos: “en la calle […] no tienes ninguna responsabilidad”.

Vivir off the grid

Tanto Sánchez como Reyes son víctimas de la necropolítica migratoria que se ha ido asumiendo cada vez con más fuerza en Estados Unidos (Squire), sobre todo aparte de la aprobación de la Ley de Reforma sobre Inmigración Ilegal y Responsabilización Inmigrante, IIRIRA por sus siglas en inglés, la que establecieron los criterios y mecanismos legales detrás de las campañas masivas de deportación que empezaron durante la presidencia de George W. Bush y llegaron a sus niveles más extremos durante la de Barack Obama –y siguen vigentes hasta hoy día–. Pero su vida entre los albergues y las calles de las zonas fronterizas de Tijuana les permite una autonomía inaudita para el varón adulto mexicano. Aunque sí son sujetos al acoso de parte de la policía de Tijuana, y no tienen la libertad de cruzar la frontera, en muchos sentidos al ser deportado y caer en la vida callejera dejaron de ser sujetos a los mecanismos de control estatal. Quizás ya acostumbrados por sus años de indocumentados en los Estados Unidos, situación que les exigía que fomentara su invisibilidad ante las autoridades, estos hombres siguen invisibles en Tijuana. Sin dirección fija, empleo de largo plazo, teléfono, cuenta bancaria, correo electrónico, cuenta de medios sociales, se quedan en muchos sentidos indocumentados, ilocalizables en México.
La infrapolítica consiste en “las circunspectas luchas cotidianas de los grupos subordinados”, las cuales “se hallan, como rayos infrarrojos, más allá del extremo visible del espectro” (Scott 183, traducción mía). Sánchez y Reyes tienen una historia de vivir al margen de la participación política. Sin embargo, tienen una historia larga de activa participación infrapolítica.
Ambos fueron a los Estados Unidos en la última etapa de las olas grandes de mexicanos que migraban al norte entre 1986 y 2001, periodo definido por Durand y Massey como “la época de […] la migración clandestina” (58). Estos mismos autores se han referido a este periodo también como el de “la contradicción” (Massey, Durand y Malone 2) por las políticas discordantes de integración (ley de amnistía de 1986, Tratado de Libre Comercio de 1994) y separación (IIRIRA, el Operativo Guardián y otros esfuerzos de militarización de la frontera) en la relación entre Estados Unidos y México (y los migrantes mexicanos a Estados Unidos). Los mercados laborales ofrecían una demanda inacabable para la migración indocumentada, mientras las penas legales por la migración indocumentada se volvían cada vez más severas.
En un contexto del auge de lo que se ha llamado el “complejo industrial fronterizo” (Dear; Pérez), en el que se invierte sumas excesivas en construir bardas; instalar luces, cámaras, sensores y otros mecanismos de seguridad en la frontera; expandir sustancialmente la patrulla fronteriza; y se empeña en elaborar nuevas leyes definiendo infracciones migratorias y penas jurídicas, los niveles persistentemente masivos de migración indocumentada parecen insólitos. Los migrantes como Sánchez y Reyes sin duda tenían consciencia de la postura oficial de los EE.UU. hacia ellos y su acto de migración representa por tanto un desafío al Estado. Según Papadopoulos, Stephenson y Tsianos, “la migración ha sido y sigue siendo una fuerza constituyente en la formación de la soberanía” (202, traducción mía). Para estos autores, los migrantes no son víctimas pasivas de las precarias circunstancias económicas de las que procuran escaparse: “Este escape se enfrenta con las configuraciones actuales de la soberanía política posliberal con una fuerza imperceptible que hacer volver los ‘muros que rodean el mundo’ irrevocablemente porosos: esto es la autonomía de la migración” (211).
En ambos casos analizados acá, la migración representa una afirmación de la autonomía individual y una muestra de tenacidad ante no sólo la persecución del Estado sino también la marginación laboral en un sistema que les da la bienvenida a los trabajadores migrantes sólo en posiciones de precariedad económica, inseguridad de salud, y desprotección del abuso laboral.
Pero aunque se categoricen a ambos como migrantes “económicos”,  la migración no es sólo una cuestión de dinero y trabajo para ellos. Ambos casos se tratan de un migrante que cruza solo; ninguno menciona redes familiares previamente establecidas en los Estados Unidos, y en el caso de Reyes, en particular, su soledad parece ser un factor persistente en su vida en el norte. Pero ambos migrantes establecen nuevos lazos familiares en Estados Unidos –notablemente lazos de paternidad–. Se puede decir que parte de su proceso de migración es una transformación personal: ambos se convierten en padres y, de algún modo, proveedores. El papel de padre en particular parece asumir una gran importancia en su sentido personal de valor y autoestima, en su vida afectiva, y en su imagen de hombre.
Afirman Papadopoulos, Stephenson y Tsianos: “La migración no es la evacuación de un lugar y la ocupación de otro; es más bien el hacer y rehacer de la vida propia de uno en el escenario del mundo. Hacer mundos” (211). Tanto Sánchez como Reyes migraron a Estados Unidos y se establecieron allí, se construyeron mundos propios, y asumieron roles en estos mundos. En ambos casos este proceso de hacerse su mundo implicaba superar obstáculos, de forma independiente; como muchos migrantes, eran hombres auto-hechos que prosperaban sin la asistencia de un Estado que les rechazaba. Aunque es dudable que hayan tenido mucho sentido de pertenencia en los Estados Unidos como inmigrantes indocumentados, sí es probable que vivieran en cierto equilibrio personal y satisfacción con su sentido de masculinidad, debido a sus logros allí. En ambos casos, se puede decir que su migración era no sólo un proceso de traslado geográfico sino también una consolidación y vigorización de virilidad.
En los estudios de la masculinidad en el contexto de la migración mexicana a los Estados Unidos, se identifican dos categorías de masculinidad que prevalecen, sin ser las únicas, entre los varones migrantes, masculinidades que se concretizan y se afirman a través de los procesos de migración (Broughton; ver también Rosas). La primera es la del aventurero: el migrante que se lanza a la fortuna, supera obstáculos y disfruta de la libertad que experimenta en una vida independiente, lejos de las restricciones impuestas en la familia o por las tradiciones culturales de su sitio de origen. Otra es la del proveedor, el migrante que a través de las oportunidades ofrecidas en el país de destino logra asumir plenamente las responsabilidades tradicionales de cabeza de hogar, de padre, de esposo. Se puede intuir elementos de ambas en las vidas de estos dos migrantes.
Pero para los dos, la expulsión definitiva del país, la que implica no sólo un destierro y una pérdida de control, pérdida del sentido de autonomía, sino también una aniquilación del mundo construido por la migración y la identidad masculina, tiene repercusiones profundas. Las expulsiones provocadas por el capitalismo global implican “la pauperización y exclusión de cantidades cada vez mayores de personas que ya no tienen valor como trabajadores y consumidores” (Sassen 10, traducción mía). Esta masculinidad dependía profundamente de la autonomía del migrante, la que se daña con la expulsión. La autonomía del migrante indocumentado no es garantizada, y no se vuelve más segura con el paso del tiempo, sino que es muy precaria, y depende de su disimulación casi absoluta, su invisibilidad. Esta pérdida de autonomía y consecuente pérdida del sentido de virilidad, es lo que mantiene traumatizados a estos migrantes, quienes siguen “estancados” después de varios años en las calles fronterizas de Tijuana.
Sin embargo, al no encontrar opciones para resistir, desafiar o superar los esfuerzos estatales que llevaron a su expulsión de los Estados Unidos, no se dejan caer en una nueva posición sumisa ante los esfuerzos estatales de su país de origen. No se insertan de nuevo en el sistema neoliberal. Su decisión para no volver a su pueblo de origen, de no buscar la ayuda de sus familiares en México, de no aceptar un puesto que implique explotación laboral a largo plazo, de no participar en los mecanismos económicos del capitalismo de alquileres, salarios, intereses, impuestos, es algo radical en Tijuana, ciudad fronteriza que se expande constantemente al absorber nuevas generaciones de migrantes, aunque los nuevos acaben en trabajos miserables. Estos migrantes repatriados mantienen su distancia de estas oportunidades poco atractivas que abundan en la economía fronteriza. Sin dirección, sin aparatos de comunicación, sin trabajo fijo, tampoco pueden participar directamente en la política –aunque como ciudadanos tienen el derecho de votar y de exigir servicios al Estado–. Optan, en un acto de voluntad, por no participar; optan, en la autoevaluación de Reyes, por no asumir estas responsabilidades. Y al mantener su distancia de los aparatos estatales y capitalistas, al continuar su modo de vivir de migrante de disimularse, al mantenerse invisibles, sostengo que Reyes y Sánchez realizan actos de infrapolítica (ver Calvillo).

La infrapolítica y la masculinidad

No se puede atribuir demasiada agencia de resistencia a Reyes o Sánchez, tomando en cuenta la incomodidad de su situación. Sin embargo, tampoco es posible pensarlos como meras víctimas. Se ha aseverado que muchos migrantes que llegan deportados a Tijuana se quedan allí “atrapados” (Albicker y Velasco 99); también se ha empleado el término “estancados” para describir su incapacidad de superar la ilusión de volver a Estados Unidos y rehacer sus vidas en México (Del Monte 171). Ambos términos podrían aplicarse al caso de Reyes y él admite que muchos migrantes en su situación “estamos conscientes que podemos vivir y estar mucho mejor”, pero que “nosotros mismos empezamos a crear barreras psicológicas o mentales”, las que les impiden seguir adelante.
Sin embargo, él no se describe en términos tan abyectos. Por ejemplo, Reyes en ningún momento se describe como atrapado, sino que más bien afirma que al insistir en no alejarse de la frontera, se empeña en una lucha: “tengo que luchar para poder volver”. Elabora: “no podemos permitir que [una línea] nos separe como familia o que nos olvidemos de nuestra gente”. Se puede inferir por este lenguaje de “luchar” y “no poder permitir” que aunque la deportación sin duda le vació mucho de su sentido de virilidad a Reyes, éste se esfuerza para afirmar lo que queda de su autonomía masculina. De igual manera, su observación que la vida callejera le libra de muchas responsabilidades cotidianas también puede interpretarse como otra defensa de su autonomía.
Se puede entender de dos formas la presencia imponente de la frontera en ambos videos desde dos ángulos distintos. Por ejemplo, en la última escena de la narrativa de Reyes, éste se retrata a unos pasos del muro en Playas de Tijuana –él mismo se describe como “pegado a la línea”– observando a la gente en el otro lado, donde él quiere estar. Por un lado, Reyes está sin duda atrapado. Pero por otro lado, nadie puede quitarlo de allí: él impone su presencia allí. Mantiene obstinadamente su vigilancia. Y si en algún momento se cae el muro, o se desintegra la patrulla fronteriza, él será el primero en cruzar la línea.
Sánchez mantiene más que Reyes una postura de reacción; repite varias veces lo difícil que le ha sido “asimilar que aquí me voy a quedar”; afirma que “ahorita en este momento estoy viviendo momentos que todavía no logro asimilarlos”. Sin embargo, su vida comparte mucho con la de Reyes. Primero, aunque tiene familia en México, no opta por regresar con ellos, sino que se mantiene en Tijuana, cerca de la frontera, para facilitar las visitas de su familia en Estados Unidos. Asimismo, ya unos tres años después de su deportación, sigue sin hogar, sin trabajo fijo, sin entrar en los sectores formales de la economía, la política, o la cultura mexicana. Y aunque se ve serio o hasta triste en unas escenas de su narrativa, su cercanía al muro invita las mismas interpretaciones duales que se presentaron más arriba. En tres escenas distintas, se retrata en el Bordo, con el lado estadounidense de la frontera en el fondo. En la segunda, Sánchez está volteado, mirando por el canal hacia el oeste, donde el mismo canal cruza a los Estados Unidos. Como Reyes, anda siempre cerca de la línea fronteriza y si surge de repente la oportunidad de cruzar, estará listo para aprovecharla.

La infrapolítica y la precariedad

No obstante estos destellos fugaces de la agencia, éstos no deben interpretarse como grandes actos de resistencia, ni tampoco como acciones capaces de obtenerles ventajas importantes para estos migrantes. Alejarse de las instituciones permite cierta autonomía, pero también refuerza exclusiones de sistemas estatales de cuidado o del ejercicio de derechos, un contexto que se ha llamada en evaluar las condiciones de vida de grupos criminalizados en Estados Unidos, incluyendo a los inmigrantes indocumentados, “la muerte social” (Cacho).
La historia de Sánchez, más allá de su narrativa digital, ilumina un poco su práctica de infrapolítica y sus consecuencias. Al empezar a trabajar con Sánchez en la producción de su narrativa digital en enero de 2017, me di cuenta de la dificultad de colaborar con una persona callejera. No tenía teléfono ni correo electrónico, mucho menos un calendario o reloj. Mis visitas a Tijuana durante el año académico eran irregulares. ¿Pero cómo fijar una cita con alguien como él con tres o cuatro semanas de anticipación? Él también se dio cuenta de este problema ya que no tenía dónde apuntarse un recordatorio; entonces me dio una dirección y me dijo que lo buscara allí, en un albergue donde pensaba quedarse.
Al acudir a este lugar, ubicado en la Avenida Constitución a media calle de la Vía Rápida (carretera que justo a esta altura empieza a colindar con la frontera, muy cerca del lugar donde la canalización del Río Tijuana cruza a Estados Unidos), pasé por una zona de trabajadoras sexuales, notando que parecía ser yo el único extranjero a la vista. La Zona Norte es un vecindario conocido por su pobreza, su vida nocturna sórdida, su penetración profunda por el narcotráfico, sus altos índices de homicidio, y la densidad de población de hombres (mujeres, también, pero mucho más hombres) deportados. Me dijo que el albergue en el que se hospedaba se llamaba el Aposento del Migrante. Más adelante, encontré referencias al lugar con el nombre Casa Refugio Mica (Blog del Narco).
La puerta del edificio era un espejo por fuera, pero por dentro podían ver a los que llegaban. Me abrieron y me permitieron entrar. Adentro escuché mucho ruido, muchas voces, gente gritando. Entraba y salía gente, algunos de ellos claramente en estados alterados por la droga. Pregunté por Sánchez por su nombre y se rieron de mí, explicándome que nadie usaba su nombre verdadero en este lugar. Por casualidad tenía una foto de Sánchez en mi teléfono; alguien lo reconoció y fueron a buscarlo. Al esperar en un vestíbulo oscuro y sucio con varias máquinas de juego, estilo tragamonedas, observé en la pared un retrato desteñido. Cuando salió Sánchez, recién bañado y bien vestido no obstante el lugar, confirmé con él que el retrato era de Micaela Saucedo, una trabajadora social conocida por su trabajo en el Bordo que había fallecido unos años antes (de ahí el nombre Casa Refugio Mica). En un minidocumental de Vice, Saucedo invitó a la tripulación a entrar en el albergue informal que ella administraba, el que en ese entonces se veía poco agradable (Woldenberg y Loyola). Pero en enero de 2017 este sitio aparentemente se había convertido en un picadero.
Sánchez nunca me dio la impresión de ser consumidor de droga. Parece que más bien se quedaba allí porque le habían ofrecido un trabajo fijo vigilando la puerta. No especulé sobre quién lo habrá contratado – ni lo pensé. Sólo más adelante me di cuenta que es bien probable que hayan sido narcotraficantes.
He tratado en detalle las circunstancias del fin trágico de Gerardo Sánchez en otro texto (Irwin). Acá resumo en breve los sucesos confirmados. La noche del 5 de octubre de 2017 llegaron unas personas al “aposento”. Se dice que sus caras se ocultaban detrás de pasamontañas y que llevaban armas visibles. No se explica por qué, pero Sánchez les abrió la puerta y lo mataron inmediatamente. Los asesinos, quienes ejecutaron rápidamente a cuatro personas y huyeron corriendo, aparentemente buscaban a unas cabecillas de narcomenudeo que controlaban la venta en ese lugar pero que se encontraban en ese momento en la azotea y, por tanto, evitaron ser asesinadas esa noche (Blog del Narco).
De estos datos se pueden intuir algunas cosas de la vida de Gerardo Sánchez que no cuenta en su narrativa digital. Su decisión de dejar la incertidumbre cotidiana de refugiarse en los diferentes albergues –compartiendo espacio siempre con desconocidos, sin tener ningún lugar propio– para quedarse en este “aposento”, sí le dio estabilidad en alojamiento. Parece que también le ofreció cierta seguridad ya que de ahí en adelante ya no andaba con su mochila, accesorio emblemático de los hombres deportados que viven en los albergues, los que exigen que sus  clientes salgan todas las mañanas con todas sus pertenencias. Se supone que obtuvo en este nuevo lugar no solo suficiente privacidad para no tener que preocuparse por sus pertenencias sino también el acceso a un baño, a diferencia de la experiencia de muchos de los que se alojan en albergues y tienen que buscar dónde bañarse entre las diferentes organizaciones de servicio sociales, tales como el Desayunador Salesiano Padre Chava, el que suele ofrecer duchas uno o dos días cada semana. También su trabajo allí era estable y probablemente poco conflictivo ya que nunca se quejó de él. A mí me preocupaba verlo en ese lugar entre los consumidores de droga, pero parece que él prefería estar allí ante sus otras opciones: la calle o los albergues de la Zona Norte, muchos de los que eran igual de informales, sucios e inseguros que este “aposento”.
Había quizás algo de infrapolítica en su decisión de insertarse en este mundo donde nadie sabía su nombre, donde seguía sin teléfono o internet, donde se mantenía a media calle de la frontera en unos de los pocos puntos en donde no había un muro –el muro se interrumpe donde el canal cruza la frontera, la línea de división indicada allí sólo por una raya amarilla en el concreto. Pero en vez de someterse al gobierno; a las maquiladoras; a los religiosos que reclutaban a creyentes al ofrecerles comida, posada o un cambio de ropa; eligió entrar, aunque fuera en los márgenes, al ambiente del narcotráfico, en una ciudad muy violenta. Si el ambiente del narcotráfico le ofrecía algo de estabilidad y libertad, no le ofreció la seguridad. Si el entrar en este ambiente era un acto de infrapolítica, el que le recuperó un poco de su autonomía y su virilidad, se puede inferir que esta misma infrapolítica lo mató.
Reyes, en cambio, sigue vivo. Lo he visto varias veces después de la producción de narrativa digital. Una vez me topé con él en la época de la llegada de la caravana de migrantes centroamericanos a Tijuana en el otoño de 2018. Tenía en este momento un teléfono y me dijo que le permitían cargar en el café de Enclave Caracol, un centro cultural en el centro de Tijuana. Se quedaba en ese momento un grupo de migrantes LGBTQ allí y un día que pasaba yo por allí, por poco hubo una pelea entre dos pequeñas facciones de migrantes en la que Reyes intervino, separándolas y apaciguándolas. Otro día me topé con él en Playas de Tijuana en el malecón. Estaba emocionado al contarme la historia detrás de un pequeño yate que estaba abandonado en la playa. Me dijo que había naufragado allí esa mañana, y poco después de alojarse el barco en la arena, salió de adentro un hombre confundido y hablando en inglés. Parece que andaba borracho por el mar y se perdió y quizás se durmió, acabando en Tijuana, su yate destruido, y sin pasaporte para volver a San Diego. Nos pareció chistoso a ambos que este pobre desgraciado se haya quedado atrapado, indocumentado en Tijuana, como si hubiera sido deportado.

Conclusión

La deportación suele ser un suceso traumático que derriba proyectos de vida, vidas ya construidas y profundamente arraigadas, lo cual trae repercusiones devastadoras para la autoestima y el sentido de hombría de muchos migrantes mexicanos varones. El dolor de la separación familiar y del vaciamiento del rol masculino de padre y proveedor, puede quitarles a los migrantes sus defensas y llevarlos a expresar sus sentimientos de pérdida, angustia, inseguridad, desolación e impotencia, en contradicción radical con las normas del machismo mexicano. Como consecuencia de este golpe, algunos migrantes deportados no logran rehacer sus vidas en México, quedándose en los márgenes de la sociedad, viviendo entre albergues y las calles, en muchos casos a unos pasos del muro fronterizo de Tijuana, recuerdo constante de su fracaso. Aunque este escenario parece representar la derrota absoluta, las narrativas de unos migrantes que viven en estas condiciones señalan una interpretación distinta. Sus decisiones conscientes de no reinsertarse en el sistema laboral y estatal, de alejarse de la explotación laboral, de mantener una anonimidad que les protege de la persecución de agentes gubernamentales, y de insistir en permanecer muy cerca de la frontera, así minimizando su distancia de sus seres queridos en el otro lado, son afirmaciones de su voluntad, actos de infrapolítica, los que quizás no les ganen mucho en cuanto al confort, seguridad o salud, pero sí les ayudan en resguardar un sentido de autonomía, elemento clave de su masculinidad.

Notas

1 https://cnnespanol.cnn.com/video/ciudades-violentas-mundo-tijuana-acapulco-caracas-mexico-brasil-inseguridad-directo-usa/.

2Para una discusión crítica de una variación bastante semejante en el método, ver Lizarazo et al.

 

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Fecha de recepción: 06/09/2019
Fecha de aceptación: 09/12/2019

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