https://doi.org/10.19137/anclajes-2022-26112

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RESEÑAS

 

Ficciones Críticas. Escrituras latinoamericanas contemporáneas. Patiño, Roxana y Calomarde,Nancy (editoras).Villa María, EDUVIM, 2021, 228 páginas.

 

El proyecto general de este libro es analizar la reconfiguración de la matriz de los discursos críticos de la modernidad literaria latinoamericana de principios de siglo. Es transitivo, tiene un objeto y le pone nombre: Ficciones Críticas. Las escrituras analizadas podrían ser descritas con las palabras que Nicolás Magaril, uno de los colaboradores, toma de Alberto Giordano: actos de escritura que explotan las posibilidades de su ineficacia.
Así, un proyecto transitivo estudia un objeto intransitivo, y respetarlo como tal – y no buscarle a su vez que sirva para algo – es el desafío que asume la investigación. Muchos de los cultores de las formas intransitivas son intelectuales que están, paradójicamente, en un entrelugar que se quiere transitivo, entre la literatura y la política, entre la academia y el periodismo, pero lo que en este libro se estudia en ellos es precisamente lo que no necesariamente lo es. La expresión no necesariamente regresa dos veces en la introducción, y otras similares aparecen en todos los trabajos: no necesariamente la demarcación de la alteridad radica en la oposición wingka-mapuche, afirma María Fernanda Libro, no necesariamente la imagen crítica de la Amazonía está ligada a una concepción regional geográfica, dice Florencia Donadi. Les interesa lo excedente, que es también lo que persigue Luciana Sastre en los textos de escritores jóvenes que se performativizan y muestran la indecibilidad del yo como coartada (para evitar ser defraudados una vez más). Es la anomalía que no es ni normal ni anormal sino singular, que detecta Juan Marguch, para Juan Manuel Fernández la suspensión de la forma en la cera perdida y lo inoperante en un libro de Raúl Antelo. Es la subjetividad efímera del cronista Pedro Lemebel para María José Sabo, quien yuxtapone género –de escritura– a género identitario en el mejor ejemplo de que lo símil es simul, lo que se asemeja es otro, es ficto. Al mismo tiempo, el personaje de Lemebel circula y se infiltra en todos los espacios, que no necesariamente, así, son centro y margen.
Escribir, para Clarice Lispector, en la lectura de María Rupil, es pregunta. Quiero escribir como si pintara, dice además Lispector, nuevo símil que sólo parece ser semejante, pero que no lo es. Y quiere pintar, más que un objeto, su sombra. Esta es quizás también una de las claves para percibir lo que hacen los autores de Ficciones Críticas: buscar una sombra que no está detrás del objeto, sino que es proyectada por él. Lo que los interpela es algo propio, aunque parezca ajeno. Aquí, otro concepto lacaniano, el de extimidad, que Nancy Calomarde encuentra en Antelo, explica quizás la tarea extraña de los que piensan y escriben sobre objetos que no son transitivos. Lo éxtimo no es lo contrario de la intimidad sino precisamente lo más íntimo, pero está en el exterior, como un cuerpo ajeno. Es la fractura constitutiva de la intimidad. Se pone en tela de juicio el narcisismo: si en su fuero más íntimo el sujeto descubre otra cosa, afuera se mira a sí mismo. Es lo más propio, sin dejar de ser exterior. No es autobiográfico, sin embargo, porque no narra. Es un autorretrato, y es por eso que – como sus objetos – puede ser transitivo e intransitivo a la vez. Un autorretrato es una forma muy extraña y éxtima de autoficción, es una ficción hecha de otros textos. Se trata de un género muy antiguo en el que el sujeto que escribe muestra la materia de la cual está hecho: discursos. Más que escribir sobre escribe con. Si Jean Jacques Rousseau es el punto de llegada genealógico de los relatos autobiográficos, Las Confesiones de San Agustín (397) y los Ensayos de Michel de Montaigne (1580) son el de los autorrelatos. Montaigne afirma en la “Advertencia al lector” que se ha propuesto pintarse a sí mismo (como Lispector). Los colores son los libros que ha leído y que ha amado, y la pintura –él mismo, símil y no simul– es la composición que hace con ellos.
Ahora bien, el autorretrato pictórico, como la huella o el molde de la cera perdida es heteromaterial: la materia en la que se forman los trazos tiene otra consistencia y es diferente a la del agente impresor. En el caso del autorretrato literario, las marcas son homomateriales. Como en el Carré blanc sur fond blanc (1918) de Kasimir Malévich, o en la sicastenia de los insectos, es muy difícil percibir la diferencia. Las lecturas han dejado huella en el escrito y fluyen inevitablemente en el momento de escribir. Y no las esconde, todo lo contrario, las cita, las exhibe: cuanto más referencias da, más asegura la otredad al discurso. Eso sí, las lecturas son presentadas como pars-pro-toto de una enciclopedia. Paradójicamente, la ficción crítica es más intransitiva cuando más discursos ajenos exhibe: seduce, como sus objetos, mostrando su propio deseo, que fluye hacia nuevos lectores, moviéndolos a desear-se, a su vez, intransitivamente.
Dos subproyectos distinguen las escrituras que transforman sus protocolos genéricos hacia un espacio discursivo de fisión-dispersión, de las que recrean la noción de territorio y buscan abolir la biopolítica, responsable de formas de poder y construcción de cuerpos y subjetividades. Los artículos de las coordinadoras del volumen definen las líneas de cada subproyecto. Roxana Patiño sitúa un latinoamericanismo crítico que interviene discursivamente y efectúa interpretaciones, cruzándose también con un nuevo flujo de discursos teóricos transnacionalizados. El procedimiento es enfrentar ese ensayismo sin deícticos con el discurso de dos revistas culturales, Punto de Vista y Revista de Crítica Cultural Latinoamericana. Aunque la autora declara que ya no es posible escribir fuera del discurso académico latinoamericanista internacional, y menciona a L.A.S.A como la gran usina de difusión del latinoamericanismo transnacionalizado, su foco es la manera como las directoras de las revistas son refractarias a la retórica del paper. Beatriz Sarlo y Nelly Richard son intelectuales en la intersección de los estudios académicos y las intervenciones políticas, pero nunca se instalaron en esos espacios de forma excluyente. En un cruce de enfoques transdisciplinarios, sus ensayos son periodismo cultural y compromiso político. El latinoamericanismo que propone Patiño es, así, un campo de experimentación. ¿Qué hacer con esa extimidad bien nuestra? Una respuesta es la crónica de Lemebel, que, como dice Sabo, es una matriz del discurso político sin concesiones a la Transición que interviene lo que pasa en los cuerpos.
Calomarde propone desafiar el archivo de imágenes instituidas por la tradición deconstruyendo sus enunciados en estrecho vínculo con la práctica escritural. Coincide con Patiño, pues, en la experimentación. La propuesta es analizar los dispositivos formales que inscriben los territorios. Dispositivo fue, efectivamente, el término clave, o varita mágica, de los vanguardistas para permitir filtraciones. Dispositivo es el de Patiño yuxtaponiendo dos revistas al latinoamericanismo de LASA. Lo que se filtra es, como dice Rancière, lo incontado. Calomarde habla de una cartografía diaspórica cuando refiere a la transterritorialidad de migrantes: sin embargo, la manera de estar de los incontados, aunque no tenga un lugar objetivo – el que le niegan las ciencias sociales y en gran media los estudios culturales al declararlos nómades – sí tiene lugar subjetivo. Cabría preguntarse sobre territorialidades instituidas por sujetos que son simultáneamente comunes y singulares. Este libro incluye muchas respuestas a esa pregunta, indispensables en la inflexión actual de cambio y de emergencia del latinoamericanismo.

 

Luz Rodríguez Carranza
Universidad de Leiden/Universidad Federal de Santa Catarina
Brasil
ORCID: 0000-0002-4121-8781