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DOI: 10.19137/anclajes-2020-2427


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RESEÑAS

La Argentina como problema. Temas, visiones y pasiones del siglo XX. Carlos Altamirano y Adrián Gorelik (Editores) Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2018, 394 páginas.

El libro editado por Carlos Altamirano y Adrián Gorelik constituye una interesante apuesta por ofrecer un panorama del siglo XX desde una perspectiva particular: la que recoge el pensamiento argentino durante dicha centuria y, para ello, ausculta la tarea de reflexión que da lugar a la emergencia de ideas en contextos determinados. Con ese fin, plantean dos “líneas de exploración”: las problematizaciones y las visiones. A partir de la primera, advierten los hechos culturales, políticos, económicos o institucionales que fueron percibidos por ciertos grupos o personas como importantes obstáculos para la concreción del destino que la Argentina merecía. Con la segunda, a su vez, exploran la manera en la que los argentinos (más precisamente algunos escritores, para decirlo de manera genérica) pensaron a su país en diferentes coyunturas y ante determinados procesos. Desde luego, las líneas no son paralelas sino que se cruzan reiteradamente a lo largo de la obra. En sus páginas, desfilan sociólogos, literatos, ensayistas, economistas, politólogos, abogados, periodistas e historiadores, y no pocas veces los perfiles se solapan. De hecho, la mayoría de ellos conjugaron dichas actividades con la militancia política, la docencia universitaria, la investigación académica o la función pública, para mencionar algunas. A su vez, los hay de numerosos signos políticos, en un abanico que va de izquierda a derecha y permite reflexionar sobre la circulación, los préstamos y la revisión de ideas.
En la trama del libro se hallan aportes provenientes de disciplinas disímiles, con lo cual la visión de conjunto se enriquece notablemente. Basta con mirar la especialidad de las autoras y los autores que intervienen en la escritura de los capítulos para advertir la atinada elección de Altamirano y Gorelik en la convocatoria. La organización de la obra en nueve partes también es satisfactoria porque orienta la lectura y propone un abordaje en función de ejes problemáticos: visiones liberales; comunidad imaginada; la nación asimétrica: Buenos Aires y el interior; democracia, caudillismo y masas en el país aluvial; los obstáculos del progreso; la cuestión de la clase dirigente; nación y nacionalismo; mitos y pasiones; un país en su callejón. Así titulan, respectivamente, a cada una de ellas.Si bien no todos los capítulos focalizan en un escritor, puesto que hay algunos en los que el objeto de estudio es un colectivo (no siempreideológicamente homogéneo), el abordaje en la mayoría se acota a uno o dos de ellos que operan a la manera de farosque iluminan una idea, concepto o problema intelectual o socialmente significativo. De los veintidós capítulos, dieciséis presentan esta última característica.
Luego del orientador prólogo de Altamirano, Horacio Crespo y Silvia Sigal son quienes analizan, en la primera parte, las perspectivas liberales de Joaquín V. González y Federico Pinedo. El primero discute las interpretaciones que no advierten un proyecto cultural en la élite del Ochenta, en tanto concibe a González, integrante del bloque que políticamente lideraba Roca, como un intérprete que formulaba propuestas concretas. Al analizar a Pinedo, la socióloga hilvana las diversas etapas de su trayectoria, que lo llevaron del socialismo al conservadurismo, y para ello reconstruye las flexiones del liberalismo a partir de un caso específico. En la segunda parte, el eje es la cuestión de la nacionalidad y, de nuevo, se aborda a partir de dos integrantes de la élite cultural: Ricardo Rojas y José Ingenieros. Martín Prieto identifica en el primero a un transgresor al modelo de las historias de literaturas nacionales y destaca la significación que tuvo la experiencia del viaje y los contactos (en especial, con Rubén Darío), ya que sin eso no se explica su producción. Fernando Degiovanni, en cambio, devela la relectura del pasado que realizó Ingenieros, en una de sus obras, durante un momento de democratización político-cultural y desde una posición opuesta a la intervención estatal en la esfera de la cultura (que además era una crítica a Rojas y su Biblioteca Argentina).
La tercera parte hace foco en las relaciones entre Buenos Aires y el interior, que como segmentos desiguales y problemáticos el uno para el otro merecieron una profusa y diversa literatura. Gorelik centra la atención en las posiciones de Manuel Gálvez y Juan Álvarez en el marco del Centenario; Ana Teresa Martínez hace lo propio con Bernardo Canal Feijóo y su perspectiva entre 1937 y 1951; en tanto que Ana Clarisa Agüero y Diego García exploran el comunalismo de Saúl Taborda, propuesta integral que tuvo escasa aquiescencia social y un eco limitado. María Inés Tato, Ricardo Martínez Mazzola y Jorge Myers integran con sus trabajos la cuarta parte. Allí, cada uno desde mirillas distintas, abordan ideas nodales sobre la incorporación de las grandes mayorías a la vida política. La primera lo hace a través de Alberto Gerchunoff, que tenía recaudos sobre la participación de las masas en ese plano y (sin descreer de la democracia) emitió un juicio negativo respecto del proceso iniciado con la Ley Sáenz Peña. Esta última abrió paso al gobierno de Hipólito Yrigoyen, proceso que luego habilitó la reflexión sobre el caudillismo, una temática que trata Martínez Mazzola al esbozar el panorama de ideas planteadas por conservadores, radicales y socialistas sobre las bases sociales de dicho fenómeno. En algunas de ellas identifica la esencia del posterior juicio de Tulio Halperin Donghi sobre Yrigoyen. Pero es Myers quien enfoca la interpretación historiográfica, y lo hace a través del análisis de José Luis Romero y uno de sus libros más conocidos, en el que problematizaba la heterogeneidad cultural y la falta de integración política de las masas a la luz de un momento histórico concreto que se iniciaba al promediar la década de 1940.
En la quinta parte, Roy Hora y Jimena Caravaca abordan, respectivamente, el latifundio y el desarrollo económico, dos “obstáculos” en el progreso del país, según se ha sugerido desde interpretaciones diversas. El primero identifica ciertos momentos de reflexión y los caracteriza; la segunda se concentra en el itinerario de Raúl Prebisch, un economista que trascendió el plano nacional, y elige un recorrido posible para demarcar en su vasta producción las ideas en torno al intervencionismo estatal en la economía. En cambio, la parte siguiente revisa otro nudo problemático: la clase dirigente.La derecha nacionalista, según Fernando Devoto, identificaba en ese grupo uno de los males. Pero no todos coincidían en la solución, ya que para unos la clase se perdía por su ideología y para otros directamente no existía por la carencia de vocación de unidad. Andrés Kozel propone una lectura de Julio Irazusta que parte de su formulación medular (influenciada por su hermano Rodolfo) y llega a la caracterización de “encrucijadas mal resueltas” de la historia argentina, paso central para significar el carácter antinacional de la “oligarquía”.
En la séptima parte, Martín Bergel estudia los postulados de FORJA, colectivo que hizo suya la tradición revolucionaria del radicalismo y denunció el “coloniaje”, a la vez que desplegó una notable intervención cultural para difundir sus planteos centrados en un vocabulario político que apostaba a la “desconexión” del país e interpelaba a los sectores juveniles.Adriana Petra aporta una interpretación original sobreel intelectual del Partido Comunista,Héctor P. Agosti, quien cobró fuerza al promediar el siglo XX como intérprete de la realidad y (en contra de los a priori) procuró inscribir a esa fuerza de izquierda en la disputa por el sentido de lo nacional. Si es imposible explicar a dicho autor sin remitir a sus referencias extranjeras (Antonio Gramsci), sucede otra cosa en los abordajes de la octava parte. Para María Teresa Gramuglio el peronismo impactó en aquellos ensayos dedicados al Martín Fierro en los años cuarenta, pero no puede equipararse esa motivación a las que buscó la épica fundadora en el Centenario. El medio pelo de la sociedad argentina, obra publicada en 1966 por Arturo Jauretche, resulta inexplicable si no se revisan sus ideas sobre la pequeña burguesía, como demuestra Sebastián Carassai. Lo mismo ocurre con El desarraigo argentino, de Julio Mafud, pero en este caso son su condición de outsider en el ámbito universitario y el posicionamiento como ensayista de orientación sociológica las claves que Alejandro Blanco emplea para aprehenderlo. Este apartado se cierra con el trabajo de Laura Ehrlich, en el que indaga la incidencia de dos escritores de la “nueva izquierda” durante la década del sesenta en la conversión de Eva Perón (en el plano simbólico) de protectora a revolucionaria.
La novena y última parte incluye un capítulo de Altamirano y otro de Hugo Vezzetti. El primero explora un itinerario de comprensión histórica sobre el peronismo, y lo hace a través de Halperin Donghi, quien escribió sobre el tema en diferentesetapas de la segunda mitad del siglo XX, pero sin deponer totalmente las hipótesis que formuló en 1956. El segundo se detiene en los problemas de la democracia argentina desde dos puntos de vista distintos: el del politólogo Guillermo O’ Donnell y el del sociólogo Juan Carlos Portantiero.
Así concluye una obra que tiene la ventaja de integrar una riquísima pluralidad de voces, situación que permite acercarse a los temas, visiones y problemas a partir de diversas miradas disciplinares. A su vez, abre un panorama interesante sobre la historia de las ideas en Argentina, país que presenta un considerable corpus de estudios al respecto.

Federico Martocci

Universidad Nacional de La Pampa
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, CONICET
Instituto de Estudios Históricos y Sociales de La Pampa, IEHSOLP
ORCID: 0000-0003-3243-3057

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