RESEÑAS

 

Elsa Drucaroff (2015) OTRO LOGOS. SIGNOS, DISCURSOS, POLITICA. Buenos Aires, Edhasa, 476 páginas.

 

La investigación que Elsa Drucaroff presenta en Otro Logos… constituye la sistematización de más de veinte años de trabajo alrededor de una pregunta amplia y compleja: ¿qué relación existe entre el lenguaje, la política y la sociedad? En este ensayo, la autora re-articula los principales conceptos del marxismo, del feminismo y de las teorías del discurso para explicar la autonomía y la especificidad del Orden de Clases y del Orden de Géneros y sus profundas relaciones en el campo de lo Semiótico y de lo No-semiótico. Estos dos bloques conceptuales (Orden de Clases/Géneros –Semiosis/No semiosis) conforman el entramado teórico que exhibe los mecanismos de los sistemas capitalistas y falologocéntricos, al tiempo que permite pensar la construcción de un logos y una praxis alternativos al hegemónico, aunque no necesariamente opuestos.
El título de la Introducción, “La ardua tarea de evitar la verdad”, anticipa el esfuerzo por evitar las perspectivas dogmáticas y los criterios de autoridad -incluso cuando se refiere a los principales pensadores de la historia occidental- que se sostiene a lo largo de los cinco capítulos que componen el libro. En un tono narrativo que prescinde del tradicional registro académico, la autora se afirma en la búsqueda de “una mirada crítica dispuesta a cuestionar, mas también a aceptar lo que considere necesario cada vez, y a poner en diálogo todo lo que me parezca productivo hacer dialogar, provenga de donde fuere” (2015, p.13).
En el primer capítulo, “Sobre signos, cosas y política”, la ensayista replantea la antigua problemática entre el lenguaje y la “realidad”, entre las palabras y las cosas, en los términos de Semiosis y No semiosis. Esta terminología procura no negar ni contradecir la evidencia real o material del lenguaje. Drucaroff retoma, en primer lugar, las ideas de Bajtín/Voloshinov acerca de que las palabras no se limitan a reflejar la lucha de clases sino que en ellas transcurre la lucha de clases. A continuación, subraya la reformulación de la teoría del reflejo de Raymond Williams, señalando que estas dos instancias –Semiosis y No semiosis- son simultáneas y se relacionan en un corro constante en el que las palabras reaccionan a la materia no semiótica y a la vez, esta materia se modifica por acción de las palabras.
El segundo capítulo, “Orden de Géneros: una economía política de la subjetivación de personas”, presenta el engranaje teórico del Orden de Géneros que se sustenta en dos propuestas críticas al falologocentrismo del psicoanálisis lacaniano. Por un lado, Drucaroff reivindica el feminismo de la diferencia de Luce Irigaray, criticado duramente por su tendencia esencialista. Sin embargo, la autora reconoce en Irigaray una potencia subversiva que proviene de una lectura basada en la dinámica de la Semiosis-No semiosis, esto es, una lectura que no sustancializa al cuerpo como fuente de verdades inherentes pero que tampoco rechaza la materialidad del cuerpo como fuente de experiencias. Desde esta perspectiva, la teoría que la pensadora belga desarrolló en Espéculo, de la otra mujer (1974) permite dinamitar el logos falologocéntrico que funciona bajo la lógica del homodominio de la representación; es decir, bajo el sistema en el cual la mujer es concebida como el alter ego invertido, como el otro lado del espejo, aquella que no tiene nada, que es vacío, agujero, respecto al hombre que sí tiene (el falo). Para desenmascarar el logos como histórico, político y fálico, Irigaray necesita encontrar modos de producción que provengan de una No Semiosis diferente; en consecuencia, busca semiotizar un lenguaje no fálico que es, precisamente, aquel que proviene de la genitalidad femenina.
Por otra parte, para complementar el andamiaje que sostiene el Orden de Géneros, Drucaroff recupera el análisis de Luisa Muraro respecto a la diferenciación entre metáfora y metonimia en el psicoanálisis de Lacan. Muraro señala que vivimos en un régimen hipermetafórico de construcción de sentido –que ordena al mundo reemplazándolo- en el que la metonimia –que acompaña al mundo señalándolo- es despreciada en su modo de significar. El trabajo silenciado y marginal de las mujeres –alimentar y dar abrigo a hombres célebres, por ejemplo- solo puede revalorizarse mediante la significación metonímica que contempla el saber de la experiencia vital. En síntesis, la propuesta Muraro consiste en recuperar el puente metonímico por excelencia que es el orden simbólico de la madre en tanto puente que nos permite venir al mundo y sobrevivir en él, como una continuación de ella, no como su sustitución. Cabe aclarar que esta reconciliación con la madre se encuentra lejos de caer en la simplista obligación de las mujeres a la maternidad, que las feministas han refutado hace tiempo. Por el contrario, se trata de revindicar el modo de producción semiótico de la madre –el saber amar- al tiempo que, como propuso León Rozitchner, se concibe a la madre en su materialidad carnal y sexual antes que en la contradictoria metáfora de la virgen¸ aquella que el cristianismo se ocupó de instaurar en el imaginario social occidental.
El siguiente capítulo, “Orden de Géneros: feminismos y políticas” se reserva exclusivamente para polemizar con la crítica contemporánea. En particular, Drucaroff cuestiona la lectura pos-estructuralista de Derrida, por su intento de sustraer al feminismo de su praxis política, y las propuestas de Judith Butler, acatadas con generalizado entusiasmo en el campo académico en Argentina. Sopesando los riesgos del esencialismo, Drucaroff vuelve a rescatar la teoría de Irigaray de este estigma al que la condenan, entre otros, Butler, e insiste en la importancia de afirmar materialidad femenina en su diferencia, excluida por la semiosis de la cultura fálica.
El capítulo cuarto lleva por título “Orden de Clases: El Capital: un hijo perfecto del Padre falologocéntrico”. Luego de explicar brevemente el proceso de producción de riquezas mediante conceptos centrales del marxismo (mercancía, valor de uso, valor de cambio) que organizan el Orden Clases, se arriba a la tesis principal del ensayo: la mercancía no es un producto exclusivo del Orden de Clases, ni tampoco ha sido inventada por este Orden, sino por otro mucho más antiguo; la mujer fue, mucho antes de que se desarrollara el capitalismo, el primer objeto-fetiche intercambiado como mercancía, en la lógica hipermetafórica propia del falologocentrismo. En esta ecuación, se trastorna la creencia instalada en el imaginario social (en particular, de grupos militantes de izquierda) de que el injusto Orden de Clases es la causa de la injusticia en el Orden de Géneros. Al contrario, propone la escritora, el Orden de Géneros falologocéntrico fue el sustrato necesario para que se desarrollara un Orden de Clases como el capitalismo.
El capítulo final del libro direcciona los anteriores recorridos teóricos hacia la construcción de otro logos que atraviese los límites de las metafísicas de escritorio para transformar, generación tras generación, nuestras prácticas cotidianas y políticas. El sueño que imaginó alguna vez Gayle Rubin, el de “una sociedad andrógina y sin género (aunque no sin sexo), en el que la anatomía no tenga ninguna importancia para lo que es una persona, lo que hace y con quien hace el amor” (Drucaroff, 2015, p. 464) es, en definitiva, el ideal que Drucaroff recupera en este urgente llamado a la fundación de un nuevo lenguaje que confíe más en el saber de la experiencia que en la abstracción de la metáfora, que nos reconcilie con la madre, con la naturaleza y con la muerte, que posibilite una cultura alternativa en la que lo fálico pierda su destructiva hegemonía.

Rocío Fit
IPEHCS - UNCo- CONICET - FAHU-