DOI: https://doi.org/10.19137/la-aljaba-v301-2026-2

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ARTÍCULOS
VOCES DE MUJERES GITANAS NEUQUINAS. UNA APROXIMACIÓN ETNOGRÁFICA CON PERSPECTIVA DE GÉNERO[1]
Voices of gypsy women from Neuquén: an ethnographic approach with a gender perspective
Marcela Porro
Universidad Nacional del Comahue
ORCID: https://orcid.org/0009-0007-8799-5096
Resumen
En este artículo se exploran los procesos de construcción de la identidad femenina en una familia de la comunidad gitana romaní de la ciudad de Neuquén, desde un enfoque etnográfico y con perspectiva de género. A través del trabajo de campo, entrevistas en profundidad y revisión bibliográfica, se analiza la centralidad del rol femenino en la reproducción cultural, las prácticas rituales del ciclo vital y la organización familiar. Se examinan también las tensiones entre los mandatos tradicionales y las transformaciones impulsadas por la interacción con la sociedad mayoritaria. La investigación muestra cómo las mujeres gitanas, aunque ancladas en estructuras normativas patriarcales, participan activamente en procesos de resignificación que desafían las narrativas estigmatizantes y abren nuevas formas de agencia.
Palabras claves: comunidad gitana, identidad femenina, roles de género, etnografía, Neuquén, tradición y cambio
Abstract
This article explores the construction of female identity within a Roma (Gitano) family in the city of Neuquén, using an ethnographic approach and a gender perspective. Through fieldwork, in-depth interviews, and bibliographic review, the study analyzes the central role of women in cultural reproduction, life-cycle rituals, and family organization. It also examines the tensions between traditional mandates and transformations arising from interactions with mainstream society. The findings highlight how Roma women, while embedded in patriarchal norms, actively engage in processes of resignification that challenge stigmatizing discourses and open new paths for agency.
Key words: Roma community, female identity, gender roles, ethnography, Neuquén, tradition and change.
Sumario: Introducción- Breve recorrido del problema en estudio- Aspectos metodológicos del estudio- Momentos de la investigación- Contextualizando la historia y vida de la comunidad gitana- Prácticas rituales y ciclo de vida-Organización familiar y valores tradicionales- Autoridad de los ancianos y solidaridad comunitaria- Perspectiva desde las voces de las gitanas- Trayectorias: tensiones entre cambios y continuidades- Palabras finales
Recibido: 17/04/2026
Aceptado: 09/06/2026
Introducción
El presente artículo se desprende de la tesis de maestría Te avav Rromi (Ser Gitana): Tradiciones, mitos, verdades. Las voces de una mujer gitana y de las mujeres de su familia (Porro, 2024), cuyo propósito fue estudiar los procesos de subjetivación femenina en el seno de una familia de la comunidad gitana romaní de la ciudad de Neuquén. El análisis implicó identificar, describir y comprender las modalidades mediante las cuales un grupo de mujeres, unidas por lazos de parentesco, construyen sentidos sobre sí mismas, interactúan dentro de su comunidad y negocian su pertenencia cultural en diálogo con la sociedad mayoritaria.
Desde la perspectiva de género, la investigación visibiliza a mujeres gitanas cuya presencia en el espacio urbano de Neuquén ha sido históricamente ocultada o estigmatizada. A pesar de habitar este territorio desde hace generaciones en las zonas denominadas como “barrios de gitanos” caracterizados por viviendas amplias, abiertas, con patios delanteros donde se reúnen las familias, ventilan los colchones y están los autos a la venta, en el imaginario social citadino persisten representaciones negativas que las asocian con mitos y estereotipos —como el rapto de niños, la adivinación del futuro o prácticas tradicionales como la dote y la “primera noche de bodas”— que perpetúan una narrativa sesgada y discriminatoria. Aunque su presencia es cotidiana y visible en la ciudad, a menudo solo son mencionadas en los medios o discursos públicos en contextos estigmatizantes, como hurtos en comercios o conflictos familiares, reforzando prejuicios que deslegitiman sus vidas cotidianas, su agencia y su pertenencia activa al entramado urbano.
El interés por comprender las experiencias de estas mujeres surge de una inquietud personal desde la infancia: su particular estética —vestimenta colorida, calzado llamativo, largos cabellos—, y un idioma desconocido marcaban una diferencia notoria frente a un “nosotras” hegemónico. Esta diferencia convive con una profunda invisibilización social, que se manifiesta en una narrativa que las excluye de los discursos de ciudadanía plena y reproduce desigualdades simbólicas y materiales.
Breve recorrido del problema en estudio
Inicialmente el foco estuvo puesto en las transformaciones de los roles femeninos en la familia de Isabel, la mujer gitana seleccionada como interlocutora principal, desde una perspectiva democratizadora que registrara cambios e innovaciones en los roles de madre, esposa, ama de casa y trabajadora independiente. El análisis empírico complejizó la problemática al ubicar en el centro del análisis los procesos de construcción de subjetividades en contexto donde el entrecruzamiento entre normas tradicionales, resistencias y nuevas posibilidades, genera tensiones en la vida cotidiana de estas mujeres.
Al incorporar al análisis las lógicas que sustentan la identidad femenina (Lagarde, 1996) se visibilizan las experiencias, luchas y resistencias que protagonizan las mujeres y su capacidad de disputar sentidos en un contexto sociocultural más amplio atravesado por múltiples desigualdades. A lo largo del proceso investigativo —entre las idas y vueltas propias del trabajo de campo y las sucesivas lecturas teóricas— se consolidó un marco analítico que trasciende la mera tipificación de los roles de género asignados culturalmente. La articulación entre dimensiones éticas y estéticas permite abordar las tensiones que emergen cuando las prácticas y costumbres tradicionales son interpeladas por modelos alternativos. Esta perspectiva contribuye a una comprensión más compleja de los procesos de subjetivación femenina, al situarlos en el cruce entre normatividades sociales, representaciones simbólicas y experiencias situadas.
Identidad femenina es una categoría teórica central de la investigación. Marcela Lagarde (1996) la define como una construcción cultural e histórica que delimita patrones de pertenencia, normas éticas y estéticas, así como funciones socialmente esperadas para las mujeres dentro de un colectivo. Analíticamente la autora distingue tres dimensiones fundamentales:
Cabe expresar que, aquí, los roles de género son comprendidos como funciones históricamente asignadas a los sujetos según expectativas, representaciones simbólicas y mandatos sociales (tal el caso de las figuras de madre, esposa, ama de casa, mujer trabajadora independiente/profesional).
Desde este posicionamiento teórico, la familia es comprendida como una institución social dinámica, modelada históricamente por actores sociales en contextos políticos, económicos y culturales específicos y, aunque las formas de organización familiar son múltiples y diversas, persiste una función común: la regulación de la convivencia, la sexualidad y la procreación (Jelin, 2010).
Por lo tanto, se entiende que género y parentesco se construyen mutuamente, realizándose juntos en sistemas particulares, culturales, económicos y políticos (Reybet, 2015)
En palabras de Verena Stolcke (2014), el vínculo entre género y parentesco implica al menos tres momentos interrelacionados:
Dimensiones clave para el estudio de la familia son: la organización de la intimidad, la estructura familiar, la sexualidad y la crianza de los hijos, en su condición de prácticas sociales que moldean las formas de subjetivación femenina.
Aspectos metodológicos del estudio
El trabajo, de índole cualitativo, buscaba comprender las complejidades del entramado social, prestando especial atención a las relaciones sociales establecidas por estas cuatro mujeres unidas por lazos de parentesco, tanto dentro de su comunidad como en su vinculación con la sociedad mayoritaria. En este sentido, la opción metodológica más pertinente para abordar la problemática de las relaciones de género era la perspectiva etnográfica, entendida como una herramienta privilegiada de las ciencias sociales —especialmente de la antropología— para describir costumbres, tradiciones y formas de vida de un grupo humano específico, permitiendo así acceder de manera situada a su identidad colectiva.
La etnografía antropológica, tal como la define Rosana Guber (2001), comprende el conjunto de actividades comúnmente conocidas como “trabajo de campo”, cuyos resultados se utilizan como evidencia empírica para la descripción e interpretación de las prácticas sociales. Una de sus principales fortalezas radica en su carácter flexible y abierto, en tanto privilegia la voz de los actores sociales como portadores del sentido de sus experiencias, su cotidianidad y sus vivencias extraordinarias. De este modo, el trabajo de campo se concibe, más que como una técnica de recolección de datos, como un espacio de implicación y negociación entre la persona que investiga y las personas con las cuales se investiga una problemática. Esta relación humana exige una actitud ética y una postura epistemológicamente crítica que permita dar cuenta de las condiciones en las que se produce el conocimiento.
Un concepto central de la perspectiva etnográfica es el de reflexividad, entendida como la capacidad de la persona investigadora de interrogarse críticamente sobre su propia posición en el proceso de producción de conocimiento. Esta dimensión implica una revisión constante de las condiciones personales (género, etnicidad, fenotipo, entre otras), así como de las condiciones institucionales que estructuran el campo científico. En este sentido, Pierre Bourdieu (2000) define la reflexividad como el ejercicio mediante el cual la ciencia, al tomarse a sí misma como objeto, utiliza sus propias herramientas para comprenderse y autorregularse, ampliando así sus posibilidades de aproximación a la verdad. A su vez, Bourdieu y Wacquant (2005) advierten sobre dos condiciones frecuentemente ignoradas en el análisis reflexivo: junto a la posición del investigador en la academia
—condicionada por las exigencias institucionales y la necesidad de legitimación frente a audiencias especializadas—, el logocentrismo que subyace en muchas investigaciones sociales, donde lo social es tomado como espectáculo u objeto de observación, más que como experiencia vivida.
Distintas situaciones dan cuenta del status de la familia de Isabel tanto dentro de la comunidad gitana local como en el espacio público citadino.
El acceso a Isabel, nuestra interlocutora principal, fue facilitado a partir de un vínculo indirecto, un joyero local, reconocido por su trabajo con familias gitanas. En esta cultura, la adquisición y uso de joyas —particularmente en oro— tiene un valor simbólico significativo: los hombres agasajan a esposas e hijas con obsequios que reflejan su posición económica y prestigio social, mientras que las mujeres las portan como símbolo de pertenencia y estatus.
Isabel es integrante de una familia reconocida dentro de la comunidad gitana de la ciudad de Neuquén. Su disposición a participar activamente en la investigación, así como su inserción diferencial en la sociedad mayoritaria se deriva de su historia familiar y trayectoria personal. Es hija de un matrimonio mixto (gitano-criolla); a lo largo de su trayectoria biográfica, estuvo casada en tres ocasiones. Su primer matrimonio fue con un hombre criollo, mientras que los dos posteriores fueron con hombres gitanos. De cada una de estas uniones nacieron dos hijos, seis en total. Su último esposo
—a quien reconoce como la relación más significativa de su vida amorosa— fue un hombre gitano con quien tuvo a sus hijas menores, que también formaron parte de los encuentros desarrollados en su casa. Isabel es una referente en la vida comunitaria gitana; dirige un negocio de compraventa de automóviles y administra personalmente diversas propiedades. Estas particularidades facilitaron su vinculación con sectores no gitanos y, a su vez, propiciaron un canal de comunicación más fluido con la investigadora. Su experiencia evidencia formas de conciliación entre el mantenimiento de tradiciones comunitarias y la participación en ámbitos más amplios de la sociedad. En determinados contextos, como los viajes familiares o las actividades recreativas, adopta modalidades de vestimenta habituales fuera de la comunidad, mientras que en otros espacios sostiene prácticas y símbolos asociados a la tradición gitana.
Este contacto con Isabel fue determinante para el acceso progresivo al universo social investigado. A través de ella, se amplió la muestra a otras mujeres de distintas generaciones unidas por lazos de parentesco con Isabel: las dos hijas menores -especialmente Micaela-; su hermana Perla; y Karina, una de sus sobrinas
Su hermana Perla es una figura cultural relevante de la comunidad gitana; es escritora y autora en el año 2013 del libro Los gitanos. Origen, vida y costumbres, una obra que recopila tradiciones, costumbres y ritos culturales. Goza de autoridad y reconocimiento dentro de la comunidad gitana, integrando instancias tradicionales de resolución y consulta. Mantiene vínculos con investigadores, divulgadores y otros actores interesados en la cultura gitana, además de desarrollar una intensa actividad de viajes y representación. Su forma de vestir y de presentarse públicamente varía según los contextos sociales en los que participa.
Karina es la primera abogada gitana del país y funcionaria legislativa, ocupando una posición destacada en ámbitos institucionales. Participa activamente en eventos vinculados con la visibilización de la cultura gitana, donde suele adoptar una vestimenta asociada a esa identidad. Su trayectoria incluye, además, una participación protagónica en una producción audiovisual presentada en el Cine Español de la ciudad.
Ella va de largo[2], película, dirigida por Florencia García Long, que consiste en el retrato de una mujer gitana. El título alude al uso de las largas polleras, una prenda que la protagonista vincula estrechamente con su identidad. En el film, señala que vestirla en cada uno de sus logros académicos y profesionales representa una forma de reafirmar su pertenencia étnica y cultural.
No obstante, en contextos familiares, recreativos o de la vida cotidiana, su presentación personal se aproxima a pautas estéticas y de vestimenta compartidas con la sociedad mayoritaria. Por otra parte, su matrimonio con un hombre no gitano fue aceptado por su entorno comunitario gracias, en gran medida, al respaldo de su padre, una figura de reconocida consideración y prestigio dentro de la comunidad gitana local. Esta circunstancia permite observar distintas formas de articulación entre pertenencia étnica y trayectorias individuales.
Respecto de la transmisión cultural, algunos elementos tradicionales —como la lengua romaní—no han sido incorporados en la socialización del único hijo de Karina. El mismo cursa estudios secundarios, practica deportes y proyecta expectativas de futuro que combinan referencias gitanas y no gitanas.
La relación entablada por la autora con las dos hijas menores de Isabel, especialmente con Micaela - la más receptiva a comentar aspectos de su vida y de las jóvenes gitanas-, fue el medio que permitió constatar otros recorridos biográficos que muestran procesos de interacción entre prácticas culturales gitanas y experiencias compartidas con otras/os jóvenes de la sociedad mayoritaria criolla. Indicadores como el uso de la vestimenta escogida para usar fuera de la casa materna, la práctica deportiva, la trayectoria escolar de estudios secundarios y la inserción laboral las posicionan en un lugar distinto respecto a la generación de su madre. Micaela comenta que son comunes las relaciones de sociabilidad con personas no gitanas y expresa expectativas de futuro que, en distintos momentos vitales, incorporan proyectos educativos, laborales y familiares que van más allá del mundo doméstico. Una situación que no impidió que finalmente Micaela haya conformado una familia con un hombre gitano y tuviera hijos además de mantener su trabajo de venta de blanquería on line y en su casa.
Conversar con estas mujeres fue una experiencia enriquecedora que, en conjunto con la revisión bibliográfica y las observaciones realizadas, constituyó el incentivo fundamental para el desarrollo de la investigación.
Durante la etapa inicial del trabajo de campo se realizaron entrevistas breves de tipo exploratorio, que dieron paso posteriormente a entrevistas en profundidad que son la base para la elaboración de relatos de vida. Estas entrevistas, en rigor conversaciones, tuvieron lugar en sus domicilios e implicó observaciones de sus actividades cotidianas, reuniones familiares, a lo que se suma invitación a concurrir a eventos públicos que las tenía como protagonistas de la vida social y a compartir el ritual del “té gitano[3]”. Además, fueron incorporadas al análisis las entrevistas realizadas al presidente de la Asociación Romaní de Argentina (Jorge Bernal) y a la gerente de la Fundación Secretariado Gitano de Madrid (Soraya Giménez Clavería), aportando una visión institucional complementaria al estudio de caso.
El tiempo prolongado de trabajo de campo llevó a que la autora ejercitara un proceso de reflexividad, incorporando al análisis su posición como profesional (socióloga) e investigadora y como miembro de la sociedad mayoritaria. Esto se tradujo en una mayor fluidez en el contacto con las mujeres gitanas a la vez que implicó repensarse a sí misma a partir de cómo ellas la percibían desde su mundo cultural. En este sentido el campo permitió constatar una vez más que la identidad femenina, una categoría central de la teoría feminista, implica profundizar en aspectos que permiten definir a una mujer como semejante, diferente y diversa a otras mujeres.
El desarrollo de la investigación, que se extendió durante seis años con interrupciones por motivos personales y laborales, permitió enriquecer el objeto de estudio. Las observaciones realizadas, las conversaciones mantenidas y los vínculos construidos con miembros de la comunidad durante este periodo ofrecieron una perspectiva más amplia y compleja que la inicialmente planteada. En lugar de limitarse a describir los roles femeninos dentro de la comunidad gitana, el análisis se desplazó hacia los procesos de subjetivación que configuran la identidad femenina en dicho contexto.
Este desplazamiento teórico-metodológico supuso asumir el desafío de interpretar las narrativas desde una perspectiva situada, reconociendo que los discursos no siempre reflejan prácticas concretas y que los roles asignados no son necesariamente internalizados de forma homogénea. De este modo, el concepto de identidad femenina se abordó más allá de la tipificación funcional de roles sociales, permitiendo explorar las tensiones entre mandato cultural y experiencia vivida.
Momentos de la investigación
El estudio se fue desarrollando en base a dos estrategias concurrentes que implicaron momentos en los que la lectura de obras referidas al pueblo gitano, fundamentalmente los textos de Jorge Bernal, se intercalaban con otros de observación y entrevistas en el campo y con especialistas en la cuestión gitana.
Mientras la consulta de fuentes secundarias permitía caracterizar aspectos de la organización y la cultura gitana sustentadas en una búsqueda bibliográfica ampliada a escala internacional, nacional y local; el trabajo en terreno, privilegiaba las voces de las cuatro mujeres gitanas, siendo su experiencia el meollo del análisis, la interpretación y reflexión.
Contextualizando la historia y vida de la comunidad gitana
Como se ha indicado, una instancia central del trabajo pasó por contextualizar históricamente a la comunidad gitana romaní (los términos “rromá” y “gitano” son utilizados indistintamente, como sinónimos, sin tener en cuenta la diversidad cultural, lingüística y geográfica que existe entre los distintos pueblos gitanos) a partir de las fuentes recopiladas en el trabajo de revisión bibliográfica, entre otros, el libro Los gitanos. Origen, vida y costumbres de autoría de Perla Miguel (2013), destacada referente local.
En Argentina y en la ciudad de Neuquén, los grupos gitanos han mantenido diversas expresiones culturales propias, tales como la vestimenta típica, el pago de la dote en el marco del matrimonio y prácticas quirománticas asociadas al oficio tradicional. No obstante, han experimentado transformaciones en sus modos de vida: han pasado de residencias nómades en carpas a viviendas estables, y de actividades económicas ambulantes a emprendimientos más institucionalizados, como la venta de automóviles en locales comerciales. Pese a estos cambios, su sistema normativo sigue articulado en torno a la fidelidad a las costumbres, el respeto a la palabra dada, la autoridad de los mayores y una organización patriarcal basada en vínculos de parentesco, preservando así el linaje y la lengua romaní como signos identitarios distintivos.
Respecto a la organización social y los roles de género distintivos del pueblo gitano, se indica que la comunidad gitana romaní, caracterizada por una fuerte raigambre cultural y por la transmisión intergeneracional de sus valores y costumbres, presenta una estructura social en la cual la figura femenina desempeña un papel central en la reproducción simbólica y material de la identidad colectiva. El rol de las mujeres se encuentra definido por mandatos culturales que delinean su identidad y sus funciones dentro del núcleo familiar y la comunidad, en un entramado de prácticas
que evidencian tanto la continuidad de las tradiciones como las tensiones que surgen en la interacción con la sociedad mayoritaria.
La estructura social de la comunidad gitana, independientemente de las particularidades regionales, se organiza en torno a la familia como núcleo fundamental de la vida económica, social y simbólica. En la ciudad de Neuquén, esta lógica adquiere características similares. En este entramado, las mujeres ocupan una posición central como agentes de transmisión cultural, desempeñando un papel clave en la preservación y reproducción de los valores, normas, prácticas y rituales que sostienen la identidad colectiva de la comunidad. La maternidad —especialmente de hijos varones— refuerza su estatus y reconocimiento social, al consolidar su función en la reproducción del linaje y en la transmisión de valores comunitarios.
El matrimonio constituye una institución clave en la vida comunitaria, regulada por rituales específicos que subrayan la importancia de la virginidad femenina como símbolo de pureza y honor. Estas ceremonias, aprobadas colectivamente y en muchos casos decididas por las familias, son expresión de una lógica de reproducción social que evalúa a las mujeres según su adhesión a los valores tradicionales. La pureza, en este contexto, adquiere un carácter estructurante que ordena las relaciones de género y define las trayectorias vitales de las mujeres gitanas.
Prácticas rituales y ciclo de vida
Desde el embarazo hasta la vejez, la vida de las mujeres romaníes está atravesada por prácticas culturales vinculadas a la noción de pureza y su contracara, el marimé, concepto que alude a la impureza tanto física como moral. Por ejemplo, tras el parto, la madre y el recién nacido permanecen en aislamiento, y los objetos utilizados en ese contexto son considerados contaminados, siendo descartados posteriormente. Estas prácticas no solo regulan la higiene, sino que establecen límites simbólicos que inciden en la vida cotidiana y en la estructura social del grupo.
El respeto a estas normas se expresa también en prácticas cotidianas vinculadas a la higiene, el cuidado del cuerpo y el uso diferenciado de ciertos objetos, que refuerzan la distinción entre lo puro y lo impuro. La autoridad del kriss (tribunal gitano), compuesto por ancianos y figuras respetadas, se extiende a la resolución de conflictos relacionados con el cumplimiento de estas normas, reafirmando un sistema de control social que garantiza la cohesión comunitaria.
Organización familiar y valores tradicionales
La organización familiar se basa en principios como la patrilinealidad (la gitanidad la transmite el hombre) y la patrilocalidad (la residencia de la pareja es con la familia del esposo) y la herencia al hijo mayor varón, lo cual asegura la continuidad del patrimonio familiar y la conservación del linaje. La mujer, en su rol de madre y esposa, es responsable de la crianza, el cuidado del hogar y la transmisión de los valores tradicionales. Su laboriosidad, fidelidad conyugal y apariencia física
—como el uso del cabello largo o la cobertura de ciertas partes del cuerpo— son indicadores de cumplimiento de los mandatos culturales que refuerzan la noción de honor en la comunidad.
Cuando una familia no cuenta con hijos varones, es común la adopción simbólica de un sobrino o pariente para asegurar la continuidad del linaje. Estas prácticas muestran la centralidad que adquiere la estructura familiar como garante de la estabilidad económica y moral del grupo. Asimismo, las normas relativas al embarazo y al parto refuerzan la idea de la mujer como depositaria de la pureza, mediante rituales que resguardan la integridad simbólica del colectivo.
Autoridad de los ancianos y solidaridad comunitaria
Los ancianos y ancianas cumplen un rol central en la reproducción del orden social, no solo como depositarios de sabiduría, sino también como garantes de la justicia interna a través del kriss. Este consejo actúa como instancia reguladora de conflictos y como mecanismo de preservación normativa.
Además, los valores de solidaridad y reciprocidad constituyen pilares de la vida comunitaria, expresándose en la cooperación mutua durante celebraciones como bodas, bautizos y funerales. La ayuda brindada en estos contextos responde a una lógica de reciprocidad diferida que fortalece los lazos de pertenencia y contribuye al sostenimiento de una identidad colectiva cohesionada.
Perspectiva desde las voces de las gitanas
En el trabajo de campo se jerarquizaron las voces de las mujeres gitanas, considerando su experiencia y percepción como eje central del análisis e interpretación del estudio.
No es menor señalar que durante las primeras etapas del trabajo de campo la autora haya experimentado cierta actitud de reserva, cierta desconfianza vinculada con su condición de investigadora capaza de perseguir fines meramente académicos, actuar como una observadora externa que redujera las vidas de las gitanas a simples objetos de estudio y las utilizara como un medio para obtener una titulación. Claramente no era percibida como “una igual”.
Esta distancia inicial se manifestó en negativas a participar de entrevistas prolongadas o a ser grabadas, así como en respuestas evasivas o breves. Desde los primeros encuentros con las cuatro entrevistadas, se evidenció una notable imprecisión en torno a tiempos, edades y cronologías vitales. Al retomar preguntas para clarificar aspectos narrativos, las supuestas contradicciones persistían. Esta ambigüedad puede entenderse como una estrategia de protección simbólica, o bien como reflejo de una temporalidad cultural en la que los hitos cronológicos no poseen centralidad. El discurso hermético discurría especialmente en torno a temas como la sexualidad, la dote, la virginidad o los arreglos matrimoniales. Con el transcurso del tiempo, se logró generar un clima de confianza que habilitó un acceso más profundo a sus experiencias, vivencias y sentidos subjetivos. La reticencia inicial fue cediendo gradualmente, especialmente propiciado a través del acercamiento a las dos hijas menores de Isabel, quienes posibilitaron visibilizar fisuras en los discursos hegemónicos reproducidos por las generaciones adultas.
La relación establecida con Isabel se mantuvo sostenidamente durante todo el proceso, incluyendo los períodos de interrupción del trabajo. Incluso durante estos intervalos, la autora fue invitada a eventos de la comunidad, como la presentación del mencionado documental que tiene como protagonista a Karina. Finalizada la investigación, la autora sigue manteniendo un vínculo cordial con Isabel y su entorno familiar.
En ese sentido, interesa manifestar que el proceso de investigación narrado constituye una prueba de la validacion de la interacción etnográfica como estrategia metodológica privilegiada frente a otras técnicas más estructuradas.
Trayectorias: entre cambios y continuidades
El análisis de las entrevistas incluyó como contexto la demanda por la democratización de los roles de género que emerge con fuerza en la sociedad mayoritaria. En este punto observamos cierto correlato: si bien bajo formas singulares, también se expresan cambios en la autopercepción de las mujeres gitanas frente a los roles históricamente vedados a las mujeres.
Las trayectorias públicas de Isabel, Karina y Perla muestran un papel activo en la visibilización, defensa y representación de la identidad cultural del pueblo gitano. A través de sus intervenciones, actividades y formas de presentación, contribuyen a fortalecer el reconocimiento de su cultura y a preservar sus tradiciones.
Sin embargo, en los ámbitos privados y cotidianos —como el trabajo, la familia, los estudios, los viajes o los espacios recreativos— desarrollan prácticas más flexibles en cuanto a la vestimenta, las relaciones sociales y las formas de inserción en la sociedad mayoritaria. Esta flexibilidad no implica un abandono de su pertenencia étnica, sino una articulación entre la continuidad de las tradiciones gitanas y la participación en contextos sociales más amplios.
A pesar de ciertos cambios, el hogar sigue siendo un eje estructurante de la identidad femenina gitana. Aunque delegan tareas y se valen de tecnologías modernas, la responsabilidad del cuidado del hogar, el esposo, los hijos continúa recayendo sobre ellas.
En cuanto a su participación económica, solo es validada socialmente si se enmarca en los beneficios para la familia, reproduciendo una lógica de roles naturalizados.
Esta circunstancia nos recuerda que la feminidad es una construcción vinculada al trabajo de cuidado —dentro y fuera del hogar— que, al naturalizarse, refuerza su asociación con el afecto y el amor, resultando en una desvalorización simbólica de ese trabajo (Gregorio Gil ,2017).
Estas mujeres trabajan, se sostienen económicamente, viajan, se divierten, y no dependen de ningún hombre. En un aparente gesto contradictorio, impulsan a sus hijas a estudiar y trabajar, aunque también expresan su deseo que se casen dentro de la comunidad gitana. El acceso a la educación sigue siendo limitado, pero algunas de las entrevistadas lograron finalizar estudios secundarios e incluso universitarios. No obstante, todas comparten la idea que la realización como mujeres se concreta a través del establecimiento de una pareja. La validación de la femineidad continúa vinculada a la mirada masculina: ser elegida, deseada, cuidada. El matrimonio otorga estatus social y la maternidad jerarquiza a las mujeres dentro de la comunidad.
Aunque estas mujeres han transgredido en distintos grados los mandatos tradicionales, siguen identificándose fuertemente con su cultura. Así, aun cuando adoptan prácticas no convencionales, el peso de los valores gitanos prevalece en sus decisiones. Esta ambivalencia se refleja también en su discurso: por un lado, asumen ideales estéticos y éticos tradicionales —belleza, entrega, sacrificio maternal—, y por otro, se enfrentan a aspiraciones individuales que muchas veces deben relegar en pos del “deber ser” comunitario.
Las cuatro expresan la importancia de cuidar y transmitir el legado cultural recibido, preservando determinadas costumbres y valores que resulta fundamentales para mantener la identidad colectiva. En este sentido, destacan el papel de las mujeres como principales transmisoras de la cultura, responsables de reproducir y resignificar prácticas, conocimientos y tradiciones entre las nuevas generaciones.
El discurso de las entrevistadas no es uniforme. Por momentos, reproducen el modelo tradicional; en otros, lo tensionan. Sienten que su forma de ser mujer —gitana— es más auténtica que la de las criollas, a quienes (nos) perciben como carentes de una vida “realizada”. No se cuestionan los mandatos, sino que los reconfiguran desde la experiencia y el deseo. Persisten prácticas que refuerzan la jerarquía de género y ubican a la mujer en función del otro —como madre, esposa, cuidadora, deseada—, lo que limita su autonomía plena en lo público.
En suma, el análisis del lugar de la mujer en la comunidad gitana de Neuquén permite advertir una organización social atravesada por estructuras tradicionales que regulan su ciclo de vida, roles y estatus. Sin embargo, en un contexto de creciente interacción con la sociedad mayoritaria, emergen procesos de resignificación y adaptación que tensionan las normas establecidas y abren espacio a nuevas configuraciones de género y pertenencia.
Se constata un proceso incipiente de democratización en las relaciones de género, al menos en la familia de Isabel. Estas mujeres trabajan, participan en espacios públicos, inculcan a sus hijas el valor del estudio y del trabajo, aun cuando desean que mantengan la pureza cultural. Este doble mandato genera tensiones, especialmente entre las más jóvenes, que deben equilibrar la presión modernizadora con las exigencias de su comunidad.
Si bien se visibiliza un proceso de apertura, no se trata de una transformación lineal ni homogénea. Las contradicciones entre tradición y cambio son persistentes y configuran un escenario de complejidad creciente. Esta ambigüedad es particularmente fuerte en contextos donde las jóvenes acceden a información y referentes culturales externos que amplían sus horizontes, pero también profundizan sus dilemas identitarios. Las mujeres mayores siguen otorgando centralidad a la honra, aunque resignifican los valores asociados a la pureza. Su principal preocupación es que no se hable mal de sus hijas en la comunidad. En el ideal gitano, el hombre sigue siendo proveedor, eximido del trabajo doméstico, pero las entrevistadas han sostenido solas a sus familias y no esperan protección ni manutención masculina.
Palabras finales
La vida de las mujeres gitanas —esas “desconocidas” del imaginario social— fue el acicate que impulsó esta indagación. Si bien se reconoce el valioso aporte de diversos textos que orientaron la investigación, son las voces de las entrevistadas las que constituyen el insumo principal para las conclusiones alcanzadas. Además, a lo largo del trabajo de campo, se registraron no sólo observaciones, sino también ideas y sensaciones que surgieron de forma orgánica, enriqueciendo el análisis.
A lo largo del proceso analítico el examen retrospectivo de los imaginarios femeninos gitanos en distintos momentos históricos fue el modo a través del cual identificar las formas contemporáneas en que las entrevistadas procesan su identidad. La triangulación entre fuentes escritas, entrevistas, visitas y lecturas feministas —al menos del feminismo gitano español— posibilitó una lectura más profunda y situada.
Este proceso llevó a desplazar el foco desde los roles hacia los procesos de subjetivación. En lugar de centrarse únicamente en el cambio de prácticas, se procuró comprender cómo se construyen y negocian las identidades de género en contextos culturales específicos. Se cuestiona en este sentido, la noción de que la participación pública de las mujeres se traduzca automáticamente en igualdad de oportunidades, advirtiendo que muchas estructuras simbólicas y normativas siguen operando con fuerza.
Gran parte de sus discursos, revela una fuerte pervivencia de los ideales culturales tradicionales. Particularmente revelador es el modo en que justifican la infidelidad masculina —siempre y cuando se vincule con mujeres criollas y no gitanas—, al tiempo que se reservan para las mujeres gitanas castigos mucho más severos ante conductas similares. Esta doble moral evidencia pactos implícitos de control masculino sobre la sexualidad femenina, y una lógica de poder que naturaliza la desigualdad de género. La relación entre virginidad, honra y matrimonio aparece reformulada: aunque se mantiene discursivamente, en la práctica se relativiza, especialmente cuando las jóvenes se escapan y establecen relaciones de hecho.
Aun dentro de estas estructuras normativas, las mujeres entrevistadas ejercen cierto grado de agencia: eligieron a sus parejas —a veces escapándose de sus hogares—, muchas se han separado, vuelto a casar y han tenido hijos con distintas parejas, algunas con criollos. En sus relatos, el placer sexual aparece como una dimensión positiva del vínculo amoroso, aunque subordinado a la lógica de la entrega afectiva y la reciprocidad.
Entre las jóvenes emergen diversas estrategias orientadas a conciliar el deseo individual con los mandatos familiares y las expectativas culturales. Estas prácticas —que van desde formas de vinculación afectiva no institucionalizadas hasta acuerdos informales de convivencia— permiten sortear las exigencias normativas asociadas al modelo tradicional de familia. Tales dinámicas de negociación evidencian la complejidad de una identidad femenina en construcción, marcada por tensiones entre la reproducción de tradiciones socioculturales y el ejercicio de la agencia personal.
Aunque en las últimas décadas se han producido avances significativos en diversos ámbitos de la vida de estas mujeres y de la población gitana femenina en general, la educación formal sigue constituyendo un desafío importante. La proporción de mujeres que completan la escolarización básica es reducida, y el acceso a estudios superiores continúa siendo excepcional.
La familia sigue constituyendo el núcleo organizativo central: el padre (o en ocasiones el abuelo) detenta la autoridad, regula los matrimonios, distribuye las tareas y controla los recursos económicos. En las familias extensas, es el varón más anciano quien asume esta función.
En el caso de Isabel y las mujeres de su familia, se observa un proceso de resignificación de los mandatos de género tradicionales. Sus trayectorias evidencian una ruptura parcial con los roles establecidos y permiten visibilizar cómo la práctica concreta puede desafiar el discurso normativo. A la vez, estas mujeres reproducen discursos que refuerzan su pertenencia y adhesión a la comunidad, consolidando así una identidad que articula lo tradicional y lo emergente, lo comunitario y lo individual.
Las mujeres de esta familia no se ajustan al modelo tradicional de “mujer gitana de ley”: se vinculan con criollos, acceden a espacios antes vedados, se visten con ropa criolla y aspiran a estudiar y expandir sus horizontes. Incluso los hombres de su entorno rompen con mandatos tradicionales. Todo ello plantea nuevas preguntas para futuras investigaciones: ¿qué impacto tienen los matrimonios mixtos (con criollos) en la redefinición de roles de género?, ¿se trata de un fenómeno
puntual o estamos frente a un proceso más estructural de transformación identitaria y cultural?
Aunque nuestras entrevistadas no manifiestan haber sufrido exclusión social por su origen mixto, sí reconocen que otras personas de la comunidad enfrentan discriminación. Este dato invita a explorar más a fondo los vínculos entre origen étnico, clase, integración y respeto a las normas sociales dominantes.
Muchas preguntas quedan abiertas: ¿Siguen los deseos y necesidades de las mujeres gitanas en segundo plano frente al lugar preeminente del hombre? ¿Es posible una inclusión plena en nuestra sociedad sin resignar los valores culturales propios? ¿Desean ellas esa inclusión?
En el diálogo se pone de manifiesto la centralidad de la cultura gitana en la autopercepción de estas mujeres, pero también las fisuras por donde emergen nuevas realidades y subjetividades.
Su ciudadanía no está en cuestión: las gitanas son parte integral de nuestra sociedad. Su cultura constituye un valor agregado, no un obstáculo.
Al finalizar, queda una pregunta crucial: ¿cómo validaría la propia comunidad gitana el relato que aquí hemos reconstruido?
Se compartió el texto con Isabel, quien manifestó su conformidad con la manera en que su historia fue presentada y expresó su acuerdo con su publicación. Este proceso constituyó una instancia de validación por parte de quien aportó su experiencia y contribuyó a fortalecer el compromiso ético de la investigación.
Reconocemos los límites del estudio —cuatro mujeres, una sola comunidad, estrato privilegiado—, pero también su valor como punto de partida para futuras exploraciones que profundicen en los matices y contradicciones de lo que hoy significa ser mujer gitana.
Referencias bibliográficas
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Notas
[1] El presente artículo se desprende de la Tesis de Maestría dirigida por la Dra. Carmen Reybet y presentada en el año 2024 para obtener el título de Magíster en Estudios de las Mujeres y de Género otorgado por la Universidad Nacional del Comahue
[2] https://cineargentinohoy.com.ar/ella-va-de-largo-una-pelicula-de-florencia-garcia-long-critica/
[3] El té gitano es una infusión tradicional y aromática típica de las familias romaníes. Su preparación no es solo una receta, sino un ritual de convivencia que refuerza los lazos familiares y comunitarios. Frecuentemente, esta bebida también se utiliza como herramienta en rituales esotéricos gitanos para atraer abundancia y buena suerte.