DOI: https://doi.org/10.19137/la-aljaba-v301-2026-4

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ARTÍCULOS
LA METÁFORA DE LAS OLAS EN LA HISTORIOGRAFÍA FEMINISTA: DEBATES, CRÍTICAS Y ALTERNATIVAS
The wave metaphor in feminist historiography: debates, critiques, and alternatives
Noelia Bibian Vacaflor
Instituto Superior Dr. Joaquín V. González / Instituto Superior de Formación Docente N°82
ORCID: https://orcid.org/0009-0002-4614-917X
Resumen
La metáfora de las olas es el recurso más extendido y, a la vez, más cuestionado para dar cuenta de la historia del feminismo. Su uso ha suscitado un conjunto de debates en torno a sus potencialidades, limitaciones y alternativas, que han tenido escasa recepción en el ámbito hispanohablante y desde perspectivas latinoamericanas. Esta ausencia resulta significativa dado que la metáfora no solo organiza el relato histórico, sino que delimita qué expresiones pueden considerarse parte de él. El artículo sistematiza estos debates examinando las tensiones con las identificaciones generacionales, el carácter hegemónico de la narrativa, las objeciones a la lógica de progreso y retroceso, los cuestionamientos vinculados con matrices androcentradas y teleológicas, y las propuestas que se han ensayado para superar estas limitaciones. A partir de este recorrido se sostiene que las limitaciones de la metáfora no radican en sus contenidos sino en el modo en que un recurso surgido para la identificación política se adoptó como herramienta de periodización sin una reflexión sobre lo que esta operación supone para la escritura historiográfica.
Palabras clave: metáfora de las olas; historiografía del feminismo; periodización; narrativas feministas
Abstract
The wave metaphor is the most widespread yet most contested device for accounting for the history of feminism. Its use has given rise to a set of debates around its strengths, limitations, and alternatives, which have met with limited reception in the Spanish-speaking world and from Latin American perspectives. This absence is particularly relevant given that the metaphor does not merely organize the historical account but delineates which expressions may be considered part of it. The article systematizes these debates by examining tensions with generational identifications, the hegemonic character of the narrative, objections to the logic of progress and retreat, challenges linked to androcentric and teleological frameworks, and the proposals that have been put forward to overcome these limitations. Based on this review, it is argued that the metaphor’s limitations do not lie in its contents but in the way a device originally forged for political identification came to be adopted as a periodization tool without sufficient reflection on what this operation entails for historiographical practice.
Keywords: wave metaphor; historiography of feminism; periodization; feminist narratives
Sumario: Introducción. Lo que la metáfora hizo visible: de la retórica a la periodización. Lo que las olas dejan fuera. Olas, generaciones e identidades. Hegemonía y exclusiones. Progreso, retroceso y ausencia. Matrices historiográficas bajo sospecha. De las críticas a las alternativas. Conclusiones
Recibido : 14/02/2026
Aceptado: 21/04/2026
Introducción
La metáfora de las olas estructura buena parte de los relatos sobre la historia del feminismo y, al mismo tiempo, es objeto de un cuestionamiento creciente. En el marco de estas discusiones, Premilla Nadasen (Laughlin et al. 2010)[1]advirtió que existía una relación constitutiva entre la adhesión a la metáfora y la definición de feminismo. Al enmarcar ciertos activismos como “las olas”, se privilegiaban las formas de organización protagonizadas por mujeres blancas de clase media, mientras resultaban marginadas quienes se habían movilizado en otros períodos, contextos o en torno a otras demandas. De este modo, la metáfora que ha servido para organizar y narrar la historia feminista podría estar condicionando, al mismo tiempo, su comprensión.
Es innegable, sin embargo, que este recurso se ha popularizado hasta convertirse en el modo dominante de narrar la historia del feminismo, tanto en la producción académica como en la divulgación y los relatos que el propio movimiento construye sobre sí mismo. Si, como sugiere Nadasen, esta metáfora delimita qué cuenta como feminismo, resulta pertinente invertir la dirección del interrogante. No solo es necesario preguntarse qué expresiones quedan excluidas, sino qué conceptualización de feminismo subyace a esta narrativa y qué implicancias tiene para la comprensión histórica. A lo largo del recorrido que sigue se propone leer las limitaciones señaladas por la producción crítica como expresiones de la relación entre los modos de conceptualizar el feminismo y de periodizar su historia.
El relevamiento que sigue prioriza la producción académica en inglés y español, con especial atención a los trabajos que problematizan explícitamente la metáfora de las olas, ya sea examinando su constitución, debatiendo su pertinencia o proponiendo alternativas. Las críticas se organizan en cuatro ejes, delineados inicialmente en Autor/a (2024) y aquí desarrollados a partir de un corpus ampliado y con mayor atención a los supuestos historiográficos. A partir de esta sistematización, junto con el examen de las propuestas alternativas y los vacíos identificados, se busca poner de manifiesto que las limitaciones señaladas responden menos a la metáfora misma que a los supuestos con los que se incorporó al discurso historiográfico.
Lo que la metáfora hizo visible: de la retórica a la periodización
Las primeras comparaciones entre el movimiento de mujeres y los fenómenos oceánicos surgieron en el siglo XIX con la intención de expresar la fuerza, extensión e irreversibilidad del feminismo. Frances Power Cobbe (1884) comparó el movimiento con una marea oceánica cuyo impulso uniforme hacía avanzar las aguas progresivamente, mientras que Millicent Garrett Fawcett (1886) lo describió como una revolución pacífica, silenciosa e irresistible. En estos usos tempranos la evocación al oleaje no establecía cortes cronológicos ni intentaba periodizar el proceso histórico, sino subrayar la potencia, la irreversibilidad y el carácter singular del movimiento.
Más allá de estas primeras referencias, la consolidación de la metáfora como recurso de periodización suele atribuirse a la periodista Martha Weinman Lear y su artículo The Second Feminist Wave (1968). Allí reconoció a las sufragistas como “Primera Ola” y presentó las movilizaciones de la National Organization for Women como un nuevo oleaje. Si bien suele señalarse esta como referencia fundacional, otras menciones -como la de Kate Millet en Política Sexual o The Second Wave: A Magazine of the New Feminism- contribuyeron a la rápida difusión de la denominación (Reverter Bañón, 2010). El recurso cumplió una doble función al trazar continuidad con el sufragismo y, simultáneamente, permitir una diferenciación respecto de luchas consideradas predecesoras. Autodesignarse “Segunda Ola”[2]permitió visibilizar la pujante presencia de las mujeres y agrupar sus luchas cronológicamente (Chaparro y Salazar, 2022).
Entre mediados de 1980 y 1990 nuevos aportes consolidaron la narrativa. De estos, los textos de Naomi Wolf y Rebecca Walker se consideran referencias fundacionales. Mientras que Wolf (1991) convocó a una nueva ola liderada por pares que, retomando el legado previo, asumiera los problemas de una nueva generación; Walker declaró en Becoming the Third Wave (1992), “no soy una feminista del posfeminismo. Soy la Tercera Ola” (p. 41). En ambos casos, la denominación funcionó como recurso de pertenencia e identificación, consolidando un rasgo que venía perfilándose desde que el feminismo de los años sesenta se autodesignó “Segunda Ola”. La metáfora pasó de ser un recurso retórico destinado a enfatizar la fuerza del movimiento a herramienta de identificación generacional. No obstante, este desplazamiento no impidió su enorme difusión. La metáfora se convirtió en un recurso recurrente para narrar la historia del feminismo y comenzó a emplearse en contextos disímiles para organizar relatos propios sobre las luchas de las mujeres (Chaparro y Salazar, 2022). Su éxito se explica, en parte, por una serie de potencialidades que conviene examinar. Chaparro (2022) ofrece un punto de partida al detenerse en lo que implica una metáfora como operación de significado. En tanto figura que produce un desplazamiento, la metáfora vinculó el feminismo con las olas a través de la noción de movimiento, haciendo visible la lucha de las mujeres como objeto de atención y conocimiento. A esta capacidad se suman la evocación de fuerza e impulso, asociada a un fenómeno imparable y de vasto alcance (Chaparro, 2022; Esquivel, 2022; Varela, 2020) y la posibilidad de expresar las dinámicas de flujo y reflujo propias de los movimientos sociales (Evans, 2004; Mann y Huffman, 2005; Varela, 2020). Esta asociación ha impulsado desplazamientos hacia el tsunami (Gargallo, 2019; Varela, 2020) o las mareas “verde” y “violeta” (Chaparro, 2022; Lamus Canavate, 2020; Suárez Tomé, 2019), expresiones que enfatizan aún más la magnitud del movimiento. En palabras de Lamus Canavate (2020), cada ola “deja atrás aquellas de la cresta previa, aunque siempre trae algo de ella a la nueva” (p. 8). Garrido-Rodríguez (2021) profundiza esta línea al vincular la noción de olas con los ciclos de protesta de la teoría de los movimientos sociales, donde los períodos de latencia forjan las redes que darán paso a la siguiente fase de movilización, lo que posiciona a la metáfora como herramienta para comprender momentos de aparente ausencia de activismo.
Cabe señalar, además, su utilidad didáctica. Chaparro (2022) observa que la división en olas se ha vuelto parte del canon curricular, constituyendo una herramienta narrativa y didáctica. Su ductilidad ha permitido explorar cambios temporales y comparar períodos desde marcos cronológicos fácilmente identificables, produciendo historias “atractivas” que facilitan la inclusión del activismo feminista en las narrativas históricas generales (Gallagher en Laughlin et al., 2010). El éxito de la metáfora, sin embargo, no se explica únicamente por estas potencialidades. Su predominancia responde a su vez al alcance global de las publicaciones anglófonas y la circulación de sus narrativas históricas (Chaparro y Salazar, 2022). En ese proceso, la condición de recurso retórico e identitario de la metáfora se desdibujó y esta pasó a incorporarse al discurso historiográfico como si se tratara de una periodización autoevidente, un desplazamiento cuyas implicancias se examinan en las secciones que siguen.
Lo que las olas dejan fuera
La producción crítica ha examinado tanto los efectos de la narrativa como los supuestos que la sostienen. Es posible identificar al menos cuatro líneas de debate. Las dos primeras -las tensiones entre olas e identificaciones generacionales y el carácter hegemónico y excluyente de la narrativa- abordan lo que puede denominarse su dimensión política, en tanto cuestionan a quiénes incluye y excluye el relato. Las dos restantes -la lógica de progreso y retroceso y las matrices historiográficas- remiten a un plano menos evidente pero igualmente decisivo al interrogar presupuestos epistemológicos e historiográficos desde los cuales se construye este relato. Si bien estas líneas no siempre se formulan en esos términos, el recorrido que sigue permite advertir que sus implicancias exceden el plano de la metáfora misma.
a) Olas, generaciones e identidades
Un conjunto de cuestionamientos se dirige al nexo que se ha establecido entre olas e identidades. Como se señaló, la metáfora surgió como recurso de pertenencia, dejando una impronta que marcó sus usos posteriores. La denominación de cada ola devino en marca generacional y la pertenencia se volvió menos una cuestión de posicionamiento político que de edad (Browne, 2014; Evans y Chamberlain, 2015; Hewitt, 2010, 2012; Laughlin et al., 2010). Se ha señalado que esta relación generacional entre olas reproduce un vínculo madre-hija, donde las “madres” intentan dirigir el activismo de las “hijas” y estas se esfuerzan por desprenderse de la influencia anterior (Chamberlain, 2017; Gillis, Howie y Munford, 2004; Henry, 2004). Esta dinámica ha sido inscripta, a su vez, en un fenómeno más amplio de la cultura estadounidense, la adopción de categorías generacionales como Baby Boomers o Generación X en tanto marcos de pertenencia colectiva (Henry, 2004). Desde otra perspectiva, Bartra (2020) lo atribuye a una inclinación propia de las democracias representativas a comprender al feminismo como “sistema de representaciones” donde cada generación busca verse reflejada.
Estas lecturas encuentran en la identificación un mecanismo por el cual las jóvenes sienten la necesidad de reivindicarse como una ola distinta, rechazando identificarse como parte de un movimiento más amplio (Cobble en Laughlin et al., 2010). Sin embargo, cabe preguntarse qué efectos produce este lenguaje generacional más allá de la identificación. En este sentido, Henry (2004) advierte que las generaciones son siempre diádicas, de modo que quienes no encajan ni como “madres” ni “hijas” quedan excluidas de la narrativa. En la misma dirección, Garrison (2005) señala que este lenguaje oculta otras diferencias relevantes como las trayectorias nacionales, la orientación sexual, entre otras. Evans y Chamberlain (2015) advierten, además, que el uso acrítico de la metáfora ha tendido a producir representaciones distorsionadas, incluso caricaturescas, de las olas precedentes. Este desplazamiento hacia lo identitario tiene consecuencias directas, en tanto al organizar la narrativa en torno a generaciones, el debate sobre las formas del feminismo se desplaza del posicionamiento político a la pertenencia etaria.
b) Hegemonía y exclusiones
La narrativa de las olas ha sido cuestionada también por su carácter hegemónico (Femenías, 2007; Garrido-Rodríguez, 2021; Suárez Tomé, 2019). La metáfora parece resaltar principalmente el activismo de mujeres blancas de clase media, mostrando sus acciones como la norma del activismo feminista e invisibilizando aportaciones desde cruces identitarios no hegemónicos (Gillis, Howie y Munford, 2004; Laughlin et al., 2010). Al construirse en torno a hitos que responden a contextos específicos -el sufragismo anglosajón, los movimientos de liberación-, la narrativa universaliza una experiencia particular y convierte en excepciones o ausencias lo que en rigor constituyen desarrollos con dinámicas propias. Subyace a esta cuestión un problema de autoridad epistemológica en torno a quién determina qué acontecimientos son lo suficientemente relevantes para formar parte de una ola, lo que revela las limitaciones y los sesgos que la metáfora comporta (Bartra, 2020; Chaparro, 2022). ¿Se resuelven estas exclusiones cuando la narrativa incorpora perspectivas diversas? El análisis de Hemmings (2005, 2018), centrado en la gramática política que estructura los relatos sobre la teoría feminista occidental, sugiere que no. Las perspectivas no occidentales son incorporadas como evidencia del “avance” hacia la diversidad, pero esta inclusión no altera la estructura narrativa. Se trata de un mecanismo de inclusión excluyente -visible también en la narrativa de las olas- donde la mención de distintos feminismos no necesariamente desplaza el centro del relato, sino que, con frecuencia, lo confirma.
Estas dinámicas se intensifican cuando se atiende al alcance geográfico de la narrativa. Diversos estudios muestran que el marco de las olas tiene un alcance limitado fuera de contextos anglófonos. Las historias de los feminismos en otras latitudes no se acomodan fácilmente a esquemas surgidos en Estados Unidos o Gran Bretaña, donde la periodización se consolidó en torno a hitos propios (Adak y Çağatay, 2023; Dean y Aune, 2015; Hewitt, 2010). Por ejemplo, para el contexto mexicano, Cano (2018) ilustra que el uso político y analítico de la metáfora resulta problemático porque ignora las diferencias entre las olas mexicanas y las estadounidenses, invisibiliza la variedad de inquietudes contenidas en cada generación y desatiende los entornos específicos en que se desarrollaron. Desde una perspectiva decolonial, Paredes y Guzmán (2014) sostienen que esta clasificación constituye un ejercicio de poder colonial que, al girar en torno a la modernidad eurocéntrica, ha excluido sistemáticamente las luchas socialistas, antidictatoriales y anticoloniales. Como sentencia Cano (2018), la metáfora parece ser “ciega a la materia misma de la historia” (p. 21). La pretensión de universalidad de un esquema que responde a contextos particulares no solo margina determinadas historias, sino que condiciona los términos en que otras pueden incorporarse.
c) Progreso, retroceso y ausencia
Las críticas que siguen atienden a la lógica temporal que la narrativa impone. La periodización en olas supone un esquema de ascenso, declive y resurgimiento que, por su familiaridad, tiende a naturalizarse. Sin embargo, ese esquema no constituye un modo autoevidente de comprender el devenir del feminismo sino una representación que requiere examinarse. La imagen misma contribuye a este efecto. Una ola connota un impulso o auge seguido de un reflujo, lo que induce a pensar que el feminismo se presenta de repente y desaparece o que la actividad relevante se ubica únicamente en la cresta de la ola (Cano, 2018; Offen, 2020). Desde una reflexión temprana, Delmar (1986) advirtió que esta lógica tiene consecuencias historiográficas:
de manera tan incuestionada se asumen feminismo y movimiento de mujeres como co-terminales que las historias del feminismo se escriben a menudo como historias del movimiento de mujeres, y los periodos de aparente quietud del movimiento se asumen como sintomáticos de una quietud del feminismo mismo. (p. 13)
La equivalencia entre feminismo y movimiento organizado convierte los períodos sin movilización visible en períodos sin feminismo.
Cabe preguntarse a qué se debe esta representación. Su consolidación no proviene de la disciplina histórica sino, en buena medida, de otros registros. Para Browne (2014), las olas constituyen “el término preferido en las discusiones sobre el feminismo conducidas fuera de la academia, particularmente en los medios” (p. 15). Gargallo (2019) abona esta lectura al señalar que las feministas jóvenes han quedado encuadradas en esta metáfora gracias a la terminología periodística. De este modo, la metáfora se consolida bajo parámetros que privilegian al feminismo como movimiento de masas y es en función de esa visibilidad que se ha construido buena parte del relato histórico (Mann y Huffman, 2005). El criterio de masividad como parámetro historiográfico se ha objetado desde perspectivas diversas (Cott, 1987; Offen, 2020). Cuando la relevancia se mide por la movilización a gran escala, la percepción de momentos de ascenso y caída responde a cronologías preestablecidas antes que a la dinámica real del activismo.
Subyacen a estas críticas dos supuestos que operan de modo naturalizado. El primero concierne a la temporalidad. La narrativa de las olas configura un relato de progreso donde cada nueva fase vuelve obsoleta a la precedente. Hewitt (2012) observa que en el feminismo estadounidense cada ola se presenta como progresivamente más radical y abarcadora, reforzando un esquema en el que cada fase supone la superación de la anterior. Cano (2018) identifica un fenómeno análogo en el contexto mexicano, donde al declarar la “novedad”, las activistas reconocen un legado, pero se atribuyen cierta superioridad respecto de sus predecesoras. El segundo supuesto refiere a los criterios de presencia. La metáfora registra al feminismo cuando este adopta formas de movilización pública masiva y lo declara ausente cuando no lo hace. Nicholson (2010) señala que, entre la obtención del sufragio en Estados Unidos y la década de 1960, las transformaciones en las normas e ideologías de género fueron significativas pese a no adoptar las formas que la metáfora reconoce. Esta sensación de extinción y reemplazo, inherente a la imagen del oleaje, sugiere que el cuestionamiento trasciende la metáfora misma y alcanza los criterios con los que se construye el relato. La lógica de ascenso, declive y resurgimiento no solo distorsiona la comprensión de los procesos que registra, sino que establece qué tipo de actividad merece registrarse, subordinando desarrollos diversos a una temporalidad organizada en torno a hitos de alta visibilidad pública.
d) Matrices historiográficas bajo sospecha
Si la metáfora privilegia ciertos activismos y deja fuera procesos que no se ajustan a su lógica, cabe preguntarse desde qué supuestos se construye esta periodización. Se trata de una línea de indagación menos desarrollada en la discusión, aunque ofrece claves fundamentales para comprender sus limitaciones. Referir a los supuestos de la labor historiográfica implica optar por el ejercicio, a veces incómodo, de interrogarse por los cimientos que sustentan las prácticas de historización. ¿Desde qué criterios se seleccionan las fuentes que construyen el relato? ¿Qué temporalidad supone una secuencia de olas? Algunas de las críticas relevadas permiten avanzar sobre estas preguntas.
Gallagher (Laughlin et al., 2010) planteó que el constructo no solo simplifica el pasado, sino que se vincula con lo que resulta significativo preservar. Las fuentes que se conservan tienden a reforzar la narrativa de visibilidad y esta, a su vez, orienta qué se considera digno de preservación. Se configura así una circularidad entre relato y archivo que Nadasen (Laughlin et al., 2010) precisó al advertir que las fuentes disponibles reflejan los métodos de documentación y preservación más que la evolución del movimiento mismo. Quienes tuvieron menos acceso al poder, no contaron con un foro público o no pudieron publicar un texto de amplia circulación fueron “borradas del mapa de la actividad feminista, barridas por la enorme ola que avanza” (p. 101).
¿Bastaría, entonces, con ampliar las fuentes disponibles? Cobble (Laughlin et al., 2010) advierte que incluso un uso cuidadoso y autoconsciente del lenguaje de las olas resultaría insuficiente, puesto que se requiere una revisión más profunda de las prácticas de escritura. Para la autora, las primeras historias del feminismo, escritas por las propias fundadoras y participantes, han funcionado como narrativas de origen que moldean la comprensión del pasado, presentando cada movimiento como nuevo y rupturista. Estas narrativas presuponen una comprensión del feminismo como movimiento organizado y público desde la cual seleccionan qué resulta significativo del pasado. Emerge aquí un problema que merece atención. Las narrativas de origen no solo determinan los hechos relevantes, sino que orientan qué registro estará disponible para reconstrucciones futuras.
Resulta significativo que la propia historiografía feminista haya problematizado, desde sus cimientos, los criterios con los que se periodiza y las esferas de acción consideradas históricamente relevantes, cuestiones que atraviesan las críticas hasta aquí relevadas. Estos aportes permiten iluminar el problema de la metáfora desde un ángulo que el debate específico sobre las olas no ha explorado suficientemente. Kelly-Gadol (1977) demostró que los criterios con los que se periodiza la historia, centrados en transformaciones del espacio público y en nociones de avance civilizatorio, resultan inadecuados cuando se incorpora la experiencia de las mujeres. Lo que estas periodizaciones registran como progreso puede implicar retrocesos en su situación concreta. Lerner (1993), por su parte, advirtió que “la periodización habitual de la historia tradicional no es apropiada para [la Historia de las Mujeres] y debe utilizarse con gran cautela”, dado que el énfasis historiográfico en el movimiento organizado “refleja el interés tradicional en la actividad política organizada en el ámbito público” (p. 13). Ambos señalamientos convergen en un punto que excede la cuestión de los sujetos excluidos. Lo que queda fuera de estas periodizaciones son también procesos de larga duración, como la continuidad de la resistencia al patriarcado y las transformaciones en la conciencia de las mujeres, fenómenos que no se ajustan a la lógica de irrupción y repliegue que la metáfora supone.
Browne (2014) permite articular estos señalamientos con el problema específico de las olas. Desde la filosofía de la historia, investiga las lógicas temporales que operan en la historiografía feminista. Su trabajo demuestra que ciertos modos de concebir el devenir histórico como un proceso orientado hacia un fin, propios de las grandes narrativas de progreso de la modernidad, perviven en las narrativas de olas y fases. En particular, señala que estos relatos reproducen lo que identifica como una matriz hegeliana: una concepción del tiempo histórico en la que la historia avanza hacia formas cada vez más plenas de conciencia y libertad y cada etapa supone una superación de la anterior. Importada a la narrativa feminista, esta matriz determina una serie de olas que trazan lo que Hemmings (2005) caracterizó como el “gran modelo hegemónico”, relatos que dividen el pasado en momentos de progreso o pérdidas e imponen un sentido direccional al desarrollo feminista. Este mecanismo configura lo que Browne llama totalización teleológica, un modo de razonamiento que, construido desde el presente, interpreta el desarrollo previo como expresión de una lógica inevitable y universalizable. Su consecuencia más problemática es que “niega la contingencia y bloquea modos alternativos de pensar o leer el pasado. Produce una sensación de inevitabilidad y de certeza implacable de que sabemos de qué se trataba el pasado, qué significó y qué tiene para enseñarnos” (p. 17). Esta lógica opera, además, mediante lo que Browne llama negación secuencial, por la cual cada nueva fase vuelve obsoleta a la precedente y las olas anteriores terminan encarnando todo aquello que el feminismo actual busca superar. De allí que ciertos feminismos se presenten como “exportados” mientras otros aparecen “estancados” o “retrasados”. Junto con Browne, es posible advertir que este es un problema reconocido en el plano teórico pero difícil de desmontar en la práctica historiográfica, donde las matrices temporales operan de modo tan naturalizado que suelen identificarse en la reflexión general, pero reproducirse en los análisis de procesos específicos.
De las críticas a las alternativas
Las observaciones anteriores conducen a una cuestión que atraviesa el conjunto de las críticas pero que rara vez se formula de manera explícita. Si la metáfora delimita qué cuenta como feminismo, entonces el problema no es solo cómo se periodiza, sino desde qué conceptualización se lo hace. Nadasen (Laughlin et al., 2010) formuló con precisión este vínculo al sostener que “nuestra definición de feminismo está íntimamente ligada a nuestra adhesión a la metáfora de las olas” (p. 98). Al enmarcar las campañas sufragistas y los movimientos de liberación como las “olas”, la metáfora privilegia una conceptualización del feminismo como movimiento organizado en torno a derechos políticos, cuya periodización tiende a ubicar al sufragismo como punto de partida. Esta definición tiene consecuencias concretas para América Latina, donde los ejes del activismo feminista de fines del siglo XIX no se articulaban centralmente en torno al sufragio sino a la situación laboral, la maternidad y la educación (Lavrin, 2005; Rivera Berruz, 2023). Centrar la mirada en el sufragio tergiversa la multiplicidad de ideas y prácticas feministas desarrolladas durante ese período (Rivera Berruz, 2023). Una periodización construida desde la noción de movimiento sufragista ubica a la región como espacio de desarrollo tardío o derivado, cuando se trata de desarrollos históricamente situados con ejes propios.
Del conjunto de observaciones desarrolladas se desprende que las limitaciones de la metáfora no residen únicamente en la imagen elegida sino en los supuestos conceptuales que la sostienen. Los recortes temporales responden a modos específicos de entender qué es el feminismo. Ante estas dificultades, se han explorado alternativas al recurso metafórico convencional, aunque cabe preguntarse si logran superar efectivamente las limitaciones señaladas. Algunas propuestas abandonan el campo semántico oceánico en busca de imágenes que no arrastren las connotaciones problemáticas. Nicholson (2010), por ejemplo, propone el caleidoscopio, una imagen que enfatiza la coexistencia de múltiples formas que se reconfiguran sin que ninguna reemplace a las anteriores. Offen (2020), por su parte, sugiere una metáfora geológica derivada de los fenómenos volcánicos, donde el feminismo opera como actividad que “repetidamente presiona (...) contra los puntos más débiles en las capas sedimentadas de la corteza patriarcal” (p. 61), sin depender de momentos de visibilidad pública para existir. Otras, sin abandonar lo acuático, buscan modificar el tipo de movimiento que la metáfora evoca. Garrison (2005) y Hewitt (2012) proponen reemplazar las olas por ondas radiales que, a diferencia del movimiento lineal hacia la costa, se expanden desde múltiples puntos de origen y permiten registrar “frecuencias diferentes, múltiples y simultáneas” (Garrison, 2005, p. 239). Nadasen (Laughlin et al., 2010), por su parte, propone la imagen del río, un flujo continuo con aceleraciones y bifurcaciones que evita la lógica de aparición y desaparición propia de las olas.
No obstante, hay quienes optan por resignificar la metáfora antes que abandonarla. Desde el feminismo latinoamericano, Chaparro y Salazar (2022) ensayan la imagen de los remolinos que, por carecer de dirección única y poseer centros vertiginosos, impiden la noción de orden lineal. Chamberlain (2017), al despojar la noción de ola de su secuencialidad cronológica, propone pensarlas como “temporalidades afectivas”: un impulso que se mantiene a través de distintos contextos y permite comprender la transmisión de compromiso y energía entre generaciones, donde las olas no operan en secuencia sino en simultaneidad. Se trata de la propuesta conceptualmente más elaborada del conjunto, en tanto no se limita a sustituir una imagen, sino que interviene sobre la temporalidad misma de la narrativa.
Las alternativas presentadas comparten el propósito de superar la linealidad y el carácter teleológico de la narrativa convencional, abriendo espacio para expresiones feministas que esta excluye o subordina. No obstante, la mayoría permanece en el nivel de la sugerencia sin ofrecer propuestas que permitan estructurar efectivamente la historiografía. Como recurso de identificación política, su eficacia resulta difícilmente cuestionable. Es en su adopción como herramienta de periodización donde se concentran los problemas relevados. Una revisión más detenida permite advertir que las limitaciones no radican en la metáfora elegida sino en el modo en que se adoptó. Un recurso surgido para la autodesignación y la pertenencia pasó a organizar el relato histórico sin que mediara una reflexión sobre lo que la periodización supone como operación específicamente historiográfica.
A esta observación se suma una paradoja, la mayor parte de las alternativas provienen del mismo ámbito académico anglosajón cuya hegemonía narrativa se cuestiona. En América Latina, la crítica a los modos dominantes de historizar el feminismo se ha sostenido desde diversas direcciones[3]: la impugnación del relato hegemónico como ejercicio de poder colonial (Paredes y Guzmán, 2014), la documentación de expresiones feministas que preceden y exceden el marco sufragista (Gargallo, 2007; Lavrin, 2005) y la comprensión de la región como espacio de producción teórica propia. Femenías (2007) ha insistido en que el feminismo latinoamericano se constituyó en condiciones “mestizas”, con narrativas múltiples y tradiciones diversas que no pueden inscribirse como recepción o desarrollo tardío de las corrientes europeas y estadounidenses sino como un pensamiento constituido en diálogo y tensión con ellas, una observación que Rivera Berruz (2023) refuerza al concebir a la región como lugar epistémico.
No obstante, estos aportes no se han articulado aún con una revisión específica de la metáfora como herramienta de periodización. La sistematización de estos señalamientos permite advertir que constituyen un corpus disponible para esa tarea pendiente. Un examen sistemático excede los objetivos de este estado de la cuestión, aunque constituye una vía fructífera para avanzar hacia periodizaciones situadas.
Conclusiones
La metáfora de las olas ha funcionado como la herramienta más extendida para narrar la historia del feminismo. Su capacidad de visibilización, su poder evocador y su utilidad didáctica explican un éxito que trasciende el ámbito académico. Sin embargo, este éxito convive con limitaciones significativas. Las críticas sistematizadas configuran un cuestionamiento que no se limita a los efectos de la metáfora sobre la comprensión del feminismo, sino que interroga matrices epistemológicas y prácticas historiográficas subyacentes. Tanto las críticas como las alternativas relevadas sugieren que la discusión sobre la pertinencia de la metáfora no se resuelve en los términos en que se ha planteado hasta ahora. Abandonarla no garantiza, por sí solo, una historiografía más inclusiva si sus fundamentos permanecen intactos. Conservarla difícilmente puede prescindir de una revisión de las conceptualizaciones de feminismo desde las cuales se construye el relato. La metáfora opera, en definitiva, menos como causa de las limitaciones señaladas que como expresión visible de un problema que la precede y la excede.
Este estado de la cuestión permite advertir, asimismo, vacíos que requieren exploración. La escasez de trabajos en español sobre este debate genera una tensión significativa: mientras una de las críticas centrales a la metáfora es su carácter anglocéntrico, los propios debates sobre esa limitación permanecen poco accesibles para quienes producen desde otras latitudes. Si bien las propuestas alternativas comparten el propósito de superar la linealidad de la narrativa convencional, ninguna ha alcanzado aún el desarrollo necesario para ofrecer un marco que permita estructurar efectivamente la historiografía. Resulta significativo, además, que los ejes referidos a la lógica temporal y a las matrices historiográficas carezcan de contrapuntos desde la región, lo que constituye en sí mismo un vacío pendiente.
Este relevamiento pone de manifiesto, a su vez, que el vínculo entre los modos de conceptualizar el feminismo y los modos de periodizarlo constituye una línea de indagación que no ha recibido atención suficiente pese a atravesar el conjunto de las críticas. Si las periodizaciones convencionales no capturan la experiencia histórica de las mujeres y esas mismas matrices se replican en la historia del feminismo, ¿es posible establecer periodizaciones que no tiendan a la totalización teleológica?
¿Qué formas de resistencia, pensamiento o acción colectiva resultan negadas por la secuenciación que impone la metáfora? Estos interrogantes resultan especialmente relevantes para América Latina, donde la crítica al eurocentrismo de los modos de historizar ha producido aportes significativos que, sin embargo, permanecen desconectados de una revisión de los criterios que organizan las periodizaciones disponibles. Explicitar la relación entre conceptualizaciones y periodizaciones constituye un paso necesario para quienes buscan narrar historias del feminismo que no reproduzcan las exclusiones señaladas. Avanzar en esa dirección requiere tanto una revisión de los supuestos desde los cuales se construyen los relatos históricos como el ensayo de periodizaciones situadas que respondan a las condiciones específicas de los feminismos que pretenden narrar.
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Notas
[1] Este dossier, publicado en Feminist Formations, reúne intervenciones de diversas autoras que son citadas individualmente a lo largo de este artículo por desarrollar argumentos diferenciados.
[2] Conviene señalar que este recorrido se detiene en la consolidación de la Tercera Ola sin abordar los debates en torno a una posible Cuarta. Lo que interesa aquí es el proceso mediante el cual la metáfora se constituyó como herramienta de periodización. Sin embargo, los debates sobre la Cuarta Ola han dado lugar a una producción creciente desde el ámbito anglosajón (Chamberlain, 2017; Dean y Aune, 2015; Evans, 2015) y el latinoamericano (Esquivel, 2022; Lamus Canavate, 2020; Suárez Tomé, 2019; Varela, 2020), aunque su discusión excede el propósito de este artículo.
[3] Las contribuciones latinoamericanas a la crítica de los modos dominantes de historizar el feminismo exceden las mencionadas en este artículo. Por razones de espacio, se destacan aquí solo algunas líneas representativas.