RESEÑAS

Basile, Teresa y Nancy Calomarde (comp. y ed.). Lezama Lima: Orígenes, revolución y después… Buenos Aires: Corregidor, 2013, 475 páginas.

Hay escritores cuyas obras a lo largo del tiempo convocan lecturas, diálogos y relecturas y así, poco a poco, en un lento proceso de sedimentación pasan a integrar lo que, de modo controvertido pero sin dudas aglutinador e irradiante, se entiende por canon. En el campo de la literatura latinoamericana, la obra de José Lezama Lima integra esta selección. El libro objeto de esta reseña revalida este lugar porque se propone como una puesta al día y una revisión de una figura que ocupa un lugar central y a la vez polémico y disputado en el campo literario cubano y latinoamericano de las últimas décadas. Además, este lugar dentro del canon subyace en el germen de este libro ya que la mayoría de los trabajos que reúne fueron presentados en el Congreso Internacional El Caribe en sus Literaturas y Culturas. En el centenario del nacimiento de José Lezama Lima que se desarrolló en septiembre de 2010 en Córdoba.
La introducción a cargo de las compiladoras es una minuciosa revisión del complejo proceso de legitimación del autor. En primer lugar, analizan el recorrido argumental de la operación de Cintio Vitier quien buscó adjudicar a este escritor, y al grupo Orígenes, una raíz poética de la Revolución. Luego, se detienen en lo que llaman “la serie académica”, entendida como las distintas intervenciones de intelectuales que, dentro y fuera de Cuba, procesaron de diferente modo la poética lezamiana. En esta cuidada exposición también presentan y justifican los siete apartados que dividen el libro y, para esto, realizan un recorrido crítico por algunos temas medulares para poder ingresar en Lezama como, por ejemplo, los modos de pensar el barroco en América Latina, las modulaciones del insularismo en Cuba o los distintos abordajes del topos de la ciudad.
La primera parte reúne cinco artículos que revisan los avatares políticos y de legitimidad que ubicaron a este autor en el canon literario. Remedios Mataix pone en relación a Lezama con Virgilio Piñera y fundamenta su trabajo en la necesidad de realizar estudios que den cuenta de la red de relaciones culturales transoceánicas en las que se conjuraron vanguardia política y literaria durante la España franquista. Aquí analiza la recepción que tuvo el escritor durante las décadas de 1960 y 1970, impulsada por las repercusiones de la Revolución Cubana en la izquierda intelectual española. En esta interesante línea de investigación, Mataix revisa su lugar en esta red, los orígenes del rostro con que el autor accedió al reino del canon español, cuando recibió el premio Maldoror de Poesía en 1972, y los vaivenes que sufriría esa canonización tanto en Cuba como en España.

Francisco Morán analiza la efectiva irradiación de Julián del Casal en Lezama a partir del verso “Ansias de aniquilarme sólo siento” que lee como un legado que resignifica o reactualiza. Morán propone revisar y/o conectar la presencia de Casal con la de José Martí que, desde las lecturas de Vitier, ha regido las interpretaciones de la obra lezamiana. El abordaje circula por las cartas, los ensayos y la poesía para desmenuzar su construcción y leer también cuestiones referidas al debatido aislamiento de los últimos años que este crítico elige demostrar.
Dos artículos proponen lecturas de Oppiano Licario. En primer lugar, Jorge Luis Arcos se corre de las valoraciones convencionales para señalar que, en algunos aspectos, la lectura de esta obra resulta más incitante que la de Paradiso, cuestión tal vez generada en el carácter de obra fragmentaria (inorgánica, diríamos en términos de Peter Bürger). Arcos realiza una aguda lectura que establece contrapuntos entre estas dos obras, la poesía y la vida del autor para demostrar, entre otras cuestiones, que uno de los retos más difíciles para Lezama es la inclusión de la homosexualidad como un componente natural de su cosmovisión creadora y que esta es una de las lecturas incitantes de Oppiano Licario. En segundo lugar, en un extenso y claro trabajo César Salgado reexamina la figuración de la insurgencia en las varias iteraciones del relato sobre el personaje Oppiano Licario para, de este modo, realizar un ejercicio de contra-exégesis que discute la lectura viteriana que ve en este texto una suscripción profética a la revolución castrista como cumplimiento martiano. Aunque reconoce algunos aportes del trabajo filológico de Vitier, Salgado lee este relato como una advertencia contra el voluntarismo político y también una idea menos teleológica sobre el legado martiano.
Por otra parte, Jaime Rodríguez Matos revisa la discusión sobre la modernidad y la posmodernidad en la obra de Lezama pero no toma partido por alguna de estas líneas de investigación sino que las pone en tensión para demostrar la insuficiencia de la oposición. Su recorrido explicita que ambas posturas tienen en común la centralidad de las categorías de lo nuevo y de la verdad.
La segunda parte de este recorrido se centra en la ineludible presencia del controvertido barroco de Lezama Lima. Olga Beatríz Santiago analiza minuciosamente los ensayos que dedica a Góngora para demostrar cómo configura, por un lado, un homenaje y reconocimiento al escritor cordobés y, por otro, una compleja construcción de las potencialidades de su poesía en Cuba y de su lugar como poeta. Advierte que la argumentación lezamiana tiende a identificar a América como reducto de “la gran poesía” y que él sería el continuador del proceso de revelación dejado inconcluso por Góngora. En “Perlongher pasea por Parque Lezama”, Rubén Ríos Ávila analiza cómo la obra del argentino puede ser leída como el cruce del neo-barroco deleuziano con el del escritor cubano. En un entramado discursivo que mucho tiene de barroco, el autor/lector aventura que tal vez la poesía del neo-barroso inaugure un barroco del delirio ilegible en el que concluye la era del texto para el lector quien pasa a ser un mendigo a la espera de migajas.
Con el título “Lezama Lima conversa: entre el coloquio con Juan Ramón Jiménez y las lenguas cotidianas”, la tercera parte cruza dos perspectivas: la presencia de la oralidad y los debates sobre el insularismo. Dos de los trabajos aquí reunidos analizan el Coloquio con Juan Ramón Jiménez. Nancy Calomarde se centra en el diagnóstico cultural que propone el Coloquio al que entiende como texto y evento en tanto experiencia que dará el puntapié inicial y será la marca que perdurará en el origenismo (por ejemplo, la categoría poética de “autofagia” y de “hipertelia”). En este recorrido por los pliegues del texto, la autora realiza una sugestiva interpretación de la escena de lectura que abre el Coloquio. Por otra parte, Jorge Marturano reflexiona sobre la teoría de la cultura que infiere en el Coloquio al que considera como un ensayo inaugural en el que el escritor de Trocadero se aparta de las concepciones de la insularidad como obstáculo para comenzar su reflexión sobre la cultura cubana. Marturano advierte que en este ensayo elabora por primera vez una teoría de la identidad cultural cubana fundada en el “mito del insularismo” y, de este modo, desplaza las teorías de la insularidad que privilegiaron el lugar de la tierra y de la plantación azucarera en la construcción de la identidad nacional.
Los otros dos artículos abordan la presencia de la oralidad. Rafael Catillo Zapata sostiene que el diálogo lezamiano tiene que ver con la dinámica de una relación oral que nunca puede ser determinada de antemano y esta constituye una peculiar escena de producción poética. El autor se anima a vincular este uso del diálogo con la experiencia surrealista aunque no le atribuye a Lezama las extravagancias de este proyecto poético. Por su parte, Graciela Salto ancla su artículo en el entramado de las discusiones que rodearon la figura del escritor durante las últimas décadas. Salto se dedica a analizar los intentos por desnaturalizar la categoría de “lengua popular” y la búsqueda por resignificar algunos de sus rasgos a partir de repertorios o archivos culturales diversos. Advierte las divergencias en la focalización crítica del lenguaje lezamiano y por eso aborda, en primer lugar, las tempranas categorizaciones de los usos lingüísticos para luego analizar las reformulaciones contemporáneas en los ensayos que resaltan la vitalidad “popular” de su lenguaje. En este cuidado entramado argumentativo, Salto utiliza como disparador el discurso pronunciado en 2006 por Margarita Mateo Palmer cuando ingresó a la Academia Cubana de la Lengua en el que reivindica la validez de la obra de Lezama por sus juegos creativos con los usos coloquiales de la lengua y enlaza su obra con quien se autoproclama su “heredero”, Severo Sarduy.
La cuarta parte reúne abordajes sobre la construcción de La Habana, uno de los focos ineludibles de la obra lezamiana. Carolina Toledo confronta la ciudad de las crónicas con la de Paradiso, aunque considera que ambas obras coinciden en la representación de La Habana como el entramado de diversos modelos urbanos europeos. A lo largo del trabajo la autora demuestra cómo este espacio se dibuja como una urdimbre que entrelaza identidad cultural e identidad estética. María Guadalupe Silva también lee las Crónicas para analizar cómo la representación de la ciudad se liga a una imagen de la “habanidad” y, por extensión, a una idea de lo cubano. Parte de la polémica entre Jorge Mañach y Lezama Lima sobre la función que debía asumir el escritor frente a la sociedad para luego analizar minuciosamente cómo, más allá de esta afrenta y de indudables diferencias estéticas, intervino socialmente desde el interior del campo literario. Para demostrar esto analiza que, mientras mantenía esta polémica, aceptaba escribir en el Diario de Marina, para un público amplio, una serie de columnas sobre la vida de la ciudad.
Teresa Basile se detiene en una arista singular y poco explorada de la crónica: la presencia de la Edad Media y la peculiar perspectiva desde la cual Lezama la incorpora. Advierte que en este regreso a la tradición se observa una torsión por la construcción de un sujeto metafórico que no repite sino que re-crea y porque interviene desde una matriz poética. Sin desconocer los debates de los críticos sobre la condición premoderna, moderna o posmoderna de la obra lezamiana, Basile opta por pensar la problematicidad, la pluralidad y la ambigüedad como una marca de su escritura. Para cerrar el análisis, la autora contrapone la ciudad de “piedra” con las ruinas presentes en la literatura de los noventa de Antonio José Ponte y Pedro Juan Gutiérrez.
En la quinta parte se reflexiona sobre las relaciones problemáticas del escritor con la Revolución Cubana. En primer lugar, Rafael Rojas considera que México, en todas sus dimensiones, es una presencia constante en la obra poética, narrativa y ensayística de Lezama. Para demostrarlo realiza un minucioso recorrido por los vínculos que estableció con ese país, ya sea desde el intercambio intelectual, el viaje, las amistades, como la fuerte presencia de la cultura mexicana en su obra. El riguroso aparato argumentativo le permite vislumbrar que tal vez fue este escritor quien más involucró en su proyecto literario el discernimiento y, a la vez, la complementación entre ambas culturas. Desde otra perspectiva, María Marta Luján reconstruye aquellos aspectos del universo discursivo que lo conectan con el proyecto revolucionario leído como revelación, imagen y posibilidad.
El siguiente apartado se centra en la escritura privada, sobre todo las nuevas lecturas que las recientes publicaciones de sus cartas y diarios abrieron para la crítica. María Cristina Dalmagro analiza un conjunto de cartas publicadas en el 2000 en una compilación de Ciro Bianchi Ross. La autora elige leer algunas desde una mirada que pone su foco en la relación entre correspondencia y configuración autobiográfica. Por su parte, María Laura de Arriba lee minuciosamente la construcción de dos cuadernos manuscritos del autor que fueron publicados en 1994 por el mismo editor con el nombre de José Lezama Lima. Diarios (1939-49 / 1956-58). Además de prestar atención a las diferencias constructivas de ambos textos, la autora observa que, a pesar de haber sido catalogados acertadamente como “diarios”, resulta llamativo el escaso espesor de lo íntimo, lo banal, la vida personal o el registro del mundo social frente al fuerte peso que adquiere la erudición. En un amplio corpus de la correspondencia lezamiana, Ignacio Iriarte realiza una atenta lectura de las articulaciones entre la esfera pública y la esfera privada a partir de un eje articulador como es la ciudad. A lo largo del trabajo señala cómo la relación con la ciudad cambia con el paso del tiempo. Por último, Susana Gómez presenta los primeros ensayos de un trabajo que se vincula con su rol de responsable del Fondo Cortázar en la Universidad de Poitiers. A partir del concepto bajtiniano de cronotopía analiza las relaciones y mutuas lecturas entre los escritores a partir de ensayos, cartas, artículos así como la edición de Paradiso que Julio Cortázar preparó para la editorial mexicana Era.
La última parte tiene dos artículos dedicados a la producción poética. En primer lugar, Juan Pablo Lupi realiza un meticuloso análisis de “X y XX” para demostrar que constituye un puente entre el imaginario representado por el tema del “insularismo” en el Coloquio y las reflexiones sobre estética y poética que ocuparán un lugar central en la obra de Lezama durante el período posterior (hasta el cierre de Orígenes). Lupi advierte que este texto muestra con claridad la transición desde un insularismo entendido como imaginario nacional y cultural a un imaginario más vasto de la actividad poética. Y en este movimiento observa el lugar central que adquiere la relación intertextual que el texto establece con “Prose (pour des Esseintes)” de Stéphane Mallarmé. En el último artículo Ivette Fuentes de la Paz revisa la resonancia de “la mejor tradición española” en obra poética. Sin intentar agotar el análisis debido a la complejidad del tema, pone en relación la poesía lezamiana con la mística poética de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz pero también con voces más cercanas como los pensamientos poéticos de María Zambrano y Juan Ramón Jiménez.
Como las mismas compiladoras señalan en la introducción, ya es posible hablar de una episteme poética lezamiana. Lo que surgió como un homenaje desde el Cono Sur por el centenario del nacimiento de José Lezama Lima, alcanza un punto de condensación en la vastedad de este libro que lejos de querer cristalizar los modos de llegar o de pensar al poeta propone también irradiar o aventurar infinitos asedios. Como un imperativo crítico y poético, la compilación convoca a la lectura y a la reescritura de la obra de este controvertido escritor. En este sentido resulta significativa la imagen elegida para la tapa del libro: el mural “Si miraras para mi galaxia” de Leticia Barbeitos. Creo que se puede interpretar como una metáfora del efecto Lezama, es decir, la fuerza irradiadora y expansiva de un núcleo fuerte que se propaga y cuya onda expansiva modifica cada partícula que roza en su movimiento hacia el infinito.

María Virginia González
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PAMPA